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Martí Otra Visión

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Educación

Martí, formación de un pensamiento pedagógico

Desde su llegada a América y su establecimiento en México y posteriormente en Guatemala, José Martí demuestra una preocupación constante por los pasos que dan los gobiernos de esos países para mejorar la educación de las clases populares y en particular los grupos de población autóctona abandonados a su suerte como parias en su propia tierra.

 

 Martí no pierde oportunidad en sus publicaciones y cartas para resaltar la necesidad de impulsar la educación popular resaltado su convicción de que sin cultura no habría libertad humana, a pesar de las muchas leyes y esfuerzos de los intelectuales y los grupos dominantes de “civilizar” a estas masas de cholos, ladinos, mestizos, pobres en general, gente de campo, de trabajo duro en las ciudades y a los que se le considera lastre social que impide el avance de sus sociedades.

 

“Un pueblo no es una masa de criaturas miserables y regidas: no tiene el derecho de ser respetado hasta que no tenga la conciencia de ser regente: edúquese en los hombres los conceptos de independencia  y propia dignidad… ser hombre es en la tierra dificilísima y pocas veces lograda carrera”[1]

 

 Este decidido joven revolucionario le toma el pulso a su América y recomienda: La educación tiene en estas tierras un trabajo mayor: es la educación el estudio que el hombre pone en guiar sus fuerzas; tanto más trabajosa será su obra, cuanto sean potentes y rebeldes las fuerzas que quiere conducir y encaminar”[2]

 

 Al hombre originario de América lo conoce en México y Guatemala y le llama “perpetua e impotente crisálida de hombre” que duerme y frena el desarrollo del país donde vive, pero no es  su culpa, son siglos de explotación y abandono los que lastran su vida.

 

 “¿Qué ha de redimir a esos hombres? La enseñanza obligatoria ¿Solamente la enseñanza obligatoria, cuyos beneficios no entiende y cuya obra es lenta? No la enseñanza solamente: la misión, el cuidado, el trabajo bien retribuido…”[3]

 

 Será en la educación popular en la que deposite sus esperanzas de adelanto de las naciones latinoamericanas, el conoce el resultado halagüeño que la aplicación de la misma ha tenido en Europa y apoya su difusión en las tierras americanas. Tiene 22 años (1875) al llegar a México y se enfrenta a una realidad nueva, un año después irá a Guatemala, participa abiertamente en los esfuerzos reformistas de Justo Rufino Barrios y resume sus ideas en el preclaro ensayo “Guatemala”:

 

“Saber leer es saber andar. Saber escribir es saber ascender. Pies, brazos, alas todo eso ponen al hombre esos primeros humildísimos libros de la escuela. Luego va al espacio. Ve el mejor modo de sembrar, la reforma útil que hacer, el descubrimiento aplicable, la receta innovadora, la manera de hacer buena la tierra mala; la historia de los héroes, los futiles motivos de las guerras, los grandes resultados de la paz. Siembra química y agricultura, y se cosecharán grandes riquezas. Una escuela es una fragua de espíritu; ¡ay de los pueblos sin escuelas! ¡ay de los espíritus sin temple!

 

“La educación es como un árbol: se siembra una semilla y se abre en muchas ramas. Sea la gratitud del pueblo que se educa árbol protector, en las tempestades y las lluvias, de los hombres que hoy le hacen tanto bien. Hombre recogerá quien siembre escuelas”[4]

 

 La presencia de José Martí en países hispanoamericanos le acerca a la realidad de atraso que presentaban las naciones de esta parte del Nuevo Mundo con respecto a lo que el ha visto o leído de las naciones europeas y se da cuenta de que la colonia sobrevive en la República, con gobiernos que pueden hacer muy poco por la herencia conservadora de sus clases dominantes y el fatalismo mental de sus intelectuales y clase política soñando con los cambios, pero atados a la tradición.

 

 Para él la educación es factor fundamental de cambios, la educación popular, para todos, no elitista, para encaminar a los sectores humildes de las sociedades de nuestros países de América. Por eso saluda desde las columnas de la Revista Universal de México, la apertura de escuelas públicas, las iniciativas legislativas o cualquier atisbo de cambio. Es apenas un preclaro veinteañero que piensa en América.


[1] José Martí. Obras Completas. Tomo 6. Pág. 254

[2] Ídem

[3] Ídem. Pág. 327

[4] Ídem. 134.154

 

 

Educación

Simón Rodríguez y José Martí

No es casual la convergencia entre las ideas educativas del maestro y filósofo venezolano Simón Rodríguez y  el intelectual y líder político cubano, José Martí, aunque entre ambos medie medio siglo.

 

 Ambos estaban convencidos  de que en Hispanoamérica había que reformar la educación  de raíz a fin de ponerla a tono con las necesidades de las nuevas sociedades que nacían con la emancipación del dominio colonial español, no solo en lo metodológico, sino también en la adecuación para solucionar los problemas del Nuevo Mundo anquilosados por la enseñanza escolástica y religiosa que se mantuvo como cáncer cultural durante muchas décadas.

 

 No tenemos constancia de que José Martí  leyera a  Simón Rodríguez, a fines del siglo XIX este era casi un desconocido cuyas obras estaban poco difundidas y de él apenas quedaba el recuerdo de ser el maestro del Libertador, Simón Bolívar, en tanto que los resquemores y la desconfianza de las clases dominantes y de la Iglesia en los países sudamericanos, habían satanizado su quehacer intelectual y principalmente sus aportes a la educación latinoamericana.

 

 En el legado ideo-pedagógico de ambos pensadores sobresale una constante, la preocupación por la educación en América Latina. Producto de la  conquista y colonización se desarrollan en estas tierras sociedades de cultura mestiza de fuerte influencia europea, pero en la que era posible reconocer los rasgos autóctonos de los pobladores originales y de otros grupos étnicos traídos por la fuerza, la necesidad o el engaño. El convencimiento de que era necesario aceptar esta realidad trascultural para poder crecer como pueblos, es el hito común entre Simón Rodríguez y José Martí.

 

 Simón Rodríguez desarrolla su ideario y práctica docente a principio del siglo XIX, influido por las ideas del iluminismo liberal europeo y el socialismo utópico, frente a la resistencia conservadora del clero y la educación escolástica. En el plano educativo es partidario de combinar la enseñanza con el trabajo, promoviendo escuelas técnicas y agrícolas, que facilitasen el desarrollo de nuestros países.

 

 Rodríguez desarrolla el proyecto de Educación Popular en Bogotá y Chuquisaca, Bolivia, proyecto que fracasa por la desconfianza de las familias pudientes, que no concebían que sus hijos concurrieran al mismo colegio a donde iban los indios y pardos y en el que adquiría conocimientos de carácter práctico y manual.

 

 Cuestionó la educación especulativa, por no afianzarse en lo concreto y porque no permite lograr los objetivos que necesitaba la educación. Denunció a los mercaderes de la educación, que hacían negocio con la actividad educativa y abogó por una enseñanza pública, mixta y laica.

 

 A fines del siglo XIX persisten en América Latina, mucho más acentuados, los problemas que el maestro caraqueño denunció y trató de subsanar con sus ideas y propuestas: unidad de los pueblos de latinoamericanos como base para el desarrollo socio cultural de nuestros países, la necesidad de elevar el nivel educación del indio, dignificarlo, aprender de él y ponerlo en condición de participar activamente en la sociedad; la enseñanza y desarrollo de las ciencias y los avances técnicos como necesidades para crear sociedades prósperas; cuidado de lo autóctono en lo cultural y educativo, como base de la independencia; denuncia de la asimilación acrítica de las culturas ajenas y otros aspectos puntuales de la cultura, la educación y la política, en los que coincidió con José Martí.

 

 Si bien Simón Rodríguez abre el siglo XIX intentando poner a las sociedades latinoamericanas sobre bases nuevas y experimenta con audacia reformas educacionales, rechazadas por el clero y las clases dominantes: a Martí le corresponde abogar, a fines del mismo siglo, por la necesidad de una segunda independencia en la que los pueblos se hicieran dueños de sus destinos.

 

 José Martí es testigo de la gran revolución educacional que provoca el desarrollo industrial del impetuoso capitalismo del siglo XIX. Se impulsa el aprendizaje rápido de las nuevas tecnologías y las ciencias, y el Apóstol cubano observa y divulga todo aquello que pueda servir en el avance de los pueblos de América Latina. Aplaude la introducción de los nuevos conocimientos y métodos, pero advierte en la necesidad de no dejar vacío de espiritualidad ese conocimiento y aboga por el humanismo como antídoto al maquinismo y al pragmatismo burgués.

 

 José Martí, intelectual cubano de plena raíces latinoamericanas, reivindica su pertenencia a estas tierras de “Nuestra América”, exalta las potencialidades socio-culturales de sus pueblos mestizos y basa su proyecto emancipador en la autoctonía, el conocimiento de las virtudes propias de los pueblos  del sur y la imbricación de los avances científico-técnicos de su época. Ideas semejantes  a las de Simón Rodríguez, pero en un momento de mayor desarrollo del capitalismo y de mayor amenaza de penetración imperialista, pero ambos confiados en que el triunfo de los pueblos estaba dado por el desarrollo de la educación y cultura, su unidad y solidaridad para impedir el  paso del “gigante de las de siete legua”.

Educación, Personalidades

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