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La serpiente. Autor David Gómez Salas

Al abrir los ojos, lo primero que vi frente a mi, fue una serpiente con la cabeza levantada del suelo. Me había quedado dormido en mi huerto, sentado en una silla, a un lado de las plantas de tomate. Desperté oportunamente, apenas tuve tiempo de aventarme para atrás, de espalda, para esquivar la mordida de la serpiente. La víbora solo alcanzó morder una pata de la silla derribada.

Me incorporé de inmediato y corrí a buscar el azadón o algo para matarla, nada había cerca. Guardaba las herramientas en una bodega ubicada a 30 metros de distancia. Cuando regresé con el azadón la víbora ya no estaba.

Antes ya me había encontrado con esa serpiente varias veces. Una vez me siguió a distancia dentro del invernadero. Otra vez la encontré bajo un árbol de aguacate, cuando estaba desyerbando. En fin la vi varias veces. Un día encontré en la arena, su vieja piel, la cambió en la orilla del invernadero.

No la mates, me dijo Francisco, cuando le conté sobre esos encuentros. Quizás sea un Alicante, no atacan al humano; se alimentan de roedores. Es probable que se haya sentido atacada por tus movimientos bruscos, y por eso te atacó. Yo no las mato en mi rancho, nunca me han atacado.

Otro día caminaba de la bodega al pozo, esta vez con el azadón en la mano y me encuentro otra vez una serpiente de casi dos metros de largo. Seguí mi camino al pozo, pensé que no debía de matarla, que era inofensiva. Pero por curiosidad regresé a observarla.

Hace muchos años un herpetólogo me había comentado que las víboras son serpientes con colmillos largos y puntiagudos, que en ocasiones los enseñan para asustar al posible atacante. Las serpientes con cabeza triangular son venenosas, me dijo.

Bueno, me acerqué a la serpiente y me detuve a tres metros de distancia, ella me observó levantó la parte superior de su cuerpo, con la cabeza en alto, a 30 centímetros de altura, me miraba fijamente sacando varias veces su lengua con dos puntas.

Por miedo, decidí matarla, pero la serpiente había preparado la parte posterior de su cuerpo para atacar. Así que debía acercarme con cuidado y estar alerta para esquivar su mordida, en caso que ella atacara primero. Total, con un azadón que mide un metro de largo, me dispuse a matarla.

Me aproximé a la víbora y levanté el azadón alto, abaniqué de derecha a izquierda, la serpiente eludió el golpe con un movimiento hacia atrás; inmediatamente regresé el golpe ahora de izquierda a derecha, y lo eludió de la misma forma. Resbalé porque el suelo estaba mojado y caí al piso, a menos de un metro de ella.

Con toda la adrenalina en mi cuerpo, me incorporé de inmediato, pensando que la tendría encima. Sin embargo, la serpiente huyó y todavía alcancé a lanzarle el azadón y pegarle en la cola. La serpiente furiosa giró y mordió el mango del azadón y huyó rumbo al río.

A partir de ese día presentí que esa serpiente tarde o temprano me mataría. Era su territorio antes de que yo llegara a cultivarlo.

Imagino que por eso, posteriormente la víbora me había atacado aquella tarde que me quedé dormido junto al tomate.

Por fin otra tarde decidí buscar a la serpiente y terminar con su amenaza. Mi amigo el biólogo Rubén, me había platicado cuando caminábamos en la montaña del Ajusco, que a las serpientes les gustaba esconderse entre la hierba alta y seca. La busqué dentro de un cuarto rústico construido con acero y plástico de invernadero, en donde existe un transformador eléctrico y unas bombas de riego. En ese sitio se me dificulta podar es reducido y tiene tubos de PVC sobre el suelo. En época de lluvias crece un tipo de pasto largo, como enredadera. Veo que ahí se guardan arañas y ratas. Estas últimas alimento de las serpientes.

Me puse guantes y botines, y comencé a arrancar el pasto a jalones. No hay espacio para cortarlo con machete o con la desbrozadora de hilo. Los tubos de PVC y cables conductores de energía eléctrica que no deben dañarse. Así que con las manos quité los montones de pasto con fuerza y cortando cuidadosamente el pasto con una navaja, cuando no se arrancaba con los jalones. Poco a poco empecé a ver el fondo.

Cuando encontré dos arañas venenosas llamadas capulinas (son arañas negras, que tienen en la panza la figura de un reloj de arena, color rojo naranja), supe que era probable que ahí estuviera la serpiente, porque las alimañas se juntan. Es una ley de la naturaleza.

Y ahí estaba, escuché su cascabel (srsrsr, srsrsr) advirtiéndome que me alejara. No esperé nada, de inmediato, antes que se desenrollara la golpeé muchas veces en la cabeza con la punta de un palo, ya moribunda la llevé a golpes a un área más amplia y ahí la golpeé con una pala.

Esa tarde noche del miércoles dejé la víbora muerta en mi terreno y me fui a casa. El viernes en la mañana cuando regresé al huerto, la peste era insoportable, así que le eché cal al cuerpo de la serpiente y el sol hizo el resto. Bendito sol deshidratador.

Cuentos y poesías

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