Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

El ocaso de Chernobyl

Detrás de la pantalla de mi computador, todas las tardes, en la pared, se forma una curiosa sombra de luz (ya sé que no tiene sentido) que va reduciéndose mientras se entra la tarde. A veces tirita, a veces. Sus movimientos tembleques me recuerdan la inconstancia de la vida, el indeciso destino que juega con los planes y sentimientos torpes de unos individuos que caminan por las calles en jeans, pensativos o distraídos (uno nunca sabe).

Resulta que esa sombra rara va desapareciendo poco a poco y yo aún no me decido a escribir sobre su fugaz existencia en mi escritorio. Va desapareciendo como todas las cosas de esta vida, como nosotros mismos va desapareciendo. A ratos pasa un gorrión por la ventana y desaparece mi sombra por un instante, y paro la respiración, y se me detiene el pulso. No, sigue ahí, respiro de nuevo. Detengo mi existencia porque he descubierto que ella es importante en mi vida; porque no me he dado cuenta, pero me ha acompañado todas las tardes en que me sentaba a escribir sobre otras sombras; sí, le he sido infiel, pero ella sigue ahí, me demuestra su lealtad, y me hace sentir un crápula. Por eso me gusta mi sombra, porque es, a la vez, un espejo socarrón que me mira con una sonrisita.

No sé cómo, pero en un momento inesperado aparece cerca a mi sombra una araña concentradísima (quién sabe en qué; yo siempre he pensado que es muy arriesgado preguntarles a las arañas sobre sus cosas). Camina resuelta hacia mi sombra querida. Yo temo lo peor. Pero sólo me dedico a mirar. Aunque me angustio, tengo un gen voyerista que me sopesa. El diminuto animalito se detiene en el centro de ese espacio iluminado. Y mientras me fijo en el umbral horizontal tatuado en la pared de la casa de enfrente, que va subiendo poco a poco, escucho una risita escandalosa.

Sé que pronto desaparecerá mi sombrita, y sospecho que la araña también lo sabe. No puedo evitar ponerme a pensar en qué pasará cuando se vaya, en qué haré, qué será de mi vida (quizá me vaya a la Universidad).

Ya sólo quedan pocos centímetros de Almudena (sí, le puse nombre a mi sombrita). Yo siento que se despide, me dice que quizá vuelva mañana, a esta hora, más o menos. La araña se empieza a preocupar. Luego se desespera. Aunque sabe que vino a morir, los últimos segundos de vida siempre están llenos de arrepentimientos, y en el fondo se cuestiona si sería bueno abortar su misión. Pero ya no le queda escapatoria, pobre arañita, ya casi no queda nada de Almudena y desaparecerá junto con ella, el halo de luz se la llevará quién sabe a qué dimensiones alternas.

Empieza a oscurecer y muy tarde me doy cuenta que mi sombrita nunca volverá, que apareció sólo por la coyuntura de la posición de unas hojas de arbusto en la ventana, que están siendo podadas (y yo que le creí a Almudena, no debí escucharla, así son todas); y que la arañita era sólo una mancha en la misma ventana que igual está por desaparecer; y que yo soy un sillón reclinable que mira cómo desaparece la tarde en la pared verde que tengo enfrente.

Adiós, Almudena. Adiós, Beatriz.

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