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Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 
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Archivo de Agosto, 2009

22 de mayo, 7:02 pm.

Permaneció sentado en el mismo lugar donde habían conversado esos temas tan difíciles que nadie se atreve a hablar por casi una hora. Aún recordaba sus ojos al despedirse, esos dos munditos inquietos y vivarachos pero que ahora se inundaban de tristeza, ¿o sería rabia?, por cosas que a veces uno inventa. Alonso no se explicaba por qué las cosas tienen que ser tan difíciles, por qué uno no puede hacer lo que quiere sin consecuencias, sin tener que medir una posible respuesta de algún karma ensañoso que seguramente lo sigue desde toda su vida. Gabryela (sí, así se escribe) a veces dice cosas sin sentido y se contradice otras no pocas. Él siempre fue tolerante, mucho, demasiado, y quizá por eso se aprovechaban algunas personas que le conocían ese defecto.

Como estudiante de leyes, y ahora sí le gustaba que se lo recordasen, le importaban más otros asuntos que estar prestando atención a las cosas que hace la gente, a esas intrascendencias que le gustaba ignorar. Una de ellas era que se burlen de su nariz; “cosas de chiquillos”, decía. Él siempre dijo que estaba por encima de todas esas inmadureces, incluida alguna que era marca en su vida y que su familia no le recordaba, hasta que, ebria, una de sus tías le entró, valiente, al tema. Alonso respondió lo que pensaba: “Yo soy más que la suma de mi pasado y mi futuro. A estas alturas de mi vida me importan otras cosas que considero trascendentes: una es mi carrera y la otra es ir al baño.”

La respuesta del “montoncito”, ahora un “montón”, ya crecido, le dejó un reconocimiento nunca antes escuchado y una admiración apologética, de su tía, llena de palabreos y redundancias. Celia no podía creer que ese tema le importara tan poco a su sobrino sufrido y medio huérfano. Primero sorprendida, y luego conmovida, se soltó a llorar y a decirle, inentendiblemente, quizá por el alcohol, quizá por el llanto, que su forma de pensar la vida y esos golpes que a uno le cuesta franquear (ya no a él) la llenaba de orgullo. Le propuso que hablara con su hijo en unos años para que le cuente cómo superó eso que a ella se le hacía tan difícil. Diego, el primo de Alonso, viviría lo mismo en poco (si no lo había hecho ya) pues le empezaba a preguntar por su papá. El futuro abogado le dijo que encantado (por dentro también se sorprendía de lo fácil que le parecía no importarle su padre, que no lo vio crecer ni estuvo en sus momentos difíciles, ni lo llevó de vacaciones a la playa, ni fue a su graduación; momentos que sí había sufrido un poco en su momento; inexplicablemente no en su adolescencia), y se preguntó, abstraído, si no se había convertido en un insensible.

Este capítulo, memorable, se le vino a la mente un poco antes de pararse y marcharse de aquel lugar, al frente de una iglesia híbrida (por lo que representaba y por lo que la gente que habitaba ese pueblo mítico creía que representaba), y caminar como le gustaba hacerlo: meditabundo. Sólo se le vino a la mente una canción de Alejandro Sanz, nada más, ninguna solución a su problema, y reconoció que en efecto es difícil sentir y vivir. ¿Por qué llegaban esas semi-peleas con Gabryela? ¿Acaso luchaba contra la corriente y era mejor dejarse de ver? Ella se lo había propuesto un par de veces, aunque de inmediato sus comportamientos hacían entrever que no hablaba en serio, que no lo quería así y que lo amaba como antes; como él la amaba a ella aunque no podía demostrarlo ¿o no estaba seguro si sentía eso en verdad? Creyó que nunca lo supo, que nadie lo sabe, que el amor es un invento, como dios.

Era de locos el sólo hecho de pensar que algún día podría abandonar a Gabryela, la chica que le despertó tantas emociones, sentimientos, reacciones, sensaciones, y demás cursilerías que estaba encantado de sentir porque le demostraban que era humano, como los demás, y no un mueble que creyó ser toda su vida. Nunca la abandonaría; era como dejar de ser quien era, ¿qué sería después?, sólo vacío, espacio, un miedo infinito y angustia inexistente. Alonso no quería ser ni vacio ni espacio ni miedo ni angustia ni nada; sólo seguir siendo él y seguir, por lo tanto, estando con ella. Él casi nuca dice mentiras, mucho menos a ella; es por eso que cuando fluctúa no le afirma ni niega algo. No todo el mundo entiende que a veces no se tiene ganas de hablar, no se le puede reclamar eso a todos; el egoísta (así se llamaba Alonso) tenía que aprender de una vez a exigir a cada uno lo que puede dar, como el rey que habitaba uno de los planteas que visitó “el Principito”: el primer libro que leyó.

Sólo necesitaba un tiempo, no mucho, para pensar en si lo que hacía estaba bien, sintió miedo. Se le vino el recuerdo de esas tantas ocasiones que le pareció sentir lo mismo. No podía ser, no con Gabryela. No había razón para que pasara, no le cabía en la cabeza esa posibilidad: estaba claro que sería una estupidez dejarla. Se sintió enfermo y sospechó que no tenía cura; el tiempo que se pensó sano había sido una ilusión, un espejismo que algunos llaman amor. Se odió y se insultó. Ese Mr. Hyde que tanto quiso ocultar, eliminar, desaparecer de su vida, amenazaba con aflorar, con destruir eso que había construido con ella. No era divertido tener dos personalidades, ser tan inconstante. “No creo que lo entienda”, se dijo, la comprendería si no. Ni él mismo comprendía lo que le pasaba en la cabeza… ¿la amaba y también no?, necesitaba un psiquiatra. Pero la amaba, más que nunca.

 

Relatos largos

Géminis

No sé si me equivoqué de nuevo. No sé si debí esperar más tiempo. No sé si ella me quiere o me quiso o si algún día lo hará, no lo sé. No sé si yo la quiero. No sé por qué estoy escribiendo a la una de la madrugada. No sé por qué escribo tantos “no sé”. Pasa que me fastidio de descubrir que todos los días tengo que empezar de cero, que cada vez que la veo tengo que conquistarla de nuevo, que tengo que robarle sus besos. Me cansé de que esté ausente cuando está conmigo. Cuando alcanzo algo en ella, cuando logro mirarla a los ojos y sentir que la quiero, cuando escucho un suspiro suyo, de ésos que me atan más (si acaso) a ella, y me siento entendido, cuando me dice que me quiere, y siento un avance, un paso más en lo nuestro; cuando pasa todo eso, me estrello con una verdad hiriente e inventada por ella al día siguiente cuando la veo tan lejos, tan ausente. Me cansé de despedirme de ella cada noche con un beso largo, con un abrazo, con miradas enamoradas y saludarla cada mañana como dos personas desconocidas, como extraños que recién se ven. Ya me cansé de hablarle a sus dos personalidades. Ella me abraza y me besa y me dice que me quiere. Su álter ego me quiere conocer pero me evita, me busca pero se aleja, me habla pero se calla. Me canso pero la quiero.

 

Quizá no deba publicar esto, ella sabe la dirección de mi blog. Creo que ya no me importa que sepa qué siento, creo que ya no me importa que la gente lo sepa, que piensen lo que quieran de mí. He perdido totalmente el interés de agradarle a la gente, de que tengan un buen concepto de mí (que no sería más que fingir algo que no soy). Ahora escucho música melancólica y sé que me hace mal, que me hará pensar cosas que no quiero pensar. Pero creo que si aumento esta agonía, se acabará más pronto. Aunque lo que siento por ella no se acabará, ahora he perdido las riendas de mi corazón: voy sin frenos hacia un incógnito desenlace. Ya no puedo controlar esto, es muy tarde, pero sí puedo no involucrarla. Puedo seguir con esto yo solo, y si tengo que morir, moriré solo. Y si a alguien haré daño, será a mí mismo. Sé que tengo que irme pero la quiero cada vez más y, siendo un egoísta yo, me costará mucho alejarme de ella. Me iré que, como dice la canción, he quedado con mi alma para pensar en ella. No sé si pueda hacerlo, porque cada vez que la veo se hace cada vez más parte mía. Es muy probable que la vea y olvide lo que escribo ahora, que olvide todo, que la abrace y que siga muriendo (literalmente) por ella: que me olvida y me recuerda.

Divagaciones

“muss es sein?”

De un lado está ella: Grecia. La conozco de vista desde hace como un año, antes no me gustaba, no tanto. Comenzó como un juego; yo estaba decidido a buscar y encontrar alguien que me diera cierta seguridad, constancia, estabilidad emocional; ésa que ya hacía falta en la vida tan desordenada e impredecible que llevo. En la búsqueda la empecé a ver de una forma que no lo había hecho: no había notado esa ternura en su rostro. Estaba ahí, y yo, como un tonto, me pasaba de largo. Ahora lo lamento. Pasa que me canso de ser un inconstante, un vivalavida, hago el repaso de mis relaciones y, haciendo las cuentas, caigo en que en ningún caso duré más de tres meses (fueron raras las veces). Ya no quiero esta vida, ya no es para mí, al menos por un tiempo. Grecia es el tipo de mujer que le gustaría a cualquiera, o al menos cualquiera como yo: algo pasible, loco irracional, intelectual huachafo, idiota ególatra, ermitaño resignado, dependiente de amigos, alegre, triste… Ella encaja en todo, con todos. No es como yo, que me siento extraño a donde vaya, con quien esté. Me gusta su forma de ser, su mirada, su voz, su sonrisa; tanto cuando me mira, me habla o me sonríe como cuando no, cuando sus ojos me esquivan, cuando simulan no verme. No sé explicar qué me atrae de ella, tiene un no sé qué que me llena de ganas de mirarla por horas, de dibujarla con una rosa, de buscar la explicación de su rostro con las manos, de retratarla y guardarla, como a una escultura hecha de una sustancia inventada sólo para ella, en una vitrina por si se me deshace.

De otro lado está Ana Claudia; es un poco menor que yo, un poco más de lo normal, es muy linda y no sé por qué parece que le intereso. La conozco de vista también desde hace un año, siempre me llamó la atención, siempre me interesó y soñé una vez con ella. Era una ilusión, un platonismo; de ésos de colegio. Era mi salida ideal a la monotonía que llevaba, al aburrido fin de semana acostumbrado, al poco tino de encontrar alguien con quien pasarlo bien, a la mira fallada y poco efectiva que tenía y que se desgastaba, la que en mejores tiempos me dio esa vida promiscua que todos buscan y que los que la tienen se cansan. Ella es del tipo de chica que algunos dirían que no tienes que pensarlo tanto e ir y seguirla. Es todo lo anterior y un poco más. Pero hay algo que siento dentro que no es solamente lo anterior, hay algo más; creo que también me gusta mucho, no sólo físicamente, sino también espiritualmente; ella me da una paz y a la vez un nerviosismo que no creo haber sentido antes. Ella es ella y un poco más. Ana Claudia me mira cada vez que nos cruzamos por la calle y sus ojos me derriten y me llenan de ganas de ir corriendo a su encuentro y abrazarla y besarla hasta el hastío. Aunque sé que nunca pasará, nunca me cansaré ni de verla ni de besarla. Es un amor prohibido y quizá es eso lo que más lo alimenta. Estar con Ana Claudia sería grandioso, pero, a la vez, una gran congoja por no estar con Grecia: por tener que elegir entre una de las dos.

Grecia y yo salimos ya una vez. Fue una noche inolvidable. Las primeras citas normales están llenas de preguntas, de información intercambiada sobre la vida de cada uno. La mía con ella fue un poco más simple: fuimos a una tocada con unos amigos y amigas más. Recuerdo que ese día estaba resignado a no verla, la había esperado por casi una hora en la puerta por donde sabía que pasaría. El cielo nublado, y la atmósfera gris que propiciaba en las calles, y el horizonte perdido y nostálgico que se vislumbraba como receloso ayudaban a la inminente tristeza que me llenaría al no verla llegar. Esa tarde le diría por primera vez un hola pausado, mirándola a los ojos y esperando una conversación improvisada. Le diría que me interesa mucho pero con la mirada solamente; no quiero que piense que muero por ella, no aún. Sería el primer gran paso; de saludarla apenas al cruzarnos en algún lugar insospechado a darle un beso en la mejilla y oler su perfume a diario. Una gran empresa, una que debe ser bien planeada, que tiene que salir bien.

La tarde se entraba e intuía una tormenta aproximarse. Soplaba mucho el viento y hacía insoportable la armonía que conseguí con mi pelo al menos por cinco minutos. El intento de peinado que me hago todas las mañanas se pierde de inmediato al salir de mi casa con el inhóspito e intolerable viento que hace en esta ciudad. Ya empezaba a ponerme de mal humor. De pronto, la veo llegar, pero no está sola, un tipo no tan alto, de aspecto bobalicón y múltiples agujeros en el rostro que revelan una muy grasosa adolescencia, la acompaña. No pude contener mi desagrado, mi ofuscación. ¿Qué hacía Grecia acompañada por un tipejo que, a leguas, se nota que busca más que una simple amistad? Me sorprendió más al verla irse con él no sé a dónde. Luego de unos minutos yo también me fui por el camino donde los vi perderse, aunque estaba convencido de las pocas probabilidades que tenía de encontrarlos.

Jugaba en mi mente con las formas en que podría deshacerme de él: llegar y darle un mochilazo en la cabeza y desmayarlo o decirle que su casa se está incendiando o escupirle hasta que se vaya o decirle a la gordita desesperada de la esquina que él está enamorado de ella y que, como es tímido, quiere que ella se le acerque o contratar una chica para que le haga un escándalo en la calle simulando ser su novia o decirle al policía gorilón que vi caminando que este esperpento dijo que era gay porque su pantalón militar le ajustaba la entrepierna. Todas son tontas, irreales. Me pregunto si podré madurar. De pronto, al llegar a una esquina, la veo conversando con aquel adefesio. Mis amigas me instigan a acercármele pero mi lado cobarde es más fuerte. Ellos rodean la vereda, nosotros los seguimos, ya estaba resuelto: nos encontraríamos del otro lado y le diríamos si quiere ir al concierto de la noche con nosotros. No creo que acepte. La vemos, Romina se acerca, no logro escuchar la conversación, ¿Qué hago aquí, no soy yo el interesado? Me acerco, la saludo. “¿Tienes planes para la noche?” le pregunto. “No, nada” dice. “¿Quieres ir al concierto con nosotros?”, no era precisamente lo que tenía en mente decirle, fue algo apresurado. Contuve el aliento, cuando dijo que sí lo solté. No pude creerlo, aceptó así de sencillo.

En la noche llegamos al lugar, encontramos un sitio cerca al escenario y, en menos de una hora, estaba repleto de gente. Estábamos muy cerca por el poco espacio que había (las personas en los conciertos suelen convertirse en salvajes bríos de reducir a empujones a los que puedan, es un deporte). Así pasamos horas: pegados, hablándonos al oído (por la bulla que había), y me puse a pensar en ambos, en si estaba bien. La noche despejada y sin luna era mi cómplice en esto. Y sentí que la conocía mejor, que ella era a la que andaba buscando y que podría ser mi complemento perfecto. Hace tiempo que no sentía eso.

Ana Claudia y yo también hablamos una vez. Ella se me acercó en el lugar más insospechado que puede haber, pero, extrañamente, en el que sabía, certeramente, que hablaríamos por primera vez. Fue en los videojuegos de la esquina de la calle Lima. Yo estaba jugando, como acostumbro cuando no tengo nada que hacer, en una máquina del fondo. Había otras libres pero me gustaba ésa en particular, por la soledad que brinda. Había visto pasar a Ana Claudia con su hermana un par de veces por aquella calle y estaba ordenando mis ideas y pensando en ella en voz alta. De pronto, alguien salta de la oscuridad detrás de mí e irrumpe aquella tranquilidad y se instala a mi izquierda. Era ella, y casi me da un paro cardíaco, ¿cómo llegó y cuándo? Estaba con su hermana. La miré nervioso y me sonrió alegre, radiante. En ese instante me quedé callado y no supe qué hacer, mi cerebro se retorcía y convulsionaba en mi cabeza. Volví la mirada a la pantalla y me enteré de algo que no debía haber pasado, algo que me pondría en ridículo y que me obligaría a irme: la máquina me había ganado y estaba proyectando en la pantalla un “game over” gigantesco y lleno de mofa. El aparato inmutable se burlaba de mí repitiendo una y otra vez los últimos instantes que me costaron diez centavos y una retirada resignada de aquel lugar.

Fui a comprar otra ficha para seguir jugando, no perdería aquella oportunidad, no de nuevo. Regreso y tengo que esperar un minuto, está jugando con su hermana. Pierde, me mira de nuevo, meto la ficha y juego con su hermana, me habla y me pongo más nervioso. Estuvimos conversando un rato y me dijo: “¿Tú pasas siempre por esta calle y entras aquí verdad?”. “Ehmm… s-sí” le respondí, preguntándome qué le pasaba a mi lengua que se trababa. “Siempre te veo pasar, te miro” me dijo, y yo no supe qué responder, pero hablamos de más, sin saber qué hablar. Luego se me acercaba más y más, probablemente por el poco espacio que había o porque quería ver cómo jugaba. Yo sudaba más y más, probablemente por sentir su cuerpo o por el exceso de camisetas que me puse pensando en burlar el frío de la noche. Se fue a las ocho, la hora límite que le dan sus padres, seguramente, para llegar a casa. Nos despedimos, su hermana la llamaba de la puerta, me hizo un cariño a la altura de mi cintura y me estremeció hasta los dedos. Le dije adiós y se marchó. Lo había logrado (y sin hacer nada); ahora la conocía.

Llegó el lunes y no me la encontré, tampoco el martes ni el miércoles ni el jueves. Estaba rendido, no la volvería a ver. Quizá huyó de la ciudad para ya no cruzarse conmigo y no tener que saludarme ni hablarme. “Es un aburrido” piensa, “no me preguntó ni mi nombre, perdí mi tiempo”. Pequeño detalle que no percibí. Como en las cartas: P. S.: se me olvidaba, no me presenté. El viernes salí a caminar y pensar, como acostumbro, y pasé por esa calle, tal vez con la esperanza inconsciente de encontrarla y ver qué pasaba. Y así fue, estaba allí, con su hermana, y me vio. Agitó su mano y me sonrió inclinando la cabeza, me mató. Yo también la saludé pero no me atreví a más. Su mirada me derrite, casi tanto como su sonrisa.

Un amigo me dio su correo electrónico. Estuve deliberando todo el día si la agregaba a mi lista de contactos o no; hablarle por el Messenger o no. Lo hice, ella se conectó en la noche, esperé unos minutos para ver si se daba cuenta que tenía alguien que no conocía y que estaba conectado en su lista de contactos. No pasó nada. Le hablé. Le dije que un amigo me había dado su correo y me describí, esperando que me recordara. Me costó un poco, no soy bueno para describirme. Hablamos no mucho pero sí con nervios, yo los tenía y noté que ella también en su forma de hablar. Le pregunté si salía a fiestas o discotecas. “Ay, obvio que sí” me dijo con el acento adolescente que se apodera de su edad. “Bueno, pero es que no te veo nunca… vas a Domino’s supongo ¿no? (que es casi como si fuera la única discoteca decente de esta ciudad)” le dije, y me respondió ya bajando el tono: “Es que no salgo mucho y no conozco todas las discotecas, pero si tú me llevas…”. Sé que no es verdad lo que me dijo, que su pubertad la hace decir cosas para parecer mayor. Yo le sigo el juego fingiendo creerle, me gusta verla feliz. “Yo sé que sales, sales todos los fines de semana. Eres juerguista” le digo.

Ahora pienso en las dos, en si mi destino está condicionado por un karma maligno que tengo que pagar por sabe dios qué cosas en una supuesta vida anterior. Si existe eso, que no lo creo tanto. Ellas dos son la mayor indecisión que he tenido en mi vida, son mi suplicio. Sé que tengo que escoger una de ellas, sé que me puedo equivocar, que si elijo una y no le intereso, perderé también a la otra. Que la vida da pruebas, pero a mí me da multas, castigos. La vida se venga de mí quizá por vivirla mal, por ir en su contra y por no importarme sus dizque reglas de conducta. Después de un tiempo de haber escrito esto, y ahora que puedo publicarlo, creo que he resuelto mi duda, creo que tengo la respuesta pero ahora es mucho más complicado. Cuando creo estar seguro de la decisión, pasa algo que me vuelve a cero, que me retrocede y me confunde, si acaso, aún más. Como dice Román, un amigo que lo sabe todo, “Tú harías eyacular a una estudiante de psicoanálisis. ¡Decídete hombre!, que ya tienes la respuesta”… “Es muss sein!”

Relatos largos

Corazón relator

Hoy de nuevo pasé por la calle empedrada, miré hacia abajo como buscándola con la luna llena en mi frente y sangré. Y se me vino la insoportable tristeza de saberla perdida, que reprocha mi soledad y que me hiere y aun en el suelo me hiere. Estoy de acuerdo con el teorema que dice que el sufrimiento te mata, pero si yo muero, sé que mi pena aún vivirá y que seguirá dolorida por ella; es que la quiero tanto… pero sé que no la quiero. A veces la miro y me hundo en sus ojos, a veces la extraño y quisiera besarla. Siento su ausencia en mis tardes pensativas: ésas que con el sol muriendo me hacen llorar y me hablan de congoja y de soledad. A veces me gusta y otras no. Como dice Neruda: el fuego tiene una mitad de frío. Pero mi vida tiene dos vidas para amarla; por eso no la amo todavía. No la amo para comenzar a amarla; para comenzar el infinito.

Hoy en la tarde la he buscado y vagueante exploré por todos lados; ella me hablaba de cosas, cosas buenas que, al fin, no son tales porque hieren. He aprendido esta tarde a dejar de averiguar muchas cosas, a conformarme con lo que me dicen y a no investigar por mi parte si es cierto o no. ¿Qué vale más? ¿Vivir sufriendo o morir sabiendo?, ¿vivir ingenuo pero feliz o estar triste por saber la verdad? En el amor todos buscan la felicidad, ¿qué vale más? ¿el amor o la mentira?, ¿la felicidad o la verdad?

Yo propongo una teoría, aunque casi obvia: que el corazón herido es el mejor escritor. Y ya pienso que el mío, más que latir, sirve para eso: para herirlo y hacerlo escribir. A veces lo simple y de apariencia inofensiva resulta ser, inexplicablemente, lo más dañoso. Resulta que las cosas pequeñas son las que hacen más daño. Ella me rompió el corazón antes de moldármelo; es esa sensación que debe sentir quien dice que enviudó antes de casarse o de saberse perdido antes de enrumbar: es un exofrasis.

Lo mío también es un exofrasis; es que los hay buenos como los hay hirientes, los que te destrozan, que martirizan y que matan. Estos últimos son los que te acaban, los que te envenenan. El resultado es desastroso, pues me siento insanable; a no ser que la vea de nuevo, que me hable de nuevo y que me sonría como sólo ella sabe hacerlo. Es que es mi verduga y mi salvación; y no es que yo sea una especie de masoquista. Yo sostengo que cuando uno ama, odia y ama. Y que del odio nace más amor, y que si odias es porque amas. Ella es, en efecto, eso: mi odio y mi amor, que me busca y que me olvida. Aunque aún no estemos juntos y aunque no sepa si alguna vez lo estemos.

Relatos cortos

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