Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Archivo de Junio, 2009

I

Habían pasado ya varios meses, casi un año, pero la pesadumbre aún le duraba. Aunque eran esporádicas las veces que recordaba ese episodio duro en su vida, le parecía seguir sintiendo exactamente igual que aquella vez. No sabe explicar cómo siente, nunca en este tiempo supo hacerlo; una mezcla de decepción y temor, bochorno, vergüenza, dolor, tristeza y frío… sí, mucho frío. Esa corriente maligna le recorría todo el cuerpo. A pesar de que ya llevaba medio año en esta ciudad, Alonso seguía sintiendo el frío de su natal Puno, pero sólo cuando la recordaba: cuando se ponía a pensar en lo que había venido a olvidar. Ella, la causa de su éxodo, de nombre incierto, de edad desconocida, de todo dato que permita identificarla precario, al parecer, fue alguien muy importante y a la vez dañina en la vida del taciturno Alonso. Dañina en todo el sentido de la palabra, porque, además de ese tratamiento que se automedicó de alejarse de ella para olvidar todo, no muy tarde supo que tenía que ir también al médico por unos dolores extraños que a veces le venían.

Luego de que llegó, al poco tiempo, todos lo notaron por su particular forma de ser. Aunque él tenía la impresión de pasar desapercibido, por su parquedad en demostrar afecto, por sus pocas palabras, por sus muy de vez en cuando salidas y por su enclaustramiento que le hacían parecer un loco ermitaño, la verdad es que muchas de las chicas que vivían por allí –que son casi todas porque este pueblo no es que sea grande tampoco- se pasaban las tardes hablando entre sí y tratando de descifrarlo, de, como decían muy graciosamente, “resolverlo”. Tenían muchas teorías sobre el tema, desde una enfermedad incurable hasta pura “petulantada”, como bien lo definió Carla, una de las chicas que, aunque no quiera admitirlo, se moría por él. Así conocimos al Vallejo del barrio, todo un antisocial, eso sí, medio intelectualón, algo que las chicas de por acá encontraban “sexy”.

Lo cierto es que Alonso no quería nada con nadie, nada de nada, ni “eso”, nada. ¡Cómo que nada!, decían ellas. Vamos a ver si es capaz de rechazar este cuerpito dijo hace tiempo Brenda, una chica algo mayor que todos y que tenía la fama de andar con varios chicos a la vez, algo que a nadie le disgustaba (excepto a las enamoradas de algunos de ellos cuando se enteraban… el lío que se armaba). La sorpresa que me llevé y que se llevaron todos, y seguramente la que se llevó ella en especial, fue cuando salió del departamento del casi recién llegado a los pocos minutos echando chispas y tirándonos el pelo cuando le preguntamos que fue lo que pasó. Ya todos sabíamos qué había pasado. Aunque él mismo me dijo, con una cara muy seria y algo abatida por “los golpes de la vida”, que no tenía ganas de hacer nada, yo, que también soy hombre, no le creí mucho pero entendí que, de enamorarse, nada de nada el flaco.

Nunca le entendí si le había sacado la vuelta, lo había abandonado porque sí, o no lo perdonó por algo que él hizo, o todas las cosas a la vez. Poco a poco iba hablando unos detalles más de lo que le duraba tanto tiempo. Flaquito, ya fue, ¡ya va ser un año! No te puedes pasar toda tu vida como estás ahora, le decía yo con ganas de animarlo. Sí, gordo, ya sé, me decía, quizá ya no es eso sino la nostalgia o la enfermedad, la familia se extraña y lo otro… debe ser brujería hermano. Al decir eso dibujó una especie de sonrisa sarcástica que hace tiempo no le veía. Estaba igualito que en el colegio, pero me preocupaba lo viejo que se había puesto por dentro.

Si yo no les contaba a los demás cómo era Alonso en nuestros tiempos de chiquillos, en el colegio, y ya al final, dejando la adolescencia, lo hubieran creído un magdalena incurable de la vida. Los chicos del pueblo son todos muy buena gente, por eso me quedé a vivir yo aquí hace mucho tiempo. Y no sé si él haría lo mismo y se quedaría a vivir acá como se lo propuse. Siempre se negó. Ya caerá. Aquí puede rehacer su vida, si eso es lo que quiere. En eso sigue siendo igual de terco, nunca admite una derrota, pero hasta que se le pase la dichosa “fase fénix de renacimiento”, seguro se muere de viejo y sin aceptar que esta vez su orgullo le salía sobrando y que era mejor comenzar de nuevo, perdonando, si era necesario. Es un cabeza dura que hace renegar. Yo también me pondré viejo si sigue así.

Las clases de francés que le voy dando ya casi un mes le han servido mucho por el interés que le despierta ese idioma. Me contó que quiso estudiarlo con ella allá en Puno, cosa a la que no accedió la chica porque estaba en el inglés y sus papás quizá no querrían y además no le gustaba el francés, y prefería el italiano, que se entiende más.

-Ya no hablemos de eso si no quieres –le dije intentando evadir otra posible crisis de melancolía, echando a perder lo ganado en la semana.

-No, está bien gordo –me dijo- no me hace mal eso. Ella era dulce en esos aspectos, me gustaba verla imaginar cosas con los ojos brillosos, como en los animes que daban en la tele. –Y a él también le brillaron los ojos como en esos dibujos que daban en la tele- Eso me gustaba de ella, parecía un dibujito…

-Ya, bueno, no te me salgas del tema que hoy no sales si no me dices los pronombres completos. –Le dije, viendo que se le venía la noche al recordarla como la recordaba.

-Ya, ya… que jodido, -la sonrisa que le vi esta vez no era sincera, pero ya volvía de su recuerdo- je, tu, il, elle…

Relatos largos

Un quiste necesario.

En la mesa de mi casa generalmente no se habla mucho a la hora del almuerzo, sólo a veces cuando hay visitas. Ayer vino a almorzar mi tío que trabaja en la Dirección Regional de Salud, y comentó algo que alteró los ánimos de afecto a mi perro, pero no los míos, yo nunca lo dejaré de querer. Se trataba de la hija del amigo de la vecina de un tío lejano del cuñado de la enamorada del hermano del amigo de mi primo; ¡conocidísima! No me cupieron dudas sobre su existencia, casi un familiar. En fin, dijo que la habían internado en el hospital porque le encontraron un quiste en no sé dónde (no sé mucho de anatomía) a causa de un cúmulo de pelos de perro, de sus perros, dentro suyo. No sé si esto sea posible, ¿pelos de tu perro dentro de tu cuerpo? Dijo que los tragó o los aspiró por pasar mucho tiempo con ellos o dormir con ellos, no me quedó claro. Todos lo pensaron dos veces al mirar a Xavier, mi perro. Ya se sentía un ambiente tenso y poco afectivo hacia él.

¿Qué culpa tiene? ¿Nosotros nos descamamos (porque eso hacemos) voluntariamente acaso? Digamos que yo soy quien mejor trata a Xavi en la casa. Lo digo sobre todo por mi abuela, quien tiene una especial enemistad con él porque le deja sus faldas (que son todas negras y de un material que atrae naturalmente los pelos) llenas de una capa filamentosa de pelusa clara. Ella le dice: “¡Anda a un rincón!” y yo pienso: “¿Por qué no se compra un florero y lo pone en un rincón?” ¿Para qué es un perro?, yo considero que para acompañarme, para que me lama la cara cuando llego a casa, para que muerda mi mano si me duermo colgado de la cama, para que se orine en el centro de la sala de vez en cuando sólo por molestar, para que traiga la pelota cuando no se la pido y la lleve lejos cuando lo hago. Para eso es un perro, al menos yo pienso así, no para que esté en un rincón como una maceta, de adorno.

Ahora todos, inconscientemente, se alejan de él por las dudas. “Uno nunca sabe cuándo termine con un quiste como esa pobre chica que tuvo que ser operada.” Yo no, yo sigo jugando con él como siempre y revolcándonos en el piso y rascándole, cuando me lo pide (porque lo hace), sus orejas. “¡Deja al perro! Te llena de pelos” me dicen. “Quiero tener pelos de perro” les digo, “me queda bien”. Xavi y yo hemos pasado muchas cosas, nos conocemos desde que tenía un par de meses o menos. Fue mi compañía cuando me quedé varado casi tres meses en la selva, cuando fui a visitar a mi hermana. Salíamos cada tarde y hacíamos un dúo muy útil: Caminaba en las noches por la ciudad con él en mis brazos (aún era muy chico) y conocíamos chicas muy bonitas. Pasear solo con un cachorro en tus brazos parece que es atractivo. Me decían que era idéntico al del comercial de un papel higiénico (Xavi, no yo, obviamente); era de la misma raza: Golden Retriever. Conseguí algunos números telefónicos (y otras cosas más) y aún los conservo.

Una vez se enfermó gravemente a causa de un posible envenenamiento. Era en enero, regresábamos de un viaje corto a Brasil y, en la noche, caminando de regreso a casa, tambaleó, vomitó un líquido blanquecino y se desmayó. Lo cargué en mis brazos lo más rápido que pude, era grande, ya había crecido, pesaba un poco. Tomé una moto (en la selva los taxis son así) y fui camino a la veterinaria. No me importaba que se manchara mi camiseta nueva, mis jeans nuevos, tal vez irremediablemente. Corrí al cruzar la avenida para llegar más rápido y no me importó morir atropellado, Xavi ya había perdido el conocimiento varios minutos y no controlaba su esfínter anal, me embarró todo, no me importaba. Sólo quería que él esté bien. Llegamos a tiempo, él agonizando y yo vomitado. Lo salvaron. Estuve a su cuidado toda la noche, tenía conectada una especie de algalia por donde le suministraban no sé qué para limpiarle la sangre. Él me miraba y volvía a dormirse, fue la noche más larga que tuve. En el período de su recuperación, sólo podía comer una dieta especial que me dio el veterinario.

Le cocinaba todos los días. Cocinaba desnudo por el calor que hacía allá, la vecina del piso de abajo me sorprendió un par de veces cuando subía a la azotea porque la ventana de mi cocina daba a las escaleras comunes. Se recuperó satisfactoriamente, estábamos juntos todo el día, nos llevábamos bien, aún lo hacemos. Se comprenderá, entonces, que mi perro no es cualquier perro para mí, no es una mascota más. Está sobre todos los prejuicios, mitos, recomendaciones y quistes que pueda haber en el mundo. Y si querer a mi mascota, que es mi amigo, produce quistes, está bien. Prefiero tener miles a no disfrutar mi tiempo con él; a no verlo dormido, como ahora, sobre su almohada en forma de hueso que recién le compraron; a que no salte y me derribe cuando llego de la universidad. A mí no me importa tener un millón de esos tumores dentro y morirme mañana si estoy con él, de algo tenemos que hacerlo algún día ¿no?

Relatos cortos
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