Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Otro cuento para ustedes (última parte)

Recibí de José la continuación más espléndida de mi cuento del miércoles pasado. Recibí de Joise unas lecciones de literatura impartidas por Platón (Biografía de Platón).

Recibí de jóvenes que escriben como príncipes elogios y zalemas (La figura del héroe en dos cuentos de Andersen). Y me quedé esperando a Celestino (Niveles de la amistad).

Pero también recibí una sorpresa (Matemagia: Magia y Matemática) entre los comentarios: el de José María Gil, a quien de todos modos yo había convocado.

Aunque… lo convoqué porque hacía mucho que no lo “veía” y lo extrañaba, pero no pensé recibir algo así como una confirmación desde los cielos (Por favor, miénteme…).

Es decir, mi narración, al menos para mí, es del todo fantástica y nada tiene –o tenía en el principio- que ver con cuestiones más profundas, esotéricas…

Pero, ya escrito y publicado el cuento, el día anterior a recibir el comentario de José María, yo, aburrida, había buscado en internet, con cierta displicencia, algo que me entretuviera (Influencia de los videojuegos).

Y encontré 13 lecciones del Kybalión (Naturaleza y propiedades del pensamiento).

Leí con interés; desde mis 20 a mis 40 años había husmeado alguna forma de lo divino en todos los sitios que me fue posible; desde la quintaesencia del ocultismo hermético hasta los libros de Fulcanelli. Y alguna vez emergí de una de esas lecturas con ciertas convicciones. Pero el tiempo pasó y, mientras leía ahora el Kybalión, algo dijo en mí, o yo misma dije: “¡Qué feliz sería si pudiera ahora creer en algo, correr apenas, como dice el texto, el velo de Isis! Necesito urgente una confirmación”.

Así llegó la colaboración de José María. Me desconcerté, ¿qué tiene que ver mi ingenuo relato de cajitas de música y caleidoscopios con lo que cuenta él, inteligente, y no un buscador holisqueante como yo?

“Como es abajo es arriba”, me dije. Además, la ley de gravedad está a mi favor, reuniéndome con todos ustedes.

Otro cuento para ustedes (última parte)

…Después de lo que me pareció como una hora de coloridos fenómenos atmosféricos y triángulos isósceles amarillos, rojos, azules, verdes, violetas, saqué mi ojo del visor e interrogué con la mirada al caballero.

-Espere –volvió a aconsejarme-. Desde que usted nació pasó un buen tiempo para que se inventaran la tv y las fotografías en color.

Me sorprendió la respuesta, pero no traté de saber más. Siempre preferí los milagros a la tecnología.

Volví a mirar y en un rato todo comenzó a surgir. El hombre con quien me casé, mis partos, los juguetes de los niños y las noches llenas de estrellas en las que salía con uno de ellos al hospital porque tenía un ataque de asma.

También cosas felices, navidades donde los ojos de mis hijos parecían encendidos por los ángeles de la espera. También cuestiones demasiado íntimas como para detallarlas en público.

Así todo paso dentro del caleidoscopio hasta llegar a verme como estaba en ese momento exacto: yo conversando con el vendedor.

-¿Y ahora? –dije.

-¿Qué más querría ver? –dijo con voz de alguien que ofrece perfumes, enaguas o puntillas.

-Por supuesto que el futuro –contesté.

-Eso es más difícil, es más caro, es más arduo, pero se puede.

-¿Cuánto más caro? –pregunté.

-Según –dijo-. Si es bastante largo cuesta más todavía.

Abrió la valija de nuevo. Extrajo otro instrumento, otro caleidoscopio, casi idéntico al que yo estaba usando.

-Lo que vea aquí sólo le pertenece a su futuro, yo no puedo mirarlo. Si ve mucho me paga más, pero tendrá que tenerlo hasta mañana, cuando pase a cobrárselo. Confío en usted.

-¿Y cómo lo manejo? –me preocupé.

-Con el ojo y batiendo, igual que a éste. Como ya vio lleva algún tiempo que aparezcan figuras al natural, tiene que meterse un buen tiempo en lo abstracto, pero se llega.

Iba a despedirme cuando me dijo:

-El primero me lo paga hoy, el del futuro me lo paga mañana.

-Pero yo ya vi mi pasado –dije, poniéndome en un lugar muy miserable.

-Le sirve como recordatorio, y aparte tiene que pagarme por el servicio.

La curiosidad me impidió seguir discutiendo. Mis ahorros fueron a dar todos juntos en la bolsa del vendedor. ¿Con qué le pagaría mañana?

Al entregarme los dos caleidoscopios después de recibir mis dineros, tomó la valija, lo acompañé hasta la puerta y allí, antes de abrirla, quise saber si vería mi muerte, el día de mi muerte, en ese instrumento del futuro.

-Claro –enfatizó-. ¿Qué sentido tendría que fuera tan caro y no mostrara lo que toda la gente quiere ver?

-¿Y cómo me doy cuenta cuando la muerte ya me llevó?

-Entonces es cuando deja de funcionar –dijo.

Estuve todo el día sin atender a mis plantitas, sentada en el living, con el ojo en ristre. Cada tanto debía ponerme unas gotas de colirio, para ver más claro el material gris uniforme de que estaba hecho el fondo.

Cuando llegó la noche, cuando llegó el amanecer del otro día, cuando llegó la tarde de los dos días siguientes, yo todavía pretendía hacer funcionar el aparato. Estaba segura que, de no hacerlo, mis horas o mis días estaban contados, el aparato ya había dejado de funcionar para mí.

Lo raro es que no apareció el vendedor a cobrarme el caleidoscopio del futuro; seguro que él ya sabía que me iba a morir muy pronto.

De pronto, una luz: ¿no sería que sabía que me podía estafar vendiéndome el primer caleidoscopio a un precio tan desmesurado?

Parece ser así; esto sucedió hace un año y todavía no apareció un acreedor, ni la muerte, en mi vida.

Envío

Celestino: dime “aquí estoy”, y nada más…

Abrazos

Mora

Monografias

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Comentarios

8 respuestas a “Otro cuento para ustedes (última parte)”
  1. cecilia rincon rincon dice:

    muchas veces la mente nos juega malos ratos al punto de volvernos paranoicos con cuentos que no tienen validez alguna e incredulos con las cosas que son de nuestro beneficio,pero asi en nuestra mente y es parte de la vida.

  2. cecilia rincon rincon dice:

    los buenos recuerdos alimentan nuestro espiritu y nuestra alma en el trascurso de la vida y soñar forma de ella, me son de gran agrado ambos escritos.

  3. celeste alvarez reyes dice:

    Hermosa historia, tanto que aprender de ella! y me atrevo a decir que no pudo tener un mejor final….me da gusto estar de regreso, hace años que no pasaba a saludar, sin embargo, debo decir que no deje de leerlos y aun los recuerdo a todos =).El futuro es hoy!!! Gracias Morita, por escribiros y por unirnos a pesar de las distancias físicas y temporales.

  4. Joise Morillo dice:

    Querida Mora Saludos cordiales.
    Muy interesante relato.

    Veo, significativamente un sesgo herácliteo en vuestra senda literaria, caso y cosa que no me desagrada. Al considerar vuestro novísimo post, me remonto a otrora acerca del hermetismo y acepciones ya observadas, las cuales concentran un espiritualismo cognoscitivo proverbial y patético, que, si: difiere de nuestro espíritu porque a diferencia del progenitor del Kybalion, nuestro areópago literario no comulga con la mezquindad, tanto en reconocer mérito a quien lo tiene; como de privarle del conocimiento que honestamente ostentamos –sea poco o mucho- a otros; aun cuando su aprehencion dependa de la voluntad de aprender del interlocutor “receptor”.

    Por otro lado.

    Creo que el hermetismo es profundamente dogmático y enajenante, además.
    En el caso del Kybalion ¿Contiene acaso, una ficción insolente, precaria y ambígua? No.

    Para mi, El Hermetismo, es simplemente: secta, creencia o, religion. Y el “pecado” de quienes le profesan es negarle como tales, y promoverle como algo mágico, esotérico. ¡Dios, para que tanto Sofisma! , ¿Porque mejor, no le expanden con la libertad del viento, de su TODO creador, o de la LUZ que ilumina a la naturaleza de su MAESTRO (TRIMEGISTO), humana demasiado humana, al mundo sin esa egolatría desmedida y, gratuitamente? , ¿No será que su “Slogan” basado en una verdad tangible, profesa: ¡De algo hay que vivir!…? , ¿Cuánto me dais si te lo digo a vos solo? , ¡Pregunto, permitidme especular!

    Lo que si apoyo, perfectamente, es la compilación de sus siete principios filosóficos, que si lo derivamos a otras corrientes mas terrenales y menos dogmáticas; representarían o podrían representar un símbolo desiderata mas genuino y Universal. Como, la buena nueva que todos conocemos.

    “lo que hace falta en la especie humana es amor” “amaos los unos a los otros” “se benigno con vos mismo” Manejad un poco mas de solidaridad. “La copula sexual en funcion de mantener la especie humana sobre la tierra, es Tácita e inexorable” (no requiere de ninguna exegesis, hermeneutica o, ¿Si?)

    Lo demás, lo ha logrado el individuo humano con el cultivo de la inteligencia en funcion de la sociedad y la civilizacion (Cultura).

    En otras palabras “La misma chupeta con diferente paleta”

    No obstante, Herméticos, reciban Uds. Mis respetos.

    Recomendaciones literarias: Contingencia, ironia y Solidaridad (Rorty) / Etica a Nicómaco (Aristóteles), Teoría de los contrarios (Heráclito) / doctrinas de: Lao Tse, Confusio.

    Os ama
    Joise

  5. Jose Itriago dice:


    Como la cera de los velones, la sangre se apelmaza, se aquieta. Los consideran estatuas para los santos, milagros concedidos por la pura fe de lograrlos, apuntalados por grandes columnas como venas sin latir, quizás recordando algún cuadro de los grandes maestros o una fotografía de las crucifixiones diarias de las AK 47. La sangre se aquieta. Se quiere olvidar. Es imposible retener tantas desgracias.

    Todos quieren calma, a pesar de que desde que se acuerdan nunca la ha habido. Todos quieren calma. La necesitan, aun cuando sea solamente para retomar las fuerzas menguadas por tanta lucha. Pero son como grandes raseros centrados en alguno que otro punto. Cuando giran en solo en el centro hay paz. Y todos quieren ser el rasero de su comarca, de su ciudad, de su país y del mundo, para tener un centro desde donde ordenar, mientras viven con sus familias, en orden, tranquilos.

    Estamos impactados: tanta sangre. Pero no es verdad, no estamos realmente impactados sino que pretendemos estarlo. La cosa se resume en una actitud social. La sangre, todavía, no es nuestra, hay suficiente para ahogar a miles, pero no es la nuestra. La nuestra está apelmazada como la cera de los velones. Quizás dispuesta. Quizás. Si el fuego vuelve.

    Pero el fuego parece diabólico. No es externo. Sale del alma de nuestras pobres naciones. El rasero lo tienen los menos aptos para la paz y el fuego va por dentro. No se ve, pero va por dentro.

    Seguimos buscando las huellas para guarecernos de tantos malos presagios. Huellas infantiles: creemos que son pistas de un algo que se desmoronó, pero seguramente nunca existió. Nuestro tiempo pasa. Nos aferramos a las imágenes de las hermosas viejas casas de nuestros pueblos, con sus tejas y sus colores, el aire transparente, todo luz. No nos atrevernos a preguntar las historias que guarda cada una de ellas. Mejor limitarse al recuerdo de algunos juegos, los amores de nuestras viejas, el silencio de nuestras noches. Pero sin conocer la verdadera historia. Mejor así. Solo seguir huellas.

    Entre luces de caleidoscopios mágicos, de trompos, canicas y zarandas, nos toca ser espectadores. Ya quedó atrás la oportunidad de ser actores, aun cuando fuera sin público.

  6. Javier Muñoz Pellín dice:

    Es un cuento.

  7. Sophy Jean dice:

    Felicitaciones por este sitio, comenzando con muy buena base!
    buena suerte
    voyance par mail gratuite

  8. José María Gil dice:

    “Como es abajo es arriba”
    Partiendo de esta referencia que haces del Kybalión, amiga Mora, ya puedo exponer sin reparos el resto de mi cuento. Con él podéis jugar a la rayuela (Cortázar), ya que como si se tratara de un ejercicio literario de encaje de posibilidades, podéis intercalarlo en cualquiera de los espacios tras cada punto y aparte de mi redacción anterior (incluido el de la cita de Marcel Romilar), ya que, posiblemente, pueda engranar bien en la cadena para dar siempre el mismo final.

    “Era un miércoles de finales de Octubre, al atardecer, cuando llamé a la puerta del despacho del profesor Rovatti en la tercera planta del edificio más antiguo de la Universidad. Aunque el profesor ya me esperaba, su acogida me resultó algo fría, lo que no me extrañó en un hombre de pocas palabras. Tras un corto saludo, se limitó a conducirme a una pequeña dependencia contigua a su despacho, donde había preparado convenientemente el escenario de mi prueba. Sobre una mesa alargada, cercana a una pequeña ventana que daba a los jardines de la Universidad, había un lamen de tela oscura desplegado y sobre el mismo, sin otros aditamentos que el de una vela encendida entre la esfera y la pared, se podía ver una bola de vidrio de unos 15 cm de diámetro en la que destacaban sobremanera su claridad y transparencia.
    - Es un buen cristal para lo que usted quiere. Aquí estará tranquilo y nadie le molestará. Avíseme cuando vea algo pero, si llega a verlo, piense que no será nada relacionado con el futuro. El futuro es sólo una quimera que desacredita la noble ciencia de la Hialoscopia.
    Fue todo cuanto dijo antes de dejarme solo.
    Procurando mantener mi emoción, me senté frente al cristal y durante unos minutos, antes de concentrarme, intenté familiarizarme con el ambiente y anular de mi mente los pensamientos extraños, los sonidos que llegaban a mis oídos y mis preocupaciones. Luego miré la esfera con atención pensando si sería aquél el “momento propicio” para lo que había venido a hacer allí. A mi mente acudieron los versos de Hammed Kayam….
    …de la secreta visión
    del vidente recto
    en hora prudente,
    en ambiente discreto,
    en fecha clave
    y en lugar secreto.
    Permanecí un tiempo concentrado hasta que la esfera opacificó su superficie, quedando toda blanca…
    - ¡Profesor! – me oí gritar, mientras procuraba mantener mi atención sin alterar mi postura.
    Rovatti llegó por detrás de mí, sin que se oyeran sus pasos, mientras le oí decir:
    - No aparte su mirada del centro del cristal y vaya respirando de manera regular. No espere ver grandes cosas, aunque si ha logrado entrar en la fase blanca con tanta facilidad…, probablemente algo ocurrirá.
    Llevaba ya varios minutos mirando sin observar cambios en lo que veía y desconfiando de que algo pudiera pasar, cuando me pareció que algo se movía en medio de aquella nube. Unas letras en negro fluctuaban antes de detenerse ordenadamente en un intento de formar lo que a mí me parecía una frase imposible. Recuerdo que sólo acerté a decir:
    - Profesor, veo letras.
    - No aparte la mirada, doctor, siga atento y lea, lea…, lea en voz alta.
    Me pareció percibir cierto estado de excitación en el profesor al pronunciar esas palabras y, más que ver, noté que éste tomaba asiento algo apartado de mí y provisto de papel y lápiz.
    - Novara, - comencé – rodaira noia…
    - ¡Bien, bien! – oí decir al profesor – Ya es eso, ya es eso. ¡Lea!, léalo todo, aunque le suene raro…, ¡lea!
    Las frases inconexas se sucedían de manera ordenada, como formando estrofas de un poema. Leí en voz alta:

    Novara,
    rodaira noia…
    anarvibanto remo
    anasvironco tova.

    Novara,
    rodaira noia…
    ti rodoreta mevia
    sunavonoira noma.

    Novara,
    rodaira noia…
    rava rodaira dinosta
    rosto saípa caverna.

    Novara,
    rodaira nova…
    ontaro nexcipe imbeira
    ontonocando tova…
    rodaira nova…

    - ¡Sí, sí!…, ¡Es así!…, Es el poema completo… ¡Qué maravilla!… – le oí decir al profesor mientras éste seguía garabateando en el papel…
    Las exclamaciones del profesor Rovatti casi lograron desconcentrarme. Le seguí oyendo gritar mientras se levantaba de su asiento y daba vueltas por la estancia…
    - Llevo años intentándolo sin llegar a completarlo nunca… ¡Ah!…, el poema críptico de Carlos Henrique Siompa… ¡Siga!…, siga concentrado, doctor y no piense en nada más… Ya se acabaron sus dificultades…, ya puede navegar solo…, ha entrado usted por la puerta grande… ¡Ah, la contemplación!…
    Le oí alejarse en medio de exclamaciones que yo no lograba entender. Tenía la impresión de que algo grande acababa de ocurrir, algo más grande de lo que yo podía llegar a valorar y por ello intensifiqué mi atención en la esfera con la intención y el deseo de ver algo más importante que no fueran las letras de aquellos versos incomprensibles…
    Las letras fueron difuminándose al mismo tiempo que la nube blanca se iba desvaneciendo para dar paso a unas imágenes en blanco y negro que, aunque sorprendentes, pronto me resultaron familiares.
    Lo primero que reconocí fueron mis manos aferradas con fuerza a unas riendas de cuero. Entre ellas se movía rítmicamente la cabeza de un caballo, a la vez que también lo hacía mi cuerpo, mientras avanzábamos ambos entre filas de algarrobos desiguales. La escena correspondía a mi infancia, ya que yo llevaba pantalón corto. Reconocí pronto el lugar, pues era la hacienda del Molló y reconocí al animal, una yegua careta a la que llamábamos “Lucera” y que era mi caballo preferido. No muy lejos, en otro lado del potrero, podía ver a mi padre, todavía joven, domando un enorme percherón destinado a trabajos de carga… Podía ver todo aquello con claridad, pero pronto me di cuenta de que no había ruidos, no se oía nada y mientras esto pensaba, la escena se fue difuminando poco a poco para cambiarse en un enorme arenal por el que transitaba lentamente una larga caravana de camellos. Hubiera sido hermoso poder contemplar de cerca aquella comitiva, pero la visión cambió de repente y me encontré en plena noche rodeado de focos luminosos que parecían proceder de centenares de motocicletas que, a la vez que dirigían sus focos hacia mí, se movían sin orden e inexplicablemente mudas… Las luces desaparecieron y cambió la escena de repente ante mis ojos. Un número indeterminado de hombres bien trajeados (podían ser mandatarios, tal vez) parecían estar enzarzados en una viva discusión, sentados alrededor de una enorme mesa, aunque no logré saber de qué se trataba, dado que no pude oír lo que decían. Tampoco pude reconocer a ninguno de ellos, pues la escena se fundió rápidamente en blanco para permanecer así durante algún tiempo.
    Pensé en llamar al profesor y a punto estuve de hacerlo, pero un sonido que parecía salir de aquel fondo blanco llamó mi atención. Era un sonido de agua que fue creciendo rápidamente hasta convertirse en el fragor de una catarata estallando contra las rocas del fondo de un barranco y salpicando de miles de gotas brillantes el lienzo azul del cielo. Acababan de aparecer el sonido y los colores. De inmediato pude darme cuenta de que no podría apartar mi mirada de aquella escena aunque quisiera…, y fue entonces cuando comenzaron a sucederse en tropel las visiones, una tras otra, de manera desordenada y sin aparente relación entre las mismas. Y vi a Montoto caminando bajo la lluvia por las calles de Pirala, abrumado por la presión de tres meses de aguaceros continuos que habían paralizado la vida del lugar. Y vi a Ovidio en su destierro de Tomis, mirando al Mar Negro con melancolía y grabando con su punzón en una tablilla encerada los versos de su tristeza:
    “Cum subit illius tristissima noctis imago, quae mihi supremum tempus in urbe fuit,” …..
    Y vi trenes de muertos y trenes de vivos que iban a la muerte…, y vi a Borges vagando por las calles de Buenos Aires y buscando entre las nuevas construcciones de la calle Garay la localización exacta donde había estado la casa de Beatriz Elena Viterbo. También pude contemplar, ya con más calma, una espléndida puesta de sol a orillas del Lago Mareotis en Alejandría, un frío amanecer en la cima del Montblanch, los pomposos funerales de un Papa, una inundación en algún lugar de China y la violenta erupción de un volcán entre las nieves de Islandia…
    No sabría decir el tiempo que permanecí literalmente amarrado a aquella esfera de luz, sin poder apartar de allí mis ojos, aunque seguramente fue mucho. Todo en mi mente comenzó a dar vueltas y noté dolor, un dolor interno y angustioso de localización cambiante y difusa que me hizo recordar las palabras de madame Olga, la vidente de Vancuver: “Veo cosas que los demás no pueden ver y ello para mí es causa de sufrimiento”.
    La mano del profesor Rovatti en mi hombro me sacó de aquel trance.
    - Es tarde - me dijo – y tengo una reunión con mis alumnos en esta sala…
    Me levanté visiblemente azorado y quise decirle muchas cosas, pero me interrumpió cortésmente, diciendo:
    - Ya hablaremos en otra ocasión. Póngase en contacto conmigo dentro de unos días…, una semana, tal vez.
    Le dí las gracias, recogí mi cartera de mano y la chaqueta y me encaminé hacia la puerta que daba al pasillo. Fue la voz del profesor lo que me detuvo.
    - Doctor, se deja algo…
    Al volverme, pude ver que se aproximaba con una caja de madera oscura entre sus manos. Reconocí la caja de caoba que había visto en la mesa, junto a la bola de cristal.
    - Es la bola de Hareff. Yo ya no la necesito. Mejor estará en sus manos…
    - Pero, profesor, no puedo aceptarlo – acerté a decir; a lo que respondió sin inmutarse:
    - Acéptela. Le ha sacado usted más provecho hoy que yo en muchos años. Ya soy mayor y la verdad es que he esperado mucho tiempo, hasta encontrar a quién cedérsela. Ahora tengo que dejarle. Que acabe de pasar un buen día.
    Salí de allí y bajé las escaleras del edificio pensando que debía ser muy tarde. Probablemente tendría que tomar un taxi que me llevara al lugar donde había dejado aparcado el auto. La sorpresa llegó al cruzar el vestíbulo de la Universidad. El sol iluminaba las paredes de los edificios del otro lado de la plaza. Miré el reloj y quedé perplejo. Desde mi llegada al despacho del profesor Rovatti sólo había pasado media hora.



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