Martí Otra Visión

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Educación

José de la Luz y Caballero. Apreciaciones martianas

Una de las figuras más relevantes de la cultura cubana del siglo XIX, fue este hombre de pensamiento claro y cultura enciclopédica, quien emprende una de las más difíciles obras de cualquier tiempo histórico: educar a un pueblo, hacer conciencia en su juventud acerca de que honrarse a sí mismo es la manera mayor de honrar a la patria; y que no había honra mayor que servirla con la plenitud de nuestro intelecto y la honestidad de nuestras acciones.

 

José de la Luz y Caballero, el maestro de los habaneros, el hombre que renunció a escribir libros, porque hacía falta el tiempo para hacer hombres. Cubano íntegro, nació y murió en La Habana, educándose con maestros cubanos como su tío José Agustín Caballero  y el presbítero Félix Varela, a quien admiró y valoró como el iniciador del pensamiento cubano. El Seminario San Carlos fue su centro forjador y de su claustro formó parte a partir de 1824 hasta 1828.

 

 A partir de esta fecha emprende un largo viaje por los Estados Unidos y Europa, conociendo a numerosos intelectuales de renombre, como los ingleses Longfellow y Walter Scott; los franceses Cuvier y Michelet; el alemán Alejandro de Humboldt, y muchos otros. Publicó en París, bajo el seudónimo de El Habanero y a su regreso a Cuba colaboró intensamente con las publicaciones de su ciudad, hasta que llevado por sus principios reformadores se dedica a la enseñanza.

 

 Hizo del hombre objetivo central de su obra filosófica, al entenderlo como un todo integral y armónico, formado por su cuerpo, el alma y las sensaciones desarrollados en la naturaleza.

 

 En la enseñanza José de la Luz revoluciona en la isla las ideas cognoscitivas al llevar a la práctica en su escuela el postulado de la experimentación como principio del conocimiento partiendo de que el hombre conoce a través de las sensaciones.

 

 Con su método explicativo, consolida la razón frente al escolastismo y el mecanicismo, dando a sus alumnos los conocimientos, no en forma de conceptos preconcebidos, sino interpretativos, para estimular el pensamiento.

 

 Como educador previó la creación de escuelas técnicas y de maestros, a fin de preparar al pueblo para la abolición de la esclavitud. También era partidario del estudio de las ciencias naturales, para garantizar una sociedad rica y culta.

 

 En 1848 funda en La Habana el Colegio El Salvador, el más moderno de su época en Cuba y en el que se aplicaron los mejores métodos de enseñanzas y se desarrollaron las “pláticas de los sábados”, con temas polémicos y debates que enriquecían la cultura del alumnado, desarrollando su talento.

 

 El Colegio El Salvador fue la culminación de su ideario pedagógico, la maduración de su pensamiento y el proyecto más progresista y liberal de la burguesía criolla en materia de educación. A sus aulas acudieron alumnos de toda la isla, que en régimen interno recibían la educación de Don Pepe, hasta que el gobierno español, temeroso de su influencia lo cierra en 1860.

 

 Dos años después muere José de la Luz. Recordando este hecho José Martí escribe años después:

 

“Él había dado a su patria toda la paciencia de su mansedumbre, todo el vigor de su raciocinio, toda la resignación de su esperanza.

 

“Los niños, se agruparon a la puerta de aquel colegio inolvidable; los hombres lloraron sobre el cadáver del maestro: la generación que ha nacido siente en su frente el beso paternal del sabio José de la Luz y Caballero”.

 

 Este recuerdo valorativo escrito en los tempranos días de 1875, nos da  la medida del aprecio que tenía José Martí por el maestro de El Salvador y que no dejará de expresar y acrecentar en trabajos posteriores para diversos medios.

 

 Una de estas valoraciones aparece en el periódico El Economista de Nueva York (1888), como preámbulo a la publicación en ese diario de las cartas de José de la Luz a José Podbielski:

 

“Los cubanos veneran y los americanos todos conocen de fama al hombre santo que, domando dolores profundos del alma y el cuerpo, domando la palabra, que pedía por su excelsitud aplausos y auditorio, domando con la fruición del sacrificio todo amor a sí y a las pompas vanas de la vida, nada quiso ser para serlo todo, pues fue maestro y convirtió en una sola generación un pueblo educado para la esclavitud en un pueblo de héroes, trabajadores y hombres libres. Pudo ser abogado, con respetuosa y rica clientela, y su patria fue su única cliente. Pudo lucir en las academias sin esfuerzo su ciencia copiosa, y solo mostró lo que sabía de la verdad, cuando era indispensable defenderla…Supo cuanto se sabía en su época; pero no para enseñar que lo sabía, sino para trasmitirlo. Sembró hombres.”

 

 En el periódico Patria (1893)  afianza su juicio sobre Luz y Caballero, recordándonos el valor de su obra precursora:

 

“Él, el padre; él, el silenciosos fundador; él, que a solas ardía y centelleaba, y se sofocó el corazón con mano heroica, para dar tiempo  a que se le criase de él la juventud con quien se habría de ganar la libertad que solo brillaría sobre sus huesos; él, que antepuso la obra real a la ostentosa,…prefirió ponerse calladamente, sin que le sospechasen el mérito ojos nimios, de cimiento de la gloria patria;…es desconocido sin razón por los que no tienen ojos con que verlo, y negado a veces por sus propios hijos.”

 

 Estas y otras muchas citas al maestro de una generación heroica que brillaría en defensa de la independencia patria, tanto en lo intelectual,  como en el campo de batalla, da fe de la alta estima del Apóstol por el hombre que él consideró estaba en las raíces de la cubanía naciente, por expandir la inteligencia, enseñar la honestidad y el patriotismo y defender su nacionalidad, aún cuando no creyese que la independencia era camino prudente, sus discípulo se encargarían en demostrar lo contrario en su nombre.

 

Educación

José Martí en el comienzo del curso escolar cubano

“El verdadero objeto de la enseñanza es preparar   al hombre para que pueda vivir por sí decorosamente sin perder la gracia y generosidad del espíritu, y sin poner en peligro con su egoísmo o servidumbre la dignidad y fuerza de la patria.”

José Martí

 

El lunes 6 de septiembre comenzó en Cuba el nuevo curso escolar (2010-2011) con más de  DOS MILLONES CIEN MIL estudiantes de todas las enseñanzas que absolutamente gratuito acceden a las aulas para cumplir el más importante rol de niños y jóvenes: prepararse para la vida futura.

 

 Para alcanzar tal logro el Estado Revolucionario Cubano, mantendrá funcionando 12 mil planteles atendidos por más de 280 mil docentes  a un elevado costo millonario que consume  buena parte del presupuesto estatal. Todas las provincias cuentan con centros de todas las enseñanzas y en este curso en aras de utilizar mejor los recursos materiales y humanos, aparecen centros de enseñanza mixtos, se disminuyen los centros internos y se acercan lo más posible las escuelas al lugar de residencia de los alumnos.

 

 Para los cubanos este lunes fue un día de fiesta, las escuelas remozadas acogieron a padres y alumnos, recibieron los materiales escolares, ¡completamente gratuitos! Y entraron en contacto con sus maestros.

 

 Cuba, modestamente, sin grandes alardes y en medio de una campaña mediática que nos hace aparecer como el peor país del mundo, se apresta a continuar una labor en la que por cotidiana   a veces no reparamos.

 

 Si algo anda mal, se ajustan los programas de enseñanza para que mejoren aquellos aspectos en los que sabemos hay que perfeccionar: mejoría de la calidad docente, exigencia y rigor de evolución, racionalidad en el uso de recursos, la educación en valores humanistas de solidaridad, altruismo y reforzamiento de la colaboración de la familia que debe involucrarse más en la formación de su hijo, continuador de la obra que construimos y que seguimos soñando.

 

  En esa obra está Martí, el primer maestro y ciudadano, “hombres recogerá quien siembra escuelas”, nos dice todos los días desde el ejemplo de su obra; “ser culto es el único modo de ser libre”, es el paradigma de los nuevos tiempos y muchos otros aforismos que son resúmenes breves del gran ejemplo que él significa.

 

 Estamos ocupados en enseñar, por favor queremos paz para construir y un mundo para legar a nuestros hijos, esto no es un ruego es una exigencia y un derecho, también humano.

Educación

A los niños que lean “La Edad de Oro”

Para el hombre que sueña humanidad, ningún público es menor y eso lo demuestra José Martí al escribir su revista La Edad de Oro, uno de sus proyectos editoriales para nuestra América, que pudo ver realizado en 1889 cuando encontró a un noble comerciante brasileño Antonio Da Costa Gómez a quien convenció de la viabilidad de escribir una revista para niños y jóvenes distinta a las que hasta ese momento se hacían.

 

 Los destinatarios eran los niños y las niñas de esta parte del mundo, aunque la importancia de lo que trasmite a ellos es válido para todos los seres humanos de todas las edades.

 

 Es por eso que quiero resaltar la introducción que hizo Martí al primer número de la revista aparecido en julio, en el mismo  queda resumido el criterio pedagógico del Apóstol en frases breves y hermosas que definen las cualidades que deben adornar a todo niño, haciendo un énfasis de género que va más allá de la galantería del caballero para demostrar cuanto se puede enseñar desde la palabra y que responsabilidad adquiere el adulto que se comunica con estas personitas en formación:

 

“Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo; un niño bueno, inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace para caballero, y la niña nace para madre. Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana, y con las madres de mañana; para contarles a las niñas cuentos lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para decirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, con palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora Para eso se publica LA EDAD DE ORO: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás tierras: y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para que cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la piedra, y qué quiere decir cada color; para que el niño conozca los libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los pueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres, donde suceden cosas más raras  e interesantes que en los cuentos de magia, y son magia de verdad, más linda que la otra: y les diremos lo que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra: y les contaremos cuentos de risa y novelas de niños, para cuando hayan estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar. Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean como cosa de su corazón.

 

 Cuando un niño quiera saber algo que no esté en LA EDAD DE ORO, escribanos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros le contestaremos. No importa que la carta venga con faltas de ortografía. Lo que importa es que el niño quiera saber. Y si la carta está bien escrita, la publicaremos en nuestro correo con la firma al pie para que se sepa que es niño que vale. Los niños saben más de lo que parecen, y si les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que escribirían. Por eso La Edad de Oro va ha tener cada seis meses una competencia y el niño que mande el trabajo mejor, que se conozca de veras que es suyo, recibirá un buen premio de libro, y diez ejemplares del número de La Edad de Oro en que se publique su composición, que será sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien, porque para escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho. Así queremos que los niños de América sean: hombres que digan lo que piensan, y lo digan bien, hombres elocuentes y sinceros.

 

 Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena que el hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar. Porque las mujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones y de modas. Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las niñas entienden mejor, y para ellas las escribiremos de modo que les gusten; porque La Edad de Oro tiene su mago en la casa, que le cuenta que en lar almas de las niñas sucede algo parecido a lo que ven los colibríes cuando andan curioseando por entre las flores. Les diremos cosas así, como para que las leyesen los colibríes, si supieran leer. Y les diremos cómo se hace una hebra de hilo, cómo nace una violeta, cómo se fabrica una aguja, cómo tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las niñas también pueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos cuanto quieran saber, y mandarnos sus composiciones para la competencia de cada seis meses. ¡De seguro que van a ganar las niñas!

 

 Lo que queremos es que los niños sean felices, como los hermanitos de nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un niño de América por el mundo, nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y diga donde todo el mundo lo oiga: “¡Este hombre de La Edad de Oro es mi amigo”

 

 

Educación

De Simón Rodríguez a José Martí

Para los que hemos hecho de la pedagogía nuestra razón de vida, el acercamiento a las ideas de Simón Rodríguez  y de José Martí es una obligación de primer orden que nos permite entender los esfuerzos de los procesos revolucionarios y populares en nuestro continente por elevar los niveles de educación y cultura de la “gente de a pie”, los millones que nacen y mueren desesperanzados o con  la triste misión de ser “mano de obra barata”.

 

 Desde principios del siglo XIX el maestro Simón se propuso llevar la educación a toda la sociedad y romper el monopolio del saber que ostentaban los poderosos, sus enseñanzas e inquietudes ideológicas lo pusieron al lado de lo más progresista de la humanidad y en su desandar por el mundo conoció de los sueños e ideas de los pedagogos de avanzada y los pensadores del socialismo utópico, por eso este gran “loco” volvió a América y soñó con la posibilidad de que en repúblicas nuevas, hubiera una escuela nueva, basada en la enseñanza popular, la cultura autóctona y los más adelantados métodos de su tiempo.

 

 Lo que no cambió en América fue el status de poder, los oligarcas se vistieron de “padres de la patria” y se avergonzaron de su indiada, de los descendientes de negros y del mestizaje feraz como la naturaleza de estas tierras y condenaron a Simón Rodríguez al olvido y al mencionarlo, parecía que solo sus méritos eran por haber sido el maestro de Bolívar y que este “lunático” no merecía más recuerdo que la mención.

 

 He aquí que algo cambia en América Latina y este “señor de la enseñanza” se levanta como ideólogo de la unidad, de lo auténtico americano y se entronca en su saber de humanidad con otro sencillo hombre de estas tierras, nuestro José Martí, con quien se hermana por la similitud de esfuerzo para educar pueblos, levantar conciencia, alertar peligros y mantener vigencias.

 

  Por esta razón quisiera traer algunos fragmentos del ensayo que Salvador Morales[1] le dedicara a estas dos grandes figuras intelectuales de nuestra América Latina, obra que muestra la cercanía ideológica de estos dos paradigmáticos maestros y políticos:

 

« Sin dudas, Rodríguez, como Martí, fue un ardiente propugnador de una democratización amplia de la enseñanza y de la educación. Educación popular, para la masa infantil más humilde, los niños pobres, los hijos de los indios y negros y mestizos que trabajaban para satisfacer escasamente sus pocas necesidades, y en exceso las muchas de sus amos y patrones. Educación social republicana, para hacer ciudadanos, con arraigados sentimientos del deber social, con una “conciencia social”.[2] Educación para todos por igual, a fin de crear por ella sentimientos de igualdad.

 

« Tanto para uno como para otro la educación era la panacea que debía conducir a reformas de la sociedad americana pos-colonial. Rodríguez y Martí distinguían la instrucción de la educación, y las creían complementarias y necesarias. Extendían la necesidad de educación igual a todos los sectores sociales, porque consideraban que ella sería un factor de igualdad. Cuestionaban la escala social basada en la riqueza y le oponían la jerarquización basada en el saber. Vieron que la felicidad del pueblo estaría en relación directa con la dirección de los sentimientos sociales de justicia inculcados y el desarrollo de un pensamiento científico. Abogaron por la extensión de la noble tarea de enseñar y educar, exaltaron el papel de los maestros en llenar esa necesidad que a ningún ser humano debe excluir, el cual debe luego transmitir y emplear correctamente lo aprendido. Y es que Rodríguez columbró que la unidad de los americanos debía ser consustancial con un proceso de democratización republicana y popular, que tomara en consideración no sólo las necesidades y aspiraciones de lo que entonces llamaban el “pueblo bajo”, sino también los medios de elevarlo para fundar en él la riqueza pública y “el honor que podrían hacer a sus conocimientos”[3]

 

« Sin estos elementos, considera imposible la fundación de una sociedad genuinamente democrática, republicana. Por la relación entre el saber de los pueblos y el poder de sus instituciones, estima que la “instrucción social debe ser general sin excepción”.[4]

 

 « Rodríguez propuso: “La instrucción debe ser nacional-no estar a la elección de los discípulos, ni a la de sus padres.”[5]

 

 «  Y Martí: “Educación popular no quiere decir exclusivamente educación de la clase pobre; sino que todas las clases de la nación, que es lo mismo que el pueblo, sean bien educadas.”[6]En lo que respecta a una cuestión no clara entonces, la de la relación entre instrucción y educación, Rodríguez dice en Luces y virtudes sociales: “Instruir no es educar; ni la instrucción puede ser un equivalente de la educación, aunque instruyendo se  eduque.”[7] Martí escribió en su compacto resumen “Educación popular”, “instrucción no es lo mismo que educación: aquella se refiere al pensamiento, y esta principalmente a los sentimientos. Sin embargo, no hay buena educación sin instrucción.

 

 « Las cualidades morales suben de precio cuando están realzadas por las cualidades inteligentes”.[8] Esas cualidades morales son las palancas para la difusión por toda la sociedad de la conciencia del deber social, mediante una cadena de homogenización de esta.

 

 « Otra importante faceta común de las concepciones pedagógicas de ambos pensadores es la del papel del trabajo en la educación de los niños. Fue Simón Rodríguez un pionero de la combinación del estudio y el trabajo: “Toca a los maestros hacer conocer a los niños el valor del trabajo, para que sepan apreciar el valor de las obras.[9]  Estas ideas las llevó a la práctica en sus frustradas experiencias de Bogotá y Chuquisaca. Las clases poseedoras estimaban deleznable todo trabajo manual, se escandalizaron y pusieron todo género de trabas para hacerlo fracasar.

 

«  Ese mismo criterio pedagógico sostenía Martí al declarar que “en la escuela se ha de aprender el manejo de las fuerzas con que en la vida se ha de luchar. Escuelas no debería decirse, sino talleres. Y la pluma debía manejarse por la tarde en las escuelas; pero por la mañana, la azada”.[10] Numerosas son las referencias, en ambos pensadores, al papel del trabajo en la educación social. Principio pedagógico que en Cuba sólo se ha aplicado después del triunfo de la Revolución. La educación revolucionaria cimentada en estos predecesores aspira a que el hombre sea educado en el valor del trabajo mediante el trabajo. En ese principio los jóvenes se adiestran, toman conciencia de su utilidad social, del deber con la sociedad, de una nueva mentalidad.

 

 « Ambos estaban por la enseñanza nacional y científica, por ello chocaban con los criterios escolásticos y teológicos dominantes. Rodríguez pensaba que debían impartirse cuatro tipos de conocimientos a los alumnos: “Instrucción social, para hacer una nación prudente; corporal, para hacerla fuerte; técnica, para hacerla experta; científica, para hacerla pensadora.”[11] Años después, se produjeron nuevos descubrimientos que reclamaban un papel más activo de la ciencia: “A nuevas ciencias”, observó Martí, “que todo lo invaden, reforman y minan nuevas cátedras.”[12] Cátedras que deben comenzar su acción esclarecedora desde la escuela primaria: “Que la enseñanza elemental sea ya elementalmente científica: que en vez de la historia de Josué, se enseñe la de la formación de la tierra.”[13]

 

« Ciertamente, el fanatismo y la ignorancia han ido de la mano con el retraso y la miseria, con la opresión y el servilismo desesperanzado. Bien sentencia el maestro de Bolívar: “Al que no sabe cualquiera lo engaña. Al que no tiene cualquiera lo compra. ”[14]  Martí, coincidiendo, va más allá en su análisis:

 

 “A un pueblo ignorante puede engañársele con la superstición, y hacérsele servil. Un pueblo instruido será siempre fuerte y libre. Un hombre ignorante está en camino de ser bestia, y un hombre instruido en la ciencia y en la conciencia, ya está en camino de ser Dios. No hay que dudar entre un pueblo de Dioses y un pueblo de bestias. El mejor modo de defender nuestros derechos, es conocerlos bien; así se tiene fe y fuerza: toda nación será infeliz en tanto que no eduque a todos sus hijos. Un pueblo de hombres educados será siempre un pueblo de hombres libres.-La educación es el único medio de salvarse de la esclavitud. Tan repugnante es un pueblo que es esclavo de hombres de otro pueblo, como esclavo de hombres de sí mismo.”[15]»

 

 

 


[1] “Simón Rodríguez y José Martí, convergencia y actualidad de ideas”: Salvador Morales Anuario Centro de Estudios Martianos, 1985 Nº 8. Pág. 186-199. Las notas del propio para este trabajo pertenecen al propio Salvador Morales

[2] S. Rodríguez: Sociedades Americanas en 1828, en Obras Completas, Caracas,1975, t. 1, p.  284

[3] Ídem, p. 286.

[4] S. Rodríguez: “Extracto de la introducción” a Sociedades Americanas en 1828, en ob. cit., t. 1, p. 302.

[5] S. Rodríguez: Luces y virtudes sociales,  ob. cit., t. II, p. 108.

[6] José Martí: “Educación popular”, en Obras Completas, La Habana, 1963-1973, t. 19. p. 375.  Desde 1875 en México es un ardiente partidario de la educación popular y apoya los intentos de aplicarla en México, Guatemala y Venezuela.

[7] S. Rodríguez: Luces y virtudes sociales, en ob. cit., t. II, p. 136.

[8] J.M.: “Educación popular”, O.C., t. 19, p. 375.

[9] S. Rodríguez: “Extracto de la obra ‘Educación republicana’ “, en ob. cit., t. 1, p. 230. S. Rodríguez: “Extracto de la obra ‘Educación republicana’ “, en ob. cit., 1. 1. p. 237. El papel del trabajo, en el proyecto de Rodríguez, llega a alcanzar una “vigorosa proyección socioeconómica”, corno señala Alfonso Rumazo en el “Estudio introductor” a sus Obra Completas y cita: “La intención no era. corno se pesó llenar al país de artesanos rivales o miserables, sino hacer hombres útiles, asignarles tierras y auxiliarlos en su conocimiento; era colonizar el país con sus propios hijos”. Ob. cit., t. 1, p. 92. Es decir, crear una república basada en los pequeños productores y artesanos.

[10] J.M.: “Peter Cooper”, O.C., t. 13, p. 53.

[11] J.M.: “Educación científica”, O.C., t. 8, p. 278. En sus artículos en La América de Nueva York, insiste en la educación técnica y científica, masiva y actualizada, con igual énfasis que Rodríguez.

[12] Ídem

[13] Ídem

[14] S. Rodríguez: Sociedades americanas en 1828, en ob. cit., t. 1, p. 283.

[15] J.M.: “Educación popular”. O.C., t. 19, p. 375- 376.

Educación

José Martí un defensor del libro y sus virtudes

 La década de los 90s en Cuba y sus necesidades cotidianas desempolvaron  entre nosotros los cubanos un viejo oficio, que tiene en su alquimia mucho de promotor cultural, un poco de comerciante y otro tanto del conversador natural que hay en la persona instruida.

 

 Reaparecía el librero con su carga de papel impreso en aceras y viejos portales, haciéndole la contrapartida a la librería, que a falta de nuevos títulos, vendía y compraba, en un mercado de libros que llegó a contar hasta con su subasta.

 

 De este instructivo “vicio” de buscar, regatear, comprar (o no) y leer  libros viejos, nos llenamos muchos, agarrados a la esperanza de  no dejarnos arrastrar por el pragmatismo de la necesidad material, tan difícil de resolver en aquellos años y también en estos.

 

 Llenos de polvo, mostrando las huellas de las lecturas pasadas, estaban los amigos de siempre, invitándonos a una nueva cita con el cuento leído hace mucho o haciéndonos saltar ante el perseguido ejemplar que nunca llegó a nuestras manos y ahora estaba ahí, por unos pocos pesos, precio que era dos, tres y más veces el que tuvo originalmente durante aquellos años del boom editorial de la Cuba de los 60s y hasta los 80s, en que salían por miles de las imprentas para llenar las expectativas del lector cubano.

 

 Desde entonces me hice costumbre casi ritual, el peregrinar cada sábado por las calzadas de “Carlos III” y “10 de Octubre”, o simplemente detenerme en cualquier sitio en que estos amigos del saber montaban sus muestras ambulantes. Buscaba la novedad libresca y disfrutaba el “erótico” placer de acariciar libros raros, ediciones agotadas, mientras descubría el autógrafo de alguien y la nota hermosa de un buen lector. Esta no solo fue fiebre de estos años, leer y saber, es placer de gente culta que hace de estos, hábitos necesarios y duraderos.

 

 Así ocurrió con nuestro Martí, hombre sorprendente por su nivel de información, sus avanzadas opiniones y altísima cultura general, lo que unido a sus dotes humanas y políticas, lo hacen un paradigma de hombre culto que expresó muchas veces su opinión sobre los libros y la lectura como factores de desarrollo de un pueblo y de los individuos en particular.

 

 En 1889 al escribir sobre el sabio cubano Antonio Bachiller y Morales, considerado el padre de la bibliografía cubana, describe los paseos matinales de este, por un barrio de Nueva York, buscando libros de uso:

 

“Luego de escribir bajaba a pie, revolviendo despacio las mesas de los librovejeros[1], por si hallaba un “tomo de Spencer que no valiera mucho” o de Darwin, “que de ningún  modo le parece bien”, o de un Caselles que anda por ahí (…) Un día compraba un “Millevoye” de Ladweat (…) Otro día llegaba dichoso al término del viaje, que era la librería de su yerno Ponce de León, porque en un mismo estante había encontrado la edición de Lardy de Derecho Internacional de Blüntschli y la Fascinación de Gula donde cuenta los mitos semejantes a los indios de Haití el nacimiento y población de los cielos escandinavos (…)[2]

 

 Nótese la forma de llamar al vendedor de libros de uso, y la exaltación del placer del sabio  en este encuentro con el conocimiento nuevo que le brinda el descubrir, lo no leído o la nueva versión de lo conocido, placer compartido por el Apóstol cubano, quien no dejó ocasión para expresar su opinión sobre el libro como vehículo de cultura:

 

 “Un libro aunque se a de mente ajena, parece cosa nacida de uno mismo, y se siente uno como mejorado y agradado con cada libro nuevo (…) Bien es que entre los libros, porque no hay serie de objetos inanimados que no refleje las leyes y órdenes de la naturaleza viva, hay insectos: y se conoce el libro león, el libro ardilla, el libro escorpión, el libro sierpe. Y hay libros de cabello rojo y lúgubre mirada (…)[3]

 

 A los libros dedica buena parte de sus trabajos periodísticos, desde la revista “La América” de Nueva York, en la que colabora de forma asidua, se propone reseñar obras que fueran importantes para los pueblos hispanoamericanos, “(…) hablamos de esos libros que recogen nuestras memorias, estudian nuestra composición, aconsejan el cuerdo empleo de nuestras fuerzas, fían en el definitivo establecimiento de un formidable y luciente país espiritual americano, y tiende a la saludable producción del hombre trabajador e independiente en un país pacífico, próspero y artístico(…)[4]

 

 Martí se contenta con el triunfo alcanzado por el científico cubano Felipe Poey con su libro sobre la ictiología de Las Antillas, premiado en Europa y elogiado en Norteamérica.

 

 Levanta con su palabras un monumento a Antonio Bachiller y Morales, un enciclopedista cubano, al que no duda en calificar de, “Americano apasionado, cronista ejemplar, filólogo experto, arqueólogo famoso, filósofo asiduo, maestro amable, literato diligente (…) orgullo de Cuba (…) y ornato de la raza”[5]

 

 Muchos otros autores cubanos e hispanoamericanos son reseñados por él, cuando aparecen sus libros que considera de utilidad pública o va cumplir un rol social importante.

 

 Algo similar hará con los libros impresos en los Estados Unidos o de Europa, países  que elogia por la gran cantidad y calidad de libros  que producen, señalando como un mérito para las editoriales norteamericanas por sobre las europeas el hecho de publicar un mayor número de libros de ciencias, “prácticos y útiles que expanden el conocimiento”.

 

 Agudo en su juicio no se dejar seducir por la novedad, ni el gigantismo de la sociedad estadounidense y sus artículos sobre libros los dirige a su modesta América, necesitada de un mayor impulso en su desarrollo y el reencontrarse con sus raíces preteridas.

 

“Cada libro nuevo, es piedra nueva en el altar de nuestra raza. Libros hay sin meollo, o de mero reflejo, que en estilo y propósito son simple exhibición en lengua de Castilla de sistemas inmaduros, extranjeros, e introducción desdicha en nuestras tierras nuevas, ingenuas, aún virtuosas y fragantes(…)”[6]

 

 Sus valoraciones del libro como fuentes de conocimiento, las comparte con las revistas que aparecen a fines del siglo XIX en los Estados Unidos y Europa, no como prensa literaria propia de poesía u otras formas de la literatura , sino como vehículo de divulgación científica y cultural en general:

 

 “Leer una buena revista es como leer decenas de buenos libros: cada estudio es fruto de investigaciones cuidadosas, ordenados extractos y composición hábil de libros diversos (…)”[7]

 

 Así vio Martí al libro, factor importante en la expansión de la cultura, que él creyó necesario hacerla llegar a todas las capas sociales, primero enseñándoles las primeras letras a los más humildes y luego incentivando la aparición de bibliotecas públicas con horarios nocturnos para permitir que “(…) vayan, como a un hogar de alma y cuerpo en que ambos reciben amparo del frío (…)”[8]

 

 Sus ideas en cuanto al uso del libro para el mejoramiento humano sientan las bases para la concepción actuales de desarrollar la cultura general integral que se impulsa en Cuba.

 

 Sus preocupaciones porque la información más avanzada llegue a los pueblos de América Latina y de que fuera el libro el vehículo de transmisión cultural más importante, no ha perdido vigencia y amerita meditar sobre este soporte de conocimiento que parece ceder ante las nuevas tecnologías y el que siempre tendrá un espacio en la cultura humana, tenga la forma que tenga.


[1] Palabra que designa al vendedor de libros viejos y que parece un neologismo de Martí

[2] Obras Completas de José Martí. Tomo V: 150, La Habana 1975

[3] Obras Completas de José Martí. Tomo XIII: 420, La Habana 1975

[4] Obras Completas de José Martí. Tomo VIII: 314, La Habana 1975

[5] Obras Completas de José Martí. Tomo V: 96, La Habana 1975

[6] Obras Completas de José Martí. Tomo VIII: 313, La Habana 1975

[7] Obras Completas de José Martí. Tomo XIII: 437, La Habana 1975

[8] Obras Completas de José Martí. Tomo IV: 239, La Habana 1975

Educación

“La Edad de Oro”, la revista de Martí

 

Este año se están cumpliendo 120 años de la aparición en Nueva York de una singular revista dedicada a los niños, escrita íntegramente por José Martí. Corría el mes de julio de 1889 y el Apóstol estaba inmerso en su labor en su labor organizativa para lograr la unidad de los patriotas cubanos en busca de la tan anhelada independencia de la isla; pese a ello dedicó un tiempo a realizar uno de sus sueños intelectuales, escribir una revista para los más jóvenes.

 

¿Qué lo inspiró?, el deseo de hacer una publicación dirigida a los niños de América Latina en la que junto a las enseñanzas éticas y pedagógicas, el lector aprendiera de la historia de su continente, desde sus orígenes hasta las luchas independentistas, enfatizando en el compromiso que como latinoamericanos tenían.

 

 Si para él esa América mestiza tenía mucho de que enorgullecerse, mucho más importante era garantizar que las nuevas generaciones fueran conciente de su responsabilidad con sus pueblos, todo esto escrito de un modo novedoso, sencillo, sin caer en maniqueísmos, tratando al niño y al adolescente con la seriedad y el respeto que merecían.

 

 Qué modo más hermoso de contarles sobre los pueblos originarios de América en  “Las ruinas indias”, donde la cultura de esas grandes naciones amerindias  se describen con sus luces y sombras, pero con el orgullo de tenerlas como pasado vivo en una época en que muchos intelectuales de este continente se avergonzaban de sus orígenes ancestrales.

 

  A las luchas independentistas en América dedicó uno de sus más hermosos trabajos aparecido en “La Edad de Oro”, “Tres héroes;  en el que partiendo de las figuras de Simón Bolívar, José de San Martín y el cura mexicano Miguel Hidalgo, resalta con sentidas palabras, en las que no esconde su orgullo, las hazañas de los pueblos latinoamericanos por sacudirse el yugo español.

 

 No se detuvo aquí y en el breve espacio de los cuatro número que pudieron publicarse de la revista, les habla a los infantes sobre la revolución científico técnica que se generaba en los grandes centros del capitalismo, resaltando los cambios que se producían, su utilidad y el provecho que podían sacar los pueblos de nuestra América si sabían poner estas fuerzas al servicio del progreso social, y junto a estas temáticas las narraciones y poemas de hermosa factura y acabada intencionalidad ética en el que su exaltación de la bondad como condición del ser humano se contrapone al racismo, el egoísmo, la avaricia, las ansias de poder y otros muchos antivalores que tienen por antídoto al “bien”.

 

 Este es el proyecto de José Martí para los niños de América Latina, la revista “La Edad de Oro” recopilada hoy en un libro de cabecera del niño y el adolescente cubano y en el que están expresados sus sueños de creador.

 

 Por último queremos transcribir un fragmento del prólogo que escribiera el Maestro para el primer número de la revista:

 

A los niños que lean “LA EDAD DE ORO”

Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo; un niño bueno, inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace para caballero, y la niña nace para madre. Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana, y con las madres de mañana; para contarles a las niñas cuentos lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para decirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, con palabras claras y con láminas finas. Le vamos a decir cómo está hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora para eso se publica LA EDAD DE ORO: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás tierras: y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para que cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la piedra y qué quiere decir cada color; para que el niño conozca los libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los pueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres, donde suceden cosas más raras  e interesantes que en los cuentos de magia, y son magia de verdad, más linda que la otra: y les diremos lo que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra: y les contaremos cuentos de risa y novelas de niños, para cuando hayan estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar. Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean como cosa de su corazón.

 Lo que queremos es que los niños sean felices, como los hermanitos de nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un niño de América por el mundo, nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y diga donde todo el mundo lo oiga: “¡Este hombre de La Edad de Oro es mi amigo!”

 

La Edad de Oro Nº 1 Julio, 1889

 

 

 

 

 

Educación

La ética en Martí

Notas para una conferencia con jóvenes estudiantes del nivel medio, en enero de 2009 en el Museo de la Revolución.

Resulta muy de actualidad hablar de ética en  Cuba, cuando la Revolución ha emprendido un camino de reencuentro con los mejores valores del hombre como principio básico para continuar una obra humana y apegada al pueblo.

 

 Los valores, relegado muchas veces por necesidades del diario a un segundo plano y a veces, no pocas, potenciados a primer plano cuando nos conviene, no son un ropaje que podemos asumir por conveniencias, sino principios éticos que están en la misma base de la cultura de la sociedad.

Para dejar bien en claro de lo que estamos hablando acudamos a la definición de la palabra ética:

“Ética. Adjetivo. Conforme a la moral.  Parte de la filosofía que trata de la moral y de las obligaciones del hombre. Conjunto de normas morales que rigen la conducta humana.”

 En el aniversario 156 del natalicio de José Martí hemos decidido hablar de este hombre para resaltar  no solo lo que dijo sobre la ética, sino su modo  de vivir, que constituye un ejemplo de cómo enfrentar la vida bajo principios morales de eticidad.

 Nacido en el seno de una familia humilde, creció  bajo los valores de honestidad, honradez, apego a la verdad, amor al trabajo, respeto a sus mayores, obediencia y colaboración con los de más, normas ética que en conjunto conformaban lo que en nuestra sociedad llamamos una persona decente, que honra ante todo a su familia y se prepara para cumplir su misión social.

 

Su familia numerosa, pasó muchas estrecheses económicas pero en su seno prevaleció el principio de mantenerse con la manera honrada de  ganar el sustento. Su padre, funcionario público, en una época en que fue muy común que estos vendieran sus favores a quien podía pagarlos, tuvo muchas dificultades con sus superiores por las quejas de quienes no podían sobornarlo. Baste el ejemplo de su actuación en Caimito de Hanábana, cuando interceptó un alijo ilegal de esclavos y fue destituido de su cargo, a pesar de que actuaba bajo los principios de la Ley colonial.

 

 Aún niño, pudo contemplar el triste espectáculo de la esclavitud, enseñoreada en Cuba, como cruel anacronismo que no entendía dados sus cortos años, pero que no dejaron de  estremecerlo de dolor y repulsa, al punto de sellar para consigo el compromiso de combatir aquella bárbara práctica que sometía a seres semejante a la condición de animales de trabajo a los que se podía negar todos los derechos.

 Adolescente, llega a la escuela de Rafael María de Mendive y junto a él incorpora un nuevo sentimiento más elevado de comprensión y amor social, el sentido de pertenencia a una comunidad identitaria que pugna por ser libre para alcanzar sus objetivos propios, negados por su metrópoli. Nace así su amor a la patria, a su pueblo, su identificación con sus anhelos, y sin negar  sus bases éticas, crece, ahora como patriota.

 

José Martí paga muy caro su lealtad a sus principios éticos, es encarcelado por conspirar contra España y es sometido a trabajos forzados. No hablamos de un adulto, sino de un jovencito en la flor de la vida.

 

Soy de los que piensa, que ustedes los jóvenes deben acercarse a este Martí. El que tuvo la edad de ustedes, vuestras dudas y temores, sueños y convicciones, pero creció sobre ellas y con ellas para convertirse en la persona que es, el Héroe Nacional, producto de su perfeccionamiento personal, logrado en la interacción con su tiempo y la sociedad, representada por la familia, los amigos, condiscípulos, maestros y también por el gobierno colonial y los enemigos de su causa.

 

El mismo que a los quince años era conciente del compromiso con su país; a los dieciséis publica los primeros trabajos políticos y es detenido; a los diecisiete se enfrenta al tribunal militar y defiende el derecho de Cuba a la independencia, por lo que es condenado a prisión y trabajo forzado; a los dieciocho escribe en la misma España, El Presidio Político en Cuba y a los veinte le exige al gobierno republicano español que le concedan a Cuba los mismos derechos de libertad que ellos quieren para España.

 

Como ven no tuvo que esperar a madurar biológicamente para  comprender cuál era su lugar en su tiempo, sino que calladamente cumplió con esos deberes que le marcaron su ética individual y social, que para Martí no iban disociada sino unida en un todo.

 

 Respondiendo a esos principios morales emprendió lo que siempre consideró era su primero y más importante deber, contribuir al mejoramiento humano y ese principio pasaba por la independencia de Cuba, el desarrollo cultural del hombre, la dignificación de los pueblos latinoamericanos, el vencimiento de los peligros de anexión y sometimiento a los Estados Unidos, la condena a todo tipo de discriminación o coacción moral al hombre y el desarrollo de la bondad como sentimiento mayor humano.

 

“Ser bueno” era su paradigma ético para la formación de las nuevas generaciones, lo reitera en sus conversaciones con los niños desde las páginas de su revista “La Edad de Oro”, el niño cortés, humano, solidario, como diríamos hoy, es la base del ser humano que será mañana y junto a esto una preocupación  constante por el estudio, la superación en todos los sentidos y no solo en la adquisición de títulos, siempre, su elevación espiritual, el cultivo de la sensibilidad para lo estético, junto a lo ético.

 Lo bello como categoría no solo estética, sino ética, cultivando la capacidad de ver lo bello aún en lo aparentemente feo, vivir en busca de lo hermoso y llegar a fundir de tal modo lo ético y lo estético, que cuando falte uno de ellos en el otro tengamos la sensibilidad de notarlo y luchar por corregirlo.

 Hombre integral, Martí no emprendió nada sin que estuvieran presente sus principios éticos, tanto en su labor cultural, como política.  En lo cultural, sabemos que cultivó la poesía, la prosa reflexiva, la traducción, la oratoria y la enseñanza en sentido general y en todo su obra procuró desarrollar la utilidad de la virtud, es decir, nada vano, nada superfluo, ni aún en el entretenimiento, por lo que fue creando un paradigma de enseñanza, que no envejece, sino que gana vigencia con las tareas que emprende la sociedad revolucionaria cubana.

 

En lo político, no fue Martí de los que pensaba que el fin justificaba los medios, no podían conseguirse fines elevados, si estos estaban basados en la coacción de la libertad del hombre, en la postergación de principios para facilitar objetivos o alianzas, si no se apelaba a la ética social basada en la unidad de propósitos o trasparencia en el logro de metas.

 El pensamiento de Martí está basado en la nobleza de ese fin,  alcanzar una República … con todos y para el bien de todos, de reconocer a la humanidad como patria del hombre; la convicción de que un principios justo es muy poderoso y que solo basado en la ética el hombre crece y es humano.

 ¿No son acaso estas ideas las que guían a la Revolución Cubana?, Si, lo son, pero la Revolución, la sociedad, lo somos todo y no se puede pretender  llevar la moral como piel de camaleón que cambia según las circunstancias, Martí con su vida breve, telúrica y ejemplar nos da la pauta de lo que debemos ser.

 

Educación

José Martí, el maestro

Estas notas fueron escritas en diciembre de 2008 para compartirlas con un grupo de jóvenes maestros cubanos en ocasión de la jornada del educador de ese año, por lo que resumen quiero compartirlas con mis amigos.

 

 En las circunstancias actuales de nuestro país, donde el estudio permanente ha ganado un lugar preponderante en la formación del ciudadano, en un mundo competitivo, con un torrente de información que puede llegar a saturar y no enseñar, vale la pena acudir a Martí, ese adelantado cubano del siglo XIX que parece estar a nuestro lado proponiéndonos como fórmula fundamental  para esta educación permanente, un estudiante preparado para aprender solo, él frente al contenido y la información, como solución a su constante y necesaria actualización, aunque no hay que olvidar el valor del estudio colectivo como consolidador de saberes y formador del engranaje social que hace al ser humano parte de un grupo.

 

 José Martí desde muy joven impartió clases y era evidente que disfrutaba del oficio de enseñar, aunque  resalta su labor teórica dentro de la pedagogía y la formación del hombre. Conoció las formas de la enseñanza de su época, no solo las que se aplicaban en Cuba, con sus rezagos escolásticos y las influencias más liberarles que aplicaban maestros de avanzada, sino también que se mantuvo al tanto de los más adelantados métodos didácticos y educativos que se aplicaban en Estados Unidos y Europa, a los cuales sometió al criterio de la práctica cotidiana y a la crítica ideológica.

 

 Para él estaba claro que enseñar no era solo trasmitir conocimientos, sino formar valores éticos y morales que hicieran del alumno un mejor ser humano. En Martí el magisterio fue permanente, disfrutando del placer de trasmitir información y crear conciencia en los educandos.

 

 Puede considerársele un precursor de los métodos contemporáneos de enseñanza por el empleo de concepciones y procedimientos novedoso en el acto de enseñar, que superaba los niveles de desarrollo alcanzado por la didáctica y la metodología de su época.

 

 Es notoria su novedosa manera de enseñar gramática española para un grupo de adulto en una escuela nocturna de Nueva York,  para cuya enseñanza partió de la lengua viva que conocían los hablantes, sin valerse de las reglas y manuales al uso, porque su criterio era que de ningún lugar se aprendía más que de la vida práctica, sus discípulos eran obreros, gente humilde, en su mayoría negros, cubanos  emigrados a Estados Unidos en busca de mejor situación económica o por razones políticas.

 

 Su periodismo abundante y valioso está regido por un objetivo didáctico de mostrar el mundo, la sociedad, en sus cambios y momentos de desarrollo, máxime cuando estaba inmerso en la sociedad de más dinámico impulso tecnológico y científico de su tiempo, los Estados Unidos. Para estos fines todo tema es propicio para desarrollar y difundir conocimientos.

 

  Allá por la década de los 70 del siglo XIX, aparecen sus primeras reflexiones sobre temas educativos, aparecidas en la Revista Universal de México bajo el seudónimo de Orestes y  en los 80  publica  sus primeros artículos pedagógicos, uno de ellos referido  al maestro ambulante, una novedosa idea entonces para que los niños del campo aprendieran sin abandonar su medio; su acertado razonamiento lo lleva a la conclusión de que a este niño campesino era necesario enseñarle cosas que le fueran necesaria en su vida, sobre la naturaleza y la agricultura:

 

“Es necesario mantener a los hombres en el conocimiento de la tierra y en el de la perdurabilidad y trascendencia de la vida.”

“Ser bueno es el único modo de ser dichoso.

 

“Ser culto es el único modo de ser libre.

“Pero, en lo común de la naturaleza humana, se necesita ser próspero para ser bueno.

“Y el único camino abierto a la prosperidad constante y fácil es el de conocer, cultivar y aprovechar los elementos inagotables e infatigables de la naturaleza. La naturaleza no tiene, celos, como los hombres. No tiene odios, ni miedo como los hombres. No cierra el paso a nadie, porque no teme de nadie. Los hombres siempre necesitarán de los productos de la naturaleza. Y como en cada región sólo se dan determinados productos, siempre se mantendrá su cambio activo, que asegura a todos los pueblos la comodidad y la riqueza”

 

 Mucho vio el Apóstol en su tiempo de residencia en los Estados Unidos, de esa época son la mayoría de sus escritos sobre temas de educación, que abarcarán diversos aspectos que van desde lo ético al contenido de las escuelas, opinando que la educación no podía estar divorciada de la vida y que si un país quiere ciudadanos útiles y cultos, debe formarlos en base al más actualizado estudio de las ciencias, pero no en la abstracción de los libros y las fórmulas solamente, sino en su interacción con la vida. Nada debe enseñarse, sino se sabe su utilidad y para ello el alumno debía estar vinculado al taller, la experimentación, la tierra, la investigación y la práctica en sentido general.

 

 Esta escuela creadora que Martí promueve no debía formar solo al ser humano en el conocimiento de las ciencias, sino que él presta una atención especial a la formación ética y espiritual del ciudadano.

 

 Al analizar la escuela norteamericana y europea de su tiempo, critica el fruto de su sistema: alumnos “duros” preparados para la competencia en un mundo de ofertas y demandas, en los que la espiritualidad no es cualidad prioritaria.

 

 El quería que el nuevo ciudadano de América fuera más que eso, preparado para la vida científico-técnica que se avizoraba, pero conocedor de su historia, capaz de asumirla y con un basamento ético humanista y solidario.

 

 En sus escritos pedagógicos dispersos en sus obras periodísticas, por suerte hoy recopilados por varios autores como Herminio Almendros y Elsa Vega Jiménez, José Martí trata temas tan interesantes como: la relación maestro-escuela; la relación de la educación con su época, la educación de la mujer(tan polémica en su época), la educación moral, la autoctonía en la enseñanza, la educación física, la relación estudio trabajo, la educación estética, la enseñanza de la historia, la educación práctica, la formación del maestro, la educación y la ternura, la relación de la educación y la enseñanza y muchos temas colaterales que muestran a un pedagogo integral preocupado porque el hombre comprenda la sociedad humana  y la naturaleza, viva en armonía con ella y este preparado para vivir en un mundo mejor.

 

 Su ideario pedagógico mantiene hoy su vigencia en Cuba  y en todos los que le quieran seguir en el mundo, dada su manera de interpretar  la educación del hombre, de modo integral y aplicando las más avanzadas técnicas y métodos del momento. Su profunda y amplia cultura, su experiencia social, su ideal democrático y revolucionario lo hacen uno de los intelectuales a citar en cuanto a la formación del hombre en la sociedad contemporánea.

 

Para cerrar esta breve semblanza sobre esta importante faceta de José Martí nada mejor que este fragmento de su pensamiento pedagógico:

 

“Educar es depositar en cada hombre la obra humana que le ha antecedido: es hacer a cada hombre resumen del mundo viviente, hasta el día en que vive: es ponerlo a nivel de su tiempo, para que flote sobre él y no dejarlo debajo de su tiempo, con lo que no podrá salir a flote; es preparar al hombre para la vida”

Educación

Los temas educativos de José Martí en la revista La América, 1884

El pensamiento pedagógico de José Martí tiene en la revista La América, editada en Nueva York, un sustento importante para desarrollar sus ideas sobre la educación para el ser humano en países como los de América Latina en los que el estancamiento de siglo de coloniaje permanecía aún a pesar de que se acercaban al centenario de su vida republicana. En su transitar por varios países de Hispanoamérica aprecia los esfuerzos reformadores de los gobiernos, pero conoce del freno de las oligarquías conservadoras, sus prejuicios para con los aborígenes, los mestizos y los descendientes de africanos, tenidos por ellos como gente de inferior clase, que se le soporta como animales de trabajo, pero se desprecia por ser freno de  la “civilización” que ellos pretendía crear al estilo de los países más avanzados de occidentes.

 

 En enero de 1884 asume la dirección de esta revista y aparece  un artículo suyo acerca de las grandes polémicas en los colegios norteamericanos sobre la implantación de la enseñanza científica y práctica a la que hace su aporte al escribir:

 

 “La educación, pues, no es más que esto: la habilitación de los hombres para obtener con deshago y honradez los medios de vida indispensables en que existen, sin rebajar por eso las aspiraciones delicadas, superiores y espirituales de la mejor parte del ser humano”[1]

 

 Concepto que completa con esta conclusión:

 

“La educación tiene un deber ineludible para con el hombre, -no cumplirlo es un crimen: conformarle a su tiempo- sin desviarle de la grandiosa y final tendencia humana. Que el hombre viva en analogía con el universo, y con su época (…)”[2]

 

 En la edición de febrero  reseña la enseñanza de los oficios en un colegio norteamericano, donde en el segundo párrafo dice:

 

“Ventajas físicas, mentales y morales vienen del trabajo manual(…)El hombre crece con el trabajo que sale de sus manos(…) el que debe su bienestar a su trabajo, o ha ocupado su vida en crear y transformar fuerzas, y en emplear las propias, tiene el ojo alegre, la palabra pintoresca y profunda, las espaldas anchas, y la mano segura, se ve que son esos los que hacen el mundo: y engrandecidos, sin saberlo acaso, por el ejercicio de su poder de creación, tienen cierto aire de gigante dichoso, e inspira ternura y respeto(…)”[3]

 

 Es evidente la importancia que da el Apóstol al trabajo como formador del ser humano y  su valor educativo en la conformación social y no como instrumento enajenante y  de explotación. Tal es su convencimiento de la importancia educativa del trabajo que escribe:

 

“Y detrás de cada escuela un taller agrícola, a la lluvia, al sol, donde cada estudiante  sembrase un árbol”[4]

 

Concepción que sirve de base a la escuela cubana revolucionaria, que potencia al trabajo como formador del “hombre nuevo” para la “sociedad nueva”, hombre culto, con una altísima preparación, pero dotado de los valores que hacen más noble al ser humano, altruismo, solidaridad, espíritu de grupo y comprometido con la construcción de la nueva sociedad.

 


[1] OC de José Martí, t. 8 p. 427

[2] Ídem

[3] Ídem, p. 288

[4] Ídem

Educación

Temas Educativos de José Martí en la revista La América. 1883

 En marzo de 1883 José Martí comienza a colaborar con la revista La América, publicación que se edita en Nueva York y tiene como contenidos fundamentales la divulgación en español de los avances que se producen en el mundo y fundamentalmente en los Estados Unidos en temas como la agricultura, industria y comercio; para el agudo sentido crítico de José Martí estas colaboraciones se convierten en  el análisis de lo que está pasando en ese país en materia de transformaciones económicas y sociales y principalmente en educación donde estos cambios tecnológicos determinan un replanteo de la enseñanza en sentido general. Es importante el sentido que él da a sus artículos,  dirigido a un público  hispanoamericano que siguen con curiosidad y deslumbramiento estos cambios de la sociedad capitalista desarrollada.

 

 En junio de 1883 escribe sobre los avances educacionales que se producen en Argentina, la apertura de nuevas escuelas enfatizando en la necesidad de formar gente con calificación técnica:

 

 “…Acólitos no dan ya las escuelas, sino agrónomos; no enfrenadores de almas, sino acariciadores de la tierra.”[1]

 

 Ese mismo mes escribe para el periódico La Nación de Buenos Aires párrafos que completan su idea sobre la educación popular:

 

“El hombre ignorante no ha empezado a ser hombre. El hombre lleva todas sus espadas y todas sus lanzas en la frente.

“…Puesto que a vivir viene el hombre, la educación ha de prepararlo para la vida. En la escuela se ha de aprender el manejo de las fuerzas con que en la vida se ha de luchar. Escuelas no debería decirse, sino talleres. Y la pluma debe manejarse por la tarde en las escuelas; pero en la mañana, la azada” [2]

 

 En muchos de sus trabajos para la revista La América, Martí hace agudas críticas a la enseñanza retórica y de un humanismo hueco y desfasado que se enseña en los países de América Latina de su tiempo y aunque no niega la necesidad de este humanismo bien encaminado para la formación de la espiritualidad del hombre hace constante reiteraciones sobre la necesidad de darle bases científicas y práctica a esta enseñanza:

 

“El mundo nuevo requiere la escuela nueva

“Es necesario sustituir al espíritu literario de la educación, (por) el espíritu científico

“Debe ajustarse un programa nuevo de educación, que empiece en la escuela de primeras letras y acabe en la Universidad, brillante, útil, de acuerdo con los tiempos, estado y aspiraciones de los países en que se enseña…”[3]  

 

En el mes de septiembre aparece su artículo Educación Científica en el que están más concretadas sus ideas sobre la necesidad de darle a la educación una bases científica, este análisis van dirigidos a las naciones de nuestra América constreñidas en su pedagogía a la tradición de la enseñanza memorística y letrista,  en el que la tradición religiosa marca la pauta ideológica y anticientífica:

 

“… Que se trueque de escolástico en científico el espíritu de la educación; que los cursos de enseñanza pública sean preparados y graduados de manera que desde la enseñanza primaria hasta la final y titular, la educación pública vaya desenvolviendo, sin merma de los elementos espirituales, todos aquellos que se requieren para la aplicación inmediata de las fuerzas del hombre a las de la naturaleza.-Divorciar el hombre de la tierra, es un atentado monstruoso. Y eso es meramente escolástico: ese divorcio,-A las aves, alas; a los peces, aletas; a los hombres que viven en la Naturaleza, el conocimiento de la Naturaleza: ésas son sus alas.

“Y el medio único de ponérselas es hacer de modo que el elemento científico sea como el hueso del sistema de educación pública.

“Que la enseñanza científica vaya, como la savia en los árboles, de la raíz al tope de la educación pública.-Que la enseñanza elemental sea ya elementalmente científica…

“Esto piden los hombres a voces:-¡armas para la batalla![4] 

 

A lo largo de todo el año 1883 las colaboraciones de José Martí para la revista La América llevan esta impronta de informar y opinar sobre los progresos que en materia de educación, y en otras esferas aparecen e los Estados Unidos siempre teniendo el cuidado de  advertir sobre el peligro de copiar e imitar, sin tener en cuenta nuestras característica como pueblos, ni las condiciones sociales que heredamos, pero sí con una convencida idea que mantiene su vigencia:

 

“En nuestro países ha de hacerse una revolución radical en la educación, sino no se les quiere ver siempre, como aún se ve ahora a algunos, irregulares, atrofiados y deformes…” [5]

 

 Esa carga de inequidad que aún tara los esfuerzos de las vanguardias progresistas de América Latina tienen en la educación una batalla dura pero necesaria. Con sectores marginados de la educación, de la cultura, apartados por la ignorancia de la posibilidades  de la decisión sobre su destino social e individual, es imposible aspirar a ese mundo mejor y posible al que aspiramos.

 


[1] OC de José Martí, t. 13 p. 321

[2] Ídem t. 13. pp. 52-53

[3] Ídem t. 8. p. 299

[4] Ídem t.8. p. 277

[5] Ídem t. 8. p.279

Educación

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