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Personalidades

Día de la Cultura Cubana

Desde hace unos treinta años los cubanos celebramos el Día de la Cultura Cubana el 20 de octubre, es hoy una de las celebraciones que tiene mayor connotación en el país por el hecho de reunir en sí misma todos los valores que la sociedad necesita para reafirmarse.

 

 Ese día se une la cultura con la historia para rememorar las raíces que sostienen a la nación cubana y que la hacen firme ante los embate de las corrientes globalizadoras capitalistas, que queriéndolo o no, tiende a disolverlo todo en una banalidad sin frontera en el que no importa el ser humano, sino el consumidor, como ente  necesario para  un mundo diseñado por los vendedores. ¿No consumes? ¿Consumes poco?, vales menos, vales poco, por eso el mundo se les reduce a las áreas del primer mundo, lo demás es anécdota, exotismo, aspirantes eternos a ser como ellos, aunque la tierra y sus recursos no  alcancen para todos.

 

 El 20 de octubre de 1868, Pedro Figueredo Cisnero(1819-1870),  escribe la letra de nuestro Himno Nacional, a petición de cientos de bayameses que lo vitoreaban a él y a las fuerzas insurrectas que acompañaban a Carlos Manuel de Céspedes en su entrada triunfal a la ciudad de Bayamo. Eran por entonces seis cuartetas vibrantes y combativas, cantadas con la música escrita meses antes por el propio Perucho y estrenada en la iglesia de Bayamo como una “melodía religiosa” que no dejó de sorprender al gobernador de la villa.

 

 El fragor de la guerra y el ardor de los cubanos redujeron por costumbre el himno a dos estrofas, que resumen el sentir de todos los cubanos y enaltece el sentido patrio que permanece incólume en nuestro pueblo.

 

 Perucho Figueredo fue un prestigioso abogado de Bayamo, conspirador contra el régimen colonial y ocupó el cargo de subsecretario de la guerra en el primer gobierno de la República en Armas, llegando a ostentar los grados de General del Ejército Libertador Cubano.

 

Murió fusilado en plena guerra por la independencia, estaba enfermo y fue capturado por una columna española, encerrado en el castillo del Morro de Santiago de Cuba y pasado por las armas el 17 de agosto de 1870 por amar a Cuba y querer su independencia.

 

 Sus inspiradas estrofas guiaron al pueblo que se levantó para luchar por la libertad y desde entonces es el himno de los cubanos, la marcha combativa y bella que enaltece los corazones de los nacidos en esta tierra.

 

 Por eso celebramos el DIA DE LA CULTURA CUBANA, porque ese día cultura e historia se fundieron para entregarnos un símbolo de lo que somos y lo que defendemos, esta es la letra actual de nuestro  himno:

Al combate corred, bayameses
que la Patria os contempla orgullosa
no temáis una muerte gloriosa
que morir por la Patria, es vivir.

En cadena vivir es vivir
en afrenta y oprobio sumidos,
del clarín escuchad el sonido
a las armas, valientes, corred.

 

 

Personalidades

10 de octubre de 1868

Es octubre y para los cubanos la primera evocación es para la hombrada de un grupo de orientales que en la mañana del 10 de octubre de 1868 iniciaron, ¡por fin! Las luchas para alcanzar la independencia del dominio español.

 

 América hispana ya hacia un siglo y medio que disfrutaba de la libertad arrancada al dominio español y se consolidaban en los territorios de nuestra América, Repúblicas inquietas e incompletas, pero celosas de su libertad conquistada a costa de muchos sacrificios.

 

 Cuba, “la siempre fiel”, como la denominaba la monarquía hispana, se debatía en el dilema de seguir bajo el duro régimen colonial, esquilmador de sus riquezas y negado a conceder libertades políticas mínimas a una clase burguesa poderosa, culta y de amplios recursos económicos, sostenidos por una masa de más de doscientos mil esclavos de origen africanos, tratados como “piezas de ébano”, pero que no contaban como seres humanos para aquellos civilizados caballeros del azúcar.

 

 Ese era el dilema para la nación, ya forjada y orgullosa de sí misma, pero sometida a una torpe política colonial que hizo todo lo posible, sin querer, pero por codicia, para perder lo poco que restaba de su imperio colonial.

 

 Carlos Manuel de Céspedes, un acomodado abogado y hacendado de la zona de Bayamo y Manzanillo, fue el catalizador de las aspiraciones de los más radicales de entre sus iguales y ante el fracaso de las negociaciones con las autoridades coloniales, no buscó el lamento conservador y cobarde, sino que se unió a otros patricios de sus zona para planear la única alternativa posible ante tanta soberbia e intransigencia colonial, la lucha armada para alcanzar la anhelada independencia.

 

 No pesó esta vez el temor a una sublevación de los esclavos aprovechando la coyuntura de la guerra, no temió perder sus comodidades y su hacienda en este viril gesto de rebeldía, solo pesó la necesidad de la patria irredenta y la determinación de ser libres o morir en el empeño.

 

 Esa mañana del 10 de octubre de 1868, reunió en su ingenio azucarero de “Demajagua” a sus familiares y a un grupo de conspiradores de su zona y con valiente gesto de hidalguía, liberó a sus esclavos, a quienes invitó a luchar  hombro con hombro por la patria común junto a sus antiguos dueños.

 

 Ese fue su gesto supremo, porque en la Cuba de su época, la esclavitud era el gran problema social de la isla y entre amos y esclavos había una profunda brecha de prejuicios, que no dejaba fuera a los cientos de miles de negros y mulatos que ya vivían libres en la isla colonial, haciendo oficios menores, obligados a vivir como parias en su propia tierra.

 

 La gesta libertadora cubana comenzó también un amplio proceso de integración racial y social que fundió a los estamentos diferenciados y rivales en  la nueva concepción de “luchadores por la independencia” que sirvió de base para fundar una República en Armas, alcanzar muchas victorias militares y radicalizar el protagonismos de los más humildes en este quehacer por la libertad.

 

 Diez años de guerra sirvieron de fragua para fundar un pueblo nuevo al que las indecisiones de las clases dirigentes cubanas y su miedo a la popularización de la guerra, lo llevaron a un pacto con España, que los patriotas más radicales, encabezados por el general negro Antonio Maceo, entendieron como una tregua para emprender nuevamente la guerra cuando estuvieran creadas nuevamente las condiciones para volver a luchar, por lo que aún no se había alcanzado, la independencia y la abolición de la esclavitud.

 

 Eso celebramos los cubanos el 10 de octubre, el inicio de nuestras luchas por la independencia de España.

Personalidades

El socialismo y Martí

Hace meses que vengo meditando si entrar o no en la polémica que ronda hoy al mundo convulso que nos ha tocado vivir, hacerlo desde la honestidad de una experiencia de vida personal en un pueblo que ha tratado de darse el sistema  más justo posible.

 Teorizar requiere horas de estudios a veces toda una vida, pero la realidad  nos pisa los talones con necesidades de seres vivos que son imprescindible satisfacer, por eso Fidel dijo una vez que el capitalismo se construía solo, porque se basa en el egoísmo de la gente, mientras que el socialismo  había que construirlo, porque había que levantarlo con la solidaridad y el altruismo humano, era más o menos la esencia de aquellas palabras de un soñador  que ha  dedicado toda una vida para guiar un proceso perfectible, hecho por mujeres y hombre que se  equivocan, se acomodan o arriman las brazas al sartén de sus necesidades egoístas, hasta el punto de hacer peligrar la obra social.

  En primer lugar, para ser honesto, quiero delimitar mis ideas, creo en el socialismo y  he crecido plenamente en este sistema de justicia social, con miles de carencias, pero satisfecho y orgulloso de lo que hemos logrado. Muchos factores internos y externos han frenado el mayor desarrollo de nuestra sociedad, pero en lo personal sigo creyendo en ella y en la posibilidad de mejorarla y no de cambiarla por un sistema capitalista que nos hará más desiguales y donde la novedad es que tendremos: millonarios, por poner un ejemplo.

  Quiero citar  un breve fragmento de un artículo de Armando Hart Dávalos aparecido en el periódico cubano Juventud Rebelde el 28 de enero de 2004 en el que  aborda este tema del socialismo y las impresiones de nuestro José Martí sobre estas ideas demonizadas no desde ahora, sino desde que aparecieron como alternativa de los humildes:

 «Precisamente, el drama del socialismo en el siglo XX se explica por el hecho que tras la muerte de Lenin se pasó por alto la cultura. Martí lo había advertido cuando dijo en carta a su compañero Fermín Valdés Domínguez, que “dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:—el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas:—y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos”;[1] es decir, el de la ignorancia, y el del oportunismo, la mediocridad y la corrupción. En la incultura y en la maldad humana estaban para el Apóstol los peligros que tenía la idea socialista, por esto fracasó el socialismo real. También Martí señaló en esa propia carta a Fermín Valdés Domínguez que en nuestro pueblo no es tanto el riesgo como en la sociedad más iracunda de Europa, y le expuso ideas clave que recojo a continuación: “[…] explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer: el caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla. Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa”.[2] »

 Para dar más claridad al lector transcribo íntegra la carta de Martí a su amigo del alma:

Nueva York, mayo, 1894

 Sr. Fermín Valdés Domínguez

 Fermín queridísimo:

                               De la maluquera, y el quehacer de que voy halando como un mulo, me he dado un salto a Nueva York, a mis cosas. Estoy al salir, para la gran fagina: y empiezo por casa. ¿Aunque por qué llamo a esta tierra dura “casa”? Ya tú conoces esta vida. Nuestra gente cada día padece más aquí. El país los echa: por fortuna vivimos unos cuantos, que moriremos por abrirles tierra. Y viven almas como esa brava tuya, que está ahora de renuevo, y tan metida en virtud, que cuando vaya allá te he de encontrar todavía mejor mozo. Leña al horno, Fermín, que va a necesitarse pronto el fuego. Recibí todas tus cartas, y a todas te contestaré con más detalles que si te los escribiera. Muy juiciosas las observaciones sobre las necesidades perentorias: a eso estamos. Creo que ya vamos hasta por la cintura en la maravilla. Sudo muerte; pero vamos llegando. Y tengo una fe absoluta en mi pueblo, y mejor mientras más pobre: a ver si me falla. Esa sí que sería puñalada mortal. Ya yo te veo hecho un jardín, como se me pone a mí el alma cuando ando por esas tierras, de la bondad que pisa y bebe uno, y que tú celebras con elocuencia verdadera en tu hermosa carta a “Cuba”. ¿Qué delicadeza mayor quieres, ni qué más viril poesía, que la que mueve la creación de ese club nuevo, que no valdrá porque lleve nuestros nombres, sino por las virtudes que en nosotros creen ver sus fundadores, que con serlo, se revelan capaces de ellas ? Por ahí es por donde nuestra tierra está pecando: por lo feos y escasos que andan, por ahí, el amor y la amistad. -Ahí tienes una nimiedad que ni a ti ni a mí nos puede dejar los ojos secos.-Es preciso merecer ese cariño.

 

Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas: y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con este nombre o aquél, un poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo. Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana. Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: -el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas: - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados. Unos van, de pedigüeños de la reina, -como fue Marat, -cuando el libro que le dedicó con pasta verde -a lisonja sangrienta, con su huevo de justicia, de Marat. Otros pasan de energúmenos a chambelanes, como aquellos de que cuenta Chateaubriand en sus “Memorias”. Pero en nuestro pueblo no es tanto el riesgo, como en sociedades más iracundas, y de menos claridad natural: explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer: el caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla. Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa. Muy bueno, pues, lo del 10 de Mayo. Ya aguardo tu relato, ansioso.

 

 Yo que te charlo, estoy lleno de gente, y sin un minuto. ¿Conque ya suena la alcancía, y me vas a recibir con el aire de prisa de un médico atareado? No me hables de Palma. Tú curarás, porque te quieren, y porque sabes. Aquí te necesitaría, porque me cuesta mucho escribir, y estar levantado. Allá voy a llegar muy mohíno, y acaso inservible. -Mejor, me verán arrastrándome, por servirle a mi tierra,-por servirlos. .No hay sermón como la propia vida. ¿Y quieres creer que, mozo como soy, no pienso en tanta gente noble sino con cariño de padre a hijo?-De prisa te diré cómo gozo con que por corazones tan buenos se vaya extendiendo tu cura, que es a la vez de cuerpo y de alma. Ya sé- ¿quién lo supo nunca mejor?- lo que han de pensar de ti. Y vuelo. Yo me voy a halar del mundo con el hijo de Gómez. -A todos, que no escribo. Hago bien. ¡Ya me perdonarán. . .! tu

 

                                                                                       José Martí

 

 



[1] José Martí. Carta a Fermín Valdés Domínguez. O. C. t. 3, p. 168

[2] Ídem

Personalidades, Recepción martiana

Juan Gualberto Gómez y José Martí, la amistad militante

Esta casa y este ámbito fue la fragua de una amistad nacida al calor de las simpatías mutuas que dos jóvenes cubanos tenían por la causa de su Cuba irredenta. Ambos llegaban de la tierra ajena, uno Martí desde Guatemala, Juan Gualberto Gómez[1] desde Francia, tras un breve paso por México.

 

 La modernidad que cada uno vio en su periplo por tierras foráneas alienta un pensamiento más radical en cuanto a los destinos de Cuba, la independencia.

 

 La Habana a la que llegan, esa que Martí dijo que no pecaba de miedo, era un hervidero de ideas: unos esperanzados en que España le diera a Cuba la autonomía que tanto tiempo les negó, otros conocedores de las ambiciones de la metrópoli no dejaron de apostar por la independencia para la solución de los problemas de Cuba, en ese bando militaban Juan Gualberto Gómez y José Martí.

 

 Pluma ágil, análisis profundo y sobre todo gran polemista,  el inteligente pardo fue forjándose como un periodista de prestigio en la prensa del viejo continente y al regresar a su patria en 1878 se pone al servicio de las ideas independentista y de dignificación de su raza, objetivos a los que dedica toda su inteligencia y valor personal.

 

  Para esos menesteres funda su periódico La Fraternidad (1878), justo en el lugar donde hoy se levanta esta casa que le rinde memoria; en su andares por las tertulias y espacios habaneros, conoce a un joven revolucionario con ideas independentistas, con el que alcanza una afinidad ideológica tal que se convertirá en su amigo y posteriormente en su colaborar más importante en Cuba: José Martí.

 

 El compromiso político con la isla irredenta los llevará a ambos a conspirar y apoyar los levantamientos que se producen en 1879 en el oriente del país y que hoy conocemos como la Guerra Chiquita, esta actitud los provoca la deportación y el destierro, primero de Martí y luego del joven Juan Gualberto.

 

En 1890 regresa a Cuba después de haber cumplido un largo período de alejamiento de la isla por su manifiesta simpatía y compromiso con la causa independentista de Cuba. Había estado confinado en Ceuta y posteriormente fue autorizado a trasladarse a la península, radicándose en Madrid desde donde desarrolla una labor periodística destacada y muy apreciada por los liberales españoles y por la intelectualidad de ese país, quienes se preciaban de contar con la amistad del distinguido mulato cubano.

 

 En Madrid fue jefe de redacción de El Abolicionista y luego de La Tribuna, en cuya dirección reemplazó a su amigo Rafael María de Labras; fue también editorialista y cronista de los diarios El Progreso y El Pueblo, además de corresponsal de varios diarios españoles y europeos.

 

 Compartió con los más destacados periodistas y escritores españoles de su época, sobresaliendo como polemista formidable y temible al decir de los que cruzaron palabras desde la prensa con Juan Gualberto.

 

 Fue muy apreciado en los corrillos intelectuales por su gran cultura, su calidad periodística y por la firmeza de sus convicciones ideológicas, que incluía como elementos fundamentales, sus ideas abolicionistas y su independentismo. Por estas razones y por su calidad humana contó con la estimación de Ramón y Cajal, Castelar, Salmerón, Pi y Margall, Maura y Cánovas del Castillo, entre otros. Todos ellos políticos e intelectuales con quien no siempre estuvo de acuerdo pero  que admiraron su cultura y valentía para defender sus criterios.

 

 A pesar de este bien ganado prestigio intelectual en la península, Juan Gualberto Gómez quiere regresar a Cuba y por ello gestiona su autorización para volver a La Habana, permiso que obtiene en 1890.

 

 Ya en suelo cubano Juan Gualberto reanuda la publicación de su periódico La Fraternidad, que reaparece el 30 de agosto de 1890, esta vez con un decidido objetivo de hacer valer el derecho de los cubanos de expresar libremente sus ideas separatistas, para ello quiere hacer valida en Cuba la decisión del Tribunal Supremo de España que ha declarado lícita la propaganda carlista y republicana, por lo que el valiente mulato considera lógico que dicha sentencia ampare igualmente al separatismo.

 

 Desde el primer número  en La Fraternidad expone los objetivos que lo animan en un artículo titulado “Nuestros propósitos”, en el que hace un recuento de su labor a favor de la causa separatista y un reto a los que esperan las reformas prometidas por España y nunca cumplidas, en alusión a la estéril política de los autonomistas.

 

Manteniendo esta peligrosa posición de combate contra el colonialismo Juan Gualberto Gómez terminó enfrentado directamente con las autoridades españolas de la isla. Pesa sobre él una condena de dos años impuesta por la Audiencia de La Habana, por el artículo, “Por qué somos separatistas”, aparecido en el número 14 de La Fraternidad del 23 de septiembre de 1890. Interpuesto recurso ante el Tribunal Supremo de España por Rafael María de Labras a nombre de Juan Gualberto Gómez, dicho tribunal falló a favor del mismo el 25 de noviembre de 1891.

 

 El triunfo legal de Juan Gualberto Gómez en los tribunales de la metrópoli tuvo una gran trascendencia para el movimiento separatista cubano, se adquiría el derecho de hacer propaganda por la separación de la isla de España, propaganda que no podía ser una incitación a la rebelión y la lucha armada, pero que permitía hacer público los puntos de vistas de los que creían era posible la soberanía de la isla.

 

 Tal fue la repercusión de esta decisión judicial que el Capitán General de la Isla Camilo Polavieja lo consideró un golpe mortal para el poder colonial y así lo consigna en sus Memorias: “El día que firmó tal sentencia abandonamos los medios para sostener nuestra soberanía en la Isla de Cuba”

 

 Esta fue la tónica del periodismo que hizo Juan Gualberto Gómez desde La Fraternidad, en los escasos don años en que este circuló en Cuba, defendiendo el derecho de los cubanos a una aspiración de independencia, al tiempo que  sostenía la promoción de las aspiraciones de las masas de “color” en el logro de una plena igualdad tras la abolición de la esclavitud en la isla.

 

 Es esa la razón para sostener que la aparición del periódico La Igualdad, el 7 de abril de 1892, es una continuidad del trabajo iniciado en La Fraternidad, aunque ahora el énfasis estaría dado en lo que él consideraba era muy importante en aquellos momentos y expresado con toda claridad en el artículo “Lo que somos”, de la edición inaugural de La Igualdad, y en el que expresa que su propósito era unir a los cubanos sin distingos de color de la piel, así como de hallar una solución justa a los problemas socioeconómicos de la colonia:

 

Vamos en busca de la igualdad: blancos, negros y mulatos, todos son iguales para nosotros; y nuestra aspiración consiste en que todos así lo sientan; para que llegue un día en que los habitantes de Cuba se dividan, no por el color de la piel, sino por el concepto que abriguen de las soluciones que se presenten a los problemas políticos, sociales y económicos, que se disputan el predominio en el mundo culto”

 

Desde La Igualdad se defendían los derechos de la raza de color, porque al decir del propio Juan Gualberto Gómez, esta igualdad no sería posible, si al negro no se le concedían primero los mismos derechos que a los blancos, sino desaparecían primero toda una serie de leyes y ordenanzas racistas que las costumbres habían arraigado en la población.

 

 Los estudiosos cubanos de hoy hacen mucho énfasis en el valor del periódico La Igualdad para la difusión de las ideas martianas, en la preparación de los cubanos para la lucha por la independencia, pero casi no se habla de la titánica labor de Juan Gualberto desde sus páginas en favor de las reivindicaciones de los negros.

 

Raquel Mendieta en su ensayo “Agitación política y reivindicación socio-racial: El Directorio Central de las Sociedades de la raza de Color en Cuba” resume esta labor:

 

 La escuela mixta, como forma de integrar desde la niñez a blancos y negros; la necesidad de una activa participación de los sectores negros en la vida política a través del voto que se le quiere negar; la crisis política de los partidos coloniales -Unión Constitucional  y Liberal Autonomista-, incapacitados para dar soluciones a los problemas económicos, políticos y sociales que aquejan al país; el derecho de los negros a entrar en los lugares públicos; la necesidad de eliminar los libros diferenciados en el Registro Civil, así como las fórmulas de cortesía en las células personales, o cualquier otro elemento  que tienda a diferenciar, con carácter peyorativo para los negros, a ambas razas; el derecho de existencia de los cabildos de africanos, son algunos de los temas fundamentales que sacará a la palestra  pública Juan Gualberto Gómez[2]

  El periodismo que desarrolla Juan Gualberto Gómez entre 1890 y 1895 se desarrolla básicamente en los periódicos La Fraternidad y La Igualdad, convertidos por él en tribuna de divulgación de las mejores causas de la sociedad cubana: la lucha por la independencia y la reivindicación de los derechos de la raza negra, su palabra apasionada y convincente toma fuerza para luchar desde dentro contra los males de la sociedad colonial y desbrozar el camino a la sociedad cubana soñada por los mejores hijos de este país.

 

 

 

 

 

 Tengamos en cuenta que por estos mismos años José Martí desarrolla en la emigración una importantísima labor de integración y unidad de todos los cubanos alrededor del objetivo principal del momento, la consecución de la independencia, pero sin olvidar las grandes problemáticas de la sociedad cubana de finales del siglo XIX.

 

 Juan Gualberto está plenamente identificado con estas ideas, las compartes y las divulga, a veces de forma abierta y publica, otras a través del trabajo clandestino y comprometido al que se ha consagrado.

 

 La creación del Partido Revolucionario Cubano por Martí en 1892, lo encuentra en primera fila y con un prestigio muy grande entre los independentistas de la isla, por lo que su nombramiento como Delegado en La Habana de dicho partido fue el lógico resultado que culminaría con el alzamiento del 24 de febrero de 1895, coordinado por él, que no dudó en dar el ejemplo, aún cuando las condiciones para el alzamiento en Ibarra no eran nada favorables.

 

 Un nuevo destierro y un mayor compromiso con su país y sus ideas maduraron en él al combatiente que tras la muerte de Martí y frustrada la independencia por la que había luchado, defiende los ideales martianos, que eran los de su pueblo.

 

Forma parte de la Asamblea Constituyente, desde la cual combate con energía la propuesta de Enmienda Platt como apéndice a la Constitución Cubana y se mantuvo indoblegable en defensa de los ideales que había abrazado junto con Martí y los miles de cubanos que había dado su vida por la libertad.

 

La intervención norteamericana, disfrazada bajo el eufemístico manto de la “ayuda” para darnos la libertad, se prolongó mucho más de lo debido, en la búsqueda constante del acomodo necesario para anexar la isla a la Unión Americana, o cuando menos dejarla tan atada a ella que convirtiera en caricatura la sagrada aspiración de libertad, por la que habían muerto más de un tercio de la población de la isla.

 

En día como estos  se hace necesario hacer unas breves comentarios sobre su actuación en los días fundacionales de la República, cuando a la tristeza de haber perdido a tanta gente sacrificada de forma heroica en la guerra, se unía el frustrante sentimiento de no haber alcanzado los objetivos que se había propuesto la vanguardia del mambisado, principalmente ese de ser libres e independientes, anhelo aún muy lejano en aquellos días de 1898.

 

  En medio de este panorama Juan Gualberto se erige entre los pocos radicales que intenta salvar estos ideales del naufragio revolucionario:

 

“…La era de las revoluciones sangrientas debe darse por terminada en Cuba. Nadie debe pensar entre nosotros en motines y revueltas. Solo si se intentara por los extraños atentar a lo que nos queda de libertades y de derechos, y a la semi-independencia que nos deja el malhadado apéndice constitucional, sería justificada la suprema y desesperada apelación a las armas, para defender los restos de nuestro patrimonio y de nuestro decoro…”

 

 Había luchado con toda pasión en la Asamblea Constituyente para hacer prevalecer los principios de su amigo José Martí, olvidados por completo en una asamblea plagada de autonomistas, transfigurados en patricios; libertadores a la caza de una prebenda y negociantes a la búsqueda de un buen puesto o una concesión, a la sombra del verdadero amo del país.

 

 El momento de prueba para estos  treinta y un constituyentes, llegó con la aprobación de la Enmienda Platt, por el Congreso Norteamérica y firmada como Ley por el presidente de ese país, para nada había contado con los cubanos y el país entero se alzó en una sola voz para protestar.

 

 En medio del vocerío, la serena ponencia de Juan Gualberto Gómez,  desmonta toda la intención del dogal hipócrita, que se disfrazaba como una  reglamentación para garantizar las libertades cubanas y responde:

 

  “…la Enmienda altera esencialmente el espíritu y la letra de la Resolución Conjunta, de abril de 1898 y del Tratado de París de ese mismo año, en ellos se refrenda el derecho de los cubanos a ser libres e independientes…tiende por los términos de sus cláusulas principales a colocar a la Isla de Cuba bajo la jurisdicción, dominio y soberanía de los Estados Unidos”

 

A los norteamericanos “…de hecho y de derecho le correspondería la dirección de nuestra vida interior”

 

“Solo vivirán los Gobiernos que cuenten con su apoyo y benevolencia: y lo más claro de esta situación sería que únicamente tendríamos gobiernos raquíticos y míseros…, condenados a vivir atentos a obtener el beneplácito de los poderes de la Unión que servir y defender los intereses de Cuba”

 

“Solo tendríamos una ficción de gobiernos y pronto nos convenceríamos de que era mejor no tener ninguno y ser administrados oficial y abiertamente desde Washington que por desacreditados funcionarios cubanos, dóciles instrumentos de un Poder extraño e irrespetuoso”

 

 Desgraciadamente tras la lectura de la ponencia se produjo un encendido debate y se acentuó la división y el desconcierto. La presión de los interventores sobre los constituyentes fue muy fuerte y esto hizo que se rompiera la mayoría que rechazaba la Enmienda ante el chantaje yanqui y la frustración y falta de liderazgo entre los políticos cubanos.

 

 En carta al presidente Roosevelt el gobernador Leonardo Wood le dice que en la Constituyente había alrededor de ocho “degenerados” dirigidos por un negrito de nombre Juan Gualberto, contra quien escribe violentos e infames insultos.

 

 La Enmienda fue aprobada e impuesta el 12 de junio de 1901 por la Asamblea Constituyente, Juan Gualberto votó en contra y donde quiera que se parara expresó su firme desacuerdo con este dogal político, que legalizó el protectorado yanqui en Cuba.

 

 El 20 de mayo de 1902, desde las páginas de El Fígaro  advierte nuevamente a los cubanos de entonces y de ahora:

 

“…Pero más que  nunca hay que persistir en la reclamación de nuestra soberanía mutilada: y para alcanzarla, es fuerza adoptar de nuevo en las evaluaciones de nuestra vida pública las ideas directoras y los métodos que preconizara Martí, cuando su genio previsor dio forma al sublime pensamiento de la revolución…”

 

Este es el hombre amigo de José Martí, crecido desde su humildad y los prejuicios de su época, a la altura de los imprescindibles de la Patria.

 

 Para él nuestro homenaje,

                                          

                                          Muchas gracias

 


[1] El 12 de julio de 1854 nace en el ingenio Vellocino, en Sabanilla del Encomendador, provincia de Matanzas, Cuba, Juan Gualberto Gómez, negro nacido en pleno régimen esclavista implantado en Cuba por el colonialismo español y por la oligarquía criolla que basó su espectacular desarrollo económicos a los cientos de miles de esclavos africanos que sostuvieron el mayor auge económico de la isla de Cuba durante más de tres siglos.

[2] Mendieta, Raquel: Cultura lucha de clases y conflicto racial 1878-1895. La Habana, 1989

 

 

Personalidades

Cintio Vitier, un martiano íntegro

 En la noche de este  1º de octubre de este año ha muerto en La Habana, Cintio Vitier(1921-2009), una de las grandes figuras de la intelectualidad cubana de todos los tiempos, hombre íntegro hizo de la eticidad un modo de vivir en su pueblo y con su pueblo, defendiendo sus principios y sin ceder ante presiones ningunas, vinieran de donde vinieran.

 

 Formó parte del grupo “Orígenes” esos que marcaron la década del cincuenta del siglo XX con su forma de buscar la cubanía en lo raigal, en medio de una república de desaliento y definiciones; los mismos que al triunfo de la Revolución se entregan vitales y creativos al proceso revolucionario y que tuvieron que soportar en ella incomprensiones y desconfianzas, que el tiempo ha permitido poner en su lugar.

 

 Cintio Vitier, junto a su esposa Fina García Marruz han hecho del estudio de la obra de José Martí, una de sus más importantes misiones y de tal entrega han surgido múltiples ensayos valorativos de su obra literaria y política que lo hacen hoy un imprescindible para el conocimiento y valoración de la figura del Apóstol y sus ideas.

 

 Los que nos hemos dedicado al estudio y divulgación de la obra martiana tenemos en sus ensayos, investigaciones y conferencias sobre el tema una fuente de consulta  caracterizada por lo atinado del concepto y la belleza de las formas para hacer llegar a todos ese legado de amor y entrega que nos dejó José Martí.

 

 Martí es para  Cintio paradigma ético y fuente viva a la que hay que acudir en busca de esa cubanía vigente y militante cuando se trata de construir una sociedad mejor, más justa, participativa y solidaria.

 

 Promovió el conocimiento de la obra de Martí en los difíciles momentos de la década del 90 en “Los Cuadernos Martianos”[1], cuadernos que fueron su aporte para el rescate de las raíces cubanas y revolucionarias que estaban en José Martí.

 

 Ese es el hombre que en la mañana de hoy será sepultado en su Cuba entrañable, el poeta de sensibilidad extraordinaria, el ensayista valiente y sapiente, el cristiano militante y sin dobleces, el consejero de muchos, el defensor  de la obra de sus compañeros de generación en “Orígenes”, el merecedor de la más alta distinción del estado cubano, la Orden José Martí, el caballero enamorado de su compañera de la vida: Un Cubano Mayor, que ya es historia.

 

 


[1] Iniciativa de Cintio Vitier para  recopilar en cuatro breves tomos, las principales obras de José Martí, dosificada de acuerdo a los niveles escolares para difundirlos en las escuelas del país de toso los niveles de enseñanza. Su impresión se realizó con el donativo popular

Personalidades

El Che habla de José Martí

 El 28 de enero de 1961, aniversario del natalicio de José Martí y en un año en el que Cuba se había comprometido ante el mundo a librarse del flagelo del analfabetismo, se produjo este hermoso encuentro del Comandante Ernesto Guevara con un grupo de entusiastas jóvenes que lo aclamaban; con su peculiar manera de dirigirse al pueblo el Che dijo:

 “Hoy se cumple un nuevo aniversario del natalicio de José Martí, y antes de entrar en el tema quiero prevenirles una cosa: he escuchado hace unos momentos: ¡Viva el Che Guevara!, pero a ninguno de ustedes se les ocurrió hoy gritar: ¡Viva Martí!… y esto no esta bien…”

 Más adelante explica a los jóvenes allí reunidos lo que significa Martí para los revolucionarios, “…Martí fue el mentor de nuestra Revolución a cuya palabra había que recurrir siempre para dar la interpretación justa de los fenómenos históricos que estábamos viviendo, y el hombre cuya palabra y cuyo ejemplo había que recordar cada vez que se quisiera decir o hacer trascendente en esta patria… porque José Martí es mucho más que cubano; es americano, …su voz se escucha y respeta no solo aquí en Cuba sino en toda América”

 El guerrillero argentino-cubano que conocía del arraigo del Apóstol en el pueblo de esta isla, profundiza en el modo mejor de rendirle homenaje al inspirador ideológico de la Revolución Cubana:

 “Se puede honrar a Martí citando sus  frases bonitas, frases perfectas, y además, y sobretodo, frases justas. Pero se puede y se debe honrar a Martí en la forma en que él quería que se le hiciera, cuando decía a pleno pulmón: “La mejor manera de decir es hacer”

 La ejemplar vida del Guerrillero Heroico fue su mejor modo de rendirle homenaje al Cubano Mayor. El pudo conocerlo poco, como bien dice en otros momentos, había leído algo de su poesía y aprendió de su obra y ejemplo con los cubanos en la preparación de la insurrección, en la guerra, y ya triunfante la Revolución pudo aquilatar el valor de la vida y la obra de José Martí, no solo para los cubanos, sino para los latinoamericanos y los desposeídos de la tierra, con los que quiso su suerte echar.

 Sus palabras de ese día se centraron en explicar a los jóvenes cubanos el modo de honrar a Martí enfatizando su identificación con aquella máxima martiana que expresa: “Todo hombre verdadero debe sentir en la mejilla el golpe dado a cualquier mejilla de hombre” porque para él ese aforismo definía a un revolucionario en la lucha por lograr la plena emancipación humana, por eso murió Martí, por eso también murió el Che.

 Al terminar su alocución, después de recordarles el amor de José Martí por la niñez y la juventud, el Che les pidió a los allí reunido que lo despidieran como lo habían recibido,”…pero al revés: con ¡Viva Martí que está vivo!”

 

 

Personalidades

Simón Rodríguez y José Martí

No es casual la convergencia entre las ideas educativas del maestro y filósofo venezolano Simón Rodríguez y  el intelectual y líder político cubano, José Martí, aunque entre ambos medie medio siglo.

 

 Ambos estaban convencidos  de que en Hispanoamérica había que reformar la educación  de raíz a fin de ponerla a tono con las necesidades de las nuevas sociedades que nacían con la emancipación del dominio colonial español, no solo en lo metodológico, sino también en la adecuación para solucionar los problemas del Nuevo Mundo anquilosados por la enseñanza escolástica y religiosa que se mantuvo como cáncer cultural durante muchas décadas.

 

 No tenemos constancia de que José Martí  leyera a  Simón Rodríguez, a fines del siglo XIX este era casi un desconocido cuyas obras estaban poco difundidas y de él apenas quedaba el recuerdo de ser el maestro del Libertador, Simón Bolívar, en tanto que los resquemores y la desconfianza de las clases dominantes y de la Iglesia en los países sudamericanos, habían satanizado su quehacer intelectual y principalmente sus aportes a la educación latinoamericana.

 

 En el legado ideo-pedagógico de ambos pensadores sobresale una constante, la preocupación por la educación en América Latina. Producto de la  conquista y colonización se desarrollan en estas tierras sociedades de cultura mestiza de fuerte influencia europea, pero en la que era posible reconocer los rasgos autóctonos de los pobladores originales y de otros grupos étnicos traídos por la fuerza, la necesidad o el engaño. El convencimiento de que era necesario aceptar esta realidad trascultural para poder crecer como pueblos, es el hito común entre Simón Rodríguez y José Martí.

 

 Simón Rodríguez desarrolla su ideario y práctica docente a principio del siglo XIX, influido por las ideas del iluminismo liberal europeo y el socialismo utópico, frente a la resistencia conservadora del clero y la educación escolástica. En el plano educativo es partidario de combinar la enseñanza con el trabajo, promoviendo escuelas técnicas y agrícolas, que facilitasen el desarrollo de nuestros países.

 

 Rodríguez desarrolla el proyecto de Educación Popular en Bogotá y Chuquisaca, Bolivia, proyecto que fracasa por la desconfianza de las familias pudientes, que no concebían que sus hijos concurrieran al mismo colegio a donde iban los indios y pardos y en el que adquiría conocimientos de carácter práctico y manual.

 

 Cuestionó la educación especulativa, por no afianzarse en lo concreto y porque no permite lograr los objetivos que necesitaba la educación. Denunció a los mercaderes de la educación, que hacían negocio con la actividad educativa y abogó por una enseñanza pública, mixta y laica.

 

 A fines del siglo XIX persisten en América Latina, mucho más acentuados, los problemas que el maestro caraqueño denunció y trató de subsanar con sus ideas y propuestas: unidad de los pueblos de latinoamericanos como base para el desarrollo socio cultural de nuestros países, la necesidad de elevar el nivel educación del indio, dignificarlo, aprender de él y ponerlo en condición de participar activamente en la sociedad; la enseñanza y desarrollo de las ciencias y los avances técnicos como necesidades para crear sociedades prósperas; cuidado de lo autóctono en lo cultural y educativo, como base de la independencia; denuncia de la asimilación acrítica de las culturas ajenas y otros aspectos puntuales de la cultura, la educación y la política, en los que coincidió con José Martí.

 

 Si bien Simón Rodríguez abre el siglo XIX intentando poner a las sociedades latinoamericanas sobre bases nuevas y experimenta con audacia reformas educacionales, rechazadas por el clero y las clases dominantes: a Martí le corresponde abogar, a fines del mismo siglo, por la necesidad de una segunda independencia en la que los pueblos se hicieran dueños de sus destinos.

 

 José Martí es testigo de la gran revolución educacional que provoca el desarrollo industrial del impetuoso capitalismo del siglo XIX. Se impulsa el aprendizaje rápido de las nuevas tecnologías y las ciencias, y el Apóstol cubano observa y divulga todo aquello que pueda servir en el avance de los pueblos de América Latina. Aplaude la introducción de los nuevos conocimientos y métodos, pero advierte en la necesidad de no dejar vacío de espiritualidad ese conocimiento y aboga por el humanismo como antídoto al maquinismo y al pragmatismo burgués.

 

 José Martí, intelectual cubano de plena raíces latinoamericanas, reivindica su pertenencia a estas tierras de “Nuestra América”, exalta las potencialidades socio-culturales de sus pueblos mestizos y basa su proyecto emancipador en la autoctonía, el conocimiento de las virtudes propias de los pueblos  del sur y la imbricación de los avances científico-técnicos de su época. Ideas semejantes  a las de Simón Rodríguez, pero en un momento de mayor desarrollo del capitalismo y de mayor amenaza de penetración imperialista, pero ambos confiados en que el triunfo de los pueblos estaba dado por el desarrollo de la educación y cultura, su unidad y solidaridad para impedir el  paso del “gigante de las de siete legua”.

Educación, Personalidades

José Martí y Máximo Gómez, la amistad militante

 Desde su incorporación activa al movimiento separatista para alcanzar la independencia de Cuba, José Martí comprende el papel sobresaliente de la unidad para lograr los objetivos que los revolucionarios cubanos se habían propuesto y no deja de entender el importante rol que juegan en los procesos revolucionarios los líderes conductores de pueblo.

 

 Por ello su primer contacto con Máximo Gómez, (Mayor General del Ejército Libertador, dominicano-cubano, respetado y admirado por los insurrectos mambises por su capacidad militar, su entrega y patriotismos) se produce en  1878 al escribirle una carta desde Guatemala, con el pretexto de indagar algunos datos sobre Carlos Manuel de Céspedes y la guerra que acababa de terminar en Cuba.

 

 La introducción de la carta deja bien en claro la admiración del joven hacia el caudillo de la Guerra Grande, de cuyas hazañas ha oído hablar:

 

“He conmovido muchas veces refiriendo la manera con que Vd. pelea:–la he escrito, la he hablado:-en lo moderno no le encuentro semejante: en lo antiguo tampoco.-Sea ésta una razón para que Vd. disculpe esta carta.”

 

 “No extrañe este lenguaje. Cuando se sirve bien a la patria, se tienen en todas partes muchos amigos viejos. De los más ignorados, no de los menos ardientes, es para el General animoso, poco el mutilado silente.”

 

 Es el preludio de una amistad que nacerá más allá de la diferencia generacional y que resistirá los encontronazos de las diferencias tácticas y los temores del joven demócrata y liberal, frente al caudillo de mérito, acostumbrado a ser obedecido en medio de los campos de batalla, prejuiciado por los “leguleyos” y “chupatintas”, que han sido lastre en el arduo batallar por la libertad.

 

 En 1880 José Martí era un joven con una modesta hoja de servicio a la causa revolucionaria, que se impuso como deber la organización de la emigración separatista y a los que en Cuba seguían creyendo en la libertad completa de la patria.

 

  Conoce del papel decisivo que en la Guerra Grande han tenido figuras como Antonio Maceo, Máximo Gómez y Calixto García, entre otros, por lo que procura el acercamiento a ellos para  comunicarles sus puntos de vista sobre el importantísimo tema de la independencia y el modo de conseguirla.

 

 En medio de estas gestiones contacta  con el Mayor General Máximo Gómez (julio, 1882), en una carta esclarecedora y franca en la que expone sus criterios sobre la forma de alcanzar los propósitos separatistas:

 

“(…) usted sabe, General, que mover un país, por pequeño que sea, es obra de gigante. Y quien no se sienta gigante de amor, o de valor, o de pensamiento, o de paciencia, no debe emprenderla”

 

 Más adelante, tras hablarle de sus contactos para organizar la lucha, le pide consejos y apoyo para llevar adelante sus ideas, porque “(…) importa mucho que el país vea juntos, sensatos ahorradores de sangre inútil y preveedores de los problemas venideros, a los que intentan sacarlo de su quicio, y ponerlo sobre quicio nuevo”

 

 Llama la atención el párrafo en el que advierte que existe un peligro mayor debido a las intenciones de aquellos que no querían perder sus privilegios, aunque ambicionaban librarse de España: la anexión a los Estados Unidos.

 

 Por eso le expresa a Máximo Gómez la necesidad de crear un Partido que aúne a los que quieren la libertad, como modo de atajar a los anexionistas que desean: “una libertad cómoda” para salvar “(…) a la par su fortuna y su conciencia”

 

 Este fue el primer contacto con el General Gómez. Quien le respondió de forma amable pero evasiva, en carta donde le dice que no existían las condiciones en Cuba para una guerra por el momento, pero dejando en claro su posición ante este asunto.

 

 Después de esta serán muchas las cartas cruzadas entre ambos, pero no será hasta 1884 en que se conocerán personalmente Martí, Gómez y Maceo en la ciudad de Nueva York a donde habían llegado los dos últimos recavando el apoyo de la comunidad cubana para el Plan que ambos líderes tenía para reiniciar la guerra de independencia en Cuba.

 

 El conocimiento de estos dos reconocidos generales de la guerra independentista hizo a Martí concebir esperanzas sobre la posibilidad de reanudar la lucha, pero  los recelos que aún albergaban estos generales hacia el liderazgo civil, así como un exagerado centralismo en los preparativos de la insurrección hizo reaccionar al joven Martí quien en carta valiente y sincera le dice a Máximo Gómez:

 

“Salí en la mañana del sábado de la casa de Vd. con una impresión tan penosa, que he querido dejarla reposar dos días, para que la resolución que ella, unida a otras anteriores, me inspirase, no fuera resultado de una ofuscación pasajera, o excesivo celo en la defensa de cosas que no quisiera ver yo jamás atacadas,-sino obra de meditación madura.- ¡qué pena me da tener que decir estas cosas a un hombre a quien creo sincero y bueno, y en quien existen cualidades notables para llegar a ser verdaderamente grande!-Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que Vd. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.

 

“Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento (…)”

 

 No eran temores infundados los que guiaban la pluma de Martí, la historia americana estaba llena de ejemplos tristes en los que valientes jefes de la independencia terminaron siendo en las repúblicas dictadores de entorchados y capataces de pueblos a quienes negaron sus derechos por capricho, con el único pretexto de haberlos servidos en el pasado:

 

“¿Cómo, General, emprender misiones, atraerme afectos, aprovechar los que ya tengo, convencer  a hombres eminentes, deshelar voluntades, con estos miedos y dudas en el alma? -Desisto, pues, de todos los trabajos activos que había comenzado a echar sobre mis hombros.

 

“Y no me tenga a mal, General, que le haya escrito estas razones. Lo tengo por hombre noble, y merece Vd. que se le haga pensar. Muy grande puede llegar a ser Vd.-y puede no llegar a serlo. Respetar a un pueblo que nos ama y espera de nosotros, es la mayor grandeza (…)

 

“Pues después de todo lo que he escrito, y releo cuidadosamente, y confirmo,-a Vd., lleno de méritos, creo que lo quiero:-a la guerra que en estos instantes me parece que, por error de forma acaso, esta Vd. representando,-no:”

 

 Este temporal alejamiento de las conspiraciones separatistas fue muy duro para el Apóstol, muchos cubanos no entendieron sus razones, otros vieron en ellas demasiado suspicacia civilista y no pocos lo llamaron cobarde, solo el tiempo y el desarrollo de los acontecimientos le fueron dando la razón en cuanto a su actitud y la mejor manera de organizar aquella lucha de todos los cubanos, llamados al máximo sacrificio, con la limpieza de saber que era por la libertad de Cuba por la que se pedía este sacrificio y no por intereses espurios o personales.

 

 El Partido Revolucionario Cubano fue la obra grande de este fundador de pueblos, que llamó a la unidad a todos los cubanos para conseguir una República en la que fuera realidad esos sueños de igualdad de alcanzar una patria “con todos y para el bien de todos”

 

 Creado el Partido y limadas las diferencias y recelos que habían alejado a Máximo Gómez y José Martí, este se dirige al Generalísimo en carta fechada el 13 de septiembre de 1892:

 

“Sr. Mayor General:

                               El Partido Revolucionario Cubano, que continua, con su mismo espíritu de creación y equidad la República donde acreditó Vd. su pericia y su valor, y es la opinión unánime de cuanto hay de visible del pueblo libre cubano, viene hoy a rogar a Vd., previa meditación y consejo suficientes, que repitiendo su sacrificio ayude a la revolución como encargado supremo del ramo de la guerra, a organizar dentro y fuera de la Isla el ejército libertador que ha de poner a Cuba y a Puerto Rico con ella, en condición de realizar con métodos ejecutivos y espíritu republicano, el deseo manifiesto y legítimo de su independencia.

 

“Yo ofrezco a Vd., sin temor de negativa, este nuevo trabajo, hoy que no tengo más remuneración que brindarle que el placer de su sacrificio y la ingratitud probable de los hombres (…)”

 

 

 

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