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Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Archivo de Agosto, 2010

A donde voy no necesito un diccionario

 

         Maricones, putas, lesbianas, doctores (en lo que sea), obreros, abogados, médicos, zapateros, abogados putas, obreros lesbianas, doctores maricones, zapateros abogados, y otras permutaciones incluso más interesantes, se han apostado en la parte baja de la ciudad a ver si el peso de sus indiferentes personalidades inclina el cemento altiplánico resquebrajado hacia el lago verde y azul. 

        Yo, aunque soy un poco de todos ellos, he rehusado  la invitación a unírmeles porque siento otro llamado, escucho, en mi psicodélica y pastrula cabeza, voces incitándome a la vida, a la libertad y libertinaje egoístas, a un hedonismo genial, a una rascada de panza demasiado relevante como para considerar siquiera formar parte (aún más e incondicionalmente) de ellos. 

        Lo hicieron en tres intentos. Ensayaron dos veces esa lúdica e insoportablemente  sincera manifestación de unidad. El primer intento consistió en una especie de simulacro adoctrinador de cómo deberían comportarse los ciudadanos cuando en realidad lleven a cabo tal azarosidad. Esa estúpida azarosidad. El segundo ensayo fue incluso más huachafo; tomáronse la molestia de confabular las más ruidosas máquinas de esta parte del mundo. De esta estúpida parte del mundo.

        Se escucharon sirenas aturdidoras, policías gritones (y también maricones, sospecho), motores cochambrosos, llantos infantiles (que en verdad fueron instigados maquinalmente) y las palabras politiqueras de las autoridades reunidas en la plaza mayor (palabras inoportunas e incongruentes) respecto de cuán bien nos iba en la maniobra que ocupaba a la ciudad entera.

        Hoy, mientras escribo, indiferente, lo que veo mientras insisten en el llamado a que me les una, se sigue escuchando la frase monótona del presidente regional en los altoparlantes que el obispo, de muy buena gana, aceptó instalar en los campanarios de la catedral: «esto no es un simulacro, llevar a cabo lo ensayado». 

        Algunos me extienden la mano, estiran lo más que pueden sus dedos burgueses. Quizá tengan buena intención al hacer tal ridiculez. Yo sólo me dedico a mirar, no hago más. Los miro mientras pienso en lo inútil de su existencia. No quiero replicar, ya no me interesa tratar de convencerlos de la inmadura decisión que han tomado, de lo vano de sus haceres.

        Me gritan, me dicen que soy un tonto. No me dicen nada nuevo, soy un tonto, pero feliz, al menos. Me insultan, cuando ven que no pueden persuadirme, me insultan, me aúllan adjetivos encantadores, comedidos, urbanos. No saben insultar siquiera, he comprendido que son inútiles multidimensionales. Los tontos también son ellos, a veces la democracia pide cosas imposibles.

        El piso gris de la plaza comienza a partirse, se hace una rajadura entre ellos y yo que va aumentando de tamaño peligrosamente. Sólo cuando mi piso baja me doy cuenta que estuve por unos minutos arriba, que mi insignificante personalidad sucumbió al peso de la de todos ellos. Después de todo es divertido ver las caras extravagantes y los gestos exagerados de todos ellos.  La grieta ya es enorme, mi situación ya es insalvable.

        Me hundo con toda esta parte de la ciudad, con las casitas multicolores de tejas chistosas, con las iglesias a las que nunca fui, con el colegio al que no debí ir tanto, con el cerrito informe que está al costado de mi casa, con el parquecito descolorido que tiene una pileta que nunca funciona, con el cactus incomprensible que creció en la pared de la casa de enfrente.

        Mientras todos sienten lástima por mí, mientras algunos hipócritas rezan salmos en mi favor, una paloma me canta al oído I am the walrus y me siento mejor. Me siento bien porque, al final de todo, le hago caso a las voces jipis que me traen ese mensaje metafórico y genial: sé feliz, sé hedonistamente feliz. La gente no me comprende, me miran raro, ven una figura inmutable erguida lista para su muerte. Ellos se salvan.

        Yo, inentendiblemente, sigo mirando la luna.

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