Martí Otra Visión

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Antimperialismo

Páez y Bolívar ante la independencia de Cuba

 En 1890 José Martí vivía en la ciudad de Nueva York y escribía ampliamente para la prensa de Hispanoamérica y para otros periódicos en español e inglés que se editaban en esta ciudad norteamericana.

 

 Su presencia triste en medio de muchas estrecheses y enfermo de Cuba, no impedían su mirada agradecida a quienes décadas atrás habían intentado ayudar a su isla para cortar el dominio español, por eso cuenta sobre el gersto solidario del general José Antonio Páez, quien al llamado de Bolívar para organizar una expedición que contribuyera a la expulsión definitiva del colonialismo español de América, se alistó para cumplir la orden:

 

“..¿Podrá un cubano, a quien estos recuerdos estremecen, olvidar que, cuando tras dieciséis años de pelea, descansaba por fin la lanza de Páez en el Palacio de la Presidencia de Venezuela, a una voz de Bolívar saltó sobre la cuja, dispuesto a cruzar el mar con el batallón de “Junín”, “que va magnífico”, para caer en un puerto cubano, dar libres a los negros y coronar así su gloria de redentores con una hazaña que impidieron la sublevación de Bustamante en el Perú, adonde “Junín” tuvo que volver a marchas prontas, y la protesta del Gobierno de Washington, que “no deseaba cambio alguno en la condición ni en la posición política de Cuba?…”[1]

 

 Desde entonces ya preparaba el gobierno de los Estados Unidos la inevitable caída de Cuba, cual “fruta madura” en la influencia de la nación norteña y Martí alerta sobre estas ambiciones reafirmando cual había sido la voluntad de los luchadores independentistas en el continente, llevar la libertad a la isla y ponerla en el concierto de repúblicas hermanas:

 

 “…Bolívar sí lo deseaba, que, solicitado por los cubanos de México y ayudado por los mexicanos, quiso a la vez dar empleo feliz al ejército ocioso y sacar de la servidumbre, para seguridad y adelanto de la América, ¡a la isla que parece salir, en nombre de ella, a contar su hermosura y brindar sus asilos al viajero cansado de la mar! Páez sí lo deseaba, que al oír, ya cano y viejo, renovarse la lucha de América en la isla, ¡volvió a pedir su caballo y su lanza!…”[2]


[1] Obras Completas de José Martí. Tomo 8, p.221

[2] Ídem

Antimperialismo, Habla José Martí

“Martí es la idea del bien que él describió”, Fidel Castro

En el año 2003 se reunieron en La Habana un buen número de intelectuales, profesionales y  estudiosos de la obra de José Martí para celebrar el 150 aniversario de su natalicio, fuera de los  logros aglutinadores de un evento de este tipo en el que le correspondió a la Sociedad Cultural José Martí jugar un rol muy importante, el saldo del evento es medible por las palabras de clausura del Comandante en Jefe Fidel Castro, en torno a la figura del Apóstol a quien logra resumir con palabras del propio Martí que extracta en la búsqueda y la práctica del bien el fin ético del hombre, estas palabras  de Fidel sobre el Apóstol son el homenaje  mejor de un hombre que con su obra de vida rinde un perenne homenaje a Martí, a continuación ofrecemos estos fragmentos del discurso de clausura del evento que así lo atestiguan:

 

“¿Qué significa Martí para los cubanos?

 

“En un documento denominado «El Presidio Político en Cuba», Martí cuando tenía 18 años, después de sufrir cruel prisión a los 16 con grilletes de hierro atados a sus pies afirmó: “Dios existe, sin embargo, en la idea del bien, que vela el  nacimiento de cada ser, y deja en el alma que se encarna en él una lágrima pura. El bien es Dios. La lágrima es la fuente de sentimiento eterno.”

 

“Para nosotros los cubanos, Martí es la idea del bien que él describió.

 

“Los que reanudamos el 26 de julio de 1953 la lucha por la independencia, iniciada el 10 de octubre de 1868 precisamente cuando se cumplían cien años del nacimiento de Martí, de él habíamos recibido, por encima de todo, los principios éticos sin los cuales no puede siquiera concebirse una revolución. De él recibimos igualmente su inspirador patriotismo y un concepto tan alto de honor y de la dignidad humana como nadie en el mundo podría habernos enseñado.

 

“Fue un hombre verdaderamente extraordinario y excepcional. Hijo de militar, nacido en un hogar de padre y madre españoles, deriva en profeta y forjador de la independencia de la tierra que lo vio nacer; intelectual y poeta, siendo un adolescente al iniciarse la primera gran contienda, fue capaz más tarde de conquistar el corazón, el respeto, la adhesión y el acatamiento de viejos y experimentados jefes militares que se llenaron de gloria en aquella guerra.

 

“Amante fervoroso de la paz, la unión y armonía entre los hombres, no vaciló en organizar e iniciar la guerra justa y necesaria contra el coloniaje y la injusticia. Su sangre fue la primera en derramarse y su vida la primera en ofrendarse como símbolo imborrable de altruismo y desprendimiento personal.  Olvidado y aún desconocido durante muchos años por gran parte del pueblo por cuya independencia luchó, de  sus cenizas, como ave Fénix, emanaron sus inmortales ideas para que casi medio siglo después de su muerte un pueblo entero se enfrascara en colosal lucha, que significó el enfrentamiento al adversario más poderoso que un país grande o pequeño hubiese conocido jamás.

“Más allá de Cuba, ¿qué recibió de él el mundo? Un ejemplo excepcional de creador y humanista digno de recordarse a lo largo de los siglos.

 

“¿Por quiénes y por qué? Por los mismos que hoy luchan y los que mañana lucharán por los mismos sueños y esperanzas de salvar al mundo, y porque quiso el azar que hoy la humanidad perciba sobre ella y tome conciencia de los riesgos que él previó y advirtió con su visión profunda y su genial talento.

 

“El día en que cayó, el 19 de mayo de 1895, Martí se inmolaba por el derecho a la vida de todos los habitantes del planeta.

 

“Es la ya famosa carta inconclusa a su amigo entrañable Manuel Mercado, que Martí interrumpe para marchar sin que nadie pudiera impedirlo a un inesperado combate, reveló para la historia su más íntimo pensamiento, que no por conocido y repetido dejaré de consignar una vez más: “Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber, (…)de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso.”

 

“Semanas antes, al suscribir en Santo Domingo el Manifiesto de Montecristi junto al ejemplar patriota latinoamericano Máximo Gómez, de origen dominicano y escogido por Martí como jefe militar de las fuerzas cubanas, próximo a partir hacia Cuba, entre otra muchas y brillantes ideas revolucionarias, Martí escribió algo tan admirable que, aun a riesgo de aburrir, también necesito repetir: “La guerra de independencia de Cuba(…) es suceso de gran alcance humano, y servicio oportuno que el heroísmo juicioso de las Antillas presta a la firmeza y trato justo de las naciones americanas, y al equilibrio aún vacilante del mundo.”

 

“Cuán precozmente escribió esta frase, que se ha convertido en el tema principal de este encuentro. Nada hay hoy más necesario y vital que ese  distante y al parecer utópico equilibrio.

 “En este instante en que se conmemora el 150 aniversario del natalicio de José Martí, el hombre que quizás por vez primera en la historia planteó el concepto del equilibrio del mundial, una guerra  está por comenzar como consecuencia del más colosal desequilibrio en el terreno militar que jamás existió sobre la Tierra.(…)

 

“Nadie crea que los individuos hacen la historia. Los factores subjetivos influyen, aceleran con sus aciertos o retrasan con sus insuficiencias y errores los procesos históricos, pero no determinan el resultado final. Ni siquiera un hombre tan genial como Martí –podría decirse igualmente de Bolívar, Sucre, Juárez, Lincoln y otros muchos hombres admirables como ellos- habría sido conocido por la historia de haber nacido por ejemplo treinta años antes o después.

 

En el caso de Cuba. De haber nacido nuestro Héroe Nacional en 1823 y cumplido 30 años en 1853, en medio de una sociedad esclavista y anexionista dueña de plantaciones y enormes masas de esclavos, y sin existir todavía el poderoso sentimiento nacional y patriótico forjado por los gloriosos precursores, no habría sido posible entonces el inmenso pape que  desempeñó  en la historia de nuestra Patria.

 

“Si algo me atrevo a sugerir a los ilustres visitantes aquí reunidos sería lo que veo que ya están haciendo. No obstante, a riesgo de cansarlos me permito repetir y reiterar: frente a las armas sofisticadas y destructoras con que quieren amedrentarnos y someternos a un orden económico y social mundial injusto, irracional e insostenible: ¡sembrar ideas! ¡sembrar ideas! ¡y sembrar ideas!; ¡sembrar conciencia!, ¡sembrar conciencia! ¡y sembrar conciencia!

 

Muchas gracias.”

 

 

Antimperialismo, Recepción martiana

Aniversario 115 del Manifiesto de Montecristi

A una nación que nace y que ya ha dado prueba de existir con vigor y razón, es a la que convoca José Martí en su célebre Manifiesto de Montecristi, documento firmado por él y Máximo Gómez, un 25 de marzo de 1895. Eran momentos de gran tensión los que se vivían en el movimiento independentista cubano, desde el 24 de febrero de ese año se había producido el levantamiento contra España y sin embargo los principales gestores del movimiento aún no habían podido arribar a la isla.

 

 Urgía que la sociedad cubana conociera el programa del Partido Revolucionario Cubano para organizar una patria propia, romper con la desconfianza de los menos radicales y garantizar que aquella no era revuelta de grupo sino cambio necesario que beneficiaria a todos los que vivían en la isla.

 

 El Manifiesto dejaba bien claro que la guerra no era contra el español que vivía en Cuba, sino contra el colonialismo y sus sostenedores, fueren quienes fueren, y que la república surgida de esa Revolución era la garantía del trabajo honrado y pacífico.

 

Nación de pueblo mestizo forjada en la fragua trasculturada de tres siglos de coloniaje y explotación de mano de obra negra y esclava, ya tiene en ese final del siglo decimonónico una personalidad propia,  contradictoria y variopinta, que hace temer a unos y sentirse extraños a otros dentro de este conglomerado social que de todos modos ha madurado y pugna por ser libre.

 

 Cuba era en el período de entre-guerras una fragua de ideas moviéndose entre dos polaridades de pensamiento político, por una parte el radical independentismo que ya ha dado pie al levantamiento de un pueblo por su libertad y que ahora reposa de forma turbulenta y crítica en la emigración combativa  y en la Cuba profunda de los campos y los humildes que conoce de la espera por una nueva clarinada. En el otro extremo la recurrente idea autonomista, versión nueva del viejo reformismo burgués que espera prosperidad y reconocida personalidad política, bajo la corona del león ibérico.

 

 Penden sobre la isla dos peligros reales, producto de problemas no resueltos por el colonialismo, la esclavitud infamante sostenedora de la riqueza de una poderosa clase oligárquica, conciente de su personalidad nacional, pero temerosa de perder sus caudales y las pretensiones anexionistas de la república yanqui alimentadas por el egoísmo de esta misma clase, que por proteger sus caudales y privilegios prefiere olvidar sus naturales sueños de libertad y autodeterminación.

 

 La ilusión pasajera de leyes moderadas que dieran a las clases dominantes en Cuba el status de provincia española, se desvanece en menos de una década, decantando posiciones de una buena parte de la intelectualidad y la clase media de la isla, que desengañados vuelven a la primigenia idea del independentismo.

 

 En este período fecundo y presagiante las autoridades españolas resuelven de forma institucional (1886), el problema que los independentistas ya habían resuelto de modo práctico desde la Guerra Grande(1868-1878): la libertad de los esclavos.

 

 Comenzó un pulseo fuerte entre las dos tendencias políticas de la isla por ganar el favor del negro: si bien España concedió, tras intensa lucha de las masas negras, determinados derechos civiles a los sectores de color; las fuerzas independentistas consiguieron la mayoritaria adhesión de estos, con un programa que le daba la plena igualdad social en una República, “con todos y para el bien de todos”.

 

 Este panorama socio-político en la Cuba de la “tregua fecunda”, hicieron valorar a José Martí que las condiciones para el reinicio de la guerra por la independencia  estaban creadas y la población lista para emprender una Revolución que terminara con el coloniaje, impidiera las pretensiones de anexión de los norteamericanos y alcanzara una República de igualdad y respeto para todos.

 

 Era la República ideal que aliviaría los males de la nación y la pondría con justicia en el concierto de las naciones libres, al tiempo que desempeñaba un papel de protagónico equilibrio entre las dos Américas: La prepotente y pujante del norte y la mestiza y pobre del sur.

 

¿Estaba la nación cubana preparada para ello?

 

¿Veía el pueblo de Cuba en la Revolución que se iniciaba, algo más que la anhelada separación de España?

 

¿Habían desaparecidos las contradicciones y prejuicios en un pueblo, donde aún se escuchaba el eco del látigo?

 

Estas y otras muchas interrogantes podrían definir el devenir histórico de la nación en el que una sociedad se empeñó en realizar su sueño posible de libertad y otredad.

Antimperialismo, Biografía

José Martí frente al intervencionismo yanqui en Haití

“Haití es producto neto del colonialismo y el imperialismo, de más de un siglo de empleo de sus recursos humanos en los trabajos más duros, de las intervenciones militares y la extracción de sus riquezas”[1]

 

 Los políticos de hoy, la gran prensa y los medios capitalistas de información hacen mucho énfasis en el olvido de la memoria histórica, ocultando los hechos bajo una abrumadora cantidad de palabras que hace difícil ver la verdad. Mirar al pasado para sacar lecciones del presente y el futuro es una necesidad de los pueblos y de los que quieren cambios reales para sus sociedades y no maquillajes de ocasión y engaño.

 

En 1889 José Martí presenta a los lectores del periódico La Nación de Buenos Aires sus criterios sobre la abierta intervención del gobierno de los Estados Unidos en los asuntos internos de la República de Haití, en el que  la lucha por el poder daba oportunidad a dicho gobierno de obtener sus intereses a costa de la dignidad y la ética entre las naciones. Sus observaciones y opiniones tienen una actualidad muy grande dado el hecho de lo poco que ha cambiado esa política imperial de la nación norteña y las consecuencias que esta ha tenido para la República más empobrecida del continente americano.

 

“De Haití ha vuelto, cargado de historias de los curas papalois que beben sangre, y del frenesí de los bailadores de la bambula, el buque de guerra que fue a demandar satisfacción del Presidente nuevo Legitime, por haber puesto manos, con razón a lo que parece, sobre una barca yanqui, acusada de llevar armas a su contendiente del norte, Hypolite, candidato armado a la Presidencia que el Congreso, reunido en el sur, otorgó al vencedor Salomón, el mulato gigantesco, que regía como papá y como rey.”[2]

 

 Note la manera de Martí de resaltar los prejuicios de la sociedad norteamericana contra la nación negra y su toma de posición al lado del gobierno legítimo de la nación caribeña.

 

  Aquel conflicto interno se fue agravando y los políticos norteamericanos tomaron partido de acuerdo a sus intereses.Meses después vuelve a la carga y denuncia con claridad la ingerencia de los Estados Unidos:

 

¿Ni qué pudo explicar la súbita terneza y cuidado exquisito con que, por el pretexto falso de un tratado de curatela entre Francia y Haití, miró la Secretaría de Washington los asuntos haitianos, fomentó su querella doméstica, permitió el embarque continuo de armas para el rebelde Hypolite con quien estaba en tratos, llegó a nombrar una comisión de próceres para que interviniese en la guerra civil de un país libre, propaló a sabiendas la especie inexacta de que Francia tenía tratados secreto  con Legitime, Presidente -reconocido, y perturbó a Santo Domingo, en venganza de la amistad de los quisqueyos y el gobierno haitiano, con la resurrección súbita de derecho de una empresa caduca a la bahía de Samaná?”[3]

 

 Cualquier parecido con la actualidad en cuanto a la política de los yanquis, no es pura coincidencia,  aplican las mismas fórmulas imperiales, como si el tiempo no pasara y el Caribe siguiera siendo su lago particular.

 

““También Cleveland”-dicen los edecanes del Presidente depuesto de Haití, de Legitime, “también Cleveland- permitió esa maldad de entrarse por la tierra ajena a intrigar, a azuzar la discordia, a poner a precio la traición de los rebeldes contra el derecho santo, que ha de conmover y detener la ambición a todo hombre justo, el derecho de un pueblo a vivir en la independencia que conquistó con su sangre, y mantiene sin daño del mundo.” Y a eso responden los amigos de Cleveland a media voz; porque está muerto acá en política el que ose decir que no debe cubrir el mundo la sombra del águila. “i Al norte, por el Canadá, y al sur por México !” Decía un prohombre en un banquete a Grant. Y a lo sumo se puede ir desviando esa ambición; pero el que osase hacerle frente de lleno, se quedaría sin fuerzas para desviarla. Las mejillas son ahora de bronce, y se llora poco en el mundo; pero lo que dijo Legitime al pasar, no podía dejar secos los ojos. Como lo dijo un negro, un oprimido, un vencido, ahí lo echaron, en un rincón del diario, donde no lo viera nadie; pero de labios de hombre salen pocas veces palabras de tanto dolor y hermosura como esas en que echó en cara Legitime a los Estados Unidos el delito de haberle trastornado el país, fomentando la rebelión, ayudado con buques de armas y con armas cuantiosas al general rebelde, porque el gobierno de Haití se negaba a ceder a los Estados Unidos la península de San Nicolás, llave y señora del paso a las Antillas. ¡En las cartillas se debieran poner en América las palabras del negro! Y nadie osó contradecirlo, porque ese mismo día publicaba el diario que habla más de cerca con Blaine estas palabras textuales: “Ahora se nos echa atrás Hipolite, y se niega a darnos la península de San Nicolás, cuando nosotros lo hemos puesto en el poder, con nuestras armas y nuestro influjo, para que nos la diera; queremos la península, porque la necesitamos; y sí Hipolite no nos la da: los mismos que lo pusieron en el poder, lo echarán de él.”

 La península no la ha dado Hipolite, porque dicen sus negros, bien los guerreros del norte, bien los educados en Francia, ya los de lanza, ya los de frac, que todavía les quedan dientes en las encías y en los bosques ramas de árbol. Pero no hace un mes que está de Presidente y ya ha dado concesiones por valor de dieciocho millones de pesos a comerciantes norteamericanos.”[4]

 

 

 

Así refleja el Cubano Mayor la descarnada política de los gobiernos de Estados Unidos para con el pequeño y orgulloso país al que no le perdonan su origen humilde, su pecado de hacer una República sobre las ruinas de la plantación más rica que tenía Francia en América y que además fueran los negros esclavos quienes se erigieran vencedores frente a la soberbia y la prepotencia de las grandes naciones occidentales, ese es el pecado original del pueblo haitiano, por eso la humillación, el olvido, el azuzamiento de las divisiones internas y el fraccionamiento de una sociedad hasta hacerla ingobernable y por supuesto más frágil.

 

 

 

 


[1] Fidel Castro. Reflexiones. Periódico Granma, 14/1/2010

[2] Obras Completas de José Martí, Vol. 12 Pág. 131

[3] Obras Completas de José Martí, Vol. 12 Pág. 241

 

[4] Obras Completas. Vol. 12. Pág. 350-351

Antimperialismo, Latinoamericanismo

El pensamiento martiano como componente de la Revolucionaria Cubana

En el proceso de formación del pensamiento revolucionario cubano ha existido una articulación armónica de las ideas de los más preclaros pensadores de la isla, José Martí tiene como base las concepciones de cubanía que le llegan de hombres como Félix Varela, José María Heredia y José de la Luz y Caballero, entre otros; lo que unido a un pensamiento liberal y democrático que conoce de la tradición occidental de la cual es deudor, va conformando una posición democrática revolucionaria, que en su caso,  lo lleva a una radicalización antiimperialista frente a las posiciones expansionistas de los Estados Unidos, una identificación de sus raíces con la América Latina y la necesidad unitaria de esta para enfrentar los nuevos retos que le imponía el desarrollo del capitalismo a  fines del siglo XIX por la ambiciones de la oligarquía norteamericana.

 

 El pensamiento social martiano se desarrolla a fines del siglo decimonónico, cuando de forma impetuosa y peligrosa para los pueblos se extiende en los Estados Unidos la fase superior del capitalismo, el imperialismo; ese estadío capitalista en el que las poderosas fuerzas de la oligarquía rebasan el marco de lo nacional para expandirse por las naciones de menor desarrollo y subordinarlas a su modo de producción, bien como mercado de sus productos, fuente de materia primas o sitios de expansión geopolítica.

 

 En medio de este complejo proceso vive José Martí, estudioso de los fenómenos sociales que se desarrollan en la rica nación del norte y signado por una misión liberadora que le ha dado sentido a su vida.

 

 Mucho antes de que maduraran en  Cuba las simientes del marxismo ya José Martí había definido una manera de pensar novedosa y autóctona, partiendo del principio de construir una sociedad “con todos y para el bien de todos”, para lo cual creó un Partido(Partido Revolucionario Cubano), que tenía como misión no solo luchar por la independencia de Cuba y Puerto Rico, sino también crear una república de hermandad, en la que necesariamente la sociedad tenía que cambiar para cumplir ese reclamo de igualdad del que José Martí se hizo eco.

 

 Junto a esto el  Apóstol, basado en su experiencia, sagacidad política y conocimiento de la sociedad norteamericana, intuyó que en esa desmedida ambición de la oligarquía  yanqui había un peligro que podía evitarse con la unidad de los países de América Latina, esa que el llamó Nuestra América.

 

 Tras su muerte en Dos Ríos y la salida de la metrópoli española en 1899 se inicia la intervención norteamericana en Cuba y posteriormente se proclama la República (1902), entidad que nacía conculcada por las condicionantes neocolonialistas que le impuso la Enmienda Platt. En ese ambiente social las ideas de Martí comienzan a arraigarse y difundirse entre los cubanos, venciendo una tendencia oficialista de las clases dominantes, que pretenden presentarlo como un mártir de la independencia, de vida sacrificada y destacada labor literaria; todo esto era verdad pero José Martí era mucho más que eso, el verdadero sentido ideológico de su vida no se había materializado en aquella república y es por ello que las nuevas generaciones de cubanos y su vanguardia lo asumen en su intento por lograr el cumplimiento de sus sueños.

 

 Este ideario martiano completado con su ética humanista y su pedagogía avanzada y social se fortalece al ser retomada por la generación del veinte del siglo anterior, jóvenes que como Julio Antonio Mella, Rubén Martínez Villena o Juan Marinello, entre otros, abrazan el marxismo como ideología social para luchar por los cambios  que necesitaba la nación cubana, enriquecidos de modo conciente y creciente con la ideología martiana. En estos momentos comienzan a publicarse los escritos que Martí había dejado diseminado por la prensa Latinoamericana  y esta generación joven  comprende que esas ideas martianas mantenían plena vigencia.

 

 Por eso el joven Mella, fundador del Partido Comunista de Cuba (1925) plantea que él le debe un libro a Martí, al Martí antimperialista, revolucionario y consecuente que descubre en la obra del Apóstol y Rubén Martínez Villena, poeta, líder comunista y obrero, escribe un poema en el que pide acabar la obra que emprendió Martí haciendo una República para todos.

 

 Ellos fueron la base de la continuidad del pensamiento social cubano que entronca con la Generación del Centenario del Apóstol, encabezada por Fidel Castro y Abel Santamaría, martianos de corazón y conocedores de las teorías marxistas. Hombres que antes de conocer la ideología de Marx y Lenin, ya habían estudiado a José Martí, el mismo que Fidel nombra “autor intelectual del asalto al Cuartel Moncada”, en el juicio  que se le siguió por este hecho.

 

 La Revolución Cubana ante que marxista fue martiana y martiano fue el programa del Movimiento 26 de Julio,la organización que dirigió la lucha contra la tiranía. Estas fueron las bases ideológicas de la Revolución Cubana, triunfante en 1959, martiana por convicción y marxista por necesidad, auténtica y social, en constante perfeccionamiento en su búsqueda incesante por la plena igualdad humana.

 

 

Antimperialismo

José Martí por la independencia de Las Antillas

Si una llamó a la América Latina, una y muy importante, consideró a las tres Antillas hermanas, esas que, “(…) se tienden los brazos por sobre los mares y se estrechan ante el mundo, como tres tajos de un mismo corazón sangriento, como tres guardianes de la América cordial y verdadera, que sobrepujará a la América ambiciosa  como tres hermanas”.

 

En un escrito aparecido en el periódico Patria, en mayo de 1892, dedicado a homenajear al puertorriqueño Román Baldorioty Castro, Martí analiza con razones contundentes la necesaria unidad que ha de existir entre las tres grandes islas por donde comenzó la conquista de América, expresa el dilema político de Las Antillas, si libres bastión de la dignidad de Latinoamérica, si sometidas a las apetencias yanquis, punta de lanza de la ambición imperial norteamericana.

 

 “No parece que la seguridad de las Antillas, ojeada de cerca por la codicia pujante, dependa tanto de la alianza ostentosa, en lo material insuficiente, que provocase reparo y justificara la agresión como de la unión sutil y manifiesta en todo(…) de las islas que han de sostenerse junta, o juntas desaparecer en el recuerdo de los pueblos libres”

 

Martí no alienta la formación de una República Antillana, sobretodo por los recelos que levantaría esta idea en las oligarquías locales y más aún en los Estados Unidos, que como bien dice él, tendría pretexto para una agresión. Pero sí las exhorta a la solidaridad y unidad “sutil y manifiesta” en “todo” para seguir siendo libres.

 

  Desde Nueva York, sigue la política de la naciente potencia imperialista, se da cuenta de que esta expansión dominadora de la oligarquía norteamericana pasa en primer lugar por el dominio de Las Antillas, concepción que en términos geopolítico, en su época, abarcaba a las islas mayores del archipiélago caribeño, y que el peligro inminente se cernía sobre Cuba y Puerto Rico, restos del imperio colonial español.

 

 Por eso denuncia ante los pueblos de Nuestra América y el mundo las no disimuladas pretensiones hegemónicas de los Estados Unidos:

 

“(…)Walker fue a Nicaragua por los Estados Unidos; por los Estados Unidos, fue López a Cuba Y ahora cuando ya no hay esclavitud con que excusarse, está en pié la liga de la Anexión; habla Allen de ayudar a la de Cuba; va Douglas a procurar la de Haití y Santo Domingo; tantea Palmer la venta de Cuba en Madrid; fomentan en Las Antillas la anexión con raíces en Washington,(…) dan cuenta incesante los diarios del norte, del progreso de la idea anexionista(…)”

 

 La independencia de Cuba ya no es para José Martí solo un problema nacional, sino el cumplimiento de una necesidad política y social que consolidará la existencia misma de América Latina ante el peligro hegemónico que representa los Estados Unidos, ideas que quedan clara en los comentarios de la prensa yanqui de la época y que Martí cita de forma advertidora, “(…)¿En que dirección se ha de mover nuestra bandera?, dice el Sun en un artículo odioso, “sobre el norte, o sobre el sur, o sobre alguna de las Antillas?”

 

 Ya por estos años había comenzado la intervención abierta de los Estados Unidos en los asuntos internos de los pueblos de la región, la República de Haití era víctima de estas intrigas para arrebatarle parte de su territorio y crear una base carbonera en la península de San Nicolás, cruce estratégico de los mares del Caribe. Era el antecedente de la tristemente célebre política del “Gran Garrote” que se enseñoreó por estas tierras a principio del siglo XX. Martí siguió las noticias de la intromisión de los norteamericanos en los asuntos internos de Haití y nos habla de cómo apoyaron con recursos y armas al sublevado Hipolite hasta derrocar al gobernante legítimo.

 

 Por Cuba, por América Latina, se esfuerza Martí por lograr la unidad de los cubanos para “(…) impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más sobre nuestras tierras de América”, esa es la tarea titánica que se impuso y más difícil aún fue  hacerse entender por los que veían en la nación del norte el modelo posible para nuestros países.

 

  Las Antillas son vistas por José Martí como el fiel de América, el equilibrio entre los dos conglomerados sociales desarrollados a partir de la colonización, poblados por gente muy disímil y con un desarrollo económico y social marcadamente muy diferente: al norte la nación industrializada, fuerte, autosuficiente y ambiciosa, producto de siglos de desarrollo capitalista; al sur, aletargadas y desunidas, las repúblicas románticas, fruto de la codicia usurera del español, que apenas vio en América la fuente de su enriquecimiento y destruyó culturas, trajo una oleada de esclavos y sin proponérselo  creó un crisol de pueblos.

 

  Dentro de este modelo de unidad, había una prioridad básica, la independencia de Cuba y Puerto Rico por ser “(…) indispensables para la seguridad, independencia y carácter definitivo de la familia hispanoamericana en el continente donde los vecinos de habla inglesa codician la clave de las Antillas para cerrar en ellas todo el Norte por el istmo y apretar luego con todo este peso por el Sur”

 

 Aquella preocupación obsesiva, aquellas valientes advertencias, que no solo iban en cartas privadas, sino que también fueron escritas en artículos y ensayos periodísticos, fungieron como  Oráculo americano que dejó entrever lo que ocurriría en América Latina y en las Antillas en particular, tras la intervención de los norteamericanos en la guerra de independencia de Cuba, y fue el Caribe el lago privado de las cañoneras yanquis, que ocuparon Cuba y dejaron la Enmienda Platt, convirtieron a Puerto Rico en un eufemístico Estado Libre Asociado, desembarcaron en Santo Domingo, Haití y Nicaragua, imponiendo su ley y exigiendo sus cobros; se adueñaron del istmo de Panamá y levantaron el canal interoceánico y aplicaron de forma altanera y descarada su política de conveniencia en las Repúblicas Centroamericanas convertidas en las descoloridas “Repúblicas Bananeras”. Era la triste consecuencia que previó Martí con la expansión imperial y que resumió en estas palabras:

 

“Las Antillas libres salvarán la independencia de nuestra América y el honor ya dudoso y lastimado de la América inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo”

 

Antimperialismo, Latinoamericanismo

José Martí contra los Estados Unidos

 

 El 24 de mayo de 1888 el presidente de los Estados Unidos “invitó” a  los gobiernos de los países hispanoamericanos independiente a una conferencia internacional en Washington, para estudiar, entre otras cosas, la adopción  de una moneda común de plata, de uso forzoso en las transacciones comerciales recíprocas entre los estados de América.

 

 El 7 de abril de 1890, los Estados Unidos de América propone establecer una unión monetaria internacional que tuviera como base  una o más monedas internacionales, uniformes en peso y ley, que pudiesen usarse en todos los países representados en esta conferencia.

 

 El 30 de marzo de 1891 un  diplomático de origen cubano presenta un informe a nombre de Uruguay en la Conferencia Monetaria Internacional de Washington, es José Martí quien hace un informe brillantísimo, primero en castellano y después en inglés, recomendando el bimetalismo y recordando de paso que no es “el oficio del continente americano restablecer con otro método y nombre el sistema imperial por donde se corrompen y mueren las repúblicas”

 

 Martí rechaza las opiniones de la delegación de los Estados Unidos, que aspiraba a la creación de una moneda internacional de plata, propone  la creación de un sistema de monedas uniformes, que harían más morales y seguras las relaciones económicas de los pueblos. Hace una caracterización de los EE.UU. y del peligro que representaba para América las intenciones de ese país.

 

 En ese discurso hace un llamado a que prevalezca, tanto en el comercio como en la política, la paz igual y culta y que todo cambio de moneda futuro debía hacerse en acuerdo con todos los países implicados.

 

 En esa misma comparecencia llamó la atención sobre otros aspectos del intercambio desigual entre las naciones de América, al decir “quien dice unión económica dice unión política” y “el pueblo que compra manda”

 

 Tan ardua fue su batalla que su débil salud se quebranta en aquel “invierno de angustia” de 1890 con la presión del convite de los Estados Unidos, en que por ignorancia, o por fe fanática, o por miedo, o por cortesía, se reunieron en Washington, bajo el águila temible, los pueblos hispanoamericanos” y nacieron sus testimoniales “Verso Sencillos” (1891) y escribió  “Nuestra América”(enero 1891), su ensayo más completo sobre América Latina y que comentaremos en otra oportunidad.

 

Antimperialismo, Biografía

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