Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Divagaciones

Géminis

No sé si me equivoqué de nuevo. No sé si debí esperar más tiempo. No sé si ella me quiere o me quiso o si algún día lo hará, no lo sé. No sé si yo la quiero. No sé por qué estoy escribiendo a la una de la madrugada. No sé por qué escribo tantos “no sé”. Pasa que me fastidio de descubrir que todos los días tengo que empezar de cero, que cada vez que la veo tengo que conquistarla de nuevo, que tengo que robarle sus besos. Me cansé de que esté ausente cuando está conmigo. Cuando alcanzo algo en ella, cuando logro mirarla a los ojos y sentir que la quiero, cuando escucho un suspiro suyo, de ésos que me atan más (si acaso) a ella, y me siento entendido, cuando me dice que me quiere, y siento un avance, un paso más en lo nuestro; cuando pasa todo eso, me estrello con una verdad hiriente e inventada por ella al día siguiente cuando la veo tan lejos, tan ausente. Me cansé de despedirme de ella cada noche con un beso largo, con un abrazo, con miradas enamoradas y saludarla cada mañana como dos personas desconocidas, como extraños que recién se ven. Ya me cansé de hablarle a sus dos personalidades. Ella me abraza y me besa y me dice que me quiere. Su álter ego me quiere conocer pero me evita, me busca pero se aleja, me habla pero se calla. Me canso pero la quiero.

 

Quizá no deba publicar esto, ella sabe la dirección de mi blog. Creo que ya no me importa que sepa qué siento, creo que ya no me importa que la gente lo sepa, que piensen lo que quieran de mí. He perdido totalmente el interés de agradarle a la gente, de que tengan un buen concepto de mí (que no sería más que fingir algo que no soy). Ahora escucho música melancólica y sé que me hace mal, que me hará pensar cosas que no quiero pensar. Pero creo que si aumento esta agonía, se acabará más pronto. Aunque lo que siento por ella no se acabará, ahora he perdido las riendas de mi corazón: voy sin frenos hacia un incógnito desenlace. Ya no puedo controlar esto, es muy tarde, pero sí puedo no involucrarla. Puedo seguir con esto yo solo, y si tengo que morir, moriré solo. Y si a alguien haré daño, será a mí mismo. Sé que tengo que irme pero la quiero cada vez más y, siendo un egoísta yo, me costará mucho alejarme de ella. Me iré que, como dice la canción, he quedado con mi alma para pensar en ella. No sé si pueda hacerlo, porque cada vez que la veo se hace cada vez más parte mía. Es muy probable que la vea y olvide lo que escribo ahora, que olvide todo, que la abrace y que siga muriendo (literalmente) por ella: que me olvida y me recuerda.

Divagaciones

Te amo

Me pregunto si el Messenger le hace bien a una relación sentimental. Antes de que hubiera chat, de que se pudiera uno comunicar instantáneamente con otras personas, o con varias al mismo tiempo, de que hubiera mensajes de texto por celular, de que fuera tan fácil encontrarse con alguien en una ciudad no importa cuán grande sea, las personas tenían que conocerse lo suficiente como para estar seguros de entablar una relación seria con alguien, u algunos más (como suele suceder a menudo en esta época). Con Gabriela converso todos los días, como mínimo algo más o menos de dos horas, si acaso, porque también cuenta el celular -y eso es todo el día-. Me pregunto cuánto se conocían las personas antes. ¿Dos horas diarias estaba bien? Yo creo que era un poco mucho. Siendo realistas, casi nadie, por esos días, se hablaba con alguien por más de dos horas diarias, incluso ahora es poco probable. Yo hablo con Gabriela más que con cualquier familiar mío, creo que no conozco a nadie mejor que (o no hablo con nadie más tiempo que con) ella.Luego me pregunto si es suficiente dos horas diarias de hablar para estar lo suficientemente seguro de querer pasar más tiempo con esa persona. Ella me dijo que me quiere mucho, pero que para amarme necesita estar más tiempo conmigo, “no sólo esos segundos cada día.” Para mí, el amor es una metáfora o una escusa para diferenciar el cariño que se tiene hacia tu chica, o chico, del que se tiene por las demás personas a las que se quiere también, como la familia o los amigos. Creo que me queda claro, y si me equivoco no importa, que puedo decir a la persona con la que salga, no importa si por sólo un par de días, que la amo. Claro, uno no lo hace porque es así, porque es la costumbre. No se le puede decir a alguien que se le ama de buenas a primeras, pensarían que estás loco, o peor aún, que mientes descaradamente, y esa persona se asustaría y huiría de ti. Y me pregunto si yo huiría también, y no sé si lo hice un par de veces.

Una generación atrás, cuanto menos, a lo mucho que aspiraban las parejas era confiar y dar confianza al otro. Hablando claro, nuestros abuelos no conversaban dos horas diarias por el Messenger y de ahí recién decidían si se casaban. Pero mi relación con Gabriela está, si se le puede llamar así, y si cabe decirlo, y si ella piensa así (porque yo ya dije cómo pienso), en un período de prueba; estamos algo más que “saliendo”. Y, entonces, puedo llegar a la conclusión virtual de que no importa cuánto uno hable al día (y de ahí que pienso que nunca existe ese estado de: “conocerse lo suficiente”), y, por ende, entenderse, sino si es que aguantas a esa persona viéndola todos los días, despertarte con ella, ir de compras juntos, vivir juntos. Lo que llevaría a pensar que o el hablar con alguien no sirve para conocerse (que me parece falso), o que eso de conocerse para amar a alguien es un invento (que se nota más cuerdo).

Concluyendo, o no sé lo que es el amor (que creo posible), o la costumbre se equivoca y es la religión, y mucho más específicamente los religiosos, la o los que compele o compelen a toda la gente -a la que consideran, sin importar lo que piensan, sus “fieles”- a negarse a su naturaleza erótica, amatoria, ésa que, pienso yo, sirve mejor de fuente de felicidad que esos rituales histriónicos que viven todos los domingos, si no es diariamente, en los templos que llaman iglesias (lo que creo no tan improbable). Entonces, y a pesar de saber que ella leerá esto, o precisamente por eso, si no lo ha hecho aún, y sabiendo también que casi nadie lo leerá, o también precisamente por ello, diré lo que pienso: que esa idea de que una relación pasa por pasos (que no digo que sea una mentira absoluta) es algo tonta en algunos, sólo algunos, de sus aspectos. Por ejemplo, las categorías que supuestamente uno surca, cual explorador brioso, hasta llegar a la cima, que es el casamiento.

No me creo eso de pasar, como en un videojuego, por niveles como: salir, gustarse, quererse, amarse y casarse (si se puede considerar una forma más poderosa, o legal, o religiosa, de amar). Y no digo que es así como piensa Gabriela, yo estoy feliz y me parece maravilloso lo que estoy pasando con ella, y aprendí que con ella todo lleva su tiempo, está bien. Sólo que me parece una inutilidad negar lo que uno siente sólo por cumplir con esos “pasos” que están establecidos por no sé quién, pero que todos, o casi todos, respetan religiosamente. Por eso yo amo desde el comienzo, y si me equivoco, dejo de hacerlo y busco alguien más a quien amar (que quizá no suceda tan fácilmente). Y lo pienso: “Te amo”. Pero no se lo digo. Y esa persona quizá piensa: “Te amo”. Pero no me lo dice. Y así está bien, no me quejo.

 

Divagaciones

Sigue siendo ella

Me rehúso a escribir la entrada habitual cuando cosas como las que me pasan me pasan. Tendría que hacer una novela con todo lo que me ocurre con ella. Pero no quiero hacerlo, ya no. Creo que influye también mi decisión algo esquiva y reciente de no escribir más, de no contar nada que me traiga problemas. ¿Será mejor que la gente no me conozca?, digo la gente a la que me interesa caerle bien, con las que quiero estar, como ella; a la que no debí mostrar nunca esta página, pues me condena a serle sincero siempre. No es que no lo haya sido alguna vez, sino que hay cosas que es mejor guardarse para uno, algo que no hago en este blog, aunque no todo (obviamente) es cierto. Hace tiempo que no escribo y creo que lo noto en lo complejo que se me hace hacerlo ahora, ¿o será que la verdad se me hace difícil? Quiero decir todo lo que pienso sin sonar como un desadaptado, un excéntrico (no creo que lo sea) ni un sentimental (que sí lo soy). 

Ahora escucho canciones que me la recuerdan, que son melancólicas y que hablan de desamor, de pena. Todas se me hacen impropias, aunque, como dice ella, probables, uno nunca sabe. Me siento un tonto, un intolerable, un idiota, un poseído y un enojón. Todas esas personalidades caben en mí. No me gusta discutir con ella, por eso cuando me irrito, cuando me da rabieta, no le hablo, porque sería peor, echaría a perder las cosas. Ella me dice que me quiere, y una vez me dijo que no pensaba dejarme (un gran logro de alguien hacia mí). Todas las personas que conozco quieren dejarme, al menos por un tiempo. Por eso me veo dos meses al año con mis amigos del colegio, por eso me alejo cada cuanto de mis amigos de ahora, por eso trato de no quedarme en casa. Yo la quiero de verdad, y creo que le creo cuando ella me dice con los ojos que también lo hace, cuando me besa y lo repite, cuando estamos solos y pasa lo que pasa. O cuando me dice “que la ayude con un dibujo por favor” y hace que sonría. Yo siempre le responderé, no importa cuan enojado esté, cuanta desazón guarde en mí, tal vez sin ninguna razón.

Me he dado cuenta que nunca estoy muy ocupado para ella, incluso cuando no está conmigo. Todo se posterga cuando, de un momento a otro, me pongo a pensar en ella. Me he pillado más de una vez oyendo palabras incomprensibles del profesor como Tongo escuchando una obra en latín. Veo que hace mímicas, levanta los brazos, gesticula palabras improbables y camina de un lugar a otro, y yo miro pero no comprendo, estoy ausente. Pienso en ella y en lo que pasó un viernes, hace buen tiempo ya; lo que no pasó y no quiere que recuerde (me pidió que lo olvide pero no puedo). Sé que ella también lo recuerda, sé que lo que pasamos se apodera de su mente y no puede escapar, igual que yo. Pero luego de conversarlo convenimos en que no debemos darle mucha importancia porque sí, porque esas son las cosas que se acuerdan en conversaciones de pareja. Ella lleva las cuentas, no me quejo.

Ahora iré a dormir pensando en ella y en las cosas que vienen, aunque también quedamos en no pensar en el futuro, sino vivir el presente (que fue una proposición mía). Estoy seguro que volveré a soñar con ella y volveré también a olvidar mi sueño a los minutos, en el desayuno. Conversando con ella me doy cuenta que algunas cosas no tienen mucha relevancia y que a veces uno se hace un mundo de algo pequeño. Por eso la quiero, porque me muestra cosas que, solo, se me harían irrevelables. Y porque inventa, y me hace inventar, palabras coloquiales, frases divertidas y nuevas formas de decir las cosas, como cuando una vez le dije que ella era “inabandonable”.

Divagaciones

Divagación sobre la esencia del amor

A veces las cosas pasan tan deprisa… Y no sé si esto sea bueno o malo; depende de cómo las mires y qué sea lo que pase. A este sinfín de momentos y situaciones (porque, pienso, son todas las cosas que vivimos) no escapa el amor, que lo considero situación. Para mí, todo se reduce a esos dos aspectos: momentos y situaciones, y no sé si mi teoría es producto de un análisis y síntesis concienzudos de estudios, que es -a mi parecer- la manera correcta de lanzar una, o de un simple arranque repentino de decir algo para tener en qué sostener una propuesta impensada; quizá por una genialidad oculta en el sabio potencial que duerme en mi ello o por una casualidad lapicero-mano ayudada y condicionada por una hoja de estilo antiguo que me regaló mi abuelo y el lapicero del “Sheraton Lima” que apareció de pronto en mi escritorio. Pero a veces lo impensado resulta ser tan cuerdo…

Pienso al amor, a diferencia de muchas otras personas (que son casi todas las que conozco), como una situación que puede durar mucho o poco, y en el fondo eso no importa; que puede ser intensa o vana; que puede ser espontánea o nacida de asiduas repeticiones de pensar en la otra persona no gustándote al principio; que puede ser sana o morbosa; en fin, que puede ser buena o mala, o ¿mala o buena?; depende si el morbo es del agrado del señor lector. Depende, en suma, exclusivamente de la subjetividad cuál de las dos sea. Sí, pienso al amor como algo nunca íntegramente bueno; que, como casi todas las cosas de la vida (digo casi porque no las conozco todas, y ante la duda es bueno el indeterminado), esconde un lado oscuro o en algunos casos un lado bueno; en el supuesto de que se manifieste penumbroso, que es como lo hacen las obsesiones extremas, fanáticas. El amor es una suerte de Míster Hyde impersonal (el primer nombre lo escribo en español, siendo la frase susceptible de pronunciarse “míster jide”; que no es correcto, pero muy pocas veces escribo en inglés), porque nunca sabrás cuándo estallará ese lado perjudicial que quieres esconder; que intentas ignorar, y cuando aflore, controlará todo; sea para bien o para mal. Y en ambos casos da miedo; nuestro desasosiego ante el cambio es innato.

El amor es, también, todo lo que pienses que es. Así, si piensas que es una porquería, lo es. Y si piensas, como yo, que es esa relación pasajera que viviste hace sólo unos días y que no la considerabas tal, también lo es. Según lo dicho anteriormente, las pasiones, aventuras, agarres, maní-fugas (que deriva del choque-fuga; teoría inspirada en joder a un amigo de la promoción: “Maní”), trampas y demás peruanismos, serían amor. Y es que yo ya no sé lo que significan las palabras, de las innumerables formas en que puedes emplearlas, de lo difícil que es seleccionar cuál usar en qué casos. Prometo algún día explicar lo anterior con más tiempo, porque a pesar de que parezca que la razón de esa incertidumbre es la falta de un diccionario, aseguro que no la es.

Retomando el tema principal; ¿qué es el amor?, y trataré de no irme por otros lados, es que es una debilidad; hablo, leo o escribo acerca de alguna cosa y termino por otra, quizá por una curiosidad extralimitada sobre todo lo que existe (relativamente hablando) o por una manía aún no descubierta… ¡carajo!, lo estoy haciendo de nuevo. Ya, ahora sí; decía que a pesar de mi incertidumbre léxica, sigo creyendo con firmeza que el amor es cualquier ínfima relación (de pareja, de acercamiento, sexual o como quieras llamarla), estrictamente voluntaria, claro está, que tengamos con otras personas; preferentemente con el sexo opuesto, a no ser que tengas gustos homosexuales, lo cual tampoco es malo, pero no es mi caso (obviamente me estoy refiriendo al amor de pareja, no al amor en su totalidad; no te preocupes si amas a tu papá o tu mamá, este es otro tipo de amor, no hablo de ése).

Yo he tenido, por decirlo así, varias experiencias con el amor; claro que no muchas son triunfantes. Y puedo decir que cada vez que comienzo una nueva, pareciese que la anterior no era amor, que sólo esperaba ésta, la actual, y que sería la última (bueno, no todas las veces fue así; sólo en las más o menos serias). Pero también puedo decir que el amor es diferente en cada situación; ojo, no en cada momento. El momento es (lo entiendo) sincrónico; mientras que la situación es diacrónica. Digo que el amor puede ser diferente en cada relación y que esto no significa que en la anterior no lo hubo; es sólo que existen, ahora, diferentes factores que alteran el producto. De las dos posibilidades anteriores, me quedo con la segunda, quiero creer que es la segunda, porque no puedo pensar en que todas las relaciones que he tenido fueron un engaño, una mentira. Me resisto a pensar que mis recuerdos, muchos de ellos los mejores de mi vida, no sean de verdad, que son una ilusión.

Aunque cualquier persona pensaría que el tener numerosos enamoramientos o amoríos es muy bueno porque te dan experiencia, no es del todo cierto; lo que te dan es mayor fluctuación. Claro que no en todo sentido, el tener experiencia en el amor está bien, lo malo es tomártelo muy en serio y creer que lo sabes todo; que todas(os) son iguales y que puedes manejar a tu pareja actual como lo hiciste con la anterior y que todo irá bien, que no tienes por qué preocuparte porque, al fin y al cabo, sabes los trucos necesarios. Al final te das cuenta que esos tus trucos no sirven, caducaron, finito, chao. Cada persona es un mundo.

En el amor no hay formas, y todos tus conocimientos se ven preocupantemente limitados y te encuentras, como decía Heidegger, “yecto”; arrojado a una realidad que no conoces ni manejas. Es una atmósfera penumbrosa, engañosa. Yo, ciertamente, he vivido cosas así. Mis relaciones sentimentales, en las que están incluidos los peruanismos que mencioné, han sido, de una u otra forma, tortuosas. Desde mi primera enamorada en un verano de mi niñez hasta mi último acercamiento con una chica que no conocía mucho, el que parecía andar mal pero ahora que converso con ella me doy cuenta que no, he conocido numerosas personalidades, formas de pensar, de vestir, de hablar, de besar, de todo. Pero hay algo siempre presente; no se qué es. Será lo que dice una canción algo conocida (o ya no mucho): “…y la encontraré de nuevo; pero con otro rostro y otro nombre diferente y otro cuerpo, pero sigue siendo ella…”

Yo creo que para todos nosotros siempre hay y habrá esa “ella”, que, como a mí, nos perseguirá toda la vida, que estará presente donde menos nos la esperemos, y aunque nos pasemos de largo y no la tomemos en cuenta, regresará a torturarnos con recuerdos que no tenemos, con nostalgia inexistente. Esa “ella” es la esencia de nuestras relaciones, un flogisto amatorio del que no podemos escapar, a no ser que yo sea un Becher y algún Lamonosov o Lavoisier me desmienta y haga entender que estoy errado. Lo que consideraría muy provechoso para mi salud mental, para ponerle fin a esta quimera que me mata. Y si alguien piensa o sabe que ese amor fantástico, perfecto, que aparece en las películas, cuentos, fábulas y demás mentiras, existe, que me diga cómo encontrarlo; que, al parecer (utilizando una frase Bayliana con un pequeño cambio) renegó de mí por dudar de su dudosa existencia. En todo caso, agradezco cualquier ayuda.

Divagaciones
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