VIDA PLENA

Un camino para avanzar en el crecimiento personal y espiritual

 

Perdonar o no perdonar, ¿Estás en la encrucijada?

Fernando Alexis Jiménez

Marcela no acostumbraba fisgonear en el celular de su esposo, pero aquella mañana lluviosa en Santiago de Chile, decidió identificar a qué números había marcado. Había un teléfono recurrente, pero en la opción de llamadas recibidas, aparecían los mismos dígitos.

Miró furtivamente en dirección a la ducha. Como siempre, Ronaldo cantaba mientras se afeitaba con la misma dedicación   de un relojero suizo. Así que aplicó “Repetir” y automáticamente se marcó el último número. Al otro lado de la línea alguien con voz melosa respondió: “Aló, amor. ¿Ya estás fuera de casa? ¿Podemos hablar?…Aló, háblame mi vida… Alo…”

Marcela sintió que el mundo se hundía bajo sus pies. ¡Su marido, en quien tanto confiaba, tenía una amante!

Abrió furiosa la puerta del baño y le gritó con toda la fuerza que pudo:

Explícame, ¿quién es la mujer que respondió al teléfono cuando marqué desde tu celular?….—

Sólo Dios nos ayuda a perdonar...

Sólo Dios nos ayuda a perdonar...

Él se quedó mirándola. No esperaba que aquello ocurriera. Dejó la afeitadora a un lado. No sabía qué responder y sólo se atrevió a musitar:

 

 

No debiste andar en mis cosas…—

Ella salió llorando. No quiso escucharlo cuando le dijo que era solo una aventura y que allí mismo, incluso delante de ella si lo prefería así, cortaría la relación.

En la tarde, cuando regresó del trabajo, no encontró ninguna de las pertenencias de Marcela.

Pasaron tres meses antes que pudieran tener un nuevo contacto. Ella guardaba resentimiento y después de una tarde, en la que dialogaron, discutieron y por momentos conciliaron, coincidieron en la necesidad de volver juntos “para intentarlo de nuevo“.

No resultó fácil para Marcela perdonar la infidelidad de su cónyuge. Sin embargo un día pudo compartir con algunas amistades que su matrimonio había reiniciado el curso de siempre. “Por fin, pude perdonarlo.”

¿Piensa seguir en la misma cárcel?

Hay quienes están en una cárcel, en medio de cuatro paredes y custodiados por unos cuantos barrotes, pero son libres. Su mente sueña; aman: así mismos y a los demás. Anhelan, sueñan y hasta saborean la libertad y piensan de qué manera aprovecharán cada minuto.

A diferencia de ellos, hay quienes están en libertad, caminan por las calles sin que nadie les ponga problemas, pero están atormentados por la peor cárcel que uno pudiera conocer: La falta de perdón.

Para ilustrar la profundidad de su enseñanza, compartió con ellos en cierta ocasión una historia que le invito a considerar. “»Por eso el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al comenzar a hacerlo, se le presentó uno que le debía miles y miles de monedas de oro. Como él no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su esposa y a sus hijos, y todo lo que tenía, para así saldar la deuda. El siervo se postró delante de él. “Tenga paciencia conmigo —le rogó—, y se lo pagaré todo.” El señor se compadeció de su siervo, le perdonó la deuda y lo dejó en libertad. »Al salir, aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas de plata. Lo agarró por el cuello y comenzó a estrangularlo. “¡Págame lo que me debes!” , le exigió. Su compañero se postró delante de él. “Ten paciencia conmigo —le rogó—, y te lo pagaré.” Pero él se negó. Más bien fue y lo hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda. Cuando los demás siervos vieron lo ocurrido, se entristecieron mucho y fueron a contarle a su señor todo lo que había sucedido. Entonces el señor mandó llamar al siervo. “¡Siervo malvado! —le increpó—. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?” Y enojado, su señor lo entregó a los carceleros para que lo torturaran hasta que pagara todo lo que debía. »Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes, a menos que cada uno perdone de corazón a su hermano” (Mateo 18: 23-35, Nueva Versión Internacional).

Este pasaje que aplica a su relación con Dios, consigo mismo y en su interactuar con los demás, arroja varias enseñanzas que sin duda habrá descubierto:

1.- Dios nos perdonó, y no tenemos derecho alguno de no perdonar a otros.

2.- La misericordia es un principio de vida, que enriquece nuestra vida y resulta gratificante para los demás.

3.- Nuestro perdón no es ni grande ni pequeño: es un todo. Transforma nuestra vida y la de quienes nos rodean.

4.- Dios que perdona, recibe honra y gloria cuando perdonamos.

Usted puede perdonar… ¡Con la ayuda del Señor Jesucristo es posible lograrlo!

Si tiene alguna inquietud, por favor escríbame a fernandoalexis@aol.es y no olvide mi teléfono 317-3310256

VIDA NUEVA

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