El Buenos Aires que se fue

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EL ALCOHOLISMO EN EL TANGO

El alcoholismo es una adicción siempre presente en el desarollo de la ciudad de Buenos Aires, estrechamente identificada en el diario vivir.

El tango supo incorporarlo en sus versos, traduciendo las distintas situaciones en las que participó con rol protagónico. Un factor dominante fue la relación apasionada hombre mujer, siendo el hombre el que contó la versión de los hechos, que desembocaron en la búsqueda de la compañía del alcohol.

El engaño en la pareja es uno de los hechos más frecuentes que conducen a experimentar “el alivio” del alcohol. En “La copa del olvido”, de Alberto Vacarezza y Enrique Delfino, el despechado ahoga en alcohol sus penas, evitando males mayores: ” ¡Mozo! traiga otra copa/ y sírvase de algo el que quiera tomar,/ que ando muy solo y estoy muy triste/ desde que supe la cruel verdad./ ¡Mozo! Traiga otra copa/ que anoche, juntos, los vi a los dos…/ Quise vengarme, matarla quise,/ pero un impulso me serenó”.

La resignación ante la separación sin retorno, dejando atrás tiempos más felices, de mutuo entendimiento, provoca una amarga invitación a compartir otra copa. Juan Caruso y Francisco Canaro así lo dicen en “La última copa”: “Y brindemos nomás la última copa/ que, tal vez, también ella estará/ ofreciendo en algún brindis su boca/ y otra boca feliz la besará./ Eche, amigo, no más, écheme y llene/ hasta el borde la copa de champan,/ que mi vida se ha ido tras de aquella/ que no supo mi amor nunca apreciar.”

El alcohol era un protagonista que asumía figura propia, como un ser viviente que acompañaba al bebedor en los trances favorables y desfavorables. Ante el rechazo o el abandono de la que tanto quería, se transformaba  en el interlocutor con quien dialogar “su sermón de vino”, como en “La última curda” de Cátulo Castillo y aníbal Troilo: “Ya sé que me hace daño,/ ya se que me lastimo/ llorando mi sermón de vino;/ pero es el viejo amor/ que tiembla, bandoneón,/ y busca en en licor que aturda/ la curda que al final/ termine la función/ corriéndole un telón/ al corazón”.

En general, el tango se refiere a las penas que el hombre comenta delante de una copa, habitualmente solo. Pero en raras ocasiones, se comparten las desdichas con la compañera, situación explicada en el tango “Los mareados”, de Enrique Cadícamo y Juan Carlos Cobián, como preámbulo a una separación definitiva: “Esta noche amiga mía,/ el alcohol nos ha embriagado…/ ¡Qué me importa que se rían/ y nos llamen los mareados!…/ Cada cual tiene sus penas/ y nosotros las tenemos…/ Esta noche beberemos/ porque ya no volveremos/ a vernos más…”.

Se bebe para olvidar momentos, momentos que se repiten, que se evocan a cada instante hasta hacerse intolerables, como una espina clavada que lastima sin compasión. Vivencias que se evocan a toda hora, especialmente cuando la persona se siente sola. Así lo vemos en  “El Encopao”, de Enrique Dizeo y Osvaldo Pugliese: ” Me llaman “El Encopao”…/ ¡ Como si el que anda así pierde el honor…!/ Y no piensan que el que mata/ su rabia entre unas copas/ tiene su razón./ ¡Total que le importa a ella/ que viva como yo vivo!./ Metido siempre en el boliche de esa esquina/ que ha dejado de ser tan linda/ por su olvido…”.

La fama de macho corajudo que se resiste a mostrar su debilidad buscando alguien a quien contar sus penas, sus desdichas, su dolor provocado por la ingrata que prefirió a otro, ha quedado magistralmente interpretado por Gardel en “Tomo y obligo”, de Manuel Romero y Carlos Gardel: “Tomo y obligo ¡Mándese un trago,/ que hoy necesito el recuerdo matar…/ ¡ Sin un amigo, lejos del pago,/ quiero en su pecho mi pena volcar!/ Beba conmigo, y si se empaña/ de vez en cuando mi voz al cantar./ No es que la llore porque me engaña,/ Yo se que un hombre no debe llorar…”.

El café es el refugio de esas almas torturadas y quejosas, que van de lamento en lamento al encontrarse con los amigos, tratando de justificar su imagen deteriorada, con la ayuda del alcohol. Es muy demostrativa la escena descrita en “No me pregunten por que”, de Reinaldo Pignataro y Carlos Di Sarli: “Muchachos…/ si cualquiera de estas noches/ me ven llegar al café,/ tambaleando, medio colo/ babeando y hablando solo./ ¡ No me pregunten porqué!/ Borracho…/ Refugiado en el alivio/ del brebaje dulce y tibio/ que nos prodiga el licor/ tal vez me olvide de aquella / que hasta ayer fuera mi estrella “.

Embriagarse para no recordar momentos tristes, ésos que reemplazaron a las épocas alegres y felices, cuando la vida sonreía plenamente, cuando nada hacía pensar que “lo bueno poco dura”. Cuando no se recurría al paraíso artificial del olvido y despreocupación brindado por el alcohol. Lo escuchamos en “Bien frappé”, de Héctor Marcó y Carlos Di Sarli: ” A ver, mozo, traiga y sirva / caña fuerte, grappa o whisky / p’al dolor,/ que el sol de sus veinte años/ quemó con su engaño / mi vida y mi amor;/ que en su boca mentirosa/ pintada de rosa/ de hiel me embriagué/ y hoy, al ver que se resiste,/ busco olvidar y quiero whisky/ bien frappé”.

El alcoholismo, enfermedad social siempre vigente en el tango de ese Buenos Aires que se fue.

El tango, La cuestión social

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