Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

I

Habían pasado ya varios meses, casi un año, pero la pesadumbre aún le duraba. Aunque eran esporádicas las veces que recordaba ese episodio duro en su vida, le parecía seguir sintiendo exactamente igual que aquella vez. No sabe explicar cómo siente, nunca en este tiempo supo hacerlo; una mezcla de decepción y temor, bochorno, vergüenza, dolor, tristeza y frío… sí, mucho frío. Esa corriente maligna le recorría todo el cuerpo. A pesar de que ya llevaba medio año en esta ciudad, Alonso seguía sintiendo el frío de su natal Puno, pero sólo cuando la recordaba: cuando se ponía a pensar en lo que había venido a olvidar. Ella, la causa de su éxodo, de nombre incierto, de edad desconocida, de todo dato que permita identificarla precario, al parecer, fue alguien muy importante y a la vez dañina en la vida del taciturno Alonso. Dañina en todo el sentido de la palabra, porque, además de ese tratamiento que se automedicó de alejarse de ella para olvidar todo, no muy tarde supo que tenía que ir también al médico por unos dolores extraños que a veces le venían.

Luego de que llegó, al poco tiempo, todos lo notaron por su particular forma de ser. Aunque él tenía la impresión de pasar desapercibido, por su parquedad en demostrar afecto, por sus pocas palabras, por sus muy de vez en cuando salidas y por su enclaustramiento que le hacían parecer un loco ermitaño, la verdad es que muchas de las chicas que vivían por allí –que son casi todas porque este pueblo no es que sea grande tampoco- se pasaban las tardes hablando entre sí y tratando de descifrarlo, de, como decían muy graciosamente, “resolverlo”. Tenían muchas teorías sobre el tema, desde una enfermedad incurable hasta pura “petulantada”, como bien lo definió Carla, una de las chicas que, aunque no quiera admitirlo, se moría por él. Así conocimos al Vallejo del barrio, todo un antisocial, eso sí, medio intelectualón, algo que las chicas de por acá encontraban “sexy”.

Lo cierto es que Alonso no quería nada con nadie, nada de nada, ni “eso”, nada. ¡Cómo que nada!, decían ellas. Vamos a ver si es capaz de rechazar este cuerpito dijo hace tiempo Brenda, una chica algo mayor que todos y que tenía la fama de andar con varios chicos a la vez, algo que a nadie le disgustaba (excepto a las enamoradas de algunos de ellos cuando se enteraban… el lío que se armaba). La sorpresa que me llevé y que se llevaron todos, y seguramente la que se llevó ella en especial, fue cuando salió del departamento del casi recién llegado a los pocos minutos echando chispas y tirándonos el pelo cuando le preguntamos que fue lo que pasó. Ya todos sabíamos qué había pasado. Aunque él mismo me dijo, con una cara muy seria y algo abatida por “los golpes de la vida”, que no tenía ganas de hacer nada, yo, que también soy hombre, no le creí mucho pero entendí que, de enamorarse, nada de nada el flaco.

Nunca le entendí si le había sacado la vuelta, lo había abandonado porque sí, o no lo perdonó por algo que él hizo, o todas las cosas a la vez. Poco a poco iba hablando unos detalles más de lo que le duraba tanto tiempo. Flaquito, ya fue, ¡ya va ser un año! No te puedes pasar toda tu vida como estás ahora, le decía yo con ganas de animarlo. Sí, gordo, ya sé, me decía, quizá ya no es eso sino la nostalgia o la enfermedad, la familia se extraña y lo otro… debe ser brujería hermano. Al decir eso dibujó una especie de sonrisa sarcástica que hace tiempo no le veía. Estaba igualito que en el colegio, pero me preocupaba lo viejo que se había puesto por dentro.

Si yo no les contaba a los demás cómo era Alonso en nuestros tiempos de chiquillos, en el colegio, y ya al final, dejando la adolescencia, lo hubieran creído un magdalena incurable de la vida. Los chicos del pueblo son todos muy buena gente, por eso me quedé a vivir yo aquí hace mucho tiempo. Y no sé si él haría lo mismo y se quedaría a vivir acá como se lo propuse. Siempre se negó. Ya caerá. Aquí puede rehacer su vida, si eso es lo que quiere. En eso sigue siendo igual de terco, nunca admite una derrota, pero hasta que se le pase la dichosa “fase fénix de renacimiento”, seguro se muere de viejo y sin aceptar que esta vez su orgullo le salía sobrando y que era mejor comenzar de nuevo, perdonando, si era necesario. Es un cabeza dura que hace renegar. Yo también me pondré viejo si sigue así.

Las clases de francés que le voy dando ya casi un mes le han servido mucho por el interés que le despierta ese idioma. Me contó que quiso estudiarlo con ella allá en Puno, cosa a la que no accedió la chica porque estaba en el inglés y sus papás quizá no querrían y además no le gustaba el francés, y prefería el italiano, que se entiende más.

-Ya no hablemos de eso si no quieres –le dije intentando evadir otra posible crisis de melancolía, echando a perder lo ganado en la semana.

-No, está bien gordo –me dijo- no me hace mal eso. Ella era dulce en esos aspectos, me gustaba verla imaginar cosas con los ojos brillosos, como en los animes que daban en la tele. –Y a él también le brillaron los ojos como en esos dibujos que daban en la tele- Eso me gustaba de ella, parecía un dibujito…

-Ya, bueno, no te me salgas del tema que hoy no sales si no me dices los pronombres completos. –Le dije, viendo que se le venía la noche al recordarla como la recordaba.

-Ya, ya… que jodido, -la sonrisa que le vi esta vez no era sincera, pero ya volvía de su recuerdo- je, tu, il, elle…

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