Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Cuento apocalíptico para irse a dormir

En la tierra vive precariamente la raza de los escribas, condenada a extinguirse, y en el mar están las islas y los casinos, o sea los transatlánticos, donde se han refugiado los presidentes de las repúblicas y donde se celebran grandes fiestas y se cambian mensajes de isla a isla, de presidente a presidente, y de capitán a capitán.
El fin del mundo del fin, 
Julio Cortázar.

       Ella desaparece cuando se escuchan dos golpes metálicos y exuberantes en lo alto de esa catedral tuerta, a diez pasos de la casa amarilla. Pero vuelve a ratos, y vuelve cuando es de día, y cuando empieza la noche. A todos ratos vuelve. Un día de éstos se quedará (quizá lo único malo de eso es que ya no vuelva con la misma intensidad que tienen un millón de Soles en el quinto verso de una canción extraña, de hace tres décadas).

       Un cinco de abril de uno de esos años últimos, él le pide que se vayan juntos en una aventura marihuanera a tierras lejanas, cruzando el atlántico, entrando por las columnas de Hércules. Llegarán a un aeropuerto caótico con dos mochilas en hombros, mirados suspicazmente por agentes de la policía antidrogas, anti-diversión, anti-música setentera (pro-ruido cadencioso), anti-vida.

       Un ocho de abril alquilan un departamento en el último piso de un edificio en el centro de Madrid. A las cuatro de la tarde con doce minutos y cuarenta y tres segundos, acaban de fumar su primer troncho escuchando El amor después del amor, bailando chistosamente con los brazos arriba, pegados, mirándose fijo a los ojos, besándose, a ratos. Ella ríe, nunca le gustó fumar nada, es irónica la vida, nunca pensó que estaría así frente a alguien que conoció hace un par de semanas. Él la mira, nada más.

       A las cinco de la tarde con cuatro minutos, ellos suben a la azotea de aquél edificio madrileño, ya liberados y libertinos (pero sin excesos sadomasoquistas), haciendo piruetas como amagos de vuelo, cayendo luego pesadamente sobre el cemento mojado. Y garuaba y habían baobabs, pero también garuaba. Luego ella sacó una espada de pirata y lo amenazó bajo esas gotitas diminutas que caían sobre sus mejillas, bajo ese cielo gris, y le dijo q se quitara esa camisa verde que no le gustaba. De un momento a otro la espada desapareció (pero dejó una nota disculpándose por haberse equivocado de cuento, qué horror, tenía que irse rápido a Barcelona), y ambos rieron, mucho, mojados

       A las cinco de la tarde con veinticuatro minutos, exactos, se formó un agujero en el cielo gris y se veía un remolino de asas negras girando. Escucharon tres trompetas, cuatro, se tomaron de la mano, un señor bajito vestido con terciopelos tornasoles y sombrero chistoso anunció, con un jadeo angustiado, que lo mayas se equivocaron en su cálculo –contaron un par de años de más por culpa de una mancha de chocolate en el pergamino sagrado que tenían por culpa del sacerdote obeso que hacía las cuentas astrales– y que por lo tanto no se acababa el mundo el 2012, sino ahora; y que disculpen las molestias causadas, espera que sepan comprender que el aparato burocrático celestial no es tan perfecto como muchos dicen ¿saben?, y que pueden presentar sus quejas –si así lo desean– ante el despacho de asesoría jurídica a cargo de Jebús, horario de atención de Lunes a Sábado de nueve de la mañana a ocho de la noche.

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