VIDA PLENA

Un camino para avanzar en el crecimiento personal y espiritual

 

Las batallas por la victoria se libran en oración

Fernando Alexis Jiménez

A

penas regresó de la iglesia, después de una mañana gloriosa en la que además de un mensaje inspirador para su vida, había prestado el mejor servicio como ujier, recibió a dos personas nuevas en la congregación e incluso, tomó sus datos cuando recibieron a Cristo como su Salvador, se encontró con una tormenta que le llenó de tristeza y desilusión…

Su esposo, Heriberto, estaba viendo un partido de fútbol en la televisión. Junto a la mesita de sala, el periódico abierto en la página de tiras cómicas, el cenicero lleno de colillas de cigarrillo y en el suelo, varias latas de cerveza vacías.

Arrugó el ceño apenas la vio, con la expresión de quien está pensando qué decir, y arremetió contra ella sin darle tiempo a defenderse:

¿Nuevamente en la Iglesia y llegando tarde? Ya me tienes harto con tu religiosidad. No hay domingo que te encuentre en casa.—Arrojó con violencia la cerveza a medio consumir y, con la mano libre, señaló con violencia–: Estoy por irme de casa. Estoy cansado, ¿oíste? Cansado… Quédate tú con la religión, que yo me voy…

Martha no podía comprender por qué razón, a pesar de su consagración a Dios, seguía experimentando esa concatenación de escenas, tras las cuales su corazón terminaba cada vez más herido.

Alguien le habló de dar las batallas en oración. Y redobló su clamor. Al comienzo, parecía que nada cambiaba, sin embargo, oraba sin cesar.

Un fin de semana su esposo, intrigado, decidió seguirla. Se quedó esperando afuera. Quería “sorprenderla en algo”, pero el sorprendido fue él.

 Todo el mensaje tocó su corazón y cuando el pastor invitó a recibir la Salvación, cruzó el umbral, atravesó la congregación por el pasillo central y se arrodilló ante el altar. Luego, visiblemente quebrantado, se dirigió a Martha. “Perdóname”, fue lo único que dijo. Hoy es un creyente que persevera y orienta el ministerio de parejas.

Busque a Dios en la crisis

Todos los seres humanos tenemos un punto de encuentro, en algún momento de nuestra vida, con Dios. Nadie lo determina con antelación. Unos llegan a Él en medio de profundas depresiones, otros cuando les asalta una escasez económica sin precedentes, hay quienes tienen ese contacto cara a cara con el Señor al enfrentar una enfermedad o cuando su matrimonio está a punto de desmoronarse.

Sin embargo, ese encuentro con Dios resulta definitivo, transformador. Marca la diferencia en la existencia de toda persona.

En la Biblia aprendemos una verdad que alentará nuestro corazón en los momentos difíciles: “Dios es nuestro amparo y nuestra fortaleza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia.   Por eso, no temeremos aunque se desmorone la tierra  y las montañas se hundan en el fondo del mar; aunque rujan y se encrespen sus aguas, y ante su furia retemblen los montes.  ”(Salmo 46:1-3. Nueva Versión Internacional)

Es probable que en medio de las circunstancias difíciles sintamos que no hay salida al callejón. No obstante, aun cuando al orar experimentemos la sensación de vacío y que nadie nos oye, la Escritura nos enseña que no solamente nuestro Padre celestial está ahí sino que además, nos ofrece sus brazos para que nos refugiemos en Él.

Bajo ese convencimiento, podemos vencer el temor, mirar el futuro con serenidad, tener la certeza—en lo más profundo del corazón—que los obstáculos y situaciones inesperadas, no podrán llevarnos al laberinto de la desesperación y la angustia. No importa que todo alrededor se derrumbe, Dios está en control y si le permitimos tomar el timón de nuestra existencia, nos llevará a puerto seguro en medio de aguas tormentosas.

Desconozco qué situaciones complejas, traumáticas y en apariencia imposibles de resolver esté atravesando. Vuélvase a Dios, sométale sus complicaciones y espere en Él. Tenga la  seguridad que cambiará el curso de su historia y el amanecer nublado de hoy, se convertirá en un mediodía despejado y en un atardecer soleado y prometedor…

La mejor decisión que puede tomar ahora, es recibir a Jesucristo como Señor y Salvador. Abrirle las puertas de nuestro corazón es lo mejor que puede ocurrirnos, porque emprendemos el camino maravilloso hacia el crecimiento personal y espiritual. Decídase hoy por Cristo Jesús.

Si tiene alguna inquietud, por favor, no dude en escribirme a pastorfernandoalexis@gmail.com o llamarnos al (0057)317-4913705

© Fernando Alexis Jiménez

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