Rincón del Riesgo

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Archivo de Diciembre, 2013

Space… entre la creencia y la duda

Un alpinista imprudente,
que subía solo por un precipicio, se encuentra colgado en el extremo de su
cuerda de seguridad mil pies arriba del barranco. Incapaz de subir por la
cuerda o de balancearse hacia un apoyo seguro, grita desesperado: ¡aloo, aloo!
¿Alguien puede ayudarme? Para su asombro, la nubes se separan y son atravesadas
por una hermosa luz,  y una potente voz
le responde: ¡Si, hijo mío, yo puedo ayudarte, toma tu cuchillo y corta la
cuerda! El alpinista toma su cuchillo, se detiene, piensa y piensa. Entonces
grita: ¿Alguien más puede ayudarme? 

No pretendo, en este Rincón, agregar más información sobre esta tragedia antioqueña. Las fotos, los videos y el gran número de comentarios, especulaciones y entrevistas han sido más que suficientes para habernos enterado de lo que ocurrió, así aún no sepamos ¿por qué ocurrió?

Tampoco es mi intención agregar más morbo sobre la ingeniería antioqueña, que respeto y admiro por sus grandes obras, por su historia y por su aporte al desarrollo de la región y del país.

Este Rincón está dedicado a la dicotomía creencia – duda que, como en el relato del alpinista de Daniel Dennett, está presente en nuestras decisiones. La acción de creer o no creer es una decisión y por tanto es riesgo. En ese mundo de creencias que nace desde la percepción, creemos en lo que vemos y creemos en los que nos dicen, siempre en un menor o mayor grado de creencia. Creemos en las impresiones que afectan nuestros sentidos, creemos que hace frío porque sentimos el frío, si no lo creyésemos podríamos morir de frío. Creemos en lo que alguien nos dice, porque ese alguien es una autoridad en lo que dice o, porque siendo niños, ese alguien es el adulto en el cual creemos. Creemos en Dios, porque el adulto, la autoridad, creen, o simplemente porque la mayoría tiene esa creencia. Pero, como al alpinista, nos llega el momento de la duda.

El tránsito entre la duda y la creencia o viceversa se debe a que nuestra percepción, al igual que las creencias, es por grados. La percepción fuerte o en su grado más alto es nuestra creencia convertida en certeza, es nuestra verdad del mundo externo e interno. Grados más bajos de creencia están más cerca de la duda que de la certeza. Tomar decisiones cuando nuestra creencia no está en su grado más alto, es tomar decisiones con vacilación, tal como lo hizo el alpinista, tal como lo hicieron los habitantes de Space días antes de la evacuación. La percepción de un fenómeno (peligro por ejemplo) obtenida directamente desde la experiencia, es más fuerte que aquella lograda a través de las representaciones de ese evento o fenómeno del mundo. Los perceptores directos del ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001 fueron fuertemente impresionados por las imágenes y los sonidos originados por el desastre, su percepción del peligro y del riesgo asociado al terrorismo llegó al nivel más alto. Los perceptores de las grietas, los extraños sonidos y movimientos de un edificio a punto de colapsar… percibieron el riesgo inminente y, como el alpinista, gritaron ¿Alguien más nos puede ayudar?

Este grito de ayuda se da porque surge la duda en la autoridad, en el experto. En nuestro mundo de creencias o, si se prefiere, en nuestro conocimiento, el experto es al que recurrimos en momentos de duda. Recurrimos al médico cuando tenemos dudas sobre nuestra salud, recurrimos al plomero cuando algo no funciona bien en nuestra red de acueducto domiciliaria, recurrimos al ingeniero cuando nuestra vivienda presenta daños. Pero, cuando la respuesta no satisface nuestro mundo de creencias o a nuestras percepciones de alto grado, recurrimos a otra autoridad.

Volviendo a nuestra afirmación humeana de un mayor grado de creencia desde la experiencia sensible, es posible conciliar un poco con el realismo ingenuo, si aceptamos que estas creencias se anclan con más firmeza por la evidencia empírica. En el contexto del riesgo, las experiencias del riesgo materializado fijan nuestras creencias en el riesgo. Aquellos que han vivido el horror de la tragedia poseen un grado de creencia alto y ésta, a su vez, presenta un alto nivel de verdad. Son creencias que se acercan a la certeza y  a la verdad objetiva. Se constituyen en el último eslabón de la percepción del riesgo, llegan al umbral de la conciencia o lo que Edelman ha denominado la conciencia superior o la conciencia per se. Es decir, este riesgo percibido y recreado en nuestra conciencia se convierte en parte de nuestro propio ser. Nuestras decisiones para cruzar una vía de alto tráfico vinculan esas creencias aferradas a nuestro ser, ¿quién, estando al borde de una carretera, no se ha sobresaltado al escuchar la bocina de un auto? No necesita de complejas inferencias para esta reacción. Este riesgo percibido en su nivel más alto está cargado de experiencia y su nivel de verdad está en su extremo de certeza, que difícilmente variará. Riesgos que se constituyen en parte integral de nuestro ser son los que han permitido nuestra supervivencia, lo que permitió que muchos habitantes del edificio Space salvaran sus vidas. Riesgos que no han franqueado el umbral de la conciencia son los que nos hacen más vulnerables, somos muy vulnerables a los efectos del cambio climático, altamente vulnerables a los efectos catastróficos de un terremoto. Debo aclarar que los efectos de un terremoto no es que carezcan de percepción, no está mi afirmación eludiendo la conciencia que tenemos de dichos efectos; lo que afirmo es la percepción de bajo grado en el riesgo sísmico como tal. Tampoco es un mal universal, pero para aquellos que son los que más se resienten por los efectos de la catástrofe es prácticamente un universal. Basta con evaluar las condiciones de vulnerabilidad propicias para la catástrofe.

La dicotomía creencia – duda, está estrechamente relacionada con la dicotomía riesgo – incertidumbre. En la incertidumbre no hay conocimiento (creencia), hay ignorancia; por contraste a los grados de creencia, en la ignorancia se recurre a los grados de preferencia; es decir, optamos por aquellas afirmaciones del mundo que más se acerquen a nuestras creencias, sin constituirse éstas en parte de nuestras creencias. En la toma de decisiones desde la incertidumbre, el rol de las preferencias está por encima de las creencias. Es allí donde es exitosa la versión del segundo experto que, para el caso del edificio Space de Medellín, fue el Departamento Administrativo para la Gestión del Riesgo, Emergencias y Desastres –Dagred–. Siempre he dudado de la gestión de este tipo de organismos, porque nos volvimos expertos en la gestión del desastre pero, como un buen ejemplo de prevención, el Dagred dio la respuesta correcta al grito del alpinista.

Comunicación

¿Por qué hacemos aquello que nos puede hacer daño?

En este rincón de nuestro periódico publicaremos algunas reflexiones sobre ese fenómeno llamado riesgo. No realizaremos complejos análisis matemáticos o estadísticos sobre cómo se estima un riesgo específico, nuestro propósito es discutir sobre cómo percibimos, representamos, comunicamos y actuamos frente a un riesgo. Así las cosas, es mucho sobre lo que podemos hablar, puesto que son muchos los riesgos a los que nos enfrentamos, tanto naturales como sociales y, especialmente, los riesgos tecnológicos.

Iniciemos, entonces, con la pregunta que titula este primer rincón ¿por qué hacemos aquello que nos puede hacer daño? Una buena ilustración a esta pregunta, es la siguiente imagen:

¿Por qué seguimos fumando si sabemos que nos puede hacer daño? Quiero que nos detengamos en cómo he formulado la pregunta. No he sido categórico en que la decisión de fumar produce daño, he afirmado que “es posible” que nos cause daño, y es en “la posibilidad” donde encontraremos parte de la respuesta a la pregunta, como veremos más adelante. Obviamente, un médico nos afirmará que la adicción al tabaco inexorablemente produce daño en nuestro organismo, pero es “posible” que podamos vivir muchos años sin que el daño lo percibamos, lo sintamos o lo suframos o, incluso, morir a edades avanzadas por causas no asociadas al tabaquismo. Podemos hacernos muchas más preguntas sobre decisiones que tomamos, sabiendo que es posible que se presenten consecuencias negativas, a fin de cuentas, toda decisión es un riesgo ¿por qué conducimos un auto en estado de embriaguez si sabemos que nos puede causar daño?, ¿por qué habitamos en una vivienda mal construida si sabemos que puede irse al suelo en un terremoto?, ¿por qué no le dedicamos el tiempo necesario al estudio si sabemos que podemos perder el semestre?

Ahora analicemos posible respuestas a estas preguntas. Fumamos porque sabemos que es posible que no nos haga daño, es otra mirada del riesgo, tal como lo explica el psicólogo israelí, Daniel Kahneman, asumimos el riesgo porque vemos con prominencia su parte positiva. Fumamos porque sabemos que muchos han fumado sin sufrir daño, tal como el viejo fumador de tabaco de la foto, es así como convivimos con el riesgo; asumimos, entonces, el riesgo, cual ruleta rusa apostamos nuestra vidas en la decisión de fumar, con la esperanza de acertarle a la parte del tambor que no tiene la bala. Pero, esta respuesta aún no es suficiente para explicar el por qué fumamos, el por qué conducimos un auto embriagados o el por qué  arriesgamos nuestras vidas cruzando una vía con un tráfico de alta velocidad… ¿por qué tomamos la decisión si existe la posibilidad del daño?

Es importante que diferenciemos el término “posibilidad” del término “probabilidad”. Toda experiencia individual, incluida la de los expertos, es subjetiva. El riesgo depende del agente perceptor y nada puede ser medido más allá de esa percepción; es decir, rechazamos cualquier idea de riesgo objetivo o probabilístico. Los hallazgos en los estudios de percepción del riesgo evidencian nuestra tendencia a subestimar las probabilidades, le tememos más a viajar en avión que en un automóvil, pese a que los accidentes automovilísticos son la segunda causa de muerte en el mundo. Para nosotros es más relevante la prominencia del desastre que la baja probabilidad en un riesgo, contrario a la débil imagen de los efectos de un riesgo de alta probabilidad de ocurrencia, como la muerte por fumar tabaco. En general, el experto presta más atención a las probabilidades y nosotros a las consecuencias. He ahí la irracionalidad del riesgo subjetivo proclamado por los expertos. Lo cierto es que nosotros, los legos en la materia, percibimos muchos riesgos sin necesidad de recurrir al análisis matemático o probabilista. Es un riesgo cruzar las vías de alto tráfico, el nadar en un río turbulento, el contacto con personas infectadas con un virus, el transitar por una calle desconocida a altas horas de la noche y en una ciudad con marcados índices de violencia, el navegar en Internet sin una protección contra virus… Pero, la percepción de estos riesgos parece no ser suficientemente efectiva; igual son muchos los muertos y heridos en accidentes automovilísticos, siempre existirán los ahogados, los infectados y los atacados en una calle a altas horas de la noche y, obviamente, muchos los muertos por fumar tabaco.

Tomamos decisiones por qué percibimos el riesgo lejano. Esta es otra posible respuesta a nuestra pregunta. Empezamos a fumar desde jóvenes porque vemos el daño muy lejano, porque aquellos que son afectados o impactados por la bala de la ruleta rusa, en general, son de edades avanzadas… el riesgo es lejano. Vimos lejano el virus de la gripe aviar, sin importarnos los cientos de muertos en el continente asiático que los medios de comunicación nos informaban… era un riesgo lejano. Pero cuando el virus tocó las puertas de nuestro vecino (México), dejó de ser lejano y empezamos a preocuparnos y a tomar medidas de control, corrimos a informarnos, a comprar tapa bocas y averiguar por el famoso tamiflú… las empresas farmacéuticas hicieron su agosto. Cuando vemos morir un familiar o conocido por causa del tabaquismo, el riesgo deja de ser lejano, tomamos la decisión de no fumar más, pero una vez superamos el duelo, vuelve a ser lejano… volvemos a fumar.

Estas son algunas “posibles respuestas” a nuestra toma de decisiones riesgosas. Alguien podrías afirmar que hay algo de irracionalidad en estas decisiones y, en parte, tiene razón. Nuestro propósito fue solo tratar de dar respuesta a esta pregunta, que seguramente estarán sujetas a la discusión. Sin embargo, la lejanía del riesgo es un argumento válido no solo para riesgos individuales sino, también, para los riesgos colectivos cuyos efectos tienen un solo culpable… nosotros. En riesgos globales o democráticos (el cambio climático, por ejemplo), en términos de Beck, las decisiones, las políticas, las culpas y las consecuencias son democráticas. Pero esto será tema de otro rincón.

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