Comunicación
La tiranía del ignorante
La tiranía del ignorante
En los debates en torno al riesgo se identifican tres agentes pertinentes o interesados: los científicos de las ciencias duras o también denominados expertos del riesgo, que le dan gran importancia a los modelos matemáticos para la predicción de eventos no deseados. En contraste, los científicos sociales, el segundo agente, incluyen en sus evaluaciones otros factores que afectan la forma como el público lego (el más afectado) percibe y gestiona el riesgo. En otro vértice de esta triada de los debates se encuentra el público en general, representado por diferentes instituciones políticas o sociales. Estas instituciones tratan de comprender el complejo entramado del riesgo en la búsqueda de una mayor participación en la evaluación y en la consecuente toma de decisiones. Desde cada agencia se generan debates que dilatan las soluciones a los problemas que se desprenden del desarrollo y uso de nuevas tecnologías. Los científicos o expertos motivados por otros intereses no desarrollan las soluciones que la sociedad civil demanda. Los legos, incluidos los políticos, influenciados por acontecimientos no anticipados, se oponen a la implementación de nuevas tecnologías, generando lo que Kitcher ha denominado “la tiranía del ignorante”. Algunos científicos sociales, por su parte, han dedicado sus esfuerzos a comprender este tipo de tensiones entre los agentes anteriores, presentando modelos que tratan de representar fenómenos como la percepción y divulgación del riesgo. Sin embargo, es poca la contribución en las soluciones a los problemas que se siguen acumulando en la sociedad del riesgo o, como la denomina Greenspan, la sociedad turbulenta donde la ignorancia cada vez la vuelve más caótica, más difícil de gobernar.
Pese a su ignorancia, el público en general no quiere estar ausente en las discusiones sobre el riesgo. Los riesgos materializados aumenta la desconfianza en los expertos y en sus representantes políticos en el poder, quienes en últimas se constituyen en los tomadores de decisiones. Los efectos no deseados los obliga a levantar su voz a través de otros representantes, tales como los grupos ambientalistas o las asociaciones en pro o en contra de x o y desarrollo tecnológico que, de alguna manera, dejan dudas sobre otros impactos sociales, ecológicos o, para la salud humana.
Esta desconfianza de los legos les hace creer que los expertos del riesgo y los tomadores de decisiones minimizan los posibles impactos de las nuevas tecnologías debido a los intereses de tipo político o económico, que podrían primar sobre la ética científica. Por otra parte, se ha podido evidenciar la tendencia de los legos a maximizar posibles efectos por el uso de las nuevas tecnologías, en especial, por la gran influencia que tienen de los medios masivos de comunicación. Problemas actuales como el calentamiento global, la extinción de especies, la deforestación y en general, el agotamiento de los recursos naturales, son motivo de discusiones entre las ciencias sociales y naturales, con la participación del público a través de sus representantes. En estas extensas polémicas se hace presente la subjetividad en cada uno de los agentes del debate, generando tensiones, que en lugar de coadyuvar a implementar posibles soluciones, si es que están en nuestras manos, conducen a veces a confundir y distorsionar la información sobre el riesgo. El riesgo minimizado, amplificado o simplemente distorsionado es el que en últimas llega a los hacedores de políticas y al público en general.
La comunicación del riesgo, sin los fundamentos científicos necesarios, debilita la ya deteriorada confianza en la ciencia y la tecnología. Por contraste, la comunicación del riesgo desde los expertos, sin el conocimiento del contexto socio-cultural, económico y político del público receptor, pierde efectividad con la consecuente pérdida de tiempo y dinero en los esfuerzos realizados para ello. El desastre de Nueva Orleáns es un ejemplo de ello; los intentos por convencer a la población para que abandonaran sus hogares no fueron acatados por un buen número de habitantes, en especial los de más bajos recursos, los más vulnerables. A este tipo de respuesta de la población, Covello & Wolf plantean algunos obstáculos que impiden una más efectiva comunicación del riesgo: mensajes inconsistentes, complejos o confusos, pérdida de confianza en las fuentes de información, los medios de comunicación a través de los cuales se emite el mensaje, y los factores sociales y psicológicos que afectan dicha información. En el caso de la población de Nueva Orleáns, que no atendió los llamados de evacuación, además de la pérdida de confianza en las instituciones, los factores económicos contribuyeron a la apatía frente al llamado de emergencia. La incertidumbre (entendida como ignorancia), las falsas creencias, las emociones y la desconfianza, juegan un papel importante en las experiencias riesgosas, evidenciando, igualmente, la brecha entre los expertos y el público lego. Es más fuerte la creencia infundada que la información dada por parte de los expertos a través de los medios de comunicación, se cree más en el rumor que en el informe técnico… la ignorancia se toma el poder.
Mientras los científicos tratan de establecer verdades sobre la naturaleza, los hallazgos se convierten en tema de debate moral, social y político. Mientras persista la creencia de consecuencias dañinas, la investigación pura se convierte en un ideal. La imagen de aquellos científicos de otrora movidos por el deseo de encontrar la verdad que aún la naturaleza no develaba, ha desaparecido. Hoy, la mayoría de los grupos de investigación se mueven por otros intereses: muchos de ellos son contratados por grandes empresas con el objeto de encontrar soluciones tecnológicas o innovaciones que les permita seguir siendo competitivos en el mercado. Otros, son los llamados grupos oficiales, aquellos que reciben todo el apoyo económico y político para sacar adelante sus investigaciones, en tanto que éstas no contradigan la corriente oficial (los del panel intergubernamental, por ejemplo). Por otra parte, la imparcialidad de los no expertos ha desaparecido también. Toda clase de juicios políticos, morales, sociales y económicos se hacen presentes en las investigaciones. Se originan, entonces, tensiones que socavan la poca confianza existente entre uno y otro agente, se fortalece la tiranía del ignorante.
La joven biotecnología se ve afectada por esta tiranía; el caso de la oveja Dolly y el de los cultivos genéticamente modificados, se constituyen en los casos más ilustrativos. Fruto de la incomprensión pública de la ciencia, los expertos desconfían del público lego, ven en la opinión pública al tirano que impide el logro de sus objetivos, el obstáculo para sacar adelante sus teorías o implementar sus nuevos desarrollos tecnológicos. A falta de una conciliación de intereses o de un lenguaje común y conciliador, el público lego busca, en sus nuevos representantes, la forma de entorpecer la implementación de tecnologías con alto grado de incertidumbre ¿Cómo suavizar estas tensiones? ¿Cómo acabar con la tiranía del ignorante? La respuesta está en el regreso de la objetividad de los expertos, entendida la objetividad científica como la actitud honesta, imparcial y responsable del científico, libre de las influencias que tratan de direccionar su actuar investigativo, consciente de las implicaciones o impactos que puedan generar los resultados de su investigación y la humildad que le permita divulgar en un lenguaje sencillo estos resultados. Pero, para el retorno de la objetividad científica se hacen necesarios algunos mecanismos que permitan un acercamiento del científico al contexto o entorno, en el cual se implementan sus resultados de investigación. Un posible mecanismo es aquel donde halla participación de todos los agentes afectados o interesados, que permitan democráticamente diseñar y evaluar las políticas públicas sobre ciencia y tecnología, así como la identificación, evaluación y gestión de los riesgos que de la ejecución de estas políticas puedan surgir. Al respecto, Olivé formula la siguiente pregunta:
¿Es deseable y posible que las sociedades democráticas modernas establezcan normas legítimas que animen y regulen la participación pública en el diseño y evaluación de políticas científicas, en la elaboración y aplicación de leyes que afecten incluso a los procesos de investigación científica, así como en la identificación, evaluación y gestión del riesgo generado por la ciencia y la tecnología?
Si aceptamos que los riesgos globales o de carácter colectivo, como el cambio climático, deben ser intervenidos colectivamente, nuestra respuesta al interrogante de Olivé, no puede ser otra… es deseable, justa y ética la participación pública que permita, en últimas, acabar con la tiranía del ignorante.
Referencias:
Covello, V. & Wolf, S., 2003. The seven cardinal rules of risk. Water Environment & Technology, 15, pp. 8-9.
Greenspan, A., 2007. The age of turbulence: adventures in a new world. New York: The Penguin Press.
Kitcher, P., 2001. Science, truth, and democracy. New York: Oxford University Press.
Olivé, L., 2000. La democratización de la ciencia desde la perspectiva ética. México: UNAM.
Una comunicación del riesgo interactiva
Una comunicación del riesgo interactiva
En este y en próximos Rincones del Riesgo trataremos los problemas sobre la comunicación del riesgo; problemas que emergen, por una parte, como consecuencia de los diferentes puntos de vista, perspectivas o enfoques que dan cuenta del mejor modelo que permita comunicar el riesgo: “…enfoque actuarial utilizando predicciones estadísticas, enfoque epidemiológico, enfoque ingenieril utilizando evaluaciones probabilísticas del riesgo, y teorías culturales y sociales del riesgo” (Palenchar & Heath, 2007, p.122) y, por otra parte, por la complejidad misma del fenómeno llamado riesgo. Con el surgimiento de los nuevos desarrollos tecnológicos y, con ellos, los nuevos riesgos, emergen igualmente los estudios sobre la comunicación del riesgo. Estos estudios son relativamente nuevos, en tanto que el término “risk communication” apenas empieza a utilizarse desde la década de los 80, e ingresa a los debates en los enfoques culturales y sociales a mediados de los años 90. Los cambios históricos de la tecnología, entonces, se reflejan en los cambios históricos de la comunicación del riesgo que, a nuestro modo de ver, obedecen a múltiples factores. Tres de esos factores son determinantes para el cambio de paradigmas en la comunicación del riesgo.
Un primer factor es la intervención activa del público lego en asuntos de riesgo. La participación del público en la evaluación y aceptación de las nuevas tecnologías es un factor que ha incidido en la continuidad de las investigaciones, desarrollos y distribución de dichas tecnologías. Este factor presupone un cambio paradigmático del viejo modelo vertical de la comunicación (top-down), en el que la confianza en las instituciones y en los buenos resultados (beneficios) minimizaba cualquier asomo de riesgo, a un nuevo modelo con participación activa de los stakeholders.
Un segundo factor es la responsabilidad que implica la toma de decisiones. La posibilidad de ocurrencia de grandes impactos en la sociedad, en la salud o en el ambiente (Bophal, Chernóbil, Exxon Valdez, cambio climático, nano riesgos, entre otros) ha demostrado que la responsabilidad no puede ser relegada a unos pocos. En ese sentido, en el nuevo paradigma se busca que esta responsabilidad recaiga en todos los involucrados. Así las cosas, la toma de decisiones se hace más compleja. Los fenómenos emergentes de la sociedad del siglo XXI han configurado una nueva sociedad que, en los problemas comunes, exige soluciones comunes. Esa otrora sociedad del riesgo (Beck, 1986) ha dado tránsito a una nueva sociedad de generaciones globales, que han comprendido su responsabilidad global. Se trata, entonces, de responsabilidad compartida que obliga a una gestión global y, a su vez, nuevos modelos de comunicación efectiva y situacional del riesgo.
Un tercer factor determinante lo encontramos en las nuevas posibilidades que brindan las TIC. La llamada web 2.0 y los recursos que ésta brinda posibilitan una mayor interacción en la comunicación.
Sobre la comunicación del riesgo existe una extensa producción en la literatura. Vincent Covello en 2007 afirmaba que existían cerca de 8,000 artículos peer reviewed publicados en revistas científicas y cerca de 2,000 libros. No obstante, la discusión actual gira en torno a la efectividad de la comunicación que depende de múltiples factores como el tipo de riesgo, el nivel de preocupación de los interesados o
de los posibles afectados, la fuente de comunicación, el mensaje, los medios de comunicación, la situación en la que se constituye el riesgo y, en especial, la caracterización del público objetivo (stakeholders). En ese contexto, creemos que se presentan diferentes tipos de comunicación, aun éstas estén referidas a un mismo riesgo. Comunicar el riesgo de una posible inundación (Nueva Orleans antes del Katrina) no es lo mismo que comunicar el riesgo de una inundación inminente (Nueva Orleans con el Katrina acercándose a sus playas); es decir, la comunicación depende de la situación y, por tanto, la estrategia comunicativa tendrá diferentes niveles de prioridad y de efectividad.
Lo anterior no significa que deban existir tales niveles. Un riesgo que tenga como efectos la destrucción, el daño o afectación a un sistema, debe ser comunicado con los mismos niveles de prioridad y efectividad, así éste no sea inminente. Sin embargo, los niveles son necesarios, en tanto que cada situación presenta, igualmente, diferentes niveles de complejidad; por ejemplo, el factor psicológico cambia con cada situación de riesgo. Existe mayor dificultad en el proceso de comunicación cuando el riesgo es inminente, en tanto que los afectados o potenciales afectados presentan condiciones especiales, entre ellas un estado de alteración psicológica en el que les es más difícil comprender los mensajes del riesgo.
Escollos como éste nos obligan a revisar la estrategia de comunicación, en la que deberían existir elementos que solucionen no sólo el problema psicológico, entre ellos el miedo, sino también otros factores que atentan contra el proceso de comunicación. Sin embargo, la historia de riesgos ha demostrado que no existe un procedimiento único que nos diga cómo enfrentar los problemas asociados al riesgo; basta darle una mirada a los diferentes medios de comunicación para identificar diversos modelos que priorizan la comunicación del desastre sobre las acciones a seguir. No existe un procedimiento que nos permita comunicar efectivamente el riesgo en situaciones de pánico, consternación o de desorden público. La comunicación del riesgo como proceso carece, entonces, de procedimientos estandarizados que permitan a los tomadores de decisiones definir el curso a seguir.
El proceso de comunicación multidireccional del riesgo viene ganando terreno gracias a la globalización de los medios de comunicación y a los nuevos canales disponibles tanto para comunicadores especializados como para todo aquel que quiera comunicar algo. Al definir una comunicación efectiva del riesgo, entonces, no se trata de describir un modelo en el cual un emisor utiliza un canal para que los interesados reciban un mensaje; la comunicación efectiva del riesgo es mucho más compleja, en tanto que es el riesgo el que se comunica. Esta comunicación debe contemplar factores como:
· La interactividad en la que el mensaje se reconstruye permanentemente mientras exista interacción.
· La efectividad comunicativa, que es consecuencia de la confianza y credibilidad entre los diferentes actores que intervienen en el proceso. Esta efectividad demanda un mejor canal de comunicación que permita trasmitir información de calidad o, si se prefiere, mejores representaciones (videos, imágenes), así como fuentes de autoridad (acceso a bases de datos académicas).
· El contexto que acota los límites del proceso, en tanto que habrá una comunicación para cada situación particular. Es decir, la comunicación del riesgo será efectiva si ésta es situacional, puesto que si bien existen códigos globales en la sociedad global, aún persisten marcadas diferencias en lo cultural, en lo económico y en lo social.
· Igualmente la intencionalidad de la comunicación, en la que se entremezclan los intereses de cada uno de los stakeholders, es de gran importancia, en tanto que en ella se reflejan los objetivos o metas de los generadores de la comunicación.
Por otra parte, una comunicación efectiva y situacional del riesgo debe responder a la pregunta ¿qué nos proponemos en la comunicación del riesgo? Si no es importante establecer los objetivos o metas de la comunicación, entonces cualquier comunicación es válida (todo vale), tal como ocurre con la mayoría de las entradas de la blogosfera. Sin embargo, nuestro propósito va mas allá de las simples informaciones que se depositan en la red. Los objetivos de una comunicación efectiva y situacional del riesgo se centran, obviamente, en los stakeholders con el propósito de establecer una comunicación racional, situacional e interactiva que permita la mejor toma de decisiones, entendida esta última como la toma de decisiones que atienden de la mejor manera los intereses y valores de todos los involucrados. No obstante este propósito, algunas comunicaciones del riesgo presentan como objetivo “asistir a los stakeholders y al público en general en el análisis racional de una decisión tomada bajo riesgo y llegar a un juicio equilibrado desde la evidencia efectiva sobre el tema y referido a sus propios intereses y valores”” (Renn, 2009, p.80).
Es decir, son comunicaciones que parten de decisiones ya tomadas, que tienen como objetivo convencer a los stakeholders de la racionalidad de tales decisiones. Así las cosas, la comunicación del riesgo depende también del tipo de riesgo. Riesgos inminentes como los asociados a una pandemia, a un desastre natural como el Katrina o a aviones como potenciales armas, demandan comunicaciones para la acción a partir de decisiones ya tomadas. Por otra parte, la fuente de riesgo es un factor importante que afecta los objetivos y el modelo de comunicación; es decir, riesgos de origen sanitario tendrán un modelo diferente a los riesgos (aún inciertos) de las nanotecnologías (nano riesgos). En ese sentido, se podría hablar de diferentes grados en la comunicación efectiva del riesgo, que dependen, en resumen, de factores como la confianza en las instituciones, la confianza en los medios de comunicación, las características de los stakeholders, la inminencia del riesgo, la fuente de riesgo, la complejidad del riesgo (nano riesgos, por ejemplo) y, especialmente, los objetivos de la comunicación. En este último factor, el tema ético juega un papel importante; por ejemplo, en el caso de los residuos nucleares “un tema definido como ’sitio para una instalación de residuos nucleares’ implica la comunicación necesaria para persuadir a otros que permitan u ofrezcan voluntariamente el sitio. Las cuestiones éticas aquí se dividen en dos categorías: (1) revelar las metas y motivos, y (2) cuáles de los posibles objetivos son deseables o preferibles” (Johnson, 1999, p.337).
Una comunicación efectiva de la Ciencia y la Tecnología presenta los objetivos que se pretende lograr con esta acción comunicativa (véase los currículos en la comunicación dada a través de los sistemas educativos). Sin embargo, comunicar asuntos de ciencia o de tecnología es comunicar sus beneficios y sus riesgos. Sobre estos últimos, parece que no hay claridad en los objetivos, a tal punto que la ciencia ficción y la especulación se anticipan a cualquier resultado de investigación:
En 1997 se anunció al mundo la existencia de la oveja Dolly. El tema de la clonación saltó repentinamente a los titulares de los medios de comunicación y fue objeto de fieras discusiones sobre su pertinencia ética, tanto en el café como al interior de los gobiernos. Los lectores de ciencia ficción nos quedamos muy tranquilos. Cualesquiera que fueran, nuestras opiniones ya estaban formadas. Habíamos tenido décadas para discutir y examinar la cuestión. Y éste no es un caso aislado. Antes que la misma realidad, la ciencia ficción se ocupó de las armas nucleares y de los problemas medioambientales, de nuestra reacción ante lo desconocido (Michel, 2006, p.8).
La complejidad del riesgo hace posible este tipo de imaginarios sociales; no obstante, en torno a la comunicación del riesgo y su efectividad existen otros conceptos cuyo abordaje no es simple, que son motivos de amplios y duraderos debates. Problemas como el de la percepción y el de la representación, tratados en otros Rincones del Riesgo, son algunos de estos problemáticos conceptos. Algunas de nuestras conclusiones se han vinculado a recientes investigaciones de la que hemos denominado psicología del riesgo, mas no como espectadores y fieles creyentes de una corriente, sino desde el análisis y confrontación con el mundo de riesgos en el cual crecemos y sobrevivimos; mundo rico en experiencias riesgosas, cuyos resultados son en grado, desde la simple molestia hasta la catástrofe. Conocer las múltiples dimensiones de los agentes perceptores del riesgo, por ejemplo, debe ser un tema amplio de discusión para aquellos que pretenden representar y comunicar el riesgo, en tanto su propósito sea una comunicación efectiva y situacional.
Pero comunicar el riesgo situacionalmente no es tarea sencilla, en tanto que el comunicador debe, a veces, convertirse en una especie de traductor del lenguaje científico y tecnológico. Por otra parte, no es un secreto que el mayor comunicador se encuentra en los medios masivos de comunicación, lo que nos lleva a algunos interrogantes: ¿es efectiva la comunicación del riesgo a través de los medios?, ¿considera la comunicación del riesgo el contexto de los stakeholders? Tres respuestas iniciales nos servirán para continuar la discusión. Una de tipo general: “No es efectiva la comunicación del riesgo a través de los medios tradicionales” y dos de tipo específico: “Algunos medios no convencionales podrían ser efectivos en la comunicación del riesgo” y “la red es el medio más efectivo de comunicación”. Esta últimas respuestas no pretenden constituirse en la panacea para resolver el interrogante; son sólo un primer acercamiento a las posibles opciones que tenemos para hacer más efectiva y situacional la comunicación del riesgo y, para ello, haremos un recorrido, en los próximos Rincones del Riesgo, a la efectividad de los medios convencionales de comunicación.
Si bien el paradigma del déficit cognitivo es criticado por su linealidad y porque se puede manipular la información, es posible encontrar otras estrategias que permitan el éxito en la comunicación. Por ejemplo, existe más confianza entre los pares (en conocimiento) o personas reconocidas por la comunidad, lo cual nos podría llevar a concluir que una estrategia de comunicación es llegar a un grupo más reducido y que éstos repliquen a un mayor número de personas. No se trata de un panel consultivo o deliberativo, se trata de buscar replicadores de los aspectos constitutivos del riesgo. No obstante, en medios masivos esta comunicación se puede convertir también en riesgo, en tanto que la amplificación, la distorsión y la desinformación emergen en la comunicación masiva.
En el próximo Rincón discutiremos la efectividad de la comunicación del riesgo desde las pantallas: ¿qué es lo que el público ve?
Referencias:
Beck, U., 1986. La sociedad del riesgo: hacia una nueva modernidad. Traducido por J. Navarro, D. Jiménez & B. M. Rosa. Barcelona: Paidós, 1998.
Covello, V., 2007. Effective Risk and Crisis Communication during Water Security Emergencies. Center for Risk Communication. New York: U.S. Environmental Protection Agency (EPA).
Johnson, B.B., 1999. Ethical issues in risk communication: continuing the discussion. Risk Analysis, 19 (3), pp. 335-348.
Michel, B., 2006. Una puerta al universo: la ciencia ficción como agente para la divulgación científica. En: I congreso iberoamericano de Ciencia, Tecnología, Sociedad e Innovación. México.
Palenchar, M.J. & Heath, R.L., 2007. Strategic risk communication: adding value to society. Public Relations Review, (33), pp. 120-129.
Renn, O., 2009. Risk communication: insights and requirements for designing successful communication programs on health and environmental hazards. En: R.L. Heath & H.D. O’Hair, eds. 2009. Handbook of risk and crisis communication. New York: Routledge, pp. 80-98.
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