Inmigración y Literatura

vida cotidiana en la Argentina (1810 - 1960)

 

Escribe Edmundo Moure

LA MEMORIA VIVA

 

“Sólo una cosa no existe, es el olvido”

Jorge Luis Borges

 

Manuel Suárez, nuestro caro amigo rioplatense uruguayo, gallego de nacencia y corazón, fue uno de los primeros a quien oí hablar, hace veinticinco años, del proyecto “Museo de la Emigración” –o “Archivo de la Memoria”; o “Almácigo” o “Granero” o “Cofre Vivo”-, que a mí no me viene la palabra “Museo”, que la siento seca, estéril, casi momificada. Prefiero la memoria que se cultiva en lo cotidiano, que canta en las tabernas, despierta en las aulas e investiga en las bibliotecas, ávida paloma que se niega a perecer en la ceniza del olvido.

 Manuel Suárez ha hecho –hace- del ejercicio sagaz y amoroso del recuerdo una fuente de aguas propiciatorias para que entendamos el presente a la luz de los anhelos del pasado, para que abramos las ventanas al porvenir, como el labriego que sueña la ubérrima cosecha del verano que atisba con ojos de primavera. “…Recuerden lo que fuimos –decía mi padre- para que no nos pierdan las vanas ilusiones de un porvenir incierto”. Y señalaba, tras la cabecera de su cama, una ancha fotografía, quitada desde el aire, de su Touza, con las eras del trigo como cabellos de las diosas, los primos Eladio y María alzando las hoces brillantes por el sol de julio, en el mes de Xacobo, desde donde agroman todas las memorias de la estirpe, como trigal inacabable.

 En este Chile, que me gusta llamar “El Último Reino”, como le denominaban en el Virreinato del Perú opulento, hace cuatro siglos, los Adelantados que mandaban aquí a morir a “la flor de mis guzmanes”, conmemoramos este año 2010, o celebramos, si cabe, dos siglos de existencia republicana, recordando efemérides, héroes, batallas; también, aunque en menor grado, las proezas creativas de artesanos, artistas, músicos, pintores, escultores y escribas; casi nada de los sencillos ritos cotidianos a través de los cuales el pueblo urde el telar del trabajo hecho pan y manufactura… Pero así es la memoria oficial, como la Historia de nos enseñan en la escuela: amnésica u olvidadiza voluntaria, porque el Poder administra sus propios folios y estampa en ellos lo que conviene al mantenimiento de sus anquilosadas estructuras.

No obstante, la Presidenta Michel Bachelet ha encabezado y hecho realidad en Chile el  Museo de la Memoria y de los Derechos Humanos, “en busca de no olvidar, de crear conciencia y de evitar que se repita la tortura, muerte y desaparición de personas, como ocurriera durante la dictadura militar”. Un proyecto que, finalmente, se ve plasmado en el edificio que se alza en la calle Matucana, esquina de Catedral de la capital del país y que, como dicen desde el Gobierno, “estará dirigido a toda la sociedad y con el objetivo de dar visibilidad a las violaciones de los derechos humanos ocurridas entre 1973 y 1990”. De este modo, y para cumplir con su fin, el Museo cuenta con gran cantidad de información, objetos y documentos que incluyen colecciones en diversos formatos y soportes pertenecientes a entidades de derechos humanos de Chile y el extranjero, organizaciones de víctimas y familiares, y colecciones personales.

Además, el establecimiento contará con un muy completo archivo documental, testimonios orales y escritos, documentos jurídicos, cartas, relatos, producción literaria, material de prensa escrita, audiovisual y radial, largometrajes, material histórico y fotografías documentales, así como objetos, cartas y dibujos pertenecientes a los prisioneros que poblaron los centros de detención de la época. Se trata, pues, de una especie de Museo del Horror, para que no se borren de la conciencia nacional esas huellas atroces que laceraron el cuerpo y el alma de esta joven República.

No obstante, hay un espacio de tiempo, más extenso que la historia del Chile independiente, que permanece en el olvido. Me refiero a los doscientos setenta y dos años del período colonial, del cual existe un volumen impresionante de documentos testimoniales, partiendo por la actas de los cabildos y las “tomas de posesión” que los escribanos levantaron, con ese celo escritural tan español que heredamos, para bien y para mal… Fuimos capitanía general y reino, país y nación en larga forja… Y, por supuesto, hay un tiempo remoto, anterior incluso al Medioevo, donde existieron otros pueblos y etnias, como los mapuches, aimaraes, atacameños, diaguitas, huilliches, onas y alacalufes, cuyo pulso late en la nación mestiza que no queremos ser, movidos por nuestro patético prurito europeizante y autonegador. Si carecemos de testimonios escritos, tenemos rasgos antropológicos y artísticos de aquellas épocas; asimismo huellas en el inconsciente colectivo que se manifiestan en la música y la poesía, porque los poetas –bien lo sabe Manuel Suárez- suelen develar secretos y misterios que están más allá de cualquier empirismo pretencioso.

Y sabe Manuel –porque lo vive a diario- del inmenso valor de la Memoria de la Emigración  Gallega, con sus siglos de éxodo y retorno, con la generosa simiente desplegada en la Rosa de los Vientos, que supo germinar en nuevos frutos, manteniendo la llama remota del lar como un testimonio y una herramienta para continuar la eterna labranza en todas las tierras donde el gallego va fundando sus “pequeñas Galicias”, en la forma del huerto o con el inequívoco dibujo de la barca de madera que cosecha en el mar.

No debe preocuparse, no, Manuel Suárez, porque los burócratas se apoderen de las iniciativas culturales y pongan bajo ellas su rúbrica y el sello mohoso de sus ácidas prerrogativas. Ha sido así y lo seguirá siendo, pero lo importante y necesario es crear la candela y encender su luz. Allá los que cojan la palmatoria y contemplen en el espejo su esperpéntica imagen, para su propio y mendaz beneficio.

Entre Tines y A Touza, benquerido Manuel, seguiremos recordando, mientras esparcimos el germen que nos legaron nuestros devanceiros, diciendo –tú y yo- en palabras de Octavio Paz: “Todos los tiempos viven en la semilla”.

Que así sea.

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