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Doña Guadalupe. Autor David Gómez Salas

Doña Guadalupe © David Gómez Salas

Soconusco Anthology

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Doña Guadalupe hacía tortillas a mano, en aquella época las vendía “a cinco por veinte”,  cinco tortillas por 20 centavos, porque eran tortillas grandes. Las vendía en su casa, tenía un terreno muy espacioso con árboles de mango,  aguacate, anona, nance, caspirol  y muchos más. La entrada al terreno era un portón como de cinco metros de ancho, porque su hijo era mecánico automotriz y en el mismo predio reparaba camiones y autos. Las tortillas se elaboraban bajo un tejaban que se ubicaba al entrar al predio, del lado izquierdo.

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Cuando tenía 7 años de edad me enviaban a comprar las tortillas como a las 2 de la tarde. A esa hora siempre había personas esperando sus tortillas. Era necesario esperar 30 minutos o más, para ser atendido.

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Las tortillas las hacían a mano dos o tres personas, que tomaban una porción esférica de masa y con palmadas la extendían hasta hacer un círculo de 20 centímetros de diámetro y 2 milímetros de espesor, y con cuidado colocaban la tortilla sobre un comal caliente, tenían dos comales sobre su respectivo fogón con fuego de leña.

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La tortilla se cocía primero por una cara y se forma una capa gruesa de ese lado; y luego se volteaba sobre el comal para que se cociera por la otra cara y se formara una capa delgada de ese lado. La tortilla se volteaba varias veces hasta que quedaba bien  cocida. Cuando la capa más delgada se levantaba, inflada con vapor de agua contenida en la masa, indicaba que faltaba poco para que la tortilla quedara bien cocida. Doña Guadalupe y sus ayudantes eran expertas.

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Como hacía mucho calor alrededor de los comales, esperaba mis tortillas en el patio, fuera del tejaban. A las dos de la tarde hace bastante calor en Tapachula.  Me gustaba ver como hacían las tortillas, así que sin dejar de jugar echaba un vistazo en forma intermitente.

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Creo que la tortilla y el comal, simbolizaban en algunos aspectos al ser humano y la vida en aquel barrio. Desde niños, las personas de aquel barrio se iban cociendo en un ambiente ardiente y se les formaba la capa gruesa que les permitiría al menos subsistir y quizás mantener unidas la materia y pensamientos para alcanzar un mejor futuro. Y claro también se formaba la capa delgada, la más débil.

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El marido de Doña Lupe era bolo, alcohólico, y con frecuencia la golpeaba; ella resistía callada, nunca supe la razón con que justificaba aceptar esas condiciones de vida. Ella trabajaba todo los días, incluso domingos y días festivos. “La gente come todos los días…  y yo también” decía sonriendo.

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En una ocasión, en que su marido la golpeaba, su hijo la defendió y su padre le cortó, al joven mecánico, un brazo a machetazos. Llegó la policía y se llevaron preso a su marido. Ella siguió haciendo tortillas todos los días;  sonreía menos pero nunca descansó un día. Jamás se separó de sus dos comales, continuó recibiendo el calor que irradiaba el fuego de los dos fogones, parecía que deseaba tener cada día una capa dura de mayor espesor, ya solo para subsistir.

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El  Soconusco es pródigo, pero ni la fuerza del trópico puede vencer al ron.

Cuentos y poesías, filosofía

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