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Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Archivo de Febrero, 2011

La vida secreta de mi dedo meñique

       La vida es más simple en Puno etéreo. No hay que esperar molestosas horas en el tráfico infernal de otras ciudades para llegar tarde a los sitios a los que vamos. Aquí se llega tarde y está bien, pero es porque uno se detiene en el camino para disfrutar de un tráfico de nubes criptomorfas o de azules sangrantes en el cielo altiplánico que está cerquita para que conozcamos sus secretos.

       Y si se tiene problemas, no hay rascacielos a los cuales subir para fumar un cigarrillo, a solas. Pero tenemos un cerrito desde donde se puede mirar, ciudad en medio, un lago infinito de frases complejas azules; y nos fumamos la brisa intelectual que sentimos los que hemos despertado a un mundito bohemio oculto en medio de todo ese cemento.

       Aunque muchos historiadores digan que no, nunca nadie supo cómo ni cuándo nació esta ciudad. Pero en la plaza, un señor verde y erguido nos cuenta historias anaranjadas y centenarias sobre uros y atlantes –muy raras veces lo hace, y sólo a los que logren comprender el mensaje metafórico de las palomas que conviven con él–.

       Y en las tardes, siempre podemos llevarnos de souvenir una fotografía en blanco y negro de la catedral indescifrable y ocultamente bella. Y el jirón Lima es un paseo sobre figuras de danzantes que nos recuerdan que en febrero nuestras mentes ven más allá de las parafernalias católicas; y que, con un temple heredado, nos unimos, desafiantes, cada vez más a nuestra naturaleza tradicional.

       Al este, un puerto comprensible es la puerta hacia lo eterno, hacia un horizonte dibujado con tintes mitológicos. Uno siempre puede ir allí para liberar su alma y entregarse a un buen rock. Y del otro lado, una princesa milenaria lo recibe transformado en un blues citadino, a 3 822 metros sobre el uku pacha –en medio hay otro mundos incomprendidos, pero no es algo que le preocupe mucho al sujeto melenudo y genial sentado en el muelle intentando descifrar las pequeñas ondulaciones azules que mantienen una frontera imaginaria entre la vida y la muerte–.

       Y un puneño que tiene esas cosas alternativas que incomodan las ideas anti-excéntricas de los otros que conviven con él, siempre puede –con ayuda de cosas verdes– escribir, en un blog que casi nadie lee, cosas sobre una fotografía que utilizó en una historia anterior. Y se pregunta si reescribir una imagen y ponerle un título incoherente sea una buena idea.

Relatos cortos

Quédate con el escritor, no con el skater

       Como dice la canción, me quedan muy pocos caminos. Puede que haya llegado algo tarde, sé que lo quieres a él y que ya llevan un tiempo juntos. Sin embargo, sé, también, que no has mirado a través de mí –como lo haces con esos otros– cuando pasaba hoy por tu lado; que te distraje por unos segundos del amor intermitente que te ofrecía tu pareja; que pude mover con mis pasos, aunque sea sólo unos cuantos grados, el engranaje de tus pupilas.

       He llegado tarde, sé que lo hice. No obstante, pretendo competir contra tu tipo veloz en cuatro rueditas. Voy a darle pinceladas de arte a los malabares peligrosos que practica tu chico en el aire para regalarte un cuadro de sintaxis y amor que guardarás doblado en ocho en tu diario. Y entre cada salto sobre su tabla de madera, nos miraremos sin que se note. Y en las noches, te mandaré mensajes cifrados que él no entenderá y que te hablarán de mí, de la luna, y de tantas huachaferías que escribieron otros; sólo que esta vez serán ciertas, porque es verdad científica que tú eres de la Luna y que yo te miro. Y tú guardarás esos mensajes que yo tampoco entiendo porque las cosas que pienso son casi tan complejas como lo que siento por ti.

       Cuando él te dedique una pirueta en las gradas de la plaza, yo te hablaré del misterioso número cuatro del reloj de la catedral y de su relación con un bisabuelo tuyo que lideró una rebelión de pumas y cóndores que ahora vigilan esta ciudad desde unos cerros incomprensibles y psicodélicos. Y si él atraviesa, temerario, obstáculos mortales hacia ti para impresionarte, yo te llevaré –usando como escalones unos cuentos antiguos míos– hasta una nube amarilla y multiforme que nos llevará –mientras escuchamos Here comes the Sun– a una tierra de hombrecitos azules que trabajan en un regalo que les encargué para ti.

       Pero existe la posibilidad de que él, obstinado, nos separe y robe tu atención con la prueba insuperable de saltar –haciendo giros de 80 grados parado de manos y todas esas ridiculeces– desde el Huajsapata hasta el Titikaka, para que veas cuánto te quiere. Yo, mientras tanto, te escribiré la historia de un chizito suicida que bajó con su skate de un cerrito informe en una aventura por la ciudad hasta llegar a la orilla de un lago donde un niño regordete se lo comió. Y le pintaremos una sonrisa a la estatua de Manco Cápac en aquél cerro para que la gente recuerde la divertida historia cuando vean que señala, alegre, el camino del chizito. Y tú también te reirás y te quedarás conmigo y nos iremos a pasear con mi perro y mi brazo dislocado por parques impensados.

Relatos cortos

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