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La Chamana socia del diablo © David Gómez Salas

La Chamana socia del diablo

© David Gómez Salas, el Jaguar

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Algunas tardes jugábamos en el patio de la casa de Alberto, el patio era enorme y colindaba con el patio de una señora que ejercía el oficio de hechicera de magia negra. En el barrio decían que era “Chamana” o sea Chamán en femenino. Suponían que estaba dotada de poderes sobrenaturales, gracias a que tenía pacto con el diablo, quien la ayudaba para causar males a otras personas. Ella misma propagaba esa versión para hacerse propaganda.

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La Chamana era una mujer morena como de 30 años de edad, apenas un poco más de metro y medio de estatura, gordita, cabellera larga y lacia, ojos pequeños negros, boca grande y labios gruesos, con pelos muy largos en las axilas y pubis. En las tardes noches se bañaba desnuda a la intemperie en el patio de su casa, junto al pozo artesiano; el patio de su casa no era muy grande y quedaba a la vista del patio de la casa de Alberto, solo lo separaba una cerca de alambres de púas. De la cerca al pozo había una distancia máxima de cuatro metros, así que prácticamente se bañaba frente a nosotros cuando coincidíamos  en esa zona.  Impresionaba verla desnuda y sin afeitar.

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A un lado del pozo estaba un poste de madera como de diez centímetros de diámetro y dos metros de altura, en la punta superior del poste estaba amarrada una cabellera que parecía ser una cola de caballo más o menos de 80 centímetros de largo, que ella decía era el cabello de la llorona.

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En casa de la Chamana curtían pieles, imagino utilizaban algún método muy rústico porque el lugar olía a orina, estiércol, a un antiguo pegamento llamado cola, huevo podrido  y otros malos olores causados por materia orgánica descompuesta. Siempre había en aquel patio de tierra, algunas zonas con lodo, grasa, sales, pelos, hilos de piel y basura. Una enorme cantidad de moscas se reproducía en ese ambiente de suciedad en clima caliente húmedo del trópico.

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La Chamana contaba historias que me resultaban aterradoras, sobre todo considerando que en ese año yo contaba con 8 años de edad. Por esas historias casi todo el mundo le temía, bueno el pequeño mundo del barrio.

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Cuando nos mudamos al barrio, al principio muchas mañanas encontramos en la acera de la casa, plantas con  flores amarillas y tierra negra, decían que eran plantas arrancadas del panteón para hacernos hechicerías, para embrujarnos. Mi madre barría y recogía aquella basura sin comentarlo con los vecinos, mi madre siempre fue muy callada. Pasó un tiempo, no recuerdo cuanto, y dejaron de tirar esas plantas en fuera de la casa.

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En las noches los vecinos salían a la calle para platicar, “a tomar el fresco”, decían. Ahí escuché los cuentos del Cadejo, Sombrerudo, Juana la loca, varias versiones de la llorona y más cuentos de terror. Sin embargo, me impresionaban más los cuentos sobre la Chamana de nuestro barrio. Como un relato en que decían haber encontrado un dedo de niño en un tamal. Esta historia me impresionó porque me la platicaron un día después de haber asistido a una fiesta que se llevó a cabo en casa de la Chamana, para celebrar el cumpleaños de su sobrino, que era mi amigo. Ahí comí un tamal que ella había elaborado y que tenía huesitos que dijeron eran de alitas de pollo.

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Una noche la Chamana celebró en su patio una ceremonia de brujería, participaron ocho personas incluyendo a la Chamana. La vimos cuatro niños desde el otro lado de la cerca, el patio de la casa de Alberto.

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Los invitados y la Chamana se sentaron formando un círculo alrededor de una pequeña fogata, la Chamana tenía en su contorno varias cosas sobre el piso de tierra. Botellas con líquidos, la “cabellera de la llorona”, huesos de caballo o de vacas, telas negras, un zanate (cuervo local) muerto, cosas que no supe que eran  y otras cosas que no recuerdo.

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Los participantes eran señores y señoras, adultos de 30 a 50 años de edad. La noche era obscura, pues en el trópico generalmente hay muchas nubes y además imagino que la Chamana escogió una noche cercana a la luna nueva o no visible.

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Todos sus invitados cubrieron individualmente su cabeza y medio cuerpo, estaban sentados, cada uno de ellos recibió una tela negra para hacerlo. La Chamana colocó sobre su cabeza la cabellera de la llorona.

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Al centro de la pequeña fogata (brasas) había una gruesa varilla de acero, de esa varillas corrugadas que se usan en la construcción, la varilla estaba clavada firmemente en el piso y alcanzaba como un metro y medio de altura, ahí estaba amarrada con alambre una figura del diablo hecha de lámina oxidada.

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La Chamana llamó en voz alta a Belcebú,  Mefistófeles, Satán y otros sinónimos del diablo. Hizo algunas oraciones de magia durante unos cinco minutos y después se puso de pie. Caminó siguiendo una trayectoria circular pasando por atrás de sus invitados y a cada uno de ellos les acarició repetidamente la cabeza y los hombros, pasando sus manos sobre la tela negra que los cubría.

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Al regresar a su lugar, tomó una lata que contenía manteca o cebo blanco de algo y un pedazo de piel, con ese material dio una segunda vuelta por atrás de todos, abrazando por la espalda a cada invitado levantaba la tela negra, metía sus manos y untaba la pomada en cabello y cuello.

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De nuevo regresó a su lugar, tomó una botellas que parecían contener alcohol o petróleo, se acercó a la fogata y parada con la boca arrojó buches del combustible sobre las brasas, el liquido esparcido ardía al caer sobre las brasas. En aquella época todavía existían estufas y lámparas (quinqués) que usaban petróleo, por lo que vendían este combustible en algunas tiendas de abarrotes, tendejones.

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La Chamana siguió con sus oraciones otros cinco minutos y pidió que cada uno de los invitados jurara lealtad a Satanás a partir de ese momento. Tomaron un líquido que la Chamana les sirvió en unas tazas, y después de tomar el líquido los participantes extendieron sus brazos y se tomaron las manos.

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Finalmente llegó el momento que mostró el objetivo de la ceremonia: La Chamana, les dijo que hicieran sus peticiones.

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Cada persona hizo las suyas, eran solicitudes de venganzas la mayoría. Dedicadas al hombre que las dejó, a la mujer que los engañó, a la persona que les ganó en un negocio o en un trabajo, etc.

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Aquella noche no vi más de la ceremonia, porque la mamá de Alberto se dio cuenta que estábamos espiando y nos llamó para dejar de hacerlo. Me contaron que nos faltó ver cuando se pintan la cara con sangre, cuando le quitan las plumas a pobre zanate, cuando los invitados besan los huesos de caballo, cuando la Chamana “ramea” a los invitados (golpes con ramas de plantas de panteón), cuando el demonio entra al cuerpo de la Chamana y otras cosas.

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Supe que la ceremonia duraba un poco más de una hora y que la Chamana cobraba 200 pesos por persona. Esa noche la Chamana cobró en total: mil cuatrocientos pesos.  En aquel año, nosotros pagábamos de renta por la casa en que vivíamos 400 pesos al mes.

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Un año después —ya no vivía en el barrio — me enteré por periódico y radio, que habían detenido a la Chamana. La noticia decía que se disfrazó de “bulto” así le decían cuando una persona se cubría con una sábana blanca de tela transparente, como si fuera un fantasma, la llorona o un espíritu. Y con este disfraz se metió a un predio desocupado, se subió a la construcción y desde ahí arrojó botellas vacías de mayonesa, velas, latas vacías de chiles y otras cosas. Después el “bulto” bajo de la construcción, salió del predio y caminó al monte. El barrio colindaba con la selva.

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Se supo que lo hizo para que la gente pensara que en esa casa espantaban y que los dueños no pudieran rentarla cómodamente, y al transcurrir tiempo sin poder rentarla, tuvieran que disminuir el monto de la renta o decidieran venderla. De esta manera los que contrataron a la Chamana le harían una oferta a la dueña para comprar la casa.

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No resultó la conspiración porque la dueña logró que la policía estuviera con anticipación arriba de la construcción y ahí ocultos los policías atraparon al “bulto” o espíritu, la segunda ocasión que quiso llevar a cabo su acto de brujería.

Cuentos y poesías, Leyenda

Mi amiga Coatlicue. Autor David Gómez Salas

Mi amiga Coatlicue

Autor David Gómez Salas

—Tláloc, necesito platicar contigo—Me dijo Coatlicue cuando la encontré en el valle de la fertilidad. Y agregó: Una tarde noche fui a caminar al Cerro de la Serpiente, para asear el sitio y respirar su aire limpio. Y me pasó algo muy extraño que deseo contarte, para que me ayudes.

—Me da gusto verte—Contesté. Cuéntame.

—Gracias, dijo—Ese viento que se supone limpio y sagrado del Cerro de la Serpiente, pasó tenuemente bajo mi falda y de inmediato empecé a sentir cosas extrañas dentro de mí. Tiempo después fui con el curandero y dice que voy a tener un hijo.

Tú sabes que Mixcóatl está en tierras lejanas y regresará pronto ¿Qué hago, amo mucho a mi esposo? No sé como podré explicarle lo que me ha pasado.

—Conozco a Mixcóatl desde que era niño—Le dije. Lo recuerdo la mayor parte del tiempo, violento. Por eso pensé que nunca se casaría, pero con tu infinita dulzura, tu temple y firmeza; domaste su espíritu salvaje; y ya ves, se casaron.

Ahora tienes que juzgar si crees que el amor que existe entre ustedes alcanza para hacerlo comprender este milagro de los dioses. Es capaz de matarte si despiertas su ánimo impulsivo que ahora duerme. Es guerrero por naturaleza, es feroz e implacable ¿Qué dicen tus hijos?

—Ellos piensan que engañé a su padre, no creen en lo milagros. Estoy enterada que planean matarme para sacar de mi vientre al que será su hermano y entregar su cuerpo muerto a su padre—Me dijo. Creen que de esta forma le demostrarán a su padre que su honor ha sido vengado ¿Puedes ayudarme? ¿Crees poder protegerme de la ira de mis hijos y de mi esposo?

—Ve al monte sagrado—Contesté. Ahí estaré en forma de niebla, tan densa que nadie podrá ver sus propias manos. No podrán encontrarte. Pero debes ir de prisa, tu vientre está creciendo con mucha rapidez. Huye, en el monte sagrado no te faltará agua, ni alimento.

Desde el cielo, observé que los cuatrocientos hijos de Coatlicue habían salido en busca de mi amiga. Viajaban armados, deseaban destrozarla y posteriormente llevar su cuerpo en pedazos al cráter del volcán Popocatépetl. Para incinerarlo.

Comandaba el grupo de hermanos armados: Coyolxauhqui, llena de ira y sedienta de venganza. Todos los hijos de Mixcoóatl eran obsesivos por estirpe. Su padre era, ni más ni menos, que el dios de la persecución.

Avanzaron rastrearon palmo a palmo el monte sagrado, sabían que su madre era mi amiga y buscaría mi ayuda.

Como niebla protegí a mi amiga Coatlicue, avanzaron de manera muy lenta. Sin embargo, algunas serpientes y otras alimañas, que sintieron el paso de Coatlicue, informaron a este pequeño ejercito de desalmados, datos que le permitieron seguir su rastro.

Finalmente los hijos de Coatlicue la encontraron en el interior de una cueva, arribaron justo en el momento que estaba dando a luz. Mi amiga Coatlicue se encontraba débil, no había nadie que pudiera defenderla. Era el mejor momento para que estos guerreros llevaran cabo sus crueles acciones.

Cuando todo parecía suponer que mi amiga sería asesinada…

Repentinamente del vientre de Coatlicue, salió su hijo Huitzilopochtli, nació completamente armado. Con fiereza, destreza y velocidad nunca antes vistas; Huitzilopochtli enfrentó y mató, uno a uno, a sus cuatrocientos hermanos. Su velocidad era 50 veces superior a la de cualquier guerrero humano.

Huitzilopochtli, era hijo de un dios. Sus hermanos no tuvieron tiempo de saberlo, perdieron la vida.

Huitzilopochtli, cortó la cabeza a su hermana Coyolxauhqui y la arrojó al cielo, ahí se quedó dando vueltas a la tierra, se convirtió en la Luna.

Mi amiga Coatlicue, diosa de la tierra y la fertilidad, diosa madre. Dio vida a Huitzilopochtli, dios de la guerra. Así fue como conocí los dos rostros de Coatlicue, el rostro de la vida con el nacimiento de Huitzilopochtli y el rostro de la muerte, por fallecimiento en batalla, de sus otros hijos.

Celebré que se preservara la vida, de quien representa la muerte. Me volví vapor de los océanos y fui al continente. Estuve como tormenta largo tiempo, por mi presencia no se vio el sol, ni siquiera un cielo nublado; el cielo estuvo negro. Sin visibilidad alguna para los seres vivos, inundé la tierra y muchos seres murieron. Sirvieron para abonar la tierra.

Soy Tláloc, no soy el dios de la lluvia, soy la lluvia misma; y también soy tormenta, tempestad, rayos, truenos, soy todos los peligros de ríos y mares.

Soy fuerza destructiva en forma de granizo, heladas, tormentas, sequías, inundaciones y rayos fulminantes.

También soy dador y protector de vida, fecundador de la tierra, germinador de semillas, esencia de la agricultura, bosques, selvas y manglares. Soy quien limpia la superficie de la tierra y el que da de beber al interior del planeta.

Soy Tláloc, soy Chaac , no soy dios de algo. Soy dios, un entramado de fuerzas divinas benéficas y destructivas.

Y Coatlicue… es mi amiga.

Cuentos y poesías, Leyenda
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