Vagueaciones

Blog de Christian Guzmán en Monografias.com

 

Archivo de Marzo, 2009

Historia destitulada (parte I)

Es lunes y amanece nublado. Voy en busca de algo para tomar, abro la nevera y recuerdo, insomne, que olvidé ir de compras. No me perturbo, no quiero que nada en el día lo haga, mi cordura va a estar presente siempre. Hay café preparado, aunque no es lo que quiero, no hay otra cosa. Al menos podré, imaginándome un escritor constante, sentarme en la terraza con la taza en una mano y un lápiz en la otra y una hoja en la mesa. Así los que pasen por la calle me verán y pensarán que escribo, aunque no tenga nada de qué escribir. Recuerdo la noche anterior y me lleno de satisfacción. Sé, para buena suerte de mi ego, que todavía no he perdido el “toque” del que me jacto con las chicas. Normalmente cuando salimos de fiesta en las noches buscamos algunas incautas que seducir. No me puedo quejar, me fue bien.

Desde este balcón, que convenientemente es un poco más salido que otros, se puede ver casi todas las casas de la calle. Sentado aquí, me doy cuenta de que tengo una nueva vecina. En verdad, no conozco a casi nadie de mis vecinos, soy un ermitaño antisocial, no porque quiera, sino porque me cuesta mantener el saludo con las personas por mucho tiempo. Al principio la gente se me acerca o me saludan de lejos y poco a poco, con el pasar del tiempo, se van alejando, cada vez más, hasta dejar de saludarme en la calle. Dicen que es por mi culpa, porque parezco un desinteresado en conocerlos, en saludarlos y hablar de cosas que me parecen inútiles. Es cierto, no me interesa saber si el perro del vecino del costado mató a la gata de la estudiante universitaria de enfrente. Si la señora de la casa incolora al fin pudo divorciarse de su marido mujeriego. Si los hermanos colegiales de la casa amarilla llegaron borrachos de nuevo y armaron otro escándalo. No me interesa nada de eso. Y creo que el problema no está ahí, sino en que no puedo fingir. No soy como los demás que aparentan interesarse por las historias de quien sea que se les cruce por el camino. Todos simulan, todo es una mentira, un fraude; nadie se interesa, honestamente, en los problemas de otros.

Pero aun así, sin percatarme de las cosas de los demás, conozco los rostros, al menos, de casi la mayoría. Y sé que esta chica, la que estoy viendo hacer ejercicios en su sala, no tiene más de dos semanas aquí. No me avergüenzo de verla así, en ropa ajustada haciendo esas contorciones que me parecen agotadoras, porque estoy con mi café y con mis hojas escribiendo historias irrelevantes, como todas las que tengo. Pienso: Si por alguna razón me ve desde su ventana, actuaré normal y aquí no pasó nada. A lo mucho se irá a otra parte de la habitación a continuar con su gimnasia o cerrará las cortinas. De pronto, la joven levanta su cuerpo atleta, gira su cuello para un lado y luego para el otro y me mira fijamente a través del vidrio exageradamente pulido que nos separa. La miro también y trato de sonreírle. “¿No era que simularías no verla?” Ya es muy tarde, me quedo abobado con los ojos fijos puestos en ella, en su ropa ajustada, en sus ojos gigantes. Y me recuerda la caricatura que veía sin razón en la sala de mi hermana, cuando la visitaba en Arequipa, que me miraba con los mismos ojos, y con la misma serenidad, circunspecta, que a la vez no me miraban.

Me levanté, incómodo, como disgustado, y entré a la habitación con mi café pero sin mis hojas. Es linda, tiene buen cuerpo, se le nota inteligente, hace ejercicio, debe tener novio. Resulta casi imposible, en estos días cuando percibo una sobrepoblación de hombres, encontrar alguien así y libre. Por eso prefiero estar como estoy; sin buscar nada serio, teniendo aventuras, las veces que se presenten, con toda mujer que esté dispuesta a amarme 15 minutos. Hace tanto tiempo que no me enamoro que casi no recuerdo lo que se siente. Incluso no sé si fue amor la vez que me pareció sentirlo, hace tiempo ya, por una chica que conocí en la casa de mis tíos. Me cuesta recordar su rostro, sus gestos, su risa, las cosas importantes que se deben recordar, creo yo, por toda la vida. Por el simple hecho de haber compartido momentos juntos, por haber caminado muchas veces tomados de la mano, algunas bajo la lluvia, y de haber jurado cariño por siempre. Creo que soy un insensible, o más bien un insensibilizado.

Caigo en que ya es tarde para ir a la universidad, así que tomo un pan y me lo llevo a la boca mientras me visto y alisto mis cosas. En el camino me pongo a pensar en la chica de enfrente que conocí de vista hace unos minutos. Es algo mayor que yo, seguramente trabaja. El intolerable celular que me encadena al mundo socializado suena en mi bolsillo y sé que tengo que contestar, que si no lo hago, sonará una y otra vez hasta que lo haga. Es Jimena, con el argumento de siempre, que no sé por qué no me aburre ni me molesta (sólo algunas veces cuando tengo conversaciones más importantes, más espontáneas), diciéndome que se arrepiente de que ya no estemos juntos y que si me molestaría si salimos un día de estos para conversar de nosotros. Le respondo con frases algo frías que acostumbro mandarle, pero al final siempre pongo un: “si tú quieres” o “me parece genial” o “a mí también me gustaría”, que me hace parecer no tan descortés.

De nuevo el mismo sonido me hace saber que recibí otro mensaje. No puedo creer la rapidez con que me respondió, esta vez debe estar realmente desesperada. Abro el mensaje y un texto parecido pero con otras frases me hace recordar que tengo una especie de enamorada por correspondencia, y me reprocha no haberle escrito desde hace días. No me gusta hablar con ella (ya no) porque sus preguntas y respuestas (que no son más que otras preguntas disimuladas) son demasiado melosas, empalagosas y, en algunos casos, insoportables. La he ignorado, como a sus preguntas, hace un par de semanas. Me he sentido vil, despreciable, descomedido. Pero creo que es la única forma de quitármela de encima, de que se aburra de mí y sea ella la que termine conmigo, que yo no tengo el valor ni la osadía de hacerlo. Nunca los tuve.

Relatos largos

Mi amiga irreversible

A veces la inocencia se acaba. Y es inevitable… inminente; todas las cosas que creemos que son como las pensamos terminan siendo total y asombrosamente distintas. Hace poco menos de una hora, vi a una de mis más caras amigas saliendo de un hostal. Fue una sensación extraña, incómoda y… extraña. Iba caminado meditabundo, como acostumbro (por eso si me conoces y no te saludo en la calle, aunque estés a dos centímetros de mí, no es porque no quiera; sino porque mi enajenamiento es tal, que no me percataría si estoy mal arreglado, desnudo o con la ropa puesta al revés… ayudan también mis ojos cada vez más miopes), cuando de pronto la vi bajar los escalones que daban a la calle, lo cual no es muy conveniente si decides entrar a uno de esos lugares. Yo, indudablemente, preferiría uno más o menos discreto. He ahí el problema al momento de elegir un hostal inocuo para la imagen que la gente tiene de ti (más aun si vives, como yo, en una ciudad pequeña), claro que uno diría: ¿qué le importa a la gente lo que haga o deje de hacer? Efectivamente, y ahí está lo malo, le importa, y mucho. Es irremediable; la gente (y estamos incluidos todos) tiene una frenética pasión por saber la vida (y obra) de la mayor cantidad de personas que conozcan, y de las que no también.

La imagen que proyectas a veces lo es todo. Y no lo digo por narcisismo, sino porque si he aprendido algo en mi vida tan despreocupada, insensata y, a veces, egoísta, es que el prejuicio público es más fuerte y hasta más verídico, creíble que la propia verdad; tu verdad, la que sabes que es y no la que ellos piensan. Pero ese no es el punto, que al fin y al cabo no sé si alguien más la vio. El meollo acá es que yo, precisamente yo, la advertí. ¿Por qué?, no lo sé, y es, estoy exagerando, la marca de un antes y un después. A. v. s. H. (antes de verla saliendo del hotel) y D. v. s. H. Estoy escribiendo esto no por criticarla ni porque reproche lo que hizo; al contrario, soy la persona que está más fanáticamente de acuerdo con el sexo casual, prematrimonial (para las mujeres aún conservadoras), y hasta amical, que me parece uno de los mejores; sino porque no pensé que llegara el momento de descubrir que ella hacía esas “cositas”. Es como cuando (felizmente no me pasó) te dicen cuando niño que Papá Noel no existe, o el ratón de los dientes, o tu hada madrina o el amigo imaginario que te acompañó tanto tiempo. Supongo que se debe sentir así.

Sin duda me he quedado imbécil del impacto psicológico que me causó el imaginármela en la habitación del hotel con algún sujeto que espero no conocer porque mi idiocia sería mayor; un trastorno irreversible (obviamente estoy exagerando, y demasiado. A veces me critican por hacerlo tanto, pero así soy ¿qué puedo hacer?, la hipérbole es parte de mi vida). Lo embarazoso y penoso vendrá luego; no sé cómo hablarle la próxima vez que la vea, porque, al salir, ella también me vio y supongo que debe estar más enredada que yo. ¿Fingiremos que no pasó ni vimos nada?, ¿le diré que no sé de qué me habla si me pregunta si vi algo?, ¿hará lo mismo si yo se lo pregunto? No sé qué sucederá, pero me quedaré con este trauma, al parecer, toda la vida.

Relatos cortos

Divagación sobre la esencia del amor

A veces las cosas pasan tan deprisa… Y no sé si esto sea bueno o malo; depende de cómo las mires y qué sea lo que pase. A este sinfín de momentos y situaciones (porque, pienso, son todas las cosas que vivimos) no escapa el amor, que lo considero situación. Para mí, todo se reduce a esos dos aspectos: momentos y situaciones, y no sé si mi teoría es producto de un análisis y síntesis concienzudos de estudios, que es -a mi parecer- la manera correcta de lanzar una, o de un simple arranque repentino de decir algo para tener en qué sostener una propuesta impensada; quizá por una genialidad oculta en el sabio potencial que duerme en mi ello o por una casualidad lapicero-mano ayudada y condicionada por una hoja de estilo antiguo que me regaló mi abuelo y el lapicero del “Sheraton Lima” que apareció de pronto en mi escritorio. Pero a veces lo impensado resulta ser tan cuerdo…

Pienso al amor, a diferencia de muchas otras personas (que son casi todas las que conozco), como una situación que puede durar mucho o poco, y en el fondo eso no importa; que puede ser intensa o vana; que puede ser espontánea o nacida de asiduas repeticiones de pensar en la otra persona no gustándote al principio; que puede ser sana o morbosa; en fin, que puede ser buena o mala, o ¿mala o buena?; depende si el morbo es del agrado del señor lector. Depende, en suma, exclusivamente de la subjetividad cuál de las dos sea. Sí, pienso al amor como algo nunca íntegramente bueno; que, como casi todas las cosas de la vida (digo casi porque no las conozco todas, y ante la duda es bueno el indeterminado), esconde un lado oscuro o en algunos casos un lado bueno; en el supuesto de que se manifieste penumbroso, que es como lo hacen las obsesiones extremas, fanáticas. El amor es una suerte de Míster Hyde impersonal (el primer nombre lo escribo en español, siendo la frase susceptible de pronunciarse “míster jide”; que no es correcto, pero muy pocas veces escribo en inglés), porque nunca sabrás cuándo estallará ese lado perjudicial que quieres esconder; que intentas ignorar, y cuando aflore, controlará todo; sea para bien o para mal. Y en ambos casos da miedo; nuestro desasosiego ante el cambio es innato.

El amor es, también, todo lo que pienses que es. Así, si piensas que es una porquería, lo es. Y si piensas, como yo, que es esa relación pasajera que viviste hace sólo unos días y que no la considerabas tal, también lo es. Según lo dicho anteriormente, las pasiones, aventuras, agarres, maní-fugas (que deriva del choque-fuga; teoría inspirada en joder a un amigo de la promoción: “Maní”), trampas y demás peruanismos, serían amor. Y es que yo ya no sé lo que significan las palabras, de las innumerables formas en que puedes emplearlas, de lo difícil que es seleccionar cuál usar en qué casos. Prometo algún día explicar lo anterior con más tiempo, porque a pesar de que parezca que la razón de esa incertidumbre es la falta de un diccionario, aseguro que no la es.

Retomando el tema principal; ¿qué es el amor?, y trataré de no irme por otros lados, es que es una debilidad; hablo, leo o escribo acerca de alguna cosa y termino por otra, quizá por una curiosidad extralimitada sobre todo lo que existe (relativamente hablando) o por una manía aún no descubierta… ¡carajo!, lo estoy haciendo de nuevo. Ya, ahora sí; decía que a pesar de mi incertidumbre léxica, sigo creyendo con firmeza que el amor es cualquier ínfima relación (de pareja, de acercamiento, sexual o como quieras llamarla), estrictamente voluntaria, claro está, que tengamos con otras personas; preferentemente con el sexo opuesto, a no ser que tengas gustos homosexuales, lo cual tampoco es malo, pero no es mi caso (obviamente me estoy refiriendo al amor de pareja, no al amor en su totalidad; no te preocupes si amas a tu papá o tu mamá, este es otro tipo de amor, no hablo de ése).

Yo he tenido, por decirlo así, varias experiencias con el amor; claro que no muchas son triunfantes. Y puedo decir que cada vez que comienzo una nueva, pareciese que la anterior no era amor, que sólo esperaba ésta, la actual, y que sería la última (bueno, no todas las veces fue así; sólo en las más o menos serias). Pero también puedo decir que el amor es diferente en cada situación; ojo, no en cada momento. El momento es (lo entiendo) sincrónico; mientras que la situación es diacrónica. Digo que el amor puede ser diferente en cada relación y que esto no significa que en la anterior no lo hubo; es sólo que existen, ahora, diferentes factores que alteran el producto. De las dos posibilidades anteriores, me quedo con la segunda, quiero creer que es la segunda, porque no puedo pensar en que todas las relaciones que he tenido fueron un engaño, una mentira. Me resisto a pensar que mis recuerdos, muchos de ellos los mejores de mi vida, no sean de verdad, que son una ilusión.

Aunque cualquier persona pensaría que el tener numerosos enamoramientos o amoríos es muy bueno porque te dan experiencia, no es del todo cierto; lo que te dan es mayor fluctuación. Claro que no en todo sentido, el tener experiencia en el amor está bien, lo malo es tomártelo muy en serio y creer que lo sabes todo; que todas(os) son iguales y que puedes manejar a tu pareja actual como lo hiciste con la anterior y que todo irá bien, que no tienes por qué preocuparte porque, al fin y al cabo, sabes los trucos necesarios. Al final te das cuenta que esos tus trucos no sirven, caducaron, finito, chao. Cada persona es un mundo.

En el amor no hay formas, y todos tus conocimientos se ven preocupantemente limitados y te encuentras, como decía Heidegger, “yecto”; arrojado a una realidad que no conoces ni manejas. Es una atmósfera penumbrosa, engañosa. Yo, ciertamente, he vivido cosas así. Mis relaciones sentimentales, en las que están incluidos los peruanismos que mencioné, han sido, de una u otra forma, tortuosas. Desde mi primera enamorada en un verano de mi niñez hasta mi último acercamiento con una chica que no conocía mucho, el que parecía andar mal pero ahora que converso con ella me doy cuenta que no, he conocido numerosas personalidades, formas de pensar, de vestir, de hablar, de besar, de todo. Pero hay algo siempre presente; no se qué es. Será lo que dice una canción algo conocida (o ya no mucho): “…y la encontraré de nuevo; pero con otro rostro y otro nombre diferente y otro cuerpo, pero sigue siendo ella…”

Yo creo que para todos nosotros siempre hay y habrá esa “ella”, que, como a mí, nos perseguirá toda la vida, que estará presente donde menos nos la esperemos, y aunque nos pasemos de largo y no la tomemos en cuenta, regresará a torturarnos con recuerdos que no tenemos, con nostalgia inexistente. Esa “ella” es la esencia de nuestras relaciones, un flogisto amatorio del que no podemos escapar, a no ser que yo sea un Becher y algún Lamonosov o Lavoisier me desmienta y haga entender que estoy errado. Lo que consideraría muy provechoso para mi salud mental, para ponerle fin a esta quimera que me mata. Y si alguien piensa o sabe que ese amor fantástico, perfecto, que aparece en las películas, cuentos, fábulas y demás mentiras, existe, que me diga cómo encontrarlo; que, al parecer (utilizando una frase Bayliana con un pequeño cambio) renegó de mí por dudar de su dudosa existencia. En todo caso, agradezco cualquier ayuda.

Divagaciones

Pregúntale al “webo”

Voy a mi casa, estoy algo aturdido; no, más bien intrigado. Cosas como la que viví hace un momento no suceden a diario. Es una emoción bastante halagadora, sin duda eso me alimenta el ego tan maltratado y a la vez triunfante que tengo. Es de cambios repentinos pero sin llegar a maníaco-depresivo como mi amigo “don diablo” que seguramente, ojalá, no leerá esto, como mucha gente de la que escribo (aunque no doy sus nombres).

Tengo las dos entradas a la fiesta en el bolsillo. Algo, extrañamente, me dice que no vaya; las ganas se me van pero regresan cuando mi lado espontáneo (mismo comercial de Barena) me dice que vaya. Estoy en un pleito intenso con mi álter ego:

-¡Vamos!

-¿Pero sólo nosotros?

-¡¿Sólo nosotros?! -dándome de cachetadas y todo.

Ya son las diez de la noche, el “webo” debe estar esperándome en la plaza. La noche se ve como cómplice de la mala suerte; la luna llena y crecida se asoma a la ventana de mi habitación lúgubre, una rama antropomorfa golpea una y otra vez contra el vidrio brilloso y pálido, tan impredecible pero a la vez con ritmo y un cuervo de ojos bermejos me mira sin verme, como esperando algo extraordinario… (Más exagerado). Sólo estaba oscuro: un poste de luz se malogró allá afuera.

Ya en la puerta de la fiesta nos animamos a vender los boletos. Veinte soles más para el trago. ¿Quiénes son esos?; la acera estaba llena de revendedores y una de ellos se nos acercó.

-Amigos, ¿no quieren entradas?

-No sé… ¿cuanto están? -tanteé el precio para ver por cuánto venderíamos las nuestras.

-Cinco soles; están a diez pero yo ya me quiero ir a mi casa.

-¿Podemos entrar así?, ¿no es con terno?

-¡No mi amoooor! ¡Así están bien! -qué risa, me recordó a la “choco”: una amiga “bartolezca” de mi promoción del colegio.

-Gracias, así somos desde pequeños -y percibí un aire de burla en su mirada.

-Ya, en serio pues amigos, cómprenlas, miren que está haciendo friíto -sabe que el diminutivo siempre ablanda- y quiero irme a mi casita…

Luego de su tan tenaz intento de persuasión, le ofrecimos que compre también nuestras entradas y las revenda. Ella se fue maldiciendo no sé con qué palabras porque le hicimos perder su tiempo.

Ya adentro (no nos quedó de otra), nos tomamos tres cervezas mientras esperábamos el inicio de la fiesta. Nos encontramos con dos amigos más de nuestra promoción. Compramos otras tres cervezas y la última botella la usamos como “matrícula” para estar en un grupo que tenía una caja en el piso (más conchudos…) y nuestros dos amigos se fueron a bailar… qué gais, ¿los dos? No, con sus parejas… ¡mujeres! Todo suena gay en estos días.

Hubo un pequeño pleito; uno de la nueva “mancha” nos quiso echar del grupo porque, según él, estábamos tomando gratis. ¡Qué tal concha!, ¿nosotros?, ¿es eso posible? ¡Para nada! Pero nada que no se pueda arreglar con un buen chamullo. Luego el sublevado se marchó con una botella en su brazo, que era lo máximo que su equilibrio afectado por el alcohol podía aguantar. Y así vinieron más y más cervezas y la gente estaba extasiada, subsumida en un ambiente bacanal que cada quien armaba en su imaginación.

Voy al baño, quizá más por eludir la “chancha” para comprar más “chelas” que por necesidad fisiológica, y el “webo” en un arranque de exaltación repentina da un golpe a la puerta de uno de los retretes con la intención de romperla, pero la dejó rajada, y me reta a hacerlo. No lo pensé mucho y lo hice, o como él me sugirió que escriba (literalmente): “yo acepté gustoso la sugerencia de mi pata evo; sólo pude pestañear y estaba con mi mano dañada por tan grande conflicto que tuve con una puerta”… Traspasé el madero y me sentí bien, como satisfecho.

-Nah!… tenemos que estar en iguales condiciones; probemos con otras dos.

Aún me pregunto por qué lo hice, ¡en qué pensaba! Pero estas cosas no las vives todos los días. Fue comiquísimo, claro, cuando lo recuerdo.

Luego de romper aquellas portezuelas, sin que nos dieran tiempo siquiera para saber qué pasaba, entró el equipo de seguridad y violentamente nos arrinconaron de cara contra la pared y con las manos atrás. Fue impresionante; nos esposaron, algunos hablaban por sus radios, otros apuntaban con sus armas, revisaban cada rincón, se escuchaban las sirenas de los patrulleros afuera, un helicóptero nos cegaba con una luz iridiscente desde arriba, agentes especiales bajaban por una cuerda de no sé qué lugares y había un ruido aturdidor… Tal vez esté exagerando un poco, pero sí nos detuvieron… de película.

Con la cabeza gacha y las manos sujetadas, nos miramos como preguntándonos qué íbamos a hacer. Sólo atiné a decirle: -webo, hazte el borracho; quizá nos dejen ir- deseándolo aunque era poco probable. Luego sucedió lo inesperado; extrañamente ya no nos sujetaban y caminamos tambaleándonos, intencionalmente, hasta los urinarios. Nadie nos vigilaba, sólo uno en la puerta. Salimos para perdernos en la multitud, sentí que lo interceptaron afuera, yo seguí andando.

No sé cómo zafó pero ya en la pista de baile me miró y dijo:

-vayámonos; antes que nos encuentren -Miramos al mismo tiempo la salida, la única, y estaba extraordinariamente repleta de guardianes mirando hacia todos lados. Sería imposible escapar.

-¡Mierda! Nos cagamos -me intimidó el tono.

-Quizá se vayan… se aburrirán.

-Que no nos vean.

Pasó poco más de una hora. Nuestros centinelas no se marcharán. Pensemos en algo. De pronto, un chico racionalmente sano (a comparación de los demás) me grita un nombre que no era el mío. Miro a mis costados y sólo estaba yo, se dirige a mí…

-¡Bryan! -me abraza. Confuso moví la cabeza como saludándolo y no al mismo tiempo.

-Ahora vengo -me dijo el “webo” y se marchó.

-¡Bryan!, ¡primo!, ¿ya no te acuerdas de mí? Soy ‘F’ tu mamá me operó ¿ves? -mostrándome un corte en la parte baja del abdomen.

-¡Claro! -respondí no sé por qué- ¿Cómo has estado? -fingiendo recordarlo.

-¡Bien! ¿Cuándo llegaste? ¿Viniste solo?

-Ehmm… vine con un pata, está por allá -quizá conversar un poco con él me salve de ser arrestado por los guardias.

-Tómate unas “chelas” con nosotros -me señaló su grupo (al que supuestamente yo conocía).

-Bu-bueno… sólo unas… -no tardaré mucho tiempo, pensé.

-¡Oigan es Bryan! -eufórico- ¿te acuerdas de tus primos no? -me preguntó.

-S-sí -ojalá todos me confundan con el que me confunde este.

-¿Bryan? ¿Eres tú? -se me acercó uno ¡no hue…! ¡Soy Timoteo!

-Sí, qué ¿ya no te acuerdas de tus primos? Ja, ja, ja.

Después de un buen rato de preguntas extrañas e inquisidoras, escapé de nuevo al baño, lo había hecho un par de veces para evitar responder cosas que, obviamente, no sabía. Cada vez que corría el riesgo de ser descubierto fingía ganas de vomitar y me iba corriendo al baño (sí, ya sé; medio baboso, pero ¿qué más podía hacer?).

-¡Nos están buscando! -el “webo” sonaba exaltado- Están preguntando a todos por nosotros.

-Tenemos que buscar otra salida -pensé en las ventanas, pero estaban enrejadas. Luego recordé que hay una puerta que va de la calle al segundo piso.

Fuimos a las gradas que van al segundo piso. Como siempre, están bloqueadas a medio camino por una reja. Era nuestra única esperanza. Traté de abrir la puerta de rejas de todas las formas que se me ocurrieron. Resignado a quedar atrapado, bajé y le dije al “webo” que no se podía, era imposible. La gente iba saliendo y el local poco a poco estaba quedando vacío. Era cuestión de tiempo que los de seguridad nos encontraran.

-¡Ya está! -miré hacia las escaleras, pudo abrir un espacio suficiente para pasar a gatas.

Subimos rápidamente y nos encontramos en un laberinto de habitaciones, subidas y bajadas totalmente a oscuras. Tratamos de hallar las gradas que daban a la otra puerta que salía a la calle, siempre corriendo. Ya bastante golpeados por los obstáculos que habían en el segundo piso (paredes, puertas y… paredes) vimos la luz. Bajamos emocionados y… estaba cerrada.

-¡Carajo! -y escuché ruidos del otro lado del pasillo.

-¡Regresa!, ¡nos encontraron! -el “webo” ya estaba arriba.

-¡Espérame conch…!

Emprendimos una carrera desesperada. Me sentí el personaje de algún videojuego adictivo, manejado por un adolescente asiático drogado; corriendo hacia todas las direcciones, sin saber a dónde iba. Al fin, llegamos de nuevo a la fiesta, la gente que andaba por ahí nos miraban confusos.

-Dame tu casaca -el “webo” sonaba convencido. Tiene un plan.

-¿Para qué?

-Intercambiemos nuestra ropa, así no nos reconocerán. Sal tú primero y luego yo.

-No, primero tú -me quité la casaca y una bufanda que tenía puesta.

Lo vi acercarse a la puerta… ¿saldrá?, no, lo reconocieron. Le están doblando el brazo (chistosísimo, bueno, para él no), seguro le están preguntando por mí. No hablará. Voy donde un amigo, le cuento todo, se ríe, le pido ayuda, acepta. Voy con él a la puerta, no esta el “webo” (y ya me cansé de escribir su nombre y seguro ustedes también de leerlo). Dejan salir a mi amigo, a mí no. Se repite la escena; me preguntan con violencia por mi ‘cómplice’, no digo nada, el “webo” me mira del otro extremo, se ríe.

Luego de un rato me dejan ir. Yo, como al comienzo, me dirijo a la fiesta zigzagueando como emborrachado. El “webo” lo intentará de nuevo, esta vez con una casaca de cuero y unos lentes que se prestó de no sé quien. No lo creo, lo dejaron salir. ¡Maricón! Haré lo mismo. Cambio mi apariencia (según yo) y voy descaradamente hacia la puerta. Como es de suponer, me reconocieron. Esta vez no me dejaron ir, llamaron al ‘jefe’; el encargado de la fiesta. Supongo que es el director de la carrera.

Cambio de personalidad, como el antiguo comercial de Brahma: ¡sale! actitud: “soy un borrachín sinvergüenza que ha roto las puertas de los baños y quiere escapar haciéndose el loco”, ¡entra! actitud: “¡pero que está pasando aquí!, me están confundiendo… ¡¡¿que los baños qué?!! Oiga, no sé de que habla…”

Converso con el director, los de seguridad me miran asombrados. -¡¿No estaba borracho éste?!- utilizo todas las armas léxicas que poseo, intento convencerlo de que su seguridad está equivocada.

-¡Qué barbaridad!, ¿como pueden confundir a la gente así? Y luego los verdaderos culpables caminan por ahí como si nada…

-¿Pero tú no rompiste los baños? -dijo baños, yo no rompí los baños, sólo las puertas.

-¡¿Baños?! ¿Cómo una persona normal puede romper los baños?, necesitaría una herramienta o algo… y aun así tomaría un buen tiempo, ¿sólo con mis manos?, es absurdo -creo que tomaré clases de actuación, podría graduarme muy pronto.

-Sí, es verdad. ¿Pero entonces tú no fuiste? Me dijeron que estabas con un amigo tuyo, que fueron los dos.

-Mis amigos están en la fiesta y estuvimos ahí todo el tiempo, tengo testigos.

Y luego de eso me dejó ir. Debo agradecer enormemente al “bombero”, un compañero de mi facultad, que sin importar el pleito en el que estábamos, fingió ser el amigo que estuvo conmigo todo el tiempo. Le di las gracias, pero seguimos peleados, algún día arreglaremos.

Bueno, fue una noche cansada y difícil. Ya es muy tarde y voy a casa. Mamá se sorprenderá al verme llegar de madrugada, sano y con otra ropa…

-¡No mamá! Au, me duele…no te estoy mintiendo, pregúntale al “webo” au…

Relatos largos

Fue ayer y sí me acuerdo

Yo tenía una enamorada (si es que se la podía llamar así) y tuve un pleito con ella. Quizá ni éramos verdaderamente una pareja. Lo de nosotros es un juego mutuo; hablamos las pocas veces que nos vemos, juega mucho con su lengua cuando está conmigo y practica sus tocamientos indebidos, que a mí me parecen bien debidos, si nos encontramos en uno de esos huecos que dicen que hasta la luz se traga (muy a lo Sanz).

A mí me parece que ella también lo tomaba así, y que en el fondo quería pensar que era algo más o menos serio. Este tiempo no me impedía, en lo absoluto, mirar a otras chicas, hablarles o tocarlas (aunque esto último no es posible si quieres conservar tus mejillas del mismo color e indoloras). Las últimas llamadas para vernos me insinuaban que este juego se acababa; al hecho de que soy un chico muy ocupado, aunque no lo parezca (no creo que lo sea, no en serio), se sumaban sus “hoy no puedo” cada vez más seguidos.

Ayer tenía que llamarla pero no lo hice, quizá por pereza o simplemente porque no quería. La salida frustrada con unos amigos de mi clase me tenía colgado un viernes sin saber qué hacer. Supongo que daré mi examen de inglés y me iré a casa. Dormir bien un viernes no está de más. Mientras esperaba que llegue mi profesora se me acerca una chica, literalmente (lo de chica), para venderme los pases que tenía para su fiesta de cachimbos, que era esa noche.

-Amigo, colabórame con estos pases pes -me recordó al loco jeringa y no pude contener la sonrisa-.

-Ehmm… no sé… ¿de qué es?, ¿cuánto está?, ¿quieres pan?

-Mi fiesta de cachimbo. Diez soles. No.

-¡Diez! -con tono sarcástico-. Si quieres te doy tres lucas.

-Bueno… pero me compras tres.

Tan simple como eso, la conversación siguió en torno al mismo tema. Cuando empezaba a perder el control de la situación; estaba a punto de convencerme de comprarle las entradas (no sé por qué cedo muy fácilmente ante la insistencia, es un defecto), me refugié en una amiga que pasó por ahí en ese momento. Le pedí por favor que fingiera hablar de algo importante conmigo. La chica extraña y persuasiva me gritó, desde las escaleras, que me esperaría. Yo, aunque le había dicho eso para sacármela de encima, no le creí y asentí con la cabeza deseando que se fuera.

Sorpresivamente, la encontré al salir de mi examen, en el mismo lugar y no creí que estuvo esperando una hora y media. Eso es considerable para mí, yo normalmente espero unos minutos y me voy. No pude evitar sentirme mal conmigo mismo.

-¿Ya vendiste tus entradas? -le grité algo esperanzado de que fuera así-.

-¡No! Te estuve esperando -no me quedó otra que acercarme a ver qué hacía-.

-Ahora estoy yendo a mi facultad, si quieres me esperas en la puerta de tu fiesta y yo convenzo a mis amigos para ir y comprarte las entradas -era poco probable que pase, pero no sabía qué más decirle luego de que me esperara tanto tiempo-.

-Mejor te acompaño, ¿qué dices? ¿Puedo?

-”Piensa algo para evitarla, ¡dile que no!” S-si… vamos. “D’oh!” -tengo un claro conflicto con mi subconsciente-.

No encontré a nadie en mi facultad. Todos se habían ido. Y, ¿qué hago con ella? Quise llamar a alguno de mis amigos pero ella no me lo permitió y me preguntó si quería ir con ella y ser su pareja. La cosa se puso peor, quizá mi más grande defecto es que no sé cómo decirle no a una mujer. Esto me trae muchos problemas. Le hablé de mi conflicto con los ternos y trajes de gala, que no me gusta usarlos y menos para una fiesta. Al parecer lo entendió y me tomó del brazo preguntándome si me molestaba. Le dije que no.

Esa chica extraña, de quien no recordaba el nombre, ni ella el mío, empezaba a acercárseme, peligrosamente, cada vez más. Me preguntó si tenía enamorada. No supe qué responderle; la verdad es que yo no me puse a pensar seriamente en eso. ¿Tenía enamorada? Aunque no la consideraba así, estaba saliendo con alguien. Resolví que no. A punto de decirle eso, veo pasar a mi enamorada apócrifa con un tipo alto de aspecto desaliñado y agarrados de la mano. No supe qué sentir y descubrí que no tienes que saber qué sentir sino sentir lo que sientes. Y no sentí nada. Nos miramos, yo con una mirada sarcástica y ella con una risa nerviosa. Pasamos uno al lado del otro sin volver la cabeza, al menos yo no.

-No. Estoy libre, no tengo enamorada.

-Ah que bueno. ¿Estás libre mañana en la tarde? ¿Tienes clases?

-No, sólo en la mañana, ¿Por qué?

-Yo también estoy libre mañana en la tarde -supe que ella quería que la invitara a salir (a veces soy tan poco perceptivo)-.

-Ya pues, ¿salimos?. ¿A qué hora tienes tiempo?

-Qué tal a las tres y media… te doy mi número: 951…

Ya en la puerta de su casa me abrazó y rodeó su cintura, y algo más, con mis manos. No es precisamente mi tipo, pero tampoco la rechacé, no sé por qué.

De camino a casa me di cuenta que se olvidó sus entradas en mi mochila. Bueno, veinte soles no se pueden desperdiciar así. Llamé al “webo” para ir a la fiesta esa. La pasamos bien con dos amigos más, un primo falso y diez tíos de seguridad que nos buscaban ferozmente por problemas que pasan cuando le haces caso a las “webadas” sin sentido que te invita a hacer el “webo”. Aunque esto es parte de otra historia.

Son las tres de la tarde, iré a buscar a esa chica misteriosa para ver qué pasa, me mata la curiosidad. Extrañamente no tengo resaca; todo pasa por algo, me lo dijo mamá.

Relatos largos

¿Ése soy yo?

Soy megalómano y melómano. Adicto a encontrar explicaciones a todo, a hablar, a desmentir cualquier cosa que se diga o no se diga. Romántico sin tregua, melancólico, poeta fracasado y escritor frustrado. Soy un remedo de amante latino, irónico, calmado, sarcástico y serio al extremo. Solitario, amante de la noche, del cielo despejado, de las estrellas, del silencio. Idiota ególatra y egoísta protervo. Mujeriego pero fidelísimo, honesto. Soy una persona buena. Mentiroso ocasional y sincero compulsivo. No sé manejar carro y ya no uso mi bicicleta desde la vez que me atropellaron. Acrofóbico en teoría, indeciso, se me van las oportunidades buenas; sobre todo con las mujeres. Hablo en radio y no sé por qué ni de qué. Me gustan varias chicas a la vez pero no me he enamorado desde hace mucho, mucho tiempo y creo que nunca lo haré. No me gusta mi cabello pero no me lo corto y tampoco sé por qué. Soy perfeccionista y atorrante (aunque no sé exactamente lo que significa esa palabra), todos creen que leo mucho pero la verdad es que leo algo e intuyo todo lo demás relacionado al tema. Le caigo mal a la gente a primera vista porque parezco un petulante, un vanidoso. Soy introvertido, tímido, miedoso y algo impulsivo. Tengo manía de persecución y de que todos me conocen y saben mi vida, tengo la impresión de que todos conocen algo de mí; algo que quizá yo no conozca. Me gusta salir a divertirme pero casi nunca lo hago porque algo siempre sale mal. Soy extrovertido, osado, lengua larga y a veces (muchas veces) digo algo de más. Siento que no encajo en ningún sitio ni con nadie; soy un extraño a donde vaya y con quien esté. Soy una mala persona y algunos dicen que también mala influencia. Soy irreverente e intransigente pero muchas veces me vendo con facilidad. Muchas chicas piensan que me interesan pero la verdad es que no me intereso ni en mí mismo. He perdido el interés por mi apariencia, digo que no me hace falta nadie pero siempre ando en busca de alguien. Soy disconforme con todo pero complaciente hasta el filantropismo. Me cuesta decir que no, sobre todo ante la insistencia: es una debilidad. Quisiera escribir más seguido pero la pereza y la falta de tiempo (que no es otra cosa que pereza acumulada) me lo impiden. Soy de mente liberal en algunas cosas y en otras… lo intento.

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