Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Archivo de Mayo, 2009

Óscar y la gitana

Óscar andaba pensativo por el jirón Lima, por donde aún olía a colegiales jugando y corriendo, impertinentes, a la salida de sus mini-cárceles, felices. Miraba las extrañas figuras intercaladas en el piso que le daban un extraño aspecto, que nadie notaba, a esa calle. “Quizá ya no vaya a la Facultad” se dijo, “seguramente están en clases. No tendría qué hacer.” Se sentía algo frustrado; habían cerrado un solo curso en toda la carrera para el período vacacional y era justo el que él quería llevar. El único que quería, y podía, llevar. Como todas esas tardes semanales, acaso mensuales, en las que iba a retirar algo de dinero del mismo banco que había visitado desde hace ya un par de años, veía cómo se ocultaba el sol detrás del cerrito “testigo de amores”. No era nostalgia lo que sentía, sino cansancio, sí, era eso, no podía ser otra cosa. Después de todo, le habían pasado muchas cosas para sentirse feliz ¿no? Su hija pequeña le había dicho “papá” hace sólo un par de días. Qué felicidad.Al fin llegó. No había mucha gente. Mejor, para llegar temprano a casa. La puerta del cajero tenía un nuevo mecanismo; se abría sólo con la tarjeta electrónica que tenían los que ahorraban ahí. Mejor, así no le roban el dinero que lleva a casa. Después de recibir esos billetes de veinte soles que olían a nuevo, se le ocurrió una nueva ruta; esta vez bajará por la calle pequeñita, que tampoco le llama mucho la atención a nadie, en la que se apostan jipis, artesanos, tejedores y gitanas. ¿Gitanas? No recordaba haber visto gitanas en aquella calle. No recordaba haberlo hecho en toda la ciudad. Se preguntaba cómo serían. De chico quería que alguna le leyera la mano, por curiosidad. Caminó sereno, pero algo nervioso por dentro, “sólo hay que pasar sin que lo noten a uno y ya.” Pensó, o recordó, no sabía bien, pero lo repetía.

-Hola, guapo… -ese acento de española perulera le conmocionó el cuerpo. De pronto, se había quedado quieto y no lo había notado-. ¡No te asustes chaval! Que sólo quiero que me hagas un favor. ¿Puedes?

-S-sí… -estaba nervioso, no lo podía disimular- ¿Qué desea? –”siempre tan educado Oscarín”, se decía sonriendo disimuladamente, esta vez sí.

-Sólo una cosa, y no te va a costar, no te preocupes y ¡cambia esa cara pálida por dios! –le dijo, sonriendo, ella sí, descaradamente, tanto que él notó un diente de oro en el rincón de lo que mostraba la abertura de su bocaza-. Dime ¿dónde encuentro un internet aquí cerca?

-Eso –dijo al fin, con un aliento- hay uno aquí cerca, bajando por esta calle y doblando a la derecha.

-Gracias guapo –decía el adjetivo como de obligación, como una regla o muletilla que “segurito le enseñaban a las gitanas para dirigirse a la gente”, pensó Óscar, mientras se disponía a marcharse-. Saca una carta, la que tú quieras –le mostró un trío boca abajo-. Sin compromiso, anda.

Aquella invitación lo dejó más intrigado aún. ¿Sería que la gitana le leyó la mente? De pronto notó que su corazón le daba más latidos de lo normal. ¿Sería una magia de aquella calé? Qué tonterías dices Oscarín, sólo estás nervioso, relájate. Vaciló en hacerle caso a la mirada profunda e incisiva que se le clavaba en el entrecejo. Al fin, con un respingo, tomó la del centro. La baraja era más vieja de lo que se veía. Se la mostró sin verla, por las dudas, “no sería que apareciera la muerte o algo así”. La gitana hizo una mueca, lo miró con extrañeza y él supo que sería algo malo lo que vio la mujer. El pecho se le oprimió y ella se dirigió a él muy resuelta:

-Vaya… -movía la cabeza de un lado a otro, como queriendo ver mejor la figura que aparecía frente a ella, probando ángulos distintos- Sí que eres raro eh… Saca tu billetera.

-¿Qué?

-Saca tu billetera. ¿No oyes bien? –eso sí lo tomó por sorpresa, ¿para qué quería su billetera? Es un asalto, eso debe ser, “¡eres un tonto Oscar!” se recriminó a sí mismo-. ¡Apúrate!, que no tengo todo el día.

Al ver la negativa, por su modo de actuar –de no actuar, más bien-, la mujer le suavizó el pensamiento diciéndole que no se preocupara, que no era lo que parecía. Él le tenía que dar su billetera para bendecirla: “tú necesitas mucha bendición” le dijo, esta vez, con un aire maternal; ése del que uno no puede dudar. “Y yo tengo el deber de ayudarte, porque tú me has ayudado”. Si aquella hubiera sido otra situación, si hubiera sido otra mujer, si fuese otro chico que acababa de sacar dinero del banco, se decía Óscar, hubiera desconfiado desde el principio. Pero no podía, las palabras de aquella señora regordeta parecían tan sinceras que… Pero, por las dudas, examinó la situación: había mucha gente, así que no podía huir rápido sin que él la alcanzara; además, algunas personas se habían detenido a ver aquella pintoresca plática y advertirían, sin duda, algún intento de robo; también miró qué calzaba y notó que ese par de sandalias gastadas no le servirían de mucho en su intento de fuga, ni el faldón tan incómodo que le llegaba hasta los tobillos.

-No traigo billetera –se animó a decirle-. Nuca cargo una.

-¡No me vengas con eso pues! No tienes por qué dudar, me estás ofendiendo, yo sólo quiero ayudarte. -Y, de pronto, inquietando aun más el temor que se había enquistado en la médula espinal de Óscar, la gitana le dijo-: ¿Quieres orinar gusanos? ¡¿Eso quieres?!

Tragó abundante saliva de golpe y no pudo evitar estrechar los ojos por el dolor que le causó al pasar por su garganta. “¡Una amenaza!”, se le erizaron todos los vellos de su cuerpo entumecido, “y de una gitana por Diosito que me pasa lo que ella dice”; sabía que tenía que hacerle caso, ni loco se atrevía a jugar con esas cosas, a desobedecer.

-Señora gitana –dijo con voz temblorosa, y pensó si era bueno decirle así. ¿A ellas les gusta que las llamen así? “Ya no cometas ningún error”, se mordió la lengua-, no tengo billetera, se lo juro.

-¿Y qué es ese bulto que tienes en el bolsillo de tu casaca? –le agarró la chaqueta jean que tenía puesta.

-Son mis documentos y algunos billetes que saqué del banco –no mintió.

-Ya pues, saca esos billetes.

-Son veinte soles nomás –dijo, tanteando el fondillo con la mano e intentando sacar un solo billete y confundir los demás con los papeles que había-. Aquí está, mire.

-No mientas, saca lo demás. Tú me dijiste que tenías billetes y solo me has dado uno.

Óscar supo que no tenía sentido ocultarlo más, había sido descubierto. Resignado, metió de nuevo la mano al bolsillo de su casaca y sacó un billete más de veinte soles. El otro lo dejó ahí, esperanzado de que la mujer no se lo quitara también. Tal vez no haya que desconfiar, quizá sólo quiera bendecirlos como dice. “Tal vez, quizá… son palabras vagas, ya no es tiempo de hacerse ilusiones, de imaginar cosas, hay que ser realistas; la gitana te está timando y tú caes como un tonto.” Óscar se reprendía tan duramente como podía.

-Ya, tome. Es todo lo que tengo.

-No te preocupes, no es para mí –dijo la gitana sobándolos uno contra otro.

Ella los examinó como viendo que no fueran falsos. Los olió. Sacó una botella plástica que contenía un raro líquido amarillento. La destapó, echó un chorro pequeño en su mano y con la otra apretó fuertemente un billete a la vez, haciéndolos bolas de papel.

-¡No! –gritó Óscar al ver que esa mujer juntó los billetes, uno sobre otro, y los estrujó contra el líquido que llevaba en la otra mano-. Por favor…

-No es para mí, es para ti, no es para mí… -repetía una y otra vez la calé con los ojos entrecerrados y conversando con algún ser imaginario-. ¡Calla chico! Me distraes –y siguió con esa parafernalia desconocida ante los ojos de Óscar, conjurando algunas palabras desconocidas en otro idioma. “Latín”, llegó a pensar él en un momento, pero luego desistió; era otra lengua.

En un momento, ella despegó las manos y le mostró las dos bolas de engrudo que se formaron luego de la operación. Su mirada era como de satisfacción, de quien ha hecho un buen trabajo. Uno estaba irreconocible: una especie de goma blanca y naranja que se deshacía con la gravedad. El otro estaba menos dañado; se distinguía que era dinero porque el líquido no había actuado directamente sobre él, era una bola algo consistente que tenía dibujado el número veinte en un par de lados. Óscar sintió que le brotaron un par de lágrimas, de rabia, resignación, ira. La mujer le entregó el menos dañado con una risita burlona. “No cuentes tu suerte a nadie” le dijo, “es sólo para ti”. Él se puso el billete remojado en el bolsillo de su pantalón y se fue lo más rápido que pudo.

-¡No cuentes tu suerte! –gritó la gitana-. ¿No quieres orinar gusanos, verdad?

-¡Maldita bruja! –dijo él, pero bajito, no vaya a ser que lo oyeran.

      

Relatos largos

Te amo

Me pregunto si el Messenger le hace bien a una relación sentimental. Antes de que hubiera chat, de que se pudiera uno comunicar instantáneamente con otras personas, o con varias al mismo tiempo, de que hubiera mensajes de texto por celular, de que fuera tan fácil encontrarse con alguien en una ciudad no importa cuán grande sea, las personas tenían que conocerse lo suficiente como para estar seguros de entablar una relación seria con alguien, u algunos más (como suele suceder a menudo en esta época). Con Gabriela converso todos los días, como mínimo algo más o menos de dos horas, si acaso, porque también cuenta el celular -y eso es todo el día-. Me pregunto cuánto se conocían las personas antes. ¿Dos horas diarias estaba bien? Yo creo que era un poco mucho. Siendo realistas, casi nadie, por esos días, se hablaba con alguien por más de dos horas diarias, incluso ahora es poco probable. Yo hablo con Gabriela más que con cualquier familiar mío, creo que no conozco a nadie mejor que (o no hablo con nadie más tiempo que con) ella.Luego me pregunto si es suficiente dos horas diarias de hablar para estar lo suficientemente seguro de querer pasar más tiempo con esa persona. Ella me dijo que me quiere mucho, pero que para amarme necesita estar más tiempo conmigo, “no sólo esos segundos cada día.” Para mí, el amor es una metáfora o una escusa para diferenciar el cariño que se tiene hacia tu chica, o chico, del que se tiene por las demás personas a las que se quiere también, como la familia o los amigos. Creo que me queda claro, y si me equivoco no importa, que puedo decir a la persona con la que salga, no importa si por sólo un par de días, que la amo. Claro, uno no lo hace porque es así, porque es la costumbre. No se le puede decir a alguien que se le ama de buenas a primeras, pensarían que estás loco, o peor aún, que mientes descaradamente, y esa persona se asustaría y huiría de ti. Y me pregunto si yo huiría también, y no sé si lo hice un par de veces.

Una generación atrás, cuanto menos, a lo mucho que aspiraban las parejas era confiar y dar confianza al otro. Hablando claro, nuestros abuelos no conversaban dos horas diarias por el Messenger y de ahí recién decidían si se casaban. Pero mi relación con Gabriela está, si se le puede llamar así, y si cabe decirlo, y si ella piensa así (porque yo ya dije cómo pienso), en un período de prueba; estamos algo más que “saliendo”. Y, entonces, puedo llegar a la conclusión virtual de que no importa cuánto uno hable al día (y de ahí que pienso que nunca existe ese estado de: “conocerse lo suficiente”), y, por ende, entenderse, sino si es que aguantas a esa persona viéndola todos los días, despertarte con ella, ir de compras juntos, vivir juntos. Lo que llevaría a pensar que o el hablar con alguien no sirve para conocerse (que me parece falso), o que eso de conocerse para amar a alguien es un invento (que se nota más cuerdo).

Concluyendo, o no sé lo que es el amor (que creo posible), o la costumbre se equivoca y es la religión, y mucho más específicamente los religiosos, la o los que compele o compelen a toda la gente -a la que consideran, sin importar lo que piensan, sus “fieles”- a negarse a su naturaleza erótica, amatoria, ésa que, pienso yo, sirve mejor de fuente de felicidad que esos rituales histriónicos que viven todos los domingos, si no es diariamente, en los templos que llaman iglesias (lo que creo no tan improbable). Entonces, y a pesar de saber que ella leerá esto, o precisamente por eso, si no lo ha hecho aún, y sabiendo también que casi nadie lo leerá, o también precisamente por ello, diré lo que pienso: que esa idea de que una relación pasa por pasos (que no digo que sea una mentira absoluta) es algo tonta en algunos, sólo algunos, de sus aspectos. Por ejemplo, las categorías que supuestamente uno surca, cual explorador brioso, hasta llegar a la cima, que es el casamiento.

No me creo eso de pasar, como en un videojuego, por niveles como: salir, gustarse, quererse, amarse y casarse (si se puede considerar una forma más poderosa, o legal, o religiosa, de amar). Y no digo que es así como piensa Gabriela, yo estoy feliz y me parece maravilloso lo que estoy pasando con ella, y aprendí que con ella todo lleva su tiempo, está bien. Sólo que me parece una inutilidad negar lo que uno siente sólo por cumplir con esos “pasos” que están establecidos por no sé quién, pero que todos, o casi todos, respetan religiosamente. Por eso yo amo desde el comienzo, y si me equivoco, dejo de hacerlo y busco alguien más a quien amar (que quizá no suceda tan fácilmente). Y lo pienso: “Te amo”. Pero no se lo digo. Y esa persona quizá piensa: “Te amo”. Pero no me lo dice. Y así está bien, no me quejo.

 

Divagaciones

Un quiste necesario

En la mesa de mi casa generalmente no se habla mucho a la hora del almuerzo, sólo a veces cuando hay visitas. Ayer vino a almorzar mi tío que trabaja en la Dirección Regional de Salud, y comentó algo que alteró los ánimos de afecto a mi perro, pero no los míos, yo nunca lo dejaré de querer. Se trataba de la hija del amigo de la vecina de un tío lejano del cuñado de la enamorada del hermano del amigo de mi primo; ¡conocidísima! No me cupieron dudas sobre su existencia, casi un familiar. En fin, dijo que la habían internado en el hospital porque le encontraron un quiste en no sé dónde (no sé mucho de anatomía) a causa de un cúmulo de pelos de perro, de sus perros, dentro suyo. No sé si esto sea posible, ¿pelos de tu perro dentro de tu cuerpo? Dijo que los tragó o los aspiró por pasar mucho tiempo con ellos o dormir con ellos, no me quedó claro. Todos lo pensaron dos veces al mirar a Xavier, mi perro. Ya se sentía un ambiente tenso y poco afectivo hacia él.

¿Qué culpa tiene? ¿Nosotros nos descamamos (porque eso hacemos) voluntariamente acaso? Digamos que yo soy quien mejor trata a Xavi en la casa. Lo digo sobre todo por mi abuela, quien tiene una especial enemistad con él porque le deja sus faldas (que son todas negras y de un material que atrae naturalmente los pelos) llenas de una capa filamentosa de pelusa clara. Ella le dice: “¡Anda a un rincón!” y yo pienso: “¿Por qué no se compra un florero y lo pone en un rincón?” ¿Para qué es un perro?, yo considero que para acompañarme, para que me lama la cara cuando llego a casa, para que muerda mi mano si me duermo colgado de la cama, para que se orine en el centro de la sala de vez en cuando sólo por molestar, para que traiga la pelota cuando no se la pido y la lleve lejos cuando lo hago. Para eso es un perro, al menos yo pienso así, no para que esté en un rincón como una maceta, de adorno.

Ahora todos, inconscientemente, se alejan de él por las dudas. “Uno nunca sabe cuándo termine con un quiste como esa pobre chica que tuvo que ser operada.” Yo no, yo sigo jugando con él como siempre y revolcándonos en el piso y rascándole, cuando me lo pide (porque lo hace), sus orejas. “¡Deja al perro! Te llena de pelos” me dicen. “Quiero tener pelos de perro” les digo, “me queda bien”. Xavi y yo hemos pasado muchas cosas, nos conocemos desde que tenía un par de meses o menos. Fue mi compañía cuando me quedé varado casi tres meses en la selva, cuando fui a visitar a mi hermana. Salíamos cada tarde y hacíamos un dúo muy útil: Caminaba en las noches por la ciudad con él en mis brazos (aún era muy chico) y conocíamos chicas muy bonitas. Pasear solo con un cachorro en tus brazos parece que es atractivo. Me decían que era idéntico al del comercial de un papel higiénico (Xavi, no yo, obviamente); era de la misma raza: Golden Retriever. Conseguí algunos números telefónicos (y otras cosas más) y aún los conservo.

Una vez se enfermó gravemente a causa de un posible envenenamiento. Era en enero, regresábamos de un viaje corto a Brasil y, en la noche, caminando de regreso a casa, tambaleó, vomitó un líquido blanquecino y se desmayó. Lo cargué en mis brazos lo más rápido que pude, era grande, ya había crecido, pesaba un poco. Tomé una moto (en la selva los taxis son así) y fui camino a la veterinaria. No me importaba que se manchara mi camiseta nueva, mis jeans nuevos, tal vez irremediablemente. Corrí al cruzar la avenida para llegar más rápido y no me importó morir atropellado, Xavi ya había perdido el conocimiento varios minutos y no controlaba su esfínter anal, me embarró todo, no me importaba. Sólo quería que él esté bien. Llegamos a tiempo, él agonizando y yo vomitado. Lo salvaron. Estuve a su cuidado toda la noche, tenía conectada una especie de algalia por donde le suministraban no sé qué para limpiarle la sangre. Él me miraba y volvía a dormirse, fue la noche más larga que tuve. En el período de su recuperación, sólo podía comer una dieta especial que me dio el veterinario.

Le cocinaba todos los días. Cocinaba desnudo por el calor que hacía allá, la vecina del piso de abajo me sorprendió un par de veces cuando subía a la azotea porque la ventana de mi cocina daba a las escaleras comunes. Se recuperó satisfactoriamente, estábamos juntos todo el día, nos llevábamos bien, aún lo hacemos. Se comprenderá, entonces, que mi perro no es cualquier perro para mí, no es una mascota más. Está sobre todos los prejuicios, mitos, recomendaciones y quistes que pueda haber en el mundo. Y si querer a mi mascota, que es mi amigo, produce quistes, está bien. Prefiero tener miles a no disfrutar mi tiempo con él; a no verlo dormido, como ahora, sobre su almohada en forma de hueso que recién le compraron; a que no salte y me derribe cuando llego de la universidad. A mí no me importa tener un millón de esos tumores dentro y morirme mañana si estoy con él, de algo tenemos que hacerlo algún día ¿no?

Relatos cortos
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