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Latinoamericanismo

La novela “Ramona”, una traducción de José Martí

Una de las fuentes de ingresos de José Martí durante el tiempo que vivió en Nueva York fue la traducción al español de diversos libros cuyos originales estaban en francés o inglés. Dominaba estos idiomas y por eso podía hacer excelentes trabajos de interpretación y traducción que le ayudaron a vivir y mantener a su familia. Tenía su concepción de la traducción, y aconsejaba a quien emprendía esta importante  labor, que trataran de ir a las ideas básicas de lo que estaba escrito en el idioma original y las trasladaran de forma que el lector en otra lengua llegara a la esencia de las ideas del autor traducido.

 

 Uno de estos libros que el tradujo fue la novela “Ramona” de la escritora Helen Hunt Jackson (1830-1885), novelista norteamericana que se gozó de su amistad y a la que apreciaba en mucho por esa noble manera de acercarse a los temas populares y al dolor de los más humildes. Fue una activista a favor de los aborígenes norteamericanos sometidos a la expropiación de sus tierras por el colono blanco, principalmente los que vivían en el territorio que los Estados Unidos habían arrebatado a México.

 

 La novela “Ramona” es un acercamiento muy romántico pero verídico a las penas del indio mexicano en las tierras que habían sido ocupadas por los norteamericanos, escrita con mucho amor y con la intención de que el pueblo de los Estados Unidos supiera los desmanes que se cometían con esos otros seres humanos que habitaban la nación, aún antes de la llegada del hombre blanco.

 

 El argumento narra los amores de una mestiza de india y blanco (Ramona) y un indio llamado Alejandro, asesinado por colonos norteamericanos al quererlo desalojar de sus tierras.  Este hermoso y trágico amor conmovió a Martí quien quiso que en América Latina se supiera de las condiciones de vida de los pobladores autóctonos ante la ocupación yanqui. Era una alerta a lo que podía pasar si ellos se apoderaban de nuestras tierras. Por eso puso tanto amor y ternura en la traducción, a tal punto que los especialistas sostienen el criterio de que la novela “Ramona”, es mejor novela en español, que en su idioma original.

 

 En julio de 1888 aparece la edición en español de la obra, costeada por el propio José Martí, quien en 1889 hizo una segunda edición de la misma, eran intentos de crear una editora de libros necesarios para los pueblos hispanoamericanos y que no pudo lograr por sus escasos fondos y su compromiso político con la Cuba colonizada.

 

Biografía, Latinoamericanismo

José Martí, su visita a Venezuela

Desde finales de año 1880 el joven José Martí ya tenía decidido ir a Venezuela, nación que vivía un período de renovación social y bonanza bajo el impulso del Septenio Liberal (1870-1877) encabezado por Antonio Guzmán Blanco, caudillo progresista de una cultura bastante amplia y admirador de la Europa burguesa en cuyos resultados sociales y culturales se basa para sus medidas de modernización y desarrollo. Gobernó en Venezuela desde 1870 hasta 1888 con períodos de larga estancia en Europa durante los cuales gobernaron sus acólitos dirigidos a distancia por el “ilustre americano”, como le gustaba a Guzmán Blanco que lo llamaran.

 Durante su largo mandato el presidente  venezolano supo ganarse el apoyo, tanto de liberales, a quienes benefició con su política económica, como a los conservadores, que pudieron sobrevivir e incluso expandir sus riquezas, bajo el manto de un estado estable y con una economía en alza bajo el signo del liberalismo, aunque en realidad las libertades proclamadas en la Constitución de los Estados Unidos de Venezuela eran aplicadas a discreción y conveniencia del gobernante. Si alguna radicalización hubo en la Venezuela de Guzmán Blanco está dada por la aplicación de reformas anticlericales que debilitaron a la oligarquía de sotanas.

 Pero la base de su poder estaba en el ejército, organización a la que supo ganarse con amplias prebendas y privilegios que los mantuvo fieles a su régimen.

 Bajo su gobierno se introducen en el país mejoras en el sistema educacional, que se hizo gratuito y obligatorio en la enseñanza primaria; se mejoran las comunicaciones del país, desarrollando una red de ferrocarriles, puertos y carreteras que beneficiaron  a la economía agraria venezolana.

 Junto a estos positivos logros del gobierno de Guzmán Blanco están presentes las características de un régimen dictatorial que no permite la oposición. Fue implacable con sus enemigos políticos, a quienes desaparecía o deportaba sin dejar de invocar la Constitución de 1864.

 Venezuela no fue la excepción del resto de los países de América Latina, su historia en la segunda mitad del siglo XIX fue el enfrentamiento entre los conservadores terratenientes y los liberales de la incipiente burguesía, por garantizar los fueron de la libertades individuales que les permitiera su desarrollo como clase. Esto unido a la influencia injerencista de las potencias extranjeras empeñadas en mantener sometidas a las jóvenes repúblicas hispanoamericanas.

 Ante José Martí, Venezuela se presentaba como la posibilidad más factible para establecerse en una nación hispanoamericana, su modelo liberal era el que mejor resultado había alcanzado en Nuestra América, con autoctonía y soluciones a problemas heredados de la colonia. Esto no es ignorado por el cubano que tiene en el estudio del proceso venezolano  uno de sus objetivos en tierra del Libertador.

 El 20 de enero de 1881 llega al puerto de La Güaira en el vapor Felicia, ese mismo día se traslada a Caracas, trae cartas de recomendación para varias personalidades y conocidos que se encargan de encaminar los pasos iniciales de José Martí.

 A ningún otro lugar llega Martí con mayores expectativas y respeto, Caracas es para él, “Jerusalén de los sudamericanos, la cuna del continente libre, donde Andrés Bello, un Virgilio, estudió; donde Bolívar, un Júpiter, nació”[1]

  La capital venezolana tenía fama de culta, Humboldt la había llamado inteligente y hospitalaria y Martí la somete a su curiosidad de erudito. Nada escapa a sus observaciones, costumbres, vestuarios, prácticas religiosas, estilo de vida, todo le interesa y lo anota en su cuaderno de apuntes.

 Caracas le agrada  y le atrae tanto en lo material como en lo espiritual, porque la ciudad ofrece al forastero el incentivo de su refinamiento y de una inquietud intelectual poco usual en las ciudades  latinoamericanas de su época.

Teorodo Aldrey, Director del periódico caraqueño “La Opinión Nacional” lo invita a colaborar en su diario; Agustín Abeledo, le brinda la cátedra de literatura en el Colegio Santa María y en el Colegio de Guillermo Tell Villegas explica francés. La capital venezolana lo recibe con admiración y el 21 de marzo, lo somete a su prueba de fuego con el homenaje que le brinda la intelectualidad caraqueña en el Club de Comercio. Al hablar en ese acto Martí dijo:

“(…) Así, armado de amor, vengo a ocupar mi puesto en este aire sagrado, cargado de las sales del mar libre y del espíritu potente e inspirador de hombres egregios;-a pedir vengo a los hijos de Bolívar un puesto en la milicia de la paz. [2]

 En Caracas se codeó con los mejores y más sobresalientes intelectuales de Venezuela del momento: Juvenal Anzola, Gil Fortoul, César Zumeta, Ramón Sifuentes, Gonzalo Picón, Andrés Alfonso, Eloy Escobar, Cecilio Acosta y otros que se destacaron en el ámbito de las letras.

 La obra cultural más importante de José Martí fue la creación de la Revista Venezolana de la cual salieron dos números escritos casi íntegros por él.

 Para el gobierno de Guzmán Blanco y sus partidarios, Martí se hizo persona muy incómoda, por su manera de juzgar la libertad de expresión, sin temor del parecer del presidente de la república y por su amistad con Cecilio Acosta, intransigente fustigador del despotismo reinante en Venezuela.

 Al morir Cecilio Acosta, Martí escribe un ensayo elogioso sobre el intelectual liberal en la Revista Venezolana y sus palabras levantaron sospechas entre los personeros del régimen y los aduladores del presidente:

“Este fue un hombre, en junto. Postvió y previó. Amo, supo y creó. Limpió de obstáculos la vía. Puso luces. Vio por si mismo. Señaló nuevos rumbos. Lo sedujo lo bello; lo enamoró lo perfecto, se consagró a lo útil (…) Tuvo durante su vida a su servicio una gran fuerza, que es la de los niños: su candor supremo (…) Su pluma siempre verde, como la de un ave del Paraíso, tenía reflejos de cielo y punta blanda (…) Pudo pasearse, como quien pasea con lo propio, con túnica de apóstol (…)” [3]

 Aquel elogio determinó su salida de Venezuela, pues Guzmán Blanco le hace llegar discretamente su voluntad de que abandone el país, se cumplía la advertencia de su amigo venezolano Nicanor Bolet, quien antes de salir de Nueva York le escribe:

“Mi patria señor Martí, no es un lugar a propósito ahora para sus ideas. En Venezuela el éxito corruptor, con su mano enguantada de oro, todo lo somete. Solo tiene voz el ditirambo en la literatura, la denuncia en el periodismo y la loa bizantina en la tribuna”

 No pedirá el joven disculpa para quedarse, a pesar del brillante camino que se estaba labrando en Caracas, prefiere el incierto regreso a la gris ciudad de Nueva York, pero no quiere marchar sin dejar en claro entre sus amigos la disposición de colaborar en  empresa grande como es conocer y unir a la América Latina de ahí su carta escrita un día antes de partir (27 de julio de 1881) y dirigida a su amigo Fausto Teodoro Aldrey:

“A migo mío:

Mañana dejo a Venezuela y me vuelvo camino de Nueva York. Con tal premura he resuelto este viaje, que ni el tiempo me alcanza a estrechar, antes de irme, las manos nobles que en esta ciudad se me han tendido, ni me es dable responder con la largueza y reconocimiento que quisiera las generosas cartas, honrosas dedicatorias y tiernas muestras de afecto que he recibido estos días últimos. Muy hidalgos corazones he sentido latir en esta tierra; vehementemente pago sus cariños; sus goces, me serán recreo; sus esperanzas, plácemes; sus penas, angustia; cuando se tienen los ojos fijos en lo alto, ni zarzas ni guijarros distraen al viajador en su camino: los ideales enérgicos y las consagraciones fervientes no se merman en un ánimo sincero por las contrariedades de la vida. De América soy hijo: a ella me debo. Y de la América, a cuya revelación, sacudimiento y fundación urgente me consagro, ésta es la cuna; ni hay para labios dulces, copa amarga; ni el áspid muerde en pechos varoniles; ni de su cuna reniegan hijos fieles. Deme Venezuela en qué servirla: ella tiene en mí un hijo.”[4]

 Saldrá de Venezuela el 28 de julio de 1881, a bordo del vapor “Claudius” regresa a Estados Unidos, cargado de la experiencia breve e intensa en la tierra de Bolívar, convencido de las posibilidades de desarrollo de la América Hispana y conocedor del lastre que significaba para estas repúblicas la herencia colonial, presente en la sociedad y en los prejuicios de su clase dominante. De todo ello advertirá el cubano mayor.


[1] Obras Completas de José Martí. Tomo 19: 158

[2] Obras Completas de José Martí. Tomo 7: 286

[3] Obras Completas de José Martí. Tomo 7: 164

[4] Obras Completas de José Martí. Tomo 7: 267

 

Biografía, Latinoamericanismo

José Martí frente al intervencionismo yanqui en Haití

“Haití es producto neto del colonialismo y el imperialismo, de más de un siglo de empleo de sus recursos humanos en los trabajos más duros, de las intervenciones militares y la extracción de sus riquezas”[1]

 

 Los políticos de hoy, la gran prensa y los medios capitalistas de información hacen mucho énfasis en el olvido de la memoria histórica, ocultando los hechos bajo una abrumadora cantidad de palabras que hace difícil ver la verdad. Mirar al pasado para sacar lecciones del presente y el futuro es una necesidad de los pueblos y de los que quieren cambios reales para sus sociedades y no maquillajes de ocasión y engaño.

 

En 1889 José Martí presenta a los lectores del periódico La Nación de Buenos Aires sus criterios sobre la abierta intervención del gobierno de los Estados Unidos en los asuntos internos de la República de Haití, en el que  la lucha por el poder daba oportunidad a dicho gobierno de obtener sus intereses a costa de la dignidad y la ética entre las naciones. Sus observaciones y opiniones tienen una actualidad muy grande dado el hecho de lo poco que ha cambiado esa política imperial de la nación norteña y las consecuencias que esta ha tenido para la República más empobrecida del continente americano.

 

“De Haití ha vuelto, cargado de historias de los curas papalois que beben sangre, y del frenesí de los bailadores de la bambula, el buque de guerra que fue a demandar satisfacción del Presidente nuevo Legitime, por haber puesto manos, con razón a lo que parece, sobre una barca yanqui, acusada de llevar armas a su contendiente del norte, Hypolite, candidato armado a la Presidencia que el Congreso, reunido en el sur, otorgó al vencedor Salomón, el mulato gigantesco, que regía como papá y como rey.”[2]

 

 Note la manera de Martí de resaltar los prejuicios de la sociedad norteamericana contra la nación negra y su toma de posición al lado del gobierno legítimo de la nación caribeña.

 

  Aquel conflicto interno se fue agravando y los políticos norteamericanos tomaron partido de acuerdo a sus intereses.Meses después vuelve a la carga y denuncia con claridad la ingerencia de los Estados Unidos:

 

¿Ni qué pudo explicar la súbita terneza y cuidado exquisito con que, por el pretexto falso de un tratado de curatela entre Francia y Haití, miró la Secretaría de Washington los asuntos haitianos, fomentó su querella doméstica, permitió el embarque continuo de armas para el rebelde Hypolite con quien estaba en tratos, llegó a nombrar una comisión de próceres para que interviniese en la guerra civil de un país libre, propaló a sabiendas la especie inexacta de que Francia tenía tratados secreto  con Legitime, Presidente -reconocido, y perturbó a Santo Domingo, en venganza de la amistad de los quisqueyos y el gobierno haitiano, con la resurrección súbita de derecho de una empresa caduca a la bahía de Samaná?”[3]

 

 Cualquier parecido con la actualidad en cuanto a la política de los yanquis, no es pura coincidencia,  aplican las mismas fórmulas imperiales, como si el tiempo no pasara y el Caribe siguiera siendo su lago particular.

 

““También Cleveland”-dicen los edecanes del Presidente depuesto de Haití, de Legitime, “también Cleveland- permitió esa maldad de entrarse por la tierra ajena a intrigar, a azuzar la discordia, a poner a precio la traición de los rebeldes contra el derecho santo, que ha de conmover y detener la ambición a todo hombre justo, el derecho de un pueblo a vivir en la independencia que conquistó con su sangre, y mantiene sin daño del mundo.” Y a eso responden los amigos de Cleveland a media voz; porque está muerto acá en política el que ose decir que no debe cubrir el mundo la sombra del águila. “i Al norte, por el Canadá, y al sur por México !” Decía un prohombre en un banquete a Grant. Y a lo sumo se puede ir desviando esa ambición; pero el que osase hacerle frente de lleno, se quedaría sin fuerzas para desviarla. Las mejillas son ahora de bronce, y se llora poco en el mundo; pero lo que dijo Legitime al pasar, no podía dejar secos los ojos. Como lo dijo un negro, un oprimido, un vencido, ahí lo echaron, en un rincón del diario, donde no lo viera nadie; pero de labios de hombre salen pocas veces palabras de tanto dolor y hermosura como esas en que echó en cara Legitime a los Estados Unidos el delito de haberle trastornado el país, fomentando la rebelión, ayudado con buques de armas y con armas cuantiosas al general rebelde, porque el gobierno de Haití se negaba a ceder a los Estados Unidos la península de San Nicolás, llave y señora del paso a las Antillas. ¡En las cartillas se debieran poner en América las palabras del negro! Y nadie osó contradecirlo, porque ese mismo día publicaba el diario que habla más de cerca con Blaine estas palabras textuales: “Ahora se nos echa atrás Hipolite, y se niega a darnos la península de San Nicolás, cuando nosotros lo hemos puesto en el poder, con nuestras armas y nuestro influjo, para que nos la diera; queremos la península, porque la necesitamos; y sí Hipolite no nos la da: los mismos que lo pusieron en el poder, lo echarán de él.”

 La península no la ha dado Hipolite, porque dicen sus negros, bien los guerreros del norte, bien los educados en Francia, ya los de lanza, ya los de frac, que todavía les quedan dientes en las encías y en los bosques ramas de árbol. Pero no hace un mes que está de Presidente y ya ha dado concesiones por valor de dieciocho millones de pesos a comerciantes norteamericanos.”[4]

 

 

 

Así refleja el Cubano Mayor la descarnada política de los gobiernos de Estados Unidos para con el pequeño y orgulloso país al que no le perdonan su origen humilde, su pecado de hacer una República sobre las ruinas de la plantación más rica que tenía Francia en América y que además fueran los negros esclavos quienes se erigieran vencedores frente a la soberbia y la prepotencia de las grandes naciones occidentales, ese es el pecado original del pueblo haitiano, por eso la humillación, el olvido, el azuzamiento de las divisiones internas y el fraccionamiento de una sociedad hasta hacerla ingobernable y por supuesto más frágil.

 

 

 

 


[1] Fidel Castro. Reflexiones. Periódico Granma, 14/1/2010

[2] Obras Completas de José Martí, Vol. 12 Pág. 131

[3] Obras Completas de José Martí, Vol. 12 Pág. 241

 

[4] Obras Completas. Vol. 12. Pág. 350-351

Antimperialismo, Latinoamericanismo

Sueño latinoamericano de José Martí

 En el centenario de Simón Bolívar José Martí expresó que El Libertador tenía mucho que hacer en América y que la obra que él había dejado inconclusa, sin terminar estaba, valoró  la ecuménica hazaña del venezolano, que emprendió la guerra de liberación de Suramérica, no para hacer una monarquía o para feudo de una oligarquía criolla sino para hacer una familia de pueblos unida donde el bienestar fuera la condición mínima del hombre para su desarrollo.

 

 Cien años después otro latinoamericano, esta vez nacido en Las Antillas, en nuestra Cuba, colonia española y con las mayores inversiones de los Estados Unidos fuera de su territorio ya en esta época; defiende el derecho de su isla a la libertad absoluta, ya fuere de España o de cualquier otra potencia y vislumbra los males que traerá a Nuestra América el fortalecimiento del capitalismo ya en su fase embrionaria de imperialismo.

 

 Su obra no fue adivinación de iluminado, sino conclusiones de un reformador social, objetivo para los asuntos de política, soñador para los cambios que quería para nuestras tierras.

 

 Quiero traer a estas páginas un deseo de José Martí que mantiene plena vigencia porque aún no se ha cumplido, aunque nunca como ahora para hacerlo realidad. Constituye una hermosa profecía latinoamericana, que a todos los hombres de buena voluntad de estas tierras corresponde  contribuir a cumplir:

 

“No nos dio la Naturaleza en vano las palmas para nuestros bosques, y Amazonas y Orinocos para regar nuestra comarcas; de estos ríos la abundancia, y de aquellos palmares la eminencia, tiene la mente hispanoamericana, por lo que conserva de indio, cuerda: por lo que le viene de la tierra, fastuosa y volcánica; por lo que de árabe le trajo el español, perezosa y artística. ¡Oh! El día en que  empiece a brillar, brillará cerca del Sol; el día en que demos por finada nuestra actual existencia de aldea. Academias de indios; expediciones de cultivadores a los países agrícolas; viajes periódicos y constantes con propósitos serios a las tierras más adelantadas; ímpetu y ciencia en las siembras; oportuna presentación de nuestros frutos a los pueblos extranjeros; copiosa red de vías de conducción dentro de cada país, y de cada país a otro; absoluta e indispensable consagración de respeto al pensamiento ajeno; he ahí lo que ya viene, aunque en algunas tierras solo se ve de lejos; he ahí puesto ya en forma el espíritu nuevo.

“Se abren campañas por la libertad política; debiera abrirse con mayor vigor por la libertad espiritual; por la acomodación del hombre a la tierra en que ha de vivir.”[1]

 


[1] La América, Nueva York, noviembre de 1884.

  O.C. t.6, pp. 24-26

Latinoamericanismo

De América soy hijo y a ella me debo

Un momento importante en la maduración política de José Martí fue su contacto con la sociedad norteamericana.  Llega a Nueva York el 3 de enero de 1880, venía de España después de haber sido deportado por el gobierno colonial español de la isla de Cuba algunos meses antes.

 

 El contacto con aquel país en pleno apogeo de su desarrollo económico fue deslumbrante, por eso escribe en  el periódico The Hour en un artículo titulado “Impresiones de América” en el que expresa: Estoy, al fin en un país donde cada uno parece ser su propio dueño. Poco a poco el conocimiento más profundo de aquel país le hará escribir un año después: (…) este país, señor en apariencias de todos los pueblos de la tierra, y en realidad esclavo de todas las pasiones de orden bajo que perturban y pervierten a los demás pueblos.

 

 En aquella nación vivió las emociones de las grandes transformaciones tecnológica, la expansión de la nación hacia el oeste, las ríadas de emigrantes provenientes de Europa, base de la vertiginosa transformación del país; luchas de los trabajadores, en su mayoría emigrantes, por mejores salarios y ocho hora de labor, acontecimientos que sirvieron para aguzar su pensamiento social, siempre al lado de los humildes; sus críticas a los métodos violentos de lucha y su comprensión paulatina de aquella gente  engañada y víctima del gran capital, es una constancia dialéctica de su maduración.

 

 En los Estados Unidos el Apóstol cubano conoció y puso al descubierto el fenómeno imperialista y advierte sobre el peligro que representaba para Cuba, las Antillas y a la larga para América Latina. El auge económico del país traía la necesidad de mercados y sus clases dominantes apuntaban hacia el dominio de las naciones de la América Latina.

 

Desde sus crónicas para los periódicos de Hispanoamérica no se cansa de mostrar las luces y las sombras de aquella nación y al organizar el movimiento independentista y liberador de la isla de Cuba, sienta sus objetivos políticos de impedir la anexión de Cuba al país del norte.

 

 Su profundo espíritu analítico y su voluntad de estudiar las interioridades de los Estados Unidos, le permitieron  llegar a conclusiones político sociales que aún hoy guardan una gran vigencia:

 

-          La unidad de los países latinoamericanos como contraparte al hegemonismo de los Estados Unidos.

-          El desarrollo cultural y económico de nuestra América como antídoto a la dominación de la nación del norte.

-          La necesidad del desarrollo desde bases propias como contrapartida a la influencia y penetración de esa cultura basada en el pragmatismo y el individualismo exacerbado

-          La esencia humanista de la  sociedad, su confianza en el ser humano y su capacidad de  ser bueno.

 

Esas y otras que se me escapan son esencias sociales de la prédica martiana, no solo contenida en documentos políticos y programáticos, sino en toda su obra intelectual y de vida.

Latinoamericanismo

¿Por qué Martí hoy?

Una de las razones de la vigencia del pensamiento de José Martí está dada por la contemporaneidad de sus ideas, que nos permite acudir a él, no como fuente literaria únicamente, sino como hombre de estos tiempos que está a nuestro lado para enfrentar los retos de la humanidad de hoy.

 

 En su obra vamos de asombro en asombro, unas veces sintiéndonos aludidos, otras encontrando respuestas y las más de las veces comprometiéndonos. El escritor que hay en Martí no solo es revolucionario porque innova en cuanto a las formas, sino porque expresa una nueva visión de la realidad.

 

 En sus escritos siempre hay una estrecha relación entre lo ético y lo estético, para él no hay separación entre la belleza del contenido y la profundidad de lo que se dice y el compromiso con lo que defiende. El poeta, el periodista, el intelectual es el mismo líder de los cambios que propugna para su país, su gente, la humanidad. “Patria es humanidad”, expresó alguna vez y no dejó por regionalismos estrecho de pensar en su América, Nuestra América.

 

 Su concepción de lo revolucionario está dada por la capacidad del hombre de ser vanguardia, marchar junto a lo nuevo, servir a las mayorías, ser heraldo del futuro y auténticamente nacional al mismo tiempo que solidario con todos los seres humanos.

 

 Su obra intelectual va dirigida a resaltar los valores autóctonos de  Latinoamérica, frente a corrientes que en su época y en esta, se empeñan en imitar culturas ajenas, tan solo por considerarlas superiores a la propia.

 

 En su viseral ensayo “Nuestra América” se ocupa de dejar claros sus hitos culturales para un mundo nuestro, nuevo y posibles:

 

“La historia  de América, de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia. Nuestra Grecia es preferible a la Grecia que no es nuestra. Nos es más necesaria…

 

“Injértese en nuestras  repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas…

 

“Los jóvenes de América se ponen la camisa al codo y la levantan con la levadura de su sudor. Entienden que se imita demasiado, y que la salvación está en crear. Crear es la palabra de pase de esta generación. El vino de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!

 

“…el lujo venenoso, enemigo de la libertad, pudre al hombre liviano y abre la puerta al extranjero…”

 

Este es nuestro José Martí.

Latinoamericanismo

José Martí por la independencia de Las Antillas

Si una llamó a la América Latina, una y muy importante, consideró a las tres Antillas hermanas, esas que, “(…) se tienden los brazos por sobre los mares y se estrechan ante el mundo, como tres tajos de un mismo corazón sangriento, como tres guardianes de la América cordial y verdadera, que sobrepujará a la América ambiciosa  como tres hermanas”.

 

En un escrito aparecido en el periódico Patria, en mayo de 1892, dedicado a homenajear al puertorriqueño Román Baldorioty Castro, Martí analiza con razones contundentes la necesaria unidad que ha de existir entre las tres grandes islas por donde comenzó la conquista de América, expresa el dilema político de Las Antillas, si libres bastión de la dignidad de Latinoamérica, si sometidas a las apetencias yanquis, punta de lanza de la ambición imperial norteamericana.

 

 “No parece que la seguridad de las Antillas, ojeada de cerca por la codicia pujante, dependa tanto de la alianza ostentosa, en lo material insuficiente, que provocase reparo y justificara la agresión como de la unión sutil y manifiesta en todo(…) de las islas que han de sostenerse junta, o juntas desaparecer en el recuerdo de los pueblos libres”

 

Martí no alienta la formación de una República Antillana, sobretodo por los recelos que levantaría esta idea en las oligarquías locales y más aún en los Estados Unidos, que como bien dice él, tendría pretexto para una agresión. Pero sí las exhorta a la solidaridad y unidad “sutil y manifiesta” en “todo” para seguir siendo libres.

 

  Desde Nueva York, sigue la política de la naciente potencia imperialista, se da cuenta de que esta expansión dominadora de la oligarquía norteamericana pasa en primer lugar por el dominio de Las Antillas, concepción que en términos geopolítico, en su época, abarcaba a las islas mayores del archipiélago caribeño, y que el peligro inminente se cernía sobre Cuba y Puerto Rico, restos del imperio colonial español.

 

 Por eso denuncia ante los pueblos de Nuestra América y el mundo las no disimuladas pretensiones hegemónicas de los Estados Unidos:

 

“(…)Walker fue a Nicaragua por los Estados Unidos; por los Estados Unidos, fue López a Cuba Y ahora cuando ya no hay esclavitud con que excusarse, está en pié la liga de la Anexión; habla Allen de ayudar a la de Cuba; va Douglas a procurar la de Haití y Santo Domingo; tantea Palmer la venta de Cuba en Madrid; fomentan en Las Antillas la anexión con raíces en Washington,(…) dan cuenta incesante los diarios del norte, del progreso de la idea anexionista(…)”

 

 La independencia de Cuba ya no es para José Martí solo un problema nacional, sino el cumplimiento de una necesidad política y social que consolidará la existencia misma de América Latina ante el peligro hegemónico que representa los Estados Unidos, ideas que quedan clara en los comentarios de la prensa yanqui de la época y que Martí cita de forma advertidora, “(…)¿En que dirección se ha de mover nuestra bandera?, dice el Sun en un artículo odioso, “sobre el norte, o sobre el sur, o sobre alguna de las Antillas?”

 

 Ya por estos años había comenzado la intervención abierta de los Estados Unidos en los asuntos internos de los pueblos de la región, la República de Haití era víctima de estas intrigas para arrebatarle parte de su territorio y crear una base carbonera en la península de San Nicolás, cruce estratégico de los mares del Caribe. Era el antecedente de la tristemente célebre política del “Gran Garrote” que se enseñoreó por estas tierras a principio del siglo XX. Martí siguió las noticias de la intromisión de los norteamericanos en los asuntos internos de Haití y nos habla de cómo apoyaron con recursos y armas al sublevado Hipolite hasta derrocar al gobernante legítimo.

 

 Por Cuba, por América Latina, se esfuerza Martí por lograr la unidad de los cubanos para “(…) impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América”, esa es la tarea titánica que se impuso y más difícil aún fue  hacerse entender por los que veían en la nación del norte el modelo posible para nuestros países.

 

  Las Antillas son vistas por José Martí como el fiel de América, el equilibrio entre los dos conglomerados sociales desarrollados a partir de la colonización, poblados por gente muy disímil y con un desarrollo económico y social marcadamente muy diferente: al norte la nación industrializada, fuerte, autosuficiente y ambiciosa, producto de siglos de desarrollo capitalista; al sur, aletargadas y desunidas, las repúblicas románticas, fruto de la codicia usurera del español, que apenas vio en América la fuente de su enriquecimiento y destruyó culturas, trajo una oleada de esclavos y sin proponérselo  creó un crisol de pueblos.

 

  Dentro de este modelo de unidad, había una prioridad básica, la independencia de Cuba y Puerto Rico por ser “(…) indispensables para la seguridad, independencia y carácter definitivo de la familia hispanoamericana en el continente donde los vecinos de habla inglesa codician la clave de las Antillas para cerrar en ellas todo el Norte por el istmo y apretar luego con todo este peso por el Sur”

 

 Aquella preocupación obsesiva, aquellas valientes advertencias, que no solo iban en cartas privadas, sino que también fueron escritas en artículos y ensayos periodísticos, fungieron como  Oráculo americano que dejó entrever lo que ocurriría en América Latina y en las Antillas en particular, tras la intervención de los norteamericanos en la guerra de independencia de Cuba, y fue el Caribe el lago privado de las cañoneras yanquis, que ocuparon Cuba y dejaron la Enmienda Platt, convirtieron a Puerto Rico en un eufemístico Estado Libre Asociado, desembarcaron en Santo Domingo, Haití y Nicaragua, imponiendo su ley y exigiendo sus cobros; se adueñaron del istmo de Panamá y levantaron el canal interoceánico y aplicaron de forma altanera y descarada su política de conveniencia en las Repúblicas Centroamericanas convertidas en las descoloridas “Repúblicas Bananeras”. Era la triste consecuencia que previó Martí con la expansión imperial y que resumió en estas palabras:

 

“Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”

 

Antimperialismo, Latinoamericanismo

José Martí, su descubrimiento de América

La presencia de José Martí en los países latinoamericanos le descubre a este hombre de pensamiento abarcador y sagaz una realidad nueva con la cual se va a identificar desde un principio. Hombre de gran cultura y pensamiento avanzado José Martí se enfrenta a una Hispanoamérica subvalorada por sus propios hijos muy en especial por su clase intelectual y política que cree vivir  una especie de fatalismo cultural por el hecho de haber nacido en naciones nuevas, con realidades nuevas, pero que ellos identifican casi unánimemente como zonas de barbarie e incivilización.

 

 En José Martí se da un acercamiento maduro a las concepciones de una América Latina con personalidad propia y llena de cualidades sociales y espirituales capaces de llenar de orgullo a sus hijos cuando la descubren y valoran. Con una historia propia nacida de sus raíces aborígenes con sus cumbres en las culturas maya, azteca e inca; mezclada de forma dramática con las culturas occidentales y africanas, de las cuales nace una fuerza nueva, con las cualidades de su herencia  y las dificultades de sus prejuicios.

 

 Allí atisbó Martí, pegado al pulso de México, las huellas de una humanidad nueva que había crecido en esta parte del mundo, razas maltratas y preteridas, humilladas por el orgullosos europeos siempre pensando ser los dueño de la civilización. Asombrado de las ruinas que dejaron sus antepasados se fue llenando de un sentido de pertenencia que crece en la medida que son mayores sus contactos con otros pueblos de la dormida América, esa que poco a poco pasó a ser Su América, Nuestra América.

 

 En medio de este aprendizaje de identidad conoce los complejos de la intelectualidad hispanoamericana, deslumbrada con una cultura europea que añora para sí y avergonzada de su indiada, sus negros y su mestizaje.

 

 En medio de este rico y confuso medio social, Martí comprende que no habrá nación, ni identidad en América Latina, si estos pueblos y en especial su intelectualidad, no asume toda su herencia cultural, con sus grandezas y nimiedades, sus orgullos y sus bochornos, para crecer con unos y otros, como patria nueva de intereses comunes.

 

 De estas meditaciones nace su ensayo “Nuestra América” (1/1/1891), ese gran manifiesto cultural e identitario que no caduca y que define como ningún otro documento suyo, sus ideas sobre América Latina y su futuro.

 

 La primera advertencia del documento es contra el “caudillismo”, fenómeno muy arraigado  en Latinoamérica y que convierte a los países y territorios de esta parte del mundo en feudos y fincas particulares: “Cree el aldeano vanidoso que el mundo entero es su aldea, y con tal que él quede de alcalde, o le mortifiquen al rival que le quitó la novia, o le crezcan en la alcancía los ahorros, ya da por bueno el orden universal”

 

 

 Continua su análisis advirtiendo sobre los peligros que acechaban a estos pueblos dado por el desarrollo de los países capitalistas y en particular de los Estados Unidos, país donde vivía: “Estos tiempos no son para acostarse con el pañuelo en la cabeza, sino con las armas de almohada (…): las armas del juicio, que vencen a las otras. Trincheras de ideas, valen más que trincheras de piedras”

 

 En un segundo párrafo aborda la unidad como factor necesario para alcanzar objetivos mayores: “Los pueblos que no se conocen, han de darse prisa para conocerse, como quienes van a pelear juntos (…) Es la hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes”

 

 El tercer párrafo está dedicado a fustigar a los que reniegan de su América y de su cultura en lenguaje muy sarcástico: “¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que lo crió, y reniegan, bribones, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades”

 

 A continuación Martí hace un análisis minuciosos sobre los problemas sociales de América Latina y las formas más adecuadas de gobernar y hacer avanzar a esos pueblos: “La incapacidad no está en el país naciente, que pide formas que se le acomoden y grandeza útil, sino en los que quieren regir pueblos originales, de composición singular y violenta, con leyes heredadas de cuatro siglo de práctica libre en los Estados Unidos, de diecinueve siglos de monarquía en Francia(…) “El gobierno ha de nacer del país. El espíritu del gobierno ha de ser del país. La forma del gobierno ha de avenirse a la constitución propia del país. El gobierno no es más que el equilibrio de los elementos naturales del país”

 

 Dedica un espacio a analizar la relación entre los intelectuales y el pueblo, entre los que se apegan a las raíces autóctonas y los extranjerizantes: “Los hombres naturales han vencido a los letrados artificiales. No hay batalla entre la civilización y la barbarie, sino entre la falsa erudición y la naturaleza”, y concluye razonando que el buen gobierno en América no es el que aplica el código extranjero, sino las leyes que se avengan al espíritu nacional: “Gobernante en un pueblo nuevo, quiere decir creador”

 

 Más adelante resume en una frase el vital tema de la interinfluencia cultural: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas (…)”

 

 Análisis apasionado y poético, recuento en símiles y metáforas de la historia de América Latina y  apretado resumen para llegar a la esencia de sus errores: “La colonia continuó viviendo en la república; y nuestra América se está salvando de sus yerros: -de la soberbia de las ciudades capitales, del triunfo ciego de los campesinos desdeñados, de la importancia excesiva de las ideas y fórmulas ajenas, del desdén inicuo e impolítico de la raza aborigen”

 

 Su inmensa fe en los pueblos de Hispanoamérica lo lleva a expresarse con seguridad y optimismo sobre las posibilidades del hombre de nuestros países: “Crear, es la palabra de pase de esta generación. El vino de plátano; y si sale agrio, ¡es nuestro vino!”

 

 Al final de su ensayo Martí hace una advertencia sobre el peligro que representa para América Latina, la otra América, emprendedora, pujante, ambiciosa, que nos desprecia y desea someter. Ante este peligro él antepone la superación de los problemas que frenan a las naciones latinoamericanas; la unidad y la integración en un solo pueblo para enfrentar este reto.

 

 El tema de Hispanoamérica es uno de los temas cardinales en la obra martiana y a él vincula la independencia de Cuba de gran importancia estratégica en el desarrollo o fracaso de los planes expansionistas de Estados Unidos, esas ideas quedan claras en su carta a Manuel Mercado, horas antes de caer en combate,  justamente para impedir a tiempo que los Estados Unidos cayeran con esa fuerza más sobre los pueblos de América.

 

 Renacen hoy estas ideas que en apretada síntesis resume el Apóstol en su ensayo mayor, Nuestra América, hoy más que nunca vive Martí y anda de cabalgada con los pobres de la tierra, del brazo de los nuevos tiempos en que los pueblos mestizos de esta América ya se dan cimiento nuevo para levantar un mundo mejor, más justo, equitativo y participativo.

 

 Esta es la lectura contemporánea de José Martí, afincado en el corazón de los más humildes y enriqueciendo a la América Nueva con prédica de hoy que espera no ser demagogia de partidos sino programa de cambios.

Latinoamericanismo

José Martí latinoamericanista

José Martí es el Apóstol de nuestra independencia, es una figura que todos los cubanos y los latinoamericanos debemos conocer. Él fue un hombre muy preocupado por los destinos de la América que había sido colonizada por los españoles, esa que hoy conocemos como América Latina y él llamó Nuestra América.

 

¿Por qué la llamó Nuestra América? Él decía que la América de habla hispana era una sola, con muchas cosas en común entre nuestros pueblos y muy diferentes a la América de habla inglesa, que era la otra América, con otros intereses, cultura y costumbres.

 

 A lo largo de buena parte de su vida José Martí escribió mucho para los periódicos de los países de América Latina: Argentina, Venezuela, México, etc. Y siempre trató de enseñarles a los pueblos de esos países, cómo era la vida en los Estados Unidos, de que forman vivían, sus preocupaciones por el dinero y la falta de sentimientos elevados como la solidaridad,  el desinterés material, altruismo, la filantropía o la generosidad, como cualidades  de la sociedad.

 

 Les advirtió que en ese país había hombres poderosos que querían dominar a las naciones de Latinoamérica y someterlas política y económicamente, así como arrebatarle sus riquezas. En los social esta clase rica de esa nación, veía a las sociedades de Nuestras América como inferiores, incapaces de trabajar para desarrollarse e interesados solo por las diversiones y el placer.

 

 Por esta razón Martí abrazó la idea bolivariana de unir a todos los países de América Latina en una sola nación para poder avanzar e impedir ser dominados por el “norte revuelto y brutal que nos desprecia”, como el calificó a los Estados Unidos.

 

 En su última carta al mexicano Manuel Mercado, el 18 de mayo de 1895, un día antes de caer en combate, Martí le expresó a su amigo sus preocupaciones políticas, por las intenciones del imperialismo yanqui para dominar a nuestros países y le dice: “Cuanto hice hasta hoy y haré es para eso”…”viví en el monstruo y le conozco su entrañas y mi honda es la de David”

 

 Ese es nuestro José Martí el hombre que no solo luchó por liberar a Cuba del colonialismo español, sino para impedir que los norteamericanos dominaran a la América Latina, esa que él quería próspera, feliz y unida y que hoy recoge su honda para enfrenta al “Gigante de siete leguas”

 

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