VIDA PLENA

Un camino para avanzar en el crecimiento personal y espiritual

 

Archivo de Septiembre, 2009

¿Qué derecho teníamos a recibir perdón?

Fernando Alexis Jiménez

La cara de sorpresa que mostró el agente policial no podía describirse. Aquél joven estaba frente a su escritorio confesando que llevaba varias semanas con unas valiosas obras de arte robadas de casa de un millonario de la ciudad.

Lo hice porque no tenía para consumir drogas. Pero estoy arrepentido. Ni siquiera me atreví a ofrecer los cuadros y antigüedades a nadie. Aquí están…–explicó.

El alto oficial hizo dos llamadas, luego lo condujo a la celda. No había transcurrido un día cuando José fue llamado por un guarda. “Puede irse—le dijo–. El propietario retiró los cargos y habló a su favor“.Dios te perdonó; Perdónate tu mismo y a los demás...

No podía creerlo. ¡Merecía varios años de cárcel! Cuando preguntó la rezón, el comandante le explicó que tras conocer de su arrepentimiento, el dueño de las pinturas y los valiosos objetos, había decidido darle una nueva oportunidad.

Ya Dios nos perdonó, ¿Por qué no te perdonas tú?

He aquí una ilustración práctica de lo que Dios hizo con usted y conmigo. Nos perdonó. Todas nuestras maldades ameritaban que estuviéramos en condenación. Sin embargo no fue así. Sin que lo mereciéramos, nos perdonó.

El amado Señor Jesús murió en la cruz. Su sacrificio hizo posible este milagro, que nos abre las puertas a una nueva vida. El apóstol Pablo explicó a los cristianos de Colosas en el primer siglo y a nosotros hoy: … ustedes estaban muertos en sus pecados. Sin embargo, Dios nos dio vida en unión con Cristo, al perdonarnos todos los pecados y anular la deuda que teníamos pendiente por los requisitos de la ley. Él anuló esa deuda que nos era adversa, clavándola en la cruz. Desarmó a los poderes y a las potestades, y por medio de Cristo los humilló en público al exhibirlos en su desfile triunfal. Así que nadie los juzgue a ustedes por lo que comen o beben, o con respecto a días de fiesta religiosa, de luna nueva o de reposo” (Colosenses 2:13-16, Nueva Versión Internacional).

Con frecuencia vienen a nuestra mente pensamientos que nos acusan sobre el pasado. “¿Cómo pretendes cambiar si fuiste esto o aquello…?”. E inmediatamente, como en una película underground, se traslapan imágenes del pasado, de cuanto hicimos mal. Pero es ahí cuando debemos recordar que por el sacrificio de Jesucristo en la cruz, usted y yo fuimos perdonados. No importa cuánta maldad obramos. ¡Fuimos perdonados!¡Dios lo hizo por misericordia!

Hay quienes atribuyen esa sensación de acusación permanente, a razones sicológicas. Los cristianos sabemos que es una estrategia de Satanás para impedir nuestro crecimiento personal y espiritual. Por eso, cada vez que nos amedrenta con ideas falsas, acusándonos de un ayer de pecado, le recordamos que tales pecados fueron perdonados y limpiados por su preciosa sangre en el monte del Gólgota.

Dios ya nos perdonó nuestros pecados. Ahora quien debe perdonarse es usted mismo. Es un principio clave y fundamental para avanzar en el proceso de crecimiento personal y espiritual que tanto anhela.

¿Ya recibió a Jesucristo en el corazón?

La mejor decisión de todo ser humano es recibir a Jesucristo como Señor y Salvador. Es el comienzo de una nueva vida. Basta con decirle: “Señor Jesús,  gracias por perdonar mis pecados en la cruz y abrirme las puertas a una existencia renovada y de éxito. Te abro el corazón y te recibo como mi único y suficiente Salvador. Haz de mi la persona que tú quieres que yo sea. Amén”

Si tomó esta decisión, le felicito. Ahora tengo tres invitaciones para usted:

1.- Aprendida principios conducentes hacia el éxito y el crecimiento personal y espiritual, leyendo como mínimo un capítulo de la Biblia cada día.

2.- Ore a Dios. Orar es hablar con Dios. Es volar a nuevas dimensiones de poder, el poder que proviene de nuestro Supremo Hacedor, el que todo lo puede.

3.- Comience a congregarse en una iglesia cristiana.

Si tiene alguna inquietud, por favor no deje de escribirme ahora mismo:

© Fernando Alexis Jiménez – Email fernandoalexis@aol.com

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VIDA NUEVA

El perdón, más que palabras

Fernando Alexis Jiménez

Se miraron a los ojos. Un destello de segundos. Algo fugaz como un relámpago en una noche oscura que amenaza tormenta. Rosaura quería decir muchas cosas. Tenía tristeza. La embargaba la desolación. Sin embargo reprimió sus emociones. Resultaba mejor callar y medir, con sumo cuidado, el alcance de cada palabra.

Rolando se asomó por los barrotes. Esperaba insultos. Una frase procaz. Incluso, que lo agrediera. ¡Al fin y al cabo en una gresca de pandillas le había provocado la muerte a su hijo de diecisiete años! Sin embargo nada de eso pasó. Una mirada que lo dijo todo.

Te perdono…–musitó ella, sintiendo que se quebraba su voz–. Sólo vine a decirte que te perdono–. Y se echó a llorar.

Dios nos perdona, ¿por qué no perdonamos?

Dios nos perdona, ¿por qué no perdonamos?

El joven guardó silencio pero, en lo más profundo de su ser, sintió que esas palabras lo hacían libre. Como si le hubieran quitado una pesada carga de su espalda.

 

 

Gracias…–dijo quedamente. Rosaura tomó su mano, prendida de los barrotes, la apretó con fuerza como si se tratara de su propio hijo, muerto violentamente ocho meses atrás, y se alejó llorando. También con la sensación de haberse liberado de una tremenda carga…

Perdonar no es fácil

Sí, me pregunto, ¿Quién dijo que era fácil perdonar a quien te causa daño? Todos, en algún momento de nuestra vida, habremos enfrentado el terrible dolor que se experimenta a nivel emocional cuando alguien nos traiciona, habla en contra nuestra, hiere nuestra confianza o nos causa daño de alguna manera.

La rabia inunda nuestro corazón. Nos parece que perdonar es imposible. “Es un asunto de los que no tienen dignidad“, gritaba furibunda una vecina cuando su esposo le pidió que le perdonara por una noche de farra con unos amigos.

Tal vez usted mismo ha atravesado por una situación similar. Sobrarían las palabras para explicarle qué se siente.

A dos hombres ilustres de la historia se atribuyen frases profundas y a la vez sencillas sobre el perdón: Napoleón Bonaparte, el célebre conquistador y estadista europeo solía repetir: “El perdón nos hace superiores a los que nos injurian.”. Por su parte el famoso pintor irlandés Francis Bacon habría dicho: “Vengándose, uno se iguala a su enemigo; perdonándolo, se muestra superior a él.”.

Pero en mi condición de cristiano, deseo compartir con usted un principio de éxito que compartió el Señor Jesús con sus discípulos y con nosotros hoy cuando alguien lo abordó: “Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: —Señor, ¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano que peca contra mí? ¿Hasta siete veces? —No te digo que hasta siete veces, sino hasta setenta y siete veces —le contestó Jesús” (Mateo 18:21, 22. Nueva Versión Internacional).

¿Ha pensado que la falta de perdón le impide avanzar hacia el éxito? Sin duda habrá leído, escuchado o visto por televisión informes científicos de las enfermedades que desencadena guardar rencor. Desencadenan altos niveles de estrés, insomnio, dolores de cabeza, afectación en el funcionamiento del organismo y casos en los que personas que anidan resentimientos contra alguien, manifestaron enfrentar cáncer y artritis, para mencionar solo algunas consecuencias. ¡Hoy es el día para que—con ayuda del Señor Jesucristo—se disponga a perdonar. ¡Usted también puede hacerlo!

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El gran reto: transformar el mundo

Fernando Alexis Jiménez

Jerusalén era un hervidero de personas. El sol quemaba los rostros de los transeúntes que, sin pedir permiso, se abrían paso. El río humano iba y venía. No tenía una dirección determinada. Sobre los costados, en las casas de barro y madera, se amontonaban los vendedores. Ofrecían la variada gama de productos. Generalmente eran comidas para el viaje. Decenas de parroquianos regresarían esa misma tarde, después de los servicios de adoración a Dios, a sus respectivas provincias.

El hombre abordó el carruaje. No prestó atención a un comerciante que le ofrecía telas a muy buen precio. “ Estoy afanado ”, se limitó a decirle mientras le apartaba con cortesía. “ Vamos ”, ordenó a quienes guiaban el ostentoso vehículo de tracción animal. Le restaba un largo viaje, de varios días, hasta llegar a su destino final: Etiopía, en África. Allí servía a la reina de Candace.

Mientras avanzaban por el camino y poco a poco la ciudad iba quedando atrás, abrió un rollo de las Escrituras. Era el libro de Isaías. Dentro sentía el deseo de saber más acerca del Dios del que había escuchado muchas maravillas. En su corazón palpitaba el anhelo de encontrarle sentido a la vida.

Iba tan ensimismado, que no se percató del hombre que se acercaba corriendo. Le dijo: “Pero, ¿entiendes lo que lees?. Él dijo: ¿Y cómo podré si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiera y se sentara con él…”(Hechos 8:29-31).

Con esta sencilla descripción comienza uno de los pasajes más apasionantes del Nuevo Testamento, en el que de manera sencilla y práctica, aprendemos principios de suma importancia para adelantar la evangelización de quienes no conocen al Señor Jesús como su único y suficiente Salvador.

Sea un instrumento en las manos de Dios

El éxito en el proceso de evangelización no lo representan las grandes campañas que se anuncian por radio, televisión y prensa y que cada día toman más elementos del mercadeo secular para cautivar personas. No dudo que los anuncios despiertan interés y es probable que una u otra persona vaya al lugar de reuniones.

Pero pasamos por algo un hecho esencial: quien desea proclamar el evangelio de Jesucristo debe convertirse en un instrumento útil en las manos de Dios. ¿De qué manera? Permitiendo que el Supremo Hacedor transforme su existencia. Como un hábil escultor, Él formará en nosotros el carácter que desea para que podamos servirle en su obra.

Felipe, más conocido como el evangelista y quien fue el hombre que llevó al eunuco etíope a los pies de Cristo, es un ejemplo claro de quien se deja tratar por Dios. Observemos algunas características: 

Intima relación con Dios

Las personas que son utilizadas por el Dueño de la obra, son aquellas que están dispuestas a ser tratadas por Él para servirle conforme a Su voluntad. “Un ángel del Señor habló a Felipe, diciendo: Levántate y ve hacia el sur, por el camino que desciende de Jerusalén a Gaza, el cual es desierto”(Hechos 8:26).

¿Cómo pudo identificar la voz del Creador? Por una razón sencilla: había aprendido a conocer Su voz en íntima relación con Él mediante la oración y la meditación en su Palabra.

Hay quienes obran movidos por la emoción y creen haber escuchado el mandato divino, se mueven y comprueban—para su desilusión—que era producto de su imaginación o quizá de su deseo de hacer las cosas. No habían escuchado al Creador.

Obediencia a Dios

Las Escrituras nos indican que apenas recibió las instrucciones, “Entonces él se levantó y fue”(Hechos 8:27 a). Felipe no discutió las órdenes ni las puso bajo la lupa del racionalismo. Obedeció. Sabía que Dios es perfecto en cuanto hace y que, si caminamos en Su voluntad, todo saldrá bien.

El fundamento, las Escrituras

Algo interesante en la evangelización que emprendió Felipe y que arroja luces a nuestro desenvolvimiento hoy, es que su fundamento eran las propias Escrituras y no la mera palabrería.

Tras leer el texto, “Respondiendo el eunuco, dijo a Felipe: Te ruego que me digas: ¿de quién dice el profeta esto: de si mismo, o de algún otro. Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús”(Hechos 8: 34, 35).

Hace pocos días me invitaron a una campaña evangelística. No era yo quien iba a predicar, sino un pastor invitado. Puse atención al mensaje, sin embargo no escuché sino gritería. No había mensaje de fondo. El amado hermano quizá pensó que impresionando a la gente con gestos y vociferación, lograría el objetivo de evangelizar a quienes no tenían a Cristo en su corazón. La esencia al compartir las Buenas Nuevas de Jesucristo son las Escrituras.

Evangelizar, no presionar

Es de suma importancia que comprendamos que si nos movemos bajo el poder del Espíritu Santo, usted y yo somos simplemente instrumentos. Él hace lo demás. Presionar despierta aversión al Evangelio. Quien presiona no obra en las fuerzas de Dios sino en las suyas propias.

“Y yendo por el camino, llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué imíde que yo sea bautizado?(Hechos 8:36).

Observe que Felipe no ejerció coacción sobre él. Simplemente le compartió la Palabra de vida, y el Señor se manifestó llevando al convencimiento del eunuco etíope.

El centro del Evangelio es Jesucristo

¿Quién es evangelista? Quien predica a Jesucristo. No es quien se para frente a una cámara de televisión a proclamar el “ evangelio de la prosperidad ” o cómo llegar a ser “ super-ungido ”, sino quien se centra en Jesucristo. Las otras cosas vienen por añadidura: progreso físico, económico y espiritual.

Lamentablemente muchos predicadores son producto de una campaña publicitaria, bien que la hagan otros en su favor o que las propicien ellos mismos. Pocos son los que emergen como fruto de su entera consagración a Dios.

“Felipe dijo: Si crees de todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendierton ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó”(Hechos 8:37, 38).

Estas sencillas pautas son válidas y aplicables en nuestro contexto. Usted puede tornarlas realidad en su trato con las personas que no han tenido un encuentro personal con el Señor Jesucristo.

Recuerde que, si depende de Dios, Él hará la obra… Decídase, comience ahora a ganar almas para Cristo el Señor…

® Fernando Alexis Jiménez

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Renovación de la mente

 

Nuestros pensamientos determinan nuestras acciones

 

Fernando Alexis Jiménez

 

Definitivamente nací para el fracaso”, me dijo en cierta ocasión quien se desempeña hoy como Jefe de Auditorías en una empresa importante de la ciudad.

 

En aquél momento atravesaba por un difícil momento. Una semana antes lo habían despedido de una entidad bancaria, después de casi veinte años prestando sus servicios. Tenía problemas en casa, y para adicionar: su edad se había convertido en un aparente impedimento para conseguir nuevamente trabajo.

 

Su vida cambio, ¿Cómo? Cuando comenzó a aprender los principios maravillosos, que conducen al éxito, y que se encuentran en la Palabra de Dios, la Biblia.

 

Cambia tu forma de pensar, y cambiará tu forma de actuar

Cambia tu forma de pensar, y cambiará tu forma de actuar

En un comienzo no creía que aplicaran a su existencia. Pero comprobó que estaba equivocado. Las pautas bíblicas no solo encajaban en su existencia sino que, además, le ayudaban a mejorar y experimentar crecimiento en su vida personal y espiritual.

 

 

 

Un pensamiento negativo que se traducía en acciones derrotistas, conducentes inevitablemente hacia el fracaso.

 

Mauricio, un estudiante de secundaria, se vio enfrentado a una situación similar cuando comenzó a cursar la carrera de Ingeniería Industrial. Venía de emprender otra carrera profesional, una disciplina académica totalmente distinta.

 

Las asignaturas de matemáticas me van a partir el alma”, musitó en la primera clase. Pero conforme avanzó el tiempo, ahora en su condición de hombre dispuesto a vencer con ayuda de Dios, comprobó que no solo era posible sacar adelante las materias, con muy buenas notas, sino que los números no se podían convertir en un impedimento para salir adelante.

 

Obramos… lo que pensamos

 

Usted y yo somos el fruto de lo que pensamos. No es un principio de la Nueva Era, así es que ni se equivoque, ni se escandalice y menos, se ilusione, por si acaso está inclinado por las doctrinas orientales. “Nuestros pensamientos determinan nuestras acciones”, es un principio del Reino de Dios. Tal como pensamos, así actuamos.

 

El profeta Isaías sin que hubiese cursado profundos estudios acerca de la conducta humana, compartió un principio que ha acogido la sicología moderna, y es que todo aquello que alimenta nuestra mente, una vez procesado, se refleja en acciones de maldad o de benignidad Que abandone el malvado su *camino, y el perverso sus pensamientos. Que se vuelva al Señor, a nuestro Dios, que es generoso para perdonar, y de él recibirá misericordia.”(Isaías 59:7)

 

Probablemente me dirá: Soy lo suficientemente responsable para saber lo que hago. De acuerdo. Sin embargo, no siempre es así.

 

Las personas somos profundamente emocionales. Operamos influenciados por nuestros sentimientos y dejarnos arrastrar por esa corriente emotiva puede llevarnos a buenos resultados o a la derrota, como advierte el libro de Libros, la Biblia: Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?”(Jeremías 17.9)

 

Observe que la mayor inclinación, cuando nos dejamos mover por las “corazonadas”, es a cometer errores. ¿Por qué motivo? Porque hasta tanto nos movamos bajo los mismos paradigmas que nos han influenciado y dominado por años, en los que priman pautas de pensamiento de la sociedad que nos rodea, difícilmente se producirán cambios en nuestras acciones.

 

Pensamientos de maldad

 

Es necesario recabar en la profunda influencia que ejerce en nuestro ser el medio que nos rodea.

 

Un autor de la antigüedad testimonio esta situación cuando escribió: “Los pensamientos humanos son aguas profundas; el que es inteligente los capta fácilmente”(Proverbios 20:5, Nueva Versión Internacional)

 

Sin Dios morando en nuestro corazón, es apenas natural que nos movamos alrededor de aquello que consideramos que consideramos correcto. Por ejemplo, alguien que ha crecido en medio de una sociedad permeada por la violencia, considerará la venganza como algo natural, apenas previsible. Es más, lo concebirá como algo natural.

 

Un canal de televisión colombiano transmitió un documental sobre los pandilleros. Lo sorprendente y a la vez preocupante, es que niños y adolescentes ansiaban crecer para ser como uno de los líderes de aquellos grupos delincuenciales. Les profesaban admiración.

 

Lo que decimos, revela lo que pensamos

 

¿Le ha ocurrido alguna vez que expresó lo primero que vino a su mente? Lo más probable es que quienes le rodean, le hayan hecho bromas diciéndole: “Lo traicionó el inconciente”.  Sin duda es así. Cuanto pensamos, temprano o tarde emerge como un volcán en erupción.

 

El ser más grande de todos los tiempos, el amado Hijo de Dios, Jesucristo, dejó claro este principio cuando enseñó: “¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca.”(Mateo 12.34)

 

Puso de manifiesto que toda persona obedece a lo bueno o lo mayo que haya permitido anidar en su mente. Con frecuencia desestimamos la importancia de ser cuidadosos con la información que procesamos en la parte más profunda de cada quien y que la Biblia llama corazón.

 

Por esa razón el amado Salvador instruyó que “El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca.”(Lucas 6.45)

 

Es común que expresemos, no aquello que queremos callar, sino lo que sentimos verdaderamente. No olvide que lo que hay dentro nuestro, aflora. El Señor Jesús lo ilustró de la siguiente manera. Por sus frutos los conoceréis. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos, o higos de los abrojos? Así, todo buen árbol da buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos buenos”(Mateo 7:16-18)

 

Es hora del cambiar. Piénselo. Y algo más: es posible renovar sus pensamientos, y reorientar sus acciones. Usted será el primer beneficiario, pero también su amada familia y las personas que le rodean.

 

Reordene su forma de pensar

 

Es interesante que al coincidir que si nuestros pensamientos determinan nuestras acciones, entendamos que el primero que tiene conciencia de la importancia de los pensamientos y que sean los mejores, es Dios mismo.

 

Hace siglos testimonio este principio del Reino cuando dijo a Su pueblo a través del profeta Isaías: «Porque mis pensamientos no son los de ustedes, ni sus caminos son los míos —afirma el Señor—. Mis caminos y mis pensamientos son más altos que los de ustedes; ¡más altos que los cielos sobre la tierra!”(Isaías 55.8,9, Nueva Versión Internacional)

 

Dios tiene los mejores planes para su vida y para la mía. Lo interesante, que no deja llamar poderosamente nuestra atención, es que todo parte de los pensamientos.

 

Una pregunta que sin duda se estará formulando: ¿Cómo cambiar mis actitudes? Pues bien, de acuerdo con la Ley ineludible del Reino de Dios: “Nuestros pensamientos determinan nuestras acciones”, si comienza a renovar sus pensamientos, se producirá una transformación en cuanto hace.

 

El apóstol Pablo lo dejó bien claro cuando recomendó a los cristianos del primer siglo: No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta.”(Romanos 12:2, Nueva Versión Internacional)

 

Por supuesto, la sociedad que nos rodea presionará para que obremos en consonancia con lo que consideran “bueno”, “aceptable” o “excelente”. Usted sabe que un mundo plagado de maldad no se extraña si usted obra con malicia. Lo extraño es que obre conforme debe hacerlo, con justicia. Y aun cuando obrar bien luzca extraño para los demás, y lo convierta en blanco de críticas y burlas, debe seguir haciéndolo.

 

Cambiar, entonces, parte de modificar nuestros patrones de pensamiento, acogiendo la propia recomendación del apóstol Pablo cuando escribe: Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio.”(Filipenses 4.8, Nueva Versión Internacional)

 

Sin duda, reemplazar pensamientos de maldad por pensamientos de bien, influirá directa y positivamente en lo que hacemos. Tome hoy la decisión: con ayuda de Dios cambie su forma de pensar y de hecho, cambiará su forma de actuar.

 

Fernando Alexis Jiménez – Email fernandoalexis@aol.es

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Perdonar o no perdonar, ¿Estás en la encrucijada?

Fernando Alexis Jiménez

Marcela no acostumbraba fisgonear en el celular de su esposo, pero aquella mañana lluviosa en Santiago de Chile, decidió identificar a qué números había marcado. Había un teléfono recurrente, pero en la opción de llamadas recibidas, aparecían los mismos dígitos.

Miró furtivamente en dirección a la ducha. Como siempre, Ronaldo cantaba mientras se afeitaba con la misma dedicación   de un relojero suizo. Así que aplicó “Repetir” y automáticamente se marcó el último número. Al otro lado de la línea alguien con voz melosa respondió: “Aló, amor. ¿Ya estás fuera de casa? ¿Podemos hablar?…Aló, háblame mi vida… Alo…”

Marcela sintió que el mundo se hundía bajo sus pies. ¡Su marido, en quien tanto confiaba, tenía una amante!

Abrió furiosa la puerta del baño y le gritó con toda la fuerza que pudo:

Explícame, ¿quién es la mujer que respondió al teléfono cuando marqué desde tu celular?….—

Sólo Dios nos ayuda a perdonar...

Sólo Dios nos ayuda a perdonar...

Él se quedó mirándola. No esperaba que aquello ocurriera. Dejó la afeitadora a un lado. No sabía qué responder y sólo se atrevió a musitar:

 

 

No debiste andar en mis cosas…—

Ella salió llorando. No quiso escucharlo cuando le dijo que era solo una aventura y que allí mismo, incluso delante de ella si lo prefería así, cortaría la relación.

En la tarde, cuando regresó del trabajo, no encontró ninguna de las pertenencias de Marcela.

Pasaron tres meses antes que pudieran tener un nuevo contacto. Ella guardaba resentimiento y después de una tarde, en la que dialogaron, discutieron y por momentos conciliaron, coincidieron en la necesidad de volver juntos “para intentarlo de nuevo“.

No resultó fácil para Marcela perdonar la infidelidad de su cónyuge. Sin embargo un día pudo compartir con algunas amistades que su matrimonio había reiniciado el curso de siempre. “Por fin, pude perdonarlo.”

¿Piensa seguir en la misma cárcel?

Hay quienes están en una cárcel, en medio de cuatro paredes y custodiados por unos cuantos barrotes, pero son libres. Su mente sueña; aman: así mismos y a los demás. Anhelan, sueñan y hasta saborean la libertad y piensan de qué manera aprovecharán cada minuto.

A diferencia de ellos, hay quienes están en libertad, caminan por las calles sin que nadie les ponga problemas, pero están atormentados por la peor cárcel que uno pudiera conocer: La falta de perdón.

Para ilustrar la profundidad de su enseñanza, compartió con ellos en cierta ocasión una historia que le invito a considerar. “»Por eso el reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus siervos. Al comenzar a hacerlo, se le presentó uno que le debía miles y miles de monedas de oro. Como él no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él, a su esposa y a sus hijos, y todo lo que tenía, para así saldar la deuda. El siervo se postró delante de él. “Tenga paciencia conmigo —le rogó—, y se lo pagaré todo.” El señor se compadeció de su siervo, le perdonó la deuda y lo dejó en libertad. »Al salir, aquel siervo se encontró con uno de sus compañeros que le debía cien monedas de plata. Lo agarró por el cuello y comenzó a estrangularlo. “¡Págame lo que me debes!” , le exigió. Su compañero se postró delante de él. “Ten paciencia conmigo —le rogó—, y te lo pagaré.” Pero él se negó. Más bien fue y lo hizo meter en la cárcel hasta que pagara la deuda. Cuando los demás siervos vieron lo ocurrido, se entristecieron mucho y fueron a contarle a su señor todo lo que había sucedido. Entonces el señor mandó llamar al siervo. “¡Siervo malvado! —le increpó—. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haberte compadecido de tu compañero, así como yo me compadecí de ti?” Y enojado, su señor lo entregó a los carceleros para que lo torturaran hasta que pagara todo lo que debía. »Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes, a menos que cada uno perdone de corazón a su hermano” (Mateo 18: 23-35, Nueva Versión Internacional).

Este pasaje que aplica a su relación con Dios, consigo mismo y en su interactuar con los demás, arroja varias enseñanzas que sin duda habrá descubierto:

1.- Dios nos perdonó, y no tenemos derecho alguno de no perdonar a otros.

2.- La misericordia es un principio de vida, que enriquece nuestra vida y resulta gratificante para los demás.

3.- Nuestro perdón no es ni grande ni pequeño: es un todo. Transforma nuestra vida y la de quienes nos rodean.

4.- Dios que perdona, recibe honra y gloria cuando perdonamos.

Usted puede perdonar… ¡Con la ayuda del Señor Jesucristo es posible lograrlo!

Si tiene alguna inquietud, por favor escríbame a fernandoalexis@aol.es y no olvide mi teléfono 317-3310256

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