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Archivo de Noviembre, 2011

La Dependencia

Muchas veces nos quejamos de la mala suerte que tenemos en la vida. De los sueños que no podemos cumplir porque no se dan las condiciones, porque no nos ayudan, porque nos ponen trabas, porque nos defraudaron, porque las cosas cambiaron.

Mi actividad laboral se desarrolla completamente en el ámbito de la educación. Sistema complejo y en crisis si los hay. Y durante mas de diez años me dediqué a dar explicaciones de por qué no llegaba a mis metas, por qué quedaba siempre relegado, por qué no crecía profesionalmente, por qué no era eficaz en mi trabajo, etc. etc. En verdad las escuelas son estructuras verticalistas en las que la actividad de cada uno depende de las decisiones que toma uno que está mas arriba. Pero además tenemos una sociedad que nos está mirando de cerca, nos está señalando con el dedo, nos está reclamando que le devolvamos la cordura al mundo mientras se introduce en las aulas con todos sus conflictos.

Y es que somos dependientes. Hemos crecido en una cultura de dependencia. Estamos pidiendo a gritos que nos devuelvan los alumnos que fuimos nosotros cuando éramos chicos. Y aquellos que no vivieron en esa época, no pueden ni soñar con ayudar a desarrollar las potencialidades de chicos para los cuales llegar sanos al final del día es toda una hazaña.

La verdad es que muchos chicos no tienen ni idea de lo que es soñar con un mañana, unos porque no tienen nada, les falta todo, y otros porque al tenerlo todo les falta lo mas importante: los sueños.

Entonces decimos que para poder enseñar nuestra disciplina necesitamos que nos den las escuelas en condiciones, con los materiales didácticos adecuados, las instrucciones precisas, la actualización profesional pertinente, las reglas claras y los mecanismos eficaces para que se cumplan al pie de la letra, y lo mas importante, unos alumnos bien alimentados, prolijos, obedientes, inteligentes y bien educados por una familia ejemplar. Dependemos de todo ello y mucho mas para tener éxito en nuestra tarea.

En cambio tenemos que ir a escuelas que se caen a pedazos, todas pintarrajeadas, que para hacer cada reparación, hay tantos tramites burocráticos y demoras que cuando llega ya no hay nada para reparar. Con alumnos que ni siquiera nos consideran dignos de faltarnos el respeto, que se limitan a ignorarnos. Que para lo único que levantan la mano es para ir al baño. Que solo conocen las reglas que les garantizan sus derechos, incluso conocen derechos que nadie escribió jamás. Que siempre tienen algún motivo, razón o circunstancia para no haber estudiado o haber hecho la tarea o haber entendido.

Y nos justificamos porque no podemos garantizar la educación que nos exigen porque nuestra tarea depende de las decisiones políticas del gobierno de turno, de las familias que no quieren o no saben como educar a los chicos pero exigen que les demos una educación de excelencia o al menos que los aprobemos, de los mismos chicos que no demuestran interés por los contenidos que les ofrecemos y ni siquiera se muestran preocupados por un futuro laboral que cada día exige mayor formación.

Pero… ¡Ops!… Parece que no somos los únicos afectados por la dependencia.

Yo me quejo porque la escuela no me da los recursos que necesito ni sostiene mi autoridad, porque los padres de mis alumnos no los educan para ser buenos estudiantes y porque a mis alumnos no les interesa nada.

Los padres de mis alumnos se quejan porque no le pueden hacer frente a la televisión, internet, la moda, el mercado y la globalización, porque los chicos no los respetan y porque los docentes no tienen vocación y solo se preocupan por el salario.

Los chicos se quejan porque no tienen libertad, no tienen expectativas, en la escuela no les enseñan nada útil y la sociedad es injusta y expulsiva.

Depender de las decisiones de otros para lograr nuestros objetivos es ser dependientes.

Es verdad que no podemos aislarnos o ignorar el contexto en que nos desarrollamos. “Resistirse es fútil” decían los BORGS en viaje a las estrellas, “Serán asimilados”. Es ridículo planificar clases para chicos de la década del 60 en pleno siglo XXI, o diseñar ejercicios en laboratorios que no existen, o mandar notas a los padres diciendo “Su hijo se dispersa en clase” o decirles a los chicos “Este tema te servirá en un futuro” o “El esfuerzo y la dedicación siempre son recompenzados”. Pero es peor aún bajar los brazos, caer en el fatalismo y decir “No hay nada que hacer, así no se puede”.

Abandonar la cultura de la dependencia lleva dos grandes ingredientes: Los objetivos y el conocimiento de la realidad.

Fijarse objetivos, tener metas y no perderlas de vista nos mueve a la acción, nos pone y mantiene en marcha. Pero fundamentalmente son como la brújula para el navegante. El día a día puede llevarnos a perder de vista el objetivo y encerrarnos en caminos sin salida enfrascados en conseguir algo que quizá no sea imprescindible. Cuando estemos trabados por algo que no conseguimos es bueno preguntarnos ¿Para qué es tan importante?

Conocer la realidad es como tener las cartas de navegación. Reduce los riesgos de perdernos y chocar con obstáculos. Nos permite prepararnos para la jornada y tomar decisiones.

Dentro de esta realidad están también las decisiones y conductas de los demás, y fundamentalmente sus objetivos. Si conocemos a quienes interactuarán con nosotros y podemos conocer sus objetivos y darles a conocer los nuestros, a esto que hoy es dependencia, podemos transformarlo en interdependencia. Podemos realizar y recibir aportes que nos ayuden a lograr las metas comunes y negociar las individuales. Podemos encontrar aliados en los que quizá hoy creemos adversarios.

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