Rincón del Riesgo

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¿Por qué hacemos aquello que nos puede hacer daño?

En este rincón de nuestro periódico publicaremos algunas reflexiones sobre ese fenómeno llamado riesgo. No realizaremos complejos análisis matemáticos o estadísticos sobre cómo se estima un riesgo específico, nuestro propósito es discutir sobre cómo percibimos, representamos, comunicamos y actuamos frente a un riesgo. Así las cosas, es mucho sobre lo que podemos hablar, puesto que son muchos los riesgos a los que nos enfrentamos, tanto naturales como sociales y, especialmente, los riesgos tecnológicos.

Iniciemos, entonces, con la pregunta que titula este primer rincón ¿por qué hacemos aquello que nos puede hacer daño? Una buena ilustración a esta pregunta, es la siguiente imagen:

¿Por qué seguimos fumando si sabemos que nos puede hacer daño? Quiero que nos detengamos en cómo he formulado la pregunta. No he sido categórico en que la decisión de fumar produce daño, he afirmado que “es posible” que nos cause daño, y es en “la posibilidad” donde encontraremos parte de la respuesta a la pregunta, como veremos más adelante. Obviamente, un médico nos afirmará que la adicción al tabaco inexorablemente produce daño en nuestro organismo, pero es “posible” que podamos vivir muchos años sin que el daño lo percibamos, lo sintamos o lo suframos o, incluso, morir a edades avanzadas por causas no asociadas al tabaquismo. Podemos hacernos muchas más preguntas sobre decisiones que tomamos, sabiendo que es posible que se presenten consecuencias negativas, a fin de cuentas, toda decisión es un riesgo ¿por qué conducimos un auto en estado de embriaguez si sabemos que nos puede causar daño?, ¿por qué habitamos en una vivienda mal construida si sabemos que puede irse al suelo en un terremoto?, ¿por qué no le dedicamos el tiempo necesario al estudio si sabemos que podemos perder el semestre?

Ahora analicemos posible respuestas a estas preguntas. Fumamos porque sabemos que es posible que no nos haga daño, es otra mirada del riesgo, tal como lo explica el psicólogo israelí, Daniel Kahneman, asumimos el riesgo porque vemos con prominencia su parte positiva. Fumamos porque sabemos que muchos han fumado sin sufrir daño, tal como el viejo fumador de tabaco de la foto, es así como convivimos con el riesgo; asumimos, entonces, el riesgo, cual ruleta rusa apostamos nuestra vidas en la decisión de fumar, con la esperanza de acertarle a la parte del tambor que no tiene la bala. Pero, esta respuesta aún no es suficiente para explicar el por qué fumamos, el por qué conducimos un auto embriagados o el por qué  arriesgamos nuestras vidas cruzando una vía con un tráfico de alta velocidad… ¿por qué tomamos la decisión si existe la posibilidad del daño?

Es importante que diferenciemos el término “posibilidad” del término “probabilidad”. Toda experiencia individual, incluida la de los expertos, es subjetiva. El riesgo depende del agente perceptor y nada puede ser medido más allá de esa percepción; es decir, rechazamos cualquier idea de riesgo objetivo o probabilístico. Los hallazgos en los estudios de percepción del riesgo evidencian nuestra tendencia a subestimar las probabilidades, le tememos más a viajar en avión que en un automóvil, pese a que los accidentes automovilísticos son la segunda causa de muerte en el mundo. Para nosotros es más relevante la prominencia del desastre que la baja probabilidad en un riesgo, contrario a la débil imagen de los efectos de un riesgo de alta probabilidad de ocurrencia, como la muerte por fumar tabaco. En general, el experto presta más atención a las probabilidades y nosotros a las consecuencias. He ahí la irracionalidad del riesgo subjetivo proclamado por los expertos. Lo cierto es que nosotros, los legos en la materia, percibimos muchos riesgos sin necesidad de recurrir al análisis matemático o probabilista. Es un riesgo cruzar las vías de alto tráfico, el nadar en un río turbulento, el contacto con personas infectadas con un virus, el transitar por una calle desconocida a altas horas de la noche y en una ciudad con marcados índices de violencia, el navegar en Internet sin una protección contra virus… Pero, la percepción de estos riesgos parece no ser suficientemente efectiva; igual son muchos los muertos y heridos en accidentes automovilísticos, siempre existirán los ahogados, los infectados y los atacados en una calle a altas horas de la noche y, obviamente, muchos los muertos por fumar tabaco.

Tomamos decisiones por qué percibimos el riesgo lejano. Esta es otra posible respuesta a nuestra pregunta. Empezamos a fumar desde jóvenes porque vemos el daño muy lejano, porque aquellos que son afectados o impactados por la bala de la ruleta rusa, en general, son de edades avanzadas… el riesgo es lejano. Vimos lejano el virus de la gripe aviar, sin importarnos los cientos de muertos en el continente asiático que los medios de comunicación nos informaban… era un riesgo lejano. Pero cuando el virus tocó las puertas de nuestro vecino (México), dejó de ser lejano y empezamos a preocuparnos y a tomar medidas de control, corrimos a informarnos, a comprar tapa bocas y averiguar por el famoso tamiflú… las empresas farmacéuticas hicieron su agosto. Cuando vemos morir un familiar o conocido por causa del tabaquismo, el riesgo deja de ser lejano, tomamos la decisión de no fumar más, pero una vez superamos el duelo, vuelve a ser lejano… volvemos a fumar.

Estas son algunas “posibles respuestas” a nuestra toma de decisiones riesgosas. Alguien podrías afirmar que hay algo de irracionalidad en estas decisiones y, en parte, tiene razón. Nuestro propósito fue solo tratar de dar respuesta a esta pregunta, que seguramente estarán sujetas a la discusión. Sin embargo, la lejanía del riesgo es un argumento válido no solo para riesgos individuales sino, también, para los riesgos colectivos cuyos efectos tienen un solo culpable… nosotros. En riesgos globales o democráticos (el cambio climático, por ejemplo), en términos de Beck, las decisiones, las políticas, las culpas y las consecuencias son democráticas. Pero esto será tema de otro rincón.

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