Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Relatos largos

Dios es negra


Todo el mundo me habla de vos,
y no puedo dejar de reír,
lo que hacés y adónde vas:
de tu dpto. siempre a Prix D’ami.

No está bien romper un corazón:
déjà vu de lo que va a venir.
Vos querías verme feliz,
yo quería verte revivir.

Cada vez que pienso en vos,
fue amor,
fue amor.

Fue amor – Fito Páez

_____Se parece al Swedish Bar, sólo que sin el sillar, ni las mesas parejas, ni las banderas suecas, ni los barmans no-suecos, ni los grupos rockeros sabatinos… Bien, no se parece al Swedish Bar. El Kami tiene madera, mesas raras, techo paja de paja, frases pastrulas en las paredes y a Hendrix pintado en un par de ellas. Sí tiene barmans suecos, es un bar muy extraño.

_____Maní se va mañana, vino por un par de días solamente. Él también es muy extraño. Hace cinco años vinimos al mismo bar él, nesto y yo. Aquella vez les decía que me iba a dedicar al Derecho Civil patrimonial, que no sabía bien si como magistrado o abogado litigante, sólo que esa rama me apasionaba. Seguramente iba a estudiar la maestría en Lima o Arequipa y el tiempo me diría si me quedaba ahí o regresaba a Puno. Natalia quería ser diplomática, yo no, yo quería quedarme en un solo lugar, tener vida sedentaria, monótona, visitando un bar conocido y escuchando la misma música, siempre. Era muy probable que ella me dejara en un par de años, yo ya estaba resignado a que sea así, y no sé si eso me preocupaba o me hacía más feliz, más empático con la vida.

_____Ernesto no sabía lo que quería ser específicamente. De lo que estaba seguro era que le encantaba el Derecho Internacional. Planeaba hacer voluntariado para la ONU, irse a Kosovo como su amigo y viajar, vivir antes de empezar a trabajar, regresar a Lima con mundo. Naira, en cambio, no se movería de Lima, seguramente trabajaría en un estudio de abogados famoso y ganaría mucho dinero, pero era imposible que se fuera de Lima. Él pensaba que el futuro de ambos era incierto, me dio esa impresión.

_____Maní, por el contrario, estaba completamente enamorado de una chica de su Facultad. Él sí planearía todo, absolutamente todo, con ella; haría lo que ella hiciera, iría adonde fuera, comería lo que comiera, viviría como viviera. Silvia, sin embargo, no estaba enamorada de maní. Por esas fechas fue su cumpleaños y él le llevó serenata; fue con amigos, regalos, chocolates y con un montón de frases cursis para conquistarla. Las cosas no le salieron como había planeado: ella ya estaba saliendo con alguien más desde un día antes. Él no le creyó y le dejó el peluche y los chocolates que le había comprado. Un par de meses después, ella se fue a vivir con su nuevo chico.

_____–No sé, maní, creo que has exagerado un poquito –Ernesto ironizaba algo diplomáticamente–. Ni yo le he regalado a nai un peluche de 80 lucas.

_____–Pero, ¿qué te decía la chica? –le pregunté–. ¿Te dio bola en algún momento?

_____–Salimos al cine, luego fuimos a comer y la llevé a su casa. Y después de de la palta que tuve con su mamá, no me acerqué más a su jato, en la U tampoco hablábamos mucho. Pero hace un par de meses estábamos empezando a acercarnos más, todo andaba muy bien, no sé cómo pasó lo de ese tipo.

_____–¿No será que no-quería-estar-contigo? –Ernesto trataba de que maní pise tierra con comentarios crudos, yo quería que lo haga hablándole bonito.

_____–Yo también he pensado eso, pero no sé. Si supieran todo lo que he hecho por ella… No me puedo rendir así de fácil. Yo creo que ya es una obsesión.

_____–Lo peor es que te das cuenta pero sigues y sigues –le recriminé–. Aléjate de ella, ya no la busques, al final verás que ella te buscará y tú podrás decidir si quieres estar con ella o no; y si no te busca, mejor, haz tu vida, hay tantas chicas…

_____–Las chicas son vanidosas, haz lo que dice xavi y vas a ver que cuando vea que ya no estás detrás de ella, se dará cuenta de un montón de huevadas.

_____Me paré y fui al baño (mi vejiga me lo pedía hace tres jarras) y al frente del retrete miré una frase curiosa que me llamó la atención. Bueno, había varias frases que me llamaban la atención pero la más chistosa, a la vez, era ésta.

_____–¿Sabes qué significa “dios es negra”? –le pregunté a Ernesto, cuando regresé a la mesa.

_____–¿También leíste eso? Suena a frase francesa pastrulaza: «La Puno es muy lindo, salven a los alpacas, viva la marihuana» –recuerdo que maní y yo reímos mucho, quizá por la broma boba, quizá por la ganja.

_____Hace cinco años, los tres, la misma mesa, las mismas frases drogadas, los mismos barmans suecos, la misma cerveza, el mismo peinado de maní.

_____Maní, ¡ya cámbiate de peinado! –Gritó Ernesto y yo me seguía riendo de las tonteras que hablamos igual que hace diez años, cuando estábamos saliendo del colegio.

_____ –¿En serio te vas mañana? –le pregunté a maní–. ¿Vas a llegar cada cinco años sólo por dos días hasta que te mueras?

_____–No puedo dejar abandonado el colegio por tantos días, xavicito, puede pasar cualquier cosa. Además, el domingo tenemos un taller con los padres de familia.

_____Maní nos había contado que ahora, desde hace dos años, es director del jardín de niños que fundó. Sí; cuando nos lo contó, nos caímos de espaldas. Por eso vamos en la tercera jarra de cerveza: la segunda y la de ahora nos sirven para amortiguar la impresión mortal que nos causó. Al preguntarle por los detalles, nos dijo que Silvia un buen día decidió regresar –«¡Lo sabía! En algún momento iba a volver, te lo dijimos», dijo nesto con el puño cerrado como gritando un gol–, pero él sospecha que más que todo fue por su enfermedad, tenía cáncer.

_____Y no llegó sola aquella tarde al departamento de maní, estaba con Ariadne, una pequeña de dos años. Él, como esperábamos que actuaría, nunca le preguntó por el papá de la bebé, ni mucho menos por qué no estaba con ella. La había abandonado, no cabe duda, luego de que se fue a vivir con él al tiempo que maní le declarara su amor. Nosotros tampoco le preguntamos si al final le contó qué pasó con ese otro chico. Lo más triste fue cuando nos dijo que pasó sus últimos días en su departamento; habían compartido momentos felices, comieron kilos de quequitos con chantillí, tomaron litros de helado, vieron cientos de películas, disfrutaron los últimos días de Silvia (él se esforzaba mucho por darle la felicidad que no pudo en todos esos años). Maní es un santo. A pesar de todo lo que le hizo, él la acogió cuando tenía problemas graves.

_____Ayudó a cuidar a la pequeña Ariadne, hasta que un día aparecieron las hermanas del papá y se la llevaron. A los pocos días, la chica mala (así la llamamos desde que nos contó sobre ella, por lo parecido de su historia con la novela de Vargas Llosa) murió y sabemos que con ella una parte de nuestro amigo. Los días que vivió con él, le contó que su sueño siempre fue fundar un jardín de niños –«con mucho campo para los juegos, aulas de todos los colores, rampas y facilidades para los niños discapacitados, y que se pueda acoger a todo niño que quiera estudiar y no tenga plata», recuerda que le dijo aquella vez–. Él, que daría su vida por ella, le prometió que juntos harían realidad ese sueño. Luego pasó lo de las hermanas del abandonante desconocido y, en el entierro, maní le prometió entre lágrimas que empezaría con los trámites para abrir el colegio.

_____–Puta, maní, las cosas pasaron de una forma inesperada. Éramos unos chiquillos tontos haciendo planes en esta mesa hace cinco años –dijo Ernesto con algo de melancolía.

_____–No me digas que Naira te hizo lo mismo –le dije.

_____–No –respondió con una sonrisa y tomó un sorbo de cerveza–. Ella está en Kosovo. Mi historia es la de la inversión de polos que nunca sucedió en el 2012.

_____–Cuenta qué pasó. ¿No eras tú el que quería irse a Kosovo? –le preguntó maní.

_____–Sí, quería. Aunque no sé si lo quería en verdad, ¿manyas? Al papá de nai le dieron la potestad de elegir a un adjunto en la embajada de Kosovo. Y el tío no me tenía mucho aprecio que digamos; no tuvo mejor oportunidad para separarnos. Pero no le funcionó: ni a ella ni a mí nos importa tanto la distancia, seguimos hablando como siempre, por el face o esas cosas, pero preferimos enviarnos cartas. En mi cumple me mandó una linda bufanda hecha por niños albanos.

_____Desde el 2013, Kosovo ya era un país independiente con todo y aprobación de la ONU, pero la pasión de nesto creo que era más por integrar el equipo de la MINUK, por eso se desilusionó un poco cuando el Consejo de Seguridad aprobó la declaración de independencia –«Rusia tenía que ceder algún día», murmuró–; pensó que ya no habría nada emocionante que hacer. Fue cuando el papá de Naira le dijo si quería integrar el equipo de la primera embajada del Perú allá (más bien la obligó a ir). Lo que no sabía era que se encontraría con conflictos internos, con que los atentados entre albanos y serbios habían regresado: con un ambiente estilo década del 60. Entonces Ernesto la envidió. Ambos tienen ese espíritu jipi revolucionario que heredaron de los rezagados genes comunistas de sus padres.

_____–¿Naira quería repetir el plato de Ahtisaari? –bromeé.

_____–Ja, ja, ja. No creo que haya tenido esa intención. Le basta con sentirse el Che Guevara. Además, regresa en un par de años.

_____Xavicito, tú no nos has contado por qué te regresaste de tu exilio en Pomata. Creímos que te quedarías ahí para siempre, como dijiste –me preguntó maní.

_____–Sí… fue medio raro todo. Bueno, guardaba esta noticia para el final, pero ya que preguntan… Soy papá.

_____–¡¿Qué?! Cómo, no entiendo –dijo Ernesto mientras maní intentaba recordar cómo hacer para hablar luego de la impresión.

_____–Natalia regresó de Austria hace tres días y fue a buscarme. No hablábamos desde que me dijo que dio a luz a gemelos: Andrea y Alonso. Por eso me sorprendió verlos cuando regresaba de pescar, por la tarde. Hizo que me sentara y me confesó que se fue de Puno estando embarazada, que iba a decirme que éramos papás cuando le conté que había decidido irme a vivir a Pomata; y por la discusión que tuvimos se juró que no me lo diría nunca y aceptó el trabajo en la ONU. Luego me dijo que lo pensó bien y decidió regresar. Abandonó la UNODC para venir a decirme que yo era el papá. Está de más decir que estoy emocionado de que Alonso y Andrea sean mis hijos. Aunque debo confesar que lo sospechaba, esos nombres me lo decían todo.

_____–Increíble… –nesto me miraba asombrado, igual maní.

_____–¿Ya sabes qué significa la frase misteriosa del baño, entonces? –le dije.

_____–Justo te iba a decir eso. Es una puta negra, ¿no?

_____–Sí, juega con los planes inocentes de tres chiquillos entusiasmados con la vida, se divierte cambiando los proyectos torpes de la gente.

_____Ya sabía yo que esa frase significaba algo, aquella vez. Algún Apu quería que me diera cuenta del verdadero sentido de la vida: vivirla, ser feliz, atemporalmente, sin planear tanto. Como decía John: «Life is what happens to you while your busy making other plans.»

_____–¿Y creen que nos volveremos a ver algún día? –dijo maní.

_____–No sé, maní. Si tú no terminas vendiendo frunas en Bangladesh, ni xavi predicando “la palabra” en Azerbaiyán, ni yo cuidando a la mamá de Naira en Platería, y si esta mesa está libre, puede que en cinco años.

_____Yo, aprovechando la canción que sonaba, escribí debajo de la frase mística del baño: «Hay un boomerang en la city, mi amor. Todo vuelve, como vos decís.» (Otros tres bobos la entenderán en cinco años). Y luego nos fuimos sin pagar.

Relatos largos

El poderoso caballero en la vida de Agustín Parra

Lo cierto es que el panorama había cambiado: el padre murió, la madre se quedó sin empleo, los abuelos sobrevivían a las justas, y a él, bueno le correspondía menos mensualidad de la madre. Lo poco que le daba apenas le alcanzaba para los gastos de la universidad; se había privado de comprar libros (tanto de derecho y de literatura, que eran los que más le gustaban), sería autodidacta. ¿Quién necesita lo que dice en los libros? Sólo repiten lo que uno ya sabe. Mentía, lo sabía. Los libros fueron todo en su vida; le hicieron ser lo que es ahora.

Cuando estaba solo, esto es que no tenía pareja, podía estar sin gastar un centavo por mucho tiempo, incluso perdía la cuenta de las semanas o meses. Esto le encantaba, creía que la felicidad, el edén, estaban en no utilizar el dinero para nada. Era una especie de liberación espiritual. Se sentía más libre, más humano, más hombre, cuando no gastaba nada da plata. Encontraba bonito caminar en vez de tomar el colectivo a donde tuviera que ir. A veces cruzaba la ciudad ida y vuelta y llegaba fatigado a casa, pero feliz. Cada centavo no gastado le hacía sentir realizado.

El amor, ese de pareja, de noviazgo, es caro. Aunque uno se tiente a especular, se satisfaga (o consuele) de algún modo, pensando (y diciéndoselo uno mismo, una y otra vez para autoconvencerse) que es desinteresado, innecesario de dinero, “desmaterializado”, en el fondo está la vocecita ésa, que casi todos ignoramos, recordándonos que nada de lo que queremos creer es cierto. No sé si se dan cuenta que cuando hay problemas de dinero las parejas siempre pelean. ¿Casualidad? No, el dinero funciona como un “aceite” que hace que todo fluya con normalidad, que los engranajes del amor se deslicen, grasosos, suavemente.

Desenlace: véase el último párrafo.

Inexplicablemente nublada, pues nunca fue así, la tarde del día siguiente se le presentaba a través del balcón del estudio donde trabajaba ya casi un año. Ese sábado entró por la puerta angosta que conduce a unas escaleras en caracol hasta esa oficina melancólica decidido a no hablar ni una sola palabra. Sólo se limitaría a poner música y contestar las llamadas de la gente que pide sus canciones. Sólo eso, un trabajo relativamente fácil; claro, sin considerar que el teléfono está casi malogrado y tiene que adivinar el nombre de la canción que le gritan cuando pide que repitan “fuerte y claro”, o esperar a que el interlocutor cante una parte de la melodía porque no recuerda el nombre.

Ser locutor de radio no es precisamente una forma de ganarse la vida, pero ¿qué vocación la es? No se gana bien, vamos, no se gana nada; es algo sacrificado, se tiene que estar de buen humor aunque se esté de un humor de perros; es estresante; un poco monótono, bastante monótono; pero, al final, vale la pena. Tú decides, imperativamente, de manera despótica, que quizá sea lo único imperativo o despótico que hagas en tu vida, qué van a escuchar las personas que tienen una radio. De alguna forma estarás mandando en su vida, tendrás el control, aunque pasajero, de sus oídos, de un pedazo de su existencia, habrás dominado un poco de su tiempo de vida; aunque esto signifique que cambien el dial.

Aparte de todos esos “ajes de oficio”, no había nada más que lo perturbara en su decidido intento de psicoanálisis esa tarde. Estaba solo en ese piso antiguo cerca al centro de la ciudad con una cajetilla de cigarrillos en su mano izquierda y un balcón colonial apócrifo al frente. Se paró y avanzó para ver el cielo gris que sería su conversador esta vez.

La sensación que le causa tener los bolsillos vacíos y pasarlo bien es fabulosa. Esas canciones se ponían cada vez mejor; al parecer había muchos melancólicos en esa ciudad, y la gente que llamaba pedía cosas suaves, enamoradas, declarativas, fumables. “Le pedí que se quedara pero ella no escuchó./ Se fue antes que tuviera la oportunidad de decir/ las palabras que enmendarían las cosas que se rompieron./ Pero ahora es demasiado tarde, se ha ido.” Maroon 5 estaba sin duda entre sus grupos favoritos ahora. Qué bueno que alguien más se tome el trabajo de decir las palabras que nos da flojera ingeniar, aunque estén en inglés.

Último párrafo: la enamorada lo dejó. Esto le dolió particularmente porque había pensado, tonto él, que todo lo que gastaba en ella era desinteresado y era así como lo asimilaba ella. Que si no gastaba era igual a si gastaba, que esto era secundario, que ella lo pasaba bien con él porque estaba con él. No, lo pasaba bien porque estaba de por medio el dinero de él. ¿Se imaginan el tremendo cambio de atmósfera que vivió este tipo? De la soledad espiritual, misia, encantadoramente austera, a la angustiante compañía con el trajín de hacer algo diferente cada día para que la “rutina” no acabe con la relación.

Relatos largos

22 de mayo, 7:02 pm.

Permaneció sentado en el mismo lugar donde habían conversado esos temas tan difíciles que nadie se atreve a hablar por casi una hora. Aún recordaba sus ojos al despedirse, esos dos munditos inquietos y vivarachos pero que ahora se inundaban de tristeza, ¿o sería rabia?, por cosas que a veces uno inventa. Alonso no se explicaba por qué las cosas tienen que ser tan difíciles, por qué uno no puede hacer lo que quiere sin consecuencias, sin tener que medir una posible respuesta de algún karma ensañoso que seguramente lo sigue desde toda su vida. Gabryela (sí, así se escribe) a veces dice cosas sin sentido y se contradice otras no pocas. Él siempre fue tolerante, mucho, demasiado, y quizá por eso se aprovechaban algunas personas que le conocían ese defecto.

Como estudiante de leyes, y ahora sí le gustaba que se lo recordasen, le importaban más otros asuntos que estar prestando atención a las cosas que hace la gente, a esas intrascendencias que le gustaba ignorar. Una de ellas era que se burlen de su nariz; “cosas de chiquillos”, decía. Él siempre dijo que estaba por encima de todas esas inmadureces, incluida alguna que era marca en su vida y que su familia no le recordaba, hasta que, ebria, una de sus tías le entró, valiente, al tema. Alonso respondió lo que pensaba: “Yo soy más que la suma de mi pasado y mi futuro. A estas alturas de mi vida me importan otras cosas que considero trascendentes: una es mi carrera y la otra es ir al baño.”

La respuesta del “montoncito”, ahora un “montón”, ya crecido, le dejó un reconocimiento nunca antes escuchado y una admiración apologética, de su tía, llena de palabreos y redundancias. Celia no podía creer que ese tema le importara tan poco a su sobrino sufrido y medio huérfano. Primero sorprendida, y luego conmovida, se soltó a llorar y a decirle, inentendiblemente, quizá por el alcohol, quizá por el llanto, que su forma de pensar la vida y esos golpes que a uno le cuesta franquear (ya no a él) la llenaba de orgullo. Le propuso que hablara con su hijo en unos años para que le cuente cómo superó eso que a ella se le hacía tan difícil. Diego, el primo de Alonso, viviría lo mismo en poco (si no lo había hecho ya) pues le empezaba a preguntar por su papá. El futuro abogado le dijo que encantado (por dentro también se sorprendía de lo fácil que le parecía no importarle su padre, que no lo vio crecer ni estuvo en sus momentos difíciles, ni lo llevó de vacaciones a la playa, ni fue a su graduación; momentos que sí había sufrido un poco en su momento; inexplicablemente no en su adolescencia), y se preguntó, abstraído, si no se había convertido en un insensible.

Este capítulo, memorable, se le vino a la mente un poco antes de pararse y marcharse de aquel lugar, al frente de una iglesia híbrida (por lo que representaba y por lo que la gente que habitaba ese pueblo mítico creía que representaba), y caminar como le gustaba hacerlo: meditabundo. Sólo se le vino a la mente una canción de Alejandro Sanz, nada más, ninguna solución a su problema, y reconoció que en efecto es difícil sentir y vivir. ¿Por qué llegaban esas semi-peleas con Gabryela? ¿Acaso luchaba contra la corriente y era mejor dejarse de ver? Ella se lo había propuesto un par de veces, aunque de inmediato sus comportamientos hacían entrever que no hablaba en serio, que no lo quería así y que lo amaba como antes; como él la amaba a ella aunque no podía demostrarlo ¿o no estaba seguro si sentía eso en verdad? Creyó que nunca lo supo, que nadie lo sabe, que el amor es un invento, como dios.

Era de locos el sólo hecho de pensar que algún día podría abandonar a Gabryela, la chica que le despertó tantas emociones, sentimientos, reacciones, sensaciones, y demás cursilerías que estaba encantado de sentir porque le demostraban que era humano, como los demás, y no un mueble que creyó ser toda su vida. Nunca la abandonaría; era como dejar de ser quien era, ¿qué sería después?, sólo vacío, espacio, un miedo infinito y angustia inexistente. Alonso no quería ser ni vacio ni espacio ni miedo ni angustia ni nada; sólo seguir siendo él y seguir, por lo tanto, estando con ella. Él casi nuca dice mentiras, mucho menos a ella; es por eso que cuando fluctúa no le afirma ni niega algo. No todo el mundo entiende que a veces no se tiene ganas de hablar, no se le puede reclamar eso a todos; el egoísta (así se llamaba Alonso) tenía que aprender de una vez a exigir a cada uno lo que puede dar, como el rey que habitaba uno de los planteas que visitó “el Principito”: el primer libro que leyó.

Sólo necesitaba un tiempo, no mucho, para pensar en si lo que hacía estaba bien, sintió miedo. Se le vino el recuerdo de esas tantas ocasiones que le pareció sentir lo mismo. No podía ser, no con Gabryela. No había razón para que pasara, no le cabía en la cabeza esa posibilidad: estaba claro que sería una estupidez dejarla. Se sintió enfermo y sospechó que no tenía cura; el tiempo que se pensó sano había sido una ilusión, un espejismo que algunos llaman amor. Se odió y se insultó. Ese Mr. Hyde que tanto quiso ocultar, eliminar, desaparecer de su vida, amenazaba con aflorar, con destruir eso que había construido con ella. No era divertido tener dos personalidades, ser tan inconstante. “No creo que lo entienda”, se dijo, la comprendería si no. Ni él mismo comprendía lo que le pasaba en la cabeza… ¿la amaba y también no?, necesitaba un psiquiatra. Pero la amaba, más que nunca.

 

Relatos largos

“muss es sein?”

De un lado está ella: Grecia. La conozco de vista desde hace como un año, antes no me gustaba, no tanto. Comenzó como un juego; yo estaba decidido a buscar y encontrar alguien que me diera cierta seguridad, constancia, estabilidad emocional; ésa que ya hacía falta en la vida tan desordenada e impredecible que llevo. En la búsqueda la empecé a ver de una forma que no lo había hecho: no había notado esa ternura en su rostro. Estaba ahí, y yo, como un tonto, me pasaba de largo. Ahora lo lamento. Pasa que me canso de ser un inconstante, un vivalavida, hago el repaso de mis relaciones y, haciendo las cuentas, caigo en que en ningún caso duré más de tres meses (fueron raras las veces). Ya no quiero esta vida, ya no es para mí, al menos por un tiempo. Grecia es el tipo de mujer que le gustaría a cualquiera, o al menos cualquiera como yo: algo pasible, loco irracional, intelectual huachafo, idiota ególatra, ermitaño resignado, dependiente de amigos, alegre, triste… Ella encaja en todo, con todos. No es como yo, que me siento extraño a donde vaya, con quien esté. Me gusta su forma de ser, su mirada, su voz, su sonrisa; tanto cuando me mira, me habla o me sonríe como cuando no, cuando sus ojos me esquivan, cuando simulan no verme. No sé explicar qué me atrae de ella, tiene un no sé qué que me llena de ganas de mirarla por horas, de dibujarla con una rosa, de buscar la explicación de su rostro con las manos, de retratarla y guardarla, como a una escultura hecha de una sustancia inventada sólo para ella, en una vitrina por si se me deshace.

De otro lado está Ana Claudia; es un poco menor que yo, un poco más de lo normal, es muy linda y no sé por qué parece que le intereso. La conozco de vista también desde hace un año, siempre me llamó la atención, siempre me interesó y soñé una vez con ella. Era una ilusión, un platonismo; de ésos de colegio. Era mi salida ideal a la monotonía que llevaba, al aburrido fin de semana acostumbrado, al poco tino de encontrar alguien con quien pasarlo bien, a la mira fallada y poco efectiva que tenía y que se desgastaba, la que en mejores tiempos me dio esa vida promiscua que todos buscan y que los que la tienen se cansan. Ella es del tipo de chica que algunos dirían que no tienes que pensarlo tanto e ir y seguirla. Es todo lo anterior y un poco más. Pero hay algo que siento dentro que no es solamente lo anterior, hay algo más; creo que también me gusta mucho, no sólo físicamente, sino también espiritualmente; ella me da una paz y a la vez un nerviosismo que no creo haber sentido antes. Ella es ella y un poco más. Ana Claudia me mira cada vez que nos cruzamos por la calle y sus ojos me derriten y me llenan de ganas de ir corriendo a su encuentro y abrazarla y besarla hasta el hastío. Aunque sé que nunca pasará, nunca me cansaré ni de verla ni de besarla. Es un amor prohibido y quizá es eso lo que más lo alimenta. Estar con Ana Claudia sería grandioso, pero, a la vez, una gran congoja por no estar con Grecia: por tener que elegir entre una de las dos.

Grecia y yo salimos ya una vez. Fue una noche inolvidable. Las primeras citas normales están llenas de preguntas, de información intercambiada sobre la vida de cada uno. La mía con ella fue un poco más simple: fuimos a una tocada con unos amigos y amigas más. Recuerdo que ese día estaba resignado a no verla, la había esperado por casi una hora en la puerta por donde sabía que pasaría. El cielo nublado, y la atmósfera gris que propiciaba en las calles, y el horizonte perdido y nostálgico que se vislumbraba como receloso ayudaban a la inminente tristeza que me llenaría al no verla llegar. Esa tarde le diría por primera vez un hola pausado, mirándola a los ojos y esperando una conversación improvisada. Le diría que me interesa mucho pero con la mirada solamente; no quiero que piense que muero por ella, no aún. Sería el primer gran paso; de saludarla apenas al cruzarnos en algún lugar insospechado a darle un beso en la mejilla y oler su perfume a diario. Una gran empresa, una que debe ser bien planeada, que tiene que salir bien.

La tarde se entraba e intuía una tormenta aproximarse. Soplaba mucho el viento y hacía insoportable la armonía que conseguí con mi pelo al menos por cinco minutos. El intento de peinado que me hago todas las mañanas se pierde de inmediato al salir de mi casa con el inhóspito e intolerable viento que hace en esta ciudad. Ya empezaba a ponerme de mal humor. De pronto, la veo llegar, pero no está sola, un tipo no tan alto, de aspecto bobalicón y múltiples agujeros en el rostro que revelan una muy grasosa adolescencia, la acompaña. No pude contener mi desagrado, mi ofuscación. ¿Qué hacía Grecia acompañada por un tipejo que, a leguas, se nota que busca más que una simple amistad? Me sorprendió más al verla irse con él no sé a dónde. Luego de unos minutos yo también me fui por el camino donde los vi perderse, aunque estaba convencido de las pocas probabilidades que tenía de encontrarlos.

Jugaba en mi mente con las formas en que podría deshacerme de él: llegar y darle un mochilazo en la cabeza y desmayarlo o decirle que su casa se está incendiando o escupirle hasta que se vaya o decirle a la gordita desesperada de la esquina que él está enamorado de ella y que, como es tímido, quiere que ella se le acerque o contratar una chica para que le haga un escándalo en la calle simulando ser su novia o decirle al policía gorilón que vi caminando que este esperpento dijo que era gay porque su pantalón militar le ajustaba la entrepierna. Todas son tontas, irreales. Me pregunto si podré madurar. De pronto, al llegar a una esquina, la veo conversando con aquel adefesio. Mis amigas me instigan a acercármele pero mi lado cobarde es más fuerte. Ellos rodean la vereda, nosotros los seguimos, ya estaba resuelto: nos encontraríamos del otro lado y le diríamos si quiere ir al concierto de la noche con nosotros. No creo que acepte. La vemos, Romina se acerca, no logro escuchar la conversación, ¿Qué hago aquí, no soy yo el interesado? Me acerco, la saludo. “¿Tienes planes para la noche?” le pregunto. “No, nada” dice. “¿Quieres ir al concierto con nosotros?”, no era precisamente lo que tenía en mente decirle, fue algo apresurado. Contuve el aliento, cuando dijo que sí lo solté. No pude creerlo, aceptó así de sencillo.

En la noche llegamos al lugar, encontramos un sitio cerca al escenario y, en menos de una hora, estaba repleto de gente. Estábamos muy cerca por el poco espacio que había (las personas en los conciertos suelen convertirse en salvajes bríos de reducir a empujones a los que puedan, es un deporte). Así pasamos horas: pegados, hablándonos al oído (por la bulla que había), y me puse a pensar en ambos, en si estaba bien. La noche despejada y sin luna era mi cómplice en esto. Y sentí que la conocía mejor, que ella era a la que andaba buscando y que podría ser mi complemento perfecto. Hace tiempo que no sentía eso.

Ana Claudia y yo también hablamos una vez. Ella se me acercó en el lugar más insospechado que puede haber, pero, extrañamente, en el que sabía, certeramente, que hablaríamos por primera vez. Fue en los videojuegos de la esquina de la calle Lima. Yo estaba jugando, como acostumbro cuando no tengo nada que hacer, en una máquina del fondo. Había otras libres pero me gustaba ésa en particular, por la soledad que brinda. Había visto pasar a Ana Claudia con su hermana un par de veces por aquella calle y estaba ordenando mis ideas y pensando en ella en voz alta. De pronto, alguien salta de la oscuridad detrás de mí e irrumpe aquella tranquilidad y se instala a mi izquierda. Era ella, y casi me da un paro cardíaco, ¿cómo llegó y cuándo? Estaba con su hermana. La miré nervioso y me sonrió alegre, radiante. En ese instante me quedé callado y no supe qué hacer, mi cerebro se retorcía y convulsionaba en mi cabeza. Volví la mirada a la pantalla y me enteré de algo que no debía haber pasado, algo que me pondría en ridículo y que me obligaría a irme: la máquina me había ganado y estaba proyectando en la pantalla un “game over” gigantesco y lleno de mofa. El aparato inmutable se burlaba de mí repitiendo una y otra vez los últimos instantes que me costaron diez centavos y una retirada resignada de aquel lugar.

Fui a comprar otra ficha para seguir jugando, no perdería aquella oportunidad, no de nuevo. Regreso y tengo que esperar un minuto, está jugando con su hermana. Pierde, me mira de nuevo, meto la ficha y juego con su hermana, me habla y me pongo más nervioso. Estuvimos conversando un rato y me dijo: “¿Tú pasas siempre por esta calle y entras aquí verdad?”. “Ehmm… s-sí” le respondí, preguntándome qué le pasaba a mi lengua que se trababa. “Siempre te veo pasar, te miro” me dijo, y yo no supe qué responder, pero hablamos de más, sin saber qué hablar. Luego se me acercaba más y más, probablemente por el poco espacio que había o porque quería ver cómo jugaba. Yo sudaba más y más, probablemente por sentir su cuerpo o por el exceso de camisetas que me puse pensando en burlar el frío de la noche. Se fue a las ocho, la hora límite que le dan sus padres, seguramente, para llegar a casa. Nos despedimos, su hermana la llamaba de la puerta, me hizo un cariño a la altura de mi cintura y me estremeció hasta los dedos. Le dije adiós y se marchó. Lo había logrado (y sin hacer nada); ahora la conocía.

Llegó el lunes y no me la encontré, tampoco el martes ni el miércoles ni el jueves. Estaba rendido, no la volvería a ver. Quizá huyó de la ciudad para ya no cruzarse conmigo y no tener que saludarme ni hablarme. “Es un aburrido” piensa, “no me preguntó ni mi nombre, perdí mi tiempo”. Pequeño detalle que no percibí. Como en las cartas: P. S.: se me olvidaba, no me presenté. El viernes salí a caminar y pensar, como acostumbro, y pasé por esa calle, tal vez con la esperanza inconsciente de encontrarla y ver qué pasaba. Y así fue, estaba allí, con su hermana, y me vio. Agitó su mano y me sonrió inclinando la cabeza, me mató. Yo también la saludé pero no me atreví a más. Su mirada me derrite, casi tanto como su sonrisa.

Un amigo me dio su correo electrónico. Estuve deliberando todo el día si la agregaba a mi lista de contactos o no; hablarle por el Messenger o no. Lo hice, ella se conectó en la noche, esperé unos minutos para ver si se daba cuenta que tenía alguien que no conocía y que estaba conectado en su lista de contactos. No pasó nada. Le hablé. Le dije que un amigo me había dado su correo y me describí, esperando que me recordara. Me costó un poco, no soy bueno para describirme. Hablamos no mucho pero sí con nervios, yo los tenía y noté que ella también en su forma de hablar. Le pregunté si salía a fiestas o discotecas. “Ay, obvio que sí” me dijo con el acento adolescente que se apodera de su edad. “Bueno, pero es que no te veo nunca… vas a Domino’s supongo ¿no? (que es casi como si fuera la única discoteca decente de esta ciudad)” le dije, y me respondió ya bajando el tono: “Es que no salgo mucho y no conozco todas las discotecas, pero si tú me llevas…”. Sé que no es verdad lo que me dijo, que su pubertad la hace decir cosas para parecer mayor. Yo le sigo el juego fingiendo creerle, me gusta verla feliz. “Yo sé que sales, sales todos los fines de semana. Eres juerguista” le digo.

Ahora pienso en las dos, en si mi destino está condicionado por un karma maligno que tengo que pagar por sabe dios qué cosas en una supuesta vida anterior. Si existe eso, que no lo creo tanto. Ellas dos son la mayor indecisión que he tenido en mi vida, son mi suplicio. Sé que tengo que escoger una de ellas, sé que me puedo equivocar, que si elijo una y no le intereso, perderé también a la otra. Que la vida da pruebas, pero a mí me da multas, castigos. La vida se venga de mí quizá por vivirla mal, por ir en su contra y por no importarme sus dizque reglas de conducta. Después de un tiempo de haber escrito esto, y ahora que puedo publicarlo, creo que he resuelto mi duda, creo que tengo la respuesta pero ahora es mucho más complicado. Cuando creo estar seguro de la decisión, pasa algo que me vuelve a cero, que me retrocede y me confunde, si acaso, aún más. Como dice Román, un amigo que lo sabe todo, “Tú harías eyacular a una estudiante de psicoanálisis. ¡Decídete hombre!, que ya tienes la respuesta”… “Es muss sein!”

Relatos largos

I

Habían pasado ya varios meses, casi un año, pero la pesadumbre aún le duraba. Aunque eran esporádicas las veces que recordaba ese episodio duro en su vida, le parecía seguir sintiendo exactamente igual que aquella vez. No sabe explicar cómo siente, nunca en este tiempo supo hacerlo; una mezcla de decepción y temor, bochorno, vergüenza, dolor, tristeza y frío… sí, mucho frío. Esa corriente maligna le recorría todo el cuerpo. A pesar de que ya llevaba medio año en esta ciudad, Alonso seguía sintiendo el frío de su natal Puno, pero sólo cuando la recordaba: cuando se ponía a pensar en lo que había venido a olvidar. Ella, la causa de su éxodo, de nombre incierto, de edad desconocida, de todo dato que permita identificarla precario, al parecer, fue alguien muy importante y a la vez dañina en la vida del taciturno Alonso. Dañina en todo el sentido de la palabra, porque, además de ese tratamiento que se automedicó de alejarse de ella para olvidar todo, no muy tarde supo que tenía que ir también al médico por unos dolores extraños que a veces le venían.

Luego de que llegó, al poco tiempo, todos lo notaron por su particular forma de ser. Aunque él tenía la impresión de pasar desapercibido, por su parquedad en demostrar afecto, por sus pocas palabras, por sus muy de vez en cuando salidas y por su enclaustramiento que le hacían parecer un loco ermitaño, la verdad es que muchas de las chicas que vivían por allí –que son casi todas porque este pueblo no es que sea grande tampoco- se pasaban las tardes hablando entre sí y tratando de descifrarlo, de, como decían muy graciosamente, “resolverlo”. Tenían muchas teorías sobre el tema, desde una enfermedad incurable hasta pura “petulantada”, como bien lo definió Carla, una de las chicas que, aunque no quiera admitirlo, se moría por él. Así conocimos al Vallejo del barrio, todo un antisocial, eso sí, medio intelectualón, algo que las chicas de por acá encontraban “sexy”.

Lo cierto es que Alonso no quería nada con nadie, nada de nada, ni “eso”, nada. ¡Cómo que nada!, decían ellas. Vamos a ver si es capaz de rechazar este cuerpito dijo hace tiempo Brenda, una chica algo mayor que todos y que tenía la fama de andar con varios chicos a la vez, algo que a nadie le disgustaba (excepto a las enamoradas de algunos de ellos cuando se enteraban… el lío que se armaba). La sorpresa que me llevé y que se llevaron todos, y seguramente la que se llevó ella en especial, fue cuando salió del departamento del casi recién llegado a los pocos minutos echando chispas y tirándonos el pelo cuando le preguntamos que fue lo que pasó. Ya todos sabíamos qué había pasado. Aunque él mismo me dijo, con una cara muy seria y algo abatida por “los golpes de la vida”, que no tenía ganas de hacer nada, yo, que también soy hombre, no le creí mucho pero entendí que, de enamorarse, nada de nada el flaco.

Nunca le entendí si le había sacado la vuelta, lo había abandonado porque sí, o no lo perdonó por algo que él hizo, o todas las cosas a la vez. Poco a poco iba hablando unos detalles más de lo que le duraba tanto tiempo. Flaquito, ya fue, ¡ya va ser un año! No te puedes pasar toda tu vida como estás ahora, le decía yo con ganas de animarlo. Sí, gordo, ya sé, me decía, quizá ya no es eso sino la nostalgia o la enfermedad, la familia se extraña y lo otro… debe ser brujería hermano. Al decir eso dibujó una especie de sonrisa sarcástica que hace tiempo no le veía. Estaba igualito que en el colegio, pero me preocupaba lo viejo que se había puesto por dentro.

Si yo no les contaba a los demás cómo era Alonso en nuestros tiempos de chiquillos, en el colegio, y ya al final, dejando la adolescencia, lo hubieran creído un magdalena incurable de la vida. Los chicos del pueblo son todos muy buena gente, por eso me quedé a vivir yo aquí hace mucho tiempo. Y no sé si él haría lo mismo y se quedaría a vivir acá como se lo propuse. Siempre se negó. Ya caerá. Aquí puede rehacer su vida, si eso es lo que quiere. En eso sigue siendo igual de terco, nunca admite una derrota, pero hasta que se le pase la dichosa “fase fénix de renacimiento”, seguro se muere de viejo y sin aceptar que esta vez su orgullo le salía sobrando y que era mejor comenzar de nuevo, perdonando, si era necesario. Es un cabeza dura que hace renegar. Yo también me pondré viejo si sigue así.

Las clases de francés que le voy dando ya casi un mes le han servido mucho por el interés que le despierta ese idioma. Me contó que quiso estudiarlo con ella allá en Puno, cosa a la que no accedió la chica porque estaba en el inglés y sus papás quizá no querrían y además no le gustaba el francés, y prefería el italiano, que se entiende más.

-Ya no hablemos de eso si no quieres –le dije intentando evadir otra posible crisis de melancolía, echando a perder lo ganado en la semana.

-No, está bien gordo –me dijo- no me hace mal eso. Ella era dulce en esos aspectos, me gustaba verla imaginar cosas con los ojos brillosos, como en los animes que daban en la tele. –Y a él también le brillaron los ojos como en esos dibujos que daban en la tele- Eso me gustaba de ella, parecía un dibujito…

-Ya, bueno, no te me salgas del tema que hoy no sales si no me dices los pronombres completos. –Le dije, viendo que se le venía la noche al recordarla como la recordaba.

-Ya, ya… que jodido, -la sonrisa que le vi esta vez no era sincera, pero ya volvía de su recuerdo- je, tu, il, elle…

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Óscar y la gitana

Óscar andaba pensativo por el jirón Lima, por donde aún olía a colegiales jugando y corriendo, impertinentes, a la salida de sus mini-cárceles, felices. Miraba las extrañas figuras intercaladas en el piso que le daban un extraño aspecto, que nadie notaba, a esa calle. “Quizá ya no vaya a la Facultad” se dijo, “seguramente están en clases. No tendría qué hacer.” Se sentía algo frustrado; habían cerrado un solo curso en toda la carrera para el período vacacional y era justo el que él quería llevar. El único que quería, y podía, llevar. Como todas esas tardes semanales, acaso mensuales, en las que iba a retirar algo de dinero del mismo banco que había visitado desde hace ya un par de años, veía cómo se ocultaba el sol detrás del cerrito “testigo de amores”. No era nostalgia lo que sentía, sino cansancio, sí, era eso, no podía ser otra cosa. Después de todo, le habían pasado muchas cosas para sentirse feliz ¿no? Su hija pequeña le había dicho “papá” hace sólo un par de días. Qué felicidad.Al fin llegó. No había mucha gente. Mejor, para llegar temprano a casa. La puerta del cajero tenía un nuevo mecanismo; se abría sólo con la tarjeta electrónica que tenían los que ahorraban ahí. Mejor, así no le roban el dinero que lleva a casa. Después de recibir esos billetes de veinte soles que olían a nuevo, se le ocurrió una nueva ruta; esta vez bajará por la calle pequeñita, que tampoco le llama mucho la atención a nadie, en la que se apostan jipis, artesanos, tejedores y gitanas. ¿Gitanas? No recordaba haber visto gitanas en aquella calle. No recordaba haberlo hecho en toda la ciudad. Se preguntaba cómo serían. De chico quería que alguna le leyera la mano, por curiosidad. Caminó sereno, pero algo nervioso por dentro, “sólo hay que pasar sin que lo noten a uno y ya.” Pensó, o recordó, no sabía bien, pero lo repetía.

-Hola, guapo… -ese acento de española perulera le conmocionó el cuerpo. De pronto, se había quedado quieto y no lo había notado-. ¡No te asustes chaval! Que sólo quiero que me hagas un favor. ¿Puedes?

-S-sí… -estaba nervioso, no lo podía disimular- ¿Qué desea? –”siempre tan educado Oscarín”, se decía sonriendo disimuladamente, esta vez sí.

-Sólo una cosa, y no te va a costar, no te preocupes y ¡cambia esa cara pálida por dios! –le dijo, sonriendo, ella sí, descaradamente, tanto que él notó un diente de oro en el rincón de lo que mostraba la abertura de su bocaza-. Dime ¿dónde encuentro un internet aquí cerca?

-Eso –dijo al fin, con un aliento- hay uno aquí cerca, bajando por esta calle y doblando a la derecha.

-Gracias guapo –decía el adjetivo como de obligación, como una regla o muletilla que “segurito le enseñaban a las gitanas para dirigirse a la gente”, pensó Óscar, mientras se disponía a marcharse-. Saca una carta, la que tú quieras –le mostró un trío boca abajo-. Sin compromiso, anda.

Aquella invitación lo dejó más intrigado aún. ¿Sería que la gitana le leyó la mente? De pronto notó que su corazón le daba más latidos de lo normal. ¿Sería una magia de aquella calé? Qué tonterías dices Oscarín, sólo estás nervioso, relájate. Vaciló en hacerle caso a la mirada profunda e incisiva que se le clavaba en el entrecejo. Al fin, con un respingo, tomó la del centro. La baraja era más vieja de lo que se veía. Se la mostró sin verla, por las dudas, “no sería que apareciera la muerte o algo así”. La gitana hizo una mueca, lo miró con extrañeza y él supo que sería algo malo lo que vio la mujer. El pecho se le oprimió y ella se dirigió a él muy resuelta:

-Vaya… -movía la cabeza de un lado a otro, como queriendo ver mejor la figura que aparecía frente a ella, probando ángulos distintos- Sí que eres raro eh… Saca tu billetera.

-¿Qué?

-Saca tu billetera. ¿No oyes bien? –eso sí lo tomó por sorpresa, ¿para qué quería su billetera? Es un asalto, eso debe ser, “¡eres un tonto Oscar!” se recriminó a sí mismo-. ¡Apúrate!, que no tengo todo el día.

Al ver la negativa, por su modo de actuar –de no actuar, más bien-, la mujer le suavizó el pensamiento diciéndole que no se preocupara, que no era lo que parecía. Él le tenía que dar su billetera para bendecirla: “tú necesitas mucha bendición” le dijo, esta vez, con un aire maternal; ése del que uno no puede dudar. “Y yo tengo el deber de ayudarte, porque tú me has ayudado”. Si aquella hubiera sido otra situación, si hubiera sido otra mujer, si fuese otro chico que acababa de sacar dinero del banco, se decía Óscar, hubiera desconfiado desde el principio. Pero no podía, las palabras de aquella señora regordeta parecían tan sinceras que… Pero, por las dudas, examinó la situación: había mucha gente, así que no podía huir rápido sin que él la alcanzara; además, algunas personas se habían detenido a ver aquella pintoresca plática y advertirían, sin duda, algún intento de robo; también miró qué calzaba y notó que ese par de sandalias gastadas no le servirían de mucho en su intento de fuga, ni el faldón tan incómodo que le llegaba hasta los tobillos.

-No traigo billetera –se animó a decirle-. Nuca cargo una.

-¡No me vengas con eso pues! No tienes por qué dudar, me estás ofendiendo, yo sólo quiero ayudarte. -Y, de pronto, inquietando aun más el temor que se había enquistado en la médula espinal de Óscar, la gitana le dijo-: ¿Quieres orinar gusanos? ¡¿Eso quieres?!

Tragó abundante saliva de golpe y no pudo evitar estrechar los ojos por el dolor que le causó al pasar por su garganta. “¡Una amenaza!”, se le erizaron todos los vellos de su cuerpo entumecido, “y de una gitana por Diosito que me pasa lo que ella dice”; sabía que tenía que hacerle caso, ni loco se atrevía a jugar con esas cosas, a desobedecer.

-Señora gitana –dijo con voz temblorosa, y pensó si era bueno decirle así. ¿A ellas les gusta que las llamen así? “Ya no cometas ningún error”, se mordió la lengua-, no tengo billetera, se lo juro.

-¿Y qué es ese bulto que tienes en el bolsillo de tu casaca? –le agarró la chaqueta jean que tenía puesta.

-Son mis documentos y algunos billetes que saqué del banco –no mintió.

-Ya pues, saca esos billetes.

-Son veinte soles nomás –dijo, tanteando el fondillo con la mano e intentando sacar un solo billete y confundir los demás con los papeles que había-. Aquí está, mire.

-No mientas, saca lo demás. Tú me dijiste que tenías billetes y solo me has dado uno.

Óscar supo que no tenía sentido ocultarlo más, había sido descubierto. Resignado, metió de nuevo la mano al bolsillo de su casaca y sacó un billete más de veinte soles. El otro lo dejó ahí, esperanzado de que la mujer no se lo quitara también. Tal vez no haya que desconfiar, quizá sólo quiera bendecirlos como dice. “Tal vez, quizá… son palabras vagas, ya no es tiempo de hacerse ilusiones, de imaginar cosas, hay que ser realistas; la gitana te está timando y tú caes como un tonto.” Óscar se reprendía tan duramente como podía.

-Ya, tome. Es todo lo que tengo.

-No te preocupes, no es para mí –dijo la gitana sobándolos uno contra otro.

Ella los examinó como viendo que no fueran falsos. Los olió. Sacó una botella plástica que contenía un raro líquido amarillento. La destapó, echó un chorro pequeño en su mano y con la otra apretó fuertemente un billete a la vez, haciéndolos bolas de papel.

-¡No! –gritó Óscar al ver que esa mujer juntó los billetes, uno sobre otro, y los estrujó contra el líquido que llevaba en la otra mano-. Por favor…

-No es para mí, es para ti, no es para mí… -repetía una y otra vez la calé con los ojos entrecerrados y conversando con algún ser imaginario-. ¡Calla chico! Me distraes –y siguió con esa parafernalia desconocida ante los ojos de Óscar, conjurando algunas palabras desconocidas en otro idioma. “Latín”, llegó a pensar él en un momento, pero luego desistió; era otra lengua.

En un momento, ella despegó las manos y le mostró las dos bolas de engrudo que se formaron luego de la operación. Su mirada era como de satisfacción, de quien ha hecho un buen trabajo. Uno estaba irreconocible: una especie de goma blanca y naranja que se deshacía con la gravedad. El otro estaba menos dañado; se distinguía que era dinero porque el líquido no había actuado directamente sobre él, era una bola algo consistente que tenía dibujado el número veinte en un par de lados. Óscar sintió que le brotaron un par de lágrimas, de rabia, resignación, ira. La mujer le entregó el menos dañado con una risita burlona. “No cuentes tu suerte a nadie” le dijo, “es sólo para ti”. Él se puso el billete remojado en el bolsillo de su pantalón y se fue lo más rápido que pudo.

-¡No cuentes tu suerte! –gritó la gitana-. ¿No quieres orinar gusanos, verdad?

-¡Maldita bruja! –dijo él, pero bajito, no vaya a ser que lo oyeran.

      

Relatos largos

Encuentros bibliotecarios

Debo aclarar, antes de empezara a narrar esta historia, que lo que voy a contar es una etapa de mi vida perdida en el tiempo, no le pongo ni le invento alguna fecha por razones personales, porque me gusta recordarla así: difusa. No se podrá, entonces, saber ni sospechar que fue ayer, la semana pasada, hace un mes o años atrás. Es más, ni siquiera puedo asegurar que es mi historia, que la he vivido, ya no lo sé.

Ella no vendrá hoy, en la mañana tampoco la vi; desde hace un par de semanas que no lo hago, excepto ayer, que la encontré fugazmente (de ordinario acostumbramos permanecer mucho tiempo aquí) y nos quedamos viendo unos largos, intensos, aparatosos y nerviosos tres segundos; llenos de preguntas, llenos de nostalgia; esa nostalgia inexistente que es la esencia del amor. Pero en verdad no sé si nos miramos como dije, en verdad no sé si me miró. Sólo sé que su sonrisa de asentimiento me duró tanto tiempo como cuando miras una estrella fugaz: lo suficiente. Estuve todo lo que duró la “convivencia” detrás de ella; dándole la espalda como ella a mí. A ratos volteaba para ver lo que hacía, a ratos lo hacía ella no sé por qué. Todo ese tiempo fue, en verdad, tortuoso; me arrepentí de no cargar la carta que tantas veces quise darle, que hablaba de ella y de mí; que quise darle a otra chica, que se la daría a esa “ella” que nos persigue incansable. La misma carta pero con diferentes palabras, la que debería estar poniendo en su bolso que ahora está en el espaldar de su silla y que me es fácil de alcanzar. Una oportunidad perfecta para entregársela y largarme; y quizá algún día encontrarla de nuevo y mirarla a los ojos con las preguntas de siempre, con la nostalgia de siempre; sólo que esta vez ella lo entenderá, sabrá cómo la miro.

Pero ahora no, ahora me quedo con mis preguntas y con mi nostalgia; esta vez no pude prever lo que sucedería, no se me pasó por la mente encontrarla. Es extraño, mucho en mí, yo que pienso todo, que planeo todo, que casi escribo un guión para hablarle, que busqué palabras y técnicas para enamorarla. Pero la oportunidad está perdida. Sobre todo por cómo le cerré la puerta de mi casa aquella vez, por cómo me comporté, en realidad por cómo no me comporté, por lo que dejé de hacer, por no hablarle, por no mirarla siquiera (sin preguntas, sin nostalgia). La conocí una tarde de otoño, una de ésas que no se olvidan; fue un encuentro casual, sin importancia, al menos yo lo sentí así. Katy es de esas chicas que ves por la calle y te preguntas ¿tendrá enamorado? Y seguramente, y es lo más lógico, la respuesta es un contundente “ojalá que no”; aunque por dentro sabes que es mentira, que te ilusiona pensar que no: que es Blanca Nieves y que vive en un mundo de fantasía e ilusión. Que en su mente no entran esas cosas ¡ni hablar!, juegas con pensar que serás el primero en su vida; qué ingenua forma de mantener tu ilusión.

Antes de pensar tanto en ella la vi un par de veces; las veces que iba al trabajo de mi mamá y ella también lo hacía. No la hubiera conocido más que de vista si no ocurría ese penoso y comprometedor suceso que no quiero recordar pero me obligo a hacerlo. Esa ocasión en la que estuvimos uno al lado del otro por más de tres horas… ¡demasiado! Aunque hubiera querido conversar con ella, aunque hubiera tenido algo de qué hablar, yo sé que no lo hubiéramos hecho por tres horas ¿quién habla tres horas? Por eso fue penoso, incómodo, silente. Recuerdo que yo no quería ir; mi hermana y mi mamá me obligaron, aún no sé cómo lograron convencerme; supongo que lo hice por comedimiento. No, creo que fue por débil, ese defecto que no me deja en paz ante la insistencia. Tal vez también porque mamá me dijo que Katy ya estaba lista, que ya había conseguido su traje, que estaba entusiasmada. – ¡Pero no la conozco! –la conocerás­­­… Fue su respuesta, y la de mi hermana, y la de los ojos incisivos de todos los que estaban en aquella habitación. Por eso esa vez fue comprometedora, recluyente*.

Recuerdo que no hablamos mucho, casi nada. Yo estaba más ocupado en tratar de que no me viera nadie conocido, en pasar desapercibido. A ella se le notaba el ánimo de conversar, yo fui total y pedantemente apático. Me comporté como un tonto, como un chiquillo mimado; fui mala compañía. Aun así ella se preocupó por mí cuando me corté un dedo con una hoja de lata que quise mover; me atendió y puso una banda improvisada de papel alrededor de la herida. Fue sumamente tierno de su parte, pero no recuerdo si me sonrojé, seguramente ahora lo haría si vuelve a hacerlo. Mi pantalón blanco se tiñó de sangre, ella lo cubrió con su faldón, y me dio una sensación de confianza, y lo hizo todo el tiempo que duró el martirio. Ahora es cuando quisiera darle las gracias por todo, por todo lo que me aguantó, por estar conmigo tres horas sin salir corriendo espantada por mi inmodesta forma de ser, por quererme. Aunque no sé si lo hizo en verdad, no sé si mi imaginación me engaña, si estoy inventando cosas sólo por querer recordarla amable, por avivar alguna esperanza dentro de mí; alguna que quizá no exista.

Luego de eso no la vi por mucho, mucho tiempo. Eran esporádicas las veces que la veía pasar por la calle, a lo lejos, intentando que ella no me viera. Yo pienso, no sé por qué, que ella también actuaba igual; intentábamos no vernos pero no por que nos caigamos mal (por lo menos no de mi parte), sino porque llenaríamos de nerviosismo y silencio nuestro saludo. Yo, por lo menos, no sabría qué decir. Lo único que sabía de ella era en qué colegio estudiaba, calculaba más o menos en qué año, su nombre (aunque tenía dudas) y su casa. A menudo, cuando ya estaba obsesionado y sobreinteresado en ella, que no sé cómo ni cuándo pasó, encontraba alguna excusa para pasar por su puerta: con la esperanza de encontrarla “de causalidad” y hablarle de algo y conocerla mejor. Quería borrar la mala imagen que se llevó de mí y empezar a agradarle. Luego me di cuenta que ella estaba estudiando por las noches en la misma academia de inglés a la que yo iba. Averigüé en qué horario y me cambié a ése. Y ahora que lo escribo me resulta un tanto tenebroso, era como perseguir enfermamente a alguien; propio de una desviación patológica de la personalidad. Pero mis intenciones eran buenas; sólo quería conocerla mejor y no sabía cómo acercármele, y como no había otras excusas, la “casualidad” se me mostró como mi mejor aliada.

Fue un mes de incertidumbres, ¿tendría enamorado?, ¿esas miradas fugaces a las salidas eran de interés o sólo de cortesía?, ¿cómo acercármele? Había avanzado algo: nos saludábamos, ahora sí, cuando nos veíamos en la calle; ya no huíamos cuando nos percatamos que el otro venía por la misma vereda hacia uno. Hasta había sonrisas cómplices, volvíamos la cabeza instintivamente y con curiosa sincronía cuando nos quedábamos detrás al caminar. Una vez me armé de valor (no el que te da el licor, sino el que te da la adrenalina, los nervios de mirarla a los ojos, la angustia de quedar en ridículo) y me acerqué ya ni me acuerdo para qué, pero fue otro gran paso. Es importante que haga todo esto antes de que la chica que me guste me interese más porque luego es mucho, en extremo, más difícil comenzar a hablarle e invitarla a salir. Esa vez caminé estratégicamente por la calle por donde sabía que pasaría; a la hora que sabía, también, que pasaría. Todo formaba parte de un plan tan bien estructurado como una emboscada en tiempos de guerra; un plan napoleónico. Esperé el tiempo justo que demoraría en pasar todo el jirón Lima hacia la plaza de armas, ella voltearía por la esquina del Club Kuntur hacia abajo y luego hacia la derecha; ahí es donde me debía aparecer yo, fingiendo salir de los videojuegos. El tiempo estaba calculado, yo esperé nervioso gastando mi reloj de tanto mirarlo. Pasó por esa esquina con unos minutos de retraso, no muchos, y yo, que ya no podía echar marcha atrás, contuve el aliento y enrumbé hacia ella con todo lo planeado en mente. La acompañé hacia su casa, hablamos de todo un poco, aunque mi pretexto era poco creíble y tonto, ella fingió creerlo y caminamos juntos unas cuadras. En todo ese tiempo no pude recordar la conversación planeada (ahora me parece contraproducente hacerlo tan exageradamente como lo hacía) pero creo que me fue bien en la improvisación. No llegamos hasta su casa porque tuvo que quedarse en la de su amiga por un trabajo de su colegio.

*******************************Falta algún texto*******************************

No pasó mucho después de eso. Paradójicamente sentí más nervios de hablarle; una incomprensible inseguridad. Al poco tiempo viajé lejos por unos meses y creo que me olvidé de ella al volver a ver a alguien que marcó, también, fugazmente mi vida en la niñez. Aquel viaje que me movió los aún endebles cimientos sentimentales que había logrado, la poca seguridad que había alcanzado luego de tanto tiempo, justo cuando creía que mi vida se arreglaba. Luego, cuando regresé, ya había perdido su rastro y creo que no me afectaba. La vi una vez y nos saludamos como antes, desde lejos; sin duda había retrocedido y perdido lo poco que logré con ella. Pero mi mente estaba en otro lado, estaba confundido. Ésa fue la última vez que la vi, la última antes de escribir esto, antes de que me viera interesado peligrosamente de nuevo en ella, antes de que me vuelva a gustar con exageración.

Ahora escribo esto en la biblioteca municipal; nunca antes había ido tan constantemente, al principio fue porque necesitaba un ambiente pacífico para leer un libro que nos dejó un profesor de la universidad para un examen y tan sólo tenía un par de semanas. Y en esos días, de casualidad, la encontré luego de tanto tiempo; Katy estaba sentada al lado de una ventana, el sol debilitado le proporcionaba una atmósfera de un color cálido y extraordinario, que jugaba con su pelo y hacía de ese rincón un paisaje espléndido, protagonizado por tan fabulosa criatura. Me quedé contemplando ese milagro unos segundos incansables, hasta que, o era mi imaginación o mis oídos no mentían y ella me decía algo en un idioma extraño, en el que deben hablar los ángeles. “Hola…”; sonaba algo así. En el lenguaje común es un saludo, pero en el de ella significa mucho más, significa un montón de preguntas y de nostalgia, una vida resumida en cuatro letras. También la saludé; cuando la ilusión es tan espectacular uno no se atreve a desobedecer. Fue en ese entonces que, como dije, me volvió a gustar con exageración, que regresó esa obsesión, esa incertidumbre.

Katy iba a la biblioteca todos los días, se sentaba en el mismo lugar, y el sol cumplía también con la cita sin falta. Yo también iba sin falta, como quien no se atreve a perderse un solo capítulo de tan fantasioso fenómeno. Al terminar de leer el libro para mi examen, seguí yendo pero esta vez para escribir todo esto. ¿Quién mejor que ella para hacerme recordar toda esta historia perdida en mi memoria? Fue una terapia interesante, llena de enseñanzas y de preguntas; más preguntas. Cada día escribía una parte. Ella ya no va a la biblioteca todos los días; ya ni sé cuándo va. Yo también he dejado de ir porque creo que ya no tengo nada que hacer ahí. Estoy seguro de que si aún nos encontráramos, este relato se extendería mucho más, por eso se nota algo resumido, por eso se corta tan repentinamente. Deberían ir las otras cosas que pasamos en el lugar que dice: “falta algún texo”; que es una manera fría de dejar constado que esto está inconcluso, pero siento que si no la tengo enfrente no podré continuar en la forma que quiero (aunque también es por galbana). De todos modos, si algún día la vuelvo a ver, seguiré escribiendo, lo dejo así para recordar que hay aún un capítulo de mi vida que no se ha cerrado. Ahora lo termino en mi casa, aunque con la misma puesta de sol que me recuerda a ella, pero ya no como antes, creo que me ha dejado de gustar de nuevo. Esto confirma la teoría de Jimena: soy un inconstante. ¿Es un defecto? De todas maneras es parte de mi vida y, mientras no se maximice, conviviremos como con otros tantos que tengo y que me acompañan.
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*Metaplasmo claro; de los que uso cuando quiero decir algo y no sé cómo. Se refiere a que la situación fue de carácter obligatorio (hablando con hipérbole).

Relatos largos

Historia destitulada (parte I)

Es lunes y amanece nublado. Voy en busca de algo para tomar, abro la nevera y recuerdo, insomne, que olvidé ir de compras. No me perturbo, no quiero que nada en el día lo haga, mi cordura va a estar presente siempre. Hay café preparado, aunque no es lo que quiero, no hay otra cosa. Al menos podré, imaginándome un escritor constante, sentarme en la terraza con la taza en una mano y un lápiz en la otra y una hoja en la mesa. Así los que pasen por la calle me verán y pensarán que escribo, aunque no tenga nada de qué escribir. Recuerdo la noche anterior y me lleno de satisfacción. Sé, para buena suerte de mi ego, que todavía no he perdido el “toque” del que me jacto con las chicas. Normalmente cuando salimos de fiesta en las noches buscamos algunas incautas que seducir. No me puedo quejar, me fue bien.

Desde este balcón, que convenientemente es un poco más salido que otros, se puede ver casi todas las casas de la calle. Sentado aquí, me doy cuenta de que tengo una nueva vecina. En verdad, no conozco a casi nadie de mis vecinos, soy un ermitaño antisocial, no porque quiera, sino porque me cuesta mantener el saludo con las personas por mucho tiempo. Al principio la gente se me acerca o me saludan de lejos y poco a poco, con el pasar del tiempo, se van alejando, cada vez más, hasta dejar de saludarme en la calle. Dicen que es por mi culpa, porque parezco un desinteresado en conocerlos, en saludarlos y hablar de cosas que me parecen inútiles. Es cierto, no me interesa saber si el perro del vecino del costado mató a la gata de la estudiante universitaria de enfrente. Si la señora de la casa incolora al fin pudo divorciarse de su marido mujeriego. Si los hermanos colegiales de la casa amarilla llegaron borrachos de nuevo y armaron otro escándalo. No me interesa nada de eso. Y creo que el problema no está ahí, sino en que no puedo fingir. No soy como los demás que aparentan interesarse por las historias de quien sea que se les cruce por el camino. Todos simulan, todo es una mentira, un fraude; nadie se interesa, honestamente, en los problemas de otros.

Pero aun así, sin percatarme de las cosas de los demás, conozco los rostros, al menos, de casi la mayoría. Y sé que esta chica, la que estoy viendo hacer ejercicios en su sala, no tiene más de dos semanas aquí. No me avergüenzo de verla así, en ropa ajustada haciendo esas contorciones que me parecen agotadoras, porque estoy con mi café y con mis hojas escribiendo historias irrelevantes, como todas las que tengo. Pienso: Si por alguna razón me ve desde su ventana, actuaré normal y aquí no pasó nada. A lo mucho se irá a otra parte de la habitación a continuar con su gimnasia o cerrará las cortinas. De pronto, la joven levanta su cuerpo atleta, gira su cuello para un lado y luego para el otro y me mira fijamente a través del vidrio exageradamente pulido que nos separa. La miro también y trato de sonreírle. “¿No era que simularías no verla?” Ya es muy tarde, me quedo abobado con los ojos fijos puestos en ella, en su ropa ajustada, en sus ojos gigantes. Y me recuerda la caricatura que veía sin razón en la sala de mi hermana, cuando la visitaba en Arequipa, que me miraba con los mismos ojos, y con la misma serenidad, circunspecta, que a la vez no me miraban.

Me levanté, incómodo, como disgustado, y entré a la habitación con mi café pero sin mis hojas. Es linda, tiene buen cuerpo, se le nota inteligente, hace ejercicio, debe tener novio. Resulta casi imposible, en estos días cuando percibo una sobrepoblación de hombres, encontrar alguien así y libre. Por eso prefiero estar como estoy; sin buscar nada serio, teniendo aventuras, las veces que se presenten, con toda mujer que esté dispuesta a amarme 15 minutos. Hace tanto tiempo que no me enamoro que casi no recuerdo lo que se siente. Incluso no sé si fue amor la vez que me pareció sentirlo, hace tiempo ya, por una chica que conocí en la casa de mis tíos. Me cuesta recordar su rostro, sus gestos, su risa, las cosas importantes que se deben recordar, creo yo, por toda la vida. Por el simple hecho de haber compartido momentos juntos, por haber caminado muchas veces tomados de la mano, algunas bajo la lluvia, y de haber jurado cariño por siempre. Creo que soy un insensible, o más bien un insensibilizado.

Caigo en que ya es tarde para ir a la universidad, así que tomo un pan y me lo llevo a la boca mientras me visto y alisto mis cosas. En el camino me pongo a pensar en la chica de enfrente que conocí de vista hace unos minutos. Es algo mayor que yo, seguramente trabaja. El intolerable celular que me encadena al mundo socializado suena en mi bolsillo y sé que tengo que contestar, que si no lo hago, sonará una y otra vez hasta que lo haga. Es Jimena, con el argumento de siempre, que no sé por qué no me aburre ni me molesta (sólo algunas veces cuando tengo conversaciones más importantes, más espontáneas), diciéndome que se arrepiente de que ya no estemos juntos y que si me molestaría si salimos un día de estos para conversar de nosotros. Le respondo con frases algo frías que acostumbro mandarle, pero al final siempre pongo un: “si tú quieres” o “me parece genial” o “a mí también me gustaría”, que me hace parecer no tan descortés.

De nuevo el mismo sonido me hace saber que recibí otro mensaje. No puedo creer la rapidez con que me respondió, esta vez debe estar realmente desesperada. Abro el mensaje y un texto parecido pero con otras frases me hace recordar que tengo una especie de enamorada por correspondencia, y me reprocha no haberle escrito desde hace días. No me gusta hablar con ella (ya no) porque sus preguntas y respuestas (que no son más que otras preguntas disimuladas) son demasiado melosas, empalagosas y, en algunos casos, insoportables. La he ignorado, como a sus preguntas, hace un par de semanas. Me he sentido vil, despreciable, descomedido. Pero creo que es la única forma de quitármela de encima, de que se aburra de mí y sea ella la que termine conmigo, que yo no tengo el valor ni la osadía de hacerlo. Nunca los tuve.

Relatos largos

Pregúntale al “webo”

Voy a mi casa, estoy algo aturdido; no, más bien intrigado. Cosas como la que viví hace un momento no suceden a diario. Es una emoción bastante halagadora, sin duda eso me alimenta el ego tan maltratado y a la vez triunfante que tengo. Es de cambios repentinos pero sin llegar a maníaco-depresivo como mi amigo “don diablo” que seguramente, ojalá, no leerá esto, como mucha gente de la que escribo (aunque no doy sus nombres).

Tengo las dos entradas a la fiesta en el bolsillo. Algo, extrañamente, me dice que no vaya; las ganas se me van pero regresan cuando mi lado espontáneo (mismo comercial de Barena) me dice que vaya. Estoy en un pleito intenso con mi álter ego:

-¡Vamos!

-¿Pero sólo nosotros?

-¡¿Sólo nosotros?! -dándome de cachetadas y todo.

Ya son las diez de la noche, el “webo” debe estar esperándome en la plaza. La noche se ve como cómplice de la mala suerte; la luna llena y crecida se asoma a la ventana de mi habitación lúgubre, una rama antropomorfa golpea una y otra vez contra el vidrio brilloso y pálido, tan impredecible pero a la vez con ritmo y un cuervo de ojos bermejos me mira sin verme, como esperando algo extraordinario… (Más exagerado). Sólo estaba oscuro: un poste de luz se malogró allá afuera.

Ya en la puerta de la fiesta nos animamos a vender los boletos. Veinte soles más para el trago. ¿Quiénes son esos?; la acera estaba llena de revendedores y una de ellos se nos acercó.

-Amigos, ¿no quieren entradas?

-No sé… ¿cuanto están? -tanteé el precio para ver por cuánto venderíamos las nuestras.

-Cinco soles; están a diez pero yo ya me quiero ir a mi casa.

-¿Podemos entrar así?, ¿no es con terno?

-¡No mi amoooor! ¡Así están bien! -qué risa, me recordó a la “choco”: una amiga “bartolezca” de mi promoción del colegio.

-Gracias, así somos desde pequeños -y percibí un aire de burla en su mirada.

-Ya, en serio pues amigos, cómprenlas, miren que está haciendo friíto -sabe que el diminutivo siempre ablanda- y quiero irme a mi casita…

Luego de su tan tenaz intento de persuasión, le ofrecimos que compre también nuestras entradas y las revenda. Ella se fue maldiciendo no sé con qué palabras porque le hicimos perder su tiempo.

Ya adentro (no nos quedó de otra), nos tomamos tres cervezas mientras esperábamos el inicio de la fiesta. Nos encontramos con dos amigos más de nuestra promoción. Compramos otras tres cervezas y la última botella la usamos como “matrícula” para estar en un grupo que tenía una caja en el piso (más conchudos…) y nuestros dos amigos se fueron a bailar… qué gais, ¿los dos? No, con sus parejas… ¡mujeres! Todo suena gay en estos días.

Hubo un pequeño pleito; uno de la nueva “mancha” nos quiso echar del grupo porque, según él, estábamos tomando gratis. ¡Qué tal concha!, ¿nosotros?, ¿es eso posible? ¡Para nada! Pero nada que no se pueda arreglar con un buen chamullo. Luego el sublevado se marchó con una botella en su brazo, que era lo máximo que su equilibrio afectado por el alcohol podía aguantar. Y así vinieron más y más cervezas y la gente estaba extasiada, subsumida en un ambiente bacanal que cada quien armaba en su imaginación.

Voy al baño, quizá más por eludir la “chancha” para comprar más “chelas” que por necesidad fisiológica, y el “webo” en un arranque de exaltación repentina da un golpe a la puerta de uno de los retretes con la intención de romperla, pero la dejó rajada, y me reta a hacerlo. No lo pensé mucho y lo hice, o como él me sugirió que escriba (literalmente): “yo acepté gustoso la sugerencia de mi pata evo; sólo pude pestañear y estaba con mi mano dañada por tan grande conflicto que tuve con una puerta”… Traspasé el madero y me sentí bien, como satisfecho.

-Nah!… tenemos que estar en iguales condiciones; probemos con otras dos.

Aún me pregunto por qué lo hice, ¡en qué pensaba! Pero estas cosas no las vives todos los días. Fue comiquísimo, claro, cuando lo recuerdo.

Luego de romper aquellas portezuelas, sin que nos dieran tiempo siquiera para saber qué pasaba, entró el equipo de seguridad y violentamente nos arrinconaron de cara contra la pared y con las manos atrás. Fue impresionante; nos esposaron, algunos hablaban por sus radios, otros apuntaban con sus armas, revisaban cada rincón, se escuchaban las sirenas de los patrulleros afuera, un helicóptero nos cegaba con una luz iridiscente desde arriba, agentes especiales bajaban por una cuerda de no sé qué lugares y había un ruido aturdidor… Tal vez esté exagerando un poco, pero sí nos detuvieron… de película.

Con la cabeza gacha y las manos sujetadas, nos miramos como preguntándonos qué íbamos a hacer. Sólo atiné a decirle: -webo, hazte el borracho; quizá nos dejen ir- deseándolo aunque era poco probable. Luego sucedió lo inesperado; extrañamente ya no nos sujetaban y caminamos tambaleándonos, intencionalmente, hasta los urinarios. Nadie nos vigilaba, sólo uno en la puerta. Salimos para perdernos en la multitud, sentí que lo interceptaron afuera, yo seguí andando.

No sé cómo zafó pero ya en la pista de baile me miró y dijo:

-vayámonos; antes que nos encuentren -Miramos al mismo tiempo la salida, la única, y estaba extraordinariamente repleta de guardianes mirando hacia todos lados. Sería imposible escapar.

-¡Mierda! Nos cagamos -me intimidó el tono.

-Quizá se vayan… se aburrirán.

-Que no nos vean.

Pasó poco más de una hora. Nuestros centinelas no se marcharán. Pensemos en algo. De pronto, un chico racionalmente sano (a comparación de los demás) me grita un nombre que no era el mío. Miro a mis costados y sólo estaba yo, se dirige a mí…

-¡Bryan! -me abraza. Confuso moví la cabeza como saludándolo y no al mismo tiempo.

-Ahora vengo -me dijo el “webo” y se marchó.

-¡Bryan!, ¡primo!, ¿ya no te acuerdas de mí? Soy ‘F’ tu mamá me operó ¿ves? -mostrándome un corte en la parte baja del abdomen.

-¡Claro! -respondí no sé por qué- ¿Cómo has estado? -fingiendo recordarlo.

-¡Bien! ¿Cuándo llegaste? ¿Viniste solo?

-Ehmm… vine con un pata, está por allá -quizá conversar un poco con él me salve de ser arrestado por los guardias.

-Tómate unas “chelas” con nosotros -me señaló su grupo (al que supuestamente yo conocía).

-Bu-bueno… sólo unas… -no tardaré mucho tiempo, pensé.

-¡Oigan es Bryan! -eufórico- ¿te acuerdas de tus primos no? -me preguntó.

-S-sí -ojalá todos me confundan con el que me confunde este.

-¿Bryan? ¿Eres tú? -se me acercó uno ¡no hue…! ¡Soy Timoteo!

-Sí, qué ¿ya no te acuerdas de tus primos? Ja, ja, ja.

Después de un buen rato de preguntas extrañas e inquisidoras, escapé de nuevo al baño, lo había hecho un par de veces para evitar responder cosas que, obviamente, no sabía. Cada vez que corría el riesgo de ser descubierto fingía ganas de vomitar y me iba corriendo al baño (sí, ya sé; medio baboso, pero ¿qué más podía hacer?).

-¡Nos están buscando! -el “webo” sonaba exaltado- Están preguntando a todos por nosotros.

-Tenemos que buscar otra salida -pensé en las ventanas, pero estaban enrejadas. Luego recordé que hay una puerta que va de la calle al segundo piso.

Fuimos a las gradas que van al segundo piso. Como siempre, están bloqueadas a medio camino por una reja. Era nuestra única esperanza. Traté de abrir la puerta de rejas de todas las formas que se me ocurrieron. Resignado a quedar atrapado, bajé y le dije al “webo” que no se podía, era imposible. La gente iba saliendo y el local poco a poco estaba quedando vacío. Era cuestión de tiempo que los de seguridad nos encontraran.

-¡Ya está! -miré hacia las escaleras, pudo abrir un espacio suficiente para pasar a gatas.

Subimos rápidamente y nos encontramos en un laberinto de habitaciones, subidas y bajadas totalmente a oscuras. Tratamos de hallar las gradas que daban a la otra puerta que salía a la calle, siempre corriendo. Ya bastante golpeados por los obstáculos que habían en el segundo piso (paredes, puertas y… paredes) vimos la luz. Bajamos emocionados y… estaba cerrada.

-¡Carajo! -y escuché ruidos del otro lado del pasillo.

-¡Regresa!, ¡nos encontraron! -el “webo” ya estaba arriba.

-¡Espérame conch…!

Emprendimos una carrera desesperada. Me sentí el personaje de algún videojuego adictivo, manejado por un adolescente asiático drogado; corriendo hacia todas las direcciones, sin saber a dónde iba. Al fin, llegamos de nuevo a la fiesta, la gente que andaba por ahí nos miraban confusos.

-Dame tu casaca -el “webo” sonaba convencido. Tiene un plan.

-¿Para qué?

-Intercambiemos nuestra ropa, así no nos reconocerán. Sal tú primero y luego yo.

-No, primero tú -me quité la casaca y una bufanda que tenía puesta.

Lo vi acercarse a la puerta… ¿saldrá?, no, lo reconocieron. Le están doblando el brazo (chistosísimo, bueno, para él no), seguro le están preguntando por mí. No hablará. Voy donde un amigo, le cuento todo, se ríe, le pido ayuda, acepta. Voy con él a la puerta, no esta el “webo” (y ya me cansé de escribir su nombre y seguro ustedes también de leerlo). Dejan salir a mi amigo, a mí no. Se repite la escena; me preguntan con violencia por mi ‘cómplice’, no digo nada, el “webo” me mira del otro extremo, se ríe.

Luego de un rato me dejan ir. Yo, como al comienzo, me dirijo a la fiesta zigzagueando como emborrachado. El “webo” lo intentará de nuevo, esta vez con una casaca de cuero y unos lentes que se prestó de no sé quien. No lo creo, lo dejaron salir. ¡Maricón! Haré lo mismo. Cambio mi apariencia (según yo) y voy descaradamente hacia la puerta. Como es de suponer, me reconocieron. Esta vez no me dejaron ir, llamaron al ‘jefe’; el encargado de la fiesta. Supongo que es el director de la carrera.

Cambio de personalidad, como el antiguo comercial de Brahma: ¡sale! actitud: “soy un borrachín sinvergüenza que ha roto las puertas de los baños y quiere escapar haciéndose el loco”, ¡entra! actitud: “¡pero que está pasando aquí!, me están confundiendo… ¡¡¿que los baños qué?!! Oiga, no sé de que habla…”

Converso con el director, los de seguridad me miran asombrados. -¡¿No estaba borracho éste?!- utilizo todas las armas léxicas que poseo, intento convencerlo de que su seguridad está equivocada.

-¡Qué barbaridad!, ¿como pueden confundir a la gente así? Y luego los verdaderos culpables caminan por ahí como si nada…

-¿Pero tú no rompiste los baños? -dijo baños, yo no rompí los baños, sólo las puertas.

-¡¿Baños?! ¿Cómo una persona normal puede romper los baños?, necesitaría una herramienta o algo… y aun así tomaría un buen tiempo, ¿sólo con mis manos?, es absurdo -creo que tomaré clases de actuación, podría graduarme muy pronto.

-Sí, es verdad. ¿Pero entonces tú no fuiste? Me dijeron que estabas con un amigo tuyo, que fueron los dos.

-Mis amigos están en la fiesta y estuvimos ahí todo el tiempo, tengo testigos.

Y luego de eso me dejó ir. Debo agradecer enormemente al “bombero”, un compañero de mi facultad, que sin importar el pleito en el que estábamos, fingió ser el amigo que estuvo conmigo todo el tiempo. Le di las gracias, pero seguimos peleados, algún día arreglaremos.

Bueno, fue una noche cansada y difícil. Ya es muy tarde y voy a casa. Mamá se sorprenderá al verme llegar de madrugada, sano y con otra ropa…

-¡No mamá! Au, me duele…no te estoy mintiendo, pregúntale al “webo” au…

Relatos largos

Fue ayer y sí me acuerdo

Yo tenía una enamorada (si es que se la podía llamar así) y tuve un pleito con ella. Quizá ni éramos verdaderamente una pareja. Lo de nosotros es un juego mutuo; hablamos las pocas veces que nos vemos, juega mucho con su lengua cuando está conmigo y practica sus tocamientos indebidos, que a mí me parecen bien debidos, si nos encontramos en uno de esos huecos que dicen que hasta la luz se traga (muy a lo Sanz).

A mí me parece que ella también lo tomaba así, y que en el fondo quería pensar que era algo más o menos serio. Este tiempo no me impedía, en lo absoluto, mirar a otras chicas, hablarles o tocarlas (aunque esto último no es posible si quieres conservar tus mejillas del mismo color e indoloras). Las últimas llamadas para vernos me insinuaban que este juego se acababa; al hecho de que soy un chico muy ocupado, aunque no lo parezca (no creo que lo sea, no en serio), se sumaban sus “hoy no puedo” cada vez más seguidos.

Ayer tenía que llamarla pero no lo hice, quizá por pereza o simplemente porque no quería. La salida frustrada con unos amigos de mi clase me tenía colgado un viernes sin saber qué hacer. Supongo que daré mi examen de inglés y me iré a casa. Dormir bien un viernes no está de más. Mientras esperaba que llegue mi profesora se me acerca una chica, literalmente (lo de chica), para venderme los pases que tenía para su fiesta de cachimbos, que era esa noche.

-Amigo, colabórame con estos pases pes -me recordó al loco jeringa y no pude contener la sonrisa-.

-Ehmm… no sé… ¿de qué es?, ¿cuánto está?, ¿quieres pan?

-Mi fiesta de cachimbo. Diez soles. No.

-¡Diez! -con tono sarcástico-. Si quieres te doy tres lucas.

-Bueno… pero me compras tres.

Tan simple como eso, la conversación siguió en torno al mismo tema. Cuando empezaba a perder el control de la situación; estaba a punto de convencerme de comprarle las entradas (no sé por qué cedo muy fácilmente ante la insistencia, es un defecto), me refugié en una amiga que pasó por ahí en ese momento. Le pedí por favor que fingiera hablar de algo importante conmigo. La chica extraña y persuasiva me gritó, desde las escaleras, que me esperaría. Yo, aunque le había dicho eso para sacármela de encima, no le creí y asentí con la cabeza deseando que se fuera.

Sorpresivamente, la encontré al salir de mi examen, en el mismo lugar y no creí que estuvo esperando una hora y media. Eso es considerable para mí, yo normalmente espero unos minutos y me voy. No pude evitar sentirme mal conmigo mismo.

-¿Ya vendiste tus entradas? -le grité algo esperanzado de que fuera así-.

-¡No! Te estuve esperando -no me quedó otra que acercarme a ver qué hacía-.

-Ahora estoy yendo a mi facultad, si quieres me esperas en la puerta de tu fiesta y yo convenzo a mis amigos para ir y comprarte las entradas -era poco probable que pase, pero no sabía qué más decirle luego de que me esperara tanto tiempo-.

-Mejor te acompaño, ¿qué dices? ¿Puedo?

-”Piensa algo para evitarla, ¡dile que no!” S-si… vamos. “D’oh!” -tengo un claro conflicto con mi subconsciente-.

No encontré a nadie en mi facultad. Todos se habían ido. Y, ¿qué hago con ella? Quise llamar a alguno de mis amigos pero ella no me lo permitió y me preguntó si quería ir con ella y ser su pareja. La cosa se puso peor, quizá mi más grande defecto es que no sé cómo decirle no a una mujer. Esto me trae muchos problemas. Le hablé de mi conflicto con los ternos y trajes de gala, que no me gusta usarlos y menos para una fiesta. Al parecer lo entendió y me tomó del brazo preguntándome si me molestaba. Le dije que no.

Esa chica extraña, de quien no recordaba el nombre, ni ella el mío, empezaba a acercárseme, peligrosamente, cada vez más. Me preguntó si tenía enamorada. No supe qué responderle; la verdad es que yo no me puse a pensar seriamente en eso. ¿Tenía enamorada? Aunque no la consideraba así, estaba saliendo con alguien. Resolví que no. A punto de decirle eso, veo pasar a mi enamorada apócrifa con un tipo alto de aspecto desaliñado y agarrados de la mano. No supe qué sentir y descubrí que no tienes que saber qué sentir sino sentir lo que sientes. Y no sentí nada. Nos miramos, yo con una mirada sarcástica y ella con una risa nerviosa. Pasamos uno al lado del otro sin volver la cabeza, al menos yo no.

-No. Estoy libre, no tengo enamorada.

-Ah que bueno. ¿Estás libre mañana en la tarde? ¿Tienes clases?

-No, sólo en la mañana, ¿Por qué?

-Yo también estoy libre mañana en la tarde -supe que ella quería que la invitara a salir (a veces soy tan poco perceptivo)-.

-Ya pues, ¿salimos?. ¿A qué hora tienes tiempo?

-Qué tal a las tres y media… te doy mi número: 951…

Ya en la puerta de su casa me abrazó y rodeó su cintura, y algo más, con mis manos. No es precisamente mi tipo, pero tampoco la rechacé, no sé por qué.

De camino a casa me di cuenta que se olvidó sus entradas en mi mochila. Bueno, veinte soles no se pueden desperdiciar así. Llamé al “webo” para ir a la fiesta esa. La pasamos bien con dos amigos más, un primo falso y diez tíos de seguridad que nos buscaban ferozmente por problemas que pasan cuando le haces caso a las “webadas” sin sentido que te invita a hacer el “webo”. Aunque esto es parte de otra historia.

Son las tres de la tarde, iré a buscar a esa chica misteriosa para ver qué pasa, me mata la curiosidad. Extrañamente no tengo resaca; todo pasa por algo, me lo dijo mamá.

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