Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Archivo de Marzo, 2011

Chorro de cigarrillos y cola de letras

       Me llamó a las seis y me dijo que nos encontraríamos al frente de una iglesia perdida en el pueblito al otro lado del río,  detrás del puente, a las nueve. Ella llevaría una bufanda ploma y yo le alcanzaría un girasol artificial cuando me preguntara de qué color era la noche.

       Bajé a la hora acordada, compré unos cigarrillos y encendí uno mirando el portón marrón que estaba debajo de una cruz brillante. La gente salía de una misa vespertina. En aquél parquecito los ratones corrían de arbusto en arbusto cruzando el paso de personas sin rumbo. Hacía frío. Algunos miraban la pose bohemia de ese sujeto que fumaba con el peso recargado en su pierna izquierda, mirando las estrellas. Otros pasaban de largo.

       Nueve y veinte, la gente ya se había ido, los ratones ya no corrían, las personas ya no pasaban y las estrellas seguían ahí, desafiantes. Él murmuraba algo inentendible pero literario, su mirada fija en el piso. Una hormiga cargó en sus hombros la colilla de algún cigarro extinto, al borde de sus zapatos. La brisa que arremolinaba su pelo le susurraba palabras de amor al oído al mismo tiempo que le helaba las orejas. Ella no llegaba. Y la flor de plástico iba marchitándose poco a poco.

       Tres cigarrillos, el vigilante de la iglesia cerraba las puertas y las rejas. Era un hombre pequeño, con sacón negro y un sombrero extraño. Y botas de jebe. ¿Llovía? Sí, no me había dado cuenta. Aquél sujeto me dirigió una mira serena, y me preguntaba si todo andaba bien. Yo le saludé con un ademán jipi, a la altura de mi frente. Él sonrió. El humo que salía de mi boca se confundía con las nubes, allá en lo alto, y tomaba la forma del rostro de ella, que no llegaba. Y de pronto se me olvidó de qué color sería la noche cuando me lo preguntara.

       Cinco para las diez, los acompañantes ya no estaban (las nubes ni el vigilante, ni su sombrero intrigante). Esa cruz de neón parpadeaba al compás de sus ideas musicales. Su garganta estaba reseca por el tabaco y le vino un bochorno en las mejillas. Sus fuerzas menguaban y se levantó pesadamente de la banca que ya tenía su forma. Caminó cansinamente hacia el puente y cruzó el río mientras su quinto cigarro se apagaba en sus labios.

       La esperé cinco cigarrillos, quizá no se los merecía. Mis piernas me pesaban y parecía que me hundían en el asfalto; al encuentro con la gravedad de este pueblo. Llegaré. Con las estrellas. Buscando un lago. El zumbido del río era aterrador. Y los faroleros olvidaron salir esta noche. Tiritaba de frío pero mis manos estaban calientes, siempre fue así. Mi paso aletargado, con las manos en el bolsillo, hacía desanimar la embestida de perros salvajes que se me acercaban.

       Llegó a su habitación y quiso jugar a la ruleta rusa. Tomó el revólver Remington del marco colgado en la pared y preparó el barrilete con un solo proyectil. Amartilló y apuntó directo a la sien derecha. Apretó el gatillo. (Tuvo suerte), la bala salió del cañón y se incrustó lentamente en su parietal.

       Él, recostado; su mirada, fija en la imagen en blanco y negro de John, Paul, George y Ringo en la puerta. Pasaron cinco minutos y se levantó, limpió la sangre de su cabeza y salió hacia aquél parquecito. Encendió un cigarrillo y siguió esperando.

       Recogieron el cadáver a las seis de la mañana. Esta vez sí llegaron a tiempo.

Relatos cortos

Blues siniestro

       Sombra rara, girasol ausente, pantalla invertida, espejo sincero (al extremo), corbata chueca, canción triste, celular apagado, aire comprimido, zapatos hondos (muy hondos), escaleras infinitas, cactus incomprensible, luna empañada empedernida, carrito roto, sillón reclinable disfuncional, tecla invisible, pelo enredado, uña grande, control sin pilas, bolsa ruidosa, halo melancólico, letras adictivas, círculo vicioso, religiones monoteístas, calles laberínticas fáciles, pasos mojados, manos asimétricas, trasluz refunfuñante, avenida inescrutable, gritos hirientes, golpes digeribles, adiós para siempre, brazo dislocado.

Relatos cortos

Love that had no past

La agarró de la cintura y acercó su cuerpo al suyo. Mientras la abrazaba por detrás, besaba (o intentaba besar) su cuello perfecto. Ella no lo rechazaba pero tampoco aceptaba sus besos. Era como tratar de excitar a la escultura de alguna diosa griega indiferente. Una diosa que no hablaba, pero que esta vez hizo una excepción:

–Ya no estoy enamorada de ti.

Él no respondió nada, no quiso pensar en nada. Sonaba Don’t let me down y la voz de Lennon ocupaba ese silencio desenamorado. Un silencio que Neruda no imaginó cuando escribió sobre ese silencio enamorado.

–¿Quieres que me vaya?

–¿Te quieres ir?

–No, pero creo que te molesta mi presencia

–Sólo vete si te quieres ir.

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Brújula

       Mi casa mira hacia el sur. Y, sádicas, las flores blancas del comedor miran de reojo el entrecejo de mi perro vulnerable. Casi escucho su discusión divertida sobre lo verde que es el florero que compré ayer o cuán despeinado está mi cabello; pero los gritos lúdicos de Jorge Santiago me distraen del ejercicio paranoico que me ocupaba esta tarde.

       Hoy, mis palabras reflejan un oeste confundido. Y entre cada oración puedo ver ocasos parlanchines que me dibujan una sonrisa en el rostro. A veces se me viene una canción a la mente y puedo imaginarme tocándola en un conciertito setentero con una guitarra negra y blanca, con un poco de marihuana encima y lentes redondos negros –«I want you,/ I wan you so bad./ I want you,/ I want you so bad./ It’s driving me mad, it’s driving me mad.»–.

       Mientras tanto, yo camino todos los días hacia el norte; mi médico dice que es un buen ejercicio cardíaco. Ese caminito que ya conozco bien tiene, en sus paredes, fotografías de momentos felices que pasé con una lunática llamada Grayela. Y sus cosas están en las mías, y su pelo recoge las estrellas que ya no salen en esta estación del año, y la explicación de los eclipses la guarda en su diario.

       Pero Xavier Ernesto, egocéntrico él, tiene una especial fijación con el hiperactivo este. Cada vez que puede, corre a ofrecerle ladridos alegres y esperanzadores. Me gusta mucho esa imagen, la guardo siempre en la billetera que no tengo. A veces, cuando miramos desde el Huajsapata el cielo confundirse con el lago, en las tardes, como a las cuatro o cinco, me mira directo a los ojos por unos cuantos segundos, sereno, para luego correr sin dirección y hacerme asustar y reírse, a lo lejos, de su amigo incauto que lo espera parado en ese parque con su cadena en las manos.

       Mi vida gira en sentido de las agujas del reloj que no me pongo hace años. Y las cosas que vivo, y las personas que conozco, y los pedazos de mis días pseudomonónotonos hacen que no me extravíe mientras avanzo por mi caminito, o le tomo fotografías a mi perro, o miro a mi sobrino, o escribo cosas impensadas, o hable de esas rosas blancas que están existiendo en la cocina.

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