Editorial Monografias.com

por Mora Torres

 

Mitad plata y penumbra

“Teta roja de sol,/ teta azul de la luna./ Torso mitad coral,/ mitad plata y penumbra”, tira un relámpago Federico García Lorca en “Homenaje al arlequín en cuatro versos”.

Debido a esta lectura de Federico, me embarqué ayer en Monografias.com con una idea fija, y no consideré haber navegado lo suficiente hasta que encontré la “Historia de los payasos“, procedente de Colombia, donde aprendí sobre los orígenes de esta prodigiosa profesión.

Una parte del índice del ensayo puede dar una idea de lo que descubrí:

1) El payaso en la antigüedad; 2) La Edad Media y los bufones de la corte; 3) Un antecedente: la Comedia del Arte; 4) Esbozo del payaso moderno…

Un bocado especialísimo para mi curiosidad (y la de ustedes).

Después me abrió sus puertas el “Circo contemporáneo“, de Inés González, adonde los invito. Transcurre sabiamente desde el circo tradicional al nuevo circo-nuevo teatro.

La salida del circo

“…cuán presto se va el placer, cómo después de acordado da dolor…” (coplas de Jorge Manrique a la Muerte de su Padre) repetía yo, que era de niña una especie de cotorra que todo lo aprendía casi sin comprenderlo pero, en este caso, aplicándolo bien, cada vez que salía del circo.

Y seguí repitiéndolo hasta ahora, más seguido cuando vuelvo a la realidad “real” luego de ver una buena obra de teatro, por ejemplo.

En verdad parece ser que tuve intuición porque si bien todos nos quejamos de lo pasajero de la vida, no hay nadie que se queje más de lo pasajero del arte que los actores (sean mimos, titiriteros o de los otros).

Hoy, de cualquier modo, cada gesto, entonación o pirueta queda grabado, filmado, eternizado. “Pero no es lo mismo”, dicen a coro estos artistas cuyo genio se expresa en instantes, minutos o flashes.

Los entiendo. Me consuelo mirando Arlequín, de Picasso, y todo lo relacionado con el circo a lo que el pintor dio un primer lugar en todas sus épocas (pueden ver una imagen del Arlequín Azul en “Picasso y el Cubismo“). También el suave y encantador Watteau se rindió a esta magia, basta con posar los ojos en las reproducciones de su Gilles, tan vestido de blanco, tan enorme. Y Renoir, y hasta Goya, nos recuerdan esas “fiestas galantes” irremediablemente perdidas.

¿Todo vendrá de vuelta, el viejo circo y los viejos actores?

Algunos opinan que retornaremos a vehículos antiguos, a juguetes antiguos y a comida casera. Pero es un tema para otra nota, o quizá para los lectores-comentaristas.

Los payasos

Había ido a escuchar una lectura del poeta sanjuanino (de San Juan, República Argentina) José Campus.

Como me gustó mucho, y me impresionaron unas líneas donde recuerda un famoso terremoto ocurrido en San Juan en los años 40, cuando él era un niño, me acerqué a saludarlo.

Entre mis halagos y sus humildades, de pronto preguntó: “¿De dónde es usted?” (en el lugar había gente de Nicaragua, Venezuela, Colombia, Bolivia, Perú, Chile y Guatemala).

“Como usted, de Argentina -contesté, creyendo que el hecho de ser su compatriota me haría perder encanto-. Vivo desde hace años en Buenos Aires, pero nací en la ciudad de Santa Fe.”

“¡En la ciudad de Santa Fe! -exclamó, dejando sobre una butaca los papeles que había sostenido para darnos a conocer su excelente escritura-. ¡Yo estuve allí en el 57, cuando estaban haciendo el nuevo edificio del Correo!”

No pude menos que contarle que, al pasar hacía unas semanas por mi ciudad de nacimiento, me había sorprendido precisamente que el Correo tuviera las ventanas y puertas herrumbradas.

“Yo paraba justamente enfrente de la construcción, en la avenida Alem”, continuó él.

“¿Dónde?” -pregunté.

“En la carpa del circo -respondió-. Yo era payaso.”

Y ahí noté de dónde venía esa enigmática manera de comunicarse, transportando hacia mí el misterio, el color y la angustia del circo.

Mi pequeño tesoro

Se trata del libro en miniatura de Ediciones G. P. de Barcelona, año 1963, que conservo y cuido como si fuera una joya de mis antepasados. Es de María Dolores Muñoz y se llama El circo.

Allí su autora asegura que “No existe una palabra que encierre en sí el concepto de payaso. Sea éste gracioso, músico o acróbata, es siempre un artista”.

Dice además lo que todos sentimos sobre el arte circense, expresado en estos términos:

“…Es puro y sin mixtificaciones, como todo aquello que el pueblo ama”.

Y agrega que en el mundo del circo conviven “de manera increíble lo sórdido y hermoso, la precisión, sencillez y riesgo de este oficio que es un arte”.

No dudé nunca del valor de este arte melancólico, cruel y colorido. ¿Y ustedes?

Mora Torres

Editorial

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Comentarios

3 respuestas a “Mitad plata y penumbra”
  1. Ángel dice:

    Mora:
    El circo y sus usos, han quedado como una de las partes más substanciales de las saudades infantiles que muchos viejos llevamos a cuestas. Nunca aspiré a ser payaso y sin embargo una vez ya adulto asistí a un baile de disfraces con el atuendo real de un profesional que tuvo la generosidad de prestármelo. Mi anhelo, era ser barrista o trapecista y también llegué a caminar sobre el alambre. A mis 16 años, pude practicar la barra fija, argollas y paralelas con lo que conseguí una buena musculatura y lesioné mis rodillas para la posteridad. Una fractura inesperada de una mano, terminó esa afición y debí guardar mis logros en el arcón de las nostalgias; ese espacio donde van a dar las cosas, situaciones, sentimientos y tristezas que nos acompañaron en alguna época de la vida. La Monografía sobre los payasos, me trajo otro recuerdo especial, pues también incursioné en un grupo teatral (Como comparsa nada más) y éste grupo experimental formó un proyecto ambicioso integrado por tres ciclos de tres obras cada uno que se presentaron en el anfiteatro Bolívar en la Escuela Nacional Preparatoria de la UNAM en el año de 1952 (¿51?) Una de éstas obras era: “El barbazul” de Cesarino Giardini y dos de sus personajes eran Arlequín y Pierrot. Se trataba de una farsa con parlamentos en verso y una parte de estos correspondiente a Pierrot; el eterno enamorado y siempre triste y siempre desplazado por el rival exitoso. Pierrot se decía a si mismo:
    Oh Pierrot, loco Pierrot
    Elegante rey del spleen
    no seas amante simplón
    Ni romántico fatal
    Que la mujer no es vestal
    Para el fuego de tu amor
    Sino carne como flor
    Con aroma de azahar.
    Lleva tu mano a tocar
    Seda clara, fina piel,
    Carne tibia y nada más.
    Nunca he podido aceptar que la mujer no pueda ser erigida como un objeto de adoración sentimental y se le deba considerar tan terrena como los hombres. No cabe duda que los años pasan sin dejar enseñanzas para quienes hicimos del romanticismo una forma de exaltación solemne y misteriosa. Leonor de Aquitania y sus tribunales de la caballerosidad que debatían sobre el amor cortés, sin duda entendían esta forma de sentir en su gaya ciencia y la poesía trovadoresca en provenzal. Alguna vez escuché en la TV una poesía atribuida a esta dama que llevó su condición de mujer a sitios inalcanzables por las mujeres de su tiempo, pero no pude retenerla y no la he encontrado ni siquiera en Internet.
    Saludos
    Ángel

  2. mem dice:

    Lo que más aprecio del payaso es su manera de parecer tonto, torpe y a través del humor va diciendo lo que quiere, logrando influir en materias importantes y profundas. No me gusta para nada la imagen el payaso triste ya que se le humaniza y el payaso no es humano, es una esencia que flota perfumando de alegría el ambiente, dejando siempre una meditación pendiente en su público.
    Ese es mi payaso perfecto. Existen infinidades de payasos, hasta yo lo he sido sin querer, en el colegio era el sobrenombre que me tenían “el payaso”, nunca pregunté porqué, pero sentía orgullo al escucharlo, uno no se declara payaso, el público lo declara.
    Finalmente, me gustaría ver en la política a más payasos (aquí el término payaso suena descalificador, curioso), podría nombrar a algunos que están cerca de serlo, por ahora mi favorito es Chaves que no pierdo comentario que hace. Quizás la respuesta esté en que nunca un payaso fue el rostro o representante de algo, el payaso estuvo detrás con su ingenio doble para crear bromas y decir algo importante al mismo tiempo.
    Espero que la imagen del payaso-humano, el payaso-triste se pierda de una vez por todas y aparesca ese payaso rey de la diplomacia que con su alegría nos haga pensar al llegar a casa y recordar con una sonrisa su actuar.
    Gracias por el espacio!
    Saludos

  3. Roberto dice:

    Para mi los payasos no son graciosos.

    Tampoco los considero, como muchos, aterradores.

    Simplemente son patéticos, una burla que no merece nuestra atención.

    Es curioso mencionar que el concepto de payaso se ha asociado muchas veces al lado oscuro. El concepto de payaso terrible o tenebroso esta bastante extendido. ¿Por que será?

    Tal vez por que el humor más aceptado tiende a contravenir la moral y la ética.



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