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El “Tumbo” - Autor David Gómez Salas, el Jaguar

El “Tumbo”

Autor David Gómez Salas, el Jaguar

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Las playas de Puerto Madero generalmente no son de aguas tranquilas y olas calmosas; al contrario, hay zonas con olas frenéticas y estruendosas llenas de fuerza y espuma blanca.

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En el mar de esta zona, existe casi siempre una cresta paralela a la playa, que se forma al subir el agua para dar inicio a las olas.  A esta prominencia algunos chiapanecos costeños la llamamos el “tumbo”. Es el sitio donde el agua sube y nacen las olas de translación que ruedan a la playa para romper y formar abundantes burbujas.

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Una mañana cuatro amigos nos metimos a nadar en el mar. Beto, José y yo nos quedamos en la zona comprendida entre el “tumbo” y la playa.  Ramiro cruzó el tumbo para nadar en aguas más profundas y menos violentas. Ahí el mar es delicioso para flotar y descansar. El problema es cuando uno decide regresar a la playa.

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Para cruzar el tumbo de regreso a la playa, hay que hacerlo cuando la cresta es baja, ya que en ese momento es menor la fuerza de la corriente hacia mar adentro. Hay que nadar para ubicarse adelante de la ola de translación que se va formar.  Ramiro no lo sabía y pretendía cruzar el tumbo para regresar a la playa, cuando la cresta era alta. En consecuencia la corriente en dirección aguas adentro lo regresaba a la zona profunda en cada intento.

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Llegó un momento en que Ramiro se desesperó por no poder salir del mar, por no poder cruzar el tumbo. Nadaba con prisa y avanzaba pero el tumbo se elevaba y como no había pasado la cúspide regresaba con la corriente que escurre mar adentro.

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Los tres nadamos para estar cerca de Ramiro y sin cruzar el tumbo, de ahí le gritábamos que no hiciera intentos cuando se están formando las olas grandes, que esperara a cuando se formaran las olas pequeñas. Se puede observar que se presentan ciclos de siete u ocho olas, inicia una con una ola pequeña, la segunda ola es mayor, la tercera crece más  y así sucesivamente hasta que la séptima u octava ola alcanza el mayor tamaño; después empieza un nuevo ciclo. Ese es el momento para cruzar el tumbo.

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Después de muchos intentos Ramiro logró cruzar el tumbo y quedó a nuestro alcance, lo agarramos y nadamos rumbo a la orilla. En el recorrido de regreso nos alcanzaron las olas grandes y nos revolcaron, nos paramos y tomamos nuevamente a Ramiro para salir del mar caminando, ahí  se le doblaron las piernas a Ramiro y lo sacamos cargando hasta la playa, lo depositamos de espaldas en la arena seca, era muy temprano y la arena aún estaba fresca, apenas había salido el sol.

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Ramiro descanso como cinco minutos acostado y otros diez minutos sentado platicando lo que había sentido, sus miedos, dudas, como se daba valor, etc. Después se paró y nos dijo: regreso a  casa  ¿Se quedan o regresan conmigo?

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—Regresamos contigo— Respondimos cada uno.

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— No es necesario — Contestó. Me siento muy bien para manejar y es de día, mejor quédense.

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Habíamos viajado con él, en su carro, salimos a las cinco de la mañana, llegamos a la playa como a las siete,  apenas eran las ocho de la mañana y Ramiro había decidido suspender sus vacaciones. Sentimos que Ramiro deseaba estar solo, así que nos quedamos en la playa.

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A las dos de la tarde había más viento y las olas crecieron en mar abierto. De pronto, la gente corrió por la playa hacia el poniente y en una zona que había muy poca gente, se estaban ahogando dos turistas, eran dos hombres altos, fortachones y jóvenes.

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— El tumbo no los deja regresar — Me comentó una señora que paseaba por la playa y se había detenido a ver.

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Después de hora y media de intentos,  los paseantes improvisados de salvavidas voluntarios, rescataron con vida  a uno, el otro despareció a la vista de todos.

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Más tarde arribaron al sitio cuatro lanchas de pescadores que los buscaron hasta que obscureció.

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—Ya solo queda esperar a que el mar lo saque mañana, cuando flote — Comentó una vendedora ambulante. El tumbo lo pondrá en una ola que lo arrastrará a la playa, agregó.

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— Así es la vida, uno cruza el tumbo y regresa a cada rato sin que le pase nada, arriesgándose a que algún día el tumbo gane. Puede ser que uno le gane siempre al tumbo y al llegar a viejo deje de retarlo, pero algunos salados, con tan mala suerte, pierden en el primer juego — Dijo un señor arrugado y tostado por el sol.

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No cabía una arruga más en aquel experimentado hombre, vencedor del tumbo y consumido por el sol,  el viento y el tiempo…

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