Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Relato redoblado III -con enigma…

¡Dudé tanto! (Ser o no ser. La duda de Hamlet).

¿Seguir transcribiendo el cuento largo-novela-folletín? (Corriente Literaria Realismo).

Se veía que a José Itriago no le gustaba, pero también se veía que no sabe esperar, que es un poco ansioso (Los estados de ansiedad y de angustia). Pero ¡se trataba tan luego de José I, uno de mis más distinguidos caballeros! (Francisco de Miranda, el Caballero de la Libertad).

Dudé como quien duda del cielo y el infierno y de figuras ominosas que los pueblan (Poesía de Santa Teresa. Del logocentrismo a la otra lógica).

¿Sabes, José, cuántas páginas tuve que leer con inexpresable aburrimiento hasta que empezó, para mí, la verdadera narración de La Cartuja de Parma, de Stendhal, uno de mis “libros de cabecera”? (El realismo y el romanticismo como movimientos literarios).

No puedo compararme -esta aclaración es hasta ridícula- con Stendhal, pero cuando encontré después de muchos años mi Relato redoblado me sorprendieron algunas cosas: que jamás en mi vida me propuse escribir algo con contenido social, y que sin embargo algo de eso tenía (Historia y literatura), más adelante; que me había anticipado, además, no a Stendhal pero sí a noticias policiales sobre el maltrato femenino (Abuso y Maltrato en contra de la Mujer), y dos o tres cosas más.

¡Yo, tan humilde, defendiendo “mi obra”! (Spinoza: la política de las pasiones).

Aunque sí la defiendo: algo aporta de nuevo; también hay unos ojos limpios que no son los ojos limpios de una vieja maestra que reniega del sexo y detesta “la pornografía” (Pornografía - Un problema).

Aparte, la idea del folletín, de que el que quiera publique una especie de, en este blog, es buena.

Fabiana: ¿puedes continuar la tuya, la de los chinos, cuando vivías en una Ciudad Gris? Me dio curiosidad… Y Joise con sus devociones filosóficas…

¿Y tú, José, puedes continuar? -advierte que para ti utilizo el elegante “tú”, que no usamos en Argentina. Pero eres tú. Tú mirando por la noche la tierra de las sombras y la luna, sin interés particular.

Todos los que me escriben están en mi corazón, y los imagino uno por uno, una por una, como dice Cristina…

Pero tú eres mi corazón (y que nadie perciba fantasmas.)

Relato redoblado III

No pensaba ya lo mismo ahora. Primero porque no lo maté, él me lo hizo creer, y los de la cocina; segundo, porque si fue en defensa propia, el culpable era el policía que me quería forzar; tercero, porque aun habiendo matado, yo no tengo por qué sufrir así, aun si hubiera matado no por defensa propia sino por simple gusto. Y no escribí además porque no me hubieran hecho caso; consideraban que yo había tenido mucha suerte al juntarme con él y venirme a vivir a una ciudad como esta.

Salía solamente a hacer las compras; él me daba justo la plata que tenía que gastar y esas eran mis salidas. A la novela la compré porque se juntaron dos liquidaciones, la de la librería y la del supermercado. Con lo que me sobró del súper, apenas dos pesitos, compré el libro que ahora iba a leer.

Parece que él vio la luz; no dijo nada, pero hizo insinuaciones: si había dormido, si había estado hasta tarde dando vueltas en el cuarto. Yo le quería preguntar algo que me quedó como curiosidad extrema: ¿hombres vestidos de mujer y llamados con nombre de mujer? No sabía cómo preguntarle; de dónde, decirle, lo saqué.

Estábamos en la mesa, con la calabaza rellena de queso y de la propia pulpa de la calabaza, que preparé, al horno. Hacía ruido al tragar el vino, porque tenía dificultad. Las gotas de vino bailaban después alrededor de su bigote; a mí me fascinaba mirarlas, pero me daba asco, aunque ya estaba acostumbrada. También me daba asco que se pusiera la dentadura en la mesa para poder comer y que después de comer se la sacara, de sobremesa, y la dejara al lado de la copa.

Empecé a preguntarle pero no me escuchó. Se levantó para salir. Eso era mejor todavía. Era preferible que saliera a yo informarme qué es un hombre vestido de mujer y con nombre de mujer, María, por ejemplo.

Al nombre María Venus nunca lo había escuchado, lo leí en la novela. Me dieron ganas de seguir leyéndola, pero eso me delataría en algo, porque él se daría cuenta de que yo no había arreglado la casa ni había hecho los mandados; que por algo sería, y empezaría la pesquisa. Era abogado, aunque ya no quería trabajar; trabajaba apenas en uno o dos casos, y más jugaba al póquer.

Mejor leía de noche, cada noche. Total me parecía larga. Era otra vida, como estar viviendo otra vida, me parecía. Y otra cosa que me parecía era que la verdulería que mencionaban en la novela quedaba cerca de mi casa. La había visto al pasar. Sí, en el centro, como en la novela.

A Estefanía se le había descompuesto la aspiradora y tenía que dejar su casa arreglada y limpia antes de salir de viaje. Limpió hasta los techos, y de pronto se sintió libre porque podía limpiarlo todo sin temor a que la alfombra se ensuciara: ya estaba muy sucia, no había arreglo. Aunque lustró muebles y bronces, vidrios y fuentes de plata, el piso, todo alfombrado, quedó sucio, y ella se sentía libre; cuando la aspiradora funcionaba no podía limpiar de esa manera relajada.

Estefanía era parecida a mí en eso de la libertad. Ser libre, muy libre, pero hasta donde las circunstancias lo permitieran. Ella necesitaba dejar muy limpia toda la casa antes de irse de viaje, y la dejó completamente limpia. El piso, o sea la alfombra, ya era otra cosa, porque se le había descompuesto la aspiradora. No se podía.

Estefanía, después de limpiar toda la casa, se ponía a preparar la valija. Se había comprado una valija de cuero, muy fina, y la estaba preparando con ilusión. Parece que iba a hacer un viaje para encontrarse con Blas, a quien había conocido por carta.

Yo -también Estefanía- me proponía crear de nuevo el mundo, pero las cosas se me escapaban. Eran un naipe de él, el alpiste del canario de Estefanía, los ojos de Blas, y en el momento en que los reunía se derrumbaban porque yo me decía: el naipe tiene que irse, ese no es parte, y en realidad era lo único tangible; estaba ahí. Además podía tocar la novela, pero no la mano escribiendo de Blas o Estefanía, ni la verdulera o el verdulero acomodando fruta. Y todo eso, sin embargo, estaba ahí.

Compré esa misma tarde un mapa para ponerles a las provincias los nombres de lo que quería para mí. A Buenos Aires, primero, le puse Malos, y no Aires sino Vientos: Malos Vientos. Enseguida me di cuenta que no hacía más que jugar con las palabras. Malos Vientos significaba para mí tan poco como Buenos Aires, así que taché y escribí Corazón Desganado, que era lo que significaba, para mí. Era el corazón de Blas. A la provincia de Santa Fe le puse Puerto de Palos. Porque de allí zarpó Estefanía, en realidad, para venir a encontrarse con su predestinado. Y después, sobre mi provincia, escribí Pueblo del Muerto, y a otras las tomé en parte mías, como si escribiera sobre mi propio cuerpo, y les escribí nombres con un significado secreto.

Ahora tenía otra cosa para esconder con el libro: el mapa. Esa noche él recibía invitados para jugar al póquer.

Envío

Tal vez encuentren el enigma rápido, háganmelo saber. Si no, en la próxima entrega de este Relato redoblado. Si es que aguantan un poco más, digo también.

Abrazos a posibles Estefanías…, pero en especial a ustedes, mis queridos.

Mora

Monografias

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Comentarios

4 respuestas a “Relato redoblado III -con enigma…”
  1. fabi risso dice:

    De acuerdo Mora, lo intentaré…, gracias. Igual, lo que voy a decir ahora ya lo pensé, lo balbuceé, y ahora lo esscribo aquí : No sé en lo que me metí
    Saludos a todas y todos

  2. Jose Itriago dice:

    Mala baza. Otra vez. 3 de picas y 4 de diamantes. Pero tengo que ir. No puedo ser el muerto del juego.

    Es que la oigo en la cocina y ni sé que estará haciendo, que no será nada útil. Uno sabe desde niño cuando la jaula se debilita, cuando el pájaro descubre el punto vulnerable. De pronto le salen ánimos y pica y pica sacando y sacando.

    Tengo que estar atento porque me parece que me marcaron las cartas, demasiadas parejas, dos tríos. No eso no es normal. Pero pongo mi puesta y sigo. Tres cartas más, tristes como el rumor de sus chancletas sobre el piso de la cocina al cuarto, del cuarto a la cocina. Quizás he perdido tanto que algo de bluf viene bien. Puede que caigan, digo, si no me marcaron las cartas. Me parecen que esconden una sonrisa.

    Un bluf tengo que hacer con ella, una vida bluf, eso es lo que ha sido todo esto. La peor apuesta y fue con las cartas abiertas. Vino de mierda, que ni pá cociná sirve. Antes -que largo se puso el antes- bebía decente y tengo mis buenas botellas escondidas, no para compartirla con estas chinches, sino para beberlas algún día entre frases lentas, que parecen desconectadas, pero no, que van haciendo ilación con la piel erizada, los pezones reventones, las manos que se deslizan. Que siempre parezca que fue una última palabra pero que cuando el silencio está a punto de ganar, surge otra que prolonga y prolonga. Todo es prolongar. Cada vez es un velo menos, un detalle más y uno no sabe ni como, sigue con el sueño hasta que la madrugada, aun mansa de luz, sin publicitar detalles, da paso a que cada quien se cubra lo mejor que pueda. Otra vez cubierto otra persona otro momento otra vida. Todos cartujos en la vida bluf.

    Ya se lo dije: esto es un camino que va directo a una cárcel que es la vida de dos. Se lo trato de explicar, pero tiene la mente en otra cosa, en una búsqueda que no es de ella ni mía y mucho menos de nosotros. Una búsqueda importada, cómo si a mitad del juego se pudieran cambiar las reglas.

    Tendría que pasar, dejarlo hasta aquí. No tengo nada y la mirada socarrona puede decir que me descubrieron el bluf, por pensar en mi vida bluf llegaron al bluf del juego, yo mismo me puteo el juego, en vez de pensar en caballos al aire, en luces, como la que vi, tan verde en la noche cruzando sobre las ramas negras de la tapara. En eso debí pensar. Pero no voy a pasar, doblo y trato de pensar ya no en esa vertiginosa caída sino cuando con tanto esfuerzo pude verle, por fin los pechos prietos, chiquitos pero fuertes, en eso tengo que pensar. Sus pezones eran aun rosados, tan definidos, como pidiendo y después el salto que pegó cuando los toqué con toda la suavidad que pude. Allí debí saber que no tenía juego, que mejor era retirarse. Pero todo es vicio, es no rendirse sino cuando se gana.

    El error es ese, pensar en ella. Me he dicho mil veces que no debo hacerlo, que no existe en realidad, en la realidad de los calores y las humedades, sino en el tránsito, como transitó hoy la luz verde entre las ramas de la tapara.

    Algo dijo el pendejo de Heliodoro, debo concentrarme más. ¿Quiere doblar?. Pero tiene cara de susto. Son los otros que lo empujan. Por fin me di cuenta que quedamos solo nosotros dos, todos los demás se fueron. Bebo un sorbo lento del mal vino, casi como si tuviera catándolo. ¿Les gustará a ellos? O igual les sabe a mierda, pero están acostumbrados, más acostumbrados que yo y entonces me angustia verme yo en ellos. Le veo los ojos a Heliodoro y doblo y lo veo. Soy yo otra vez. No importa si gano y pierdo la mano. Ya me gané a mi mismo. Estoy rodeado de fantasmas. Unos arrastran los pies y se esconden dentro del oscuro silencio; otros, ordinarios futuros míos. Algún día les voy a sacar una de las botellas buenas, para ver qué dicen, para si lo notan. A ella también, la voy a emborrachar, para que suelte, que proteste o se entregue y se haga de una vez lo que va a ser y si no, igual me voy un buen rato, a desintoxicarme de asfixias.

  3. Joise Morillo dice:

    Querida Mora, Saludos

    Yo, seré Jacinto (María Venus) enamorado de ella.

    No mató al policía, su delito, no es material en sí, sino, espiritual, contra mí, la muerte, él se la hizo creer, en complicidad con los de la cocina seguramente; de haber sido en defensa propia, el policía se lo merecía; la quería forzar; y habiéndolo matado no ha sufrido lo que debería, en cambio yo sí, lo de ella es simple gusto, ella sabía que yo la amaba. Suerte hubiera sido al juntarse conmigo y vivir en la ciudad que le gustara.

    Casi como esclava o peor esclava, su “captor” le daba justo la plata que tenía que gastar y como cenicienta le sufría y gozaba. Tal que mendiga. juntaba churupos para satisfacer la mas mínima de sus necesidades, y algún libro que después leería. Mientras, yo también lúdico desinteresado de los naipes, cartas del póquer, me regodeaba en tal claustro de vicio, solo para de vez en cuando percibir su presencia.

    Sus fantasías y sueños extraños y singulares, creando personalidades enmascaradas no se compadecían de sus deseos de paz, la repugnancia le cimbraban su ser, no deseaba, pero era casi obligado sentarse en la misma mesa, licor y gestos asquerosos eran el rito del momento.

    ¡Quien era María Venus! Me acordé del motel que solia visitar en mi temprana juventud con novias y puticas, se llamaba Venus. La cuestión llego a mi por casualidad cuando solíamos beber juntos en la casa de ella, el nombre María Venus tampoco nunca lo había escuchado, ni leído en la novelas. Su Captor, abogado también, tenia trabajos esporádicos eran con el póquer sus pasatiempos. Ella le odiaba, y le quisiera desaparecer de verdad, yo enamorado, ella privada de libertad, vivíamos aunque cada quien por su lado, vidas similares, pero de otra dimensión, como vivir otra vida. Como en otra galaxia, un verdadero drama.
    El trabajo del claustro era tedioso, limpiar hasta los techos, lustrar muebles y bronces, vidrios y fuentes de plata, el piso, todo alfombrado, quedaban espacios sucios, irresponsable de esto, se sentía libre; la aspiradora no funcionaba, no podía limpiar. Era libre, muy libre, hasta donde las circunstancias lo permitieran. Eu amiga Estefanía, en parte le pasaba igual excepto que tenía un novio: Blas, a quien había conocido por carta.

    Eran un naipe de él, el alpiste del canario de Estefanía, los ojos de Blas, en momentos se decía: el naipe tiene que irse, quiero a Mi María Venus, a esa (e) le amo. y a mas nadie, sin embargo, suficiente presencia encontraba en su soledad. incluso a mi.

    Ella, deseaba volar yo lo sabía, ¿cómo ni ella misma sabía. Menos, yo.

    Os ama
    Joise

  4. fabi risso dice:

    Hay días en que veo todo monocromo´pero en blanco y negro, mientras´los colores disparan y se esconden detrás de las formas.
    Ya dejó de importarme a que huele mi ventana y quien está del otro lado abajo ó arriba ni la existencia de su perspectiva.
    Andaba por la habitación con el número telefónico de ella en mi mano, aún no la conocía, tenía un par de datos de buena fuente solamente, además de bellos ojos negros y de estar a mil cetecientos sesenta kilómetros de aquí -lo cual me provocaba cierto distanciamiento, Baires, bella y luminosa Ciudad amada y dueña de la verdad de un Tango, casi siempre gris, me sorprendía gratamente colgando de una luna llena llena de admiradores.



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