Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Chorro de cigarrillos y cola de letras

       Me llamó a las seis y me dijo que nos encontraríamos al frente de una iglesia perdida en el pueblito al otro lado del río,  detrás del puente, a las nueve. Ella llevaría una bufanda ploma y yo le alcanzaría un girasol artificial cuando me preguntara de qué color era la noche.

       Bajé a la hora acordada, compré unos cigarrillos y encendí uno mirando el portón marrón que estaba debajo de una cruz brillante. La gente salía de una misa vespertina. En aquél parquecito los ratones corrían de arbusto en arbusto cruzando el paso de personas sin rumbo. Hacía frío. Algunos miraban la pose bohemia de ese sujeto que fumaba con el peso recargado en su pierna izquierda, mirando las estrellas. Otros pasaban de largo.

       Nueve y veinte, la gente ya se había ido, los ratones ya no corrían, las personas ya no pasaban y las estrellas seguían ahí, desafiantes. Él murmuraba algo inentendible pero literario, su mirada fija en el piso. Una hormiga cargó en sus hombros la colilla de algún cigarro extinto, al borde de sus zapatos. La brisa que arremolinaba su pelo le susurraba palabras de amor al oído al mismo tiempo que le helaba las orejas. Ella no llegaba. Y la flor de plástico iba marchitándose poco a poco.

       Tres cigarrillos, el vigilante de la iglesia cerraba las puertas y las rejas. Era un hombre pequeño, con sacón negro y un sombrero extraño. Y botas de jebe. ¿Llovía? Sí, no me había dado cuenta. Aquél sujeto me dirigió una mira serena, y me preguntaba si todo andaba bien. Yo le saludé con un ademán jipi, a la altura de mi frente. Él sonrió. El humo que salía de mi boca se confundía con las nubes, allá en lo alto, y tomaba la forma del rostro de ella, que no llegaba. Y de pronto se me olvidó de qué color sería la noche cuando me lo preguntara.

       Cinco para las diez, los acompañantes ya no estaban (las nubes ni el vigilante, ni su sombrero intrigante). Esa cruz de neón parpadeaba al compás de sus ideas musicales. Su garganta estaba reseca por el tabaco y le vino un bochorno en las mejillas. Sus fuerzas menguaban y se levantó pesadamente de la banca que ya tenía su forma. Caminó cansinamente hacia el puente y cruzó el río mientras su quinto cigarro se apagaba en sus labios.

       La esperé cinco cigarrillos, quizá no se los merecía. Mis piernas me pesaban y parecía que me hundían en el asfalto; al encuentro con la gravedad de este pueblo. Llegaré. Con las estrellas. Buscando un lago. El zumbido del río era aterrador. Y los faroleros olvidaron salir esta noche. Tiritaba de frío pero mis manos estaban calientes, siempre fue así. Mi paso aletargado, con las manos en el bolsillo, hacía desanimar la embestida de perros salvajes que se me acercaban.

       Llegó a su habitación y quiso jugar a la ruleta rusa. Tomó el revólver Remington del marco colgado en la pared y preparó el barrilete con un solo proyectil. Amartilló y apuntó directo a la sien derecha. Apretó el gatillo. (Tuvo suerte), la bala salió del cañón y se incrustó lentamente en su parietal.

       Él, recostado; su mirada, fija en la imagen en blanco y negro de John, Paul, George y Ringo en la puerta. Pasaron cinco minutos y se levantó, limpió la sangre de su cabeza y salió hacia aquél parquecito. Encendió un cigarrillo y siguió esperando.

       Recogieron el cadáver a las seis de la mañana. Esta vez sí llegaron a tiempo.

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