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Archivo de Agosto, 2010

Los versos de José Martí y la tonada de La Guantanamera

 

 Muchas veces las popularidad de una obra artística, sea del género que fuere, llega de forma inesperada y cuando menos se le espera. Algo similar ocurrió con los poemas de José Martí de su poemario “Versos Sencillos”, escrito en 1891 y bastante difundidos en nuestro ámbito latinoamericano por aquello de la profundas verdades que encierra y la musicalidad de una poesía muy apegada al romancero popular español.

 

 En Cuba, desde el colegio recitamos aquellos versos que nos hablan de amistad, de amor al sacrificio, de la virtud humana, del desprendimiento y el odio al egoísmo, a la ambición y sobre todo que nos va contando de forma muy hermosa la biografía del Cubano Mayor.

 

 En el siglo XX cubano el maestro Ernesto Lecuona, uno de los más reconocidos compositores de Cuba, musicalizó uno de aquellos versos, “La rosa blanca” y varias versiones del mismo poema nos llegan desde diferentes cuerdas y tesituras para rendir homenaje a Martí.

 

 Pero  en la  década de los 60s a todos los cubanos nos sorprendió la gran popularidad internacional que alcanza la tonada, “Guajira Guantanamera”, patentada por Joseíto Fernández, retomada por el folklorista estadounidense Piter Sigger, quien la da a conocer al mundo con los “Versos Sencillos” de José Martí, según los había escuchado al músico cubano Héctor Angulo, quien a su vez la toma de la versión del también cubano Julián Orbón. La melodía se populariza de tal forma que en 1966 ya tenía cientos de versiones en todo el mundo y en los más diversos idiomas.

 

 Vean cuántas circunstancias para que el mundo entero reconociera a Cuba por una emblemática melodía, que su autor había utilizado en los años 40s y 50s para contar por la radio cubana las tragedias de la crónica roja y que ahora volvía a nosotros redimida por la poesía de Martí, cantada por voces de todo el mundo. Aquellas estrofas tomadas al azar del poemario hoy nos identifican y enorgullecen:

 

Yo soy un hombre sincero

De donde crece la palma,

Y antes de morirme quiero

Echar mis versos del alma.

 

Yo he visto al águila herida

Volar al azul sereno,

Y morir en su guarida

La víbora del veneno.

 

Con los pobres de la tierra

Quiero yo mi suerte echar:

El arroyo de la sierra

Me complace más que el mar

 

Denle al vano el oro tierno

Que arde y brilla en el crisol:

A mí denme el bosque eterno

Cuando rompe en él el sol.

 

 Ese es mi Martí, el que vive y crece en el alma de los cubanos.

 

 

Recepción martiana

A los niños que lean “La Edad de Oro”

Para el hombre que sueña humanidad, ningún público es menor y eso lo demuestra José Martí al escribir su revista La Edad de Oro, uno de sus proyectos editoriales para nuestra América, que pudo ver realizado en 1889 cuando encontró a un noble comerciante brasileño Antonio Da Costa Gómez a quien convenció de la viabilidad de escribir una revista para niños y jóvenes distinta a las que hasta ese momento se hacían.

 

 Los destinatarios eran los niños y las niñas de esta parte del mundo, aunque la importancia de lo que trasmite a ellos es válido para todos los seres humanos de todas las edades.

 

 Es por eso que quiero resaltar la introducción que hizo Martí al primer número de la revista aparecido en julio, en el mismo  queda resumido el criterio pedagógico del Apóstol en frases breves y hermosas que definen las cualidades que deben adornar a todo niño, haciendo un énfasis de género que va más allá de la galantería del caballero para demostrar cuanto se puede enseñar desde la palabra y que responsabilidad adquiere el adulto que se comunica con estas personitas en formación:

 

“Para los niños es este periódico, y para las niñas, por supuesto. Sin las niñas no se puede vivir, como no puede vivir la tierra sin luz. El niño ha de trabajar, de andar, de estudiar, de ser fuerte, de ser hermoso: el niño puede hacerse hermoso aunque sea feo; un niño bueno, inteligente y aseado es siempre hermoso. Pero nunca es un niño más bello que cuando trae en sus manecitas de hombre fuerte una flor para su amiga, o cuando lleva del brazo a su hermana, para que nadie se la ofenda: el niño crece entonces, y parece un gigante: el niño nace para caballero, y la niña nace para madre. Este periódico se publica para conversar una vez al mes, como buenos amigos, con los caballeros de mañana, y con las madres de mañana; para contarles a las niñas cuentos lindos con que entretener a sus visitas y jugar con sus muñecas; y para decirles a los niños lo que deben saber para ser de veras hombres. Todo lo que quieran saber les vamos a decir, y de modo que lo entiendan bien, con palabras claras y con láminas finas. Les vamos a decir cómo está hecho el mundo: les vamos a contar todo lo que han hecho los hombres hasta ahora Para eso se publica LA EDAD DE ORO: para que los niños americanos sepan cómo se vivía antes, y se vive hoy, en América, y en las demás tierras: y cómo se hacen tantas cosas de cristal y de hierro, y las máquinas de vapor, y los puentes colgantes, y la luz eléctrica; para que cuando el niño vea una piedra de color sepa por qué tiene colores la piedra, y qué quiere decir cada color; para que el niño conozca los libros famosos donde se cuentan las batallas y las religiones de los pueblos antiguos. Les hablaremos de todo lo que se hace en los talleres, donde suceden cosas más raras  e interesantes que en los cuentos de magia, y son magia de verdad, más linda que la otra: y les diremos lo que se sabe del cielo, y de lo hondo del mar y de la tierra: y les contaremos cuentos de risa y novelas de niños, para cuando hayan estudiado mucho, o jugado mucho, y quieran descansar. Para los niños trabajamos, porque los niños son los que saben querer, porque los niños son la esperanza del mundo. Y queremos que nos quieran, y nos vean como cosa de su corazón.

 

 Cuando un niño quiera saber algo que no esté en LA EDAD DE ORO, escribanos como si nos hubiera conocido siempre, que nosotros le contestaremos. No importa que la carta venga con faltas de ortografía. Lo que importa es que el niño quiera saber. Y si la carta está bien escrita, la publicaremos en nuestro correo con la firma al pie para que se sepa que es niño que vale. Los niños saben más de lo que parecen, y si les dijeran que escribiesen lo que saben, muy buenas cosas que escribirían. Por eso La Edad de Oro va ha tener cada seis meses una competencia y el niño que mande el trabajo mejor, que se conozca de veras que es suyo, recibirá un buen premio de libro, y diez ejemplares del número de La Edad de Oro en que se publique su composición, que será sobre cosas de su edad, para que puedan escribirla bien, porque para escribir bien de una cosa hay que saber de ella mucho. Así queremos que los niños de América sean: hombres que digan lo que piensan, y lo digan bien, hombres elocuentes y sinceros.

 

 Las niñas deben saber lo mismo que los niños, para poder hablar con ellos como amigos cuando vayan creciendo; como que es una pena que el hombre tenga que salir de su casa a buscar con quien hablar. Porque las mujeres de la casa no sepan contarle más que de diversiones y de modas. Pero hay cosas muy delicadas y tiernas que las niñas entienden mejor, y para ellas las escribiremos de modo que les gusten; porque La Edad de Oro tiene su mago en la casa, que le cuenta que en lar almas de las niñas sucede algo parecido a lo que ven los colibríes cuando andan curioseando por entre las flores. Les diremos cosas así, como para que las leyesen los colibríes, si supieran leer. Y les diremos cómo se hace una hebra de hilo, cómo nace una violeta, cómo se fabrica una aguja, cómo tejen las viejecitas de Italia los encajes. Las niñas también pueden escribirnos sus cartas, y preguntarnos cuanto quieran saber, y mandarnos sus composiciones para la competencia de cada seis meses. ¡De seguro que van a ganar las niñas!

 

 Lo que queremos es que los niños sean felices, como los hermanitos de nuestro grabado; y que si alguna vez nos encuentra un niño de América por el mundo, nos apriete mucho la mano, como a un amigo viejo, y diga donde todo el mundo lo oiga: “¡Este hombre de La Edad de Oro es mi amigo”

 

 

Educación

Leer en Cuba

«Nuestro vino, de plátano y si sale amargo, es nuestro vino»

José Martí

 

 He leído hace muy pocos días, en esta red de todos en el que abundan muchas cosas, una opinión tendenciosa y basada en informaciones infundada y manipuladas sobre los libros en Cuba, el cuidado de su tesoro bibliográfico y la supuesta persecución del libro y por supuesto del lector.

 

 Me dolió profundamente leer que en Cuba se quemaban los libros, esa es una mentira tan grande que no merecería respuesta, pero yo soy un martiano, un cubano, no un funcionario, que ha trabajado toda su vida con la gente de a pie, mostrándole su historia, su cultura y el modo de crecer, porque como dijo Martí, “Leer es crecer” y el crecimiento espiritual del cubano de hoy está más que demostrado en la dimensión de la obra que ha construido, Cuba no es un “campo de concentración”, es  el país que nos han dejado construir, pero en el que tenemos claro, qué país y qué futuro queremos.

 

 Una de las primeras medidas tomadas por el Gobierno Revolucionario fue la creación de la Imprenta Nacional de Cuba, el 31 de marzo de 1959, dirigida por ese orgullo de Cuba que es el escrito Alejo Carpentier, su primera acción fue publicar, en edición popular, en cuatro pequeños tomos, con papel periódico esa obra universal que es “El Quijote”, vendido el conjunto al precio de un peso, fueron cien mil ejemplares, tirada extraordinaria para la época que decía a las claras cuáles eran las intenciones de aquellos jóvenes “iconoclastas” dispuestos a cambiar lo que debía ser cambiado para que los cubanos, la MAYORÍA, tuvieran acceso a todo lo que se le había negado por pobres.

 

 El año 1961 fue el año de la educación en Cuba, más del 30 % de la población era analfabeta, la mayoría campesinos y la Revolución organizó un programa amplio, apoyada por los jóvenes que bajo la consigna de, “si sabes enseña, sino sabes aprende”, fuimos a vivir con los campesinos, enseñarle las primeras letras y el significado de aquella frase martiana de: “SER CULTO ES EL ÚNICO MODO DE SER LIBRE”  y a fin de año éramos “¡Territorio Libre de Analfabetismo!”, eso creó las bases para convertirnos en un pueblo de lectores y de estudiantes.

 

 Millones de libro de todas las materias se han producidos en el sistema editorial cubano, muchos libros de ciencias sociales, de política, pero también lo mejor de la literatura universal, es una tradición basada en el libro, barato, con precios casi simbólico durante más de cuatro década y cuando los problemas económicos de los 90, contrajo la producción de libros, miles de esos libros salieron de las libreros de la gente y las instituciones para venderse o intercambiarse entre los lectores y los libreros, ¡porque la tradición de lectura estaba fomentada!

 

 Pero se recuperó el libro y el país, un poco más caro, pero ya está repletando y buscando a un lector que lo utiliza e intercambia, aún en tiempo de Internet, cuando el libro vive su crisis existencial en el mundo.

 

 …¿y qué decir de nuestra Feria del Libro, masiva, popular, fiesta de la cultura, que nadie me cuenta, sino que la vivo año tras año?

 

 Hemos construido una obra, más grande que nosotros mismo, que estamos en el deber de enseñar y aprender a defender, porque con la autocomplacencia la perdemos y aunque son reales y  grandes los problemas que hoy tenemos en Cuba, nunca serán  tan grandes como perder el derecho de ser dueños de nuestro futuro.

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Una disección del artículo “La futura esclavitud” de José Martí (II)

A partir de la formulación de Spencer sobre la creación de un Estado cada vez más regulador y paternalista, que él compara con los  estados autocráticos de los Incas peruanos y de la Galia romana, José Martí se detiene a detallar ampliamente los argumentos del inglés.

 

 En este punto Martí parece compartir preocupaciones con el filósofo inglés y resume  el sexto párrafo con una breve y lapidaria frase: “¡Mal va un pueblo de gente oficinista!”[1]

 

  El controvertido séptimo párrafo, entresacado por muchos y contrapuesto con malicia al Estado Revolucionario Cubano, es un resumen de los temores de Spencer y  José Martí lo resume con mucho cuidado, aunque no se aleja de la esencia del original, su objetividad parece advertirnos de la posibilidad de que esta cosas puedan ocurrir y por ello algunos investigadores ven en este párrafo el criterio martiano, para que pueda opinar el lector  le transcribo íntegro el párrafo:

 

Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, o irla perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad un esperanzas y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio. El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la Rendida, por el tiempo y en la labor que pluguiese al Estado asignarle, puesto que a éste, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facultades necesarias para recabar los medios de cumplir aquellos. De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre el; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo. Y como los funcionarios son seres humanos, y por tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder, apoyados por todos los que aprovechasen o esperasen aprovechar de los abusos, y por a aquellas fuerzas viles que siempre compra entre los oprimidos el terror, prestigio o habilidad de los que mandan, este sistema de distribución oficial del trabajo común llegaría a sufrir en poco tiempo de los quebrantos, violencias, hurtos y tergiversaciones que el espíritu de individualidad, la autoridad y osadía del genio, y las astucias del vicio originan pronta y fatalmente en toda organización humana. “De mala humanidad-dice Spencer–no pueden hacerse buenas instituciones.” La miseria pública será, pues: con semejante socialismo, a que todo parece tender en Inglaterra, palpable y grande. El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre.”[2]

 

 El último párrafo de “La Futura Esclavitud” es un esperanzador llamado de José Martí a los poderosos que representa Spencer, una toma de posición que hace a José Martí más nuestro, por sus principios éticos, su apego a la justicia social y su innegable toma de posición al lado de los oprimidos:

 

“Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.

 

 Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.”[3]

 

Nota

Creo necesario para el seguidor de este blog que incluya íntegro el artículo de José Martí, aunque me pase un poco de la extensión acostumbrada en mis entradas de blog.

 

“LA FUTURA ESCLAVITUD”

Tendencia al socialismo de los gobiernos actuales.-La acción excesiva del Estado.-Habitaciones para los pobres.-La racionalización de la tierra.-El funcionarismo.

 

 La Futura Esclavitud se llama este tratado de Herbert Spencer. Esa futura esclavitud, que a manera de ciudadano griego que contaba para poco con la gente baja, estudia Spencer, es el socialismo. Todavía se conserva empinada y como en ropas de lord la literatura inglesa; y este desdén y señorío, que le dan originalidad y carácter, la privan, en cambio, de aquella más deseable influencia universal a que por la profundidad de su pensamiento y melodiosa forma tuviera derecho. Quien no comulga en el altar de los hombres, es justamente desconocido por ellos.

 ¿Cómo vendrá a ser el socialismo, ni cómo éste ha de ser una nueva esclavitud? Juzga Spencer como victorias crecientes de la idea socialista, y concesiones débiles de los buscadores de popularidad, esa nobilísima tendencia, precisamente para hacer innecesario el socialismo, nacida de todos los pensadores generosos que ven como el justo descontento de las clases llanas les lleva a desear mejoras radicales y violentas, y no hallan más modo natural de curar el daño de raíz que quitar motivo al descontento. Pero esto ha de hacerse de manera que no se trueque el alivio de los pobres en fomento de los holgazanes; y a esto sí hay que encaminar las leyes que tratan del alivio, y no a dejar a la gente humilde con todas sus razones de revuelta.

 So pretexto de socorrer a los pobres-dice Spencer,-sácanse tantos tributos, que se convierte en pobres a los que no lo son. La ley que estableció el socorro de los pobres por parroquias hizo mayor el número de pobres. La ley que creó cierta prima a las madres de hijos ilegítimos, fue causa de que los hombres prefiriesen para esposas estas mujeres a las jóvenes honestas, porque aquéllas les traían la prima en dote. Si los pobres se habitúan a pedirlo todo al Estado, cesaran a poco de hacer esfuerzo alguno por su subsistencia, a menos que no se los allane proporcionándoles labores el Estado. Ya se auxilia a los pobres en mil formas. Ahora se quiere que el gobierno les construya edificios. Se pide que así como el gobierno posee el telégrafo y el correo, posea los ferrocarriles. El día en que el Estado se haga constructor, cree Spencer que, como que los edificadores sacarán menos provecho de las casas, no fabricarán, y vendrá a ser el fabricante único el Estado; el cual argumento, aunque viene de arguyente formidable, no se tiene bien sobre sus pies. Y el día en que se convierta el Estado en dueño de los ferrocarriles, usurpará todas las industrias relacionadas con éstos, y se entrará a rivalizar con toda la muchedumbre diversa de industriales; el cual raciocinio, no menos que el otro, tambalea, porque las empresas de ferrocarriles son pocas y muy contadas, que por sí mismas elaboran los materiales que usan. Y todas esas intervenciones del Estado las juzga Herbert Spencer como causadas por la marea que sube, e impuestas por la gentualla que las pide, como si el loabilísimo y sensato deseo de dar a los pobres casa limpia, que sanea a la par el cuerpo y la mente, no hubiera nacido en los rangos mismos de la gente culta, sin la idea indigna de cortejar voluntades populares; y como si esa otra tentativa de dar los ferrocarriles al Estado no tuviera, con varios inconvenientes, altos fines moralizadores; tales como el de ir dando de baja los juegos corruptores de la bolsa, y no fuese alimentada en diversos países, a un mismo tiempo, entre gente que no andan por cierto en tabernas ni tugurios.

 Teme Spencer, no sin fundamento, que al llegar a ser tan varia, activa y dominante la acción del Estado, habría este de imponer considerables cargas a la parte de la nación trabajadora en provecho de la parte páupera. Y es verdad que sí llegare la benevolencia a tal punto que los páuperos no necesitasen trabajar para vivir-a lo cual jamás podrán llegar,-se iría debilitando la acción individual, y gravando la condición de los tenedores de alguna riqueza, sin bastar por eso a acallar las necesidades y apetitos de los que no la tienen. Teme además el cúmulo de leyes adicionales, y cada vez más extensas, que la regulación de las leyes anteriores de páuperos causa; pero esto viene de que se quieren legislar las formas del mal, y curarlo en sus manifestaciones; cuando en lo que hay que curarlo es en su base, la cual está en el enlodamiento, agusanamiento y podredumbre en que viven las gentes bajas de las grandes poblaciones, y de cuya miseria -con costo que no alejaría por cierto del mercado a constructores de casas de más rico estilo, y sin los riesgos que Spencer exagera -pueden sin duda ayudar mucho a sacarles las casas limpias, artísticas, luminosas y aireadas que con razón se trata de dar a los trabajadores, por cuanto el espíritu humano tiene tendencia natural a Ia bondad y a la cultura, y en presencia de lo alto, se alza, y en la de lo limpio, se limpia. A más que, con dar casas baratas a los pobres, trátase sólo de darles habitaciones buenas por el mismo precio que hoy pagan por infectas casucas.

 Puesto sobre estas bases fijas, a que dan en la política inglesa cierta mayor solidez las demandas exageradas de los radicales y de la Federación Democrática, construye Spencer el edificio venidero, de veras tenebroso, y semejante al de los peruanos antes de la conquista y al de la Galia cuando la decadencia de Roma, en cuyas épocas todo lo recibía el ciudadano del Estado, en compensación del trabajo que para el Estado hacía el ciudadano.

 Henry George anda predicando la justicia de que la tierra pase a ser propiedad de la nación; y la Federación Democrática anhela la formación de “ejércitos industriales y agrícolas conducidos por el Estado”. Gravando con más cargas, para atender a las nuevas demandas, las tierras de poco rendimiento, vendrá a ser nulo el de éstas, y a tener menos frutos la nación, a quien en definitiva todo viene de la tierra, y a necesitarse que el Estado organice el cultivo forzoso. Semejantes empresas aumentarían de terrible manera la cantidad de empleados públicos, ya excesiva. Con cada nueva función vendría una casta nueva de funcionarios. Ya en Inglaterra, como en casi todas partes,  se gusta demasiado en ocupar puestos públicos, tenidos como más distinguidos que cualesquiera otro y en los cuales se logra remuneración amplia y cierta por un trabajo relativamente escaso: con lo cual claro está que el nervio nacional se pierde. ¡Mal va un pueblo de gente oficinista!

 Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, o irla perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad un esperanzas y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio. El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la Rendida, por el tiempo y en la labor que pluguiese al Estado asignarle, puesto que a éste, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facultades necesarias para recabar los medios de cumplir aquellos. De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. De ser esclavo de los capitalistas, como se llama ahora, iría a ser esclavo de los funcionarios. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre el; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo. Y como los funcionarios son seres humanos, y por tanto abusadores, soberbios y ambiciosos, y en esa organización tendrían gran poder, apoyados por todos los que aprovechasen o esperasen aprovechar de los abusos, y por a aquellas fuerzas viles que siempre compra entre los oprimidos el terror, prestigio o habilidad de los que mandan, este sistema de distribución oficial del trabajo común llegaría a sufrir en poco tiempo de los quebrantos, violencias, hurtos y tergiversaciones que el espíritu de individualidad, la autoridad y osadía del genio, y las astucias del vicio originan pronta y fatalmente en toda organización humana. “De mala humanidad-dice Spencer–no pueden hacerse buenas instituciones.” La miseria pública será, pues: con semejante socialismo, a que todo parece tender en Inglaterra, palpable y grande. El funcionarismo autocrático abusará de la plebe cansada y trabajadora. Lamentable será, y general, la servidumbre.

 Y en todo este estudio apunta Herbert Spencer las consecuencias posibles de la acumulación de funciones en el Estado, que vendrían a dar en esa dolorosa y menguada esclavitud; pero no señala con igual energía, al echar en cara a los páuperos su abandono e ignominia, los modos naturales de equilibrar la riqueza pública dividida con tal inhumanidad en Inglaterra, que ha de mantener naturalmente en ira, desconsuelo y desesperación a seres humanos que se roen los puños de hambre en las mismas calles por donde pasean hoscos y erguidos otros seres humanos que con las rentas de un año de sus propiedades pueden cubrir a toda Inglaterra de guineas.

 Nosotros diríamos a la política: ¡Yerra, pero consuela! Que el que consuela, nunca yerra.

 


[1] Obras Completas de José Martí. Tomo 15:288-292

[2] Ídem

[3] Ídem

Sin categoría, socialismo

Una disección del artículo “La futura esclavitud” de José Martí (I)

“La futura esclavitud” es un artículo de José Martí, publicado en abril de 1884  en la revista La América de Nueva York, el mismo es un agudo comentario del Apóstol acerca del ensayo homónimo escrito por el filósofo y sociólogo inglés Herbert Spencer.[1]

 

 De forma  minuciosa Martí desmonta el escrito para analizarlo párrafo a párrafo, en un ejercicio que denota cuanto le interesó. El  tema central de este ensayo está enfocado en el estudio de las consecuencias de la aplicación de medidas de beneficio social para las clases humildes en la Inglaterra librecambista de fines del siglo XIX en la que predominaba un clima de inquietudes sociales por las enormes desigualdades de la sociedad capitalista que margina a buena parte de la población.

 

 Spencer hace fuertes críticas a los socialdemócratas ingleses porque con estas medidas, según su parecer, estimulan la vagancia, al sostener a una población sin recursos, y asegura, que tal proceder llevará a la formación de un estado basado en un ejército de funcionarios, para controlar y distribuir aquellos beneficios y por ende frenando el libre desarrollo del capitalismo.

 

 Los juicios de Martí son breves pero esclarecedores y a lo largo del artículo muestra más desacuerdos que acuerdos con las ideas del inglés.

 

  En su ensayo Spencer se pregunta, “¿por qué presentamos este cambio como esclavitud futura?[2] - su respuesta es clara- “todo socialismo implica esclavitud[3] , tal pregunta y su respuesta están dadas por las reformas que el Parlamento inglés de esa época había aprobado  para mejorar las condiciones de vida de la población más pobre.

 

 Esta herejía, según Spencer, contribuía a implanta la “esclavitud social”, porque la comunidad se apropia de parte de las ganancias de los capitalistas para sostener estas reformas y eso para él era “esclavitud”.

 

“Si, sin posible opción, ha de trabajar para la sociedad y recibe del fondo común una parte, en este caso llega a ser esclavo de la sociedad. La organización socialista necesita una esclavitud de esta clase, y hacia tal esclavitud nos están conduciendo muchas medidas recientes y aún más, otras por las que se aboga”[4]

 

 El comentario de José Martí desde sus inicios sitúa su posición: “Esa futura esclavitud, que a manera de ciudadano griego que contaba para poco con la gente baja, estudia Spencer, es el socialismo”[5]. Delimita la posición elitista del inglés como en las polis griegas donde poco cuenta el demos con la “gente baja” y redondea su idea al final del párrafo: “Quién no comulga en el altar de los hombres, es justamente desconocido  por ellos”[6]

 

 En el segundo párrafo, antes de entrar a explicar los argumentos de Spencer de cómo el socialismo devendría en la “futura esclavitud”, Martí expone su criterio bien claro:

 

“¿Cómo vendrá a ser el socialismo, ni cómo éste ha de ser una nueva esclavitud? Juzga Spencer como victorias crecientes de la idea socialista, y concesiones débiles de los buscadores de popularidad, esa nobilísima tendencia, precisamente para hacer innecesario el socialismo, nacida de todos los pensadores generosos que ven como el justo descontento de las clases llanas les lleva a desear mejoras radicales y violentas, y no hallan más modo natural de curar el daño de raíz que quitar motivo al descontento. Pero esto ha de hacerse de manera que no se trueque el alivio de los pobres en fomento de los holgazanes; y a esto sí hay que encaminar las leyes que tratan del alivio, y no a dejar a la gente humilde con todas sus razones de revuelta.”[7]

 

 El contestatario joven periodista cubano dedica el tercer párrafo de su artículo a exponer los argumentos de Spencer para estar en contra de las medidas sociales que favorecen a los pobres, que él llama creadoras de holgazanes, culpándolos de su pobreza; en las líneas finales del párrafo está la opinión del Maestro: “(…) como si el loabilísimo y sensato deseo de dar a los pobres casa limpia, que sanea a la par el cuerpo y la mente, no hubiera nacido en los rangos mismos de la gente culta, sin la idea indigna de cortejar voluntades populares; y como si esa otra tentativa de dar los ferrocarriles al Estado no tuviera, con varios inconvenientes, altos fines moralizadores; tales como el de ir dando de baja los juegos corruptores de la bolsa, y no fuese alimentada en diversos países, a un mismo tiempo, entre gente que no andan por cierto en tabernas ni tugurios.”[8]

 

 Estas conclusiones del Apóstol debieran bastarle a los tergiversadores de su pensamiento para convencerlos en que su posición es junto a los “pobres de la tierra” y de apoyo a todo cuanto le beneficie.

 

 En el cuarto párrafo sigue analizando los argumentos de Spencer, tratando el aspecto de la elevación de los impuestos en la medida que se aumentan las prestaciones a los pobres lo cual, según el analista inglés, era la causa de que los pobres vivan sin trabajar.

 

 El quinto párrafo le sirve a Spencer para introducir su tesis fundamental, el crecimiento de un estado burocrático y distribuidor de  recursos para los más pobres que crecerá constantemente hasta paralizar la iniciativa individual de la sociedad y con ella “esclavizar” a todos los ciudadanos. Martí comenta estos argumentos y plantea que  el inglés tiene en parte razón “(…)pero esto viene de que se quieren legislar las formas del mal, y curarlo en sus manifestaciones; cuando en lo que hay que curarlo es en su base, la cual está en el enlodamiento, agusanamiento y podredumbre en que viven las gentes bajas de las grandes poblaciones, y de cuya miseria(…)pueden sin duda ayudar mucho a sacarles las casas limpias, artísticas, luminosas y aireadas que con razón se trata de dar a los trabajadores, por cuanto el espíritu humano tiene tendencia natural a la bondad y a la cultura, y en presencia de lo alto, se alza, y en la de lo limpio, se limpia. A más que, con dar casas baratas a los pobres, trátase sólo de darles habitaciones buenas por el mismo precio que hoy pagan por infectas casucas.”[9]

 


[1] Este ensayo es uno de los cuatro trabajos recopilado y publicado en 1883 bajo el título The man versus the State (El hombre contra el Estado) de Herbert Spencer (1820-1903)

[2] http:www.antorcha.net/biblioteca_virtual/derecho/spencer.html

[3] Ídem

[4] Ídem

[5] Obras Completas de José Martí. Tomo 15:288-292

[6] Ídem

[7] Ídem

[8] Ídem

[9] Ídem

socialismo

El socialismo y Martí

Hace meses que vengo meditando si entrar o no en la polémica que ronda hoy al mundo convulso que nos ha tocado vivir, hacerlo desde la honestidad de una experiencia de vida personal en un pueblo que ha tratado de darse el sistema  más justo posible.

 Teorizar requiere horas de estudios a veces toda una vida, pero la realidad  nos pisa los talones con necesidades de seres vivos que son imprescindible satisfacer, por eso Fidel dijo una vez que el capitalismo se construía solo, porque se basa en el egoísmo de la gente, mientras que el socialismo  había que construirlo, porque había que levantarlo con la solidaridad y el altruismo humano, era más o menos la esencia de aquellas palabras de un soñador  que ha  dedicado toda una vida para guiar un proceso perfectible, hecho por mujeres y hombre que se  equivocan, se acomodan o arriman las brazas al sartén de sus necesidades egoístas, hasta el punto de hacer peligrar la obra social.

  En primer lugar, para ser honesto, quiero delimitar mis ideas, creo en el socialismo y  he crecido plenamente en este sistema de justicia social, con miles de carencias, pero satisfecho y orgulloso de lo que hemos logrado. Muchos factores internos y externos han frenado el mayor desarrollo de nuestra sociedad, pero en lo personal sigo creyendo en ella y en la posibilidad de mejorarla y no de cambiarla por un sistema capitalista que nos hará más desiguales y donde la novedad es que tendremos: millonarios, por poner un ejemplo.

  Quiero citar  un breve fragmento de un artículo de Armando Hart Dávalos aparecido en el periódico cubano Juventud Rebelde el 28 de enero de 2004 en el que  aborda este tema del socialismo y las impresiones de nuestro José Martí sobre estas ideas demonizadas no desde ahora, sino desde que aparecieron como alternativa de los humildes:

 «Precisamente, el drama del socialismo en el siglo XX se explica por el hecho que tras la muerte de Lenin se pasó por alto la cultura. Martí lo había advertido cuando dijo en carta a su compañero Fermín Valdés Domínguez, que “dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras:—el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas:—y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos”;[1] es decir, el de la ignorancia, y el del oportunismo, la mediocridad y la corrupción. En la incultura y en la maldad humana estaban para el Apóstol los peligros que tenía la idea socialista, por esto fracasó el socialismo real. También Martí señaló en esa propia carta a Fermín Valdés Domínguez que en nuestro pueblo no es tanto el riesgo como en la sociedad más iracunda de Europa, y le expuso ideas clave que recojo a continuación: “[…] explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer: el caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla. Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa”.[2] »

 Para dar más claridad al lector transcribo íntegra la carta de Martí a su amigo del alma:

Nueva York, mayo, 1894

 Sr. Fermín Valdés Domínguez

 Fermín queridísimo:

                               De la maluquera, y el quehacer de que voy halando como un mulo, me he dado un salto a Nueva York, a mis cosas. Estoy al salir, para la gran fagina: y empiezo por casa. ¿Aunque por qué llamo a esta tierra dura “casa”? Ya tú conoces esta vida. Nuestra gente cada día padece más aquí. El país los echa: por fortuna vivimos unos cuantos, que moriremos por abrirles tierra. Y viven almas como esa brava tuya, que está ahora de renuevo, y tan metida en virtud, que cuando vaya allá te he de encontrar todavía mejor mozo. Leña al horno, Fermín, que va a necesitarse pronto el fuego. Recibí todas tus cartas, y a todas te contestaré con más detalles que si te los escribiera. Muy juiciosas las observaciones sobre las necesidades perentorias: a eso estamos. Creo que ya vamos hasta por la cintura en la maravilla. Sudo muerte; pero vamos llegando. Y tengo una fe absoluta en mi pueblo, y mejor mientras más pobre: a ver si me falla. Esa sí que sería puñalada mortal. Ya yo te veo hecho un jardín, como se me pone a mí el alma cuando ando por esas tierras, de la bondad que pisa y bebe uno, y que tú celebras con elocuencia verdadera en tu hermosa carta a “Cuba”. ¿Qué delicadeza mayor quieres, ni qué más viril poesía, que la que mueve la creación de ese club nuevo, que no valdrá porque lleve nuestros nombres, sino por las virtudes que en nosotros creen ver sus fundadores, que con serlo, se revelan capaces de ellas ? Por ahí es por donde nuestra tierra está pecando: por lo feos y escasos que andan, por ahí, el amor y la amistad. -Ahí tienes una nimiedad que ni a ti ni a mí nos puede dejar los ojos secos.-Es preciso merecer ese cariño.

 

Una cosa te tengo que celebrar mucho, y es el cariño con que tratas: y tu respeto de hombre, a los cubanos que por ahí buscan sinceramente, con este nombre o aquél, un poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable, en la administración de las cosas de este mundo. Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana. Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: -el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas: - y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados. Unos van, de pedigüeños de la reina, -como fue Marat, -cuando el libro que le dedicó con pasta verde -a lisonja sangrienta, con su huevo de justicia, de Marat. Otros pasan de energúmenos a chambelanes, como aquellos de que cuenta Chateaubriand en sus “Memorias”. Pero en nuestro pueblo no es tanto el riesgo, como en sociedades más iracundas, y de menos claridad natural: explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer: el caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla. Y siempre con la justicia, tú y yo, porque los errores de su forma no autorizan a las almas de buena cuna a desertar de su defensa. Muy bueno, pues, lo del 10 de Mayo. Ya aguardo tu relato, ansioso.

 

 Yo que te charlo, estoy lleno de gente, y sin un minuto. ¿Conque ya suena la alcancía, y me vas a recibir con el aire de prisa de un médico atareado? No me hables de Palma. Tú curarás, porque te quieren, y porque sabes. Aquí te necesitaría, porque me cuesta mucho escribir, y estar levantado. Allá voy a llegar muy mohíno, y acaso inservible. -Mejor, me verán arrastrándome, por servirle a mi tierra,-por servirlos. .No hay sermón como la propia vida. ¿Y quieres creer que, mozo como soy, no pienso en tanta gente noble sino con cariño de padre a hijo?-De prisa te diré cómo gozo con que por corazones tan buenos se vaya extendiendo tu cura, que es a la vez de cuerpo y de alma. Ya sé- ¿quién lo supo nunca mejor?- lo que han de pensar de ti. Y vuelo. Yo me voy a halar del mundo con el hijo de Gómez. -A todos, que no escribo. Hago bien. ¡Ya me perdonarán. . .! tu

 

                                                                                       José Martí

 

 



[1] José Martí. Carta a Fermín Valdés Domínguez. O. C. t. 3, p. 168

[2] Ídem

Personalidades, Recepción martiana

De Simón Rodríguez a José Martí

Para los que hemos hecho de la pedagogía nuestra razón de vida, el acercamiento a las ideas de Simón Rodríguez  y de José Martí es una obligación de primer orden que nos permite entender los esfuerzos de los procesos revolucionarios y populares en nuestro continente por elevar los niveles de educación y cultura de la “gente de a pie”, los millones que nacen y mueren desesperanzados o con  la triste misión de ser “mano de obra barata”.

 

 Desde principios del siglo XIX el maestro Simón se propuso llevar la educación a toda la sociedad y romper el monopolio del saber que ostentaban los poderosos, sus enseñanzas e inquietudes ideológicas lo pusieron al lado de lo más progresista de la humanidad y en su desandar por el mundo conoció de los sueños e ideas de los pedagogos de avanzada y los pensadores del socialismo utópico, por eso este gran “loco” volvió a América y soñó con la posibilidad de que en repúblicas nuevas, hubiera una escuela nueva, basada en la enseñanza popular, la cultura autóctona y los más adelantados métodos de su tiempo.

 

 Lo que no cambió en América fue el status de poder, los oligarcas se vistieron de “padres de la patria” y se avergonzaron de su indiada, de los descendientes de negros y del mestizaje feraz como la naturaleza de estas tierras y condenaron a Simón Rodríguez al olvido y al mencionarlo, parecía que solo sus méritos eran por haber sido el maestro de Bolívar y que este “lunático” no merecía más recuerdo que la mención.

 

 He aquí que algo cambia en América Latina y este “señor de la enseñanza” se levanta como ideólogo de la unidad, de lo auténtico americano y se entronca en su saber de humanidad con otro sencillo hombre de estas tierras, nuestro José Martí, con quien se hermana por la similitud de esfuerzo para educar pueblos, levantar conciencia, alertar peligros y mantener vigencias.

 

  Por esta razón quisiera traer algunos fragmentos del ensayo que Salvador Morales[1] le dedicara a estas dos grandes figuras intelectuales de nuestra América Latina, obra que muestra la cercanía ideológica de estos dos paradigmáticos maestros y políticos:

 

« Sin dudas, Rodríguez, como Martí, fue un ardiente propugnador de una democratización amplia de la enseñanza y de la educación. Educación popular, para la masa infantil más humilde, los niños pobres, los hijos de los indios y negros y mestizos que trabajaban para satisfacer escasamente sus pocas necesidades, y en exceso las muchas de sus amos y patrones. Educación social republicana, para hacer ciudadanos, con arraigados sentimientos del deber social, con una “conciencia social”.[2] Educación para todos por igual, a fin de crear por ella sentimientos de igualdad.

 

« Tanto para uno como para otro la educación era la panacea que debía conducir a reformas de la sociedad americana pos-colonial. Rodríguez y Martí distinguían la instrucción de la educación, y las creían complementarias y necesarias. Extendían la necesidad de educación igual a todos los sectores sociales, porque consideraban que ella sería un factor de igualdad. Cuestionaban la escala social basada en la riqueza y le oponían la jerarquización basada en el saber. Vieron que la felicidad del pueblo estaría en relación directa con la dirección de los sentimientos sociales de justicia inculcados y el desarrollo de un pensamiento científico. Abogaron por la extensión de la noble tarea de enseñar y educar, exaltaron el papel de los maestros en llenar esa necesidad que a ningún ser humano debe excluir, el cual debe luego transmitir y emplear correctamente lo aprendido. Y es que Rodríguez columbró que la unidad de los americanos debía ser consustancial con un proceso de democratización republicana y popular, que tomara en consideración no sólo las necesidades y aspiraciones de lo que entonces llamaban el “pueblo bajo”, sino también los medios de elevarlo para fundar en él la riqueza pública y “el honor que podrían hacer a sus conocimientos”[3]

 

« Sin estos elementos, considera imposible la fundación de una sociedad genuinamente democrática, republicana. Por la relación entre el saber de los pueblos y el poder de sus instituciones, estima que la “instrucción social debe ser general sin excepción”.[4]

 

 « Rodríguez propuso: “La instrucción debe ser nacional-no estar a la elección de los discípulos, ni a la de sus padres.”[5]

 

 «  Y Martí: “Educación popular no quiere decir exclusivamente educación de la clase pobre; sino que todas las clases de la nación, que es lo mismo que el pueblo, sean bien educadas.”[6]En lo que respecta a una cuestión no clara entonces, la de la relación entre instrucción y educación, Rodríguez dice en Luces y virtudes sociales: “Instruir no es educar; ni la instrucción puede ser un equivalente de la educación, aunque instruyendo se  eduque.”[7] Martí escribió en su compacto resumen “Educación popular”, “instrucción no es lo mismo que educación: aquella se refiere al pensamiento, y esta principalmente a los sentimientos. Sin embargo, no hay buena educación sin instrucción.

 

 « Las cualidades morales suben de precio cuando están realzadas por las cualidades inteligentes”.[8] Esas cualidades morales son las palancas para la difusión por toda la sociedad de la conciencia del deber social, mediante una cadena de homogenización de esta.

 

 « Otra importante faceta común de las concepciones pedagógicas de ambos pensadores es la del papel del trabajo en la educación de los niños. Fue Simón Rodríguez un pionero de la combinación del estudio y el trabajo: “Toca a los maestros hacer conocer a los niños el valor del trabajo, para que sepan apreciar el valor de las obras.[9]  Estas ideas las llevó a la práctica en sus frustradas experiencias de Bogotá y Chuquisaca. Las clases poseedoras estimaban deleznable todo trabajo manual, se escandalizaron y pusieron todo género de trabas para hacerlo fracasar.

 

«  Ese mismo criterio pedagógico sostenía Martí al declarar que “en la escuela se ha de aprender el manejo de las fuerzas con que en la vida se ha de luchar. Escuelas no debería decirse, sino talleres. Y la pluma debía manejarse por la tarde en las escuelas; pero por la mañana, la azada”.[10] Numerosas son las referencias, en ambos pensadores, al papel del trabajo en la educación social. Principio pedagógico que en Cuba sólo se ha aplicado después del triunfo de la Revolución. La educación revolucionaria cimentada en estos predecesores aspira a que el hombre sea educado en el valor del trabajo mediante el trabajo. En ese principio los jóvenes se adiestran, toman conciencia de su utilidad social, del deber con la sociedad, de una nueva mentalidad.

 

 « Ambos estaban por la enseñanza nacional y científica, por ello chocaban con los criterios escolásticos y teológicos dominantes. Rodríguez pensaba que debían impartirse cuatro tipos de conocimientos a los alumnos: “Instrucción social, para hacer una nación prudente; corporal, para hacerla fuerte; técnica, para hacerla experta; científica, para hacerla pensadora.”[11] Años después, se produjeron nuevos descubrimientos que reclamaban un papel más activo de la ciencia: “A nuevas ciencias”, observó Martí, “que todo lo invaden, reforman y minan nuevas cátedras.”[12] Cátedras que deben comenzar su acción esclarecedora desde la escuela primaria: “Que la enseñanza elemental sea ya elementalmente científica: que en vez de la historia de Josué, se enseñe la de la formación de la tierra.”[13]

 

« Ciertamente, el fanatismo y la ignorancia han ido de la mano con el retraso y la miseria, con la opresión y el servilismo desesperanzado. Bien sentencia el maestro de Bolívar: “Al que no sabe cualquiera lo engaña. Al que no tiene cualquiera lo compra. ”[14]  Martí, coincidiendo, va más allá en su análisis:

 

 “A un pueblo ignorante puede engañársele con la superstición, y hacérsele servil. Un pueblo instruido será siempre fuerte y libre. Un hombre ignorante está en camino de ser bestia, y un hombre instruido en la ciencia y en la conciencia, ya está en camino de ser Dios. No hay que dudar entre un pueblo de Dioses y un pueblo de bestias. El mejor modo de defender nuestros derechos, es conocerlos bien; así se tiene fe y fuerza: toda nación será infeliz en tanto que no eduque a todos sus hijos. Un pueblo de hombres educados será siempre un pueblo de hombres libres.-La educación es el único medio de salvarse de la esclavitud. Tan repugnante es un pueblo que es esclavo de hombres de otro pueblo, como esclavo de hombres de sí mismo.”[15]»

 

 

 


[1] “Simón Rodríguez y José Martí, convergencia y actualidad de ideas”: Salvador Morales Anuario Centro de Estudios Martianos, 1985 Nº 8. Pág. 186-199. Las notas del propio para este trabajo pertenecen al propio Salvador Morales

[2] S. Rodríguez: Sociedades Americanas en 1828, en Obras Completas, Caracas,1975, t. 1, p.  284

[3] Ídem, p. 286.

[4] S. Rodríguez: “Extracto de la introducción” a Sociedades Americanas en 1828, en ob. cit., t. 1, p. 302.

[5] S. Rodríguez: Luces y virtudes sociales,  ob. cit., t. II, p. 108.

[6] José Martí: “Educación popular”, en Obras Completas, La Habana, 1963-1973, t. 19. p. 375.  Desde 1875 en México es un ardiente partidario de la educación popular y apoya los intentos de aplicarla en México, Guatemala y Venezuela.

[7] S. Rodríguez: Luces y virtudes sociales, en ob. cit., t. II, p. 136.

[8] J.M.: “Educación popular”, O.C., t. 19, p. 375.

[9] S. Rodríguez: “Extracto de la obra ‘Educación republicana’ “, en ob. cit., t. 1, p. 230. S. Rodríguez: “Extracto de la obra ‘Educación republicana’ “, en ob. cit., 1. 1. p. 237. El papel del trabajo, en el proyecto de Rodríguez, llega a alcanzar una “vigorosa proyección socioeconómica”, corno señala Alfonso Rumazo en el “Estudio introductor” a sus Obra Completas y cita: “La intención no era. corno se pesó llenar al país de artesanos rivales o miserables, sino hacer hombres útiles, asignarles tierras y auxiliarlos en su conocimiento; era colonizar el país con sus propios hijos”. Ob. cit., t. 1, p. 92. Es decir, crear una república basada en los pequeños productores y artesanos.

[10] J.M.: “Peter Cooper”, O.C., t. 13, p. 53.

[11] J.M.: “Educación científica”, O.C., t. 8, p. 278. En sus artículos en La América de Nueva York, insiste en la educación técnica y científica, masiva y actualizada, con igual énfasis que Rodríguez.

[12] Ídem

[13] Ídem

[14] S. Rodríguez: Sociedades americanas en 1828, en ob. cit., t. 1, p. 283.

[15] J.M.: “Educación popular”. O.C., t. 19, p. 375- 376.

Educación

José Martí un defensor del libro y sus virtudes

 La década de los 90s en Cuba y sus necesidades cotidianas desempolvaron  entre nosotros los cubanos un viejo oficio, que tiene en su alquimia mucho de promotor cultural, un poco de comerciante y otro tanto del conversador natural que hay en la persona instruida.

 

 Reaparecía el librero con su carga de papel impreso en aceras y viejos portales, haciéndole la contrapartida a la librería, que a falta de nuevos títulos, vendía y compraba, en un mercado de libros que llegó a contar hasta con su subasta.

 

 De este instructivo “vicio” de buscar, regatear, comprar (o no) y leer  libros viejos, nos llenamos muchos, agarrados a la esperanza de  no dejarnos arrastrar por el pragmatismo de la necesidad material, tan difícil de resolver en aquellos años y también en estos.

 

 Llenos de polvo, mostrando las huellas de las lecturas pasadas, estaban los amigos de siempre, invitándonos a una nueva cita con el cuento leído hace mucho o haciéndonos saltar ante el perseguido ejemplar que nunca llegó a nuestras manos y ahora estaba ahí, por unos pocos pesos, precio que era dos, tres y más veces el que tuvo originalmente durante aquellos años del boom editorial de la Cuba de los 60s y hasta los 80s, en que salían por miles de las imprentas para llenar las expectativas del lector cubano.

 

 Desde entonces me hice costumbre casi ritual, el peregrinar cada sábado por las calzadas de “Carlos III” y “10 de Octubre”, o simplemente detenerme en cualquier sitio en que estos amigos del saber montaban sus muestras ambulantes. Buscaba la novedad libresca y disfrutaba el “erótico” placer de acariciar libros raros, ediciones agotadas, mientras descubría el autógrafo de alguien y la nota hermosa de un buen lector. Esta no solo fue fiebre de estos años, leer y saber, es placer de gente culta que hace de estos, hábitos necesarios y duraderos.

 

 Así ocurrió con nuestro Martí, hombre sorprendente por su nivel de información, sus avanzadas opiniones y altísima cultura general, lo que unido a sus dotes humanas y políticas, lo hacen un paradigma de hombre culto que expresó muchas veces su opinión sobre los libros y la lectura como factores de desarrollo de un pueblo y de los individuos en particular.

 

 En 1889 al escribir sobre el sabio cubano Antonio Bachiller y Morales, considerado el padre de la bibliografía cubana, describe los paseos matinales de este, por un barrio de Nueva York, buscando libros de uso:

 

“Luego de escribir bajaba a pie, revolviendo despacio las mesas de los librovejeros[1], por si hallaba un “tomo de Spencer que no valiera mucho” o de Darwin, “que de ningún  modo le parece bien”, o de un Caselles que anda por ahí (…) Un día compraba un “Millevoye” de Ladweat (…) Otro día llegaba dichoso al término del viaje, que era la librería de su yerno Ponce de León, porque en un mismo estante había encontrado la edición de Lardy de Derecho Internacional de Blüntschli y la Fascinación de Gula donde cuenta los mitos semejantes a los indios de Haití el nacimiento y población de los cielos escandinavos (…)[2]

 

 Nótese la forma de llamar al vendedor de libros de uso, y la exaltación del placer del sabio  en este encuentro con el conocimiento nuevo que le brinda el descubrir, lo no leído o la nueva versión de lo conocido, placer compartido por el Apóstol cubano, quien no dejó ocasión para expresar su opinión sobre el libro como vehículo de cultura:

 

 “Un libro aunque se a de mente ajena, parece cosa nacida de uno mismo, y se siente uno como mejorado y agradado con cada libro nuevo (…) Bien es que entre los libros, porque no hay serie de objetos inanimados que no refleje las leyes y órdenes de la naturaleza viva, hay insectos: y se conoce el libro león, el libro ardilla, el libro escorpión, el libro sierpe. Y hay libros de cabello rojo y lúgubre mirada (…)[3]

 

 A los libros dedica buena parte de sus trabajos periodísticos, desde la revista “La América” de Nueva York, en la que colabora de forma asidua, se propone reseñar obras que fueran importantes para los pueblos hispanoamericanos, “(…) hablamos de esos libros que recogen nuestras memorias, estudian nuestra composición, aconsejan el cuerdo empleo de nuestras fuerzas, fían en el definitivo establecimiento de un formidable y luciente país espiritual americano, y tiende a la saludable producción del hombre trabajador e independiente en un país pacífico, próspero y artístico(…)[4]

 

 Martí se contenta con el triunfo alcanzado por el científico cubano Felipe Poey con su libro sobre la ictiología de Las Antillas, premiado en Europa y elogiado en Norteamérica.

 

 Levanta con su palabras un monumento a Antonio Bachiller y Morales, un enciclopedista cubano, al que no duda en calificar de, “Americano apasionado, cronista ejemplar, filólogo experto, arqueólogo famoso, filósofo asiduo, maestro amable, literato diligente (…) orgullo de Cuba (…) y ornato de la raza”[5]

 

 Muchos otros autores cubanos e hispanoamericanos son reseñados por él, cuando aparecen sus libros que considera de utilidad pública o va cumplir un rol social importante.

 

 Algo similar hará con los libros impresos en los Estados Unidos o de Europa, países  que elogia por la gran cantidad y calidad de libros  que producen, señalando como un mérito para las editoriales norteamericanas por sobre las europeas el hecho de publicar un mayor número de libros de ciencias, “prácticos y útiles que expanden el conocimiento”.

 

 Agudo en su juicio no se dejar seducir por la novedad, ni el gigantismo de la sociedad estadounidense y sus artículos sobre libros los dirige a su modesta América, necesitada de un mayor impulso en su desarrollo y el reencontrarse con sus raíces preteridas.

 

“Cada libro nuevo, es piedra nueva en el altar de nuestra raza. Libros hay sin meollo, o de mero reflejo, que en estilo y propósito son simple exhibición en lengua de Castilla de sistemas inmaduros, extranjeros, e introducción desdicha en nuestras tierras nuevas, ingenuas, aún virtuosas y fragantes(…)”[6]

 

 Sus valoraciones del libro como fuentes de conocimiento, las comparte con las revistas que aparecen a fines del siglo XIX en los Estados Unidos y Europa, no como prensa literaria propia de poesía u otras formas de la literatura , sino como vehículo de divulgación científica y cultural en general:

 

 “Leer una buena revista es como leer decenas de buenos libros: cada estudio es fruto de investigaciones cuidadosas, ordenados extractos y composición hábil de libros diversos (…)”[7]

 

 Así vio Martí al libro, factor importante en la expansión de la cultura, que él creyó necesario hacerla llegar a todas las capas sociales, primero enseñándoles las primeras letras a los más humildes y luego incentivando la aparición de bibliotecas públicas con horarios nocturnos para permitir que “(…) vayan, como a un hogar de alma y cuerpo en que ambos reciben amparo del frío (…)”[8]

 

 Sus ideas en cuanto al uso del libro para el mejoramiento humano sientan las bases para la concepción actuales de desarrollar la cultura general integral que se impulsa en Cuba.

 

 Sus preocupaciones porque la información más avanzada llegue a los pueblos de América Latina y de que fuera el libro el vehículo de transmisión cultural más importante, no ha perdido vigencia y amerita meditar sobre este soporte de conocimiento que parece ceder ante las nuevas tecnologías y el que siempre tendrá un espacio en la cultura humana, tenga la forma que tenga.


[1] Palabra que designa al vendedor de libros viejos y que parece un neologismo de Martí

[2] Obras Completas de José Martí. Tomo V: 150, La Habana 1975

[3] Obras Completas de José Martí. Tomo XIII: 420, La Habana 1975

[4] Obras Completas de José Martí. Tomo VIII: 314, La Habana 1975

[5] Obras Completas de José Martí. Tomo V: 96, La Habana 1975

[6] Obras Completas de José Martí. Tomo VIII: 313, La Habana 1975

[7] Obras Completas de José Martí. Tomo XIII: 437, La Habana 1975

[8] Obras Completas de José Martí. Tomo IV: 239, La Habana 1975

Educación

A Fidel, por su ejemplo de vida

Cuando yo era un niño, allá por los lejanos 60s, los cubanos no conocíamos la fecha de nacimiento de Fidel, y llegaba agosto con todo el calor y no eran tiempos de cumpleaños; en aquellos días germinales  no pasaba un mes sin que ocurriera algo nuevo que asombraba al pueblo y  nos jugábamos la vida por ser distintos.

 En ese entonces, Fidel nos parecía eternamente  el mismo barbudo de la Sierra, incansable con sus largas zancadas y  kilométricos discursos en los que hoy nos asomamos para comprender que en esos días, a más de resolver la cotidianidad, se estaba asomando al futuro y en muchas ocasiones quiso acelerar su construcción. Desde entonces era una costumbre que si pasaba algo trascendente en política o en nuestra vida de pueblo, esperábamos a ver qué dice Fidel.

 

 El líder… “es aquella persona capaz de inspirar y guiar a individuos o grupos.  El líder es el modelo para todo el grupo. No debe ser de ningún modo un caudillo, un cabecilla, el líder no adopta algunos valores negativos de estos, es mucho más.

“El líder es sencillo, veraz, capaz de trabajar en grupo, capaz de expresar libremente sus ideas, capaz de luchar por sus principios, tiene buenas relaciones humanas, piensa con estrategia, etc.”[1]

 

 Recuerdo muy bien cuando murió el Che y allá en la Plaza de la Revolución, increíblemente silenciosa, nos dijo a todos y principalmente a los que entonces éramos adolescente, que Ernesto Guevara era el modelo de hombre y revolucionario al que debíamos aspirar,… y soñamos y quisimos ser como el Che.

 

 También vienen a mi memoria aquellos tristes días de 1970, en medio de un inmenso campo de cañas de azúcar,  un grupo de adolescentes lloramos inconsolablemente, cuando desde la radio Fidel nos decía que no se podrían hacer los diez millones de toneladas de azúcar, por la que tantos sacrificios habíamos hecho,… y luego del silencio, él mismo nos dijo que había que convertir el revés en victoria.

 

 Ese es Fidel, leyenda para los que desde lejos supieron de su coraje, inteligencia y virtudes; y para nosotros los cubanos, los que hemos crecido con sus decisiones, rectificaciones, victorias y errores: el invicto hombre conductor de pueblo, síntesis de su coraje, voz de sus aspiraciones y escudo moral de sus virtudes.

 

 “Porque la vida de Fidel trasciende a su persona individual. El nombre de Fidel condensa las aspiraciones, las resistencias y los sueños rebeldes de numerosos pueblos, no sólo del cubano, contra el capitalismo, el imperialismo y el neoliberalismo. Si el Che Guevara es el símbolo mundial de la rebeldía juvenil, su amigo y compañero Fidel representa la máxima expresión de las rebeliones antiimperialistas y socialistas del Tercer Mundo. Por eso es tan despreciado por los poderosos del planeta, sus monopolios de (in)comunicación y la CIA, incluyendo en esta fauna atroz a los extremistas millonarios de Miami que hoy quieren, mezquinamente, ocupar el centro de la escena mediática con su prédica de odio, resentimiento y muerte.” [2]

 

¡Qué bueno que está de nuevo ahí, claro y lúcido a sus 84 años consagrados a Cuba y a la humanidad!

 



[1] C. Flores, “El líder”. Monografía. http://www.monografias.com/trabajos72

[2] Néstor Kohan, “Y después de Fidel qué?, Argentinas, 1/8/2006

 

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José Martí desde sus cuadernos de notas

El tomo 21 de las Obras Completas de José Martí recopila en forma cronológica el contenido de 22 cuadernos de apuntes del maestro, son el testimonio más íntimo de sus emociones, sus arranques de genialidades anotados al vuelo con esa letra difícil  que llena de ideas las sencillas hojas reunidas y cocidas, posiblemente por él mismo, para no dejar escapar esa multiplicidad de pensamientos que como el bien dice:

 

“Siempre que me siento a escribir, la Fortuna celosa me pone una copa de hiel al lado. Mi obra es trocarla en mieles.- Jamás he entrado en una gran labor sin que alguna pena haya venido a perturbarme en el comienzo.- Y he hecho mi jornada bravamente, con un muerto a la espalda…”[1]

 

 Era difícil su obra , no porque faltara genio y voluntad en este hombre, sino porque se había propuesto  llevar adelante tareas de titánico alcance: despertar un país de su condición de vasallaje, impedir que la codicia de los hijos más acomodados de ese país, mudaran por amor a las riquezas de metrópoli, levantar un pueblo unido del infortunio esclavista, basado en la condición humana como único requisito para la igualdad, alertar a pueblos hermanos sobre los peligros de la avaricia de una clase rica y poderosa, crecida en “el norte revuelto y brutal que nos desprecia”.

 

 Todo esto “…para dejar a lo sumo como memoria de nuestra vida, una frase confusa, o un juicio erróneo, o para que los que fueron montes de dolor parezcan granillos de arena, en los libros de un historiador”[2]

 

  Este es el hombre, quien nos entrega jirones de ideas en estos cuadernos hecho para sí y a los cuales hay que asomarse con respeto,  como lectura que permite verlo crecer en sus contradicciones, acosado por los deberes personales, enfermo de soledad, alejado de amores y salir indemne de esos transes de fecundo silencio del que solo estas páginas lo salvan:

 

“Pero este amor de patria ha de ser enteramente puro, sin mezcla de interés personal, activo, activo hasta el frenesí, hasta el sacrificio, hasta la bandera, pero con una actividad de sacerdote, sin que ella se manche nunca con el menor viso de ambición o celo”[3]

 

 Por eso vive “sin patria pero sin amo”, añorando como nadie sus palmas y su pueblo, del cual vivió alejado más de la mitad de su vida, escondiendo en sus noches y sus notas la pena del exiliado:

 

“Hay algo de buque en toda casa en tierra extranjera. Dura aquella sensación de  indefinible disgusto. Se siente oscilar la tierra y vacilar sobre ella nuestros pies. A veces se sujeta uno de las paredes -y por donde otros  van firme, camina uno tambaleando. El espíritu está fuera de equilibrio”[4]

 

 Ese es Martí, el cubano que guía y alerta desde sus ideas claras y vigentes.


[1] Obras Completas de José Martí. Tomo XXI: 161. la Habana, 1972

[2] Ídem: 161

[3] Ídem: 284

[4] Ídem: 242

Biografía, Habla José Martí

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