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BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO. Autor: David Gómez Salas

BICENTENARIO DE LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO

CONTENIDO

1. SENTIMIENTOS DE LA NACIÓN
2. ACTA DE INDEPENDENCIA ORIGINAL DEL IMPERIO MEXICANO
3. HIMNO NACIONAL Y LA TRAICIÓN DE SANTA ANNA
4. HISTORIA DE UN CENTENARIO FORZADO
5. LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO Y LA EDUCACIÓN
6. EXTRAVÍOS EN LA VIDA INDEPENDIENTE

PARTE UNO. SENTIMIENTOS DE LA NACIÓN

Autor: José María Morelos

23 puntos dados por José María Morelos para la Constitución. 14 de septiembre de 1813

1.- Que la América es libre e independiente de España y de toda otra nación, gobierno o monarquía, y que así se sancione dando al mundo las razones.

2.- Que la religión católica sea la única sin tolerancia de otra.

3.- Que todos sus ministros se sustenten de todos y solos los diezmos y primicias, y el pueblo no tenga que pagar mas obvenciones que las de su devoción y ofrenda.

4.- Que el dogma sea sostenido por la jerarquía de la Iglesia, que son el Papa, los obispos y los curas, por que se debe arrancar toda planta que Dios no plantó: Omnis plantatio quam non plantavit Pater meus celestis erradicabitur (Todo lo que Dios no plantó se debe arrancar de raíz). Mateo Capítulo XV.

5.- Que la soberanía dimana inmediatamente del pueblo, el que sólo quiere depositarla en el Supremo Congreso Nacional Americano, compuesto de representantes de las provincias en igualdad de números.

6.- Que los poderes legislativo, ejecutivo y judicial estén divididos en los cuerpos compatibles para ejercerlos.

7.- Que funcionarán cuatro años los vocales, turnándose, saliendo los más antiguos para que ocupen el lugar los nuevos electos.

8.- La dotación de los vocales, será una congrua suficiente y no superflua, y no pasará por ahora de ocho mil pesos.

9.- Que los empleos sólo los Americanos los obtengan.

10.- Que no se admitan extranjeros, si no son artesanos capaces de instruir y libres de toda sospecha.

11.- Que los estados mudan costumbres y, por consiguiente, la patria no será del todo libre y nuestra mientras no se reforme el Gobierno, abatiendo el tiránico, sustituyendo el liberal, e igualmente echando fuera de nuestro suelo al enemigo Español, que tanto se ha declarado contra nuestra patria.

12.- Que como la buena ley es superior a todo hombre, las que dicte nuestro congreso deben ser tales, que obliguen a constancia y patriotismo, moderen la opulencia y la indigencia, y de tal suerte se aumente el jornal del pobre, que mejore sus costumbres, alejando la ignorancia, la rapiña y el hurto.

13.- Que las leyes generales comprendan a todos, sin excepción de cuerpos privilegiados, y que éstos sólo sean en cuanto al uso de su ministerio.

14.- Que para dictar una ley se haga junta de sabios en el número posible, para que proceda con más acierto y exonere de algunos cargos que pudieran resultarles.

15.- Que la esclavitud se proscriba para siempre y lo mismo la distinción de castas, quedando todos iguales, y sólo distinguirá a un americano de otro el vicio y la virtud.

16.- Que nuestros puertos se franqueen á las naciones extranjeras amigas, pero que éstas no se internen al reino por más amigas que sean, y sólo habrá puertos señalados para el efecto, prohibiendo el desembarque en todos los demás, señalando el diez por ciento.

17.- Que a cada uno se le guarden las propiedades y respete en su casa como en un asilo sagrado señalando penas á los infractores.

18.- Que en la nueva legislación no se admita la tortura.

19.- Que en la misma se establezca por ley constitucional la celebración del día 12 de diciembre de todos los pueblos, dedicando a la patrona de nuestra libertad, María santísima de Guadalupe, encargando a todos los pueblos la devoción mensual.

20.- Que las tropas extranjeras o de otro reino no pisen nuestro suelo, y si fuere en ayuda, no estarán donde la Suprema Junta.

21.- Que no hagan expediciones fuera de los límites del reino, especialmente ultramarinas; pero que no son de esta clase propagar la fe a nuestros hermanos de Tierra-dentro.

22.- Que se quite la infinidad de tributos, pechos e imposiciones que mas agobian y se señale a cada individuo un cinco por ciento de semillas y demás efectos o otra carga igual, ligera que no oprima tanto, como la alcabala, el estanco, el tributo y otros; pues con esta ligera contribución y la buena administración de los bienes confiscados al enemigo, podrá llevarse el peso de la guerra y honorarios de empleados.

23.- Que igualmente se solemnice el día 16 de septiembre todos los años, como el día aniversario en que se levantó la voz de la independencia y nuestra santa libertad comenzó, pues en ese día fue en el que se desplegaron los labios de la nación para reclamar sus derechos con espada en mano para ser oída, recordando siempre el mérito del grande héroe, el señor don Miguel Hidalgo y su compañero don Ignacio Allende.

Repuestas en 21 de noviembre de 1813. Y por tanto quedan abolidas éstas, quedando siempre sujeto al parecer de su alteza serenísima.

Chilpancingo, 14 de septiembre de 1813

José María Morelos

PARTE DOS. ACTA DE INDEPENDENCIA ORIGINAL DEL IMPERIO MEXICANO

Compilador: David Gómez Salas

La nación mexicana que por trescientos años ni ha tenido voluntad propia, ni libre el uso de la voz, sale hoy de la opresión en que ha vivido. Los heroicos esfuerzos de sus hijos han sido coronados y está consumada la empresa eternamente memorable que un genio superior a toda admiración y elogio, por el amor y gloria de su patria, principió en Iguala, prosiguió y llevó a cabo arrollando obstáculos casi insuperables.

Restituida, pues, cada parte del Septentrión al ejercicio de cuantos derechos le concedió el autor de la naturaleza, y reconociendo por inajenables y sagrados las naciones cultas de la tierra, en libertad de constituirse del modo que más convenga a su felicidad, y con representantes que pueden manifestar su voluntad y sus designios, comienza a hacer uso de tan preciosos dones y declara solemnemente por medio de la Junta Suprema del Imperio, que es una nación soberana e independiente de la antigua España, con la que en lo sucesivo no mantendrá otra unión que la de una amistad estrecha en los términos que prescriben los tratados; que entablará relaciones amistosas con las demás potencias, ejecutando respecto a ellas, cuantos actos pueden y están en posesión de ejecutar las otras naciones soberanas; que va a constituirse con arreglo a las bases que en el Plan de Iguala y Tratados de Córdoba estableció sabiamente el primer jefe del Ejército Imperial de las Tres Garantías, y en fin que sostendrá a todo trance y con sacrificio de los haberes y vidas de sus individuos (si fuere necesario) esta declaración hecha en la capital del imperio a 28 de septiembre de 1821, primero de la independencia mexicana”.

Los miembros de la Suprema Junta Provisional Gubernativa:

- Don Antonio Joaquín Pérez Martínez, obispo de la Puebla de los Ángeles.

- Don Juan de O’Donojú, teniente general de los ejércitos españoles, Gran Cruz de las Órdenes de Carlos III y San Hermenegildo.

- Don José Mariano de Almanza, consejero de Estado.

- Don Manuel de la Bárcena, arcediano de la Santa Iglesia Catedral de Valladolid y gobernador de aquel obispado.

- Don Matías Monteagudo, rector de la Universidad Nacional, canónigo de la Santa Iglesia Metropolitana de México y prepósito del Oratorio de San Felipe Neri.

- Don José Isidro Yáñez, oidor de la Audiencia de México.

- Don Juan Francisco Azcárate, abogado de la Audiencia de México y Síndico segundo del Ayuntamiento Constitucional.

- Don Juan José Espinosa de los Monteros, abogado de la Audiencia de México y agente fiscal de lo civil.

- Don José María Fagoaga, oidor honorario de la Audiencia de México.

- Don Miguel Guridi y Alcocer, cura de la Santa Iglesia del Sagrario de México.

- Don Francisco Severo Maldonado, cura de Mascota, en el Obispado de Guadalajara.

- Don Miguel Cervantes y Velasco, Marqués de Salvatierra y Caballero Maestrante de Ronda.

- Don Manuel de Heras Soto, Conde de Casa de Heras, teniente coronel retirado.

- Don Juan Lobo, comerciante, regidor antiguo de la ciudad de Veracruz.

- Don Francisco Manuel Sánchez de Tagle, regidor del Ayuntamiento y secretario de la Academia de San Carlos.

- Don Antonio Gama, abogado de la Audiencia y colegial mayor de Santa María de todos los Santos de México.

- Don José Manuel Sartorio, bachiller clérigo presbítero del Arzobispado.

- Don Manuel Velázquez de León, secretario que había sido del virreinato, intendente honorario de provincia, tesorero de bulas, nombrado en España director de Hacienda pública en México y consejero de Estado.

- Don Manuel Montes Argüelles, hacendado de Orizaba.

- Don Manuel Sotarriva, brigadier de los ejércitos nacionales, coronel del regimiento de infantería de la Corona y caballero de la Orden de San Hermenegildo.

- Don José Mariano Sandaneta, Marqués de San Juan de Rayas, Caballero de la Orden Nacional de Carlos III y vocal de la Junta de censura de libertad de imprenta.

- Don Ignacio García Illueca, abogado de la Audiencia de México, sargento mayor retirado y suplente de la diputación provincial.

- Don José Domingo Rus, oidor de la Audiencia de Guadalajara, natural de Venezuela.

- Don José María Bustamante, teniente coronel retirado.

- Don José María Cervantes y Velasco, coronel retirado. Fue Conde de Santiago Calimaya, cuyo título cedió a su hijo don José Juan Cervantes, por ser incompatible con otros mayorazgos.

- Don Juan María Cervantes y Padilla, coronel retirado, tío del anterior.

- Don José Manuel Velázquez de la Cadena, capitán retirado, señor de Villa de Yecla (España) y regidor del Ayuntamiento de México.

- Don Juan Horbegoso, coronel de los ejércitos nacionales.

- Don Nicolás Campero, teniente coronel retirado.

- Don Pedro José Romero de Terreros, Conde de Jala y Regla, Marqués de San Cristóbal y de Villa Hermosa de Alfaro, gentil hombre de cámara con entrada y capitán de albarderos de la guardia del Virrey.

- Don José María Echevers Valdivieso Vidal de Lorca, Marqués de San Miguel de Aguayo y Santa Olaya.

- Don Manuel Martínez Mancilla, oidor de la Audiencia de México.

- Don Juan B. Raz y Guzmán, abogado y agente fiscal de la Audiencia de México.

- Don José María Jáuregui, abogado de la Audiencia de México.

- Don Rafael Suárez Pereda, abogado de la Audiencia de México y juez de letras.

- Don Anastasio Bustamante, coronel del Ejército de Dragones de San Luis.

- Don Ignacio Icaza, que había sido jesuita.

- Don Manuel Sánchez Enciso.

Los miembros de la Regencia del Imperio:

- Agustín de Iturbide, Presidente.

- Juan O’Donojú, Segundo regente.

- Manuel de la Bárcena, Tercer regente.

- José Isidro Yañez, Cuarto regente.

- Manuel Velásquez de León, Quinto regente.

PARTE TRES. EL HIMNO NACIONAL Y LA TRAICIÓN DE SANTA ANNA Compilador David Gómez Salas

En 1853, Antonio López de Santa Anna convocó a un concurso Literario-Musical, para escribir “un canto verdaderamente patriótico que, adoptado por el Supremo Gobierno, sea constantemente el Himno Nacional”.

La composición literaria ganadora fue “Volemos al combate, a la venganza, y el que niegue su pecho a la esperanza, hunda en el polvo la cobarde frente”. El autor era el Maestro Francisco González Bocanegra, originario de San Luis Potosí.

La música ganadora compuesta por Juan Bottesini, no fue aceptada por el pueblo, por lo cual se lanzó otra convocatoria pública para elaborar composiciones musicales a la Letra de Francisco González Bocanegra. La composición musical ganadora tenía el epígrafe “Dios y Libertad” de Jaime Nunó, músico catalán que vivía a México.

El Himno Nacional fue interpretado por primera vez el 15 de Septiembre de 1854, en el teatro Santa Anna, después Teatro Nacional.

Letra original del Himno Nacional

Coro I

Mexicanos, al grito de guerra

el acero aprestad y el bridón,

y retiemble en sus centros la tierra

al sonoro rugir del cañón.

Ciña ¡Oh Patria! tus sienes de oliva

de la paz el arcángel divino,

que en el cielo tu eterno destino,

por el dedo de Dios se escribió;

Mas si osare un extraño enemigo,

profanar con su planta tu suelo,

piensa ¡Oh Patria querida! que el cielo

un soldado en cada hijo te dio.

Coro II

En sangrientos combates los viste

por tu amor palpitando sus senos,

arrostrar la metralla serenos,

y la muerte o la gloria buscar.

Si el recuerdo de antiguas hazañas

de tus hijos inflama la mente,

los laureles del triunfo, tu frente

volverán inmortales a ornar.

Coro III

Como al golpe del rayo la encina

se derrumba hasta el hondo torrente,

la discordia vencida, impotente,

a los pies del arcángel cayó;

Ya no más de tus hijos la sangre

se derrame en contienda de hermanos

sólo encuentra el acero en tus manos

quien tu nombre sagrado insultó.

Coro IV

Del guerrero inmortal de Zempoala

te defienda la espada terrible,

y sostiene su brazo invencible

tu sagrado pendón tricolor;

El será el feliz mexicano

en la paz y en la guerra el caudillo,

porque él supo sus armas de brillo

circundar en los campos de honor.

Coro V

¡Guerra, guerra sin tregua al que intente

de la patria manchar los blasones!

¡Guerra, guerra! Los patrios pendones

en las olas de sangre empapad.

¡Guerra, guerra! En el monte, en el valle

los cañones horrísonos truenen,

y los ecos sonoros resuenen

con las voces de ¡Unión! ¡Libertad!

Coro VI

Antes, patria, que inermes tus hijos

bajo el yugo su cuello dobleguen,

tus campiñas con sangre se rieguen,

sobre sangre se estampe su pie.

Y tus templos, palacios y torres

se derrumben con hórrido estruendo,

y tus ruinas existan diciendo

de mil héroes la Patria aquí fue.

Coro VII

Si a la lid contra hueste enemiga

nos convoca la trompa guerrera,

de Iturbide la sacra bandera

¡Mexicanos! valientes seguid.

Y a los fieros bridones les sirvan

las vencidas enseñas de alfombra

los laureles del triunfo den sombra

a la frente del bravo adalid.

Coro VIII

Vuelva altivo a los patrios hogares

el guerrero a contar su victoria,

ostentando las palmas de gloria

que supiera en la lid conquistar.

Tornáranse sus lauros sangrientos

en guirnaldas de mirtos y rosas,

que el amor de las hijas y esposas

también sabe a los bravos premiar.

Coro IX

Y el que al golpe de ardiente metralla

de la patria en las aras sucumba,

obtendrá en recompensa una tumba

donde brille de gloria la luz.

Y de Iguala la enseña querida

a su espada sangrienta enlazada,

de laurel inmortal coronada,

formará de su fosa la cruz.

Coro X

¡Patria! ¡Patria! tus hijos te juran

exhalar en tus aras su aliento,

si el clarín con su bélico acento,

los convoca a lidiar con valor.

¡Para ti las guirnaldas de oliva!

¡Un recuerdo para ellos de gloria!

¡Un laurel para ti de victoria!

¡Un sepulcro para ellos de honor!

Coro (Fin del himno nacional)

En contraparte el poeta Ignacio Rodríguez Galván, que observaba las mentiras al pueblo y la traición a la patria de Antonio López de Santa Anna; escribió el poema siguiente:

Al Baile Del Señor Presidente

Autor: Ignacio Rodríguez Galván

Bailad mientras que llora

el pueblo dolorido,

bailad hasta la aurora

al compás del gemido

que a vuestra puerta el huérfano

hambriento lanzará.

¡Bailad! ¡Bailad!

Desnudez, ignorancia

a nuestra prole afrenta,

orgullo y arrogancia

con altivez ostenta,

y embrutece su espíritu

torpe inmoralidad.

¡Bailad! ¡Bailad!

Las escuelas inunda

turba ignorante y fútil,

que a su grandeza funda

en vedarnos lo útil,

y nos conduce hipócrita

por la senda del mal.

¡Bailad! ¡Bailad!

Soldados sin decoro

y sin saber nos celan,

adonde dan más oro

allá rápidos vuelan:

en la batalla tórtolas,

buitres en la ciudad.

¡Bailad! ¡Bailad!

Ya por Tejas avanza

el invasor astuto

su grito de venganza

anuncia triste luto

a la infeliz república

que al abismo arrastráis.

¡Bailad! ¡Bailad!

El bárbaro ya en masa

por nuestros campos entra,

a fuego y sangre arrasa

cuanto a su paso encuentra,

deshonra nuestras vírgenes,

nos asesina audaz.

¡Bailad! ¡Bailad!

Europa se aprovecha

de nuestra inculta vida,

cual tigre nos acecha

con la garra tendida,

y nuestra ruina próxima

ya celebrando está.

¡Bailad! ¡Bailad!

Bailad, oh, campeones

hasta la luz vecina,

al son de los cañones

de Tolemaida y China,

y de Argel a la pérdida

veinte copas vaciad.

¡Bailad! ¡Bailad!

Vuestro cantor en tanto

de miedo henchido el pecho

se vuelve en negro manto

en lágrimas deshecho

y prepara de México

el himno funeral.

¡Bailad! ¡Bailad!

PARTE CUATRO. HISTORIA DE UN CENTENARIO FORZADO

Compilador David Gómez Salas

Con motivo de las fiestas del Bicentenario de la Independencia de México, presento esta historia sobre el Centenario de la Consumación de la Independencia. (Fuente: El Desastre. José Vasconcelos Calderón. Fondo de Cultura Económica.)

Nunca he sido aficionado al billar ni a juego algo que desperdicie nuestro tiempo. El concepto del pasatiempo no tiene sentido ante tanta cosa interesante como la vida ofrece; pero a todo me he asomado; así es que conozco la jerga de la sala de billares de nuestra vieja capital. En torno a los jugadores suelen plantarse los mirones, por lo común vagos, entre los cuales sobresale algún profesional del ocio, tipo antipático importante; comienza a perder uno de los jugadores que antes llevaba alta la cuenta de las carambolas y, fatalista, exclama: Desde que llegó ese malhora -dirigiéndose al Intruso- no hago sino perder. Y se escuchan voces: Quítate, malhora; ahora, malhora. Tal es el malhora, uno que ni juega ni deja jugar y que trae, además, la mala suerte, la jettatura de los italianos.

En el primer Gabinete de Obregón había ministros laboriosos, bien intencionados y dedicados con ímpetu a su labor. El lunar era Pansi, que pronto se convirtió también en Malhora. He dicho que no persigo a Pansi con mis acusaciones por causa de rencor personal, que no lo tengo, y que de tenerlo no dedicaría a escritos que no destino al presente; pero el mismo relato demostrara al lector desapasionado que no podría eximirme de ocuparme del personaje sin que quedara trunco el tema, inexplicable, del curso adverso que pronto tomaron las cosas.

En el grupo que constituíamos los obregonistas, Pansi era un intruso odiado de todos y tolerado apenas por mí y por Villarreal. Calles lo detestaba y De la Huerta nunca lo pudo pasar. Hubo para ello causa específica. Se hallaba Pansi de ministro del carrancismo en París cuando ocurrió la caída y asesinato de don Venustiano. Y creyendo Pansi que aquel crimen tendría las repercusiones que provocó el sacrificio de Madero, siendo incapaz de distinguir entre la inmolación del justo y la muerte de un culpable, adelantó declaraciones encendidas en contra de los asesinos, señalando particularmente a los autores del plan de Agua Prieta: es decir: De la Huerta y Calles. Y Pansi mandó una renuncia, rara en su vida de burócrata, al Gobierno provisional que duró unos días, al ocupar don Pablo González la metrópoli. Los diarios dieron gran vuelo a la renuncia, que a las pocas horas era rectificada. Pues sabedor Pansi, a destiempo, que Obregón reaparecería como jefe del movimiento, apresuróse a retirarla con excusas. Pero no lo reinstalaron. Y por primera en muchos años quedó cesante. No es que le importara el sueldo; tanto dinero tenía que, aparte de buena casa en la Reforma, se había podido hacer de una colección de cuadros o copias de maestros, que más tarde vendió en cerca de cuatrocientos mil pesos; pero la idea de quedar fuera de la nueva situación le causaba amargura.

Y desde Europa empezó a escribirnos felicitándonos a los dos bobos, bonachones del régimen, Villarreal y yo, únicos que podíamos influir, por nuestra pureza, en el perdón de los pecados del prójimo. Y pronto se me presentó en la Universidad.

-Lléveme con De la Huerta -rogó, y de puro animal cedí, empezando por hablar con Alessio el secretario particular.

-Ay, Vasco; no sabe lo que acaba de hacer. Por este hombre tiene debilidad Obregón, a causa de que es insinuante y flexible…

El día de mañana Vasco, usted y yo vamos a tener que pedirle que nos consiga una audiencia con el Presidente, quienquiera que sea el Presidente.

No hice mayor caso de las advertencias de Alessió, y un día, por sorpresa casi, dejé a Pansi en la antesala y dije a De la Huerta: Si tiene tiempo a la salida, diga dos palabras a Pansi, que anda afligido no pide nada, solamente estrecharle la mano.

De la Huerta que es también un buenazo, accedió, delante de mí, y al finalizar los acuerdos, nos dirigirnos De la Huerta y yo a comer en Chapultepec, de paso dio a Pansi no sólo la mano, sino también el abrazo de la reconciliación.

Y todos sabíamos que la cosa era inevitable. Apenas subió a la Presidencia Obregón, Pansi resultó Ministro de Relaciones; había sido ya Ministro de todo; cuando Carranza, le llamaban el Comodín.

Pero no se hallaba satisfecho en Relaciones. Le tiraba a la Secretaría de Hacienda. Y la desgracia era que Obregón, por el fondo de su ánimo pensaba lo mismo, imaginaba que Pansi era un financiero. Sabe mucho de bancos, me había dicho una ocasión en que se mencionó a Pansi en una de las juntas que convocaba Obregón antes de asumir el mando.

Sin embargo, ante la influencia grande que su éxito en la Presidencia otorgaba De la Huerta, Pansi se conformó con el hueso, que lo era, de la cartera de Relaciones. No obstante la categoría protocolar, siempre ha sido un hueso para los políticos; primero, porque no tenemos propiamente cancillería, supeditado, como todo lo ha estado, a las indicaciones de Washington; y segundo, porque el despacho no da ocasión de negocios apreciables. ni siquiera de manejo de fondos en grande.

No hay negocios en Relaciones, reconoce todo el mundo; pero en el caso de Pansi no contábamos con su ingenio, digamos de una vez, con su genio. Humilde y con aires de niño culpable pero arrepentido, escuchaba Pansi las deliberaciones de los Consejos de Ministros, cruzadas las manos sobre el vientre y sonriendo a todos, con esa sonrisa perenne que Antonio Villarreal, en su misma cara, le bautizó con el nombre robado al cine de Hollywood: The Million Dollar Smile.

-A esa sonrisa debe usted todos sus éxitos -le decía Villarreal, y Pansi asentí. Por eso yo estuve cobrando sueldo de Ministro en Europa mientras usted y Vasconcelos se morían de hambre en el destierro, respondía Pansi y chupaba la pipa contento.

Pues de repente abandonó Pansi la pipa y la sonrisa para hablarnos, uno a uno y muy en serio, de un caso de patriotismo irrecusable.

-El próximo septiembre se cumplen cien años de la promulgación del Plan de Iguala, que determino nuestra Independencia de España.

En mil novecientos diez, el porfirismo había celebrado con boato el centenario del grito de Dolores, el inicio de la Independencia; pero ahora -alegaba Pansi- se trata de algo más importante, se trata de la consumación.

Y nadie le hacía caso; pero un día, en Consejo de Ministros nos dimos cuenta de que había logrado convencer a Obregón. Nunca me expliqué cómo un hombre de juicio tan despejado como Obregón se dejó llevar a fiestecitas, como no sea por la circunstancia de que Pansi no dejó ver al principio todo el alcance de sus planes. Cuando en el mencionado Consejo se invitó a los ministros a que nombrasen representantes en un Comité del Centenario que pronto comenzaría a funcionar, yo alegué que no tenía tiempo para fiestas, que en mi departamento había trabajo. De la Huerta Calles también se excusaron. Esto era lo que quería Pansi, porque de allí salió investido con facultades plenas para presidir él el Comité y organizarlo.

Y comenzó la Comisión del Centenario a hacer ruido y a gastar cimero. Se corrió invitación a todos los gobiernos de la Tierra: se prepararon desfiles militares, banquetes y representaciones teatrales. Para contentar a De la Huerta, aficionado al canto se le consultó y se le dejó contratar una compañía de ópera que dio funciones en un mal teatro, pero con personal en grande, llevado del Metropolitan, engalanado con la Mussio y no sé quiénes más, y buen repertorio, en parte ruso. Fue la única manifestación culta de todo un mes de saraos y comilonas tan continuados, que uno de los miembros de una delegación extranjera cayó muerto de apoplejía en pleno baile de Palacio.

Para acallarme a mí, el Comité proyectó una escuela que se llamaría del Centenario, y que pasadas las fiestas sería anexada a la Universidad. Establecieron la escuela en casa alquilada con dotación mezquina, a tal punto, que no la quise recibir de un modo formal:

-Carrancistas habían de ser ustedes los de Pansi -dije a la Comisión- para que osaran hablar de abrir una escuela sin hacer primero casa propia y adecuada.

Pero el alboroto de las Fiestas emborrachaba a la ciudad, deslumbraba a la República. No quise perder la ocasión de aprovechar aun esto para la propaganda de la labor educacional, en vísperas de la discusión de la Ley en el Congreso. De suerte que, sin desdecirme en mi negativa de asistir a banquetes oficiales y recepciones, tomé a mi cargo las sesiones de un Congreso de estudiantes latinoamericanos que se reunió aquel mes, y presidí recepciones universitarias sencillas en honor de huéspedes distinguidos que el Congreso llevó al país, tales como José Eustasio Rivera, el novelista de La Vorágine; don Ramón del Valle Inclán, y el Ministro colombiano Restrepo.

Sin embargo, el balance de las fiestas nos fue altamente desfavorable. Cuando me presenté un sábado, como de costumbre, a cobrar a De la Huerta los cuarenta mil pesos de la raya para la obra del Ministerio y las escuelas nuevas, me previno:

-Ya no emprenda nuevas obras porque estamos en apuros de dinero. Las fiestecitas de Pansi, comprendiendo los gastos extraordinarios de Guerra para equipo y vestuario de las tropas que han hecho desfiles, maniobras, nos cuestan once millones de pesos.

Mantenía De la Huerta en caja un saldo favorable de dieciséis millones: esa reserva estaba agotada. El gran empuje constructivo de los inicios de la administración obregonista sufrió su primer tropiezo por causa de Pansi. el Malhora de la administración, que no teniendo qué hacer casi en Relaciones, se había inventado el negocio del patriotismo retrospectivo.

Nunca se habían conmemorado los sucesos del Plan de Iguala y la proclamación de Iturbide, ni volvieron a conmemorarse después. Aquel Centenario fue una humorada costosa. Y un comienzo de la desmoralización que sobrevino más tarde.

PARTE CINCO. LA INDEPENDENCIA DE MÉXICO Y LA EDUCACIÓN

Autor: Por David Gómez Salas

México traicionado, cercenado y explotado de sus recursos naturales por sus gobernantes. De 1824 a 2010.

¿Qué nos queda de México? ¿Donde quedó aquella gran patria? Nos subsiste un México muy dominado en territorio y en aspiraciones. Resultado de errores y traiciones que nos ha costado la pérdida de la mayor parte del territorio. Un país que agota sus recursos naturales, y que depende del exterior en alimentos, energéticos, tecnología, maquinaria y equipo.

La educación ha sido saboteada por conveniencia de las dictaduras, de los acaparadores corruptos, y por los creadores de monopolios. Quienes trabajan para tener un país con mano de obra barata, mal pagada. Sujeta a las decisiones del capital. Un país con una decena de los hombres más ricos de la tierra; y cerca de 60 millones de pobres, mal alimentados y sin acceso al conocimiento.

El único camino posible para superar esta calamidad es la educación. Crecer en talento sería el objetivo (temido por gobernantes y monopolizadores). Hacer de los mexicanos el recurso más valioso que la extensión territorial. Celebremos el bicentenario de la independencia estudiando y trabajando cotidianamente a favor de la educación. Esa es la fiesta grande, la que producirá alegría más duradera.

Por lo anterior, reproduzco a continuación la explicación de José Vasconcelos sobre el escudo de la Universidad Nacional Autónoma de México y su lema “Por mi raza hablará el espíritu”

Fue aprobado por unanimidad en la sesión celebrada por el Consejo de Educación el 27 de abril de 1921. El rector José Vasconcelos Calderón presentó la propuesta para sustituir el escudo anterior, por el actual. Texto de la propuesta:

Considerando que a la Universidad Nacional corresponde definir los caracteres de la cultura mexicana, y teniendo en cuenta que en los tiempos presentes se opera un proceso que tiende a modificar el sistema de organización de los pueblos, substituyendo las antiguas nacionalidades, que son hijas de la guerra y la política, con las federaciones constituidas a base de sangre e idioma comunes, lo cual va de acuerdo con las necesidades del espíritu, cuyo predominio es cada día mayor en la vida humana, y a fin de que los mexicanos tengan presente la necesidad de fundir su propia patria con la gran patria Hispano-Americana que representará una nueva expresión de los destinos humanos; se resuelve que el Escudo de la Universidad Nacional consistirá en un mapa de la América Latina con la leyenda “Por mi raza hablará el espíritu”; se significa en este lema la convicción de que la raza nuestra elaborará una cultura de tendencias nuevas, de esencia espiritual y libérrima. Sostendrán el es codo un águila y un cóndor apoyado todo en una alegoría de lo volcanes y el nopal azteca.

En noviembre de 1954, José Vasconcelos explica ante la Confederación Nacional de Estudiantes, entre otras cosas, lo siguiente:

¿Qué es el escudo? El escudo es, en primer lugar, una protesta en contra de aquel pequeñito anhelo que arrodillaba a la juventud en lo que se llamó el altar de la patria jacobina. Altar sin Dios y sin santos. Altar en que muchas veces el caudillo sanguinario ha suplantado al héroe y al santo. Altar que, en todo caso, está cerrado con techos de concreto a la penetración de los efluvios que vienen de lo alto. Y luego, ¿cuál patria?; no la grande que compartimos con nuestros mayores del imperio universal español, sino la muy reducida en el territorio y en la ambición, que es el resultado de los errores del periodo de formación que nos costara la pérdida de Texas y de California. Después de la Revolución, que tantas esperanzas engendró porque no se ligaba con ningún pasado sombrío; porque en sus comienzos no intentaba continuar la Reforma sino rectificar la Reforma, resultaba indispensable provocar el crecimiento del alma nacional. Y ya que no podíamos reconquistar territorios geográficos. No quedaba otro recurso que romper horizontes y ensanchar el espacio ideal por donde el amor, ya que no la fuerza, pudiera conquistar heredades del espíritu, más valiosas a menudo que la disputada soberanía territorial. El paso inmediato, en consecuencia, era obvio: reemprender el esfuerzo ya secular pero abandonado y saboteado por las dictaduras nacionalistas, de ligar nuestro destino con los países de nuestra estirpe española, en el resto del continente.

La independencia del sur, con Bolívar, con San Martín, había engendrado no sólo nacioncitas, a lo liberal británico; también había inventado el anhelo de constituir con los pueblos afines por el lenguaje y la religión, federaciones nacionales poderosas. Nosotros no pudimos conservar ni siquiera la confianza de Centroamérica, a efecto de haber construido una vigorosa federación del norte, aliada con el grupo disperso de los pueblos ilustres de Las Antillas. Todo por culpa de las dictaduras y de la confusión doctrinaria de la Reforma, que en su odio a España, nos deformó el patriotismo subordinado al recorte territorial y a la mentira de una soberanía fingida.

Rota, desde hacía tiempo, nuestra solidaridad con los hermanos de la América Española y de España, un sentimiento reducido e intoxicado además de falsas patrioterías, mantuvo en opresión nuestros pechos hasta que la Revolución despertó exigencias nobles, informes. Ensancharlas era el deber de la Universidad. Símbolo gráfico de esta eclosión del alma mexicana, fue el diseño del escudo entonces nuevo, cuya historia estoy describiendo. Consta el escudo de dos elementos inseparables: el mapa de América Española que encierra en su fondo, y el lema que le da sentido. Por encima del encuadramiento, un águila y un cóndor reemplazan el águila bifronte del viejo escudo del Imperio Español de nuestros padres. Ahora, en el escudo, el águila representa a nuestro México legendario, y el cóndor recuerda la epopeya colectiva de los pueblos hermanos del continente.

Figurada de esta suerte la unidad de nuestra raza, sólo faltaba pedir al Verbo una expresión que marcara la ruta de los destinos comunes. Me vino ésta, de súbito, y fue la voz de un anhelo que se rehacía en la Universidad y había de retumbar por todos los confines de la lengua: es el lema un compromiso quizás demasiado ambicioso.

POR M RAZA HABLARÁ EL ESPÍRITU, es decir, deberemos ser algo que signifique en el mundo. Y en primer lugar dije raza porque la tengo, la tenemos. Nuestra raza, por la sangre, a se sabe, es doble, pero sólo en México, en el Perú, en el Ecuador, donde hay indios. En el resto de América nuestra raza es una mezcla de base latina, española e italiana que no excluye una sola de las variedades del hombre; ni el negro del Brasil, ni el chino de las costas peruanas. Una raza compuesta que lo será más aún en el futuro. De allí la tesis de la raza cósmica que implícitamente está con tenida en el escudo y que hoy anuncian historiadores como Toyn bee, como fatal conglomeración humana en todo el planeta. Pero por lo pronto, hay que comenzar recordando que somos latinos. Dentro de lo latino, nos impelen hacia adelante los gérmenes de las más preciadas civilizaciones: el alma helénica y el milagro judío-cristiano, el derecho de la Roma pagana y la obra civiliza dora de la Roma católica.

En nuestro abolengo hay nombres envidiados de todas las naciones, como Dante Alighieri, magno poeta de todos los tiempos. En nuestro pensamiento hay torres como Santo Tomás y San Buenaventura. Y particularmente en la América nuestra, del Paraguay a California, es el cordón franciscano la disciplina de la obra civilizadora que todavía se prolonga y que no hubiera alcanzado realización sin el esfuerzo quijotesco que guió la Conquista. Raza es, en suma, todo lo que somos por el espíritu: la grandeza de Isabel la Católica, la Contrarreforma de Felipe II que nos salvó del calvinismo, la emancipación americana que nos evitó la ocupación inglesa intentada en Buenos Aires y en Cartagena y que, con Bolívar, fijó el carácter español y católico de los pueblos nuevos. Nuestra raza es, asimismo, toda la presente cultura moderna de la Argentina, con el brío constructor de los chilenos, la caballerosidad y galanura de Colombia, y la reciedumbre de los venezolanos. Nuestra raza se expresa en la doctrina política de Lucas Alamán, en los versos de Rubén Darío y en el verbo iluminado de José Martí. Todo esto es lo que el lema contiene y coordina para en caminarlo hacia la grandeza imperial. Nos despierta el emblema el orgullo fecundo y la ambición noble de los pueblos que no se contentan con recibir hecha la historia sino que la engendran, la conforman, le imprimen grandeza. Quise, en fin, dar a los jóvenes por meta, en vez de la patria chica que nos dejó el liberalismo, la patria grande de nuestros parentescos continentales.

PARTE SEIS. EXTRAVÍOS EN LA VIDA INDEPENDIENTE

Por David Gómez salas

Doscientos años de saqueos

Traiciones, demagogia y engaños

De gobiernos ladrones y tiranos

Esfumaron al imperio mexicano

Nos queda un territorio mutilado

Sin petróleo y contaminado

Desforestado, erosionado

Sin riquezas y sobre explotado

Una economía subrogada

Por los gringos manejable

Externamente controlada

Y un FOBAPROA impagable

En educación y salud reprobados

Servicios públicos privatizados

Escasa tecnología y ciencia

¿Dónde está la independencia?

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