Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Sólo por un día

¿Sabes qué recuerdo? Los paseos. Los recuerdo todos. Todo el tiempo. No se me ha borrado ninguno. Todo este tiempo. Es increíble. Es increíble, de verdad.

Por ejemplo recuerdo que caminábamos por una calle con unos muros altísimos. No se veía nada más que aquellos muros. La calle era empedrada y larga. Siempre larga. Uno podía ver la esquina a kilómetros, era increíble. Tú eras increíble. En ese instante eras algo que no podía creer, te lo juro.

Te estuve viendo todo el tiempo que caminamos por aquella calle. Podría incluso describirte y la ropa que usabas y las ideas que colgaban de tu oreja izquierda. ¿Lo recuerdas? Traté de comérmelas mientras te susurraba algo al oído. Pero no podía, tú eras demasiado graciosa, no paraba de reír de las cosas que decías, de las frases sin sentido que te inventabas.

Ahora veo que era una trampa, era una ingeniosa trampa para que no me las comiera, ¿verdad? Eras tan lista. Yo siempre fui un tonto. Y tú te aprovechabas de ello.

También recuerdo que de un  momento a otro nos asustamos por unos disparos que venían del otro lado de uno de los muros. Nos asustamos muchísimo. Era como si las balas cruzaran sobre nuestras cabezas, como aquella canción que escuchamos en tu habitación esa misma tarde. ¿La recuerdas? Yo no había escuchado antes a Bowie.

Tú estabas llena de sorpresas. Siempre tenías algo para enseñarme. Yo siempre fui un tonto que se sorprendía por las cosas que me mostrabas.

Luego recuerdo otro día en el que caminamos casi toda la tarde por Santa Bárbara.

(Entre nos —sí, sé que si estás leyendo esto ya te habrás echado a reír porque usé esta frase que tanto odio y yo te odio porque eres la culpable de que no se me venga otra a la cabeza—, desde esa vez ya no puedo desvincular aquel barrio y su nombre espantoso, de novela mexicana, de ti. Sí, sé que no es precisamente un cumplido, pero quería decirlo ahora, sólo para que lo supieras. Algún día podría serte útil y lo podrías usar en mi contra, uno nunca sabe. Yo estaría encantado, desde luego.)

Recuerdo, como decía, esa tarde y la peligrosa carrera que me obligaste a hacer por esa calle empinada. ¿Cómo haces para correr tan rápido por calles empedradas? Ese otoño…, las calles empedradas nos perseguían. Estaban por todos lados.

Nunca creí decir esto: extraño las calles empedradas. Es gracioso, yo las odiaba tanto y tú te divertías tanto de mi odio infantil. Incluso en este momento podría inventar un recuerdo en el que te inclinas hacia mí y me acaricias la frente y tratas de peinar mi cabello alborotado y me susurras que todo estará bien, que sólo es una calle y que las piedras son inofensivas. Yo te tomaría de la mano y tú me guiarías camino a casa diciéndome cuáles piedras pisar y cuáles no.

Esa tarde terminé con mis pies molidos. No sé cómo tú no. Recuerdo el gran arco de piedra —qué fijación tenía la gente de ese pueblo con las piedras, por dios—, al final de la calle, en la cima, como una señal de triunfo, como una meta.

Es lo más cerca que he tenido una meta en mi vida. Yo suelo varar, voy sin dirección. Mi brújula se ha malogrado hace mucho tiempo, tú sabes. Sólo gira como loca y un día me señala un norte y al día siguiente otro norte y así. Estoy jodido, de veras. No sé si algún día sabré que hacer con mi vida o hacia dónde ir.

Mi recuerdo es sepia, como esta foto que te mando. En esos años, en los que se tomó la fotografía, quiero decir, la gente vestía bien raro, ¿no crees? Ahora entiendo por qué nos miraban raro, como dos extraterrestres medio locos y bulliciosos corriendo por aquella calle.

Mírala bien, incluso uno de esos sujetos, el de la derecha, el que está más hacia la derecha, sale volteando y mirando hacia nosotros. Sale como todo un idiota, no sabe posar para las fotos. Los demás sí: todos muy comedidos y falsos. A veces pienso que ese sujeto en verdad podía vernos. Créeme, a veces pienso que sí, que volteó a vernos, no estoy loco.

Tú siempre me has hecho sentir seguro. Y yo siempre he sido inseguro. Así que…, ya sabes, éramos el uno para el otro. Yo, por otro lado, te hacía sentir viva, gritabas y corrías como loca, nunca antes te habías sentido así de viva; lo cual era gracioso, porque yo también estaba muerto.

Pero no hablemos de eso ahora. Hablemos de nosotros en aquellos días. En aquellos días de esa fotografía. Mírala bien. Salimos corriendo calle arriba, escuchando de fondo esa canción que me enseñaste y que hasta ahora no la puedo borrar de mi mente: quiero contarte que ya lo he entendido, es la verdad, yo quisiera que pudiéramos nadar como los delfines; aunque nada nos mantuviera juntos, tú serías libre y yo contigo. Tú y yo corriendo hacia ese arco y el que llega al último es un huevo podrido.

Relatos cortos

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