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Ajuste de cuentas. Autor David Gómez Salas

Un sábado de julio, salí de vacaciones con Juan y Jesús al sureste de México. Viajamos en un carro Sentra blanco y paramos a dormir en un pueblo del Estado de Oaxaca.

Arribamos al hotel como a las ocho de la noche, nos atendió en la recepción un viejo moreno, delgado con cara de águila.

Era un hotel con pocos cuartos y un terreno enorme. Con calles interiores para la entrada y salida de autos. Un jardín exuberante al centro, rodeado por un estacionamiento. Al fondo las habitaciones y la recepción. Había formidables árboles por todas partes. Mangos, chicozapotes, tamarindos y vegetación abundante del trópico húmedo.

Nos registramos en la recepción y fuimos a nuestras habitaciones. Nos bañamos y nos volvimos a ver en el estacionamiento. Salimos a cenar.

Las calles del pueblo eran de piedra y tierra, unas cuantas banquetas o aceras deterioradas. Las calles llenas de charcos. La imagen típica de mi querido Oaxaca, saqueado por sus gobernantes.

Caminamos a la plaza principal y en un puesto callejero, comimos tlayudas (tortilla de maíz grande, con asiento de manteca de puerco, frijoles, lechuga, carne y salsa) y tomamos refrescos de cola bien fríos.

Cuando regresamos al hotel, Juan y Jesús fueron a sus habitaciones, yo me quedé en el patio para admirar el cielo lleno de estrellas, casi sin luna.

Minutos mas tarde, arribaron al estacionamiento cuatro automóviles, de donde bajaron siete hombres y cuatro mujeres. La mayoría borrachos.

Abrieron las puertas de sus habitaciones y siguieron tomando en la banqueta. De inmediato llamó mi atención una mujer vestida de blanco, con bella silueta.

Más tarde, sentado en una gran roca, observé que la mujer de blanco entraba y salía de los diferentes cuartos. A propósito voltee a ver a otro lado, para no ser fisgón.

Pero involuntariamente, mas tarde, volví la vista a la zona de habitaciones. Las mujeres que permanecían sentadas en la banqueta, se pusieron de pie y fueron a las habitaciones. No estaba la más joven, entre ellas.

Quien parecía ser el jefe, un individuo alto, moreno, robusto y con bigotes, llamó a los hombres, habló brevemente con ellos y estos fueron a los autos por armas.

Envió a dos hombres a las esquinas del fondo del terreno, quienes con linterna de mano alumbraban los límites de atrás y los lados.

Los cuatro hombres restantes se pusieron a revisar alrededor de las habitaciones.

Dos de estos últimos, ubicaron sus automóviles al fondo con los faros encendidos hacia el frente, iluminando los caminos de entrada y salida de autos, y regresaron a reunirse con sus compañeros.

Los cuatro, con el jefe al centro, formaron una línea a lo ancho del terreno y con armas en la mano, avanzaron hacia el frente para revisar el estacionamiento y el jardín.

Por instinto de conservación, me levanté de la piedra y corrí agachado entre los árboles.

Revisaron palmo a palmo el terreno. Al avanzar no quedaba un punto sin examinar. Registraron arbustos y arriba de los árboles. Cuando llegaron a la calle, regresaron para recorrer de nuevo el jardín y el estacionamiento, hasta el fondo.

La búsqueda se volvió caótica, hasta que el jefe envió un vigilante en cada esquina del frente del terreno. Estando vigilado el terreno por las cuatro esquinas, abordó un auto con dos hombres y abandonó el hotel.

Al día siguiente fui a la cancha de basquetbol, no podía ir al hotel. No conocía la razón a detalle, pero sabía que era peligroso ir al hotel.

Cuando llegué a la cancha, no estaban mis amigos. Así que me alejé y vigilé el lugar desde un puesto de jugos. Esperé, pensando que a Juan y Jesús se les ocurriría buscarme en las canchas; y así fue. En cuanto llegaron fui con ellos.

—Anoche me persiguieron en el estacionamiento—Les dije.

Estaba en el jardín pensando y noté que terminaron las risas, volteé y observé que había concluido el festejo y los hombres empezaron a revisar el hotel y todo el terreno. Alcancé a ver cuando sacaron armas de los carros.

Corrí agachado por entre los árboles hasta llegar al frente del hotel, crucé la calle y salté a una casa. Esperé escondido dos horas para regresar al hotel, pero lo mantenían vigilado.

Registraron todo el hotel, especialmente el jardín, el cual iluminaban con lámparas de mano y con los faros de sus carros.

Permanecí en la cochera de la casa frente al hotel. No podía ir más al fondo de esa casa pues corría el riesgo que los dueños me vieran. Estuve quieto en cuclillas hasta que casi se me entumieron las piernas.

Me di cuenta que la casa estaba desocupada y me animé a ir al patio trasero. Subí la barda final y salté al lote de atrás, que es un terreno baldío.

Fui a la carretera, caminando para no llamar la atención. Crucé la carretera y me metí a un terreno con árboles de mango. Subí a un árbol a esperar que amaneciera.

Sin embargo, cinco minutos después vi que la chica del vestido blanco cruzó la carretera, y vino a mi escondite.

La muchacha dijo que me vio en el hotel antes de escapar. Y que después, desde donde estaba escondida, vio cuando crucé la carretera.

Se llama Marisol y quiere que la ayudemos a salir del pueblo, está escondida en un huerto de mangos, esperando que pasemos por ella.

Primero pensé que esos tipos habían hecho algo malo cuando estaban tomando, y creían que yo era testigo. Pero ahora creo que ellos piensan que ayudé a la chica a escapar del hotel.

— ¿Por qué escapó?—Preguntó Jesús.

—La invitaron a una fiesta con engaños y querían abusar de ella—Contesté.

Fuimos al hotel y al llegar, ahí estaba el jefe platicando con el administrador. Quien al vernos, preguntó ¿fueron a jugar básquet?

No tienen aros los tableros, respondió Juan sin detenerse. Caminamos a nuestras habitaciones simulando no tener prisa.

Dejamos las habitaciones después de bañarnos. Llevamos las maletas al carro y pasamos a la administración a entregar las llaves. Ya habíamos pagado al entrar.

Se notaba que el jefe deseaba averiguar sí habíamos visto algo de lo ocurrido en la noche. Nos preguntó como nos había parecido el pueblo. Jesús sonrió y aclaró que solo habían conocido el hotel y el parque (la plaza central).

—Bueno ¿les gustó lo que vieron?—Insistió el hombre.

—Noté que las personas son amables, eso me gustó mucho—Contesté con ironía.

Después de entregar las llaves, Juan dio las gracias y se despidió.

—¿Para donde van?—Nos preguntó el viejo cara de águila, entrometido.

—A Tuxtla—Contestó Juan.

Caminamos al automóvil sin prisa, lo abordamos y partimos con calma. Juan manejaba el vehículo y Jesús iba a su lado; yo atrás.

Juan, condujo el automóvil rumbo a la carretera federal y le dije que tomara en dirección a la ciudad de México, para recoger a Marisol, que estaba a 700 metros del crucero.

Marisol vigilaba la carretera desde su escondite y cuando llegamos esperó a que abriera la puerta y descendiera del auto. Era la señal que habíamos acordado para indicarle que todo marchaba bien.

Salió entre los árboles y corrió hacia nosotros. Cargaba una mochila color guinda. Entró al automóvil y se sentó atrás de Juan. Me acomodé a su lado y arrancamos.

Marisol era morena, delgada, ojos negros grandes, nariz pequeña, labios ligeramente gruesos, dientes blancos, cabello negro y abundante. Bellísima.

—¿A donde quieres ir?—Le preguntó Juan.

—A donde vayan ustedes—Contestó Marisol.

—Vamos a Arriaga, pero te podemos llevar a donde gustes—le dije.

—Arriaga me queda bien—respondió.

Se veía asustada así que sin decir más, dimos la vuelta en “U” y nos dirigimos a Chiapas.

Le pedí a Marisol que se agachara unos minutos para que no pudieran verla. Ya lejos del pueblo le dije que podía sentarse en forma normal.

Continuamos el viaje en silencio. Hasta que ella quiso hablar.

—Trabajo para un señor que se llama don Saúl, él me invitó a una fiesta en honor del presidente municipal electo—dijo ella.

En esa fiesta, don Saúl y su esposa me pidieron que los acompañara a otro lugar a un brindis familiar. Y me llevaron al hotel.

Su esposa me dijo que querían ofrecerme un trabajo más estable y bien pagado, el cual me explicarían en un lugar con menos ruido.

En el automóvil, la esposa de don Saúl me comentó que don Saúl había notado mis deseos de superación y deseaba darme un mejor trabajo. Me aconsejó que me ganara la voluntad de su esposo, que ella estaba de acuerdo porque era de “amplio criterio”

En la fiesta comí poco y no tomé alcohol; sin embargo, cuando viajaba con la esposa de don Saúl, tuve la sensación que mi cuerpo pesaba menos, y además me sentí sin fuerzas.

Al llegar al hotel fingí sentirme mal del estómago y con ese pretexto iba al baño varias veces, esperando una oportunidad para escapar.

Le dije a Don Saúl que me molestaba mucho la luz, que la sentía muy brillante, como cuando pruebas los hongos. Me mostraba contenta para que no sospechara mi intención de huir.

Y para evitar que quisiera acostarse conmigo le dije que me sentía muy mal del estómago, con ganas de vomitar, que el vómito se me subía a la boca a cada rato.

Don Saúl es un hipócrita que fingió ser amable conmigo, pero resultó ser el cabrón que todos dicen…

Escuchamos sin hacer preguntas. Estaba alterada y con deseos de desahogarse, así que continuó hablando sobre las transas, influencias, riquezas, abusos de poder del mentado don Saúl.

Después de decir pestes del cacique, nos habló sobre Juchitán, Tapanatepec, Coatzacoalcos, algunas playas oaxaqueñas y las costumbres de la región.

La carretera en dirección al sur se bifurca: a la izquierda va a Tuxtla Gutiérrez; y a la derecha a Tapachula. Como el viaje era rumbo a Tapachula, Juan había dicho frente al Capo que íbamos a Tuxtla.

Cuando llegamos a la ciudad de Arriaga, Marisol nos pidió que no paráramos, que siguiéramos a la siguiente ciudad, porque tenía miedo que nos hubieran seguido. Le hicimos caso.

En el camino Juan comentó que en Tapachula, hay personas de origen chino, alemán, turco y otras partes, porque fue refugio para perseguidos políticos; y por eso sus habitantes eran muy solidarios.

Jesús platicó que el Distrito federal era una ciudad muy hospitalaria, a donde inmigraban personas de todos los Estados.

Yo dije que la mayoría de la gente que vive en Cancún, son inmigrantes o hijos de inmigrantes; y por eso también eran solidarios. Estaba embobado por Marisol, dije cualquier cosa.

La conversación no fue fluida. Cualquier tema era para pasar el tiempo.

Llegamos a Tonalá y nos sentimos menos inseguros, porque estábamos más lejos del pueblo del Capo.

Juan sabía que muchos habitantes del Istmo de Tehuantepec se mudaban a vivir a Chiapas, por lo que le preguntó a ella si tenía familiares en la costa de Chiapas.

—No, solo tengo parientes en Coatzacoalcos, Distrito Federal y Estados Unidos—Contestó. Hace 12 años mis padres se fueron a vivir a Coatzacoalcos y me llevaron. Regresé a mi pobre pueblo hace tres años.

— ¿Porque regresaste a tu pueblo?—Le pregunté.

— Por negocios—contestó.

(Después supe que los padres de Marisol se habían mudado una colonia que se llama Allende de Coatzacoalcos y se separaron. Su padre se fue en un barco de carga, griego. Su madre se dedicó a la prostitución y no quiso vivir con ella).

Cuando entramos a la ciudad de Tonalá, Marisol dijo que necesitaba ir a comprar ropa. Le dije que podía acompañarla pero no aceptó. Dijo que fuéramos a un restaurante.

Localizamos un restaurante llamado “Boca del cielo”. Antes de entrar al restaurante, Marisol dijo que iría a comprar ropa y que le resultaba más cómodo hacerlo sola. Que regresaría pronto.

—Estoy acostumbrada a comer poco y sin horario—Nos dijo. Y explicó: cuando trabajaba como edecán en las fiestas, me drogaba y pasaba la tarde y noche sin comer.

Entramos al restaurante, ordenamos y empezamos a comer sin esperar a Marisol. Pensamos que podría tardar mucho en regresar o no volver.

Marisol llegó al restaurante mas tarde y pidió únicamente un plato de arroz con camarones y una coca de dieta.

Después de pagar la cuenta, en la puerta del restaurante, Juan preguntó a la dueña sí conocía un buen hotel. La señora recomendó un hotel llamado “Fiesta Mexicana”, ubicado en la misma calle, tres cuadras mas adelante.

Al subir al carro Marisol expresó que no le gustaría ir al hotel que recomendó la señora. Propuso ir a la playa y buscar allá un hotel. Estuvimos de acuerdo, fuimos a Puerto Arista.

Al llegar a la playa Juan contó que cuando él era niño, a la entrada a Puerto Arista había una enorme Ceiba, y todas las tardes se llenaba con miles de cotorras. Aún cuando la Ceiba era enorme, parecía que no había lugar para todas, por lo que peleaban los espacios. Finalmente todas las cotorras conseguían un lugar, se tranquilizaban y dormían.

— Bueno ya no existe la Ceiba, pero el mar nos espera siempre—Dijo con nostalgia.

En Puerto Arista existían solo cuatro hoteles formales con aproximadamente 25 cuartos cada uno. Únicamente había dos habitaciones libres en uno de ellos. En los otros tres: Nada.

Rentamos las habitaciones de inmediato. Una para nosotros y la otra para ella sola.

Después de tomar un baño. Marisol salió a caminar con nosotros a la playa, y al anochecer fuimos a cenar. Al terminar ella regresó a su cuarto. Fui a invitarla a salir y no quiso.

—Bueno, que descanses—Le dije.

—Gracias—contestó ella.

No sabíamos si Don Saúl continuaba buscando a Marisol. Era un traficante bien relacionado que contaba con el apoyo de políticos de derecha, centro e izquierda. Disfrazado de empresario constructor de viviendas y exportador de frutas.

El lunes desayunamos en el hotel y fuimos a la playa, al mediodía.

—Voy a comprar un traje de baño, no me tardo—Dijo Marisol.

Compró un traje de baño, fue a su habitación, se lo puso y regresó para nadar en el mar. Lucía bellísima en traje de baño, tenía un cuerpo exquisito.

Nos metimos al mar, más de tres horas. Estaba impresionado con Marisol, jamás había conocido otra mujer que me gustara tanto. Sus ojos negros, blanca sonrisa, piel morena, cintura esbelta y lindas piernas.

Regresamos al hotel, a la regadera que está en la playa. Después fuimos a nuestras habitaciones. Ella dijo que se cambiaría de ropa y nos esperaría en el lobby.

Les dije mis amigos que desde que conocí a Marisol pensaba todo el día en ella. Que me estaba enamorando de ella.

Jesús y Juan quedaron sorprendidos.

—Estás loco, porque además de drogadicta, es prostituta—exclamó Jesús.

—Si es drogadicta y prostituta, pero quiero intentarlo—Contesté. Veo una mujer muy linda, delicada y fuerte a la vez.

—Incluso puede tener SIDA por ser drogadicta y prostituta—atacó Jesús.

—La sacaré de la droga y la prostitución—Les dije. Le pediré que se haga el examen VIH.

—¡Estás fregado!—Dijo Jesús.

Estaba convencido que Marisol era buena, pues con la droga y la prostitución solo se había hecho daño ella misma, no a los demás. Era admirable su energía.

—Por mi parte estoy de acuerdo que ella viaje con nosotros para que lo intentes, así sabrás que quiere ella—dijo Juan.

Pero había un nuevo problema: Marisol había vendido droga en la playa y el cártel que controlaba la plaza estaba enfurecido.

Esa tarde comimos en nuestra habitación. La reunión fue una catarsis que suscitó sentimientos de comprensión, purificación y otras emociones, fue como un ritual para extinguir los prejuicios de Jesús y conocer las virtudes en Marisol. Era muy inteligente.

La conversación fue fluida, profunda y abierta; disfrutamos hasta la media noche. Tomamos algunas copas y Marisol no se drogó.

El martes salimos del hotel a las ocho de la mañana. A la salida de Puerto Arista nos detuvimos a comprar refrescos y pastillas de menta.

Pasaron frente a nosotros dos camionetas, y la señora que nos atendía comentó: esos son narcos y manejan como bestias: vienen a levantar a alguien.

En cuanto pasaron las camionetas en dirección al hotel, salimos en sentido opuesto, rumbo a Tonalá para tomar la carretera que va a Pijijiapan y después a Tapachula.

Sentía que Marisol vivía internamente una situación difícil, le había pedido que se casara conmigo. Y dijo que lo pensaría. Creía que eso la atormentaba.

Pero nos confesó que en su mochila tenía casi dos kilos (cuatro libras) de droga, empacadas en dieciséis bolsitas, y que deseaba deshacerse del producto. La había robado a don Saúl.

No podíamos devolverla, ni deseábamos que la droga fuera usada por alguien más, así que decidimos tirarla al mar.

Viajamos a Acapetagua una ciudad de cinco mil habitantes; y de ahí a un pequeño poblado de pescadores, a partir del cual se puede ir en lancha a la playa.

El pueblo era muy pequeño, a simple vista parecía que solo eran 10 viviendas, pero existían mas chozas en la selva de mangle. En el lugar había un campamento del ejército que daba asistencia a la población. Doctores y dentistas atendían gratis a las personas.

Encontramos un pescador que por mil pesos nos llevó a pasear por los canales que cruzan el manglar y llegan muy cerca de la playa.

Es un pantano con mangles diferentes a los que existen en otras partes del mundo. Este mangle chiapaneco, tiene sus raíces en el lodo como todos, pero su tallo es recto y alto, con hojas limpias, mide más de 35 metros de altura. Nace en el pantano y alcanza el cielo. Al bello lugar lo llaman “La encrucijada”

Después recorrer el manglar por aquellos canales naturales, desembarcamos cerca de la playa y corrimos hacia el mar.

Esparcimos la droga entre las olas, corriendo casi un kilómetro a lo largo de la costa. El polvo blanco espolvoreado se mezcló y disolvió en el inmenso océano pacífico. No sé que efecto haya causado en los peces.

Nos subimos a la lancha y regresamos a la casa del pescador, quien nos obsequió camarones cocidos. Nos despedimos del pescador y fuimos al automóvil. Junto al automóvil estaban los soldados, que acompañaban a los dentistas.

Llegamos a Tapachula a las seis de la tarde y al día siguiente Marisol y yo tomamos el vuelo de regreso a la Ciudad de México.

Jesús y Juan permanecieron en Tapachula una semana, porque Juan mandó a pintar de color azul el carro. Regresaron al Distrito Federal por carretera sin ningún problema. Me llevaron los periódicos locales y leí las noticias:

Sicarios levantaron a cuatro jóvenes

Tres hombres y una mujer que viajaban en un auto blanco con placas del Distrito Federal, fueron levantados en Tonalá…

Balacera en Puerto Arista

Una banda del crimen organizado ejecutó a unos jóvenes en un hotel…

Ejecuciones de jóvenes

Se atribuyen los crímenes a disputas entre grupos delictivos, son ajustes de cuentas…

Autor David Gómez Salas

Escritor de cuentos

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