Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Encuentros bibliotecarios

Debo aclarar, antes de empezara a narrar esta historia, que lo que voy a contar es una etapa de mi vida perdida en el tiempo, no le pongo ni le invento alguna fecha por razones personales, porque me gusta recordarla así: difusa. No se podrá, entonces, saber ni sospechar que fue ayer, la semana pasada, hace un mes o años atrás. Es más, ni siquiera puedo asegurar que es mi historia, que la he vivido, ya no lo sé.

Ella no vendrá hoy, en la mañana tampoco la vi; desde hace un par de semanas que no lo hago, excepto ayer, que la encontré fugazmente (de ordinario acostumbramos permanecer mucho tiempo aquí) y nos quedamos viendo unos largos, intensos, aparatosos y nerviosos tres segundos; llenos de preguntas, llenos de nostalgia; esa nostalgia inexistente que es la esencia del amor. Pero en verdad no sé si nos miramos como dije, en verdad no sé si me miró. Sólo sé que su sonrisa de asentimiento me duró tanto tiempo como cuando miras una estrella fugaz: lo suficiente. Estuve todo lo que duró la “convivencia” detrás de ella; dándole la espalda como ella a mí. A ratos volteaba para ver lo que hacía, a ratos lo hacía ella no sé por qué. Todo ese tiempo fue, en verdad, tortuoso; me arrepentí de no cargar la carta que tantas veces quise darle, que hablaba de ella y de mí; que quise darle a otra chica, que se la daría a esa “ella” que nos persigue incansable. La misma carta pero con diferentes palabras, la que debería estar poniendo en su bolso que ahora está en el espaldar de su silla y que me es fácil de alcanzar. Una oportunidad perfecta para entregársela y largarme; y quizá algún día encontrarla de nuevo y mirarla a los ojos con las preguntas de siempre, con la nostalgia de siempre; sólo que esta vez ella lo entenderá, sabrá cómo la miro.

Pero ahora no, ahora me quedo con mis preguntas y con mi nostalgia; esta vez no pude prever lo que sucedería, no se me pasó por la mente encontrarla. Es extraño, mucho en mí, yo que pienso todo, que planeo todo, que casi escribo un guión para hablarle, que busqué palabras y técnicas para enamorarla. Pero la oportunidad está perdida. Sobre todo por cómo le cerré la puerta de mi casa aquella vez, por cómo me comporté, en realidad por cómo no me comporté, por lo que dejé de hacer, por no hablarle, por no mirarla siquiera (sin preguntas, sin nostalgia). La conocí una tarde de otoño, una de ésas que no se olvidan; fue un encuentro casual, sin importancia, al menos yo lo sentí así. Katy es de esas chicas que ves por la calle y te preguntas ¿tendrá enamorado? Y seguramente, y es lo más lógico, la respuesta es un contundente “ojalá que no”; aunque por dentro sabes que es mentira, que te ilusiona pensar que no: que es Blanca Nieves y que vive en un mundo de fantasía e ilusión. Que en su mente no entran esas cosas ¡ni hablar!, juegas con pensar que serás el primero en su vida; qué ingenua forma de mantener tu ilusión.

Antes de pensar tanto en ella la vi un par de veces; las veces que iba al trabajo de mi mamá y ella también lo hacía. No la hubiera conocido más que de vista si no ocurría ese penoso y comprometedor suceso que no quiero recordar pero me obligo a hacerlo. Esa ocasión en la que estuvimos uno al lado del otro por más de tres horas… ¡demasiado! Aunque hubiera querido conversar con ella, aunque hubiera tenido algo de qué hablar, yo sé que no lo hubiéramos hecho por tres horas ¿quién habla tres horas? Por eso fue penoso, incómodo, silente. Recuerdo que yo no quería ir; mi hermana y mi mamá me obligaron, aún no sé cómo lograron convencerme; supongo que lo hice por comedimiento. No, creo que fue por débil, ese defecto que no me deja en paz ante la insistencia. Tal vez también porque mamá me dijo que Katy ya estaba lista, que ya había conseguido su traje, que estaba entusiasmada. – ¡Pero no la conozco! –la conocerás­­­… Fue su respuesta, y la de mi hermana, y la de los ojos incisivos de todos los que estaban en aquella habitación. Por eso esa vez fue comprometedora, recluyente*.

Recuerdo que no hablamos mucho, casi nada. Yo estaba más ocupado en tratar de que no me viera nadie conocido, en pasar desapercibido. A ella se le notaba el ánimo de conversar, yo fui total y pedantemente apático. Me comporté como un tonto, como un chiquillo mimado; fui mala compañía. Aun así ella se preocupó por mí cuando me corté un dedo con una hoja de lata que quise mover; me atendió y puso una banda improvisada de papel alrededor de la herida. Fue sumamente tierno de su parte, pero no recuerdo si me sonrojé, seguramente ahora lo haría si vuelve a hacerlo. Mi pantalón blanco se tiñó de sangre, ella lo cubrió con su faldón, y me dio una sensación de confianza, y lo hizo todo el tiempo que duró el martirio. Ahora es cuando quisiera darle las gracias por todo, por todo lo que me aguantó, por estar conmigo tres horas sin salir corriendo espantada por mi inmodesta forma de ser, por quererme. Aunque no sé si lo hizo en verdad, no sé si mi imaginación me engaña, si estoy inventando cosas sólo por querer recordarla amable, por avivar alguna esperanza dentro de mí; alguna que quizá no exista.

Luego de eso no la vi por mucho, mucho tiempo. Eran esporádicas las veces que la veía pasar por la calle, a lo lejos, intentando que ella no me viera. Yo pienso, no sé por qué, que ella también actuaba igual; intentábamos no vernos pero no por que nos caigamos mal (por lo menos no de mi parte), sino porque llenaríamos de nerviosismo y silencio nuestro saludo. Yo, por lo menos, no sabría qué decir. Lo único que sabía de ella era en qué colegio estudiaba, calculaba más o menos en qué año, su nombre (aunque tenía dudas) y su casa. A menudo, cuando ya estaba obsesionado y sobreinteresado en ella, que no sé cómo ni cuándo pasó, encontraba alguna excusa para pasar por su puerta: con la esperanza de encontrarla “de causalidad” y hablarle de algo y conocerla mejor. Quería borrar la mala imagen que se llevó de mí y empezar a agradarle. Luego me di cuenta que ella estaba estudiando por las noches en la misma academia de inglés a la que yo iba. Averigüé en qué horario y me cambié a ése. Y ahora que lo escribo me resulta un tanto tenebroso, era como perseguir enfermamente a alguien; propio de una desviación patológica de la personalidad. Pero mis intenciones eran buenas; sólo quería conocerla mejor y no sabía cómo acercármele, y como no había otras excusas, la “casualidad” se me mostró como mi mejor aliada.

Fue un mes de incertidumbres, ¿tendría enamorado?, ¿esas miradas fugaces a las salidas eran de interés o sólo de cortesía?, ¿cómo acercármele? Había avanzado algo: nos saludábamos, ahora sí, cuando nos veíamos en la calle; ya no huíamos cuando nos percatamos que el otro venía por la misma vereda hacia uno. Hasta había sonrisas cómplices, volvíamos la cabeza instintivamente y con curiosa sincronía cuando nos quedábamos detrás al caminar. Una vez me armé de valor (no el que te da el licor, sino el que te da la adrenalina, los nervios de mirarla a los ojos, la angustia de quedar en ridículo) y me acerqué ya ni me acuerdo para qué, pero fue otro gran paso. Es importante que haga todo esto antes de que la chica que me guste me interese más porque luego es mucho, en extremo, más difícil comenzar a hablarle e invitarla a salir. Esa vez caminé estratégicamente por la calle por donde sabía que pasaría; a la hora que sabía, también, que pasaría. Todo formaba parte de un plan tan bien estructurado como una emboscada en tiempos de guerra; un plan napoleónico. Esperé el tiempo justo que demoraría en pasar todo el jirón Lima hacia la plaza de armas, ella voltearía por la esquina del Club Kuntur hacia abajo y luego hacia la derecha; ahí es donde me debía aparecer yo, fingiendo salir de los videojuegos. El tiempo estaba calculado, yo esperé nervioso gastando mi reloj de tanto mirarlo. Pasó por esa esquina con unos minutos de retraso, no muchos, y yo, que ya no podía echar marcha atrás, contuve el aliento y enrumbé hacia ella con todo lo planeado en mente. La acompañé hacia su casa, hablamos de todo un poco, aunque mi pretexto era poco creíble y tonto, ella fingió creerlo y caminamos juntos unas cuadras. En todo ese tiempo no pude recordar la conversación planeada (ahora me parece contraproducente hacerlo tan exageradamente como lo hacía) pero creo que me fue bien en la improvisación. No llegamos hasta su casa porque tuvo que quedarse en la de su amiga por un trabajo de su colegio.

*******************************Falta algún texto*******************************

No pasó mucho después de eso. Paradójicamente sentí más nervios de hablarle; una incomprensible inseguridad. Al poco tiempo viajé lejos por unos meses y creo que me olvidé de ella al volver a ver a alguien que marcó, también, fugazmente mi vida en la niñez. Aquel viaje que me movió los aún endebles cimientos sentimentales que había logrado, la poca seguridad que había alcanzado luego de tanto tiempo, justo cuando creía que mi vida se arreglaba. Luego, cuando regresé, ya había perdido su rastro y creo que no me afectaba. La vi una vez y nos saludamos como antes, desde lejos; sin duda había retrocedido y perdido lo poco que logré con ella. Pero mi mente estaba en otro lado, estaba confundido. Ésa fue la última vez que la vi, la última antes de escribir esto, antes de que me viera interesado peligrosamente de nuevo en ella, antes de que me vuelva a gustar con exageración.

Ahora escribo esto en la biblioteca municipal; nunca antes había ido tan constantemente, al principio fue porque necesitaba un ambiente pacífico para leer un libro que nos dejó un profesor de la universidad para un examen y tan sólo tenía un par de semanas. Y en esos días, de casualidad, la encontré luego de tanto tiempo; Katy estaba sentada al lado de una ventana, el sol debilitado le proporcionaba una atmósfera de un color cálido y extraordinario, que jugaba con su pelo y hacía de ese rincón un paisaje espléndido, protagonizado por tan fabulosa criatura. Me quedé contemplando ese milagro unos segundos incansables, hasta que, o era mi imaginación o mis oídos no mentían y ella me decía algo en un idioma extraño, en el que deben hablar los ángeles. “Hola…”; sonaba algo así. En el lenguaje común es un saludo, pero en el de ella significa mucho más, significa un montón de preguntas y de nostalgia, una vida resumida en cuatro letras. También la saludé; cuando la ilusión es tan espectacular uno no se atreve a desobedecer. Fue en ese entonces que, como dije, me volvió a gustar con exageración, que regresó esa obsesión, esa incertidumbre.

Katy iba a la biblioteca todos los días, se sentaba en el mismo lugar, y el sol cumplía también con la cita sin falta. Yo también iba sin falta, como quien no se atreve a perderse un solo capítulo de tan fantasioso fenómeno. Al terminar de leer el libro para mi examen, seguí yendo pero esta vez para escribir todo esto. ¿Quién mejor que ella para hacerme recordar toda esta historia perdida en mi memoria? Fue una terapia interesante, llena de enseñanzas y de preguntas; más preguntas. Cada día escribía una parte. Ella ya no va a la biblioteca todos los días; ya ni sé cuándo va. Yo también he dejado de ir porque creo que ya no tengo nada que hacer ahí. Estoy seguro de que si aún nos encontráramos, este relato se extendería mucho más, por eso se nota algo resumido, por eso se corta tan repentinamente. Deberían ir las otras cosas que pasamos en el lugar que dice: “falta algún texo”; que es una manera fría de dejar constado que esto está inconcluso, pero siento que si no la tengo enfrente no podré continuar en la forma que quiero (aunque también es por galbana). De todos modos, si algún día la vuelvo a ver, seguiré escribiendo, lo dejo así para recordar que hay aún un capítulo de mi vida que no se ha cerrado. Ahora lo termino en mi casa, aunque con la misma puesta de sol que me recuerda a ella, pero ya no como antes, creo que me ha dejado de gustar de nuevo. Esto confirma la teoría de Jimena: soy un inconstante. ¿Es un defecto? De todas maneras es parte de mi vida y, mientras no se maximice, conviviremos como con otros tantos que tengo y que me acompañan.
____________________________
*Metaplasmo claro; de los que uso cuando quiero decir algo y no sé cómo. Se refiere a que la situación fue de carácter obligatorio (hablando con hipérbole).

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