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Archivo de Septiembre, 2015

¿Que fue de Toledo? Autor David Gómez Salas

¿Que fue de Toledo?

Autor David Gómez Salas

Un miércoles presenté examen de matemáticas, era pre-requisito para estudiar la maestría en ingeniería en la UNAM.  En aquellos época trabajaba como ayudante de investigador en el Instituto de Ingeniería de la UNAM.  Después de presentar el examen varios compañeros de trabajo me preguntaron como sentía que me había ido en el examen, a todos les contesté que creía me había ido bien. El examen había consistido en cinco problemas y los había resuelto todos sin mucha dificultad.

Pensaba que pasaría con diez pero no lo decía, siempre he sido inseguro para predecir mis calificaciones, espero a que salgan los resultados.

El sábado siguiente fui a ver la lista de calificaciones, era una hoja que pegaban en el interior de una vitrina. Busqué mi nombre y de inmediato leí “no acreditado”. Estaba reprobado, adiós maestría; al menos ese año.

Me deprimí mucho, ese sábado no sabía que hacer. Me afectaba porque además de no poder estudiar la maestría, me daba mucha vergüenza imaginarme en el trabajo y decir a mis amigos que me habían reprobado, a los mismos que les había dicho que pensaba había resuelto bien el examen.

El lunes fui a la División de Estudios Superiores de la Facultad de Ingeniería a solicitar la revisión de mi examen, estaba seguro que eran correctas las soluciones que había encontrado. Me entrevisté con el Jefe de la Sección de Matemáticas, ese era el nombre que le daban al cargo de coordinador del área de Matemáticas.

— Hablaré con el maestro sobre su solicitud de revisión y le informaré — Me dijo con amabilidad.

— Las inscripciones son la próxima semana — Le contesté.

— Comprendo su preocupación, venga mañana y le tendré una respuesta concreta — Me dijo.

El jefe de la sección de matemáticas era una persona muy educada, de aspecto jovial con vocación académica, irradiaba precisión al hablar.  Me inspiró mucha confianza.

El martes fui otra vez con el Jefe de la Sección, me recibió con apretón de manos.

— El profesor vendrá mañana temprano, a las siete horas. Cuando lo vea dele las gracias, pues está muy ocupado y aún así accedió atenderlo pronto — Me dijo. Se verán en el mismo salón en donde se impartieron las clases, donde fue el examen.

— Muchas gracias — Contesté

El miércoles llegué al salón a las 6:40 horas, veinte minutos antes de la hora de la cita, me aseguré no llegar tarde por ningún motivo, estaba ansioso de que revisara mi examen. Sin embargo el profesor no llegó y lo esperé hasta las nueve de la mañana.

Fui de nuevo con el Jefe de la Sección y le informé que el profesor no había asistido a la cita y que lo había esperado desde las 6:40 hasta las 9 de la mañana.

— Veré que pasó, regrese a las cuatro de la tarde y le diré la solución — Me dijo, siempre inspirándome confianza.

— Muchas gracias — Contesté

En la tarde el Jefe de la Sección me informó que por motivos de fuerza mayor el  profesor no había podido asistir, pero me atendería el viernes en el mismo lugar y a la misma hora que la cita del miércoles.

El viernes también legué al salón a las 6:40 horas, veinte minutos antes de la hora de la cita y fue una repetición de lo que había pasado el miércoles, el profesor no llegó y  lo esperé hasta las nueve de la mañana. Fui de inmediato a la oficina del Jefe de la Sección.

Al verme, la secretaria me dijo que pasara, estaba la puerta abierta y el Jefe de la Sección estaba sentado al fondo de la oficina.

Entré a la oficina y le dije de inmediato:

— Buenos días, el profesor no llegó — Le dije al Jefe de la Sección.

El Jefe de la Sección dirigió la mirada hacia su izquierda, giré la mirada a ese lugar y ahí estaba sentado el profesor.

— Espéreme en la biblioteca — Me dijo. En seguida lo veo.

— Gracias, allá lo espero, muchas gracias — Contesté.

El Jefe de la Sección me miró con cierta alegría y me despedí de ambos con un apretón de manos. Sentí que el Jefe de la Sección había notado que había cumplido con lo que me pidió: dar las gracias al profesor por atenderme.

El profesor ingresó a la biblioteca a las nueve y media, yo estaba sentado en la primera mesa, el me indicó con la mano que lo siguiera, nos sentamos en una mesa al fondo. Abrió su portafolio, sacó un montón de exámenes y buscó el mío.

— Mmmmm, David Gómez, David Gómez… — Murmuró al buscar mi examen, aquí está. Veamos el primer problema, bien (le puso una palomita); el segundo problema, bien (le puso otra palomita); el tercer problema, bien (le puso otra palomita); y no revisó más.  Está aprobado, pasaré su calificación al acta y todo está resuelto, agregó mientras se levantaba con la intención de irse sin despedir.

— Gracias — Le dije y extendí mi mano para despedirme. Tuvo que estrechar mi mano y se fue.

De inmediato pensé en un compañero de aquel curso intensivo de matemáticas, se apellidaba Toledo era originario de Oaxaca, me dijo que pintaba.

No tenía forma de comunicarme con él y decirle que el profesor no había calificado en forma correcta los exámenes. Probablemente él también había aprobado, pero no se quedó a reclamar la revisión del examen.

Sentí enorme tristeza por no poder hacer algo, no tenía su domicilio o su número telefónico para avisarle. En aquellos años no existía internet. Creo que si hubiera pedido la revisión de su examen, lo habrían aprobado y lo mismo hubiera pasado en otros casos, me constaba que el profesor no había calificado bien los exámenes.

Esto sucedió en el año 1973, cuando además de los profesores con vocación y conocimientos, también existían profesores que hacían lo que querían, había de todo tipo: extravagantes, arbitrarios, berrinchudos, aviadores, barcos, etc. Profesores caciques, inauditos, inexplicablemente extraños.

Nunca supe si mi amigo Toledo era pariente del ahora famoso artista, impresor, dibujante, pintor, escultor, ceramista y humanista Francisco Benjamín López Toledo;  que nació en Juchitán, Oaxaca. Creo que mi amigo se llamaba Francisco Toledo, es decir Toledo era su apellido paterno y el Artista se apellida López Toledo  ¿Sería su primo o solo una coincidencia? ¿Se dedicó a pintar o a una rama de la ingeniería? ¿Cuantas personas han corrido con la suerte de Toledo?

Cuentos y poesías, Educación y cultura

El “Tumbo” - Autor David Gómez Salas, el Jaguar

El “Tumbo”

Autor David Gómez Salas, el Jaguar

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Las playas de Puerto Madero generalmente no son de aguas tranquilas y olas calmosas; al contrario, hay zonas con olas frenéticas y estruendosas llenas de fuerza y espuma blanca.

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En el mar de esta zona, existe casi siempre una cresta paralela a la playa, que se forma al subir el agua para dar inicio a las olas.  A esta prominencia algunos chiapanecos costeños la llamamos el “tumbo”. Es el sitio donde el agua sube y nacen las olas de translación que ruedan a la playa para romper y formar abundantes burbujas.

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Una mañana cuatro amigos nos metimos a nadar en el mar. Beto, José y yo nos quedamos en la zona comprendida entre el “tumbo” y la playa.  Ramiro cruzó el tumbo para nadar en aguas más profundas y menos violentas. Ahí el mar es delicioso para flotar y descansar. El problema es cuando uno decide regresar a la playa.

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Para cruzar el tumbo de regreso a la playa, hay que hacerlo cuando la cresta es baja, ya que en ese momento es menor la fuerza de la corriente hacia mar adentro. Hay que nadar para ubicarse adelante de la ola de translación que se va formar.  Ramiro no lo sabía y pretendía cruzar el tumbo para regresar a la playa, cuando la cresta era alta. En consecuencia la corriente en dirección aguas adentro lo regresaba a la zona profunda en cada intento.

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Llegó un momento en que Ramiro se desesperó por no poder salir del mar, por no poder cruzar el tumbo. Nadaba con prisa y avanzaba pero el tumbo se elevaba y como no había pasado la cúspide regresaba con la corriente que escurre mar adentro.

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Los tres nadamos para estar cerca de Ramiro y sin cruzar el tumbo, de ahí le gritábamos que no hiciera intentos cuando se están formando las olas grandes, que esperara a cuando se formaran las olas pequeñas. Se puede observar que se presentan ciclos de siete u ocho olas, inicia una con una ola pequeña, la segunda ola es mayor, la tercera crece más  y así sucesivamente hasta que la séptima u octava ola alcanza el mayor tamaño; después empieza un nuevo ciclo. Ese es el momento para cruzar el tumbo.

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Después de muchos intentos Ramiro logró cruzar el tumbo y quedó a nuestro alcance, lo agarramos y nadamos rumbo a la orilla. En el recorrido de regreso nos alcanzaron las olas grandes y nos revolcaron, nos paramos y tomamos nuevamente a Ramiro para salir del mar caminando, ahí  se le doblaron las piernas a Ramiro y lo sacamos cargando hasta la playa, lo depositamos de espaldas en la arena seca, era muy temprano y la arena aún estaba fresca, apenas había salido el sol.

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Ramiro descanso como cinco minutos acostado y otros diez minutos sentado platicando lo que había sentido, sus miedos, dudas, como se daba valor, etc. Después se paró y nos dijo: regreso a  casa  ¿Se quedan o regresan conmigo?

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—Regresamos contigo— Respondimos cada uno.

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— No es necesario — Contestó. Me siento muy bien para manejar y es de día, mejor quédense.

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Habíamos viajado con él, en su carro, salimos a las cinco de la mañana, llegamos a la playa como a las siete,  apenas eran las ocho de la mañana y Ramiro había decidido suspender sus vacaciones. Sentimos que Ramiro deseaba estar solo, así que nos quedamos en la playa.

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A las dos de la tarde había más viento y las olas crecieron en mar abierto. De pronto, la gente corrió por la playa hacia el poniente y en una zona que había muy poca gente, se estaban ahogando dos turistas, eran dos hombres altos, fortachones y jóvenes.

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— El tumbo no los deja regresar — Me comentó una señora que paseaba por la playa y se había detenido a ver.

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Después de hora y media de intentos,  los paseantes improvisados de salvavidas voluntarios, rescataron con vida  a uno, el otro despareció a la vista de todos.

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Más tarde arribaron al sitio cuatro lanchas de pescadores que los buscaron hasta que obscureció.

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—Ya solo queda esperar a que el mar lo saque mañana, cuando flote — Comentó una vendedora ambulante. El tumbo lo pondrá en una ola que lo arrastrará a la playa, agregó.

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— Así es la vida, uno cruza el tumbo y regresa a cada rato sin que le pase nada, arriesgándose a que algún día el tumbo gane. Puede ser que uno le gane siempre al tumbo y al llegar a viejo deje de retarlo, pero algunos salados, con tan mala suerte, pierden en el primer juego — Dijo un señor arrugado y tostado por el sol.

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No cabía una arruga más en aquel experimentado hombre, vencedor del tumbo y consumido por el sol,  el viento y el tiempo…

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