Rincón del Riesgo

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Riesgo prostático - mis momentos de angustia (cuarta parte)

Parte cuatro

Mientras hay vida, hay esperanza.

Teócrito

Desde el 22 de junio mis pensamientos estaban centrados en la palabra “cáncer”… era un paciente con CA de próstata. He afirmado que lo que menos quiere saber un paciente de cáncer es sobre el cáncer, pero ello no significa que no queramos saber del cómo atacarlo. En el informe de patología de la biopsia, se sugería confirmar con una inmunohistoquímica. El último urólogo me dijo que no era necesario. Al consultar sobre este procedimiento, encontré dos conceptos no muy alentadores. El primero decía que era una forma de conocer que tan agresivo era el cáncer, mi conclusión era que no quería saber sobre ese nivel de agresividad. El segundo concepto, hallado en la revista española de urología, era más preocupante, pues parece que los resultados de patología en una biopsia pueden arrojar falsos positivos (lo identificado como carcinoma, no lo es) o falsos negativos (lo identificado como hiperplasia o como atrofia, realmente es un carcinoma). Revisé mis resultados… hiperplasia en la muestra uno y atrofia en las muestra dos a cinco. Según los autores del artículo consultado, “aparte del adenocarcinoma convencional y de otras variantes histológicas más o menos frecuentes, existe un grupo de adenocarcinomas «difíciles» que se caracterizan por simular las dos lesiones benignas que prácticamente nunca faltan en cualquier biopsia de próstata: la hiperplasia y la atrofia” (Etxezarraga, Bilbao, & López, 2005, pág. 142).

Decidí, entonces, que mi último urólogo tenía razón… no había necesidad de conocer el nivel de agresividad de mi cáncer. Sólo bastaba saber que era curable, por estar focalizado y por su tamaño pequeño, pues “el cilindro comprometido está afectado por el tumor en 15%” (informe de patología de mi próstata). Me aferré a esta creencia y me decía permanentemente… tengo un pequeño tumor que se puede curar: “Mientras hay vida hay esperanza”.

La hiperplasia, menos silenciosa que el cáncer

El 31 de julio surge mi cuarto problema. Ese día, en la mañana, no pude orinar. Como en el mes de marzo, esperé unas tres horas confiado en que lo podía lograr. Pero… nada. Empecé a sentir una presión en mi vejiga, bastante dolorosa. Mi esposa y mi hija, me decían insistentemente que nos fuéramos a un centro de urgencias, finalmente accedí.

Llegamos al hospital más cercano. Evaluaron mi condición para determinar si podría ingresar como un caso de urgencia. Una de las enfermeras palpó mi abdomen y expresó… tiene globo, lo que significaba que era una urgencia. Miré mi abdomen y noté que mi hernia había desparecido… tenía globo.

El médico urgentólogo ordenó que me drenaran a través de una sonda vesical, el dolor seguía aumentando. Una enfermera inició el procedimiento, le escuché que lo haría con una sonda 14. Sentí el ingreso de la sonda por mi uretra, algo molesta pero no dolorosa… No pasa, dijo la enfermera. La miré con angustia, pues ya había superado mi umbral del dolor. No se preocupe, intentaremos con una 10, la que usamos para niños… debe pasar, pero… no pasó. Llamemos al urólogo, dijo otra enfermera. Mientras llamaban al urólogo, me prepararon para lo peor, ¡sonda a través de una incisión! El urgentólogo trataba de animarme, me decía que era un procedimiento más mórbido pero efectivo.

Pasó una hora y no aparecía el urólogo. Como lo decía, en otro apartado, son muchos los enfermos y pocos los especialistas, en el hospital sólo había un urólogo de turno. Miré a mi esposa y noté sus lágrimas, yo sudaba y, por primera vez, grité de dolor, pese a que me habían aplicado una droga para ello. Diez minutos después, apareció el urólogo con un grupo, al parecer, de estudiantes de medicina. Preguntó sobre mi situación, a lo que le respondieron: Paciente de CA de próstata, que ingresa por incontinencia urinaria. Se ha tratado con dos sondas sin éxito, ambas han salido con sangrado. El urólogo preguntó por los calibres de las sondas. Después de enterarse, pidió una número 20 y con una agilidad y rapidez, la introdujo en mi vejiga a través de la uretra. Miré la sonrisa de mi esposa, al mismo tiempo que sentía un gran alivio en mi vejiga.

Al leer lo anterior, se podría concluir que mi cuarto problema era la incontinencia, lo que no es cierto. Mi cuarto problema, fue la sonda vesical. La incontinencia es un efecto propio de mi problema de hiperplasia, así como el estreñimiento y las infecciones urinarias. Mi nuevo gran problema era una sonda vesical de más de 40 cm de largo y de un buen calibre. En mis consultas, me enteré que,

Calibre: 8 Ch para los niños, entre 14 y 18 Ch para los hombres y entre 16 y 20 Ch para las mujeres. Longitud estándar: 41 cm, siendo un Ch equivalente a 0.33 mm

El urólogo, que resultó ser un estudiante de urología, me dijo que no me retiraría la sonda, que sería una decisión de mi urólogo tratante. Miré la sonda y concluí. Estarás conmigo durante un mes. La próxima cita era a finales de agosto. Pregunté por la duración de la sonda, a lo cual me respondieron que me habían instalado una sonda Foley de tres semanas de duración. Esta sonda tiene un globo pequeño inflado en el extremo, que impide que la sonda se deslice fuera del cuerpo.

Fuente: https://www.nlm.nih.gov/medlineplus/spanish/ency/article/003981.htm

Supongo que tanto el urólogo como las enfermeras estaban convencidos que mi urólogo tratante me recibiría ese mismo día, pues me despacharon sin mayores indicaciones de cuidado de la sonda, excepto porque tenía que tomar mucho líquido y sostener la sonda por debajo de la vejiga.

Los primeros quince días con la sonda fueron muy tormentosos, por el desconocimiento. Observaba que drenaba sangre y sedimentos, además de un permanente e insoportable ardor. Regresé al hospital, por otro tipo de urgencia, que no tenía que ver con la próstata. Una enfermera, al notar que aún tenía la sonda, me entregó una hoja con instrucciones de manejo. Lo de la sangre y los sedimentos lo controlé, pues la hoja de instrucciones aclaraba que era tomar bastante líquido, al menos tres litros de agua diarios. Lo del ardor, lo supe más tarde.

Tratando de controlar el ardor, consulté sobre manejo de sondas vesicales, encontrándome con los riesgos asociados a la misma:

· Alergia o sensibilidad al látex

· Cálculos vesicales

· Infecciones de la sangre (septicemia)

· Sangre en la orina (hematuria)

· Daño renal (por lo regular con el uso de sondas permanentes por mucho tiempo)

· Lesión uretral

· Infecciones renales o de las vías urinarias

· Espasmos vesicales que no desaparecen

· Sangrado dentro o alrededor de la sonda

· Fiebre o escalofríos

· Escape de grandes cantidades de orina alrededor de la sonda

· Cálculos o sedimento en la sonda vesical o la bolsa de drenaje

· Inflamación de la uretra alrededor de la sonda

· Molestias vesicales del tipo cistitis.

Leído lo anterior, mantuve una estricta disciplina de aseo y cuidado de la sonda. Ahora, me preocupaba lo de las tres semanas.

Gracias a un amigo, contacté una uróloga para que me hiciera el cambio de sonda. Esta joven y amable uróloga me atendió en su consultorio, una de sus enfermeras me retiró la sonda. Le propuse que me quedaría en los alrededores para saber si podía orinar normalmente y evitar una nueva sonda, propuesta que aceptó. Al cabo de dos horas, le informé que estaba orinando bien y me fui para mi casa. Al otro día regresé desesperado para que me instalara la sonda, la crisis de continencia se había vuelto a presentar. La uróloga, por teléfono, me indicó que un urólogo amigo me atendería… quinto urólogo. Llegué al consultorio desesperado e inmediatamente me atendieron. De todo esto quedaron dos resultados positivos. El primero, es que pedí una sonda más pequeña, me instalaron una calibre 18, suponía que el tamaño estaba asociado al ardor; el segundo, es que descubrí, en la conversación con el urólogo, que existían los tapa sonda. Desde ese día empecé a usarlos para el día, se volvió más cómodo el no portar la bolsa de orina,  en mi trabajo.

El 25 de agosto tuve la cita con mi urólogo tratante, para mi sorpresa se trataba del mismo urólogo anterior, luego me enteré que el primer urólogo había renunciado. Le informé sobre la sonda, me dijo que debía seguir con ella y me dio una orden para cambio de sonda.

El 29 de agosto fui a mi IPS a que me cambiaran la sonda. Una enfermera retiró la sonda e intentó introducir otra de calibre 18 que yo había llevado para el procedimiento, pero… no pasó. Llamó a una compañera, quien le sugirió una 14, pero… tampoco pasó. Llamaron a la enfermera jefe, quien intentó con una 16, tampoco pasó. Es mejor que vayas por urgencias, me recomendaron. Desconsolado miré a mi esposa, notando la angustia compartida. Regresamos al hospital con la esperanza de encontrar al estudiante de urología… ese día no era su turno. El urgentólogo al notar nuestra angustia, trató inútilmente de pasar una 20. Cuatro sondas que me habían masacrado anunciaban lo peor: cirugía, procedimiento mórbido, riesgo de infección, incapacidad para trabajar… al caído, caéle.

Le pregunté al médico si había posibilidad de contactar al urólogo. Con sorpresa y alegría supimos que eran amigos, que ya lo había llamado y venía en camino. Nuevamente el dolor, nuevamente la espera. Llegó el urólogo, pidió una sonda 20 y, como la vez anterior, con agilidad y rapidez, instaló exitosamente la sonda. Pese al sufrimiento y a las angustias, nunca olvidaré la solidaridad de estos dos jóvenes médicos.

Regresé a mi casa con una nueva sonda número 20 pero, además doble J, que me acompañó hasta mi cirugía. Con esta última sonda, luego de 20 días, me infecté con una bacteria, situación que relataré en la quinta y última parte de este Rincón.

Termino esta parte con algunas estadísticas, que deben preocupar a aquellos que no realizan los chequeos periódicos de su próstata.

El cáncer de próstata sigue siendo la neoplasia maligna más frecuente en el varón en todos los registros de tumores, y prácticamente la segunda causa de muerte masculina por cáncer. La Sociedad Americana del Cáncer estima que durante 2005 se diagnosticarán algo más de 232.000 nuevos casos, y que aproximadamente 30.000 enfermos morirán por enfermedad metastásica en el mismo periodo. Además, un varón de cada 5 desarrollará cáncer de próstata a lo largo de su vida y uno de cada 33 morirá por su causa. El envejecimiento paulatino de la población augura un futuro sombrío a pesar de los esfuerzos terapéuticos que se están llevando a cabo (Etxezarraga, Bilbao, & López, 2005, pág. 142).

Bibliografía:

Etxezarraga, C., Bilbao, F. J., & López, J. I. (2005). Revisión de los adenocarcinomas de próstata con patrón pseudohiperplásico y pseudoatrófico. Revista española de patología, 38(3), 141-147.

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