Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Otro cuento para ustedes

Tocaron el timbre y vi detrás del vidrio ahumado una silueta singular. Era la de un hombre muy alto, vestido de negro y con una valija (Amenaza sobre Londres “La valija”).

Dudé antes de abrirle, pero mi curiosidad pudo más que cualquier advertencia (Introducción al Pensamiento Científico); así, tras la puerta, parecía un dibujo de novelas infantojuveniles (Literatura infantil y juvenil) –la palabra infantojuvenil alguna vez me pareció un crimen aplicada al arte de escribir, pero finalmente llegué a estar de acuerdo  con quienes la inventaron después de leer algunos relatos y poemas cometidos por autores de literatura juvenil (Cultura, arte y sociedad).

Casi sin darme cuenta él estaba sentado en mi living, extrayendo su mercadería con mística de vendedor (El capital de la vida)

Aparecieron unas cajitas de música (La importancia del juego).

-¡No -dije con voz chillona y señalando las paredes de mi casa-; en todos estos estantes hay cajitas de música de épocas diferentes, algunas ya no andan, pero las odio a todas!

-¿Odia la música? –preguntó desenfadadamente.

Iba a explicarle que lo que odiaba era la estética de las cajitas, no la música, pero, una vez descubierto el oficio del caballero que estaba tras la puerta la curiosidad me abandonó y quise despedirme rápido.

Dije que sí (La música ante el ser humano).

-¡Odia la música! –exclamó-. Y pensar que me recomendaron a usted como una compradora sensible… (¿Déficit de atención o superávit de sensibilidad?).

-¿Quién me recomendó? –pregunté enfurecida contra el abstracto amigo que me habría dedicado esta broma.

-No lo recuerdo bien, fueron varias personas.

-¡Yo no tengo enemigos en este pueblo! –grité convencida.

El caballero sonrió, a punto de reír a carcajadas. En ese momento lo percibí endiablado, elevaba las cejas en punta hasta tocar el nacimiento del cabello.

-La recomendaron con todo amor –dijo, engolado-. Se supone que quien es sensible, ama la música, y las personas sensibles no tienen enemigos, a menos que sea de pura envidia.

-Eso será –dije levantándome y acercándome a la puerta. Él no se movió del sillón.

Me di vuelta y, por cierta impotencia, como apercibiéndome de que la visita iba para largo, le dije: “Sucede que las orejas no tienen párpados”, citando a mi querido Pascal Quignard, el autor, entre otras maravillas, de un libro llamado El odio a la música. De ese libro hablamos una vez en este blog, y recuerdo la entrañable respuesta de José Itriago… Pero no cejé con el caballero.

Fui a buscar el libro y le leí la contracubierta, con citas de Quignard:

“En todo el ámbito terrestre, y por primera vez desde la invención de los instrumentos, el uso de la música se ha vuelto coercitivo y repugnante. Amplificada hasta el infinito por la invención de la electricidad y la multiplicación de su tecnología, se volvió incesante, agrediendo noche y día en las calles comerciales de las ciudades, las galerías, los pasajes, los supermercados, las librerías, los cajeros donde se retira dinero, hasta en las piscinas, hasta a orillas del mar, en los departamentos privados, en los restaurantes, en los taxis, en el subte, en los aeropuertos”.  Pascal Quignard, El odio a la música, Buenos Aires, El Cuenco de Plata, 2012.

-¡Qué barbaridad, qué insensato, predicar que la música es una agresión! –dijo el hombre-. Pero de todos modos estas cajitas no sólo tienen la particularidad de agradar.

Ahí se asomó de nuevo, suavemente, mi curiosidad.

-¿Qué otra particularidad tienen? –pregunté, porque no podía imaginarme otra función para esos decadentes artefactos.

-Algunas tienen música para hacer dormir de inmediato, en diez segundos, como anestesia; otras para provocar dolor y para paralizar;  otras para provocar felicidad no relacionada con el gusto en sí por la música; otras para matar.

-Muéstreme la que es para matar –dije valientemente.

No la tenía a mano, la tenía en el fondo de la valija, pero al fin la encontró.

-Es un arma letal –dijo.

-Déle cuerda –rogué, totalmente convencida de su inocuidad.

-Jamás lo haría ante usted –dijo galantemente-. Pero puedo mostrarle la que hace dormir en diez segundos.

Yo ya me estaba convenciendo, así que antes de que la probara conmigo le consulté sobre el modo de despertar si me dormía con esa música.

-Hay muchas más cajitas para distintos usos. Está la que despierta, también en diez segundos.

Tanta seguridad me alarmó, y desistí de hacer de conejillo de Indias. ¡A ver si era verdad!

-Mire -le dije- en este momento estoy muy ocupada; me acabo de levantar para trabajar en el jardín tratando de conseguir un híbrido de rosa y flor de sapo, ya casi lo estoy consiguiendo, pero tengo que ocuparme mucho para eso, exige mucha concentración.

Yo no le estaba pidiendo que volviera a visitarme otra vez, cuando yo estuviera desocupada, sino, elegantemente, que se fuera y no volviera más, pero no lo interpretó así.

-Es que no puedo volver, y usted se perdería no sólo la oferta de las cajitas de música sino también la de los caleidoscopios.

-¿Caleidoscopios? –pregunté, y me olvidé de mis trasplantes híbridos. Yo adoraba los caleidoscopios.

Hubo un brillo en los ojos del hombre. Abrió otro compartimiento de la valija, y había allí unos veinte caleidoscopios.

-No me diga que tienen virtudes especiales; yo con que sean caleidoscopios me conformo –dije mirándole la cara de bribón- ¿Acaso el precio es especial?

-No, no el precio –dijo mientras me alargaba uno, de aspecto muy sencillo.

Miré, y empezó a caer una lluvia de objetos informes, en blanco y negro. Se depositaban en el fondo, como cenizas, basura o chatarra espacial, sin sentido alguno. Dejé el caleidoscopio y lo observé con hostilidad. Me dijo:

-Tenga paciencia. No todo es mirar y encontrar inmediatamente imágenes –me pareció inteligente que modificara el remanido “no todo es soplar y hacer botellas”, y entonces volví a colocar el ojo y a esperar.

Sí, a veces caían estrellas, óvalos, cuadrados o triángulos, pero no era para nada interesante.

-Espere más, que empiece a funcionar, a darle imágenes, y después ya no para…

Se empezaba a formar algo en el fondo de mi aparato, parecía una cara humana. Pero yo suelo mirar las nubes y sé que soy yo la que les otorga rostros, barbas, anteojos. Ya estaba muy desilusionada pero con una especie de ansias de esperanza.

Vi –me pareció ver claramente- el rostro de un muchachito rubio. Reconocí la cara no porque se pareciera a quien era ahora mi hermano, sino porque se parecía a una foto de mi hermanito sacada en el hospital donde yo acababa de nacer.

“Atrás tiene que haber una cuna o algo así”, me dije, y esperé que volvieran a caer las cenizas, la chatarra espacial y la basura.

Y de verdad me sorprendí. Al lado de mi hermanito iba apareciendo una cuna y en ella se iba formando un bebé muy chiquito, con los pelos parados, como me dijeron que era yo cuando nací. Ahora ya se veía claramente al niño, la cuna y el bebé, mejor dicho la bebé.

Me quedé extasiada ante mí misma el día en que nacía, y ya no pensé más en otra cosa; el vendedor no hablaba y no existía para mi epifanía.

¡Verme a mí misma en el momento de nacer, quién hubiera dicho que iba a asistir a esta visión! Yo era una lauchita flaca de pelos parados y ojos fruncidos, empezaba a llorar… Yo había sido esa niña, ese milagro. De pronto vi una mano y comprendí: era “la mano que mece la cuna”, la de mi mamá. Aparte, yo conocí más adelante la mano de mamá, perfecta, estilizada, de pianista, y era sin duda la de ella.

Sin embargo, yo insistía pidiendo más imágenes: “Debe haber una cama de donde esa mano procede y ahí debe de estar mamá”, me dije, y esperé que volvieran a caer las cenizas…

La mano llegaba ahora hasta el brazo, hasta la manga corta del camisón, hasta el escote, arriba se estaba formando la cara de mamá.

Y apareció, la vi. Era esa mujer rubia de labios carnosos y ojos verdes, esa mujer que parecía a veces un poco enojada, pero que aquí se veía dulcificada por el nacimiento de su niñita; nunca le vi tal resplandor de miel, manos tan amorosas acariciando.

Grité:

-¡Quiero ver en colores!

El vendedor estaba detrás de mí. Tomó el caleidoscopio, lo batió mucho, me dijo que esperara y me lo entregó otra vez.

Vi caer rayos de todos los colores del mundo durante un largo rato. También centellas y luces malas; vi caer un arco iris de mucho peso dentro de ese aparato tan pequeño. Pero tuve que esperar mucho para que empezara a aparecer mi propia vida coloreada…

Envío

Amigos: este cuento tiene dos finales, y no logro elegir uno de los dos. Por otra parte sería demasiado largo enviarlo completo. El final lo envío el próximo miércoles, y tal vez a ustedes se les ocurran finales mejores, aunque no dejaré de cumplir.

¿Cómo están Celestino, José María, Judith, Blanca, Fabiana y otros que se me perdieron?

Abrazos cálidos y apretados

Mora

Monografias

Si le ha gustado esta entrada, por favor considere dejar un comentario o suscríbase al feed y reciba las actualizaciones regularmente.

Comentarios

11 respuestas a “Otro cuento para ustedes”
  1. Joise Morillo dice:

    Hola querida, Saludos cordiales, me extiendo para explicar la forma filosófica de concebir las musas del artista según Sócrates (Platón).

    Fedón (en “Fedón o del alma” de Platón) el día de la muerte de Sócrates mediante eutanasia, autoinmolación con Cicuta (Conium maculatum) habla de sus sentimientos por tal suceso contra su maestro:

    (…) Al verle y escucharle, me parecía un hombre dichoso; tanta fue la firmeza y dignidad con que murió. Creía yo que no dejaba este mundo sino bajo la protección de los dioses, que le tenían reservada en el otro una felicidad tan grande, que ningún otro mortal ha gozado jamás otra igual; y así, no me vi sobrecogido de esa penosa compasión que parece debía inspirarme esta escena de duelo.

    Tampoco sentía mi alma el placer que se mezclaba ordinariamente en nuestras pláticas sobre la filosofía; porque en aquellos momentos también fue este el objeto de nuestra conversación; sino que en lugar de esto, yo no sé qué de extraordinario pasaba en mí; sentía como una mezcla, hasta entonces desconocida, de placer y dolor, cuando me ponía a considerar que dentro de un momento este hombre admirable iba a abandonarnos para siempre; y cuantos estaban presentes, se hallaban, poco más o menos, en la misma disposición. Se nos veía tan pronto sonreír como derramar lágrimas; sobre todo a Apolodoro; tú conoces a este hombre y su carácter.
    (…) Entonces Sócrates, tomando asiento, dobló la pierna, libre ya de los hierros, la frotó con la mano, y nos dijo: es cosa singular, amigos míos, lo que los hombres llaman placer; y ¡qué relaciones maravillosas mantiene con el dolor, que se considera como su contrario! Porque el placer y el dolor no se encuentran nunca a un mismo tiempo; y sin embargo, cuando se experimenta el uno, es preciso aceptar el otro, como si un lazo natural los hiciese inseparables.

    Siento que a Esopo no haya ocurrido esta idea, porque hubiera inventado una fábula, y nos hubiese dicho, que Dios quiso un día reconciliar estos dos enemigos, y que no habiendo podido conseguirlo, los ató a una misma cadena, y por esta razón, en el momento que uno llega, se ve bien pronto llegar a su compañero. Yo acabo de hacer la experiencia por mí mismo; puesto que veo que al dolor, que los hierros me hacían sufrir en esta pierna, sucede ahora el placer.

    Cebes, discípulo de Sócrates, medio impertinente pregunta a Sócrates acerca de su actitud durante su encarcelación:

    (…) —Verdaderamente, Sócrates, dijo Cebes, haces bien en traerme este recuerdo; porque a propósito de las poesías que has compuesto, de las fábulas de Esopo que has puesto en verso y de tu himno a Apolo, algunos, principalmente Eveno, me han preguntado recientemente por qué motivo te habías dedicado a componer versos desde que estabas preso, cuando no lo has hecho en tu vida. Si tienes algún interés en que pueda responder a Eveno, cuando vuelva a hacerme la misma pregunta, y estoy seguro de que la hará, dime lo que he de contestarle.

    Sócrates, respondiendo a Cebes por qué no había escrito nunca poesía, afirma:

    —Pues bien, mi querido Cebes, replicó Sócrates, dile la verdad; que no lo he hecho seguramente por hacerme su rival en poesía, porque ya sabía que esto no me era fácil; sino que lo hice por depurar el sentido de ciertos sueños y aquietar mi conciencia respecto de ellos; para ver si por casualidad era la poesía aquella de las bellas artes a que me ordenaban que me dedicara; porque muchas veces, en el curso de mi vida, mi mismo sueño me ha aparecido tan pronto con una forma, como con otra, pero prescribiéndome siempre la misma cosa:

    Sócrates, me decía, cultiva las bellas artes.

    –Hasta ahora había tomado esta orden por una simple indicación, y me imaginaba que, a la manera de las excitaciones con que alentamos a los que corren en la lid, estos sueños que me prescribían el estudio de las bellas artes, me exhortaban sólo a continuar en mis ocupaciones acostumbradas; puesto que la filosofía es la primera de las artes, y yo vivía entregado por entero a la filosofía. Pero después de mi sentencia y durante el intervalo que me dejaba la fiesta del Dios, pensé que si eran las bellas artes, en el sentido estricto, a las que querían los sueños que me dedicara, era preciso obedecerles, y para tranquilizar mi conciencia no abandonar la vida hasta haber satisfecho a los dioses, componiendo al efecto versos según lo ordenaba el sueño.

    Comencé, pues, por cantar en honor del Dios, cuya fiesta se celebraba; en seguida, reflexionando que un poeta, para ser verdadero poeta, no debe componer discursos en verso sino inventar ficciones, y no reconociendo en mí este talento, me decidí a trabajar sobre las fábulas de Esopo; puse en verso las que sabía, y que fueron las primeras que vinieron a mi memoria. he aquí, mi querido Cebes, lo que habrás de decir a Eveno. Salúdale también en mi nombre, y dile, que si es sabio, que me siga, porque al parecer hoy es mi último día, puesto que los atenienses lo tienen ordenado.

    ¡Con este párrafo quiero explicar cómo los sentimientos motivan al individuo humano a escribir, cuentos, narraciones etc., especialmente poesía! Más adelante en “Fedón o del alma” Sócrates se explaya en concebir la virtud del Alma vs. El Cuerpo, a lo cual llama lastre del ser.

    Os ama
    Joise

  2. Joise Morillo dice:

    Y esto que sigue:

    Según Platón los recuerdos son derivados de la inmortalidad del alma

    Cebes, interrumpiendo a Sócrates, le dijo: lo que dices es un resultado necesario de otro principio que te he oído muchas veces sentar como cierto, a saber: que nuestra ciencia no es más que una reminiscencia. Si este principio es verdadero, es de toda necesidad que hayamos aprendido en otro tiempo las cosas de que nos acordamos en este; y esto es imposible, si nuestra alma no existe antes de aparecer bajo esta forma humana. Esta es una nueva prueba de que nuestra alma es inmortal.

    Simmias, interrumpiendo a Cebes, le dijo: ¿cómo se puede demostrar este principio? Recuérdamelo, porque en este momento no caigo en ello.

    —Hay una demostración muy preciosa, respondió Cebes, y es que todos los hombres, si se les interroga [44] bien, todo lo encuentran sin salir de sí mismos, cosa que no podría suceder, si en sí mismos no tuvieran las luces de la recta razón. En prueba de ello, no hay más que ponerles delante figuras de geometría u otras cosas de la misma naturaleza, y se ve patentemente esta verdad.

    —Si no te das por convencido con esta experiencia, Simmias, replicó Sócrates, mira si por este otro camino asientes a nuestro parecer. ¿Tienes dificultad en creer que aprender no es más que acordarse?

    —No mucha, respondió Simmias; pero lo que precisamente quiero es llegar al fondo de ese recuerdo de que hablamos; y aunque gracias a lo que ha dicho Cebes, hago alguna memoria y comienzo a creer, no me impide esto el escuchar con gusto las pruebas que tú quieres darnos.

    —Helas aquí, replicó Sócrates. Estamos conformes todos en que, para acordarse, es preciso haber sabido antes la cosa de que uno se acuerda.

    —Seguramente.

    —¿Convenimos igualmente en que cuando la ciencia se produce de cierto modo es una reminiscencia? Al decir de cierto modo, quiero dar a entender, por ejemplo, como cuando un hombre, viendo u oyendo alguna cosa, o percibiéndola por cualquiera otro de sus sentidos, no conoce sólo esta cosa percibida, sino, que al mismo tiempo piensa en otra, que no depende de la misma manera de conocer sino de otra. ¿No diremos con razón que este hombre recuerda la cosa que le ha venido al espíritu?
    (…)—Y el alma, este ser invisible que marcha a un paraje semejante a ella, paraje excelente, puro, invisible, esto es, a los infiernos, cerca de un Dios lleno de bondad y de [57] sabiduría, y a cuyo sitio espero que mi alma volará dentro de un momento, si Dios lo permite; ¡qué!, ¿un alma semejante y de tal naturaleza se habrá de disipar y anonadar, apenas abandone el cuerpo, como lo creen la mayor parte de los hombres? De ninguna manera, mis queridos Simmias y Cebes; y he aquí lo que realmente sucede. Si el alma se retira pura, sin conservar nada del cuerpo, como sucede con la que, durante la vida, no ha tenido voluntariamente con él ningún comercio, sino que por el contrario, le ha huido, estando siempre recogida en sí misma y meditando siempre, es decir, filosofando en regla, y aprendiendo efectivamente a morir; porque, ¿no es esto prepararse para la muerte?…

    —De hecho.

    —Si el alma, digo, se retira en este estado, se une a un ser semejante a ella, divino, inmortal, lleno de sabiduría, cerca del cual goza de la felicidad, viéndose así libre de sus errores, de su ignorancia, de sus temores, de sus amores tiránicos y de todos los demás males afectos a la naturaleza humana; y puede decirse de ella como de los iniciados, que pasa verdaderamente con los dioses toda la eternidad. ¿No es esto lo que debemos decir, Cebes?

    —Sí, ¡por Júpiter!

    —Pero si se retira del cuerpo manchada, impura, como la que ha estado siempre mezclada con él, ocupada en servirle, poseída de su amor, embriagada en él hasta el punto de creer que no hay otra realidad que la corporal, lo que se puede ver, tocar, beber y comer, o lo que sirve a los placeres del amor; mientras que aborrecía, temía y huía habitualmente ele todo lo que es oscuro e invisible para los ojos, de todo lo que es inteligible, y cuyo sentido sólo la filosofía muestra; ¿crees tú que un alma, que se encuentra, en tal estado, pueda salir del cuerpo pura y libre? [58]

    —No; eso no puede ser.

    —Por el contrario, sale afeada con las manchas del cuerpo, que se han hecho como naturales en ella por el comercio continuo y la unión demasiado estrecha que con el ha tenido, por haber estado siempre unida con él y ocupándose sólo de él.

    —Estas manchas, mi querido Cebes, son una cubierta tosca, pesada, terrestre y visible; y el alma, abrumada con este peso, se ve arrastrada hacia este mundo visible por el temor que tiene del mundo invisible, del infierno; y anda, como suele decirse, errante por los cementerios alrededor de las tumbas, donde se han visto fantasmas tenebrosos, como son los espectros de estas almas, que no han abandonado el cuerpo del todo purificadas, sino reteniendo algo de esta materia visible, que las hace aún a ellas mismas visibles.

  3. Lourdes Janeth Malo Álvarez dice:

    Nunca me habia tomado el tiempo de leer estos blogs, quede maravillada con este cuento, ponerle color ala vida,depende del cristal con q se miré.

  4. Federico LEON-DE-LA VEGA dice:

    Al igual que tu vendedor, a mí me atrapó tu cuento. No entendí lo de los dos finales…¿dónde están? Soy nuevo en este sitio.
    Felicidades,
    Federico

  5. Teresa Consuelo Amorós Castañeda dice:

    Me quede atrapada con tu relato, esperaré ansiosa cualquiera de los finales.
    Felicitaciones
    Teresa

  6. lucia alvarez dice:

    hola, muy rico este cuento, gracias mora!
    en un punto la narradora afirma: “el vendedor no hablaba y no existía para mi epifanía”

    un final del cuento podría ser:
    mi madre se veía tan feliz y rozagante que el vendedor exclamó: “Ah, que hermosura! la felicito madre por esa nueva pequeña en su vida” y su voz sonó tan, pero tan cercana, que creí que era yo misma. volví a mirar al vendedor, encontré mi propio rostro en una burbuja que se hacía poco a poco mas pequeña hasta desaparecer.
    apareció el vendedor, le di las gracias, lo despedí y cerré la puerta. ¡día lindo!

  7. Jose Itriago dice:


    Y descubrí que el color y la forma eran dos caminos divergentes. Mi vida en colores no tenía formas: solo ráfagas de colores que a veces parecían conformar un continuo cuyas variaciones requerían más tiempo del que disponía para apreciarlas, pero que aún así, las sentía presente y las entendía, como una forma convencional de lenguaje que nunca supe dónde o cómo aprendí; a veces con saltos bruscos que iban de colores brillantes a la más profunda oscuridad y nuevamente resurgían con el brillo de una luz o la Luz.

    Todo ocurría en una sola visión. El caleidoscopio repetía incesante cada secuencia y las componía de manera tal que podía observar simultáneamente el raudal progresivo, cuyos colores cambiaban imperceptiblemente, con los caudales de cambios bruscos. A veces parecían un festival de fuegos artificiales, seguramente vinculados a momentos estelares de mi vida, quizás algunos brevísimos en relación al todo que podía observar, superpuesto a constantes que empezaban desde un punto confuso, seguramente el momento de nacer, hasta hoy, cuando trato de ver a mi madre en este caleidoscopio de colores.

    Con gran esfuerzo, solté el caleidoscopio y lo miré. Ya no era una mirada hostil, ni siquiera curiosa. Preguntaba algo que no sabía expresar, al menos no así, tan en el momento. Pero me entendió:

    - Si, allí está la imagen de su madre y todas las demás que quiera recordar. Lamentablemente, también están las que preferiría enterrar. Si usted quiere continuar este camino, le sugiero que use el caleidoscopio de las formas en blanco y negro en un ojo y el de colores en el otra. Pero debo advertirle que tiene que mantener sincronizadas ambas visiones.

    - ¿Cómo se sincroniza?, quise saber.

    - ¡Ah! Ese es otro problema. Se puede resolver, pero para eso necesita un detector de aureolas…

    - ¿Qué es eso?

    - Tendríamos que empezar por entender un poco sobre las pocas aureolas que quedan, porque necesitaríamos una. Es muy difícil enseñarle todo a la vez. Más bien, volvamos a lo esencial: las cajas de música. Le dije al principio que alguien me la recomendó como una compradora sensible…

    Pausadamente le respondí :

    - Pero sabemos que eso es falso. Nadie me recomendó

    Después de un largo silencio me dijo.

    - Ciertamente nadie la recomendó de manera expresa, ya le explique. Pero algunos creen que usted podría adquirir la caja de música que produce felicidad instantánea. Le advierto, antes que la compre, que como toda alegría, es efímera. La vida es una suma infinita de presentes. Pero cada presente no es puntual: ocurre, pero tiene consecuencias y por si fuera poco, ocurre como consecuencia de un paquete de precedentes que no discernimos, pero que son imprescindibles.

    - ¿Y si le doy cuerda otra vez?

    - Tendría además que cambiar algo de la melodía. Usted sabe mejor que yo que la felicidad no es repetible…

    - Pero la imagen de mi madre, la que quería ver.

    - Ya la vio. Pero no detectó su aureola. Si empezamos por la caja de música…

    - ¿Cuántas melodías diferentes tiene disponible?

    - Por el momento, solo una. Quizás alguna vez pueda traerle una segunda, más especializada y quizás en esa oportunidad usted sepa apreciar mejor el valor de lo fugaz. Me refiero a la felicidad latente. Inactiva, pero allí, como la imagen que buscaba.

    - Correré el riesgo de comprar esa única caja de la felicidad, aunque me gustaría también tener a mano la de morir instantáneamente.

    - Es una excelente idea, sobre todo si se me hace imposible volver.

    Ahora que había decidido comprar una caja de música, no podía aceptar la posibilidad de no poder comprar la segunda e insistí para que me explicara cómo podría hacérsele imposible volver algún día, no hoy, ni mañana, sino alguna vez; le expliqué que iba a ver las aureolas, que me prepararía bien.

    Tomó el híbrido de rosa que estaba trabajando, lo limpió con un pañuelo perfumado con lavanda y me dijo que con ese trabajo que podría llegar ser un híbrido, apenas podría -insistió- se consideraba bien pagado. Pero que ahora que se lo llevaba era imposible que se diera. ¿Cómo se podría dar un híbrido en una valija?

    - Es lo mismo, usted tiene ahora dos cajas, una para ser feliz y otra para morir. Las dos están en una valija, que es usted misma. Es fácil.

    Después, muy minuciosamente recogió todo y se fue.

    Sigo sentada frente a mis dos cajas. Son idénticas y no puedo recordar cuál es para cada uso. Tendré que esperar que vuelva, si es que vuelve o correr el riesgo de tomar una al azar. Es casi lo mismo.

  8. José María Gil dice:

    Hola, Mora.
    Me ha hecho ilusión pensar que ese José María de tu saludo final pudiera ser yo, pero de no ser así permíteme que lo siga creyendo.
    Posiblemente, todos los que nombras en tu saludo nos encontramos bien (o así lo deseo) y pendientes cada semana de tu editorial.
    Tu relato me ha parecido corto hasta tal punto, que he tenido que releerlo, ya que su primera lectura vino a ser como tragarme un vermout de forma compulsiva sin disfrutar de los matices de su sabor. Es un relato inquietante que a mí, en particular, me ha parecido interesante, encantador y a la vez evocador de recuerdos. Su lectura me pilló recién llegado de Madrid, a donde viajé el pasado viernes para desarrollar en un Congreso Nacional la que, posiblemente, haya sido mi última Lección Magistral (¿no es así como las llaman?); y es que los años no perdonan…, pero vamos a seguir con los cuentos:
    Tras la lectura de tu relato acudió a mi mente el recuerdo de un día nublado de otoño, allá por el 86 del siglo pasado (¡qué duro resulta decir eso!), cuando en el transcurso de un Congreso parecido al de estos días, mi amigo el naturópata Rogelio Garrido me presentó a D. Francisco de Asís Rovatti, exprofesor de la Universidad de Lovaina y entonces catedrático de Parapsicología de la Facultad de Filosofía de la Universidad Central de Barcelona, cuyas sabias opiniones y consejos buscaba yo en aquella época.
    Andaba yo liado entonces, más por curiosidad que por afición, en el estudio y los pormenores de la capacidad de videncia del ser humano y en la práctica de ejercicios de tal extraña facultad, haciendo uso de una bola de cristal que era el regalo de un amigo hoy ya fallecido. Contaba para ello con un sin fin de instrucciones y detalles plasmados en unos viejos apuntes escritos en latín, cuya procedencia (así me lo aseguraron) era atribuible a las supuestas enseñanzas de uno de los “11 Grandes”, lo cual, hoy puedo asegurarlo con certeza, es del todo imposible. El caso es que a pesar de mi constancia y mis esfuerzos, tras varios meses de práctica no había logrado pasar de lo que los iniciados llaman la “visión lechosa” de la esfera, sin que en aquella superficie blanquecina llegaran a proyectarse nunca ni una imagen viva ni una naturaleza muerta.
    “alcanzada la calma, preparado meticulosamente el ambiente, limpio el corazón de vanos deseos y receptiva la mente en la mejor hora del día, éste fija su mirada en el seno del cristal, desechando para ello todo pensamiento perturbador, para asombrarse cada vez más de la respuesta generosa a su curiosidad, del pequeño milagro que supone el tenue amago de blancura que, surgiendo de la nada en el centro de la esfera, crece lentamente para convertirse en una pequeña nube de algodón blanco que, tras agitarse levemente al tiempo que aumenta de tamaño, va cubriendo el campo de visión de manera expansiva, hasta llegar a los curvos márgenes exteriores del objeto, convirtiéndolo en una pantalla sin límites que, como un profundo lago de leche, invita a la zambullida inquisitiva de la mente de quien quiere ver todo y ver claro.” (M.R., Avignon, Marzo de 1988)

    El viejo profesor, amable pero muy serio a la vez, tras unas breves frases de información por mi parte y de un corto cambio de impresiones, me tranquilizó diciendo que lo más probable en mi caso era que, posiblemente, el fallo se encontrara en el “soporte”, refiriéndose con ello a la esfera objeto de mis atenciones. Tras esto, quedamos en vernos un día en su despacho con el objeto de que yo pudiera practicar, en su presencia, con una esfera más adecuada.
    Lo que sucedió en aquella sesión no lo voy a contar aquí porque los iniciados en la videncia jamás osan hablar de estos temas con los legos, pero puedo asegurar que fue algo sorprendente e inquietante para mí (no, en cambio, para el profesor Rovatti) y que, más tarde, sería el motivo de inspiración para la publicación de un relato en el número de Diciembre de aquel año de la revista literaria “Senderos de Letras”.
    A raíz de aquello, comprendí que no se debía jugar con la mente, aunque hoy tengo que admitir que pudieron más en mí la afición y la curiosidad que la prudencia…, pero no puedo contar más. Faltaría a una Regla. Aunque, eso sí…, en otra ocasión les puedo hacer partícipes de aquella narración
    Saludos, mi dulce musa.

  9. Nelson Enrique Lopez Gutierrez dice:

    Muy bueno el cuento, espero que ambos finales sean buenos o al menos uno, a veces los recuerdos de nuestra infancia o niñez la quisiéramos recordar como la mejor época de nuestra vida, mas las caricias de nuestra madre son recuerdo muy lindos ya sea en blanco y negro o a colores.

  10. Celestino Gaitan dice:

    querida Mora:
    Celestino reportandose…
    …estoy saliendo de 4 meses.de Incidentes Relacionados con mi Salud.
    em[pezando el 9 de Mayo , Infarto, y continuando con Puncion.cateterimo,
    me instalaronuna malla inox una vena deteriorada etc…mi sistema inmune muy
    quebrantado, Encefalitis y otras infecciones, una tra otra…tres veces muerto
    pero no he visto luz al final del punto. Recuperandome lentamente con Fe.
    Recivan Afectuoso /saludo y Fuerte Abrazo…t@das.

    Celestino Gaitan

  11. Mora Torres dice:

    Celestino, ¡gracias! Y fuerza. Mi mayor alegría es que estés presente. Mil besos de Mora



Deje su comentario

Debe para dejar un comentario.

chatroulette chatrandom