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Un paseo solidario por la tierra de los vietnamitas

Por estos días de octubre el pueblo vietnamita celebra el milenio de su capital Hanoi, martirizada con los crueles bombardeo a que la sometió la mayor potencia del mundo en el afán de derrotar la resistencia de un pueblo  que es muy caro para nosotros los cubanos, por su valor a toda prueba y su capacidad para renacer de las cenizas. Para estos hermanos vaya este trabajo escrito hace unos dos años y en el que resalto las valoraciones de José Martí sobre un pueblo que resistía al colonialismo francés a fines del siglo XIX, pero que tuvo que enfrentar a lo largo de su historia a japoneses, chinos y norteamericanos.

 

 El silencio laborioso de un país que reconstruye su territorio es la admirable respuesta de un pueblo que se ganó ese derecho expulsando de su tierra a la potencia más poderosa de la historia. Hace menos de medio siglo Viet-Nam ganó el protagonismo mundial por su resistencia persistente, valor e inteligencia en una guerra que involucró a los Estados Unidos de América y sus aliados empeñados en someter a un pueblo a su designio neocolonialista. La hazaña del pueblo vietnamita por  expulsar a las fuerzas yanquis de su territorio, y conseguir que se respetara su derecho a la reunificación y a la construcción de una sociedad más justa.

 

 Esa es Viet-Nam, la nación que en las décadas de los sesenta y setenta ocupó los primeros planos noticiosos por su heroico enfrentamiento al imperialismo norteamericano; la patria del admirado Tío Ho y la depositaria de la solidaridad de todos los pueblos del planeta, incluyendo el nuestro que hizo de la causa vietnamita la suya.

 

 “Por Viet-Nam estamos dispuestos a dar nuestra propia sangre”, dijo Fidel, y ese mismo sentimiento estaba y está en cada cubano que hace suya esa convicción de vencer, esa resistencia sin cansancio y la sabiduría de ese pueblo hermano que puso sus tradiciones y cultura en función de su voluntad de vencer; que hizo exclamar al líder del pueblo de Viet-Nam, Ho Chi- Minh que tras la victoria construirían un país mil veces más hermoso.

 

 Este es el mismo pueblo anamita del que escribiera para los niños de América Latina nuestro José Martí, quien a través de sus lecturas supo de aquellos seres humanos que en Asia y por debajo de China tenían la tradición de pelear, no porque fuera un pueblo guerrero, sino porque “(…)A los pueblos pequeños les cuesta mucho trabajo vivir. El pueblo anamita se ha estado siempre defendiendo (…)”, y por esa constante defensa de su libertad enfrentó a los emperadores chinos, los belicosos siameses (Tailandeses), los colonialistas franceses, los militaristas japoneses y los imperialistas norteamericanos, con esa convicción de que nada es más preciado que la libertad.

 

¿Qué pudo haber llevado al Héroe Nacional de Cuba a escribir sobre un pueblo pequeño y lejano, en ese siglo decimonónico en el que persistían muchos pueblos desconocidos para la “civilización occidental”?

 

 Ante todo su admiración y respeto por su valentía y su resistencia al vasallaje, su orgullosa manera de llevar la ocupación temporal de su país y el convencimiento de que, “(…) tanto como los más bravos. Pelearon y volverán a pelear, los pobres anamitas (…)”, en los que valoró su arraigado sentido de pertenencia y el amor a la libertad.

 

 “Un paseo por la tierra de los anamitas”, es el título que elige para su crónica en el último número de la revista “La Edad de Oro”(Octubre, 1889). La información debió llegarle por la prensa francesa que circulaba en Nueva York, pero él fiel a su costumbre y principios éticos, convierte la lectura en ameno relato y no en paseo exótico por tierras desconocidas, aprovechando  el mismo para dejar en claro sus ideas sobre la igualdad de los hombres y pueblos y el valor que tiene ser libre, tanto en lo individual como en lo colectivo:

 

“El mundo es un templo hermoso, donde caben en paz todos los hombres de la tierra, porque todos han querido conocer la verdad, y han escrito en sus libros que es útil ser bueno, y han padecido y peleado por ser libres en su tierra, libres en el pensamiento”.

 

 Eso reconoce el Apóstol en los vietnamitas, en quien no ve estirpe de pueblo guerrero, sino de gente laboriosa que ha hecho una admirable obra cultural, ejemplificada por él por las huellas materiales en sus pagodas, palacios y en sus sencillas casas de madera, decoradas y sobrias; de ellos habla como los hábiles artesanos que trabajan la arcilla, la madera y los metales, mientras defienden y conservan sus ancestrales tradiciones.

 

 A ese pueblo hermano dedica Martí el tributo respetuoso de su solidaridad al narrar la resistencia de los anamitas frente a la poderosa maquinaria de guerra francesa:

“(…) Pueblo a pueblo se ha estado defendiendo un siglo entero del francés, huyéndole unas veces, otras cayéndole encima, con todo el empuje de los caballos, y despedazándole el ejército (…)”

 

 Cuantos recuerdos traen estas palabras para mi generación, que desde Cuba fuimos siguiendo la hombrada de ese pueblo, que no dejaba dormir al invasor, esos “súper-héroes” yanquis y sus colaboradores, que armados con los más modernos y sofisticado medios de guerra, sometían al país de Anam a una lluvia de fuego y sustancias químicas, tratando de derrotar a los persistentes y audaces  combatientes herederos de los heroicos anamitas que tuvieron en Martí un cronista comprometido con su causa.

 

¿Y que modo más hermoso y cómplice de cerrar su crónica sobre los anamitas amigos que aquella de ofrecernos la paciencia acuñada de estos pueblos del Lejano Oriente en un “¡Quién sabe!”?, puesto en boca de un hombre de pueblo, ante la pregunta susurrada de un compatriota. Ese “quién sabe” es el dubitativo futuro del que conoce a su pueblo y sabe que no será sometido por mucho tiempo; del que espera seguro la continuidad de una lucha que no podrá tener otro final que el de la independencia.

 

 Esos son los valores de los pueblos sintetizados y demostrados por los vietnamitas a lo largo de su historia en la que han tenido que pagar muy alto el precio de su emancipación y elogiados por el Cubano Mayor, el guía de nuestro pueblo en la búsqueda de su independencia e inspiración de los continuadores de sus ideas, que no solo siguieron su ejemplo, sino que hacen realidad su legado con la Revolución Cubana triunfante en 1959, que hizo de la solidaridad con Viet-Nam un compromiso real y militante.

 

 La semilla de esa amistad está en José Martí

 

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