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Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Archivo de Abril, 2009

Sigue siendo ella

Me rehúso a escribir la entrada habitual cuando cosas como las que me pasan me pasan. Tendría que hacer una novela con todo lo que me ocurre con ella. Pero no quiero hacerlo, ya no. Creo que influye también mi decisión algo esquiva y reciente de no escribir más, de no contar nada que me traiga problemas. ¿Será mejor que la gente no me conozca?, digo la gente a la que me interesa caerle bien, con las que quiero estar, como ella; a la que no debí mostrar nunca esta página, pues me condena a serle sincero siempre. No es que no lo haya sido alguna vez, sino que hay cosas que es mejor guardarse para uno, algo que no hago en este blog, aunque no todo (obviamente) es cierto. Hace tiempo que no escribo y creo que lo noto en lo complejo que se me hace hacerlo ahora, ¿o será que la verdad se me hace difícil? Quiero decir todo lo que pienso sin sonar como un desadaptado, un excéntrico (no creo que lo sea) ni un sentimental (que sí lo soy). 

Ahora escucho canciones que me la recuerdan, que son melancólicas y que hablan de desamor, de pena. Todas se me hacen impropias, aunque, como dice ella, probables, uno nunca sabe. Me siento un tonto, un intolerable, un idiota, un poseído y un enojón. Todas esas personalidades caben en mí. No me gusta discutir con ella, por eso cuando me irrito, cuando me da rabieta, no le hablo, porque sería peor, echaría a perder las cosas. Ella me dice que me quiere, y una vez me dijo que no pensaba dejarme (un gran logro de alguien hacia mí). Todas las personas que conozco quieren dejarme, al menos por un tiempo. Por eso me veo dos meses al año con mis amigos del colegio, por eso me alejo cada cuanto de mis amigos de ahora, por eso trato de no quedarme en casa. Yo la quiero de verdad, y creo que le creo cuando ella me dice con los ojos que también lo hace, cuando me besa y lo repite, cuando estamos solos y pasa lo que pasa. O cuando me dice “que la ayude con un dibujo por favor” y hace que sonría. Yo siempre le responderé, no importa cuan enojado esté, cuanta desazón guarde en mí, tal vez sin ninguna razón.

Me he dado cuenta que nunca estoy muy ocupado para ella, incluso cuando no está conmigo. Todo se posterga cuando, de un momento a otro, me pongo a pensar en ella. Me he pillado más de una vez oyendo palabras incomprensibles del profesor como Tongo escuchando una obra en latín. Veo que hace mímicas, levanta los brazos, gesticula palabras improbables y camina de un lugar a otro, y yo miro pero no comprendo, estoy ausente. Pienso en ella y en lo que pasó un viernes, hace buen tiempo ya; lo que no pasó y no quiere que recuerde (me pidió que lo olvide pero no puedo). Sé que ella también lo recuerda, sé que lo que pasamos se apodera de su mente y no puede escapar, igual que yo. Pero luego de conversarlo convenimos en que no debemos darle mucha importancia porque sí, porque esas son las cosas que se acuerdan en conversaciones de pareja. Ella lleva las cuentas, no me quejo.

Ahora iré a dormir pensando en ella y en las cosas que vienen, aunque también quedamos en no pensar en el futuro, sino vivir el presente (que fue una proposición mía). Estoy seguro que volveré a soñar con ella y volveré también a olvidar mi sueño a los minutos, en el desayuno. Conversando con ella me doy cuenta que algunas cosas no tienen mucha relevancia y que a veces uno se hace un mundo de algo pequeño. Por eso la quiero, porque me muestra cosas que, solo, se me harían irrevelables. Y porque inventa, y me hace inventar, palabras coloquiales, frases divertidas y nuevas formas de decir las cosas, como cuando una vez le dije que ella era “inabandonable”.

Divagaciones

No hablo cuando como

Mi abuelo me mira del otro extremo de la mesa como preguntándose si es que me robaron la lengua o si no quiero hablar con él. “Éste no va a decir nada”, se dice, “mejor le pregunto algo para ver si abre la boca”. “¿Cómo te fue en la universidad?”, me pregunta. “Bien”, le respondo. Me mira y se lleva a la boca un tenedor repleto de arroz. “¿Están avanzando normal?, las universidades públicas pierden mucho tiempo en huelgas y esas cosas”, me pregunta (y se responde solo) de nuevo. “Sí, todo normal”, le digo. Se rinde, “éste no tiene cura”, piensa. Continuamos sentados en la mesa, almorzando, por unos minutos inacabables más. Termina de comer, se levanta y me dice: “provecho doctor”, como suele decirme no sé si por aprecio, respeto, augurio o sarcasmo. “Provecho papapa”, le respondo (me he quedado con la forma de Jaime Bayly de llamar a su abuelo desde que leí una hoja perdida de uno de sus libros en mi niñez). “Lo siento, no hablo cuando como”, murmuro para mis adentros. No se lo digo por que no lo entendería, pensaría que es una excusa tonta. Pero es verdad, es una manía, o más bien una no-manía; creo que lo anormal es hablar cuando comes, pero díselo a la gente; me pensarían un loco, un excéntrico, un desadaptado.

 

Llego de la universidad a la una de la tarde, como siempre. Todos están en la mesa almorzando. Saludo, voy a lavarme las manos y me siento. Mamá me mira y no deja de hacerlo. Me incomoda. “Tienes que cortarte el pelo”, me dice. “No”, le digo, “así está bien” (aunque sé que no es cierto. No me llevo bien con mi cabello, está muy grande pero no me lo corto, es un acto de sublevación, además no me gusta que me digan lo que tengo que hacer. Hago lo que pienso aunque al final casi siempre me equivoque). Hojeo el periódico y, molesto, sigo creyendo que ese diario va de mal en peor, no debieron descentralizar las ediciones. Ella sigue viendo su novela en la televisión, que tampoco me agrada. Las telenovelas brasileñas deberían prohibirse, retardan la mente de las personas, todas las telenovelas lo hacen, pero pienso que las brasileñas lo hacen más. “Mi hijo no habla”, piensa, “es un mudo incurable”. “No hablo mientras como”, pienso y respondo su abstracción. No se lo digo porque no lo entendería, nadie lo haría.

 

Mi hermana llega de visita con su novio para una fiesta de no sé qué. Hoy no tuve clases en la universidad, así que estoy sentenciado a poner la mesa y a pasar los platos y a ser el anfitrión en el comedor porque todos están el la cocina y no sé qué hacen, pero hacen algo. Me siento, él, que vino con su hermano, también lo hace, ambos se sientan. “¿Estudias en la universidad?”, me pregunta. “Sí”, le digo, “Derecho”, haciendo algo no común en mí: tratando de extender mi respuesta. “Hay muchos abogados ahora”, me dice y repite lo que casi todos me responden cuando les digo lo que estudio (los que no lo hacen lo piensan, pero no lo dicen por comedimiento, yo diría que hasta por pena). “Sí pues, hay muchos”, digo y mi hermana y mi madre dicen: “Christian no habla”, al unísono. “Es que no hablo cuando como”, respondo. Lo dije ahora, seguramente para no quedar mal. Todos me miran, se hace un silencio lastimoso, compasivo. Sus miradas conmiseradas me hunden. Se vuelven a sus platos y siguen comiendo. No lo entienden, nadie lo hace.

 

He faltado a mis clases por acompañar a mamá a que se haga unos análisis y vea un médico porque la noche anterior se puso mal. En realidad no he faltado a nada porque los profesores están en huelga y nadie hace clases. Pero me gusta que mi mamá piense que sí, que he faltado por ella. Llegamos a casa y encontramos a mi abuelo en la sala hablando con dos sujetos extraños, con voces chillonas y modales exóticos. Me resultan familiares, se me hacen conocidos. “¿Es Christian?”, gritan. “¡Cómo ha crecido! Ya es un caballero” (no sé por qué usan esa palabra, y me quedo pensando en lo que significa). “Son tus tíos”, me dice mi abuelo. Los saludo prudentemente, por si se les ocurre pellizcarme las mejillas o algo peor, uno nunca sabe. De nuevo, como ya es costumbre cuando hay visitas en la casa, todos entran a la cocina y se vive adentro una parafernalia culinaria en la que todos sienten que colaboran, aunque uno nunca sabe lo que hacen. Pero ellos piensan que hacen algo, que son útiles existiendo en la cocina. Yo, resignado, me siento en la sala y converso con mis tíos desconocidos y sus voces arequipeñas retumban en las paredes y opacan la música. Apago el radio. Hablamos de política y digo lo que se me viene a la mente, que es lo que hacen generalmente los políticos, y la tertulia es fluida. Mi abuela nos llama a la mesa y, previsiblemente, sus sobrinos se hacen de rogar un rato arguyendo que ya comieron y que no quieren molestar. Pero no se van, y luego se sientan a la mesa y quieren seguir la conversación. “¿Qué estudias Christian?”, me preguntan. “Derecho”, les digo. “Hay muchos abogados”, me dicen. “Las carreras técnicas son las más rentables en estos tiempos”. “Me gusta Derecho”, les respondo. Se me quedan mirando, como queriendo curarme de una enfermedad que ellos inventan que tengo. Sigo comiendo. “Se ha molestado”, piensan. Pero es sólo que no hablo mientras como y no lo entenderían.

 

Hoy en la noche se casa mi tía. Han llegado mis tíos (ahora sí conocidos), mis primos y mi hermana y su novio. Me ayudan a poner la mesa, faltan sillas, armamos una mesa de campo en el centro de la sala. Nos sentamos a comer y empieza la conversación entre todos. Me limito a escuchar. Mi tío, cargante como siempre, lanza ironías por mi mudez permanente. Es que casi sólo convivimos en el almuerzo y no me ven hablar. Creo que ya no me importa que piensen que soy como piensan que soy. “Habla algo pues christianito”, me dice mi tía, recordándome mi apodo arequipeño de verano en mi niñez. “Es que no hablo cuando como”, le digo, “es una manía, perdón”. Me miran igual que todos los que pasaron por esa mesa y escucharon lo que han escuchado. “Lo siento, no puedo evitarlo, es algo con lo que naces”, aumento y escucho una risa ligera de mi primo. “Creo que ya lo solucioné”, pienso. “Este cristianito no habla”, dice. “Déjalo, así es”, dicen mi hermana y mi mamá, defendiéndome tan bien que no se nota. Estoy resignado, no creo que lleguen a entenderlo. Extrañamente, no me miran con la compasión con la que todos lo hacen una vez que saben de mi “defecto reservado”. Pero sí lo hacen cuando, para mala suerte mía, suelto una risa luego de que mi prima dice que es domingo y hay que ir a misa. En serio pensé que era de broma, todos me miraron incisivamente. Me había olvidado que son muy católicos. Mi madre desvela mi posición frente a la religión (en realidad ella tampoco lo entiende y me piensa ateo, lo que no es completamente cierto: sólo me considero no-católico, por ahora). “No quiero hablar de eso”, digo. “No hablo cuando como”.

 

Relatos cortos

Encuentros bibliotecarios

Debo aclarar, antes de empezara a narrar esta historia, que lo que voy a contar es una etapa de mi vida perdida en el tiempo, no le pongo ni le invento alguna fecha por razones personales, porque me gusta recordarla así: difusa. No se podrá, entonces, saber ni sospechar que fue ayer, la semana pasada, hace un mes o años atrás. Es más, ni siquiera puedo asegurar que es mi historia, que la he vivido, ya no lo sé.

Ella no vendrá hoy, en la mañana tampoco la vi; desde hace un par de semanas que no lo hago, excepto ayer, que la encontré fugazmente (de ordinario acostumbramos permanecer mucho tiempo aquí) y nos quedamos viendo unos largos, intensos, aparatosos y nerviosos tres segundos; llenos de preguntas, llenos de nostalgia; esa nostalgia inexistente que es la esencia del amor. Pero en verdad no sé si nos miramos como dije, en verdad no sé si me miró. Sólo sé que su sonrisa de asentimiento me duró tanto tiempo como cuando miras una estrella fugaz: lo suficiente. Estuve todo lo que duró la “convivencia” detrás de ella; dándole la espalda como ella a mí. A ratos volteaba para ver lo que hacía, a ratos lo hacía ella no sé por qué. Todo ese tiempo fue, en verdad, tortuoso; me arrepentí de no cargar la carta que tantas veces quise darle, que hablaba de ella y de mí; que quise darle a otra chica, que se la daría a esa “ella” que nos persigue incansable. La misma carta pero con diferentes palabras, la que debería estar poniendo en su bolso que ahora está en el espaldar de su silla y que me es fácil de alcanzar. Una oportunidad perfecta para entregársela y largarme; y quizá algún día encontrarla de nuevo y mirarla a los ojos con las preguntas de siempre, con la nostalgia de siempre; sólo que esta vez ella lo entenderá, sabrá cómo la miro.

Pero ahora no, ahora me quedo con mis preguntas y con mi nostalgia; esta vez no pude prever lo que sucedería, no se me pasó por la mente encontrarla. Es extraño, mucho en mí, yo que pienso todo, que planeo todo, que casi escribo un guión para hablarle, que busqué palabras y técnicas para enamorarla. Pero la oportunidad está perdida. Sobre todo por cómo le cerré la puerta de mi casa aquella vez, por cómo me comporté, en realidad por cómo no me comporté, por lo que dejé de hacer, por no hablarle, por no mirarla siquiera (sin preguntas, sin nostalgia). La conocí una tarde de otoño, una de ésas que no se olvidan; fue un encuentro casual, sin importancia, al menos yo lo sentí así. Katy es de esas chicas que ves por la calle y te preguntas ¿tendrá enamorado? Y seguramente, y es lo más lógico, la respuesta es un contundente “ojalá que no”; aunque por dentro sabes que es mentira, que te ilusiona pensar que no: que es Blanca Nieves y que vive en un mundo de fantasía e ilusión. Que en su mente no entran esas cosas ¡ni hablar!, juegas con pensar que serás el primero en su vida; qué ingenua forma de mantener tu ilusión.

Antes de pensar tanto en ella la vi un par de veces; las veces que iba al trabajo de mi mamá y ella también lo hacía. No la hubiera conocido más que de vista si no ocurría ese penoso y comprometedor suceso que no quiero recordar pero me obligo a hacerlo. Esa ocasión en la que estuvimos uno al lado del otro por más de tres horas… ¡demasiado! Aunque hubiera querido conversar con ella, aunque hubiera tenido algo de qué hablar, yo sé que no lo hubiéramos hecho por tres horas ¿quién habla tres horas? Por eso fue penoso, incómodo, silente. Recuerdo que yo no quería ir; mi hermana y mi mamá me obligaron, aún no sé cómo lograron convencerme; supongo que lo hice por comedimiento. No, creo que fue por débil, ese defecto que no me deja en paz ante la insistencia. Tal vez también porque mamá me dijo que Katy ya estaba lista, que ya había conseguido su traje, que estaba entusiasmada. – ¡Pero no la conozco! –la conocerás­­­… Fue su respuesta, y la de mi hermana, y la de los ojos incisivos de todos los que estaban en aquella habitación. Por eso esa vez fue comprometedora, recluyente*.

Recuerdo que no hablamos mucho, casi nada. Yo estaba más ocupado en tratar de que no me viera nadie conocido, en pasar desapercibido. A ella se le notaba el ánimo de conversar, yo fui total y pedantemente apático. Me comporté como un tonto, como un chiquillo mimado; fui mala compañía. Aun así ella se preocupó por mí cuando me corté un dedo con una hoja de lata que quise mover; me atendió y puso una banda improvisada de papel alrededor de la herida. Fue sumamente tierno de su parte, pero no recuerdo si me sonrojé, seguramente ahora lo haría si vuelve a hacerlo. Mi pantalón blanco se tiñó de sangre, ella lo cubrió con su faldón, y me dio una sensación de confianza, y lo hizo todo el tiempo que duró el martirio. Ahora es cuando quisiera darle las gracias por todo, por todo lo que me aguantó, por estar conmigo tres horas sin salir corriendo espantada por mi inmodesta forma de ser, por quererme. Aunque no sé si lo hizo en verdad, no sé si mi imaginación me engaña, si estoy inventando cosas sólo por querer recordarla amable, por avivar alguna esperanza dentro de mí; alguna que quizá no exista.

Luego de eso no la vi por mucho, mucho tiempo. Eran esporádicas las veces que la veía pasar por la calle, a lo lejos, intentando que ella no me viera. Yo pienso, no sé por qué, que ella también actuaba igual; intentábamos no vernos pero no por que nos caigamos mal (por lo menos no de mi parte), sino porque llenaríamos de nerviosismo y silencio nuestro saludo. Yo, por lo menos, no sabría qué decir. Lo único que sabía de ella era en qué colegio estudiaba, calculaba más o menos en qué año, su nombre (aunque tenía dudas) y su casa. A menudo, cuando ya estaba obsesionado y sobreinteresado en ella, que no sé cómo ni cuándo pasó, encontraba alguna excusa para pasar por su puerta: con la esperanza de encontrarla “de causalidad” y hablarle de algo y conocerla mejor. Quería borrar la mala imagen que se llevó de mí y empezar a agradarle. Luego me di cuenta que ella estaba estudiando por las noches en la misma academia de inglés a la que yo iba. Averigüé en qué horario y me cambié a ése. Y ahora que lo escribo me resulta un tanto tenebroso, era como perseguir enfermamente a alguien; propio de una desviación patológica de la personalidad. Pero mis intenciones eran buenas; sólo quería conocerla mejor y no sabía cómo acercármele, y como no había otras excusas, la “casualidad” se me mostró como mi mejor aliada.

Fue un mes de incertidumbres, ¿tendría enamorado?, ¿esas miradas fugaces a las salidas eran de interés o sólo de cortesía?, ¿cómo acercármele? Había avanzado algo: nos saludábamos, ahora sí, cuando nos veíamos en la calle; ya no huíamos cuando nos percatamos que el otro venía por la misma vereda hacia uno. Hasta había sonrisas cómplices, volvíamos la cabeza instintivamente y con curiosa sincronía cuando nos quedábamos detrás al caminar. Una vez me armé de valor (no el que te da el licor, sino el que te da la adrenalina, los nervios de mirarla a los ojos, la angustia de quedar en ridículo) y me acerqué ya ni me acuerdo para qué, pero fue otro gran paso. Es importante que haga todo esto antes de que la chica que me guste me interese más porque luego es mucho, en extremo, más difícil comenzar a hablarle e invitarla a salir. Esa vez caminé estratégicamente por la calle por donde sabía que pasaría; a la hora que sabía, también, que pasaría. Todo formaba parte de un plan tan bien estructurado como una emboscada en tiempos de guerra; un plan napoleónico. Esperé el tiempo justo que demoraría en pasar todo el jirón Lima hacia la plaza de armas, ella voltearía por la esquina del Club Kuntur hacia abajo y luego hacia la derecha; ahí es donde me debía aparecer yo, fingiendo salir de los videojuegos. El tiempo estaba calculado, yo esperé nervioso gastando mi reloj de tanto mirarlo. Pasó por esa esquina con unos minutos de retraso, no muchos, y yo, que ya no podía echar marcha atrás, contuve el aliento y enrumbé hacia ella con todo lo planeado en mente. La acompañé hacia su casa, hablamos de todo un poco, aunque mi pretexto era poco creíble y tonto, ella fingió creerlo y caminamos juntos unas cuadras. En todo ese tiempo no pude recordar la conversación planeada (ahora me parece contraproducente hacerlo tan exageradamente como lo hacía) pero creo que me fue bien en la improvisación. No llegamos hasta su casa porque tuvo que quedarse en la de su amiga por un trabajo de su colegio.

*******************************Falta algún texto*******************************

No pasó mucho después de eso. Paradójicamente sentí más nervios de hablarle; una incomprensible inseguridad. Al poco tiempo viajé lejos por unos meses y creo que me olvidé de ella al volver a ver a alguien que marcó, también, fugazmente mi vida en la niñez. Aquel viaje que me movió los aún endebles cimientos sentimentales que había logrado, la poca seguridad que había alcanzado luego de tanto tiempo, justo cuando creía que mi vida se arreglaba. Luego, cuando regresé, ya había perdido su rastro y creo que no me afectaba. La vi una vez y nos saludamos como antes, desde lejos; sin duda había retrocedido y perdido lo poco que logré con ella. Pero mi mente estaba en otro lado, estaba confundido. Ésa fue la última vez que la vi, la última antes de escribir esto, antes de que me viera interesado peligrosamente de nuevo en ella, antes de que me vuelva a gustar con exageración.

Ahora escribo esto en la biblioteca municipal; nunca antes había ido tan constantemente, al principio fue porque necesitaba un ambiente pacífico para leer un libro que nos dejó un profesor de la universidad para un examen y tan sólo tenía un par de semanas. Y en esos días, de casualidad, la encontré luego de tanto tiempo; Katy estaba sentada al lado de una ventana, el sol debilitado le proporcionaba una atmósfera de un color cálido y extraordinario, que jugaba con su pelo y hacía de ese rincón un paisaje espléndido, protagonizado por tan fabulosa criatura. Me quedé contemplando ese milagro unos segundos incansables, hasta que, o era mi imaginación o mis oídos no mentían y ella me decía algo en un idioma extraño, en el que deben hablar los ángeles. “Hola…”; sonaba algo así. En el lenguaje común es un saludo, pero en el de ella significa mucho más, significa un montón de preguntas y de nostalgia, una vida resumida en cuatro letras. También la saludé; cuando la ilusión es tan espectacular uno no se atreve a desobedecer. Fue en ese entonces que, como dije, me volvió a gustar con exageración, que regresó esa obsesión, esa incertidumbre.

Katy iba a la biblioteca todos los días, se sentaba en el mismo lugar, y el sol cumplía también con la cita sin falta. Yo también iba sin falta, como quien no se atreve a perderse un solo capítulo de tan fantasioso fenómeno. Al terminar de leer el libro para mi examen, seguí yendo pero esta vez para escribir todo esto. ¿Quién mejor que ella para hacerme recordar toda esta historia perdida en mi memoria? Fue una terapia interesante, llena de enseñanzas y de preguntas; más preguntas. Cada día escribía una parte. Ella ya no va a la biblioteca todos los días; ya ni sé cuándo va. Yo también he dejado de ir porque creo que ya no tengo nada que hacer ahí. Estoy seguro de que si aún nos encontráramos, este relato se extendería mucho más, por eso se nota algo resumido, por eso se corta tan repentinamente. Deberían ir las otras cosas que pasamos en el lugar que dice: “falta algún texo”; que es una manera fría de dejar constado que esto está inconcluso, pero siento que si no la tengo enfrente no podré continuar en la forma que quiero (aunque también es por galbana). De todos modos, si algún día la vuelvo a ver, seguiré escribiendo, lo dejo así para recordar que hay aún un capítulo de mi vida que no se ha cerrado. Ahora lo termino en mi casa, aunque con la misma puesta de sol que me recuerda a ella, pero ya no como antes, creo que me ha dejado de gustar de nuevo. Esto confirma la teoría de Jimena: soy un inconstante. ¿Es un defecto? De todas maneras es parte de mi vida y, mientras no se maximice, conviviremos como con otros tantos que tengo y que me acompañan.
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*Metaplasmo claro; de los que uso cuando quiero decir algo y no sé cómo. Se refiere a que la situación fue de carácter obligatorio (hablando con hipérbole).

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