Rincón del Riesgo

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Archivo de Octubre, 2011

La tiranía del ignorante


RINCÓN DEL RIESGO

La tiranía del ignorante

En los debates en torno al riesgo se identifican tres agentes pertinentes o interesados: los científicos de las ciencias duras o también denominados expertos del riesgo, que le dan gran importancia a los modelos matemáticos para la predicción de eventos no deseados. En contraste, los científicos sociales, el segundo agente, incluyen en sus evaluaciones otros factores que afectan la forma como el público lego (el más afectado) percibe y gestiona el riesgo. En otro vértice de esta triada de los debates se encuentra el público en general, representado por diferentes instituciones políticas o sociales. Estas instituciones tratan de comprender el complejo entramado del riesgo en la búsqueda de una mayor participación en la evaluación y en la consecuente toma de decisiones. Desde cada agencia se generan debates que dilatan las soluciones a los problemas que se desprenden del desarrollo y uso de nuevas tecnologías. Los científicos o expertos motivados por otros intereses no desarrollan las soluciones que la sociedad civil demanda. Los legos, incluidos los políticos, influenciados por acontecimientos no anticipados, se oponen a la implementación de nuevas tecnologías, generando lo que Kitcher ha denominado “la tiranía del ignorante”. Algunos científicos sociales, por su parte, han dedicado sus esfuerzos a comprender este tipo de tensiones entre los agentes anteriores, presentando modelos que tratan de representar fenómenos como la percepción y divulgación del riesgo. Sin embargo, es poca la contribución en las soluciones a los problemas que se siguen acumulando en la sociedad del riesgo o, como la denomina Greenspan, la sociedad turbulenta donde la ignorancia cada vez la vuelve más caótica, más difícil de gobernar.

Pese a su ignorancia, el público en general no quiere estar ausente en las discusiones sobre el riesgo. Los riesgos materializados aumenta la desconfianza en los expertos y en sus representantes políticos en el poder, quienes en últimas se constituyen en los tomadores de decisiones. Los efectos no deseados los obliga a levantar su voz a través de otros representantes, tales como los grupos ambientalistas o las asociaciones en pro o en contra de x o y desarrollo tecnológico que, de alguna manera, dejan dudas sobre otros impactos sociales, ecológicos o, para la salud humana.

Esta desconfianza de los legos les hace creer que los expertos del riesgo y los tomadores de decisiones minimizan los posibles impactos de las nuevas tecnologías debido a los intereses de tipo político o económico, que podrían primar sobre la ética científica. Por otra parte, se ha podido evidenciar la tendencia de los legos a maximizar posibles efectos por el uso de las nuevas tecnologías, en especial, por la gran influencia que tienen de los medios masivos de comunicación. Problemas actuales como el calentamiento global, la extinción de especies, la deforestación y en general, el agotamiento de los recursos naturales, son motivo de discusiones entre las ciencias sociales y naturales, con la participación del público a través de sus representantes. En estas extensas polémicas se hace presente la subjetividad en cada uno de los agentes del debate, generando tensiones, que en lugar de coadyuvar a implementar posibles soluciones, si es que están en nuestras manos, conducen a veces a confundir y distorsionar la información sobre el riesgo. El riesgo minimizado, amplificado o simplemente distorsionado es el que en últimas llega a los hacedores de políticas y al público en general.

La comunicación del riesgo, sin los fundamentos científicos necesarios, debilita la ya deteriorada confianza en la ciencia y la tecnología. Por contraste, la comunicación del riesgo desde los expertos, sin el conocimiento del contexto socio-cultural, económico y político del público receptor, pierde efectividad con la consecuente pérdida de tiempo y dinero en los esfuerzos realizados para ello. El desastre de Nueva Orleáns es un ejemplo de ello; los intentos por convencer a la población para que abandonaran sus hogares no fueron acatados por un buen número de habitantes, en especial los de más bajos recursos, los más vulnerables. A este tipo de respuesta de la población, Covello & Wolf plantean algunos obstáculos que impiden una más efectiva comunicación del riesgo: mensajes inconsistentes, complejos o confusos, pérdida de confianza en las fuentes de información, los medios de comunicación a través de los cuales se emite el mensaje, y los factores sociales y psicológicos que afectan dicha información. En el caso de la población de Nueva Orleáns, que no atendió los llamados de evacuación, además de la pérdida de confianza en las instituciones, los factores económicos contribuyeron a la apatía frente al llamado de emergencia. La incertidumbre (entendida como ignorancia), las falsas creencias, las emociones y la desconfianza, juegan un papel importante en las experiencias riesgosas, evidenciando, igualmente, la brecha entre los expertos y el público lego. Es más fuerte la creencia infundada que la información dada por parte de los expertos a través de los medios de comunicación, se cree más en el rumor que en el informe técnico… la ignorancia se toma el poder.

Mientras los científicos tratan de establecer verdades sobre la naturaleza, los hallazgos se convierten en tema de debate moral, social y político. Mientras persista la creencia de consecuencias dañinas, la investigación pura se convierte en un ideal. La imagen de aquellos científicos de otrora movidos por el deseo de encontrar la verdad que aún la naturaleza no develaba, ha desaparecido. Hoy, la mayoría de los grupos de investigación se mueven por otros intereses: muchos de ellos son contratados por grandes empresas con el objeto de encontrar soluciones tecnológicas o innovaciones que les permita seguir siendo competitivos en el mercado. Otros, son los llamados grupos oficiales, aquellos que reciben todo el apoyo económico y político para sacar adelante sus investigaciones, en tanto que éstas no contradigan la corriente oficial (los del panel intergubernamental, por ejemplo). Por otra parte, la imparcialidad de los no expertos ha desaparecido también. Toda clase de juicios políticos, morales, sociales y económicos se hacen presentes en las investigaciones. Se originan, entonces, tensiones que socavan la poca confianza existente entre uno y otro agente, se fortalece la tiranía del ignorante.

La joven biotecnología se ve afectada por esta tiranía; el caso de la oveja Dolly y el de los cultivos genéticamente modificados, se constituyen en los casos más ilustrativos. Fruto de la incomprensión pública de la ciencia, los expertos desconfían del público lego, ven en la opinión pública al tirano que impide el logro de sus objetivos, el obstáculo para sacar adelante sus teorías o implementar sus nuevos desarrollos tecnológicos. A falta de una conciliación de intereses o de un lenguaje común y conciliador, el público lego busca, en sus nuevos representantes, la forma de entorpecer la implementación de tecnologías con alto grado de incertidumbre ¿Cómo suavizar estas tensiones? ¿Cómo acabar con la tiranía del ignorante? La respuesta está en el regreso de la objetividad de los expertos, entendida la objetividad científica como la actitud honesta, imparcial y responsable del científico, libre de las influencias que tratan de direccionar su actuar investigativo, consciente de las implicaciones o impactos que puedan generar los resultados de su investigación y la humildad que le permita divulgar en un lenguaje sencillo estos resultados. Pero, para el retorno de la objetividad científica se hacen necesarios algunos mecanismos que permitan un acercamiento del científico al contexto o entorno, en el cual se implementan sus resultados de investigación. Un posible mecanismo es aquel donde halla participación de todos los agentes afectados o interesados, que permitan democráticamente diseñar y evaluar las políticas públicas sobre ciencia y tecnología, así como la identificación, evaluación y gestión de los riesgos que de la ejecución de estas políticas puedan surgir. Al respecto, Olivé formula la siguiente pregunta:

¿Es deseable y posible que las sociedades democráticas modernas establezcan normas legítimas que animen y regulen la participación pública en el diseño y evaluación de políticas científicas, en la elaboración y aplicación de leyes que afecten incluso a los procesos de investigación científica, así como en la identificación, evaluación y gestión del riesgo generado por la ciencia y la tecnología?

Si aceptamos que los riesgos globales o de carácter colectivo, como el cambio climático, deben ser intervenidos colectivamente, nuestra respuesta al interrogante de Olivé, no puede ser otra… es deseable, justa y ética la participación pública que permita, en últimas, acabar con la tiranía del ignorante.

Referencias:

Covello, V. & Wolf, S., 2003. The seven cardinal rules of risk. Water Environment & Technology, 15, pp. 8-9.

Greenspan, A., 2007. The age of turbulence: adventures in a new world. New York: The Penguin Press.

Kitcher, P., 2001. Science, truth, and democracy. New York: Oxford University Press.

Olivé, L., 2000. La democratización de la ciencia desde la perspectiva ética. México: UNAM.

Comunicación, Riesgo
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