Ad astra per aspera

Blog de lingüística y literatura

 

Las convenciones sociales y los actos afortunados o desafortunados (Austin)

Hoy, como cada viernes, tuve clases de pragmática por 120 minutos (se imaginarán cómo sale una de ahí… ¡¡con una sonrisota!! jeje). Interesante, pues estuvimos charlando sobre unas disertaciones de Austin acerca de los “actos lingüísticos” como él les llama en una oportunidad en la conferencia II, o actos de habla como les llamamos por lo general.

En esta conferencia, Austin nos habla sobre las convenciones y qué relación tienen éstas con los actos “afortunados” y “desafortunados”.

Para explicar las cosas con propiedad: sistematización.

Según Austin existen dos tipos de enunciaciones:

-Los constatativos (enunciados) son aquellos sintagmas verificables que pueden ser clasificados en verdaderos y/o falsos;

-los realizativos son enunciaciones que son, a la vez, una acción. Por ejemplo jurar; sólo puede jurarse por medio de un acto lingüístico “Yo juro…”.

Ahora, dentro de lo que se refiere a los realizativos, debemos tener en cuenta el concepto filosófico de acción: aquello de que un acto debe ser voluntario y tener un fin intencionado, sólo se dirá que la acción a tenido éxito si el fin de la acción se corresponde con el fin intencionado y será un fracaso si no se corresponden y blah, blah, blah. Bueno, eso a grosso modo explicado (para más datos, agarre un libro, che… a mí me hacen leerlos enteritos y con terminología complicada, los muy malvados).

Pues bien, el caso es que este señor Austin dice que la acción ha sido afortunada cuando culmina en éxito y/o desafortunada cuando no.

Pero he aquí el asunto que nos compete en este caso y es responder al interrogante: ¿y qué pito tocan las convenciones sociales aquí? Pues bien, las convenciones son las que establecen las pautas que deben cumplirse para que un acto lingüístico sea afortunado o desafortunado.

Esto se explica mejor con un ejemplo:

Bautizar es un realizativo (ver concepto arriba), hasta ahí vamos clarito ¿no? Ok, repasemos los pasos para, por ejemplo, bautizar un barco: un funcionario público, digamos un intendente, o alcalde, o presidente, ante una multitud, estrella una botella de champaña, que ostenta un gran moño, contra el casco de la nave a la vez que dice “Yo bautizo este barco con el nombre de Bilbao” (no puedo evitar hacer referencias a Les Luthiers, acostúmbrense a eso); ignoro si se me escapan detalles, de todos modos no son relevantes para lo que nos compete.

Bien, estamos de acuerdo en que esas pautas -barco, funcionario, botella, palabras, nombre- deben ser cumplidas para decir “el barco fue bautizado”. Pero ¿de dónde han salido dichas condiciones? ¿quién dijo que deben estar presentes todas esas cosas para que el acto esté correctamente hecho y sea válido? La respuesta es muy simple: la sociedad.

Las convenciones sociales nos rigen, pues todo lo establecido lo ha sido por convención social. Es decir que si la sociedad hubiera decidido que para bautizar un barco era menester rociarlo con leche rancia, que cuatro marineros dancen con un pato bajo el brazo mientras el capitán canta “juro que este barco se llama Bilbao” con el ritmo de “la cucaracha” (aunque iría fuera de tempo), eso sería lo que se haría cada vez que se esté por lanzar un barco nuevo al mar y se diría que el acto ha sido afortunado. Pero como lo que se hace es lo que describí antes, quien se antoje a llevar a cabo las sandeces que acabo de escribir estaría realizando un acto desafortunado.

Exactamente lo mismo se aplica a lo estrictmente lingüístico en cuanto acto.

Esto es todo por hoy sobre Austin (es que tengo sueño, he madrugado dos días seguidos y eso es demasiado), la próxima vez trataré el tema de los abusos y los desaciertos que puede ser un poco más enredado.

Mata ne!

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