Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

El poderoso caballero en la vida de Agustín Parra

Lo cierto es que el panorama había cambiado: el padre murió, la madre se quedó sin empleo, los abuelos sobrevivían a las justas, y a él, bueno le correspondía menos mensualidad de la madre. Lo poco que le daba apenas le alcanzaba para los gastos de la universidad; se había privado de comprar libros (tanto de derecho y de literatura, que eran los que más le gustaban), sería autodidacta. ¿Quién necesita lo que dice en los libros? Sólo repiten lo que uno ya sabe. Mentía, lo sabía. Los libros fueron todo en su vida; le hicieron ser lo que es ahora.

Cuando estaba solo, esto es que no tenía pareja, podía estar sin gastar un centavo por mucho tiempo, incluso perdía la cuenta de las semanas o meses. Esto le encantaba, creía que la felicidad, el edén, estaban en no utilizar el dinero para nada. Era una especie de liberación espiritual. Se sentía más libre, más humano, más hombre, cuando no gastaba nada da plata. Encontraba bonito caminar en vez de tomar el colectivo a donde tuviera que ir. A veces cruzaba la ciudad ida y vuelta y llegaba fatigado a casa, pero feliz. Cada centavo no gastado le hacía sentir realizado.

El amor, ese de pareja, de noviazgo, es caro. Aunque uno se tiente a especular, se satisfaga (o consuele) de algún modo, pensando (y diciéndoselo uno mismo, una y otra vez para autoconvencerse) que es desinteresado, innecesario de dinero, “desmaterializado”, en el fondo está la vocecita ésa, que casi todos ignoramos, recordándonos que nada de lo que queremos creer es cierto. No sé si se dan cuenta que cuando hay problemas de dinero las parejas siempre pelean. ¿Casualidad? No, el dinero funciona como un “aceite” que hace que todo fluya con normalidad, que los engranajes del amor se deslicen, grasosos, suavemente.

Desenlace: véase el último párrafo.

Inexplicablemente nublada, pues nunca fue así, la tarde del día siguiente se le presentaba a través del balcón del estudio donde trabajaba ya casi un año. Ese sábado entró por la puerta angosta que conduce a unas escaleras en caracol hasta esa oficina melancólica decidido a no hablar ni una sola palabra. Sólo se limitaría a poner música y contestar las llamadas de la gente que pide sus canciones. Sólo eso, un trabajo relativamente fácil; claro, sin considerar que el teléfono está casi malogrado y tiene que adivinar el nombre de la canción que le gritan cuando pide que repitan “fuerte y claro”, o esperar a que el interlocutor cante una parte de la melodía porque no recuerda el nombre.

Ser locutor de radio no es precisamente una forma de ganarse la vida, pero ¿qué vocación la es? No se gana bien, vamos, no se gana nada; es algo sacrificado, se tiene que estar de buen humor aunque se esté de un humor de perros; es estresante; un poco monótono, bastante monótono; pero, al final, vale la pena. Tú decides, imperativamente, de manera despótica, que quizá sea lo único imperativo o despótico que hagas en tu vida, qué van a escuchar las personas que tienen una radio. De alguna forma estarás mandando en su vida, tendrás el control, aunque pasajero, de sus oídos, de un pedazo de su existencia, habrás dominado un poco de su tiempo de vida; aunque esto signifique que cambien el dial.

Aparte de todos esos “ajes de oficio”, no había nada más que lo perturbara en su decidido intento de psicoanálisis esa tarde. Estaba solo en ese piso antiguo cerca al centro de la ciudad con una cajetilla de cigarrillos en su mano izquierda y un balcón colonial apócrifo al frente. Se paró y avanzó para ver el cielo gris que sería su conversador esta vez.

La sensación que le causa tener los bolsillos vacíos y pasarlo bien es fabulosa. Esas canciones se ponían cada vez mejor; al parecer había muchos melancólicos en esa ciudad, y la gente que llamaba pedía cosas suaves, enamoradas, declarativas, fumables. “Le pedí que se quedara pero ella no escuchó./ Se fue antes que tuviera la oportunidad de decir/ las palabras que enmendarían las cosas que se rompieron./ Pero ahora es demasiado tarde, se ha ido.” Maroon 5 estaba sin duda entre sus grupos favoritos ahora. Qué bueno que alguien más se tome el trabajo de decir las palabras que nos da flojera ingeniar, aunque estén en inglés.

Último párrafo: la enamorada lo dejó. Esto le dolió particularmente porque había pensado, tonto él, que todo lo que gastaba en ella era desinteresado y era así como lo asimilaba ella. Que si no gastaba era igual a si gastaba, que esto era secundario, que ella lo pasaba bien con él porque estaba con él. No, lo pasaba bien porque estaba de por medio el dinero de él. ¿Se imaginan el tremendo cambio de atmósfera que vivió este tipo? De la soledad espiritual, misia, encantadoramente austera, a la angustiante compañía con el trajín de hacer algo diferente cada día para que la “rutina” no acabe con la relación.

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