Inmigración y Literatura

vida cotidiana en la Argentina (1810 - 1960)

 

La Golem

por Horacio Vázquez-Rial

Cuando encontró a Raquel Grein, Severo Arrieta ya era santo, y tenía la cara y el cuerpo cubiertos de cicatrices: había en su pasado más peleas de las que hubiera sido capaz de recordar, en caso de haber querido evocarlas. Pero no quería. Aquellas cosas le habían pasado a otro hombre, que no era el que estaba convencido de ser ahora.
A él, las persecuciones sin término, y los fríos y calores extremos de la llanura, le habían llevado a la mística. Una mística inconsciente, ingenua, sin asombro. Había levitado alguna vez, sin saber que levitaba, en un aire indiferente y sin testigos. La elevación a los cielos del hambre hizo creer a más de uno que su ligereza era la merced de Dios, pero a Arrieta, de puro ignorante, las cosas le parecían al revés y concluyó que la mano de Dios, que le alzaba como un espíritu en mitad del campo infinito, era un derivado del hambre.
También había curado, sin saber que curaba. Había visto enfermos en los pueblos, y les había mirado con piedad. Pero su piedad, hija de un cansancio que ya tenía instalado en los huesos y que ni siquiera noches y días de sueño continuado iban a disipar, era tan grande que, más allá de su propósito, milagreaba sin darse cuenta y, cuando reemprendía su fuga interminable, dejaba atrás devotos que agrandaban su fama de manosanta, aunque fuera involuntario y desconocedor de sus dones.
Al final, tuvo que enterarse por otros de quién era o había llegado a ser. No estaba acostumbrado a los espejos. Ya como proscripto, su nombre se había hecho en bocas ajenas. Él sabía cuánto se habían exagerado sus méritos: hazañas o malandanzas, según quién las contara. Pero era por aquellas desmedidas atribuciones que se le conocía, y en esos actos, heroicos o criminales, aun cuando jamás hubiesen tenido lugar, debía reconocerse. También el nombre nuevo, lavado de excesos de mal pero cargado con excesos de bien, se lo habían hecho los demás.
Supo quién era en un poblado al sur del Río Negro, donde le salió al paso una partida de la ley, pero no para matarle, como antaño hubiese sido de esperar, sino para llevarle con la mayor premura junto al lecho de una mujer al borde de la muerte.
La yacente se espantó ante la fealdad del bandido, pero no podía rechazarle, ni de palabra ni de obra, porque si desperdiciaba su poco aliento, caía hacia el lado oscuro. Entre Arrieta y la muerte, el primero parecía más fácil de llevar.
El hombre, que había sido arrastrado hasta la habitación sin tener claro qué se esperaba de su presencia allí, se quedó parado junto a la enferma, mirándola, oliendo el sudor de la parca, que sólo él veía a su lado. Le dio pena aquella inminencia, tanta que se le cerró la garganta. Los deudos, que venían sintiendo menos que él, recibieron su dolor como un reproche y bajaron unos ojos llenos de culpa.
–Pobrecita –se lamentó Arrieta, acariciando la frente de la mujer, antes de echarse a llorar sin consuelo.
La parca bajó entonces el brazo amenazante y cerró el perverso sobaco. Si se le pedía con tanta entrega que se retirara, ella, que no era mala sino inevitable, se retiraba. Claro que volvería, no podía no volver, pero en otro momento, después, más tarde, mañana, al año siguiente: tiempo tenía. El tiempo se realizaba en ella. El tiempo y ella dependían el uno del otro, cada uno era voluntad del otro.
–Está bien –aceptó y se fue.
La que se había estado yendo, la pobrecita, en cambio, regresó. Arrieta se persignó y todos empezaron a moverse como debían de haberse movido siempre, hasta la llegada de la enfermedad.
Un viejo se acercó al salvador y le puso una mano en el hombro.
–Gracias por llorármela –le dijo.
Arrieta, que desde el instante de su encuentro con la partida se había visto condenado, y que ahora se veía a la vez libre y respetado, dudaba. Si alguien le hubiera contado aquello acerca de un tercero, no lo hubiese creído, de modo que no se creía a sí mismo y hasta se desmentía como testigo.
–¿Qué dice que hice? –preguntó.
–Llorármela –insistió el viejo.
–Ahá…
Aún tenía las mejillas húmedas. Dos mujeres fueron hasta él, pasaron los dedos por lo que quedaba de sus lágrimas, como lo hubieran hecho por el fondo de una pila de agua bendita a punto de secarse, rebañando el plato del Señor, y se santiguaron. Una tercera, muy joven, fue a arrodillarse delante de él. Arrieta se asustó más que en cualquier situación anterior de su vida.
–¡No, m’hija! –protestó, sujetando a la creyente por el brazo para que no llegara al suelo–. ¡No seas bruta! Yo no soy nadie para que hagás eso…
–Perdone, don Arrieta –rogó la muchacha.
–¿Cómo sabés mi nombre? –desconfió él.
–¿Cómo no iba a saberlo? Todo el mundo lo sabe…
–Bueno, pero no hagás más una cosa así. Dios es Dios y los mortales… no somos nada.
Esa frase, la primera con un cierto sentido que se le oía pronunciar tras una curación, fue su sermón inicial. Era una pelotudez, resumiría posteriormente el inglés Grove, que fue quien organizó la historia al contarla: juicio valorativo que no negaba el carácter que, mal que a él le pesara, había adquirido la sentencia en el criterio popular, en el cual suelen confundirse pelotudeces y sermones. Muchas de las cosas que iría diciendo a lo largo de lo que le quedaba de vida, igualmente obvias, igualmente indiscutibles, acabarían por formar un cuerpo de doctrina y ser una herramienta de acuerdo.
Arrieta comprendió en aquella ceremonia que había empezado a ser alguien distinto, pero no hizo más preguntas por miedo a que la tortilla se diera vuelta. Deseaba con toda su alma llevarse aparte a la joven devota y pedirle que le contara su vida: la de él, claro, porque estaba seguro de que su pasado había cambiado y no sabía de qué modo ni en qué dirección, y porque la de ella no debía de tener el menor interés. Pero no se atrevió. ¿Cómo lo iba a hacer? ¿Le iba a decir “vení, contame mi vida sin que nadie se entere”? A saber cómo reaccionaría, si estaba claro que era un loca, capaz de ponerse de rodillas para pedirle quién sabe qué a un gaucho de mierda, sólo por cosas que había oído decir.
Con el tiempo, fue aprendiendo qué se esperaba de él, quién le correspondía ser.
La mayor parte del personaje la incorporó por sus propios medios, adivinándola en ojos y palabras, pero completó y perfeccionó el oficio gracias a Raquel Grein, mucho más tarde y mucho más al sur, en la Patagonia, cerca del mar.
Alrededor de mil novecientos diez, Raquel Grein había puesto ahí su propia casa de putas, junto a un poblado transitoriamente próspero cuyo nombre es preferible olvidar, tan helado como la miserable aldea judía del este de Chequia en la que ella había visto su primera luz, una luz espesa y perturbadora, de lámpara de aceite, que en nada se parecía a la del sol
Raquel, huérfana de madre al nacer, había sido también, poco más tarde, huérfana de un rabino que la había concebido en edad provecta y que la había abandonado a las corrientes del mundo con las escasas fórmulas para la supervivencia que su dañada memoria de místico y cabalista activo retenía con dificultad, y con una herencia escrita que no había deseado dejarle.
Decía él, en sus desvaríos, temibles por ser los de un hombre inteligente, que entre los pocos papeles que le habían acompañado desde Praga hasta aquel moridero rural, había uno en el que constaba la letra de la creación que había permitido a su colega Loew insuflar la vida en una figura de arena. Ya en sus últimas horas, el rabino Grein ordenó a su hija quemar todos sus textos, por no estar seguro de cuál guardaba el terrible secreto.
Raquel, formalmente obediente en su afán de no perturbar al agonizante, llevó los papeles al fondo de la casa, que se abría al campo, encendió un fuego con hojas secas y ramas, e hizo arder en él las páginas de un par de libros desmadejados que nadie echaría de menos. Pero guardó los auténticos bienes de su padre, el legado al cual se sentía con un derecho que nadie parecía dispuesto a reconocerle. Algún día lo descifraría.
Cuando supo o creyó que su último deseo había sido realizado, el rabino entregó su alma.
En los comienzos de su adolescencia, con una carga de leña en la espalda y los pies enterrados en la nieve, Raquel comprendió que cualquier otro lugar en el mundo sería mejor que aquél. Se dejó llevar por el primer tratante de carne humana que pasó por el pueblo y fue embarcada en Marsella, rumbo a Buenos Aires, sin haber visto de Europa más que dos o tres ventanillas con distintos paisajes,. Tampoco vio de los mares más que un ojo de buey. Entre sus pocas ropas, guardaba lo que el rabino había escrito. Y así lo guardaría siempre.
Severo Arrieta la encontró agotada por el esfuerzo de veinte años de servicio a un rufián que le había hecho pagar un precio demasiado alto por su libertad, con una cara y un cuerpo perjudicados por un trabajo casi sobrehumano, pero aún bella para los cánones de aquel helado confín, al que él había llegado únicamente porque no sabía detenerse.
Ella le enseñó a detenerse. A decir verdad, fue la primera mujer a la que él vio en su vida. A todas las anteriores las había sentido pasar, o había pasado por ellas, por encima de ellas, sin fijarse. ¿Para qué mirar o intentar recordar a quien no se va a volver a encontrar jamás? Y ni las desesperadas de los pueblos que le pedían unas lágrimas, ni las pupilas de los burdeles en los que nunca viviría más de una noche o una tarde, iban a regresar a él después de su efímero contacto. Las desesperadas querían su don, no a él. Las otras, el dinero que pudiera darles. Por lo demás, Arrieta era una sombra.
El don le inquietaba. Crecía, se hacía diverso. Con el tiempo, supo que no sólo sus lágrimas hacían retroceder a la muerte, sino que también sus manos llamaban a la vida y limpiaban desgracias del cuerpo y del alma. Y que sus ojos distinguían lo que otros no: el mal aposentado en los sufrientes, el dolor, el amor torcido, los embarazos aún invisibles, la codicia, el odio contenido, los pensamientos generosos y los propósitos criminales. Hacía lo que podía, que no era mucho pero lo parecía, para remediar, borrar, componer. Trataba de reparar o de alentar lo que veía.
Veía. Veía cosas. No veía a la gente, pero veía lo que la gente no veía. Por eso decidió leer. No aprender a leer, algo para lo que se consideraba ya demasiado viejo, sino leer, sin más. Tampoco leer los periódicos que el destino le pusiera por delante, que eso sabía hacerlo mucha gente y estaba visto que no servía de nada, sino leer lo que otros no fueran capaces de leer.
Con ese propósito en su alma de anacoreta montado y lanzado por el camino de la perfección, llegó a la casa de Raquel Grein, donde no pensaba quedarse ni hacer experiencia alguna: el cuerpo le urgía a sobrevolar a una hembra sin rostro y marcharse más ligero para sus empeños espirituales. Pero Raquel, quien, así como Arrieta no veía a las mujeres y por parecidos motivos, no veía a los hombres, le vio a él. Podía haberle preguntado cómo se llamaba, pero no:
–¿Quién sos vos? –fue lo que dijo.
–Severo Arrieta –se identificó él, ahora habituado a la fama entre los pobres, con cierta esperanza de conmoverla.
–No, no me interesa saber tu nombre. Quiero saber quién sos.
–Vas a tener que ir a preguntar por ahí, porque yo, de eso, no estoy seguro…
–¿No sabés?
–Un poco, sí. Pero no todo.
–Contame lo que sepas –pidió y sirvió dos vasos de hospitalaria ginebra.
–Arreglo cosas, dicen. Cosas de la salud, de la pena, del pensamiento. Y veo otras. No las entiendo muy bien, no, las cosas que veo. Por eso, si no hay confianza, no las digo.
–¿Cómo qué son las cosas que ves?
–Como nada, no se parecen a nada, son raras, pasan a oscuras.
–¿A mí me ves algo?
–Sí.
–Decime qué. Hay confianza, ¿no? Si querés, dormimos juntos.
–No, si no es eso…
–¿Y entonces? Me mentís, no ves nada, no me ves.
–Sí que te veo. Y hasta creo que me voy a acordar de vos cuando me vaya.
–Si me ves, decime.
–Bueno, pero si me prometés que no te vas a enojar.
–Yo no me enojo nunca. Si me enojara, habría reventado. ¿No ves que no soy nadie? ¿Que no soy nada? ¿Que nadie me ve? Paso como un fantasma entre fantasmas: me usan de palangana, de escupidera, pero no me ven. Por eso no me enojo.
–Yo te veo. Te veo bien. Te veo demasiado. Sos dos.
Raquel se rió al oír aquello. Se rió mal, por falta de costumbre, y lo que iba a ser una carcajada se quedó en dos o tres graznidos. Pero Arrieta percibió la risa.
–Te lo digo en serio –se quejó.
–¿Y dónde está la otra, que yo no la conozco?
–Ahí mismo, al lado tuyo. Lo que pasa es que está desalmada. Igualita a vos, pero desalmada. Por eso no la ves. Es como si todavía no hubiera nacido.
–Yo también estoy desalmada.
–No. Vos tenés alma. No usás, pero tenés. Ella no.
–¿Y vos sabés dar el alma? –casi se burló Raquel.
–Yo no. No es cosa de saber, es cosa de poder. Yo no puedo, pero vos sí.
–¿Eso también lo ves?
–Sí.
–Estás loco, Severo, o como te llamés. ¿De veras te llamás así?
–Sí.
–Nombre jodido…
–Sí. Pero no estoy loco. Vos podés dar el alma. A la otra vos o a quien quieras… Tu padre también podía, pero se quedó sin hacerlo porque tenía miedo.
–¿Qué sabés vos de mi padre?
–Te mandó a quemar unos papeles y vos no los quemaste…
–Sí, eso es cierto.
–Está en los papeles.
–¿Qué está?
–Tu poder. Ahí dice.
–Si sabés eso, sabés dónde tengo ahora los papeles –desafió ella.
–Acá nomás, en esta mesa, atados a la tabla de abajo –señaló él, como con cansancio.
Y después dijo, mirándola:
–Sacalos.
No estaba habituado a dar órdenes, de modo que la palabra sonó suave, inofensiva.
Raquel le hizo caso. Se agachó con un cuchillo en la mano, cortó el cordel que sujetaba su legado y puso las hojas encima de la mesa.
–No vas a saber leer… –anunció.
–Yo sé –quiso tranquilizarla él.
–¡Qué vas a saber vos leer hebreo! ¿Dónde aprendiste, eh? Decime dónde…
–No aprendí a leer. Ni eso que vos decís ni nada. Pero sé cuando hace falta saber, y ahora hace…
–Probá.
Arrieta puso la mano derecha sobre la escritura del rabino y cerró los ojos.
–Oíme –dijo al rato, sin cambiar de postura.
–Sí, te oigo.
–No, acá, acercate. Tengo que decirte al oído una letra.
–¿Y por qué al oído, si estamos solos? No hay nadie en leguas…
–No importa. Tiene que ser al oído.
Raquel pegó la oreja a los labios del gaucho y escuchó.
–¿Te vas a acordar? –quiso asegurarse él.
–Claro.
–Bueno –abrió los ojos y usó la mano para tomar su ginebra.
–¿Y ahora? –se propuso continuar Raquel.
–Ahora podés hacer lo que quieras. Podés olvidar lo que te dije, obedecer de una vez a tu padre y quemar esto. O podés decirle a la otra lo que yo te dije.
–¿Y si se lo digo, qué pasa?
–Que la vas a ver, que va a ser tuya, que va a tener alma, que te va a servir…
–¿Y? ¿Qué más?
–Que Dios te va a castigar. O no. A lo mejor te premia. Porque lo que vos hagas, si lo hacés, es cosa de él. Él es el que inventa a la gente y le pone un alma. Sólo él.
–Yo hice cosas peores que inventar gente.
–Peores, sí, pero tuyas.
–No importa. Peores.
Lo que Raquel vio entonces fue la posibilidad de un descanso. Con una desmedida ambición y una asombrosa cortedad de miras, decidió emular la obra de su dios, o diosa, y crear una mujer a su imagen y semejanza para que desempeñara en su lugar las más penosas de cuantas tareas le demandaba su oficio. Para que atendiera, pensó la demiurga aficionada, al menos a los clientes más perversos y a los más brutales, condiciones que en no pocos casos coincidían en el mismo varón. Hizo lo que todo el mundo: desear lo inalcanzable en la medida de su ignorancia. El deseo y la necesidad, a veces, son la misma cosa.
–Quiero –anunció Raquel–. Debe de ser mi destino hacerlo, porque si no, vos no estarías acá.
–No –discutió Arrieta–. Vos tenés un solo destino, el mismo que tenemos todos, y no es hacer esto o aquello.
–¿No?
–No. El destino es elegir. Si elegís bien, tenés premio. Si elegís mal, te jodés. Para siempre, para toda la eternidad. Toda.
–Bueno, si elijo hacerlo…
–Te vas a joder –vaticinó el hombre.
–¿Más? No.
–Yo te avisé. Ahora, es cosa tuya.
–¿Qué hay que hacer? ¿Cómo le digo a ella lo que tengo que decirle, si no la veo?
–Abrazala –dijo Arrieta.
–¡Pero si no la veo!
–No importa –se levantó y se acercó a Raquel–. ¿Nunca abrazaste a nadie?
–A medio mundo.
–Bueno, hacé como que abrazás… No, del otro lado.
Él mismo le acomodó los brazos en torno de la invisible, rodeando la cintura con el izquierdo, pasando el derecho por encima del hombro, juntando una cabeza con la otra de modo que la boca de Raquel quedara junto al oído de su doble.
Después se alejó un poco y contempló su arreglo, como un coreógrafo inseguro.
–¿Así? –susurró la mujer, al ver que él aprobaba.
–Sí, está bien. Ahora, decile lo que le tengás que decir, bajito, como yo a vos.
No hubo grandes anuncios, no se ocultó el sol ni se fundió la nieve de las montañas, no tembló la tierra ni un viento inesperado se llevó la casa: simplemente, Raquel se encontró de pronto con otra mujer entre los brazos. Una mujer idéntica a ella, con sus mismas arrugas y sus mismas pérdidas. Con su misma edad, pero no su misma experiencia. Qué raro, pensó Arrieta al verla con alma, es igual de vieja pero es joven. Y sintió que, aunque Raquel no le daba miedo y la recién llegada aún no era nadie, juntas le asustaban hasta ponerle todos los pelos de punta, como a un gato se los pone la cercanía del diablo. Aquello debía de ser el mal verdadero, pensó, porque no lo era la muerte, con la que ya tenía una confianza, ni lo era el dolor, que tenía un límite después del cual advenía la bendición de la inconsciencia. Por primera vez en su ya larga existencia, se dio cuenta de que había cometido un error, conoció la culpa. Porque no estaba a su alcance retroceder en el tiempo, y comprendía que ni con sus lágrimas ni con sus manos iba a poder reparar un nacimiento que estaba contra la ley de Dios.
Ahí, diría Grove al contarlo, Severo Arrieta adquirió la sabiduría. Que es una cosa callada, explicó el inglés. Cuando hablaba, el gaucho decía una pelotudez tras otra, y todo el mundo se acordaba de ellas porque eran obviedades y sinsentidos, solemnidades de ignorante, y la ignorancia no se olvida: hasta cuando se llega a ser sabio, la ignorancia se queda ahí, agazapada, esperando el momento oportuno para echarlo todo a perder. Cuando dejó de hablar, Arrieta adquirió la sabiduría. Conservó su ignorancia, pero se liberó del hábito de pensar en voz alta.
La decisión de matarlas no fue al principio más que un deseo oscuro, un nudo en las tripas en el que fue a juntarse todo su miedo cuando se le retiró de los pelos. Le llevó un tiempo darle forma, convertir el deseo en propósito y discernir un modo de llevarlo a cabo sin que lo madrugaran. Tuvo que ser astuto de un modo nuevo. Hasta entonces, había tenido la astucia del proscripto, útil para despistar, para distraer, para perderse, para irse. Ahora había de desarrollar la astucia del sedentario, útil para quedarse: la astucia de la inacción y el silencio.
Dinero tenía: las alforjas llenas de donativos de curados y creyentes en general, que él no gastaba porque no tenía en qué y no sabía emborracharse. Así que se estableció en el pueblo, en una casilla llena de aires helados que le alquilaron por casi nada. De la comida no tenía que ocuparse, venían a traérsela los desgraciados para que, a cambio, les arreglara la vida. Tipos que hacían viajes increíbles por la Patagonia, con toda su familia a cuestas, porque había corrido la voz de que Arrieta ya no era un santo itinerante, de que se había quedado en un sitio. Tipos que traían niños para que él les quitara la tos y tipos con rebaños que venían a dejar ahí las garrapatas de las ovejas. Paralíticos que tenían tantas ganas de alejarse de Arrieta andando, que lo conseguían. Tuberculosos con tantas ganas de vivir que salían del pueblo asombrosamente mejorados y tardaban días en volver a toser hasta caerse del caballo para siempre.
Mientras Arrieta dejaba crecer su fama sin más esfuerzo que el de llorar un poco de vez en cuando, unas lágrimas que de todos modos hubiera soltado porque sí, por su espantosa soledad, o el de dar unas palmadas en un hombro o en el lomo de un carnero, el negocio de Raquel Grein empezó a prosperar. La otra Raquel era capaz de trabajar más de lo que ella misma había trabajado nunca, porque el alma que le había sido dada procedía de abajo, no de arriba, y gozaba apasionadamente de su miserable papel. La hija del rabino, pues, empezó a tomarse días enteros de libertad, sin recibir a nadie en su cama.
Arrieta sabía diagnosticar las enfermedades venéreas sin necesidad de ensuciarse la vista con el espectáculo. A decir verdad, se lo daban hecho. Él solía atender afuera. La gente llegaba, y él la oía llegar y salía. Tocaba, murmuraba unas palabras, lagrimeaba encima de la persona o el animal enfermos, y los despedía. Algunos, sin decir nada, se acercaban a la olla que había puesto junto a la puerta de la casilla y soltaban en ella unas monedas o unos billetes. Pero, de tanto en tanto, el visitante era un hombre, esperaba a que no hubiera nadie para acercarse y pedía ser recibido en el interior. Sífilis, purgaciones, porquerías. En esos casos, Arrieta miraba al individuo con los ojos más tristes del mundo, le decía que no era necesario, que a él no le hacía falta ver para saber, ni tocar para sanar. Después iba a la olla del dinero, sacaba unos billetes, una suma generosa, y mandaba al paciente al burdel.
–Yo ya hice lo que estaba en mi mano –declaraba–. Ahora, vaya y páselo bien. Esas mujeres son muy lindas –recomendaba.
–¿Voy de su parte? –se atrevía a averiguar alguno.
–Si les dice que va de mi parte, no le van a creer, así que no vale la pena.
–¿Por qué no me van a creer? ¿Usted no va nunca? –insistían los más osados.
–Yo soy un santo, ¿no se acuerda?
Y ahí se acababa la conversación.
De los de podredumbre demasiado evidente, uno que otro era despachado sin servicio. Pero no todos, porque no a todos los miraban como era debido. Raquel, porque nunca había mirado a ningún varón, salvo a Severo Arrieta. Su pupila, porque se sentía eterna. Los demás se iban encantados, cuando los atendía la vocacional, o aliviados, cuando les tocaba la otra.
No es fácil morir de sífilis. Pasan años entre los primeros estallidos del espanto en la piel y el deterioro del cerebro, un deterioro lento, que puede hacer estaciones en la filosofía, la lírica o las matemáticas paradójicas antes de llegar a la locura y al éxtasis de la implosión. Para Arrieta nunca había existido la prisa, pero ahora temía dejar este mundo sin haber alcanzado a corregir su error.
De tanto en tanto, cuando le iban a buscar para un lloro o le traían un desahuciado para que lo lagrimeara en su terreno, Arrieta se encontraba con la parca. Y de tanto en tanto, la veía pasar, ir en busca de alguien que no guardaba relación alguna con él. Entonces se saludaban de lejos, con un sereno, grave movimiento de cabeza, sin decirse nada.
Un día, según expresión de Grove, siempre tan contundente, el curandero llamó a la vieja. Imagino que levantó la mano al verla y ella se detuvo. Quizá los dos se fueran aproximando hasta reunirse, quizás Arrieta, respetuoso, haya ido hasta ella.
–Tengo que hablar con vos –debe de haber dicho el hombre.
–¿Para qué, si yo ya sé? –tendría que haber sido la respuesta.
–¿Sabés lo que hice?
–Joderme, Arrieta, eso es lo que hiciste. Darme más trabajo del que ya tenía y meterme en un problema nuevo.
–¿Qué problema?
–La mujer esa, la segunda, no está entre los nacidos. No está en mi lista.
–Ahá…
–¿Ahá? ¿No se te ocurre nada más?
–Sí, ocurrir se me ocurre, pero me parece que no sirve –angustiado, el gaucho.
–A ver, Arrieta… Y no te me pongás a llorar, que no vale la pena. Hace rato que no me llegás al corazón…
–¿Y entonces por qué me hacés caso?
–Porque me contagiaste la lástima. Los dejo un rato más por ellos, no por vos… pero yo no tengo por qué explicarte esas cosas. Contame lo que tenés pensado.
–Matarla. Sin vos. Vos aparecés después… ¿no te pasó nunca que se te adelantaran?
–No. Siempre estoy cuando alguien mata a alguien. No puedo no estar.
–Sí que podés. Lo que pasa es que no querés. Entretenete un poco, ocupate de algún nacimiento…
–No lo veo, Arrieta –dudó la parca.
–Será eterna, entonces.
–¡No digás boludeces! ¿Cómo va a ser eterna? No es Dios, ¿no?
–No, pero a lo mejor es el enemigo… ¿Y la otra? Estará enferma.
–Claro que está enferma. Si le mandaste toda la mierda que anda suelta por ahí…
–¿No podés cambiarle la cita? ¿Ir a buscarla más temprano? Así, de paso, le ahorrás sufrimientos, pobrecita…
–No empecés con eso de pobrecita. Si me la llevo, me la llevo y se acabó, porque me da la gana. Está bien… digamos que me la llevo. ¿Y después?
–No sé después. ¿La nueva no se enfermó? ¿Tan eterna es?
–Sí que se enfermó, pero no está en la lista. Los tipos que se acostaron con ella, están todos, y todos se van a morir por eso. Pero ella no. Decime una cosa, Arrieta: vos, por casualidad, ¿no te acordarás de esa puta letra?
–¿Qué letra?
–La que estaba escrita en los papeles del viejo, la que servía para enalmar lo desalmado.
–Ah, ésa.. Sí, me acuerdo.
–¿Ves que sos un pelotudo? –esto tal vez no lo haya dicho la parca, pero Grove dijo que lo había dicho y es así como se cuenta–. ¿Por qué no me lo dijiste antes?
–No me lo preguntaste. ¡Mirá que nos vimos veces! Podías habérmelo preguntado…
–Tenés razón –reconoció ella–. Lo que pasa es que vos no das confianza, sos un tipo muy seco… Y al final te lo pregunté. ¿Qué más da, un poco antes o un poco después?
–Sí, mirado así…
–Lo que importa es que tenemos la solución.
–¿Qué solución? No se va a morir nadie porque yo me acuerde de una letra…
–¡Qué animal que sos, Arrieta! Siempre a caballo, nunca leíste nada.
–No sé leer.
–No sabés, pero bien que lees cuando te sale de las pelotas. Lees lo que te parece. ¿Sabés lo que es un golem?
–¿Un qué?
–¿Ves? Y eso que estaba en esas hojas que leíste. Mirá, no te preocupes, yo te explico: la misma letra que enalma, desalma.
–¿Y?
–Vas y se la decís a ésa al oído.
–¿Al oído? No me va a dejar.
–Si le pagás, sí, te deja todo.
–¿Y si me contagia algo?
–Ése es el precio. Yo me llevo a la otra y vos me sacás a la difícil de adelante.
–Pero me voy a morir si hago eso.
–Te vas a morir igual, Arrieta. Sólo que así te vas a morir en paz, limpito, como si nunca te hubieras mandado la cagada que te mandaste. Si la dejás a esa tipa, cuando la original se muera, no la para nadie.
–Está bien. Total, aparte de pararte a vos cuando venís con apuro, mucho que hacer no tengo. Pero dame unos días para prepararme.
Cuando la parca se hubo marchado, Arrieta sacó cien pesos de la olla y se fue a la casa de Raquel.
Puso el dinero encima de la misma mesa bajo la cual ella había vuelto a esconder los papeles de su padre.
–Quiero pasar acá toda la noche –declaró.
–¿Pero no eras santo, vos?
–A veces no.
–Pasá –le dijo Raquel, señalando su habitación.
–No. Con vos no, a vos ya te conozco. Con la otra.
–¡Raquel! –llamó Raquel–. Ponete contenta, tenés un cliente.
La mujer que él había visto en las sombras estaba más desnuda que cuando había venido al mundo. Arrieta se quitó toda la ropa y la puso sobre una silla, doblada, con el facón encima. Ella lo miraba con admiración, nadie hacía nunca nada parecido en aquel mundo. Cuando terminó con la última prenda, Arrieta estaba temblando. Se acercó a la cama y, antes de tenderse junto a ella, se persignó.
–Que Dios me perdone –dijo.
La mujer le llamó a su lado con los ojos y lo abrazó como si lo quisiera.
–Sos linda –le murmuró al oído antes de pronunciar la letra del rabino.
Cuando ella regresó a la tiniebla, a la nada, cuando se le deshizo entre los brazos, Arrieta se levantó, tomó el facón y salió para enfrentarse con Raquel Grein. Ella no esperaba morir así, pero no fue capaz de detenerle. La degolló de un solo tajo: los años de santidad no le habían hecho perder la mano. Después, se limpió con una toalla, limpió la hoja y se vistió.
La parca apareció a su lado en el camino de vuelta a su casilla.
–¿Viste que se podía? –le dijo Arrieta–. Llegaste tarde.
–No creas. Lo de Raquel era para hoy. Gracias por lo de la otra.
–De nada. ¿Y a mí, cuándo me toca?
–Ahora, si querés…
–Bueno –aceptó Arrieta, y siguió andando, pasó por el pueblo y fue más allá, apartándose del camino, perdiéndose.
Grove contó la historia después de que encontraran su cuerpo, cuando el verano disolvió la capa de nieve que lo cubría.

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