Martí Otra Visión

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Habla José Martí

CRITERIOS MARTIANOS SOBRE EL ADULTO MAYOR

El primero de octubre está señalado por las Naciones Unidas y la Comunidad Internacional como el DIA DEL ADULTO MAYOR, fecha marcada para que todos los ojos humanos se dirijan hacia ese sector de nosotros mismo que son los ancianos, esos que muchas veces se invisibilizan dada la vorágine de la sociedad moderna y esa fiebre de consumismo que marca el constante cambio de las cosas por otras más sofisticada. Desgraciadamente muchas veces al adulto mayor lo olvidamos y hasta sentimos que estorba para este ritmo de vida que lleva a envejecer las cosas, cuando aún no nos hemos acostumbrados a ellas. Por eso vale la pena  escuchar la voz del Apóstol cubano, que tuvo en una altísima estima a los que llegaron a la cima cronológica y pueden ver la vida como desde la cumbre de una montaña.

 

 Ilustramos estas palabras con la fotografía de su anciano padre a quien dedicó el poema que cierra esta entrada y que nos habla de la devoción por ese humilde valenciano que le sirvió de ejemplo y acicate:

 

La ancianidad es sublimemente sintética. Habla como los pueblos antiguos, en frases cortas, con grandes palabras. Todo se agranda al ascender: así es tan grande la cumbre del camino.

“Revista Universal”. México, Mayo 1875

 

No hay cosa más bella que amar a los ancianos; el respeto es un dulcísimo placer… Los ancianos son los patriarcas.

“Revista Universal”. México, Mayo 1875

 

¡OH, cana cabellera, vida tan cierta por ser el punto y cabo de esta vida, imagen de lo perpetuo y de lo eterno que vas hacia lo que es llamado muerte vertiendo dones que fortalezcan al que aún tiene este pesado regocijo del espíritu, gusto de los ojos, orgullo para los que nacemos, y gala y lustre rica de las copiosas remembranzas de la patria!

 

 Así se piensa y se ama, cuando de un cuerpo viejo, se ve brotar ciencia gustosa por los labios trémulos, confianza en las miradas vivas, entusiasmo consolador en los ojos perpetuamente juveniles. Rejuvenece esa vejez; nace algo en esos cuerpos que van ya camino del yacer aparente del sepulcro.

“Revista Universal”. México, Mayo 1875

 

Cuando habla un joven, el alma recuerda dónde se enciende el vigor. Cuando habla un anciano, el alma descansa, confía, espera, sonreiría si tuviera labios, y parece que se dilata en paz.

“Revista Universal. México, Mayo 1875

 

La voz de los ancianos tiene algo de los otros mundos: tiene algo de religioso, de paz no humana, algo de revelación. Se tiene como una garantía de consuelo en las palabras de un hombre anciano.

“Revista Universal”. México, Agosto 1875

 

¡Hablan tan bien las cabelleras blancas! ¡Miran con tanto cariño los ojos de los ancianos! Dilátase el espíritu en contento: intégrase el ser con esta vida ajena; como que se vierte uno de sí mismo en una atmósfera de extraña alegría: -al fin en irse de sí mismo consistirá en su día todo el vivir.

“Revista Universal”.México, Mayo 1875

 

Los años santifican: los años embellecen; los años como aliento poderoso, soplan sobre el espíritu, y le dejan limpio, y libre de esas pasioncillas gusanosas que nos los envenenan, y nos lo roen en lo mejor de nuestra vida. ¡Y es hermoso ver rodar, al soplo recio del tiempo, cuerpo abajo esos gusanos! Ama más el hombre viejo. Y se le ama más. Si erró se le perdona. El hombre tiene necesidad de venerar. Goza en olvidar lo impuro

“La Opinión Nacional”. Caracas.17/2/1882. Tomo 14, p. 396

 

“¡Se van, se van los viejos! Ellos son como ornamento, y la mejor fuente de fuerzas de la vida. ¡Qué ejemplo un anciano sereno! ¡Qué domador de foeras, todo anciano! ¿Cuán bueno ha de haber sido el que llega a esos años altos sonriendo?

Periódico La Nación, Buenos Aires.25/2/1883 Tomo 9 p. 368

 

“Por eso parecen siempre jóvenes estos ancianos, que comenzaron asó la vida: en el campo rompiendo la tierra: en la ciudad, rompiendo los obstáculos”

Periódico La Nación, Buenos Aires.25/2/1883 Tomo 9 p. 367

 

¡Qué encanto tienen los cabellos blancos! Parece que viene de lo alto lo que viene de ellos. Las puerilidades mismas están llenas de gracia en los ancianos. Se les ve como a veteranos gloriosísimo que vuelven heridos de una gran campaña. Los defectos, los delitos mismos, parecen como que se funden y desaparecen en la majestad de la vejez. ¡Qué hombres esos que han vivido ochenta años! Aun cuando hablen con voz trémula y anden tardo, se les ve como a titanes.¡La vida llevaron a cuestas, y la sacaron a la orilla! A fuego lento se les ha ido blanqueando como la corteza al hierro en la fragua, los cabellos.

“La América. Nueva York, Febrero 1884

 

 “Una cabeza blanca había, que se llevó sin embargo todas las miradas. El hombre se siente consagrado en los ancianos”

Periódico La Nación, Buenos Aires.3/1/1887. Tomo 11, p. 136

 

“En la calle nos debíamos quitar el sombrero cuando pasan los ancianos”

Periódico La Nación, Buenos Aires.30/8/1888 Tomo 12 p. 45

 

“Cuando no se ha cuidado del corazón y la mente en los años jóvenes, bien se puede temer que la ancianidad sea desolada y triste”

Revista La Edad de Oro Nº 2, agosto 1889. O.C. Tomo 18, p. 390

 

“…La juventud y la ancianidad aclamaban juntas…”

Periódico El Partido Liberal, México 27/9/1889. O.C., Tomo 7. p.353

 

“Solo los que se saben llegan a la vejez con salud y hermosura”

Obras Completas. Tomo 2, p. 116

 

“Ha que culpa tan grande es la de no amar, y mimar, a nuestros ancianos”

Periódico Patria, 28/12 1893. Obras Completas. Tomo 5, p. 270

 

“¡Un viejo, con la barba blanca, que entra en mi oficina, en la oficina de un hombre que ha tenido padre, pidiendo limosna! –Eso sí que le hace dar un vuelco al corazón!

Cuaderno de Apuntes Nº 18. Tomo 21, 395

 

“…Sufrir bien, por algo que lo merezca, da juventud y hermosura. Mira a una mujer generosa: hasta vieja es bonita, niña siempre, -que es lo que dicen los chinos, que solo es grande el hombre que nunca pierde su corazón de niño: y mira a una mujer egoísta, que, aun es joven, es vieja y seca. Ni a las arrugas de la vejez ha de tenerse miedo”

Carta a María Mantilla. O.C. Tomo 20, p. 212

 

VIEJO DE LA BARBA BLANCA

 

Viejo de la barba blanca

Que contemplándome estás

Desde tu marco de bronce

En mi mesa de pensar:

Ya te escucho, ya te escucho:

Hijo, más, un poco más:

Piensa en mi barba de plata,

 

Fue del mucho trabajar:

Piensa en mis ojos serenos,

Fue de no ver nunca atrás:

Piensa en el bien de mi muerte

Que lo gané con luchar.

Piensa en el bien

Que lo gané con penar.

Yo no fui de esos ruines

Cual el monte aquel he sido

Que ya no veré jamás

De  azul en lo junto a tierra,

No: yo pasé por la vida

Mansamente

Como los montes he sido

 

Vamos, pues, yo voy contigo-

Ya sé que muriendo vas:

¡Pero el pensar en la muerte

Ya es ser cobarde! ¡A pensar,

Hijo, en el bien de los hombres,

Que así no te cansarás!

El llanto a la espalda: el llanto

Donde no te vean llorar:

¿Hay tanta lágrima afuera,

Y vienes a darnos más?

Marino que ha de quedar al timón

Cuando lo ve zozobrar.

Quejarse es un crimen, hijo:

Calla: date: ¡un poco más!-

La barba muerta me tiembla,

Hijo, de verte temblar.

Recojo el cuerpo deshecho,

Cierro los labios amargos.

                            José Martí, 1887

 

 

Habla José Martí

José Martí desde sus cuadernos de notas

El tomo 21 de las Obras Completas de José Martí recopila en forma cronológica el contenido de 22 cuadernos de apuntes del maestro, son el testimonio más íntimo de sus emociones, sus arranques de genialidades anotados al vuelo con esa letra difícil  que llena de ideas las sencillas hojas reunidas y cocidas, posiblemente por él mismo, para no dejar escapar esa multiplicidad de pensamientos que como el bien dice:

 

“Siempre que me siento a escribir, la Fortuna celosa me pone una copa de hiel al lado. Mi obra es trocarla en mieles.- Jamás he entrado en una gran labor sin que alguna pena haya venido a perturbarme en el comienzo.- Y he hecho mi jornada bravamente, con un muerto a la espalda…”[1]

 

 Era difícil su obra , no porque faltara genio y voluntad en este hombre, sino porque se había propuesto  llevar adelante tareas de titánico alcance: despertar un país de su condición de vasallaje, impedir que la codicia de los hijos más acomodados de ese país, mudaran por amor a las riquezas de metrópoli, levantar un pueblo unido del infortunio esclavista, basado en la condición humana como único requisito para la igualdad, alertar a pueblos hermanos sobre los peligros de la avaricia de una clase rica y poderosa, crecida en “el norte revuelto y brutal que nos desprecia”.

 

 Todo esto “…para dejar a lo sumo como memoria de nuestra vida, una frase confusa, o un juicio erróneo, o para que los que fueron montes de dolor parezcan granillos de arena, en los libros de un historiador”[2]

 

  Este es el hombre, quien nos entrega jirones de ideas en estos cuadernos hecho para sí y a los cuales hay que asomarse con respeto,  como lectura que permite verlo crecer en sus contradicciones, acosado por los deberes personales, enfermo de soledad, alejado de amores y salir indemne de esos transes de fecundo silencio del que solo estas páginas lo salvan:

 

“Pero este amor de patria ha de ser enteramente puro, sin mezcla de interés personal, activo, activo hasta el frenesí, hasta el sacrificio, hasta la bandera, pero con una actividad de sacerdote, sin que ella se manche nunca con el menor viso de ambición o celo”[3]

 

 Por eso vive “sin patria pero sin amo”, añorando como nadie sus palmas y su pueblo, del cual vivió alejado más de la mitad de su vida, escondiendo en sus noches y sus notas la pena del exiliado:

 

“Hay algo de buque en toda casa en tierra extranjera. Dura aquella sensación de  indefinible disgusto. Se siente oscilar la tierra y vacilar sobre ella nuestros pies. A veces se sujeta uno de las paredes -y por donde otros  van firme, camina uno tambaleando. El espíritu está fuera de equilibrio”[4]

 

 Ese es Martí, el cubano que guía y alerta desde sus ideas claras y vigentes.


[1] Obras Completas de José Martí. Tomo XXI: 161. la Habana, 1972

[2] Ídem: 161

[3] Ídem: 284

[4] Ídem: 242

Biografía, Habla José Martí

Páez y Bolívar ante la independencia de Cuba

 En 1890 José Martí vivía en la ciudad de Nueva York y escribía ampliamente para la prensa de Hispanoamérica y para otros periódicos en español e inglés que se editaban en esta ciudad norteamericana.

 

 Su presencia triste en medio de muchas estrecheses y enfermo de Cuba, no impedían su mirada agradecida a quienes décadas atrás habían intentado ayudar a su isla para cortar el dominio español, por eso cuenta sobre el gersto solidario del general José Antonio Páez, quien al llamado de Bolívar para organizar una expedición que contribuyera a la expulsión definitiva del colonialismo español de América, se alistó para cumplir la orden:

 

“..¿Podrá un cubano, a quien estos recuerdos estremecen, olvidar que, cuando tras dieciséis años de pelea, descansaba por fin la lanza de Páez en el Palacio de la Presidencia de Venezuela, a una voz de Bolívar saltó sobre la cuja, dispuesto a cruzar el mar con el batallón de “Junín”, “que va magnífico”, para caer en un puerto cubano, dar libres a los negros y coronar así su gloria de redentores con una hazaña que impidieron la sublevación de Bustamante en el Perú, adonde “Junín” tuvo que volver a marchas prontas, y la protesta del Gobierno de Washington, que “no deseaba cambio alguno en la condición ni en la posición política de Cuba?…”[1]

 

 Desde entonces ya preparaba el gobierno de los Estados Unidos la inevitable caída de Cuba, cual “fruta madura” en la influencia de la nación norteña y Martí alerta sobre estas ambiciones reafirmando cual había sido la voluntad de los luchadores independentistas en el continente, llevar la libertad a la isla y ponerla en el concierto de repúblicas hermanas:

 

 “…Bolívar sí lo deseaba, que, solicitado por los cubanos de México y ayudado por los mexicanos, quiso a la vez dar empleo feliz al ejército ocioso y sacar de la servidumbre, para seguridad y adelanto de la América, ¡a la isla que parece salir, en nombre de ella, a contar su hermosura y brindar sus asilos al viajero cansado de la mar! Páez sí lo deseaba, que al oír, ya cano y viejo, renovarse la lucha de América en la isla, ¡volvió a pedir su caballo y su lanza!…”[2]


[1] Obras Completas de José Martí. Tomo 8, p.221

[2] Ídem

Antimperialismo, Habla José Martí

José Martí y el fútbol americano

Estamos en plena efervescencia mundialista, muchos ya  se duelen de la eliminación del equipo de sus amores, otros, apenas cuatro países, mantienen la esperanza de alzar la fea copa con que la FIFA premia los esfuerzos de los gladiadores modernos. Aquí en Cuba donde el fútbol es mera anécdota  hay miles siguiéndolo por la tele, en un esfuerzo del estado que incluye la transmisión de todos  los partidos de la Copa Mundial en vivo, y por supuesto que en un país de deportistas y amantes al deporte no se habla de otra cosa que de fútbol.

 

 Quiero en medio de este entusiasmo por el “más universal” comentarles acerca de las crónicas que José Martí escribió, referidas a un primo hermano del balompié, ese “fútbol americano” que tanto caracteriza a los Estados Unidos, por su rudeza, virilidad y catarsis lúdica nacional y que nuestro Apóstol vio jugar durante su larga estancia de exilio.

 

 Hay en sus escritos sobre  deportes en los Estados Unidos menciones a los juegos donde se utiliza pelota, siempre  con una especificación: pelota de pie (fútbol), pelota de jardín (tennis),  pelota emplumada (balmington), etc., pero siempre que se refirió al beisbol escribió, pelota y nada más, tal y como decimos los cubanos de hoy.

 

Entre   los deportes que se practicaban y practican en las universidades de Estados Unidos, uno de los más populares y brutales era el fútbol americano. José Martí tuvo oportunidad de presenciar algunos partidos en los que el encono convertía estos encuentros en batallas campales por la fuerte rivalidad, más allá del terreno de deportivo en el  que se pone en juego el honor y el prestigio del jugador y de la institución que representa.

 

 Narró para la posteridad el juego tradicional de las universidades de Yale y Princeton, que dirimían año tras año al iniciarse el curso la supremacía deportiva. Esta tirantez derivaba en violencia, tanto en la cancha como en las graderías, por lo que aquellos juegos llamados a contribuir a la formación de la joven generación, terminaban en una irracional confrontación.

 

 Juego hecho a la medida de esa nación pragmática y ruda, el rubby simboliza como ningún otro deporte a ese país.

 

 En noviembre de 1884 José Martí envía a Buenos Aires esta hermosa y épica crónica donde describe la batalla campal en la que se convirtió el juego anual entre las  universidades, Princeton y Yale:

 

“…Dicen que el juego ha sido horrible. Era una arena abierta, como en Roma. Luchaban como Oxford y Cambrigge en Inglaterra, los dos colegios afamados, Yale y Princeton… Naranja era el color de Yale y el de Princeton azul…El cielo sombrío como no queriendo ver…Los gigantes entrando en el circo, con la muerte en los ojos, llevan el traje de juego: chaqueta de cañamazo, calzón corto, zapatilla de suela de goma: ¡Todo estaba a los pocos momentos tinto en la sangre propia o en la ajena!”[1]

 

 El párrafo que sigue es una joya de la narración deportiva, llena de toda la emotividad de lo que ocurre en el terreno, con las palabras adecuadas y el dramatismo creciente hasta el desenlace final:

 

“Los de un bando se proponen entrar a punta de pie la bola en el campo hostil: y los de este deben resistirlo, y volver la bola al campo vecino. Este pega: aquel acude a impedir que la bola entre: uno se echa sobre la bola…: los diez, los veinte, todos los del juego, trenzados los miembros como los luchadores del circo, batallan a puño, a pie, a rodilla, a diente…Y cuando se apartan del montón el infeliz capitán del Yale, caída la mandíbula, apretados los dientes, lívido y horrendo, se arrastra por la arena hecha lodo… Si el día no acabase, no cesaría. Yale vence.”[2]

 

 Tras la conmoción del partido el Apóstol reflexiona: “El lucimiento mental se desdeña, y se enaltece el brío del músculo”[3]

 

 Era su modo de mostrarnos la rudeza de una sociedad en la que la espiritualidad y la nobleza eran en muchas ocasiones opacadas por la fuerza del músculo y el éxito a toda costa.

 


[1] Obras Completas de José Martí. Tomo X, p. 132. La Habana, 1975

[2] Ídem

[3] Ídem

Habla José Martí, Lúdica y deporte

Un análisis del joven Martí sobre los Estados Unidos

 Al conocer la labor periodística desarrollada por nuestro José Martí desde los Estados Unidos como cronista de importantes periódicos de América Latina, podríamos pensar que es a partir de sus vivencias personales de vida que desarrolla ese pensamiento antimperialista que es hoy uno de sus innegables aportes a las ideas  más progresistas de nuestro continente.

 

 Pero sin embargo, este fragmento escrito en unos de sus primeros Cuadernos de Apuntes que data de 1871 durante su exilio en España, nos muestra a un joven de 18 años con una profunda concepción sobre la sociedad norteamericana y las ideas muy claras en cuanto a las diferencias entre una país como ese y los países hispanoamericanos  desarrollandos en pueblos de origen diferente. Sus palabras son la elocuente prueba del humanista, el cubano independentista y el que admira y respeta al vecino, pero al que no quiere imitar por considerar que nuestra circunstancia y  formación no son las mismas:

 

 “Los norteamericanos posponen a la utilidad el sentimiento, - Nosotros posponemos el sentimiento la utilidad.

 

“Y si hay diferencia de organización, de ser, si ellos vendían mientras nosotros llorábamos, si nosotros reemplazamos su cabeza fría y calculadora por nuestra cabeza imaginativa y su corazón de algodón y de buques por un corazón tan especial, tan sensible, tan nuevo que solo puede llamarse corazón cubano, ¿cómo queréis que nosotros nos legislemos por las leyes con que ellos  se legislan?

 

Imitemos. ¡No! –Es bueno, nos dicen. Es americano, decimos.- Creemos, porque tenemos necesidad de creer. Nuestra vida no se asemeja a la suya, ni debe en muchos puntos asemejarse. La sensibilidad entre nosotros es muy vehemente. La inteligencia es menos positiva, las costumbres son más puras ¿cómo con leyes iguales vamos a regir dos pueblos diferentes?

 

Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad, y lo han elevado también al más  alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tata costa!”[1]


[1] Obras Completas de José Martí, t. XXI p. 15

Biografía, Habla José Martí

José de San Martín, bajo la mirada de José Martí

 En el año del bicentenario de la independencia Argentina le propongo a mis amigos una lectura interesante y muchas veces citada parcialmente; es un artículo de nuestro José Martí referido al prócer argentino José de San Martín figura que el Apóstol cubano enjuicia con objetividad de historiador y la pasión del ser latinoamericano, orgulloso de este valiente soldado también “Libertador” de América Latina y quien pospuso sus sueños por el bien de los pueblos que había contribuido a liberar, ideas todas presente en este escrito publicado en el periódico “El Porvenir” de Nueva York en 1891:

 

José de San Martín

 

Un día, cuando saltaban las piedras en España al paso de los franceses, Napoleón clavó los ojos en un oficial seco y tostado, que cargaba uniforme blanco y azul; se fue sobre él y le leyó en el botón de la casaca el nombre del cuerpo: “¡Murcia!” Era el niño pobre de la aldea jesuita de Yapeyú, criado al aire entre indios y mestizos, que después de veintidós años de guerra española empuñó en Buenos Aires la insurrección desmigajada, trabó por juramento a los criollos arremetedores, aventó en San Lorenzo la escuadrilla real, montó en Cuyo el ejército libertador, pasó los Andes para amanecer en Chacabuco; de Chile, libre a su espada, fue por Maipu a redimir el Perú; se alzó protector en Lima, con uniforme de palmas de oro; salió, vencido por si mismo, al paso de Bolívar avasallador; retrocedió; abdicó; pasó, solo, por Buenos Aires; murió en Francia, con su hija de la mano, en una casita llena de luz y flores. Propuso reyes a la América, preparó mañosamente con los recursos nacionales su propia gloria, retuvo la dictadura, visible o disimulada, hasta que por sus yerros se vio minado en ella, y no llegó sin duda al mérito sublime de deponer voluntariamente ante los hombres su imperio natural. Pero calentó en su cabeza criolla la idea épica que aceleró y equilibró la independencia americana.

Su sangre era de un militar leonés y de una nieta de conquistadores; nació siendo el padre gobernador de Yapeyú, a la orilla de uno de los ríos portentosos de América; aprendió a leer en la falda de los montes, criado en el pueblo como hijo del señor, a la sombra de las palmas y de los urundeyes. A España se lo llevaron, a aprender baile y latín en el seminario de los nobles; y a los doce años, el niño “que reía poco” era cadete. Cuando volvió, teniente coronel español de treinta y cuatro años, a pelear contra España, no era el hombre crecido al pampero y la lluvia, en las entrañas de su país americano, sino el militar que, al calor de los recuerdos nativos, crió en las sombras de las logias de Lautaro, entre condes de Madrid y patricios juveniles, la voluntad de trabajar con plan y sistema por la independencia de América; y a las órdenes de Daoiz y frente a Napoleón aprendió de España el modo de vencerla. Peleó contra el moro, astuto y original; contra el portugués aparatoso y el francés deslumbrante. Peleó al lado del español, cuando el español peleaba con los dientes, y del inglés, que muere saludando, con todos los botones en el casaquín, de modo que no rompa el cadáver la línea de batalla. Cuando desembarca en Buenos Aires, con el sable morisco que relampagueó en Arjonilla y en Bailén y en Albuera, ni trae consigo más que la fama de su arrojo, ni pide más que “unidad y dirección” “sistema que nos salve de la anarquía”, “un hombre capaz de ponerse al frente del ejército”. Iba la guerra como va cuando no la mueve un plan político seguro, que es correría más que guerra, y semillero de tiranos. “No hay ejército sin oficiales.” “El soldado, soldado de pies a cabeza.” Con Alvear, patriota ambicioso de familia influyente, llegó San Martín de España. A los ocho días le dieron a organizar el cuerpo de granaderos montados, con Alvear de sargento mayor. Deslumbra a los héroes desvalidos en las revoluciones, a los héroes incompletos que no saben poner la idea a caballo, la pericia del militar de profesión. Lo que es oficio parece genio; y el ignorante generoso confunde la práctica con la grandeza. Un capitán es general entre reclutas. San Martín estaba sobre la silla: y no había de apearse sino en el palacio de los virreyes del Perú; tomó los oficiales de entre sus amigos, y éstos de entre la gente de casta; los prácticos, no los pasaba de tenientes; los cadetes, fueron de casas próceres; los soldados, de talla y robustos; y todos, a toda hora, “¡alta la cabeza!” “¡El soldado, con la cabeza alta!” No los llamaba por sus nombres, sino por el nombre de guerra que ponía a cada uno. Con Alvear y con el peruano Monteagudo fundó la logia secreta de Lautaro, “para trabajar con plan y sistema en la independencia de América, y su felicidad, obrando con honor y procediendo con justicia”; para que, “cuando un hermano desempeñe el supremo gobierno, no pueda nombrar por sí diplomáticos y generales, ni gobernadores, ni jueces, ni altos funcionarios eclesiásticos o militares”; “para trabajar por adquirir la opinión pública”; “para ayudarse entre sí y cumplir sus juramentos, so pena de muerte”. Su escuadrón lo fue haciendo hombre a hombre. El mismo les enseñaba a manejar el sable: “le partes la cabeza como una sandía al primer godo que se te ponga por delante”. A los oficiales los reunió en cuerpo secreto; los habituó a acusarse entre sí y a acatar la sentencia de la mayoría; trazaba con ellos sobre el campo el pentágono y los bastiones; echaba del escuadrón al que mostrase miedo en alguna celada, o pusiese la mano en una mujer; criaba en cada uno la condición saliente; daba trama y misterio de iglesia a la vida militar; tallaba a filo a sus hombres; fundía como una joya a cada soldado. Apareció con ellos en la plaza, para rebelarse con su logia de Lautaro contra el gobierno de los triunviros. Arremetió con ellos, caballero en magnifico bayo, contra el español que desembarcaba en San Lorenzo la escuadrilla; cerró sobre él sus dos alas; “a lanza y sable” los fue apeando de las monturas; preso bajo su caballo mandaba y blandía; muere un granadero, con la bandera española en el puño; cae muerto a sus pies el granadero que le quita de encima el animal; huye España, dejando atrás su artillería y sus cadáveres.

 Pero Alvear tenía celos, y su partido en la logia de Lautaro, “que gobernaba al gobierno “, pudo más que el partido de San Martín. Se carteaba mucho San Martín con los hombres políticos: “existir es lo primero, y después ver cómo existimos”, “ se necesita un ejército, ejército de oficiales matemáticos”; “hay que echar de aquí al último maturrango”; “renunciaré mí grado militar cuando los americanos no tengan enemigos”; “háganse esfuerzos simultáneos, y somos libres”; “esta revolución no parece de hombres, sino de carneros”; “soy republicano por convicción, por principios, pero sacrifico esto mismo al bien de mi suelo”. Alvear fue de general contra los españoles de Montevideo, y a San Martín lo mandaron de general al Alto Perú, donde no bastó el patriotismo salteño a levantar los ánimos; lo mandaron luego de intendente a Cuyo. ¡Y allá lo habían de mandar, porque aquél era su pueblo; de aquel destierro haría él su fortaleza; de aquella altura se derramaría él sobre los americanos! Allá, en aquel rincón, con los Andes de consejeros y testigos, creó, solo, el ejército con que los había de atravesar; ideó, solo, una familia de pueblos cubiertos por su espada; vio, solo, el peligro que corría la libertad de cada nación de América mientras no fuesen todas ellas libres : ¡Mientras haya en América una nación esclava, la libertad de todas las demás corre peligro¡ Puso la mano sobre la región adicta con que ha de contar, como levadura de poder, quien tenga determinado influir por cuenta propia en los negocios públicos. En sí pensaba, y en América; porque es gloria suya, y como el oro puro de su carácter, que nunca en las cosas de América pensó en un pueblo u otro como entes diversos, sino que, en el fuego de su pasión, no veía en el continente más que una sola nación americana. Entreveía la verdad política local y el fin oculto de los actos, como todos estos hombres de instinto; pero fallaba, como todos ellos, por confundir su sagacidad primitiva, extraviada por el éxito, por la lisonja, y por la fe en sí, con aquel conocimiento y estrategia de los factores invisibles y determinantes de un país, que sólo alcanza, por la mezcla del don y la cultura, el genio supremo. Ese mismo concepto salvador de América, que lo llevaría a la unificación posible de sus naciones hermanas en espíritu, ocultó a sus ojos las diferencias, útiles a la libertad, de los países americanos, que hacen imposible su unidad de formas. No veía, como el político profundo, los pueblos hechos, según venían de atrás; sino los pueblos futuros que bullían, con la angustia de la gestación, en su cabeza; y disponía de ellos en su mente, como el patriarca dispone de sus hijos. ¡Es formidable el choque de los hombres de voluntad con la obra acumulada de los siglos! Pero el intendente de Cuyo sólo ve por ahora que tiene que hacer la independencia de América. Cree e impera. Y puesto, por quien pone, en una comarca sobria como él, la enamoró por sus mismas dotes, en que la comarca contenta se reconocía; y vino a ser, sin corona en la cabeza, como su rey natural. Los gobiernos perfectos nacen de la identidad del país y el hombre que lo rige con cariño y fin noble, puesto que la misma identidad es insuficiente, por ser en todo pueblo innata la nobleza, si falta al gobernante el fin noble. Pudo algún día San Martín, confuso en las alturas, regir al Perú con fines turbados por el miedo de perder su gloria; pudo extremar, por el interés de su mando vacilante, su creencia honrada en la necesidad de gobernar a América por reyes; pudo, desvanecido, pensar en sí alguna vez más que en América, cuando lo primero que ha de hacer el hombre público, en las épocas de creación o reforma, es renunciar a sí, sin valerse de su persona sino en lo que valga ella a la patria; pudo tantear desvalido, en país de más letras, sin la virtud de su originalidad libre, un gobierno retórico. Pero en Cuyo, vecino aún de la justicia y novedad de la Naturaleza, triunfó sin obstáculo, por el imperio de lo real, aquel hombre que se hacía el desayuno con sus propias manos, se sentaba al lado del trabajador, veía por que herrasen la mula con piedad, daba audiencia en la cocina,-entre el puchero y el cigarro negro,-dormía al aire, en un cuero tendido. Allí la tierra trajinada parecía un jardín; blanqueaban las casas limpias entre el olivo y el viñedo; bataneaba el hombre el cuero que la mujer cosía; los picos mismos de la cordillera parecían bruñidos a fuerza de puño. Campeó entre aquellos trabajadores el que trabajaba más que ellos; entre aquellos tiradores, el que tiraba mejor que todos; entre aquellos madrugadores, el que llamaba por las mañanas a sus puertas; el que en los conflictos de justicia sentenciaba conforme al criterio natural; el que sólo tenía burla y castigo para los perezosos y los hipócritas; el que callaba, como una nube negra, y hablaba como el rayo. Al cura: “aquí no hay más obispo que yo; predíqueme que es santa la independencia de América”. Al español: “¿quiere que lo tenga por bueno? pues que me lo certifiquen seis criollos”. A la placera murmurona: “diez zapatos para el ejército, por haber hablado mal de los patriotas”. Al centinela que lo echa atrás porque entra a la fábrica de mixtos con espuelas: “¡esa onza de oro!” Al soldado que dice tener las manos atadas por un juramento que empeñó a los españoles: “i se las desatará el último suplicio!” A una redención de cautivos la deja sin dinero “¡para redimir a otros cautivos!” A una testamentaría le manda pagar tributo: “¡más hubiera dado el difunto para la revolución!” Derrumbase a su alrededor, en el empuje de la reconquista, la revolución americana. Venía Morillo; caía el Cuzco; Chile huía; las catedrales entonaban, de México a Santiago, el Te Deum del triunfo; por los barrancos asomaban los regimientos deshechos, como jirones. Y en la catástrofe continental, decide San Martín alzar su ejército con el puñado de cuyanos, convida a sus oficiales a un banquete y brinda, con voz vibrante como el clarín, “¡por la primera bala que se dispare contra los opresores de Chile del otro lado de los Andes!”

 Cuyo es de él, y se alza contra el dictador Alvear, el rival que bambolea, cuando acepta incautamente la renuncia que, en plena actividad, le envía San Martin. Cuyo sostiene en el mando a su gobernador, que parece ceder ante el que viene a reemplazarlo; que menudea ante el Cabildo sus renuncias de palabra; que permite a las milicias ir a la plaza, sin uniforme, a pedir la caída de Alvear. Cuyo echa, colérico, a quien osa venir a suceder, con un nombramiento de papel, al que tiene nombramiento de la Naturaleza, y tiene a Cuyo; al que no puede renunciar a sí, porque en sí lleva la redención del continente; a aquel amigo de los talabarteros, que les devuelve ilesas las monturas pedidas para la patria; de los arrieros, que recobraban las arrías del servicio; de los chacareros, que le traían orgullosos el maíz de siembra para la chacra de la tropa; de los principales de la comarca, que fían en el intendente honrado, por quien esperan librar sus cabezas y sus haciendas del español. Por respirar les cobra San Martín a los cuyanos, y la raíz que sale al aire paga contribución; pero les montó de antes el alma en la pasión de la libertad del país y en el orgullo de Cuyo, con lo que todo tributo que los sirviese les parecía llevadero, y más cuando San Martín, que sabía de hombres, no les hería la costumbre local, sino les cobraba lo nuevo por los métodos viejos: por acuerdo de los decuriones del Cabildo. Cuyo salvará a la América. “¡Denme a Cuyo, y con él voy a Lima!” Y Cuyo tiene fe en quien la tiene en él; pone en el Cielo a quien le pone en el Cielo. En Cuyo, a la boca de Chile, crea entero, del tamango al falucho, el ejército con que ha de redimirlo. Hombres, los vencidos; dinero, el de los cuyanos; carne, el charqui en pasta, que dura ocho días; zapatos, los tamangos, con la jareta por sobre el empeine; ropa, de cuero bataneado; cantimplora los cuernos; los sables, a filo de barbería; música, los clarines; canciones, las campanas. Le amanece en la armería, contando las pistolas; en el parque, que conoce bala a bala; las toma en peso; les quita el polvo; las vuelve cuidadosamente a la pila. A un fraile inventor lo pone a dirigir la maestranza, de donde salió el ejército con cureñas y herraduras, con caramañolas y cartuchos, con bayonetas y máquinas; y el fraile de teniente, con veinticinco pesos al mes, ronco para toda la vida. Crea el laboratorio de salitre y la fábrica de pólvora. Crea el código militar, el cuerpo médico, la comisaría. Crea academias de oficiales, porque “no hay ejército sin oficiales matemáticos”. Por las mañanas, cuando el Sol da en los picos de la serranía, se ensayan en el campamento abierto en el bosque, a los chispazos del sable de San Martín, los pelotones de reclutas, los granaderos de a caballo, sus negros queridos; bebe de su cantimplora: “¡y a ver, que le quiero componer ese fusil!” “la mano, hermano, por ese tiro bueno”; “¡vamos, gaucho, un paso de sable con el gobernador!” 0 al toque de los clarines, jinete veloz, corre de grupo en grupo, sin sombrero y radiante de felicidad: “¡recio, recio, mientras haya luz de día; los soldados que vencen sólo se hacen en el campo de instrucción!” Echa los oficiales a torear: “¡estos locos son los que necesito yo para vencer a los españoles!” Con los rezagos de Chile, con los libertos, con los quintos, con los vagos, junta y transforma a seis mil hombres. Un día de sol entra con ellos en la ciudad de Mendoza, vestida de flores; pone el bastón de general en la mano de la Virgen del Carmen; ondea tres veces, en el silencio que sigue a los tambores, el pabellón azul: “Esta es, soldados, la primera bandera independiente que se bendice en América; jurad sostenerla muriendo en su defensa, como yo lo juro!”

 En cuatro columnas se echan sobre los Andes los cuatro mil soldados de pelear, en piaras montadas, con un peón por cada veinte; los mil doscientos milicianos; los doscientos cincuenta de la artillería, con las dos mil balas de cañón, con los novecientos mil tiros de fusil. Dos columnas van por el medio y dos, de alas, a los flancos. Delante va Fray Beltrán, con sus ciento veinte barreteros, palanca al hombro; sus zorras y perchas, para que los veintiún cañones no se lastimen; sus puentes de cuerda, para pasar los ríos; sus anclas y cables, para rescatar a los que se desrisquen. Ladeados van unas veces por el borde del antro; otras van encajando, pecho a tierra. Cerca del rayo han de vivir los que van a caer, juntos todos, sobre el valle de Chacabuco, como el rayo. De la masa de nieve se levanta, resplandeciendo, el Aconcagua. A los pies, en las nubes, vuelan los cóndores. ¡Allá espera, aturdido, sin saber por dónde le viene la justicia, la tropa del español, que San Martín sagaz ha abierto, con su espionaje sutil y su política de zapa, para que no tenga qué oponer a su ejército reconcentrado! San Martín se apea de su mula, y duerme en el capote, con una piedra de cabecera, rodeado de los Andes.

 El alba era, veinticuatro días después, cuando el ala de O’Higgins celosa de la de Soler, ganó, a son de tambor, la cumbre por donde podía huir el español acorralado. Desde su mente, en Cuyo, lo había acorralado, colina a colina, San Martín. Las batallas se ganan entre ceja y ceja. EI que pelea ha de tener el país en el bolsillo. Era el mediodía cuando, espantado el español, reculaba ante los piquetes del valle, para caer contra los caballos de la cumbre. Por entre los infantes del enemigo pasa como un remolino la caballería libertadora, y acaba a los artilleros sobre sus cañones. Cae todo San Martín sobre las tapias inútiles de la hacienda. Dispérsanse, por los mamelones y esteros, los últimos realistas. En la yerba, entre los quinientos muertos, brilla un fusil, rebanado de un tajo. Y ganada la pelea que redimió a Chile y aseguró a América la libertad, escribió San Martín una carta a “la admirable Cuyo” y mandó a dar vuelta al paño de su casaca.

 Quiso Chile nombrarle gobernador omnímodo, y él no aceptó; a Buenos Aires devolvió el despacho de brigadier general, “porque tenía empeñada su palabra de no admitir grado ni empleo militar ni político”; coronó el Ayuntamiento su retrato, orlado de los trofeos de la batalla, y mandó su compatriota Belgrano alzar una pirámide en su honor. Pero lo que él quiere de Buenos Aires es tropa, hierro, dinero, barcos que ciñan por mar a Lima mientras la ciñe él por tierra. Con su edecán irlandés pasa de retorno por el campo de Chacabuco; llora por los “¡pobres negros!” que cayeron allí por la libertad americana; mueve en Buenos Aires el poder secreto de la logia de Lautaro; ampara a un amigo O’Higgins, a quien tiene en Chile de Director, contra los planes rivales de su enemigo Carrera; mina, desde su casa de triunfador en

Santiago, donde no quiere “vajillas de plata”, ni sueldos pingues,-el poderío del virrey en el Perú; suspira, “en el disgusto que corroe su triste existencia”, por “dos meses de tranquilidad en el virtuoso pueblo de Mendoza”; arenga a caballo, en la puerta del arzobispo, a los chilenos batidos en Cancharrayada, y surge triunfante, camino de Lima, en el campo sangriento de Maipú.

 Del caballo de batalla salta a la mula de los Andes; con la amenaza de su renuncia fuerza a Buenos Aires, azuzado por la logia, a que le envíe el empréstito para la expedición peruana; se cartea con su fiel amigo Pueyrredón, el Director argentino, sobre el plan que paró en mandar a uno de la logia a buscar rey a las cortes europeas,-a tiempo que tomaba el mando de la escuadra de Chile, triunfante en el Pacífico, el inglés Cochrane, ausente de su pueblo “por no verlo oprimido sin misericordia” por la monarquía,- a tiempo que Bolívar avanzaba clavando, de patria en patria, el pabellón republicano. Y cuando en las manos sagaces de San Martín, Chile y Buenos Aires han cedido a sus demandas de recursos ante la amenaza de repasar los Andes con su ejército, dejando a O’Higgins sin apoyo y al español entrándose por el Perú entre chilenos y argentinos; cuando Cochrane le había, con sus correrías hazañosas, abierto el mar a la expedición del Perú; cuando iba por fin a caer con su ejército reforzado sobre los palacios limeños, y a asegurar la independencia de América y su gloria, lo llamó Buenos Aires a rechazar la invasión española que creía ya en la mar, a defender al gobierno contra los federalistas rebeldes, a apoyar la monarquía que el mismo San Martín había recomendado. Desobedece. Se alza con el ejército que sin la ayuda de su patria no hubiese allegado jamás, y que lo proclama en Rancagua su cabeza única, y se va, capitán suelto, bajo la bandera chilena, a sacar al español del Perú, con su patria deshecha a las espaldas. ¡Mientras no estemos en Lima, la guerra no acabará!“; de esta campaña “penden las esperanzas de este vasto continente”; “voy a seguir el destino que me llama”. . .

 ¿Quién es aquél, de uniforme recamado de oro, que pasea por la blanda Lima en su carroza de seis caballos? Es el Protector del Perú, que se proclamó por decreto propio gobernante omnímodo, fijó en el estatuto el poder de su persona y la ley política, redimió los vientres, suprimió los azotes, abolió los tormentos, erró y acertó, por boca de su apasionado ministro Monteagudo; el que el mismo día de la jura del estatuto creó la orden de nobles, la Orden del Sol; el que mandó inscribir la banda de las damas limeñas “al patriotismo de las más sensibles”. , el “emperador” de que hacían mofa los yaravíes del pueblo; el “rey José” de quien reían, en el cuarto de banderas, sus compañeros de la logia de Lautaro. Es San Martín, abandonado por Cochrane, negado por sus batallones, execrado en Buenos Aires y en Chile, corrido en la “Sociedad Patriótica” cuando aplaudió el discurso del fraile que quería rey, limosnero que mandara a Europa a un dómine a ojear un príncipe austriaco, o italiano, o portugués, para el Perú. ¿Quién es aquél, que sale, solitario y torvo, después de la entrevista titánica de Guayaquil?, del baile donde Bolívar, dueño incontrastable de los ejércitos que bajan de Boyacá, barriendo al español, valsa, resplandeciente de victorias, entre damas sumisas y bulliciosos soldados? Es San Martín que convoca el primer Congreso constituyente del Perú, y se despoja ante él de su banda blanca y roja; que baja de la carroza protectoral, en el Perú revuelto contra el Protector, porque ‘la presencia de un militar afortunado es temible a los países nuevos, y está aburrido de oír que quiere hacerse rey”; que deja el Perú a Bolívar, “que le ganó por la mano”, porque “Bolívar y él no caben en el Perú, sin un conflicto que sería escándalo del mundo, y no será San Martín el que dé un día de zambra a los maturrangos”. Se despide sereno, en la sombra de la noche, de un oficial fiel; llega a Chile, con ciento veinte onzas de oro, para oír que lo aborrecen; sale a la calle en Buenos Aires, y lo silban, sin ver cómo había vuelto, por su sincera conformidad en la desgracia, a una grandeza más segura que la que en vano pretendió con la ambición.

 Se vio entonces en toda su hermosura, saneado ya de la tentación y ceguera del poder, aquel carácter que cumplió uno de los designios de la Naturaleza, y había repartido por el continente el triunfo de modo que su desequilibrio no pusiese en riesgo la obra americana. Como consagrado vivía en su destierro, sin poner mano jamás en cosa de hombre, aquel que había alzado, al rayo de sus ojos, tres naciones libres. Vio en sí cómo la grandeza de los caudillos no está, aunque lo parezca, en su propia persona, sino en la medida en que sirven a la de su pueblo; y se levantan mientras van con él, y caen cuando la quieren llevar detrás de sí. Lloraba cuando veía a un amigo; legó su corazón a Buenos Aires y murió frente al mar, sereno y canoso, clavado en su sillón de brazos, con no menos majestad que el nevado de Aconcagua en el silencio de los Andes.

 

José Martí, Obras Completas, Tomo 8, pp. 225-233

 

Habla José Martí

Los sietemesinos

A los sietemesinos sólo les faltará el valor

José Martí

 

 Hace unos pocos días (22 /5/2010), el periódico cubano Juventud Rebelde publicó en su página dos, un artículo titulado, “Hay que darles mandinga” del periodista Julio Tamayo Martínez en el que se llama la atención acerca de los “modos camaleónicos” de un grupo de personas, no tan pocas como quisiéramos, que encuentran en “la falsía, la replica de actitudes extrañas, costumbres foráneas, modulaciones vocales ajenas a nuestra idiosincrasia u otras conductas “singulares” apreciable en la calle”[1] su manera de evadirse y de reflejarse “distintos”, cuando en realidad caen en el molde neoliberal de la “aldea global” que la industria del consumismo quiere para sus “chicos y chicas plásticos”, play boy tercermundistas que José Martí caracterizara con “sietemesinos”[2].

 

 Son la gente que encuentra bueno lo extranjero solo por serlo y que llevan su “etiquetada vida” a una especie de status social que lo eleva por encima de los mortales comunes, los que José Martí ridiculiza en su artículo “Nuestra América: “No les alcanza al árbol difícil el brazo canijo, el brazo de uñas pintadas y pulsera, el brazo de Madrid o de París, y dicen que no se puede alcanzar el árbol. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero, que se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos en América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan. ¡bribones!, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades!

 

 A este Martí recordé cuando leía el artículo de Tamayo Martínez, porque  vemos a diario y como algo esnobista y ridículo, extemporáneo a esos que reniegan de lo suyo, como el que no tiene que ver con los que a diario hacemos la miel y el panal.

 

 Pero recordé más, y fui a las Obras Completas del Apóstol en busca de las reflexiones de un hombre aún joven que en 1885 describe deslumbrado y sabio las regatas tradicionales entre un yate inglés y uno norteamericano, matizada por el patriotismo que una victoria patria enciende en los hombres y mujeres de cualquier latitud, es por ello que sus atinadas palabras mantienen actualidad para caracterizar a quienes el consumismo convierte en personas, “tan desechables” como los productos que los esclavizan:

 

…ya porque un vapor lleno de bostonianos ha venido río arriba, con ocasión de las regatas, a mofarse de los petimetres neoyorquinos que no hallan cosa de su tierra que sea buena: y compran en Inglaterra yates que Nueva York vence, y andan por las calles a paso elástico y rítmico, como si anduviesen sobre pastillas, y hablan comiéndose las erres y la virilidad con ellas, acariciando con el mostachillo rubio el cuerno de plata del bastón que no se sacan de los labios: son unos señorines inútiles y enjutos, a quienes no se ve por las calles desde que venció el Puritan.

 

“Las regatas, como tantas otras cosas, no son de valer por lo que son en sí, sino por lo que simbolizan. De los Estados Unidos se van las herederas a Inglaterra, a casarse con los lores; ningún galán neoyorquino se cree bautizado en elegancia si no bebe agua de Londres; a la Londres se pinta y escribe, se viste y pasea, se come y se bebe, mientras Emerson, piensa, Lincoln muere, y los capitanes de azul de guerra y ojos claros miran al mar y triunfan. La grandeza tienen en casa, y como buenos imbéciles, porque es de casa la desdeñan. Hasta la hormiga, la mísera hormiga, es más noble que la cotorra y el mono.

 

 Pues si hay miserias y pequeñeces en la tierra propia, desertarlas es simplemente una infamia, y la verdadera superioridad no consiste en huir de ellas, ¡sino en ponerse a vencerlas! La regata ha dado esto bueno de sí, como da siempre algo bueno, aunque parezca puerilidad al que ahonda poco, todo acto o suceso que concentra la idea de la patria; ¡hay un vino en los aires de la patria, que embriaga y enloquece! Se le bebe, se le bebe a sorbos en estas grandes ocasiones y ¡parece que se deslíen por la sangre, con prisa de batalla, los colores de una gran bandera![3]

 Al que le sirva el sayo, que se lo ponga


[1]“Hay que darles mandinga”. Julio Martínez Tamayo. Juventud Rebelde. 22/5(2010

[2] “Los que no tienen fe en su tierra son hombres de siete meses. Porque les falta el valor a ellos, se lo niegan a los demás”.Nuestra América, José Martí. Enero 1889

[3] La Nación. Buenos Aires, 22/10/ 1885. Tomo 10. Obras Completas de José Martí. 1975

 

 

Habla José Martí, Recepción martiana

El Mayor General José Martí

El diario de campaña que escribió José Martí desde su llegada a Cuba el 11 de abril de 1895, es una de las joyas de la literatura cubana, tanto por su acabada forma de redacción sintáctica, con una prosa, además de poética, cinematográfica; en la que no hay tiempo para el regodeo y la frase se hace precisa y los verbos y adjetivos los que deben ser, además de eso, de una madurez infinita para expresar su identificación con aquellas ideas que define la patria, el pueblo en el que se ha nacido y la  decisión por alcanzar aquellas cosas por las que se ha luchado toda la vida.

 

 La manera de transcribir el modo de vida de la gente del campo cubano que se va encontrando pro su camino, las historias que estos le hacen, tanto de la guerra grande, como de su vida en medio del agreste monte montañés, del que bajan poco, porque esas tierras le ofrecen lo necesario para vivir con austeridad, esa es la Cuba profunda que el citadino conoce poco y que solo con el alma poética se puede comprender, por sus niveles de símiles y metáforas.

 

Uno de esos días trascendentales fue el 15 de abril, un día antes había hecho contacto con la guerrilla comandada por el bravo coronel de Baracoa, Félix Ruenes y la presencia de sus compatriotas le llena de alegría:

 

“Día mambí(…) A la cintura cruzamos  el río, y recruzamos por él(…)Gómez con el machete corta y trae hojas, para él y para mí(…)Guerra hace su rancho(…)De pronto: “¡Ah hombres!”(…) La guerrilla de Ruenes(…)”(14 de abril)

 

  Un día después escribirá la cotidianidad de un día de campamento, su alegría es evidente, en la tarde recibe la emocionante  y sencilla noticia de que ha sido ascendido al rango más alto del Ejército Libertador Cubano y sus palabras denotan la emoción:

 

15.-Amanecemos entre órdenes. Una comisión se mandará a las Veguitas, a comprar en la tienda española. Otra al parque dejado en el camino. Otra a buscar práctico. Vuelve la comisión con sal, alpargatas, un cucurucho de dulce, tres botellas de licor, chocolate, ron y… José viene con puercos. La comida -puerco guisado con plátanos y malanga.- De mañana… frangollo, el dulce de plátano y queso, y agua de canela y anís, caliente. Viene a… Colombié, montero, ojos malos: va… de -su perro amarillo. Al caer la tarde, en fila la gente, sale a la cañada el Genera!, con Paquito, Guerra y Ruenes. ¿Nos permite a los 3 solos? Me resigno mohíno. ¿Será algún peligro? Sube Ángel Guerra llamándome, y al capitán Cardoso. Gómez, al pie del monte, en la vereda sombreada de plátanos, con la cascada abajo, me dice, bello y enternecido, que aparte de reconocer en mí al Delegado, el Ejército Libertador, por él su Jefe, electo en consejo de jefes, me nombra Mayor General. Lo abrazo. Me abrazan todos.-A la noche, carne de puerco con aceite de coco, y es buena.

 

 Los días de campaña son su comunión con  el pueblo al que ha consagrado su vida y su diario, es  el testimonio de cuanto le emociona andar entre su gente,  con sus sueños y alegrías, su modo de expresarse y la vida que ha llevado en su agreste pero acogedor entorno, que definen una identidad madura y en pleno crecimiento.

 

Biografía, Habla José Martí

CARLOS MARX, por José Martí

Las valoraciones que sobre Carlos Marx emite Martí en ocasión de su muerte,  se convierten en análisis sobre el movimiento obrero que está en pleno apogeo en los Estados Unidos y en  Europa.

 

 En este comentario, escrito para el periódico La Nación en  1883 resaltan las simpatías y comprensión de Martí de las razones de los trabajadores para alzarse y exigir el cambio, pero junto a esto deja bien clara su desacuerdo con la violencia generada por el odio y el triste resultado que puede conseguirse.

 

 La claridad misma de lo que expone el Maestro en esta crónica explica sus razones para ir contra la violencia, pero  deja bien clara su posición junto a los humildes. La maduración de sus ideas, la experiencia de lucha que va adquiriendo y la necesidad práctica de cambiar la situación social y política en Cuba y en América Latina, lo llevarán a  la radical posición de apoyar la vía revolucionaria, cuando la defensa reaccionaria de los intereses creados la hagan necesaria:

 

 

“Por tabernas sombrías, salas de pelear y calles obscuras se mueve ese mocerío de espaldas anchas y manos de maza, que vacía de un hombre la vida como de un vaso la cerveza. Mas las ciudades son como los cuerpos, que tienen vísceras nobles, e inmundas vísceras. De otros soldados está lleno el ejército colérico de los trabajadores. Los hay de frente ancha, melena larga y descuidada, color pajizo, y mirada que brilla, a los aires del alma en rebeldía, como hoja de Toledo, y son los que dirigen, pululan, anatematizan, publican periódicos, mueven juntas, y hablan. Los hay de frente estrecha, cabello hirsuto, pómulos salientes, encendido color, y mirada que ora reposa, como quien duda, oye distintos vientos, y examina, y ora se inyecta, crece e hincha, como de quien embiste y arremete: son los pacientes y afligidos, que oyen y esperan. Hay entre ellos fanáticos por amor, y fanáticos por odio. De unos no se ve más que el diente. Otros, de voz ungida y apariencia hermosa, son bellos, como los caballeros de la Justicia. En sus campos, el francés no odia al alemán, ni éste al ruso, ni el italiano abomina del austriaco; puesto que a todos los reúne un odio común. De aquí la flaqueza de sus instituciones, y el miedo que inspiran; de aquí que se mantengan lejos de los campos en que se combate por ira, aquellos que saben que la Justicia misma no da hijos, ¡sino es el amor quien los engendra! La conquista del porvenir ha de hacerse con las manos blancas. Más cauto fuera el trabajador de los Estados Unidos, si no le vertieran en el oído sus heces de odio los más apenados y coléricos de Europa. Alemanes, franceses y rusos guían estas jornadas. El americano tiende a resolver en sus reuniones el caso concreto: y los de allende, a subirlo al abstracto. En los de acá, el buen sentido, y el haber nacido en cuna libre, dificulta el paso a la cólera. En los de allá, la excita y mueve anarquía, que pudran y roan como veneno, el seno de la Libertad!

 

Ved esta gran sala. Karl Marx ha muerto. Como se puso del lado de los débiles, merece honor. Pero no hace bien el que señala el daño, y arde en ansias generosas de ponerle remedio, sino el que enseña remedio blando al daño. Espanta la tarea de echar a los hombres sobre los hombres. Indigna el forzoso abestiamiento de unos hombres en provecho de otros. Mas se ha de hallar salida a la indignación, de modo que la bestia cese, sin que se desborde, y espante. Ved esta sala: la preside, rodeado de hojas verdes, el retrato de aquel reformador ardiente, reunidor de hombres de diversos pueblos, y organizador incansable y pujante. La Internacional fue su obra: vienen a honrarlo hombres de todas las naciones. La multitud, que es de bravos braceros, cuya vista enternece y conforta, enseña más músculos que alhajas, y más caras honradas que paños sedosos. El trabajo embellece. Remoza ver a un labriego, a un herrador, o a un marinero. De manejar las fuerzas de la naturaleza, les viene ser hermosos como ellas.

 

 New York va siendo a modo de vorágine: cuanto en el mundo hierve, en ella cae. Acá sonríen al que huye; allá, le hacen huir. De esta bondad le ha venido a este pueblo esta fuerza. Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. Pero anduvo de prisa, y un tanto en la sombra, sin ver que no nacen viables, ni de seno de pueblo en la historia, ni de seno de mujer en el hogar, los hijos que no han tenido gestación natural y laboriosa. Aquí están buenos amigos de Karl Marx, que no fue sólo movedor titánico de las cóleras de los trabajadores europeos, sino veedor profundo en la razón de las miserias humanas, y en los destinos de los hombres, y hombre comido del ansia de hacer bien. El veía en todo lo que en sí propio llevaba: rebeldía, camino a lo alto, lucha.

 

Aquí está un Lecovitch, hombre de diarios: vedlo cómo habla: llegan a él reflejos de aquel tierno y radioso Bakunin: comienza a hablar en inglés; se vuelve a otros en alemán: “¡da! ¡da!” responden entusiasmados desde sus asientos sus compatriotas cuando les habla en ruso. Son los rusos el látigo de la reforma: mas no, ¡no son aún estos hombrea impacientes y generosos, manchados de ira, los que han de poner cimiento al mundo nuevo: ellos son la espuela, y vienen a punto, como la voz de la conciencia, que pudiera dormirse: pero el acero del acicate no sirve bien para martillo fundador!

 

Aquí está Swinton, anciano a quien las injusticias enardecen, y vio en Karl Marx tamaños de monte y luz de Sócrates. Aquí está el alemán John Most, voceador insistente y poco amable, y encendedor de hogueras, que no lleva en la mano diestra el bálsamo con que ha de curar las heridas que abra su mano siniestra. Tanta gente ha ido a oírles hablar que rebosa en el salón, y da en la calle. Sociedades corales, cantan. Entre tanto hombre, hay muchas mujeres. Repiten en coro con aplauso frases de Karl Marx, que cuelgan en cartelones por los muros. Millot, un francés, dice una cosa bella: “La libertad ha caído en Francia muchas veces: pero se ha levantado más hermosa de cada caída”. John Most habla palabras fanáticas: “Desde que leí en una prisión sajona los libros de Marx, he tomado la espada contra los vampiros humanos”. Dice un Magure: “Regocija ver juntos, ya sin odios, a tantos hombres de todos los pueblos. Todos los trabajadores de la tierra pertenecen ya a una sola nación, y no se querellan entre sí, sino todos juntos contra los que los oprimen. Regocija haber visto, cerca de lo que fue en París Bastilla ominosa, seis mil trabajadores reunidos de Francia y de Inglaterra.” Habla un bohemio. Leen carta de Henry George, famoso economista nuevo, amigo de los que padecen, amado por el pueblo, y aquí y en Inglaterra famoso. Y entre salvas de aplausos tonantes, y frenéticos hurras, pónese en pie, en unánime movimiento, la ardiente asamblea: en tanto que leen desde la plataforma en alemán y en inglés dos hombres de frente ancha y mirada de hoja de Toledo, las resoluciones con que la junta magna acaba, en que Karl Marx es llamado el héroe más noble y el pensador más poderoso del mundo del trabajo. Suenan músicas; resuenan coros, pero se nota que no son los de la paz.

 

(…)

La Nación. Buenos Aires, 13 y 16 de mayo de 1883

Obras Completas de José Martí. T. IX: 388-389

 

Habla José Martí

Una carta de José Martí a Máximo Gómez

“Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento”

José Martí

 

En mi afán de que los cubanos y los latinoamericanos en general conozcan un poco más a nuestro José Martí, quiero poner a su disposición una carta escrita por José Martí en 1884 cuando apenas tenía 31 años y enfrentaba prácticamente solo la tarea de organizar un movimiento revolucionario capaz de expulsar a España de la isla de Cuba. Es por esos días que llegan a los Estados Unidos los prestigiosos veteranos de la primera guerra por la emancipación de Cuba, los Mayores Generales Máximo Gómez y Antonio Maceo, dispuestos a levantar las huestes de veteranos que en la emigración soñaban con el reinicio de la contienda libertaria.

 A esos esfuerzos se une José Martí, joven periodista, con algún prestigio por entonces entre los emigrados  cubanos de New York, quien le ofrece su colaboración a los dos grandes líderes de la Guerra Grande.

 En las numerosas e intensas conversaciones que tuvieron ambos patriotas con los emigrados cubanos, en busca fundamentalmente de financiamiento para un reinicio de la guerra, notó José Martí la forma de convocatoria de estos basada más en el “ordeno y mando” de los militares, que en convencimiento  profundo de los combatientes de la necesidad de emprender una nueva y por consecuencia cruenta confrontación con España.

 La siguiente carta de José Martí deja bien en claro su posición, con un valor y diafanidad que hace a este documento una pieza imprescindible y de actualidad de la historia latinoamericana y en particular de la cubana:

 

Al General Máximo Gómez

New York, 20 de octubre de 1884

Señor General Máximo Gómez

New York

Distinguido General y amigo:

Salí en la mañana del sábado de la casa de Vd. con una impresión tan penosa, que he querido dejarla reposar dos días, para que la resolución que ella, unida a otras anteriores, me inspirase, no fuera resultado de una ofuscación pasajera, o excesivo celo en la defensa de cosas que no quisiera ver yo jamás atacadas,-sino obra de meditación madura. .- ¡que pena me da tener que decir estas cosas a un hombre a quien creo sincero y bueno, y en quien existen cualidades notables para llegar a ser verdaderamente grande!-Pero hay algo que está por encima de toda la simpatía personal que Vd. pueda inspirarme, y hasta de toda razón de oportunidad aparente: y es mi determinación de no contribuir en un ápice, por amor ciego a una idea en que me está yendo la vida, a traer a mi tierra a un régimen de despotismo personal, que sería más vergonzoso y funesto que el despotismo político que ahora soporta, y más grave y difícil de desarraigar, porque vendría excusado por algunas virtudes, establecido  por la idea encarnada en él, y legitimado por el triunfo.

Un pueblo no se funda, General, como se manda un campamento; y cuando en los trabajos preparativos de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante el espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra, ¿qué garantías puede haber de que las libertades públicas, único objeto digno de lanzar un país a la lucha, sean mejor respetadas mañana? ¿Qué somos, General?, ¿los servidores heroicos y modestos de una idea que nos calienta el corazón, los amigos leales de un pueblo en desventura, o los caudillos valientes y afortunados que con el látigo en la mano y la espuela en el tacón se disponen a llevar la guerra a un pueblo, para enseñorearse después de él? ¿La fama que ganaron Vds. en una empresa, la fama de valor, lealtad y prudencia, van a perderla en otra?-Si la guerra es posible, y los nobles y legítimos prestigios que vienen de ella, es porque antes existe, trabajado con mucho dolor, el espíritu que la reclama y hace necesaria: y a ese espíritu hay que atender, y a ese espíritu hay que mostrar, en todo acto público y privado, el más profundo respeto-porque tal como es admirable el que da su vida por servir a una gran idea, es abominable el que se vale de una gran idea para servir a sus esperanzas personales de gloria o de poder, aunque por ellas exponga la vida.-El dar la vida sólo constituye un derecho cuando se la da desinteresadamente.

Ya lo veo a Vd. afligido, porque entiendo que Vd. procede de buena fe en todo lo que emprende, y cree de veras, que lo que hace, como que se siente inspirado de un motivo puro, es el único modo bueno de hacer que hay en sus empresas. Pero con la mayor sinceridad se pueden cometer los más grandes errores; y es preciso que, a despecho de toda consideración de orden secundario, la verdad adusta, que no debe conocer amigos, salga al paso de todo lo que considere un peligro, y ponga en su puesto las cosas graves, antes de que lleven ya un camino tan adelantado que no tengan remedio. Domine Vd., General, esta pena, como dominé yo el sábado el asombro y disgusto con que oí un importuno arranque de Vd. y una curiosa conversación que provocó a propósito de él el General Maceo, es en la que quiso,-¡locura mayor!-darme a entender que debíamos considerar la guerra de Cuba como una propiedad exclusiva de Vd., en la que nadie puede poner pensamiento ni obra sin cometer profanación, y la cual ha de dejarse, si se la quiere ayudar, servil y ciegamente en sus manos. ¡No: no, por Dios! pretender sofocar el pensamiento, aun antes de verse, ¿como se verán Vds. mañana, al frente de un pueblo entusiasmado y agradecido, con todos los arreos de la victoria? La patria no es de nadie: y si es de alguien, será, y esto sólo en espíritu, de quien la sirva con mayor  desprendimiento e inteligencia.

A una guerra, emprendida en obediencia a los mandatos del país, en consulta con los representantes de sus intereses, en unión con la mayor cantidad de elementos amigos que pueda lograrse; a una guerra así, que venía yo creyendo-porque así se la pinté en una carta mía de hace tres años que tuvo de Vd. hermosa respuesta,-que era la que Vd. ahora se ofrecía a dirigir;-a una guerra así el alma entera he dado, porque ella salvará a mi pueblo;-pero a lo que en aquella conversación se me dio a entender, a una aventura personal, emprendida hábilmente en una hora oportuna, en que los propósitos particulares de los caudillos pueden confundirse con las ideas gloriosas que los hacen posibles; a una campaña emprendida como una empresa privada, sin mostrar más respeto al espíritu patriótico que la permite, que aquel indispensable, aunque muy sumiso a veces, que la astucia aconseja, para atraerse las personas o los elementos que puedan ser de utilidad en un sentido u otro; a una carrera de armas por más que fuese brillante y grandiosa; y haya de ser coronada por el éxito, y sea personalmente honrado el que la capitanee;-a una campaña que no dé desde su primer acto vivo, desde sus primeros movimientos de preparación, muestras de que se la intenta como un servicio al país, y no como una invasión despótica;-a una tentativa armada que no vaya pública, declarada, sincera y únicamente movida, del propósito de poner a su remate en manos del país, agradecido de antemano a sus servidores, las libertades públicas; a una guerra de baja raíz y temibles fines, cualesquiera que sean su magnitud y condiciones de éxito-y no se me oculta que tendría hoy muchas-no prestaré yo jamás mí apoyo-valga mi apoyo lo que valga,- y yo sé que él, que viene de una decisión indomable de ser absolutamente honrado, vale por eso oro puro,-yo no se lo prestaré jamás.

¿Cómo, General, emprender misiones, atraerme afectos, aprovechar los que ya tengo, convencer a hombres eminentes, deshelar voluntades, con estos miedos y dudas en el alma?-Desisto, pues, de todos los trabajos activos que había comenzado a echar sobre mis hombros.

Y no me tenga a mal, General, que le haya escrito estas razones. Lo tengo por hombre noble, y merece Vd. que se le haga pensar. Muy grande puede llegar a ser Vd.-y puede no llegar a serlo. Respetar a un pueblo que nos ama y espera de nosotros, es la mayor grandeza. Servirse de sus dolores y entusiasmos en provecho propio, sería la mayor ignominia. Es verdad, General, que desde Honduras me habían dicho que alrededor de Vd. se movían acaso intrigas, que envenenaban, sin que Vd. lo sintiese, su corazón sencillo, que se aprovechaban de sus bondades, sus impresiones y sus hábitos para apartar a Vd. de cuantos hallase en su camino que le acompañasen en sus labores con cariño, y le ayudaran a librarse de los obstáculos que se fueran ofreciendo-a un engrandecimiento a que tiene Vd. derechos naturales. Pero yo confieso que no tengo ni voluntad ni paciencia para andar husmeando intrigas ni deshaciéndolas. Yo estoy por encima de todo eso. Yo no sirvo más que al deber, y con éste seré siempre bastante poderoso. ¿Se ha acercado a Vd. alguien, General, con un afecto más caluroso que aquel con que lo apreté en mis brazos desde el primer día en que le vi? ¿Ha sentido Vd. en muchos esta fatal abundancia de corazón que me dañaría tanto en mi vida, si necesitase yo de andar ocultando mis propósitos para favorecer ambicioncillas femeniles de hoy o esperanzas de mañana?

Pues después de todo lo que he escrito, y releo cuidadosamente, y confirmo,-a Vd., lleno de méritos, creo que lo quiero:-a la guerra que en estos instantes me parece que, por error de forma acaso, está Vd. representando,-no:-

Queda estimándole y sirviéndole

José Martí[1]

 


[1] José Martí Obras Completas. Tomo 1: 177

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