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Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Relatos cortos

Sólo por un día

¿Sabes qué recuerdo? Los paseos. Los recuerdo todos. Todo el tiempo. No se me ha borrado ninguno. Todo este tiempo. Es increíble. Es increíble, de verdad.

Por ejemplo recuerdo que caminábamos por una calle con unos muros altísimos. No se veía nada más que aquellos muros. La calle era empedrada y larga. Siempre larga. Uno podía ver la esquina a kilómetros, era increíble. Tú eras increíble. En ese instante eras algo que no podía creer, te lo juro.

Te estuve viendo todo el tiempo que caminamos por aquella calle. Podría incluso describirte y la ropa que usabas y las ideas que colgaban de tu oreja izquierda. ¿Lo recuerdas? Traté de comérmelas mientras te susurraba algo al oído. Pero no podía, tú eras demasiado graciosa, no paraba de reír de las cosas que decías, de las frases sin sentido que te inventabas.

Ahora veo que era una trampa, era una ingeniosa trampa para que no me las comiera, ¿verdad? Eras tan lista. Yo siempre fui un tonto. Y tú te aprovechabas de ello.

También recuerdo que de un  momento a otro nos asustamos por unos disparos que venían del otro lado de uno de los muros. Nos asustamos muchísimo. Era como si las balas cruzaran sobre nuestras cabezas, como aquella canción que escuchamos en tu habitación esa misma tarde. ¿La recuerdas? Yo no había escuchado antes a Bowie.

Tú estabas llena de sorpresas. Siempre tenías algo para enseñarme. Yo siempre fui un tonto que se sorprendía por las cosas que me mostrabas.

Luego recuerdo otro día en el que caminamos casi toda la tarde por Santa Bárbara.

(Entre nos —sí, sé que si estás leyendo esto ya te habrás echado a reír porque usé esta frase que tanto odio y yo te odio porque eres la culpable de que no se me venga otra a la cabeza—, desde esa vez ya no puedo desvincular aquel barrio y su nombre espantoso, de novela mexicana, de ti. Sí, sé que no es precisamente un cumplido, pero quería decirlo ahora, sólo para que lo supieras. Algún día podría serte útil y lo podrías usar en mi contra, uno nunca sabe. Yo estaría encantado, desde luego.)

Recuerdo, como decía, esa tarde y la peligrosa carrera que me obligaste a hacer por esa calle empinada. ¿Cómo haces para correr tan rápido por calles empedradas? Ese otoño…, las calles empedradas nos perseguían. Estaban por todos lados.

Nunca creí decir esto: extraño las calles empedradas. Es gracioso, yo las odiaba tanto y tú te divertías tanto de mi odio infantil. Incluso en este momento podría inventar un recuerdo en el que te inclinas hacia mí y me acaricias la frente y tratas de peinar mi cabello alborotado y me susurras que todo estará bien, que sólo es una calle y que las piedras son inofensivas. Yo te tomaría de la mano y tú me guiarías camino a casa diciéndome cuáles piedras pisar y cuáles no.

Esa tarde terminé con mis pies molidos. No sé cómo tú no. Recuerdo el gran arco de piedra —qué fijación tenía la gente de ese pueblo con las piedras, por dios—, al final de la calle, en la cima, como una señal de triunfo, como una meta.

Es lo más cerca que he tenido una meta en mi vida. Yo suelo varar, voy sin dirección. Mi brújula se ha malogrado hace mucho tiempo, tú sabes. Sólo gira como loca y un día me señala un norte y al día siguiente otro norte y así. Estoy jodido, de veras. No sé si algún día sabré que hacer con mi vida o hacia dónde ir.

Mi recuerdo es sepia, como esta foto que te mando. En esos años, en los que se tomó la fotografía, quiero decir, la gente vestía bien raro, ¿no crees? Ahora entiendo por qué nos miraban raro, como dos extraterrestres medio locos y bulliciosos corriendo por aquella calle.

Mírala bien, incluso uno de esos sujetos, el de la derecha, el que está más hacia la derecha, sale volteando y mirando hacia nosotros. Sale como todo un idiota, no sabe posar para las fotos. Los demás sí: todos muy comedidos y falsos. A veces pienso que ese sujeto en verdad podía vernos. Créeme, a veces pienso que sí, que volteó a vernos, no estoy loco.

Tú siempre me has hecho sentir seguro. Y yo siempre he sido inseguro. Así que…, ya sabes, éramos el uno para el otro. Yo, por otro lado, te hacía sentir viva, gritabas y corrías como loca, nunca antes te habías sentido así de viva; lo cual era gracioso, porque yo también estaba muerto.

Pero no hablemos de eso ahora. Hablemos de nosotros en aquellos días. En aquellos días de esa fotografía. Mírala bien. Salimos corriendo calle arriba, escuchando de fondo esa canción que me enseñaste y que hasta ahora no la puedo borrar de mi mente: quiero contarte que ya lo he entendido, es la verdad, yo quisiera que pudiéramos nadar como los delfines; aunque nada nos mantuviera juntos, tú serías libre y yo contigo. Tú y yo corriendo hacia ese arco y el que llega al último es un huevo podrido.

Relatos cortos

Algún momento olvidado

Está todo claro. Los árboles giran alrededor de este lago ámbar. Yo tengo un faro en la mano. Hay sapos de cristal y no los puedo ver. Sé que están ahí. La mejor música de fondo es aquella sirena gritando gol con todas sus fuerzas. Esto debe ser cool.

Nace una oreja de felpa en el horizonte. La tierra empieza a temblar. Unas chicas con trajes rojos de polietileno aparecen en Harley Davidson ruidosas. Tengo una cadena en mi mano. La agito. Grito ¡girls, girls, girls! Una me alcanza una mandarina. La sirena grita con más fuerza. Se rompen las motocicletas de cristal y los sapos ruidosos. Soy un faro.

Ella dijo que estaba muerta. Yo la vi triste. Me hizo sentir azul, tú sabes. Saqué un cigarrillo para conversar de la vida. Terminamos fumando un chino, con los pies en el agua gélida. Las cosas nunca son lo que aparentan. Ella desapareció y se llevó la cuchara. Me equivoqué de historia y le prendí fuego a la banca de madera en la que hicimos el amor minutos antes. Olía horrible. No era madera noruega ni me sentí mejor.

Estaba ligero. Estaba trash. Estaba agitado, sin embargo. Era libre, jodidamente libre. Me sentí desbordado. La emancipación de cada criatura a mi alrededor me pesaba y era inaguantable. Regresé a por mi ropa y renuncié a mi autonomía. Las cosas nunca son lo que aparentan, ¿eh?

En esos momentos sólo quería una chela fría con algo de pizza. Me recosté en la totora para apreciar las estrellas, a las que había abandonado desde que era niño. De pronto, un bus verde llegó a recogerme, tenía un asiento con mi nombre y todos reían. Me subí y también reí. Tenía cerveza, galletas, vino, música de verdad, no podía pedir nada más.

Llegamos a una playa rocosa. Yo estaba ebrio y no me daba mucha cuenta de lo que hacía. Recuerdo que estaba en un bar con algunos lobos de mar. Me hablaban de Hendrix. No entendía mucho, me les quedaba escuchando sin decir palabra alguna. La tierra tembló. Pensé que ya lo había vivido antes. Me vino un dolor de cabeza insoportable.

Regresé en sí. No estaban los lobos, el bus ni la playa. Soñaba despierto. Sólo la imaginación era más poderosa que la percepción del mundo real. Sonaba Ramble On. No, de nuevo era mi imaginación. Qué jodida que es la realidad, la realidad que no es real. Quiero regresar a mi trance pero recibo una llamada. Mi interlocutor me dice que despierte, que me vaya a casa. Sus argumentos son convincentes, decido hacerle caso.

Caminaba, me alejaba de la orilla, pisaba sapos de cristal inexistentes e ignoraba el llamado de la sirena. Y lo vi. Estaba al pie de un farol, esperándome.

No todo es lo que parece, ¿eh?

–¡Eh…!

Relatos cortos

Hay camarones en mi casa

_____Mi abuelo tiene a mi cuñado en un pedestal y desprecia mi profesión (y si lo repito cinco veces quizá haga un reggaetón y gane discos de platino y esas cosas). Siempre me dice que la gente más corrupta del país está en el Poder Judicial. Si hubiera sospechado su forma de pensar a tiempo, hubiera postulado a militar… No es cierto, no lo hubiera hecho, ése no es mi mundo, no podría ejercitarme todos los días, ser disciplinado, tener buena condición física. No tengo nada de físico y algún día seré un dictador que persiga a los deportistas. Me da pereza adiestrar mis músculos, hago todo lo contrario a ello, y sé, por lo mismo, que moriré muy pronto.

_____Mi abuelo no me ha dirigido ni la mirada hoy en el almuerzo, se ha molestado conmigo, no debí atreverme a opinar que los más corruptos y peores magistrados del Poder Judicial son mejores personas que los más corruptos y peores militares del Ejército Peruano. Voy a solucionar eso este fin de semana: Iré a su departamento a reparar algunas grietas en su techo de las que se queja. Iré vestido con el uniforme militar que robaré secretamente de mi cuñado y me presentaré con un saludo marcial y dedicaré toda mi mañana a limpiar y arreglar su piso.

_____Por este tipo de cosas, a veces siento que no quiero a mis seres queridos, y no sé si eso está bien o mal. También a veces pienso que está bien dejar de quererlos por unos días, sin que se enteren mucho, y luego volverlos a querer, más descansado, sin esa continuidad que el parentesco le exige a uno. También a veces siento que no me quiero porque suelo defraudar a la gente que me quiere; algunas veces las paso de patán y me siento incómodo con mi propia existencia; pero se me pasa cuando me compro un helado de chocolate, después del trabajo, en la Plaza de Armas, y me prometo que no volverá a pasar y me creo y me perdono, tontamente.

_____Hoy, por ejemplo, la asistente del Juzgado donde trabajo me ha preguntado si tendré hijos. Yo le respondí que no los tendré porque soy estéril. Ella me ha preguntado que cómo lo sé. Yo le dije que uno sabe esas cosas, que se nace sabiendo que se es estéril; que nadie nace y dice ‘voy a ser papá’, uno nace diciendo ‘mierda, soy estéril, no seré papá, voy a coger como loco hasta los cincuenta’. Ella ya no me preguntó nada más y sé que he defraudado a mis futuros e imposibles hijos, que me hubieran querido tanto; y de inmediato supe que en una hora comería helado de chocolate en la Plaza, palabreándome con pequeñas mentiras.

_____En casa, Xavier, mi mejor amigo, que me quiere, piensa que soy un crápula y que lo quiero ahorcar; quizá porque soy despreciablemente avaro y no lo quiero mantener, o porque soy tan ruin que me he cansado de él y quiero abandonarlo en algún jirón del centro de la ciudad, donde mean los borrachos en la noche. Sé que lo piensa y por eso ya no sale a pasear conmigo y huye cuando quiero ponerle la cadena en la esquina de mi casa. Eso paradoja mis pensamientos pro-respeto a los animales no humanos y no sé si obligarlo a caminar tirando de la cadena, ahorcándolo (esta vez sí) un poco, para cumplir con la recomendación del veterinario de caminar con él al menos veinte minutos (sospecho que lo dijo más por mí que por Xavier); o dejar que haga lo que le plazca y salga, como lo hace todas las mañanas, el tiempo que quiera al pasaje de una cuadra en la que vivo.

_____Así, como tuve tiempo para pensar todos esos días en los que las caminatas vespertinas que planeé con Xavier se frustraron, he descubierto que me defraudo hasta a mí mismo, y que no me apasiona la literatura: Que erróneamente pensaba que era un apasionado de la literatura. Tengo un amigo al que le apasiona la literatura, y creo que descubre que cada día le apasiona más; a mí me pasa lo contrario, y descubro que cada día me apasiona menos mi existencia en general. Pero, mientras mi interés por la literatura se depreciaba, sentí que mi interés por la música aumentaba; pero con un pequeño agregado: Me interesaba sólo la música popular, esa que sólo en teoría es popular, ya que ahora, en mi época, no es para nada popular (todos escuchan mezclas indescifrables de R&B con Electrónica, Rap, y hasta Merengue). Me gustan los bends de las guitarras, de las armónicas. Escuchar ese misterioso lloriqueo (a veces triste, a veces animado) me produce un enfermizo y adictivo placer.

_____He estado pensando, también, que soy mejor persona cuando mi mente está ocupada en asuntos hipotéticos. Mientras escuchaba There She Goes, por ejemplo, pensaba en la acción que podrá ejercer el verdadero propietario del bien materia de compraventa con traslado efectivo de dominio inscrito en los Registros Públicos realizado por terceras personas, sin que se entere hasta el momento de la inmatriculación; y luego en la posibilidad de utilizar la filmación de la sombra del vuelo de una libélula para averiguar la probable variación de los bordes de una sombra cualquiera que revele una proyección en tres dimensiones imperceptible a la vista común.  Cada vez pienso más en serio que soy mejor persona con un poco de ganja en mi sangre, cuando las sinapsis que me ocurren son verdes y van lento.

_____Estar en ese estado, por ejemplo, hace que no me importe tanto como antes no caerle bien a la gente. Yo respondía sus ataques con arremetas más hirientes, planificando bien mi venganza, estructurando mis acciones y las consecuencias, que debían ser devastadoras. Ahora, cuando pasa eso, continúo con mis cosas, pienso en alguna canción genial, en riffs de guitarras, en bends de armónicas, en polimetrías y en frases ingeniosas de Lennon o  de Páez. Luego siento que he hecho bien, que responder con más odio que el que te dan carcome el alma, te vuelve también mala persona.

_____Un caso es que gente de mi Facultad que estaba relacionada de algún modo en mi relación con una chica, o que tenía algún interés en esa relación, trataban de extinguirme, como a un extractor en la película El Origen, porque soy diferente a ellos, porque no soy como debería ser, porque no escucho Lady Gaga o Blink 182, porque no hago bulla al salir de clases, ni pintarrajeo las paredes, ni juego al político, ni dejo mis fluidos en el piso o deposiciones en el baño luego de usarlo. Quieren desaparecerme como si de ello dependiera su supervivencia. Mi forma de responderles es ignorando sus chapuceos, dejando que existan como quieren hacerlo y, ahora que ya no tengo relación con esa chica, dejando que sus esfuerzos sean absurdos y que corran el riesgo de no tener razón de existir. Me divierte estar en mi Facultad.

_____Cuando llego a mi casa, por el contrario, me siento extraño, como un espectador narcotizado de alguna serie americana que muestra la decadencia de las relaciones familiares y de la supervivencia intelectual humana. Siento que no entiendo el chiste. Los miro vivir a través de la mesa. Me pregunto qué pasa por sus cabezas, cuáles son sus metas, para qué piensan que viven.

_____A veces me hiere no haber tenido pasado, mientras escarbo mis sesos, sentado, pensando en mis leyes, en mis canciones, en mis logros traviesos, mientras me rio cómplice de mi mismo, y ellos miran las fotos de sus padres, abuelos, hermanos, en familia; y mi amigo me mira, asentando, con ojos café azulados, extraño, como un extraterrestre, y lo entiendo, me siento aliviado, un poco aliviado; me agacho y lo abrazo, ‘somos iguales’, le digo, pensando en los demás animales que pasan lo mismo que nosotros.

_____Mi vida no es precisamente normal. Aunque siempre he creído que no existe una persona sin algún trastorno mental –porque hasta la idiotez es uno–, me pregunto cuál es preferible padecer. Despersonalización, bipolaridad, esquizofrenia, sicosis, autismo, trastorno disocial, creerme bohemio y publicarlo en Facebook (a algunos les funciona)…

_____No sé si incomodo. Veo que muchas personas quieren “salvarme”: No me gusta la salsa; eso no es normal. No salgo todos los fines de semana a perrear a las discotecas; esa forma de vida definitivamente tiene que ser aburrida. No leí algún best seller que tenga que ver con queso o con vacas o con padres ricos o hijos pobres; no sé, algo me pasa, ¿cuándo voy a empezar a vivir la vida?, ¿a los treinta?

_____¡Existan tranquilos!, bailen salsa todos los fines de semana leyendo a “Cohello” o licúen todo “ello” y bébanlo perreando. Yo realmente disfruto mirar el lago y escuchar rock.

Relatos cortos

Sobre la inexistencia del origen de tus sentimientos hacia mí


___¿Sabes? La idea de tenerte para siempre a mi lado no se va aunque la idea de que estoy convencido que no va a ser así haya venido con más fuerza.

___Hace poco te dije que “difícilmente puedo expresar mis sentimientos dentro de mi desconsideración”. Sí, qué frase tan inoriginal. La dijo Lennon. Quizá ni él se hubiera acordado de ella si estuviera vivo. Está en una de sus canciones, que también te dediqué (a veces quisiera no ser tan simplón, escuchando cancioncitas y mandártelas, fingiendo que las compuse en vidas pasadas pero que otro las hizo conocidas antes que yo).

___Soy desconsiderado. Soy egoísta. Soy inconveniente. Todos lo somos, no jodas. Sólo que a mí se me nota más porque no puedo escapar de mi verdadero yo, no como otros, aquéllos que tú citas y de quienes te enamoras en secreto. La diferencia que tengo con ellos es que a mí nunca me ha gustado decir idioteces sin sentido (mis idioteces tienen sentido; y cuando digo cosas sin sentido, no son idiotas). Ellos ponen en su perfil de Facebook que escuchan a Lady Gaga, Simple Plan y Coldplay. En verdad escuchan Limp Bizkit, Mago de Oz y El Grupo 5. Yo escucho The Beatles, Aerosmith, Lennon, Páez, AC/DC y The Doors. La manyas, ¿no? Pero claro, yo soy el anormal.

___No vas a estar conmigo para siempre, sospecho que lo sabes. Tu deseo de vida mainstream es incompatible conmigo mismo. Tú quieres una casa en la playa, comida saludable y música pop de fondo. Mientras eso pase, yo estaré encerrado en alguna cabaña en Nepal, escuchando nuevas mezclas nórdicas con rock y mis canciones progresivas con sonidos orientales extraños y algo de psicodelia que nunca cambiarán. Tú cambias, tu música lo hace, tus ideas, tus deseos, lo que sientes por mí. Yo no, nunca cambiaré. Por eso me preocupa que estemos juntos para siempre: mientras siga enamorado de ti, tú lo estarás de otro cada vez que cambie ese mainstream, cada vez que algo esté más de moda que yo.

___Por eso la idea de que no podemos estar juntos viene a mi cabeza con más fuerza. Aunque la idea de que estemos juntos para siempre no se vaya hasta que me anime a componer un bolero en alguna cabaña de Nepal, con un poco de whisky, y entonces (sólo entonces) encuentre la finalidad de amar: entender que el amor no existe.

Relatos cortos

Viaje al centro de la cosa esa que palpita en los pechos de la gente

        Esta es la última historia de amor. La que nunca se olvida, la que es el karma de la vida de los antepasados de tu corazón maltrecho. La que no cambia, la que te persigue, la que te deja un estigma del tamaño de una carta de despedida en el escritorio un sábado a medianoche. Ésta es la despedida.

        Salud. Por ti, por mi, por la vida. Por las historias de amor que no se olvidan, por el karma bendito ése, por los corazones maltrechos, por la persecución, por las cartas de despedidas, por los escritorios de medianoche, por las despedidas.

        No tengo un trago a la mano, pero tengo cigarrillos. No sé cómo se brinda con cigarrillos. Creo que se dice fumulud, no creo que se diga “salud”, porque el cigarrillo no es precisamente saludable. Quizá esté bien decir “cáncer”, por el futuro cáncer. Salud por el cáncer.

        Allá hay un poco de ganja, podría decir “buen viaje”, ¿entienden, no?, “buen VIAJE”, la alucinada… Bah, soy malo para las bromas ahora. No se puede esperar que un pseudoescritor sea gracioso en su última historia de amor ¿no? La que nunca se olvida, la que le dejará marca.

        Tiene que serse paciente con ese tipo de escritor, sobre todo con ese tipo.

        No te olvidaré, quizá tú sí. Quizá ya lo hiciste. Pero yo no lo haré por una razón en especial: nunca estuve con nadie más por tanto tiempo. Nunca creo estar con nadie más por tanto tiempo. Nunca tuve tanto tiempo para estar con alguien. O lo que es peor, nunca tendré tanto tiempo ni para estar con alguien que me dé tiempo o que me dé alguien con el suficiente tiempo para estar con tiempo. O alguien, alguien, alguien.

        Ese párrafo debe ser el efecto del viaje. No entiendo un carajo si lo vuelvo a leer. No importa, así son todos los escritos sobre historias de finales o de despedidas, o de tiempos, o de alguien, o de viajes.

        He aprendido mucho de ti. Te amé demasiado. Espero haberte enseñado cosas que te sirvan. No te olvidaré. Espera, eso ya lo dije. Te voy a recordar siempre. Te amé mucho, aprendí de ti, soy mal escritor, estoy drogado, etcétera, etcétera.

Relatos cortos

El ocaso de Chernobyl

Detrás de la pantalla de mi computador, todas las tardes, en la pared, se forma una curiosa sombra de luz (ya sé que no tiene sentido) que va reduciéndose mientras se entra la tarde. A veces tirita, a veces. Sus movimientos tembleques me recuerdan la inconstancia de la vida, el indeciso destino que juega con los planes y sentimientos torpes de unos individuos que caminan por las calles en jeans, pensativos o distraídos (uno nunca sabe).

Resulta que esa sombra rara va desapareciendo poco a poco y yo aún no me decido a escribir sobre su fugaz existencia en mi escritorio. Va desapareciendo como todas las cosas de esta vida, como nosotros mismos va desapareciendo. A ratos pasa un gorrión por la ventana y desaparece mi sombra por un instante, y paro la respiración, y se me detiene el pulso. No, sigue ahí, respiro de nuevo. Detengo mi existencia porque he descubierto que ella es importante en mi vida; porque no me he dado cuenta, pero me ha acompañado todas las tardes en que me sentaba a escribir sobre otras sombras; sí, le he sido infiel, pero ella sigue ahí, me demuestra su lealtad, y me hace sentir un crápula. Por eso me gusta mi sombra, porque es, a la vez, un espejo socarrón que me mira con una sonrisita.

No sé cómo, pero en un momento inesperado aparece cerca a mi sombra una araña concentradísima (quién sabe en qué; yo siempre he pensado que es muy arriesgado preguntarles a las arañas sobre sus cosas). Camina resuelta hacia mi sombra querida. Yo temo lo peor. Pero sólo me dedico a mirar. Aunque me angustio, tengo un gen voyerista que me sopesa. El diminuto animalito se detiene en el centro de ese espacio iluminado. Y mientras me fijo en el umbral horizontal tatuado en la pared de la casa de enfrente, que va subiendo poco a poco, escucho una risita escandalosa.

Sé que pronto desaparecerá mi sombrita, y sospecho que la araña también lo sabe. No puedo evitar ponerme a pensar en qué pasará cuando se vaya, en qué haré, qué será de mi vida (quizá me vaya a la Universidad).

Ya sólo quedan pocos centímetros de Almudena (sí, le puse nombre a mi sombrita). Yo siento que se despide, me dice que quizá vuelva mañana, a esta hora, más o menos. La araña se empieza a preocupar. Luego se desespera. Aunque sabe que vino a morir, los últimos segundos de vida siempre están llenos de arrepentimientos, y en el fondo se cuestiona si sería bueno abortar su misión. Pero ya no le queda escapatoria, pobre arañita, ya casi no queda nada de Almudena y desaparecerá junto con ella, el halo de luz se la llevará quién sabe a qué dimensiones alternas.

Empieza a oscurecer y muy tarde me doy cuenta que mi sombrita nunca volverá, que apareció sólo por la coyuntura de la posición de unas hojas de arbusto en la ventana, que están siendo podadas (y yo que le creí a Almudena, no debí escucharla, así son todas); y que la arañita era sólo una mancha en la misma ventana que igual está por desaparecer; y que yo soy un sillón reclinable que mira cómo desaparece la tarde en la pared verde que tengo enfrente.

Adiós, Almudena. Adiós, Beatriz.

Relatos cortos

Cuento apocalíptico para irse a dormir

En la tierra vive precariamente la raza de los escribas, condenada a extinguirse, y en el mar están las islas y los casinos, o sea los transatlánticos, donde se han refugiado los presidentes de las repúblicas y donde se celebran grandes fiestas y se cambian mensajes de isla a isla, de presidente a presidente, y de capitán a capitán.
El fin del mundo del fin, 
Julio Cortázar.

       Ella desaparece cuando se escuchan dos golpes metálicos y exuberantes en lo alto de esa catedral tuerta, a diez pasos de la casa amarilla. Pero vuelve a ratos, y vuelve cuando es de día, y cuando empieza la noche. A todos ratos vuelve. Un día de éstos se quedará (quizá lo único malo de eso es que ya no vuelva con la misma intensidad que tienen un millón de Soles en el quinto verso de una canción extraña, de hace tres décadas).

       Un cinco de abril de uno de esos años últimos, él le pide que se vayan juntos en una aventura marihuanera a tierras lejanas, cruzando el atlántico, entrando por las columnas de Hércules. Llegarán a un aeropuerto caótico con dos mochilas en hombros, mirados suspicazmente por agentes de la policía antidrogas, anti-diversión, anti-música setentera (pro-ruido cadencioso), anti-vida.

       Un ocho de abril alquilan un departamento en el último piso de un edificio en el centro de Madrid. A las cuatro de la tarde con doce minutos y cuarenta y tres segundos, acaban de fumar su primer troncho escuchando El amor después del amor, bailando chistosamente con los brazos arriba, pegados, mirándose fijo a los ojos, besándose, a ratos. Ella ríe, nunca le gustó fumar nada, es irónica la vida, nunca pensó que estaría así frente a alguien que conoció hace un par de semanas. Él la mira, nada más.

       A las cinco de la tarde con cuatro minutos, ellos suben a la azotea de aquél edificio madrileño, ya liberados y libertinos (pero sin excesos sadomasoquistas), haciendo piruetas como amagos de vuelo, cayendo luego pesadamente sobre el cemento mojado. Y garuaba y habían baobabs, pero también garuaba. Luego ella sacó una espada de pirata y lo amenazó bajo esas gotitas diminutas que caían sobre sus mejillas, bajo ese cielo gris, y le dijo q se quitara esa camisa verde que no le gustaba. De un momento a otro la espada desapareció (pero dejó una nota disculpándose por haberse equivocado de cuento, qué horror, tenía que irse rápido a Barcelona), y ambos rieron, mucho, mojados

       A las cinco de la tarde con veinticuatro minutos, exactos, se formó un agujero en el cielo gris y se veía un remolino de asas negras girando. Escucharon tres trompetas, cuatro, se tomaron de la mano, un señor bajito vestido con terciopelos tornasoles y sombrero chistoso anunció, con un jadeo angustiado, que lo mayas se equivocaron en su cálculo –contaron un par de años de más por culpa de una mancha de chocolate en el pergamino sagrado que tenían por culpa del sacerdote obeso que hacía las cuentas astrales– y que por lo tanto no se acababa el mundo el 2012, sino ahora; y que disculpen las molestias causadas, espera que sepan comprender que el aparato burocrático celestial no es tan perfecto como muchos dicen ¿saben?, y que pueden presentar sus quejas –si así lo desean– ante el despacho de asesoría jurídica a cargo de Jebús, horario de atención de Lunes a Sábado de nueve de la mañana a ocho de la noche.

Relatos cortos

Chorro de cigarrillos y cola de letras

       Me llamó a las seis y me dijo que nos encontraríamos al frente de una iglesia perdida en el pueblito al otro lado del río,  detrás del puente, a las nueve. Ella llevaría una bufanda ploma y yo le alcanzaría un girasol artificial cuando me preguntara de qué color era la noche.

       Bajé a la hora acordada, compré unos cigarrillos y encendí uno mirando el portón marrón que estaba debajo de una cruz brillante. La gente salía de una misa vespertina. En aquél parquecito los ratones corrían de arbusto en arbusto cruzando el paso de personas sin rumbo. Hacía frío. Algunos miraban la pose bohemia de ese sujeto que fumaba con el peso recargado en su pierna izquierda, mirando las estrellas. Otros pasaban de largo.

       Nueve y veinte, la gente ya se había ido, los ratones ya no corrían, las personas ya no pasaban y las estrellas seguían ahí, desafiantes. Él murmuraba algo inentendible pero literario, su mirada fija en el piso. Una hormiga cargó en sus hombros la colilla de algún cigarro extinto, al borde de sus zapatos. La brisa que arremolinaba su pelo le susurraba palabras de amor al oído al mismo tiempo que le helaba las orejas. Ella no llegaba. Y la flor de plástico iba marchitándose poco a poco.

       Tres cigarrillos, el vigilante de la iglesia cerraba las puertas y las rejas. Era un hombre pequeño, con sacón negro y un sombrero extraño. Y botas de jebe. ¿Llovía? Sí, no me había dado cuenta. Aquél sujeto me dirigió una mira serena, y me preguntaba si todo andaba bien. Yo le saludé con un ademán jipi, a la altura de mi frente. Él sonrió. El humo que salía de mi boca se confundía con las nubes, allá en lo alto, y tomaba la forma del rostro de ella, que no llegaba. Y de pronto se me olvidó de qué color sería la noche cuando me lo preguntara.

       Cinco para las diez, los acompañantes ya no estaban (las nubes ni el vigilante, ni su sombrero intrigante). Esa cruz de neón parpadeaba al compás de sus ideas musicales. Su garganta estaba reseca por el tabaco y le vino un bochorno en las mejillas. Sus fuerzas menguaban y se levantó pesadamente de la banca que ya tenía su forma. Caminó cansinamente hacia el puente y cruzó el río mientras su quinto cigarro se apagaba en sus labios.

       La esperé cinco cigarrillos, quizá no se los merecía. Mis piernas me pesaban y parecía que me hundían en el asfalto; al encuentro con la gravedad de este pueblo. Llegaré. Con las estrellas. Buscando un lago. El zumbido del río era aterrador. Y los faroleros olvidaron salir esta noche. Tiritaba de frío pero mis manos estaban calientes, siempre fue así. Mi paso aletargado, con las manos en el bolsillo, hacía desanimar la embestida de perros salvajes que se me acercaban.

       Llegó a su habitación y quiso jugar a la ruleta rusa. Tomó el revólver Remington del marco colgado en la pared y preparó el barrilete con un solo proyectil. Amartilló y apuntó directo a la sien derecha. Apretó el gatillo. (Tuvo suerte), la bala salió del cañón y se incrustó lentamente en su parietal.

       Él, recostado; su mirada, fija en la imagen en blanco y negro de John, Paul, George y Ringo en la puerta. Pasaron cinco minutos y se levantó, limpió la sangre de su cabeza y salió hacia aquél parquecito. Encendió un cigarrillo y siguió esperando.

       Recogieron el cadáver a las seis de la mañana. Esta vez sí llegaron a tiempo.

Relatos cortos

Blues siniestro

       Sombra rara, girasol ausente, pantalla invertida, espejo sincero (al extremo), corbata chueca, canción triste, celular apagado, aire comprimido, zapatos hondos (muy hondos), escaleras infinitas, cactus incomprensible, luna empañada empedernida, carrito roto, sillón reclinable disfuncional, tecla invisible, pelo enredado, uña grande, control sin pilas, bolsa ruidosa, halo melancólico, letras adictivas, círculo vicioso, religiones monoteístas, calles laberínticas fáciles, pasos mojados, manos asimétricas, trasluz refunfuñante, avenida inescrutable, gritos hirientes, golpes digeribles, adiós para siempre, brazo dislocado.

Relatos cortos

Love that had no past

La agarró de la cintura y acercó su cuerpo al suyo. Mientras la abrazaba por detrás, besaba (o intentaba besar) su cuello perfecto. Ella no lo rechazaba pero tampoco aceptaba sus besos. Era como tratar de excitar a la escultura de alguna diosa griega indiferente. Una diosa que no hablaba, pero que esta vez hizo una excepción:

–Ya no estoy enamorada de ti.

Él no respondió nada, no quiso pensar en nada. Sonaba Don’t let me down y la voz de Lennon ocupaba ese silencio desenamorado. Un silencio que Neruda no imaginó cuando escribió sobre ese silencio enamorado.

–¿Quieres que me vaya?

–¿Te quieres ir?

–No, pero creo que te molesta mi presencia

–Sólo vete si te quieres ir.

Relatos cortos

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